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El sentido de la rebeldía

I renounce God! I renounce him! 
And all you hypocrites who feed off him!. 
If my beloved burns in hell so shall I. 
I, Dracula, voivode of Transylvania shall arise from my own death, 
to avenge hers with all the powers of darkness.

(Bram Stoker´s Dracula 1992)


Las crónicas de la época dicen que Albert Camus era un extranjero. Un ateo, a quien el mensaje cristiano le fue completamente ajeno aun desde la infancia; pese a los intentos de un entorno opresivo y evangelizador. Un hombre de su época, aunque sincero, lúcido y sensible. Tanto, que sintió y expresó como pocos la angustia de vivir en nuestro mundo, reconociendo en su propia carne la ansiedad de ser un solitario en medio de la masa humana desbordante. Preocuparse, ensayar, pensar en la rebeldía no deja de ser una acción profundamente combativa. Camus escribió para salvarse -y así nos salva- de la amargura.

Muchas veces me pregunto qué pensaría si viviera hoy entre nosotros.

Igual que Baudelaire en la ciudad que deviene moderna ante sus ojos, vivió el horror de descubrir que nada existe sobre el hombre, que nada nos guía y nada se nos impone. Libres de ataduras, emancipados de una superstición de siglos, nuestro es el reino, nuestro el poder y la gloria. Y la responsabilidad. 

Porque sin dios mediador no todo está permitido.

El hombre rebelde y absurdo de Camus conoce sus límites, no elude la finitud, se niega a adorar. Muchas veces dice no, recalcula, apuesta por la libertad y la justifica. Respeta, porque trata de conocer esos límites, y los habita como lo que son: el intersticio húmedo y ciego entre dos espacios apenas cognoscibles. Nosotros, simples mortales, nos quedaremos sólo con el crédito de poder darle un sentido propio a tantas buenas ideas ajenas. 

Después de todo, no importa lo que sea la vida sino la forma en que elegimos atravesarla.

Es cierto que tal vez solo seamos actores revolcándonos en un escenario polvoriento, justo ahora que en el ambiente hay un sosiego mortal y acomodaticio. Pero podríamos aprovechar para ser un poco menos pobres, un poco menos miserables que los actores de Shakespeare y, sin dejar de debatirnos entre contradicciones eternas, embarcarnos febrilmente en esta aventura. Porque seguramente cuando Sir William pensó en sus actores languideciendo como aburridas llamas no pensó en tipos como Albert Camus.
   

ya podéis considerarme un hijo dilecto: 
uno más de los que cerraron su oído al motín, 
y el corazón a la aventura.

        En el muslo de dios

        En el muslo del dios, de padre libidinoso
        como todos los padres y madre, ay, fulminada
        me dispongo a nacer. ¿Pero qué me trajo aquí,
        a este lugar secreto donde estoy a cubierto
        de toda duda, de los que exigen la prueba
        que nadie puede resistir –lo patente– y se exponen
        al rayo? ¿Quién me trajo aquí, lejos de todo celo,
        de los que un día me despedazaron y cocieron
        mis miembros en un caldero o, según otros,
        –y es lo que yo creo– me condenaron al polvo?
        De todos modos no podían contra mí, contra
        este doble corazón que alguien prestamente recogió y lavó 
       y guardó a expensas del cual ha sido reconstituido
        mi segundo cuerpo, animado por la misma alma
        que permaneció tres días en la profundidad del infierno
        –mi alma, que la muerte no pudo corromper
        y que ahora, escondida, espera la verdadera ebriedad
–.
        Porque sin despedazamiento no hay redención, sin muerte
        no hay conocimiento, y traigo como prueba este cesto de uvas,
        el misterio de la planta que nace de la ceniza
        y crece y se expande y ofrenda al Universo
        una nueva savia: gozo, no expiación.
        ¡Santa luz del día y torbellino celeste
        de una nube viajera: danzo, luego soy!
        Y tú, ternera de la tiniebla, alza también el pie,
        salta, brinca, muerde, hinca, rompe, grita,
        grita conmigo, el grito que te hará nacer.
        Yo he vencido al mundo: alzo el tirso y el agua se convierte en vino,
        bajo el tirso y se multiplican los panes y los peces,
        y una vid infinita se ramifica entre las galaxias
        y colma de pámpanos el sol y las demás estrellas.
        A su sombra se ha tendido la mesa, se han dispuesto
        el pan y el vino y nos aprestamos a cenar:
        tomad y comed, éste es mi cuerpo,
        tomad y bebed, ésta es mi sangre.
        Ya está en llamas la perfumada cabellera,
        arde la corona de hiedra y las hojas, crepitando,
        se convierten en espinas; pero el vinagre sabe a miel,
        y un río de flechas corre hacia el centro mismo de la Cruz.
        Tomad y comed, éste es mi cuerpo
        tomad y bebed, ésta es mi sangre
        y tú, perra del Paraíso, alza también el pie,
        ríe, canta, gime, danza, sueña, sangra,
        sangra la sangre sin principio ni fin, sangra, sangra.

        Horacio Castillo de: Cendra. Ediciones del Copista. 2000.

Coexistir con la noche

Una vez el rey Sísifo puso grilletes en los pies del dios Tánatos y nadie murió en la tierra durante algún tiempo. Por supuesto que eso enfureció a los dioses. Ares, quien tomó cartas en el asunto de inmediato, lo liberó de su inmovilidad y restableció el equilibrio perdido. Lo cierto es que Sísifo logró desafiar a los dioses, por eso fue condenado a la ceguera perpetua y a empujar una enorme piedra hasta la cima de una montaña solo para verla caer una y otra y otra vez.

Ahora bien, la filosofía asegura que, contrario a lo que nos diría el sentido común, Sísifo logra experimentar la libertad, lo hace durante breves instantes, es cierto, y solo en los intersticios. Es decir, en los momentos en los cuales está llegando a la cima, antes de bajar a recoger nuevamente la piedra para volver a empezar. En conclusión, la filosofía nos propone coexistir con la noche, aceptar la angustia de habitar un mundo absurdo. 

Para Albert Camus, por ejemplo, el hombre cuya sensibilidad es absurda es aquel que está consciente de su situación y aun así no piensa en el suicidio. En definitiva, el hombre absurdo es aquel que acepta la realidad que lo contiene. Si un condenado se resignara a su realidad, la monumental tarea que deberá cumplir día tras día se le tornará desesperanzadora, su corazón se volverá melancólico y frágil, también lleno de rencor. 

Como respuesta a la adversidad habría que imaginar a Sísifo feliz. 

Muy lejos de la resignación, si aceptamos la realidad tal vez tengamos una chance de apropiarnos de nuestro destino y de la piedra cuyo peso habremos de cargar -es decir, soportar- a diario. Esa y no otra es la victoria absurda que Camus propone en su ensayo de 1942, conocido como El mito de Sísifo (Le mythe de Sisyphe).

La otra opción es el suicidio.

Camus era un pesimista pro-activo. Estaba convencido de que tenemos que aceptar el absurdo, porque somos absurdo, el mundo es absurdo, lo que es decir, puro azar, y que la mera lucha por alcanzar la cumbre debería bastar para hacernos felices. El después no importa demasiado. 

Tal vez todo se trate de tener el valor de raspar un poco la pintura de la superficie. Aceptar que nuestras vidas son, de hecho, insignificantes y solo tienen el valor que nosotros mismos les asignamos. Una medida puramente ilusoria, por supuesto. La realidad es que, una vez despojado del vulgar maquillaje del romanticismo, el mundo es un lugar extraño y aberrante, para nada amigable. 

El mal existe, sin dudas. Proviene de la ambición y la ignorancia humanas, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tanto desastre como la maldad más pura. La obtención de La Verdad es imposible porque en el fondo de la cuestión no hay fundamento, y el uso de la razón, la tecnología y  toda la ciencia aun no han podido explicar el universo.

Gran conocedor de Franz Kafka, disidente, reacio, vilipendiado por muchos de sus contemporáneos, Albert Camus aseguraba que hay que luchar sin ponerse de rodillas, porque únicamente el hombre rebelde será capaz de construir una ética por fuera del abrazo de Dios, sin caer al averno del nihilismo, minimizando todo lo posible el mal, pero sobre todo afirmando la vida. Casi la única posibilidad que nos queda. 


Niños en el camino vecinal

Oía pasar los carros ante la verja del jardín. A ratos también los veía por entre los resquicios suavemente agitados del follaje. ¡Cómo crujía la madera de sus rayos y lanzas aquél cálido verano! Eran labradores que volvían del campo y se reían que era una vergüenza.

Sentado, en nuestro pequeño columpio, yo descansaba entre los árboles en el jardín de mis padres. Ante la verja el tráfago no cesaba. 

Acababan de pasar unos niños a la carrera, carretas de cereales con hombres y mujeres sentados encima y alrededor de las gavillas oscurecían los arriates de flores. Al caer la tarde, vi a un señor paseando con un bastón, y a unas chiquillas que, tomadas del brazo, salieron a su encuentro, lo saludaron y se metieron entre la hierba del costado. 

Como salpicaduras de un chorro, unos pájaros alzaron luego el vuelo. Los seguí con la mirada, los vi subir de un tirón hasta que ya no creí que ellos subían sino que yo caía y, aferrándome con fuerza a las cuerdas, empecé por inercia a columpiarme un poco. 

Pronto me columpié con más fuerza, cuando el aire ya soplaba más fresco, y en vez de los pájaros en vuelo aparecieron unas estrellas temblorosas. A la luz de una vela me sirvieron la cena. 

A ratos apoyaba ambos brazos sobre el tablero de madera, y ya cansado mordisqueaba mi pan con mantequilla. Las cortinas profusamente caladas se hinchaban con el viento cálido, y a veces alguien que pasaba por afuera las sujetaba con sus manos si quería verme mejor y hablar conmigo. 

En general, la vela se apagaba pronto y en el humo oscuro del pabilo seguía evolucionando un rato el enjambre de mosquitos. Si alguien me interrogaba desde la ventana, yo me quedaba mirándolo como si mirase las montañas o el aire, y la verdad es que a él tampoco le importaba mucho la respuesta.

Pero si alguno saltaba sobre el alfeizar de la ventana, y me enunciaba que los otros ya estaban frente a la casa, me ponía de pie suspirando. 

Oye, ¿por qué suspiras? ¿Qué ha pasado? ¿Alguna desgracia irreversible? ¿Jamás podremos recuperarnos? ¿Está todo perdido?...
¡Qué bien, por fin, estáis aquí! Tú siempre llegas demasiado tarde 
¿Qué yo llego demasiado tarde? 
Pues sí, tú, quédate en casa si no quieres venir con nosotros. Nada de miramientos. 
¡Cómo que nada de miramientos! ¿De qué estás hablando?

Desfondamos el atardecer con la cabeza, ya no hubo día ni noche. Ahora los botones de nuestros chalecos se entrechocaban unos contra otros como dientes. Ahora corríamos manteniendo intervalos siempre iguales con fuego en la boca, como animales de los trópicos. 

Cual coraceros de antiguas guerras, pisando fuerte y levantando mucho las piernas, bajamos por la callejuela empujándonos unos a otros y con este impulso en las piernas subimos luego por el camino vecinal. 

Algunos se metieron en la cuneta; apenas habían desaparecido entre el sombrío talud cuando volvieron a surgir como forasteros allá arriba, en el sendero, y se quedaron mirándonos. 

¡Venga! ¡Bajad! 
¡Subid primero vosotros! 
¿Para qué nos tiréis abajo? Ni pensarlo ¡tan tontos no somos! 
¡Tan cobardes querrás decir! ¡Vamos, subid!
¿De veras? ¿Vosotros? ¿Nos queréis tirar abajo precisamente vosotros? Eso habría que verlo.

Partimos al asalto, recibimos golpes en el pecho y nos dejamos caer gustosos entre la hierba del talud, descansamos sobre ella. Todo estaba uniformemente templado, no sentíamos calor ni frío en la hierba, solo cansancio.

Al girarse sobre el costado derecho, con la mano bajo la cabeza, a uno le entraban ganas de dormir, aunque al punto quería incorporarse una vez más con la barbilla en alto para caer, eso sí, en una cuneta más profunda. 

Luego, con el brazo cruzado sobre el pecho y las piernas oblicuas uno deseaba lanzarse al aire y caer en otra cuneta más profunda todavía para ya no parar nunca. 

Cómo nos estiraríamos del todo, en especial para dormir, cuando estuviéramos en la última cuneta. Era algo en lo que no pensábamos al yacer allí, de espaldas, como enfermos dispuestos a llorar. 

Parpadeábamos cuando alguno de los chicos, pegando los codos a las caderas, saltaba sobre nosotros del talud al camino con sus suelas oscuras. Ya veíamos la luna a cierta altura. Bajo su luz pasó un coche correo. 

Por todas partes se elevó una suave brisa que también sentíamos y muy cerca del bosque empezó a susurrar. Nadie sentía ya muchas ganas de estar solo. 
¿Dónde estáis? ¡Venid! ¡todos juntos! Oye, ¿Por qué te escondes? ¡Déjate de tonterías! ¿No sabéis que ya ha pasado el correo?
¿Qué dices? ¿Ya ha pasado?
Claro que sí. Pasó mientras dormías
¿Dormir yo? ¿Qué va?
Calla, calla, que aún se te nota. Venga, hombre, ¡venid!

Echamos a correr más apretados, algunos se daban la mano. La cabeza no podíamos llevarla muy erguida porque íbamos cuesta abajo. Alguien lanzó un grito de guerra indio. 

Un ansia de galopar se apoderó como nunca de nuestras piernas y a cada salto el viento nos izaba por las caderas. Nada habría podido detenernos, nuestro impulso era tan fuerte que incluso al adelantar a alguien podíamos cruzar los brazos y girar tranquilos alrededor.

Nos detuvimos sobre el puente del torrente. Los que habían ido más lejos regresaron. El agua, abajo, golpeaba contra las piedras y raíces como si no fuera ya noche cerrada. No había ninguna razón para que alguno no saltara sobre el parapeto del puente.

Detrás de unos arbustos, a lo lejos, se oía un tren. Todos los compartimientos estaban iluminados y seguro habrían cerrado las ventanillas. Uno de nosotros entonó una canción callejera, pero todos queríamos cantar. Nuestro canto era mucho más rápido que el paso del tren, balanceábamos los brazos porque la voz no bastaba y con nuestras voces nos fuimos metiendo en un enredo en el que nos sentimos bien. 

Cuando uno mezcla su voz con otras queda como prisionero de un anzuelo. Así cantábamos de espaldas al bosque hacia los oídos de los remotos viajeros. Los mayores aún estaban despiertos. En la aldea, las madres preparaban las camas para la noche. Ya era la hora, besé al que estaba a mi lado, a los tres que estaban más lejos solo les tendí la mano y emprendí el camino de regreso.

Nadie me llamó. En la primera encrucijada, donde ya no podían verme, di media vuelta y siguiendo unos senderos corrí de nuevo hacia el bosque. Quería llegar a esa ciudad del sur de la que se decía en nuestra aldea: 

No os imagináis qué gente hay allí, si es que no duermen. 
¿Y eso por qué? 
Porque no se cansan. 
¿Y eso por qué? 
Porque son necios. 
¿Y los necios no se cansan? 
¿Cómo podrían cansarse los necios?


Franz Kafka. De: Contemplación. 1913



Crónicas de la peste

 

And the life of the ebony clock 
went out with that of the last of the gay. 
And the flames of the tripods expired. 
And Darkness and Decay and the Red Death 
held illimitable dominion over all.

Edgar Allan Poe. The mask of the red death

Ciudades enteras devastadas, cuerpos apilados y ratas. Muchas ratas. Literalmente, la peste negra diezmó la población de Europa y Asia. Una sola enfermedad que finalmente dejó millones y millones de muertos en el mundo. 

El doctor seguía mirando por la ventana. De un lado del cristal el fresco cielo de la primavera y del otro lado la palabra que todavía resonaba en la habitación: la peste. La palabra no contenía sólo lo que la ciencia quería poner en ella, sino una larga serie de imágenes extraordinarias que no concordaban con esta ciudad amarilla y gris, moderadamente animada a aquella hora, más zumbadora que ruidosa; feliz, en suma, si es posible que algo sea feliz y apagado. Una tranquilidad tan pacífica y tan indiferente negaba casi sin esfuerzo las antiguas imágenes de la peste. Atenas apestada y abandonada por los pájaros, las ciudades chinas cuajadas de agonizantes silenciosos, los presidiarios de Marsella apilando en los hoyos los cuerpos que caían, la construcción en Provenza del gran muro que debía detener el viento furioso de la peste. Jaffa y sus odiosos mendigos, los lechos húmedos y podridos pegados a la tierra removida del hospital de Constantinopla, los enfermos sacados con ganchos, el carnaval de los médicos enmascarados durante la Peste negra, las cópulas de los vivos en los cementerios de Milán, las carretas de muertos en el Londres aterrado, y las noches y días henchidos por todas partes del grito interminable de los hombres. No, todo esto no era todavía suficientemente fuerte para matar la paz de ese día. Del otro lado del cristal el timbre de un tranvía invisible resonaba de pronto y refutaba en un segundo la crueldad del dolor. Sólo el mar, al final del mortecino marco de las casas, atestiguaba todo lo que hay de inquietante y sin posible reposo en el mundo.

                                                                                                                               Albert Camus. La peste.


La peste negra se inició en Asia. Los primeros reportes datan del año 1320, en la zona del Desierto de Gobi, el lugar por donde pasaban las caravanas de La ruta de la seda. En 1331 llega a China, después de una serie de inundaciones que propiciaron la aparición de roedores. En 1338 llegó a Rusia.

Se considera que el inicio de la epidemia propiamente dicha fue a partir del año 1346. Comenzó en la antigua ciudad de Caffa, hoy conocida como Teodosia y étnicamente rusa, situada en las costas del Mar Negro. Ese año la ciudad fue asediada por un ejército de bárbaros tártaros. Carentes de milicia, pacíficos y poco preparados para luchar, los habitantes de Caffa encontraron como única opción resistir el ataque.

Sin embargo, todo cambió cuando una enfermedad misteriosa comenzó a afectar al ejército invasor. Después de algunos días había cada vez más y más soldados muertos. Hábiles observadores, los invasores concibieron una idea tan innovadora como perversa: utilizar las catapultas de ataque bélico para arrojar a sus muertos dentro de las murallas de la ciudad. 

Es el primer ejemplo de utilización de armas biológicas en la historia. 

Así es como la enfermedad se propagó también entre los residentes de Caffa, con gran rapidez aumentó el número de víctimas dentro y fuera de la ciudad. Eso y las ratas. La desesperación era tal que muchos comerciantes genoveses, que tenían allí su colonia comercial, decidieron emigrar del país y zarparon en barcos hacia la Italia natal; sin imaginar que la muerte ya viajaba con ellos. 

La historia considera que la edad media comenzó en el siglo V y terminó en el XV, duró aproximadamente mil años. La peste se desarrolló en el período conocido como baja edad media, que comenzó alrededor del año 1.000. 

Los historiadores gustan comparar esta época con la representación bíblica de los Cuatro jinetes del apocalipsis:

El primer jinete representa el hambre. A principios del siglo XIV, el cambio climático hizo que el invierno fuera más frío y el verano más lluvioso durante algunos años, eso redujo considerablemente la producción de granos en el continente, esto provocó que el alimento se convirtiera en un bien tan preciado como escaso. Los más pobres murieron de hambre. Este período se conoció como La gran hambruna y se estima la muerte de entre el 10 y el 15% de la población total de Europa. 

El segundo jinete es la guerra. En este período ocurrió la famosa Guerra de los Cien Años. Por más de un siglo, miles de soldados de Francia e Inglaterra se mataron, día tras día, porque el vencedor ocuparía el trono francés. 

El tercer Jinete es la enfermedad; es decir, la peste negra, que en ese período mató más de veinte millones de personas. 

Este fue, sin dudas, uno de los períodos más oscuros de la historia de la humanidad; pobreza, guerra, miseria, hambre, intrigas políticas, asesinatos. 

El cuarto Jinete es el que reúne a todos los otros: la muerte.

En retrospectiva, de este mundo alejado de la aventura épica y romántica que nos contaron, de esta pesadilla interminable, los sociólogos dicen que parte del problema fue que era una época donde las nociones de sanidad modernas eran completamente desconocidas. 

La vida era extremadamente difícil. Era habitual que los pobres vivieran en chozas de un solo cuarto, húmedo y oscuro, donde también se cocinaba, se dormía y se almacenaban la comida, los animales y la basura. Toda la familia dormía amontonada junto a los perros, sobre camas hechas con paja, para poder resistir mejor las condiciones adversas del invierno. 

En las grandes ciudades la vida era aún más caótica; no existían los sistemas de drenaje ni de alcantarillado, con lo cual, todo estaba sucio y mojado. La gente se amontonaba en las calles en busca de mercancías; caminaban sobre la basura y en las mismas calles comían y dormían. No había preocupación alguna por la limpieza o la salud, porque todavía no había sido necesario. Era un hábito comer con las manos sucias, e incluso no cambiarse de ropa y no bañarse durante años. 

La peste negra fue también conocida como peste bubónica. Después de la batalla de Caffa se extendió rápidamente por todo el continente. Los científicos afirman que entre 1347 y 1352 mató entre 15 y 23 millones de europeos. Fue el período más violento de la enfermedad que finalmente provocó en el mundo, a lo largo de los años siguientes, entre 75 y 200 millones de muertes. 

Hoy sabemos más. La ciencia ha identificado el bacilo y nos asegura que una sola bacteria es la responsable de tanta muerte. El pequeño responsable es conocido con el nombre de yersinia pestis. Tal es su nomenclatura, hasta hoy definitiva. Fue descubierta en forma independiente y casi simultánea por los especialistas en bacteriólogía Kitasato Shibasaburō y AlexandreYersin, colaborador a su vez de los doctores Louis Pasteur y Robert Coch. 

Es una bacteria evolucionada de otra, la yersinia pseudotuberculosis. Lo que ocurrió entre ambas fue una serie de mutaciones, durante miles de años.

La infección más común por pestis es la peste bubónica, fue llamada así a causa de los bubones, es decir, tumores ganglionares inflamatorios, que se desarrollaban en los infectados alrededor de los ganglios linfáticos principales -comunmente en la zona de la ingle, el cuello y las axilas- esto venía acompañado de fiebre alta, escalosfríos, debilidad muscular y agudos dolores de cabeza. 

A medida que la bacteria logra reproducirse en el organismo, el sufrimiento del paciente aumenta considerablemente. Los bubones pueden llegar a tener el tamaño de una manzana, transformándose en heridas llenas de pus. Son tan característicos y tan impresionantes, que los habitantes de la edad media identificaban la enfermedad a causa de estos. 

Otro síntoma característico de la enfermedad primitiva era el ennegrecimiento de la piel en las extremidades distales, los dedos de manos y pies, y la posterior gangrena.

Gracias a la microbiología, hoy se sabe que también existen otras formas de manifestación de esta misma bacteria, como lo son la peste pulmonar, que afecta al sistema respiratorio, provoca tos y expectoración en el enfermo, lo cual favorece el contagio por flügge (gotas de saliva); o la peste septicémica, que afecta al torrente sanguíneo hemolizando los glóbulos rojos, lo que generaba las zonas negras en la piel. Ahora bien, tanto la forma septícémica como la respiratoria no dejan sobrevivientes.

La bacteria vive dentro de un tipo de pulga, la chenopsylla cheopis, que infecta a los roedores salvajes, y que a su vez inocula el bacilo al ser humano mediante la picadura, aunque hoy se maneja la teoría de que en la Edad Media hubo otro vector simultáneo, el piojo humano. 

Se cree que solo Islandia y Finlandia se salvaron del contagio, debido a las bajas condiciones de humedad y a las extremas temperaturas invernales. En Europa, los brotes posteriores de peste hicieron que la recuperación demográfica fuera imposible hasta un siglo después. 

Los salarios aumentaron notablemente porque era muy difícil conseguir mano de obra, mucha gente emigró del campo a la ciudad para mejorar sus condiciones de vida, a la vez que muchos campesinos pobres tuvieron la posibilidad de apropiarse de tierras cercanas aún cultivables que, sin dueños ni herederos, estaban deshabitadas.

El dato más curioso que encontré en las crónicas de la peste que leí a lo largo de mi vida es el de los médicos. Nostradamus, Paracelso y el famoso anatomista francés Ambroise Paré fueron médicos de la peste. Vivían aislados del resto de la población y solo se les permitía ocuparse de los enfermos de peste.

Algunos, aunque no todos, utilizaban un atuendo especialmente diseñado para la peste. Fue creado en 1630 por el médico francés Charles de Lórme. Así que en principio fue utilizado por los médicos de la ciudad de París, después su uso se extendió por el mundo.

El traje consistía en una túnica de tela que debía ser gruesa y estar encerada para impermeabilizarla. Se acompañaba de guantes, un bastón y una máscara de cuero de animales, con dos agujeros en la zona de los ojos sellados con lentes de vidrio y una prominente nariz, que evocaba el pico de un pájaro y estaba rellena de hierbas aromáticas como el ámbar gris, la menta, el estoraque, la mirra, el láudano, algunos pétalos de rosa, el alcanfor y el clavo de olor. A esto se sumaba la mayor cantidad de paja posible, porque se creía que podía servir como filtro de aire. 

...
La nariz era de medio pie de longitud, con la forma de un pico, rellena de perfume con sólo dos agujeros, uno en cada lado, próximos a los orificios nasales, pero que bastaban para respirar, cargando con el aire que uno inhalaba, la impresión de las drogas contenidas en el extremo del pico. Bajo el abrigo vestimos botas hechas de cuero marroquí (cuero de cabra), pantalones de piel fina que están amarrados desde el frente a dichas botas y una blusa de piel fina y manga corta, cuyo extremo inferior se introduce en los pantalones. El sombrero y los guantes también están hechos de la misma piel. Ibamos con lentes sobre los ojos.

Pierre Vidal. Infectious desease and arts


El bastón posibilitaba el contacto del médico con los pacientes fallecidos o moribundos, aunque también la acción del castigo. Muchos pacientes pedían ser castigados por los médicos de la peste para que sus pecados fuesen lavados siguiendo una ideología extendida ya en todo el continente: la ideología de los flagelantes.

Los flagelantes eran procesiones de hombres y mujeres, tuvieron inicio en Perugia, en 1260. Con velas y estandartes, estas procesiones proclamaban la inminencia de la ira de Dios, predicaban la dura penitencia y el autocastigo como un camino hacia el perdón. El movimiento resurge en 1348, a causa de la brutal expansión de la peste. 

Pero esta muchedumbre de hombres y mujeres devotos, que caminaban descalzos, con las cabezas cubiertas de ceniza, flagelándose a sí mismos sin piedad no tardó en degenerar. Pronto, lo más bajo de la sociedad se unió a esas filas, generando caos, crimen y desorden. Esto despertó inmediatamente la atención de un clero receloso de poder. Fueron perseguidos, declarados herejes por el Papa Clemente VI, y erradicados en 1414 durante el Concilio de Constanza.

El último brote registrado de peste neumónica fue en China, en el año 2019. Se limitó a unos pocos casos.

Cuando le preguntaron a Albert Camus el motivo de su novela de 1947, escribió que la novela intenta llevar al lector hacia una reflexión filosófica inevitable: encontrar el sentido de la existencia cuando se carece de Dios y de moral universal. El escritor hace hincapié en la idea de que, en última instancia, el hombre no tiene control sobre nada, que la irracionalidad de la vida es inevitable. 

La peste representa la figura misma del absurdo. Y para Camus la ausencia de sentido supremo es el absurdo y es algo desconcertante pero positivo. Camus era un pesimista activo. Creía en el movimiento, en vez de apostar a la quietud. Creía que las nuevas razones de la existencia serían aquellas ligadas a valorar la vida humana por sí misma y no por causas superiores religiosas, ideológicas, o lo que fuera. 

La novela muestra el sentido de una existencia libre y atea, manifestado principalmente en el apoyo mutuo y en la libertad individual, en guerra con la indiferencia y la pasividad.

El extranjero



Este artículo contiene opiniones de su autora entrelazadas con pasajes explícitos y determinantes de la trama del libro El extranjero de Albert Camus. Si tenés planeado leer el libro no leas este artículo. 

Al igual que El proceso, del escritor checo Franz Kafka, El extranjero, del argelino Albert Camus tiene implícita una crítica, por demás interesante, a la máscara social, a la justicia del hombre, a la ley del padre, al Dios cristiano. En Camus no todo se trata del absurdo.

El protagonista de esta historia, un hombre joven llamado Meursault, nos hará notar con total lucidez que su abogado, quien en teoría conoce profundamente los elementos que la ley otorga para poder defenderlo, pone en su boca, ante el tribunal de juzgamiento, palabras e ideas que le son ajenas; o por lo menos que no le son propias. Cosas, que el acusado no piensa y que no diría.

Es cierto que por ese entonces ya estará presente en Camus la semilla de El mito de Sísifo, también durante el texto de El extranjero el autor se preguntará por el valor de la vida. Luego, en El mito de Sísifo declarará que lo único verdaderamente importante sobre lo que tendríamos que tomarnos el trabajo de escribir y pensar es el suicidio. En El extranjero, Meursault, una personalidad existencialista pesimista, afirmará que "todos sabemos que la vida no vale la pena de ser vivida". 

Es que para este negado existencialista de pura cepa, lo único que tenemos los hombres es esta vida terrenal. Al menos lo único que tenemos por seguro. Aquí recuerdo una cita de la doctora Esther Díaz: 

Seguro tenemos cuerpo, alma no sabemos.

No tengo dudas de que Camus escribió El extranjero en parte guiado por la impresión que le provocara el hecho de ver morir a otros seres humanos, como usted, como yo, como él mismo, bajo la guillotina. En sus años tempranos, había trabajado como empleado en un juzgado y tuvo la oportunidad de leer varios expedientes judiciales. Es quizás la justicia humana la mayor preocupación de Camus, en todas sus obras la menciona directa o indirectamente. A veces la ridiculiza, la pone en duda, como Kafka. 

En El extranjero, el autor explica la muerte por decapitación en Francia. Si la cuchilla de la guillotina o el golpe fallaban por algún imprevisto mecánico, la carga se producía nuevamente de inmediato, sin embargo, siempre se corría el riesgo de que, después del primer impacto recibido incompleto, el condenado siguiera aún con vida. 

Como dijimos, Albert Camus tenía, según determina la crítica, una mirada existencial pesimista:


Morir a los treinta o a los setenta importa poco. Todos moriremos

Es probable que en esto haya tenido mucho que ver su enfermedad crónica pulmonar. Camus sufría de tuberculosis y había visto morir a miles a causa de ese mal. Sin embargo, el destino tenía preparada otra cosa para él: falleció en forma repentina, durante un accidente automovilístico, cuando tenía 46 años. A veces pienso con cierto pesar en todo lo que no escribió. 

Sin embargo, su mirada pesimista estaba profundamente comprometida con la acción, de ninguna manera con la pasividad. Su existencialismo no promueve el quietismo ante el absurdo. Aceptar el absurdo, afirma, es la única alternativa al injustificable salto de fe que constituye la base de todas las religiones e incluso del existencialismo, que él mismo no aceptaba completamente.

Desde que uno sabe que va a morir ya no importa cómo ni cuándo

Durante parte de la trama de El extranjero, Albert Camus va dilatando con su gran habilidad creativa la visita del capellán de la prisión, la entrevista ocurrirá como parte de la escena final. De ese modo, el lector queda realmente fascinado con ella. No es una escena más. 

Frente a su propia muerte, frente a la muerte en general, el protagonista tiene una actitud estremecedora. La realidad más difícil de aceptar en todo esto quizá sea el hecho de que una persona muerta deja de interactuar con su entorno. Nos conformaremos con su recuerdo, es cierto, pero no será más que eso: pasado. Un pasado sin posibilidad alguna de actualización, porque la situación de la muerte es -hasta ahora- inevitable. 

Camus desliza en la voz de su protagonista "que una persona muerta no tendría por qué interesarnos más". Es una reflexión cruda, casi nos obliga a empezar por aceptar que cuando estemos muertos se dejará de pensar en nosotros, o se pensará tan solo durante un tiempo. Nadie dice que nuestro entorno no sufrirá la pérdida, sin embargo, el resto será más romanticismo del barato. 

                           No existe idea a la que uno no termine por acostumbrarse. 

Todos estos son pensamientos que Maursault tendrá en su celda, recostado en su camastro, en la segunda parte del libro, después del juicio y la sentencia. Son las ideas que a lo largo de la trama lo convertirán en un extraño, un ser ajeno dentro de su propio entorno, un extranjero entre sus cófrades. 

En ese punto álgido de pensamiento, de profunda reflexión, entrará por fin a escena el capellán. El protagonista, portador de una sinceridad demoledora, modulará con el pobre hombre la hipocresía a su gusto, pero con tanta habilidad que sorprenderá. Normalmente no faltará a la verdad, hará gala de una sinceridad extrema, pero cuando no lo haga, enseguida se confesará en la página. 

  No tengo tiempo ya para volver a Dios. 

Y con esto revelará además de sinceridad, la carencia del autoengaño, la falta de un deseo de soluciones inmediatas.

Me sorprendió encontrar en múltiples reseñas del libro, aunque la mayoría de las veces los autores sean reseñadores no especializados, un juzgamiento, una crítica sobre la personalidad de Meursault hecha de los mismos argumentos que usarán el juez y el procurador en la ficción del libro para condenarlo. 

A lo largo de la historia, el hombre se ha procurado un orden, una justicia sin la cual sería muy difícil vivir en sociedad. Necesitamos de ese orden, es cierto. Lo malo es creer en él, morir por él, como si se tratara de una verdad indiscutible. Y aun así, todavía seguiremos poniendo las más valiosas fichas en la justicia divina, en Dios. "Que todo lo sabe, todo lo ve y todo lo resuelve". Por eso cuando alguien consigue evitar pagar la pena que entendemos le corresponde lo encomendamos y nos encomendamos nosotros mismos a esa justicia. 

Tenemos la culpa grabada en el disco rígido y, como buenos hijos de la culpa, pensamos que Dios nos va a salvar o, en su defecto, a castigar.

¿Es que ama usted esta tierra hasta ese punto? 

Pregunta el capellán frente a la absoluta seguridad del desinterés en Dios. 

Compramos la falsa idea de que estar en plena consciencia de las situaciones terrenales, estar amarrado a una vida plena, placentera, llena de comodidades y compartida con otros viene a ser algo así como "no tener alma" o como mínimo significa "descuidarla". Otra idea implantada por el cristianismo para generar culpa. Sin embargo, se puede hacer el bien sin mirar a quien siendo un ser terrenal, porque ser egoísta nada tiene que ver con creer o no en el alma. 

¿Y qué si esta vida fuera todo lo que tenemos? ¿Y qué si no existen Dios, el alma, el más allá o el Diablo?

¿No deberíamos entonces tratar de vivir acorde a nuestra propia moral, a nuestros propios deseos, sin que eso signifique dañar a otros? Hablo de vivir, de gozar, de tomar decisiones sin pensar en el cielo, el infierno o el purgatorio. ¿No viviríamos acaso cada día como si fuera el único? No es esa una revelación suficiente, un motivo de mayor peso que el alma, el cielo y el infierno juntos?

Desde mi experiencia, he conocido creyentes tóxicos, ventajeros, manipuladores, prejuiciosos e intolerantes, pero sobre todo perjudiciales para su entorno. También conocí ateos muy, muy generosos. No necesitamos un dios enigmático y castigador para ser buenas personas, quizá nos alcance con muchos momentos de intensa duda y reflexión. 

A lo largo de la historia las religiones solo han conseguido que millones de seres humanos sufran, la mayoría son mujeres y eso todavía ocurre.

En el libro, Meursault le pide constantemente al capellán que no le haga perder el tiempo en tonterías. Meursault no cree en Dios y tiene ya poco tiempo para reflexionar.  Esa es su bandera. No hay hipocresía ni auto-engaño en sus palabras. Meursault quiere destinar los pocos momentos que le quedan para pensar en María, en su madre, en sus amigos, en el recuerdo de su hermosa vida terrenal. Meursault quiere vivir sus últimas horas pensando, evocando a sus seres queridos, tratando de entender el sentido de la vida desde su camastro.

—¿Por qué usted me llama Señor y no Padre? —exige saber el capellán. 

—Simplemente porque usted no es mi padre. 

Aparece aquí, en la pregunta del capellán, una expresión clara de la Ley del Padre. La tradición de honrar, porque sí, cualquier autoridad masculina. Dios, el padre, los padres, los jueces, los curas, el presidente, los CEOs, los médicos y otras yerbas. Un juego de jerarquías constante en el que la clave está en ser masculino con alguna etiqueta posible. 

Tribunales terrenales o celestiales, religiones, leyes, normas, buenas costumbres, prácticas adecuadas, relaciones humanas, todo es parte de los mismo, nada escapa.

Extraños seres de alas negras



La única actitud digna
de un hombre superior
es el persistir tenaz
en una actividad
que se reconoce inútil.

(Bernardo Soares)

No debe existir espécimen perteneciente al susanaje que no se escandalice al enterarse que el escritor francés Albert Camus, brillante pensador, esforzado escritor, filósofo y ¿por qué no? hombre libre, una vez compuso un personaje que no derramó ni una sola lágrima en el funeral de su madre.

Para colmo, desde que se casó hasta que se divorció de su primera compañera, tuvo la cifra para nada despreciable de diez amantes y después, cientos de mujeres. Hasta yo me vi sorprendida por esa cifra.

¿Con qué necesidad?  (se preguntarán las integrantes del famoso club)

Tal vez por la innegable necesidad de ser libre, tal vez por el deseo irrefrenable de ser un hombre absurdo, tal vez porque a Camus le faltaba una pizca de hipocresía social, tal vez porque le pintó. Podemos intuir la respuesta, no lo sabremos jamás.

Desde la perspectiva de Camus, un hombre absurdo es un hombre libre, aunque lleve en sus espaldas el peso de ser, al menos durante algunos años de su vida, un empleado gris. Un hombre absurdo es también un hombre alejado de toda convención social; incluso la hipocresía se le resiste.

En 1942 publica su primera novela, L´Éxtranger, traducida algunas veces como El extranjero, pero otras como El extraño. Un texto donde el escepticismo frente a todos y todo recorre en forma permanente la piel de su protagonista: Meursault. En 1967 fue adaptada al cine por Luchino Visconti y después al cómic por el argelino Jacques Ferrandez, a quien tuve la suerte de saludar la semana pasada en una conferencia en la Biblioteca Nacional.

Los críticos aseguran que con esto Camus nos advirtió que un hombre así, profundamente apático, insensible de su existencia y la de otros, incluso insensible de su propia muerte, estaba siendo creado en el mundo. También dicen que predijo el comportamiento del hombre occidental, el individuo posterior a la segunda guerra. 

Yo sospecho que Camus simplemente se burlaba de la máscara de las buenas costumbres. 

Hay quienes han criticado fervientemente el comportamiento del protagonista de El extranjero; su actitud, su desidia, escriben incluso que todo en él les repele. Es que dentro de la ley del padre, una ley que todo lo abarca y todo lo jerarquiza, que normatiza aquello que toca, o lo condena, se considera imperdonable no ser capaz de llorar la muerte de una madre.

Otros consideramos a Meursault simplemente injuzgable, al menos en ese punto.

Camus, por su parte, declaró alguna vez que todo lo que sabía sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol:

Aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida; sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre derecha.

Incuestionable, lúcido, terrenal. Vivo. Perteneció a una familia de agricultores, colonos franceses, quienes solían ser despectivamente llamados "patas negras". Nacido en la Argelia francesa, este hombre absurdo fue muy, pero muy pobre. Su padre falleció como consecuencia de una herida de guerra cuando él cumplía apenas un año de vida, pero los libros llegaron gracias a una beca que el estado destinara especialmente a los hijos huérfanos de los héroes.

Alentado por Louis Germain, su maestro del bachillerato, comienza a leer filosofía. Enfermo de tuberculosis, pobre como una rata, de la nada absoluta al todo, en 1936 Albert Camus se gradúa en la Universidad de Filosofía y Letras. 

También formó parte de la resistencia francesa durante la ocupación alemana. En 1957 recibió el Premio Nobel de Literatura. No soy amiga de los datos biográficos, pero estos me parecieron importantes porque describen la absoluta transformación de un hombre.

El extranjero es la historia de Meursault, decíamos. Muestra cómo ni el amor, ni la amistad, ni el éxito personal, ni ningún otro psicofármaco tienen la suficiente importancia cuando la angustia existencial de este antihéroe inunda su ser; Meursault dejará que la angustia lo atraviese sin usar los anestésicos típicos que todavía hoy se nos proponen como válidos. Por no mencionar los antidepresivos químicos, Dios y los hijos.

(...)
Entonces el juez de instrucción puso el crucifijo bajo mis ojos por sobre la mesa y gritó en forma irracional: Yo soy cristiano, pido a Este el perdón de tus pecados ¿cómo puedes no entender que ha sufrido por tí?
Me di perfecta cuenta de que me tuteaba, pero también estaba harto de mi. Cada vez hacía más y más calor. Como siempre que siento deseos de librarme de alguien a quien apenas escucho, puse cara de aprobación. Con gran sorpresa mía exclamó triunfante: ¿Ves? ¿Ves? ¿No es cierto que crees y que vas a confiar en Él?. Evidentemente dije "no" una vez más. Se dejó caer en el sillón.
(...)

En este tiempo farmacológico, donde nos venden bienestar como resultado de la conformidad y el consumo, tal vez ser un absurdo tenga mucho más que ver con pensar demasiado, usando siempre, en esa empresa empírica, el pensamiento crítico, que con la apatía o el desinterés. 

Un extranjero, una extranjera, puede ser muchas cosas, un individuo extraño, indefinible, callado, apático, o quizás el más amable y emocional de los seres. Lo que jamás podrá ser es un individuo masificado, atado a la norma, a la ley del padre, a las convenciones sociales, o a cualquiera de las “religiones” vacías del hombre moderno. Pongan ahí la palabra que gusten. Un otro que nos interpela, que nos atraviesa y transforma desde su diferencia, nunca desde el discurso hegemónico.

La crítica dice que durante la trama Meursault se transforma en “un extranjero”, un ser odioso, que juzga y remueve los fantasmas de una sociedad angustiada, cuya moral doble, hipócrita, carente de sentido, regula la vida de todos. Una moral que no condena la muerte de millones de seres en manos de un pequeño grupo de miserables pero condena de la misma manera a un hombre que no llora a su madre que a un asesino que mata a sangre fría; una condena que resultará ser la única opción para consumar la búsqueda de la propia existencia. Y eso se parece bastante al concepto del absurdo en El proceso de Franz Kafka.

Cualquier coincidencia, pura realidad.

En el libro, Camus retrata la escena de un asesinato. Lo hace desde el recuerdo de una situación personal, vivida unos años antes con su grupo de amigos en una playa de Argel. En aquel entonces queda impresionado por la dimensión potencial que toman los acontecimientos, una pelea con dos árabes, y la escena del libro decanta, tiempo después, modificada. Meursault finalmente asesina al árabe de cinco disparos en el pecho porque interrumpió su paseo "con el irritante brillo de su cuchillo en los ojos". Esta escena en la realidad no llegó a mayores.

Camus pensaba que el hombre, por su humanidad, se encuentra siempre en una “condición absurda”, que no está exento de cruzarse con todo tipo “situaciones absurdas”. Así lo retrata en su libro de 1947, La peste, donde una epidemia de peste bubónica logra diezmar en unos pocos días gran parte de la población de la ciudad argelina de Orán. 

Así, mientras un grupo de hombres y mujeres religiosos reza pidiendo piedad y perdón a un dios ciego, sordo y mudo, otro grupo de hombres, los médicos zonales, pragmáticos y humanitarios, desarrollan la solidaridad, la contención y todo tipo de estrategias para lograr detener el mal. Sin embargo, la enfermedad, así como viene se va:

Porque el hombre, en última instancia, no tiene control de nada

Aun así, Albert Camus nos deja un pensamiento sobre la verdadera condena, la estupidez humana:

En nuestra sociedad, un hombre que no llora en el funeral de su propia madre corre el peligro de ser sentenciado a muerte.