![]() |
| Narcissus by Jody Kelly |
Nuestra vida secreta
Peces raros
Mark Strand de La vida secreta de la poesía.
Gilles Lipovetsky, sociólogo y filósofo francés, escribe que en esta triste posmodernidad social el valor supremo es el individuo, esto representa la manifestación final de la revolución individualista. Es decir, la muerte de lo colectivo.
Somos egoístas, indiferentes, caníbales protegiendo nuestra parcela de patio. Estamos estancados, como zombies intentando el envión con el cerebro frito; sin ideologías ni futuro, el entendimiento del hombre mediocre va en franco descenso. Ya es evidente. Existen algunos puntos de luz, es cierto, pero quizás demasiado dispersos en la noche futura.
Futuro ya no es sinónimo de progreso.
Reina un vacío que no es ni trágico ni apocalíptico, un vacío que apenas genera indiferencia. La apatía es un manto que todo lo cubre, la angustia de existir intenta ser neutralizada con la complicidad de los medios de consumo masivo: redes sociales, dispositivos electrónicos, psicofármacos, series, religiones y tarjetas de crédito.
Hoy todo es hoy. La sociedad posmoderna es la apoteosis del consumo, formada por individuos que se consideran libres mientras comen las mismas cosas, utilizan y consumen los mismos objetos, tienen las mismas ideas, los mismos deseos y creen en las mismas religiones que millones y millones de otros individuos en el mundo.
Es que habitamos un mundo donde día tras día nos dicen qué es lo deseable, cómo y con quién; un mundo donde crecen y se multiplican las técnicas de control social, eso sin ejercer violencia alguna; un mundo donde a nadie le importa lo que los otros dicen, porque hay tantos y tantos contenidos disponibles que existe una indiferencia absoluta por ellos. Palabra tras palabra, imagen tras imagen todos se expresan.
Todos publican, pero nadie mira.
Así, ya no suena extraño que el individuo actual tome el cuidado de relacionarse solo con aquellos que son como él. Un individuo aséptico, con el agua hasta el cuello, nadando en su pequeño estanque donde lo social se disemina en grupos reducidos. Lipovetski nos asegura que no es que seamos a-sociales, es que creamos microgrupos de identificación con intereses miniaturizados. Una sociedad donde el objetivo general pareciera ser encontrarse con iguales antes que litigar con diferentes.
No sé si caminamos o no hacia la extinción, lo cierto es que ninguna cosa que haya sido escrita podrá decirnos realmente cómo vivir. Ninguna que persiga esa intención, al menos. Sin embargo, nada nos prepara para la belleza, la exposición permanente a ella, la ética de la pausa, la digestión lenta y calmada de las palabras, de algunas historias, de muchos poemas, es posible que algo logren. Porque existe un aprendizaje -y un goce- que no están vinculados a la vida material.
Fábula ingenua
quedan pequeñas charcas abandonadas al sol. Sus orillas
de barro empiezan a resquebrajarse
y los pececitos azules se arraciman con angustia
en el centro de un agua que pronto será hirviente.
He aquí la fábula tonta de los que perdieron el gran caudal.
Ya nunca más blancas arenas del fondo del río
ni ramas de sauce jugando en la corriente
ni refugios debajo de las piedras donde el agua se riza
y sisea
ni sombras de los viejos puentes patriarcales
ni luna en el remanso
ni playas bajas que permitan alcanzar la tierra, las casas
ribereñas con puertas para tocar
y clamar con voz pequeñita: vengo del agua, dadme agua.
José Watanabe de Banderas detrás de la niebla.
Editorial Pre-Textos, Valencia, 2006.
Editorial Peisa, Lima, 2006.
La otra luz
You, darkness, of whom I am born
(Rainer Maria Rilke)
Nacemos de la oscuridad, sin dudas. Y esto sin hacer ninguna referencia al nacimiento físico; quiero decir: de algún modo la oscuridad proyecta en nuestras mentes una sustancia que nos moldea. Es a través del pensamiento que encuentra su modo de expresión, y nos hace ser quienes somos. Todo lo que la luz excluye de su ámbito se hace presente de una u otra manera, y nos transforma.
porque yo alcé la torre con ascuas arrancadas de cada infierno del corazón.
Tampoco ningún tiempo pronunció ningún nombre con su boca de arena
porque de grada en grada un lenguaje de fuego los levantó hasta el cielo.
(Olga Orozco)
Él te mira, celoso, viajar hacia la próxima luz como hacia un fuego puro,
nostálgico y breve, como quien ha caído en la red de un juego que era en
verdad una secreta condena
sola y sin pausa, naciendo y acunándose en la propia substancia de su horror;
día lejano de ti como una condición de otra,
como un regreso a un pecho muerto.
Todos los días sacrificas un día; allí lo dejas después, entre su luz agonizante
y te encaminas a beber trago a trago la noche espesa y fluvial
para soportar de pie el holocausto del mañana; y es eso
lo que llamas tu vida cuando con los espejos te confrontas
o tiemblas ante un ramo de rosas húmedas y vivas; allí lo dejas
en una danza fría, luz devota del hielo, ambigua inconsistencia blanca,
prehistoria de un aire actual que todavía no respiras; cazador, oh cruel,
enciendes y apagas días como fósforos; oh desvalido, cazas la luz y la
y es en vano.
Moscas en la canilla
Es una trampa bastante fácil para el ego pensar que los actores, los poetas, los escritores hemos sido escogidos, que estamos dotados de una sensibilidad distinta, que no podemos comportarnos como auténticos idiotas, solo porque decidimos que esa imagen nos disgusta. Fuimos cómplices de esta ilusión del ego, lo permitimos; miramos con horror a quienes no se comportaron como elegidos y eso es, como mínimo, una falta de responsabilidad. Es no hacerse cargo de nuestra humanidad crónica.
Es difícil arrancar algunas máscaras, sobre todo cuando no se perciben con exactitud los límites entre la máscara y el rostro, suponiendo que exista debajo algún rostro "verdadero". No es extraño descubrir que la mayoría de las veces los lectores se enamoran de la biografía antes que de la obra de un autor. Tal vez sea por eso que tantas personas quieren ser escritores.
Sin embargo, con la presión suficiente el tejido se desgarra y vemos más allá. En mi opinión, pisar con los pies desnudos los restos de una botella de cerveza rota no admite romanticismo. Morir a causa de una hemorragia gástrica, nadando en medio de un descomunal charco de sangre y vómito, menos. La imagen del poeta tambaleante con el vaso de whisky en la mano está, definitivamente, en revisión.
Esa irradiación, luminosa de romanticismo, que proyecta un escritor es tan pintoresca como superficial.
Ahora bien. En cierto modo, la escritura avanza a tientas de la mano de una extraña alquimia entre lo vivido y lo pensado, como ingredientes de su alimento. No es extraño descubrir que esta rara flor a veces perdura a expensas de la vida del poeta. Aunque no es una constante, es cierto, sobran ejemplos de escritores en quienes la destrucción y la creación se movieron al unísono hasta el final.
La inspiración, el ruido, la musiquita, eso que algunos deciden llamar musa, suele venir sin aviso, incluso en situaciones de lo más inesperadas; y vale lo mismo un texto escrito a la luz de una lámpara tenue, metidos dentro del más crudo silencio, que el que llega sin anunciarse en la ducha, friendo unas cebollas, en la pausa que ocurre durante la escritura de alguna otra cosa, mirando los árboles por la ventana, caminando por las calles de una ciudad cualquiera, en el medio del quilombo más oscuro, o mientras suena una canción en la radio.
El desorden dominará el conjunto pero, si sabemos insistir, el sedimento encontrará su brillo y esa música interior se abrirá paso y avanzará directo hacia nosotros, subirá por la conciencia hacia la luz, incluso sin entender demasiado de qué va, y entonces el cerebro le dirá a la mano que le diga a los dedos que escriban. Eso que aparece en forma difusa, que se insinúa y se esconde, la mayoría de las veces sin magia alguna, deberá tocarse al menos con la punta de los dedos antes de que sea demasiado tarde.
Como un desafío habrá que atraparlo, aferrarse, decir.
Posfacio con deudas
No sé cómo empezar esto pero empiezo nomás. Hoy estaba almorzando en una pizzería y oí una conversación telefónica del cajero que estaba detrás del mostrador. “Escúcheme don Juan –decía el cajero–, la verdad es que cuando hablo con usted salen cositas…”. Se hablaba de comprar muy barato un hotel alojamiento por parte del cajero y de su invisible interlocutor. Hotel alojamiento aparte, lo importante era el cajero hablado. No existen los poetas, existen los hablados por la poesía.
Cuando uno llama por teléfono al médico que se fue a Mar del Plata, una cinta magnética responde: “Esto es una grabación.” Pues bien, así como eso es una grabación, lo que estoy escribiendo no es una justificación, es un agradecimiento, un hablar de deudas.
En realidad no es obligatorio leer lo que estoy escribiendo. Nadie espere una explicación de este libro. Simplemente quiero agradecer y de paso…Pero por’ai, y ese es el riesgo, lo que está adelante puede ser interpretado como el prólogo de esto, es decir que este es el fondo de la cosa, el fondo de la casa de mi infancia en Paraná entre durazneros, mandarinos, yuyos, ortigas y gatos vagos, negros, barcinos y atigrados.
Mi agradecimiento es para la gente que habla, para la gente que se mueve, mira, ríe, gesticula…para la gente que constantemente me está enviando esos mensajes fuera de contexto, esos mensajes que escapan de la convención de la vida lineal y alienada.
Las conversaciones de borrachos son a veces obras maestras del sinsentido, del puro juego de los significantes. Mi agradecimiento también. La música es un lenguaje de puros significantes, es el gran arte. Y yo me muero de envidia, porque en realidad soy un músico fracasado. Pero la música, en especial el jazz moderno en permanente evolución, ha sido y es lo único que me ha enseñado la verdadera estética operativa.
Macedonio Fernández me ayudó a redescubrir ese mundo que yo quería olvidar tal vez para poder trepar mejor…Un buen día me encontré en Buenos Aires con que quería irme a Europa…Evidentemente estaba a un pelo de ser porteño. Pero no me fui a Europa, ni creo que me vaya nunca. No señor, ni beca ni vaca, me quedo aquí.
Macedonio Fernández me hizo comprender que las reuniones de argentinos, incluso en Buenos Aires, son largas ruedas de mate, donde uno charla, se ríe y se pone triste…Que esas reuniones son verdaderas fiestas de lenguaje. Yo me he reído con estos (¿mis?) poemas, y por momentos dejé de reír. Pero eso es cosa mía. No sé si pasa algo. Gracias, Macedonio, de todos modos, por atajarme y explicar, es decir por hablar de lo que se es hablado.
Todo lo que digo puede parecer muy racionalista, pero en realidad soy entrerriano primero, después tucumano y salteño. Mis amigos de aquí me acusan de franchute. Realmente no sé qué decir. La verdad, y eso no lo discute nadie, es que nací en la década del veinte, mitad más o menos, es decir que estoy más lejos del nacimiento que de su antípoda. No tengo nada que ver con el populismo ni con la filosofía derrotista del tango. Soy entrerriano, medio tucumano y salteño, en Buenos Aires. Una especie de “entrerriano, etc., etc., hasta la muerte” que vive en Buenos Aires, así como hay “argentinos hasta la muerte” que viven en París. En fin, ¡no hay belga que valga!
Hablar de la humanidad en abstracto me parece el colmo de la pedantería, paternalismo y solemnidad (las cosas que odio más). El hombre es para mí mis amigas y amigos, presentes, pasados y futuros, y también mis enemigos. No soy místico, no quiero salvar a nadie, sólo quiero.
Soy ateo, como Dorotea y Timoteo. Prefiero el Libro de los Muertos, egipcio, y el Gilgamesh, asirio, llenos de palabras que evocan hombres como mis amigas y amigos, y no el libro de cabecera de los poetas y los capitalistas norteamericanos. No creo en la poesía cantada ni recitada. (No creo en el café concert para desculpabilizar empresarios izquierdistas.)
La poesía debe leerse. La única poesía que no se lee es la de los actos y las palabras que no se proponen ser poéticas. En fin, el lenguaje es para mí la única realidad. Esto no es ninguna novedad, es una simple afirmación. Si la realidad está en alguna parte, está en el lenguaje.
La primera tarea del hablado por la poesía ha sido nombrar las cosas, las cosas que no son las cosas sin las palabras. Pienso que el realmente hablado por la poesía es el que sigue y seguirá nombrando las cosas, es decir cambiándolas, transformándolas continuamente. La poesía es renovación, subversión permanente.
Insisto en que no hay poetas, hay simples vectores de poesía.
En un verano de cuarenta y cuatro grados en un pueblo de Santiago del Estero me acordé de los que se dicen poetas cuando vi en una canilla reseca unas moscas que hubieran dado todo por una gota de agua. Así es, los llamados poetas se disputan las canillas, pero el agua no les pertenece, ni la tierra, ni el aire, ni nada. ¡Hay que conformarse nada menos que con las palabras!
No creo en los géneros literarios. Cada persona tiene su propio discurso permanente, un río perenne y subterráneo que constantemente amenaza desbordarse. La mayoría de la gente le pone diques, pero así y todo a veces su rumor se escucha. La prosa es poesía o nada. Entre la escritura que llena toda la página y la que no la llena hay sólo una diferencia de escandido, de tempo, de períodos. Es un poco, pero muy a grandes rasgos, la diferencia entre la música sinfónica y la de cámara.
En suma, las fuentes de la poesía están en la infracción constante de la convención que nos vendieron como realidad. En todo lo gratuito, en el amor, en el lenguaje de los chicos, en las conversaciones sin límite de tiempo (...¡tómese otro mate!), en las situaciones límite en que los discursos de los otros movilizan enérgicamente el discurso de uno y viceversa.
Ricardo Zelarayán (1922-2010) De: La obsesión del espacio (Poesía, 1973, 1997)
La otra belleza
un leve crujido entre dos piedras,
un grito lejano, un temblor en el aire,
sobresaltan tu sueño. Tu pensamiento
es de sospechas.
¿Crees que el mundo se está desmoronando
por sus bordes
y está cayendo en el mar?
¿Crees que ya todo está destruido
y esta casa flota en el espacio buscando un lugar
donde posarse?
Esta casa, Asterión, es como el águila
que cruza el cielo: ha nacido
del propio deseo de navegación del infinito.
Los cretenses temen esta construcción, la evitan,
dicen, aunque no me consta: ¿no hubiera sido más simple
encerrarlo en una cueva tapiada
o entre cuatro paredes con un perro carcelero?
El Rey pudo haberte asesinado, Asterión,
y arrojarte a los extramuros donde las aves de rapiña
y los cerdos
se disputan los animales muertos.
Te exiliaron aquí como una advertencia.
Eres más que la memoria de su vergüenza:
en ti se cumplió la más honda biología, el deseo
que se realiza como en el sueño
donde lo atroz es una feliz inconsciencia.
En ti está la otra belleza,
la que encendió a tu madre,
la que podría desordenar el mundo.
El otro Asterión. Fragmento (José Watanabe)
El demonio de la analogía
¿Hay algo más bello que perseguir al oso blanco en el océano blanco?
Hace muchos sueños que sigo sus rastros, estas pisadas
en la nieve que el viento borra y no llevan a ninguna parte;
y los ojos, de tanto mirar, ya han dejado de ver.
Pero a veces, en la inmensa blancura, he creído escuchar
una especie de lamento,
un bostezo no parecido al de ninguna otra criatura viviente.
...
Horacio Castillo. Fragmento del poema Alaska
Las ciudades invisibles son un sueño que nace del corazón de las ciudades invivibles. Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no son sólo de mercancías, son también de palabras, de deseos, de recuerdos. Mi libro se abre y se cierra con imágenes de ciudades felices que cobran forma y se desvanecen continuamente, escondidas en ciudades infelices.
Anastasia
Al cabo de tres jornadas, andando hacia el mediodía, el hombre se encuentra en Anastasia, ciudad bañada por canales concéntricos y sobrevolada por cometas. Debería ahora enumerar las mercancías que se compran a buen precio: ágata, ónix crisopacio y otras variedades de calcedonia; alabar la carne del faisán dorado que se cocina sobre la llama de leña de cerezo estacionada y se espolvorea con mucho orégano; hablar de las mujeres que he visto bañarse en el estanque de un jardín y que a veces —así cuentan— invitan al viajero a desvestirse con ellas y a perseguirlas en el agua. Pero con estas noticias no te diré la verdadera esencia de la ciudad: porque mientras la descripción de Anastasia no hace sino despertar los deseos uno por uno, para obligarte a ahogarlos, a quien se encuentra una mañana en medio de Anastasia los deseos se le despiertan todos juntos y lo circundan. La ciudad se te aparece como un todo en el que ningún deseo se pierde y del que tú formas parte, y como ella goza de todo lo que tú no gozas, no te queda sino habitar ese deseo y contentarte. Tal poder, que a veces dicen maligno, a veces benigno, tiene Anastasia, ciudad engañadora: si durante ocho horas al día trabajas como tallador de ágatas ónices crisopacios, tu afán que da forma al deseo toma del deseo su forma, y crees que gozas por toda Anastasia cuando sólo eres su esclavo.
Italo Calvino. De Las ciudades invisibles.
Invitación
Dante Alighieri.
Divina Commedia
(Paradiso Canto XXVI)
with a picture of shepherds pasted onto
the central panel between carvings.
The box stands on curved legs.
It has a gold, heart-shaped lock
and no key. I am trying to write my
way out of the closed box
redolent of cedar. Satan
comes to me in the locked box
and says, I’ll get you out. Say
My father is a shit. I say
my father is a shit and Satan
laughs and says, It’s opening.
Say your mother is a pimp.
My mother is a pimp. Something
opens and breaks when I say that.
My spine uncurls in the cedar box
like the pink back of the ballerina pin
with a ruby eye, resting beside me on
satin in the cedar box.
Say shit, say death, say fuck the father,
Satan says, down my ear.
The pain of the locked past buzzes
in the child’s box on her bureau, under
the terrible round pond eye
etched around with roses, where
self-loathing gazed at sorrow.
Shit. Death. Fuck the father.
Something opens. Satan says
Don’t you feel a lot better?
Light seems to break on the delicate
edelweiss pin, carved in two
colors of wood. I love him too,
you know, I say to Satan dark
in the locked box. I love them but
I’m trying to say what happened to us
in the lost past. Of course, he says
and smiles, of course. Now say: torture.
I see, through blackness soaked in cedar,
the edge of a large hinge open.
Say: the father’s cock, the mother’s
cunt, says Satan, I’ll get you out.
The angle of the hinge widens
until I see the outlines of
the time before I was, when they were
locked in the bed. When I say
the magic words, Cock, Cunt,
Satan softly says, Come out.
But the air around the opening
is heavy and thick as hot smoke.
Come in, he says, and I feel his voice
breathing from the opening.
The exit is through Satan’s mouth.
Come in my mouth, he says, you’re there
already, and the huge hinge
begins to close. Oh no, I loved
them, too. I brace
my body tight
in the cedar house.
Satan sucks himself out the keyhole.
I’m left locked in the box, he seals
the heart-shaped lock with the wax of his tongue.
It’s your coffin now, Satan says.
I hardly hear;
I am warming my cold
hands at the dancer’s
ruby eye—
the fire, the suddenly discovered knowledge of love.
El sentido de la rebeldía
como todos los padres y madre, ay, fulminada
me dispongo a nacer. ¿Pero qué me trajo aquí,
a este lugar secreto donde estoy a cubierto
de toda duda, de los que exigen la prueba
que nadie puede resistir –lo patente– y se exponen
al rayo? ¿Quién me trajo aquí, lejos de todo celo,
de los que un día me despedazaron y cocieron
mis miembros en un caldero o, según otros,
–y es lo que yo creo– me condenaron al polvo?
De todos modos no podían contra mí, contra
este doble corazón que alguien prestamente recogió y lavó
que permaneció tres días en la profundidad del infierno
–mi alma, que la muerte no pudo corromper
y que ahora, escondida, espera la verdadera ebriedad–.
no hay conocimiento, y traigo como prueba este cesto de uvas,
el misterio de la planta que nace de la ceniza
y crece y se expande y ofrenda al Universo
una nueva savia: gozo, no expiación.
¡Santa luz del día y torbellino celeste
de una nube viajera: danzo, luego soy!
Y tú, ternera de la tiniebla, alza también el pie,
salta, brinca, muerde, hinca, rompe, grita,
grita conmigo, el grito que te hará nacer.
Yo he vencido al mundo: alzo el tirso y el agua se convierte en vino,
bajo el tirso y se multiplican los panes y los peces,
y una vid infinita se ramifica entre las galaxias
y colma de pámpanos el sol y las demás estrellas.
A su sombra se ha tendido la mesa, se han dispuesto
el pan y el vino y nos aprestamos a cenar:
tomad y comed, éste es mi cuerpo,
tomad y bebed, ésta es mi sangre.
Ya está en llamas la perfumada cabellera,
arde la corona de hiedra y las hojas, crepitando,
se convierten en espinas; pero el vinagre sabe a miel,
y un río de flechas corre hacia el centro mismo de la Cruz.
Tomad y comed, éste es mi cuerpo
tomad y bebed, ésta es mi sangre
y tú, perra del Paraíso, alza también el pie,
ríe, canta, gime, danza, sueña, sangra,
sangra la sangre sin principio ni fin, sangra, sangra.
Horacio Castillo de: Cendra. Ediciones del Copista. 2000.
La ética de los insatisfechos
Aquí, en esta época de omnipotentes y narcisistas, donde caminamos hacia la destrucción última como zombies: ciegos, desnutridos, faltos de imaginación. Aquí donde vivimos atados indefectiblemente al flujo del capital, a una materialidad excesiva, tan mercantilista como siniestra, una materialidad en el peor sentido que puede atesorar esa palabra: su sentido vulgar, su sentido en relación al consumo. Aquí donde incluso el tiempo extraeconómico deberá ser pensado como mercancía para que funcione, para que no lo lamentemos perdido, los cuerpos aún se comunican.
En esa comunicación, en esa irrupción inesperada del otro, en ese choque de cuerpos, fluye lo no dicho, aquello que puede acompañar e incluso contradecir la palabra. Porque a contracorriente de la voluntad de orden social somos en realidad entropía, desorden, caos.
La incertidumbre es el camino, y esa incertidumbre, ese ver borroso, esa vacilación, son parte de una ética que provoca angustia. Una ética alejada de la tranquilidad, de la pasividad del conformismo burgués; una ética que nada tiene que ver con el consumo: la ética de la insatisfacción, tan viva, tan flexible, tan cercana al pensamiento crítico.
Sin embargo, en oposición a lo que quieren imponernos día tras día la maquinaria social y el sentido común, estamos los que pensamos que la angustia no es patológica. Quite the contrary. No debe callarse jamás.
La angustia tiene una función virtuosa: es una brújula mental que nos empuja a movernos, que nos impulsa a pensar, a reformular acciones y actitudes. La angustia nos mantiene alerta y en movimiento.
Y el movimiento es vida.
El otro Asterión
blande su espada refulgente alrededor de ti.
Vino creyendo encontrar una fiera,
ahora sabe que no lo eres.
Mirando tu danza de esquivamientos
comparte contigo la razón peligrosa:
la vida depende de una falla en la cadencia.
El traspié ha sido tuyo, Asterión:
la espada ha entrado ciegamente en tus entrañas:
qué verdadero es el metal en la blandura de un cuerpo,
y tu frente hirsuta
y tus agudas astas
caen ante este muchacho que te confiesa temblando
que tú eres su primer muerto.
Míralo irse, tan apremiado por la gloria que lo espera.
Se va ovillando el hilo que fue tendiendo al entrar.
sin la certeza de volver.
No quiso la incertidumbre.
El hilo que lo guía hacia la salida
hace mediocre su brillante aventura.
Tú te quedas como un derrumbe de piedras
y una debilidad infinita, casi placentera.
Máscara y fantasma
Estamos unidos al misterio del otro. Por el dolor, las equivocaciones, los enojos, por esa fragancia indeleble de cosa viva y a la vez muerta que exhalamos, por cada desacomodo existencial que nos ocurre.
Como una tentativa de contacto, cada evento errático nos une más.
Aunque vivamos nadando en la penosa fantasía narcisista del control y la completitud, no hay más extraño que uno. No nos conocemos, no nos somos suficientes. Es la presencia del otro una invitación; su imagen, un vampiro al acecho, un agobio, insoportable en su reiteración, que irrumpe, que termina por frecuentarnos.
Porque somos (irreversiblemente) espíritus trágicos; y un espíritu trágico es contradicción, camina entre el sí y el no. No se detiene, aunque parezca inmóvil.
...Ya no basta decir, a fuer de todos los poetas, que los espejos se asemejan a un agua. Tampoco basta dar por absoluta esa hipótesis y suponer, como cualquier Huidobro, que de los espejos sopla frescura o que los pájaros sedientos los beben y queda hueco el marco. Hemos de rebasar tales juegos. Hay que manifestar ese antojo hecho forzosa realidad de una mente: hay que mostrar un individuo que se introduce en el cristal y que persiste en su ilusorio país (donde hay figuraciones y colores, pero regidos de inamovible silencio) y que siente el bochorno de no ser más que un simulacro que obliteran las noches y que las vislumbres permiten.
Jorge Luis Borges (1925)









