I hear an army



Hurgando entre las cosas de Joyce encontré dos poemas. Después decidí investigar más y más y me dí cuenta de que, en cuanto a su poética, existen pocas opiniones encontradas. La crítica, lejos de ser unánime, es tan dispar que encontrar consenso literario en este autor es, como mínimo, una proeza. 

Así que otra vez recurrí al buenazo de Borges, para poder anclar en un sitio más o menos seguro. El juicio de Borges sobre Joyce es positivo, y sin fisuras. De su conferencia de 1960 en la Universidad Nacional de La Plata sobre el Ulises se desprende que para él Joyce fue un gran poeta:

Joyce empezó escribiendo poemas, estos poemas son realmente extraordinarios. Es una lástima que quien tomó significativamente el nombre de Dedalus, (Dédalo en la mitología) se dedicara a construir laberintos, a construir vastos laberintos en los que él mismo se perdió y en los que sus lectores también se pierden.
(Jorge Luis Borges)

Parece que para el maestro de Palermo, Joyce supo encontrar la mezcla alquímica correcta entre melancolía y desesperación, lo cual no es poco, si pensamos en la mala poesía que se lee hoy, y que muchas veces contiene, por supuesto en malas proporciones, estos mismos elementos. 

El poeta Juan V. Blanco escribe que tal vez el motivo de que la poesía de Joyce esté lejos de imponerse de manera inmediata en el lector sea que sus poemas suelen estar tan encarnados en la lengua y la cultura británicas, que muchas veces es difícil dar el salto desde la aprobación técnica de las traducciones, o desde el placer de la erudición de las notas, al escalofrío inmediato, primitivo, que puede provocarnos la poesía.

El sueño, ese desamparo de imágenes inconexas y simultáneas que, según algunos psicólogos, la mente racional ordena en sucesivas para prestar coherencia, gobierna gran parte de la obra de este autor. Joyce se movía en el mundo de los sueños y su escritura quiso ser un reflejo. Joyce quiso expresar; porque convengamos que soñar es facil, quizá lo realmente dificil, la verdadera empresa titánica sea descifrar el mensaje encriptado que en sus imágenes suele tejer el inconsciente. 

Así, para jorge Luis Borges, James Joyce significó la aventura misma oponiéndose al orden, un talento "verbal". Naturalismo y Simbolismo, dos escuelas opuestas, se fusionaron en él de manera singular y virtuosa. I hear an army alberga, sorprendentemente, la posibilidad de ser un poema de amor; un ejército de dioses que surge del mar, el rumor de un sueño inquieto, los últimos momentos de ese naufragio resplandeciente de símbolos y la transición hacia la vigilia de un hombre enamorado.


Escucho un ejército

        Escucho un ejército que a la carga va contra la tierra,
           y el tronar de los caballos que la embisten, con espuma en las rodillas.
        Arrogantes, en negras armaduras, detrás de ellos en pie están,
           desdeñando las riendas, blandiendo sus látigos, los aurigas.

        Claman hacia la noche su grito de guerra:
           yo gimo dormido cuando desde tan lejos escucho la risa turbulenta.
        Hienden la penumbra de los sueños, cegadora llama,
           sonando, resonando contra el corazón como contra un yunque.

        Vienen triunfantes, agitando sus largas y verdes cabelleras:
           salen del mar, corren gritando por la orilla.
        Mi corazón, ¿no eres sabio, acaso, que así desesperas?
           Amor, amor, mi amor, ¿por qué me has dejado tan solo?

James Joyce (1882 - 1941)



I hear an army

I hear an army charging upon the land,   
  And the thunder of horses plunging, foam about their knees:   
Arrogant, in black armour, behind them stand,   
  Disdaining the reins, with fluttering whips, the charioteers.   
   
They cry unto the night their battle-name:        
  I moan in sleep when I hear afar their whirling laughter.   
They cleave the gloom of dreams, a blinding flame,   
  Clanging, clanging upon the heart as upon an anvil.   
   
They come shaking in triumph their long, green hair:   
  They come out of the sea and run shouting by the shore. 
My heart, have you no wisdom thus to despair?   
  My love, my love, my love, why have you left me alone?

James Joyce (1882 - 1941)

Otro pintor de la vida moderna


...para forjar en la fragua de mi espíritu la consciencia no creada de la raza.
(James Joyce)


Sobre James Joyce escribió el poeta estadounidense Ezra Pound


Joyce contribuye con su literatura a la dignificación artística de la vida mediocre. Es un gran retratista de vidas pequeñas.

Así, Dublineses se publicó en 1914 después de algunas vicisitudes editoriales. En un principio contó con la agrupación de doce relatos, aunque posteriormente fueron quince. Constituye, y así intentó hacerlo su autor, una representación realista -aunque a veces burlona- de la vida de los habitantes de clase media y baja de la ciudad de Dublin, Irlanda, justo antes de la independencia del país. 

Es evidente que Joyce intentaba mantenerse, al menos en esta época de su vida, completamente al margen de la sociedad que decidió retratar en su libro. Una sociedad dormida, sometida a la dictadura simultánea del Imperio Británico y de la iglesia católica. La voz de los márgenes es siempre la más interesante de todas, así que desde muy joven Joyce se propuso oponerse al orden con una mirada crítica, dejar Irlanda, alejarse de ella; pero se la llevó consigo. Sus armas de trabajo fueron el silencio, el destierro y la astucia. Al menos así lo denunció en su novela  Retrato de un artista adolescente.

Nacido en Irlanda en 1882, el hijo mayor de quince hermanos fue criado en una familia católica y educado por los jesuitas. Ostenta aquí una prosa constante y clara, disímil a la escritura compleja y escandalosa del vilipendiado Ulises. Esta vez la escritura fluye, no se corta, no se fragmenta. Las palabras no pesan tanto, no hay ideas encriptadas en extensos monólogos interiores. Las escenas retratadas son directas, simples, sin rodeos, el pulso es realista, es cierto, pero no están exentas de momentos, como perlas, de elevada belleza poética. 

Jacques Lacan deja claro que en algún momento tendremos que hacernos cargo y aceptar que hemos asignado a Dios una función que es propia solo de los artistas: la creación. Para él James Joyce, como ningún otro, supo ilustrar el psicoanálisis en la escritura. 

Jorge Luis Borges habló de la importancia de leerlo. Dijo en su propia voz, durante una conferencia sobre Ulises, que como los irlandeses desde siempre se saben no ingleses, más allá de todo carácter racial que deseemos asignarles, han estado, han vivido, dentro de una cultura que no les es propia, a la que no deben ninguna lealtad. Eso hizo que aparecieran tantos de estos hombres realmente revolucionarios en las artes. Y entre ellos está, como ya es obvio, el dublinés James Joyce.


La casa de huéspedes

Mrs Mooney era hija de un carnicero. Era mujer que sabía guardarse las cosas, una mujer determinada. Se había casado con el dependiente de su padre y los dos abrieron una carnicería cerca de Spring Gardens. Pero tan pronto como su suegro murió, Mr Mooney empezó a descomponerse. Bebía, saqueaba la caja registradora, incurrió en deudas. No bastaba con obligarlo a hacer promesas, era seguro que días después volvería a las andadas. Por pelear con su mujer ante los clientes y comprar carne mala arruinó el negocio. Una noche persiguió a su mujer con un cuchillo y ésta tuvo que dormir en la casa de un vecino.

Después de aquello se separaron. Ella se fue a ver al cura y consiguió una separación con custodia. No le daba a él ni dinero, ni cuarto, ni comida; así que se vio obligado a enrolarse de alguacil ayudante. Era un borracho menudo, andrajoso y encorvado, con cara ceniza, bigote cano y cejas dibujadas en blanco sobre unos ojitos pelados y venosos; y todo el santo día estaba sentado en la oficina del alguacil, esperando que le asignaran un trabajo. 

Mrs Mooney, que cogió lo que quedaba del negocio de carnes para poner una casa de huéspedes en Hardwicke Street, era una mujerona imponente. Su casa tenía una población flotante compuesta de turistas de Liverpool y de la isla de Man y, ocasionalmente, artistas del music-hall. Su población residente estaba compuesta por empleados del comercio. Gobernaba su casa con astucia y firmeza, sabía cuándo dar crédito, cuándo ser severa y cuándo dejar pasar las cosas. Los residentes jóvenes se referían a ella como La Matrona.

Los clientes jóvenes de Mrs Mooney pagaban quince chelines a la semana por cuarto y comida (cerveza o stout en las comidas excluidos). Compartían gustos y ocupaciones comunes y por esta razón se llevaban muy bien. Discutían entre sí las oportunidades de conocidos y ajenos. Jack Mooney, el hijo de la Matrona, empleado de un comisionista de Fleet Street, tenía reputación de ser un caso perdido. Era dado a usar un lenguaje de barraca: a menudo regresaba a altas horas. Cuando se topaba con sus amigos siempre tenía uno muy bueno que contar y siempre estaba al tanto. Es decir, que sabía el nombre de un caballo seguro o de una artista dudosa. También sabía manejar los puños y cantaba canciones cómicas. 

Los domingos por la noche siempre había reuniones en el recibidor delantero en casa de Mrs Mooney. Los artistas de music-hall cooperaban; y Sheridan tocaba valses, polcas y acompañaba. Polly Mooney, la hija de la Matrona, también cantaba. Así cantaba:

Yo soy pura y santa.
Y tú no te enfades:
Lo que soy, ya sabes.

Polly era una agraciada joven de diecinueve años; tenía el cabello claro y sedoso y una boquita rellena. Sus ojos, grises con una pinta verdosa de través, tenían la costumbre de mirar a lo alto cuando hablaba, lo que le daba un aire de diminuta madonna perversa. Al principio, Mrs Mooney había colocado a su hija de mecanógrafa en las oficinas de un importador de granos, pero como el desprestigiado alguacil auxiliar solía venir un día sí y un día no, pidiendo que le dejaran ver a su hija, la había traído de nuevo para la casa y puesto a hacer labores domésticas. Como Polly era muy despierta, la intención era que se ocupara de los clientes jóvenes. Además, a los jóvenes siempre les gusta saber que hay una muchacha por los alrededores. Polly, es claro, coqueteaba con los jóvenes, pero Mrs Mooney, que se juzgaba astuta, sabía que los hombres no querían más que pasar el rato, ninguno tenía intenciones for­males. 

Las cosas se mantuvieron así un tiempo y ya Mrs Mooney había empezado a pensar en mandar a Polly a trabajar otra vez de mecanógrafa, cuando se dio cuenta de que había algo entre Polly y uno de los inquilinos. Vigiló bien a la pareja y se guardó sus consejos. Polly sabía que la vigilaban, pero todavía el persistente silencio de su madre no daba lugar a malentendidos. No había habido complicidad abierta entre la madre y la hija, ningún entendimiento claro, y aunque la gente en la casa comenzaba a hablar del asunto, Mrs Mooney no intervenía aún. Polly comenzó a comportarse de una manera extraña y era evidente que el joven en cuestión estaba perturbado. Por fin, cuando juzgó llegado el momento oportuno, Mrs Mooney intervino. Ella lidiaba con los problemas morales como lidia el cuchillo con la carne; y en este caso ya se había decidido.

Era una clara mañana de domingo al comienzo de un verano que se prometía caluroso, pero soplaba el fresco. Todas las ventanas de la casa de huéspedes estaban subidas y las cor­tinas de encaje formaban globos airosos sobre la calle bajo las vidrieras alzadas. Las campanas de la iglesia de San Jorge repicaban constantemente y las feligresas, solas o en grupos, atravesaban la diminuta rotonda frente al templo, revelando su propósito tanto por el porte contrito como por el breviario en sus enguantadas manos. 

Había terminado el desayuno en la casa de huéspedes y la mesa del comedor diurno estaba llena de platos en los que se veían manchas amarillas de huevo con gordos y pellejos de bacon. Mrs Mooney se sentó en el sillón de mimbre a vigilar cómo Mary, la criada, recogía las cosas del desayuno.  Obligaba a Mary a reunir las costras y los mendrugos de pan para ayudar al pudín del martes. Cuando la mesa estuvo limpia, las migas reunidas y el azúcar y la mantequilla bajo doble llave, comenzó a reconstruir la entrevista que tuvo la noche anterior con Polly. Las cosas ocurrieron tal y como sospechaba: había sido franca en sus preguntas y Polly había sido franca en sus respuestas.

Las dos se habían sentido algo cortadas, es claro. Ella se hallaba en una situación difícil porque no quiso recibir la noticia de manera muy desdeñosa o que pareciera que lo había tramado todo, y Polly se sintió embarazada no sólo porque para ella alusiones como éstas eran siempre embarazosas, sino también porque no quería que pensaran que en su inocencia astuta ella había adivinado las intenciones de la tolerancia materna.

Mrs Mooney echó una ojeada instintiva al pequeño reloj dorado sobre la chimenea tan pronto como se hizo consciente a través de su recordatorio de que las campanas de la iglesia de San Jorge habían dejado de tocar. Eran las once y diecisiete, tenía tiempo de sobra para arreglar el problema con Mr Doran y después alcanzar la breve de doce en Marlborough Street. Estaba segura de que saldría triunfante. Para empezar, tenía todo el peso de la opinión de su parte: era una madre ultrajada. Le había permitido a él vivir bajo su mismo techo, dando por sentada su hombría de bien, y él había abusado así como así de su hospitalidad. Tenía treinta y cuatro o treinta y cinco años de edad, de manera que no se podía poner su juventud como excusa; tampoco su ignorancia podía ser una excusa, ya que se trataba de un hombre que había corrido mundo. Simplemente se había aprovechado de la juventud y de la inexperiencia de Polly, ello era evidente. El asunto era: ¿Cuáles serían las reparaciones a hacer?

En tales casos había que reparar el honor, primero. Estaba muy bien para el hombre, se podía salir con la suya como si no hubiera pasado nada, después de disfrutar y de darse el gusto, pero la mujer tenía que cargar con el bulto. Algunas madres se sentirían satisfechas de zurcir un parche con dinero, conocía casos así. Pero ella no haría nunca semejante cosa. Para ella una sola reparación podía compensar la pérdida del honor de su hija: el matrimonio.

Contó sus cartas antes de mandar a Mary a que subiera al cuarto de Mr. Doran a decirle que deseaba hablarle. Estaba segura de ganar. Era un joven serio, nada mujeriego o parrandero como los otros. Si se tratara de Sheridan o de Mr Meade o de Bantam Lyons, su tarea sería más difícil. Pensaba que él no podría encarar el escándalo. Los demás huéspedes de la casa conocían aquellas relaciones; algunos habían inventado detalles. Además de que él llevaba trece años empleado en la oficina de un gran importador de vinos, católico él, y la publicidad le costaría tal vez perder su puesto. Mientras que si había acuerdo, todo marcharía bien. Para empezar sabía que él tenía un buen pasar y sospechaba que había puesto algo aparte. Casi y media. Se levantó y se pasó revista en el espejo entero. La decidida expresión de su carota florida la satisfizo y pensó en cuántas madres conocía que no sabían cómo librarse de sus hijas.

Mr. Doran estaba de veras muy nervioso este domingo por la mañana. Había intentado afeitarse dos veces, pero sus manos temblaban tanto que se vio obligado a desistir. Una barba rojiza de tres días le enmarcaba la quijada y cada dos o tres minutos el vaho empañaba sus anteojos tanto que se los tenía que quitar y limpiarlos con un pañuelo. El recuerdo de su confesión la noche anterior le causaba una pena penetrante; el padre le había sacado los detalles más ridículos del desliz y, al final, había agrandado de tal manera su pecado que casi estaba agradecido de que le permitieran la vía de escape de una reparación. El daño ya estaba hecho. ¿Qué podía hacer ahora excepto casarse o darse a la fuga? No podía ampararse en el descaro. Se hablaría del caso y de seguro se iba a enterar su patrón. Dublín es una ciudad tan pequeña, todo el mundo sabe lo de todo el mundo. Sintió que su agitado corazón se le ponía de un salto en la boca, al oír en su imaginación exaltada al viejo Mr. Leonard llamándolo alterado con su voz de lija:

—Mr. Doran haga el favor de venir acá!

¡Todos sus años de servicio perdidos por nada! ¡Toda su habilidad y su diligencia tiradas por la borda! De joven había corrido mundo, claro: se había jactado de ser un libre-pensador y negado la existencia de Dios frente a sus amigos del pub. Pero eso era el pasado y el pasado estaba enterrado… no del todo. Todavía compraba su ejemplar del Reynolds Newspaper todas las semanas, pero cumplía con sus obligaciones religiosas y las cuatro quintas partes del año vivía una vida ordenada. Tenía dinero suficiente para establecerse por su cuenta, no era eso. Pero su familia la despreciaría. Antes que nada estaba el desprestigio del padre y luego la casa de huéspedes de la madre, que empezaba a tener su fama. Se le ocurrió que lo habían atrapado. Podía imaginarse a sus amigos co­mentando el asunto a carcajadas. En realidad, ella era un poco vulgar; a veces decía “o séase” o “me han escribido”. Pero, ¿qué importancia tenía la gramática si la quería de veras? No podía decidir si debía amarla o despreciarla por lo que hizo. Claro que él también tuvo su parte. Su instinto lo compelía a mantenerse libre, a no casarse. Se decía: el que se casa, se desgracia.

Estando sentado inerme en un lado de la cama en mangas de camisa, tocó Polly suavemente a la puerta y entró. Se lo contó todo; cómo se lo había confesado todo a su madre y dijo que su madre iba a hablar con él esa misma mañana. Lloraba y le echó los brazos al cuello, diciendo:

—¡Oh, Bob! ¡Bob! ¿Qué voy a hacer? ¿Qué será de mí ahora?

Le juró que se mataría.
El la animó débilmente, diciéndole que no llorara, que no tuviera miedo, que todo se iba a arreglar. Sintió sus pechos agitados a través de la camisa. 
No fue del todo su culpa si pasó lo que pasó. Recordaba bien, con esa curiosa memoria paciente del célibe, las primeras caricias casuales que su vestido, su aliento, sus dedos le hicieron. Luego, una noche ya tarde cuando se desvestía para acostarse ella llamó a la puerta, toda tímida. Quería encender su vela con la de él, ya que la suya se había apagado con una ráfaga. Le tocaba el baño a ella esa noche. Llevaba un amplio peinador de franela estampada, abierto. Sus blancos tobillos relucían por la abertura de las zapatillas felpudas y su sangre vibraba tibia bajo la piel perfumada. Mientras encendía la vela, de sus manos y brazos se levantaba una tenue fragancia.

En las noches en que regresaba muy tarde ella era quien le calentaba la comida. Apenas se daba cuenta de lo que comía con ella junto a él, solos los dos, de noche, en la casa dormida. ¡Y qué considerada! Por la noche, ya fuera fría, húmeda o tormentosa, era seguro que ella le tenía preparado su vasito de ponche. Tal vez pudieran ser felices los dos…
Solían subir a los altos en puntillas juntos, cada uno con su vela, y en el tercer descanso se decían buenas noches a regañadientes. A veces se besaban. Recordaba muy bien sus ojos, la caricia de su mano y el delirio.

Pero el delirio pasa. Repitió su frase en un eco, para aplicársela a sí mismo, ¿Qué será de mí ahora? Ese instinto del célibe le avisó que se contuviera. Pero el mal estaba hecho, hasta su sentido del honor le decía que ese mal exigía una reparación.

Estando sentado con ella en un lado de la cama vino Mary a la puerta a decirle que la señora deseaba verlo en la sala. Se levantó para ponerse el chaleco y el abrigo, más desvalido que nunca. Cuando se hubo vestido se acercó a ella para consolar­la, decirle que todo iría bien, que no temiera. La dejó llorando en la cama, gimiendo por lo bajo: ¡Ay, Dios mío!

Bajando la escalera sus anteojos se empañaron tanto con su vaho, que tuvo que quitárselos y limpiarlos. Hubiera deseado subir hasta el techo y volar a otro país, donde nunca oyera hablar de nuevo de sus líos, y, sin embargo, una fuerza lo empujaba hacia abajo escalón a escalón. Las implacables caras de su patrón y de la matrona observaban su desconcierto. En el último tramo se cruzó con Jack Mooney, que subía de la despensa cargando dos botellas de Bass. Se saludaron con frialdad; y los ojos del tenorio descansaron por un instante o dos en una grosera cara de perro bulldog y en dos brazos cortos y fornidos. Cuando llegó al pie de la escalera miró hacia arriba para ver a Jack vigilándolo desde la puerta del cuarto de desahogo.

De pronto se acordó de la noche en que uno de los artistas del music-hall, un londinense rubio y bajo, hizo una alusión atrevida a Polly. La reunión por poco acaba mal por la violencia de Jack. Todo el mundo trató de calmarlo. El artista, más pálido que de costumbre, sonreía y repetía que no hubo mala intención; pero Jack siguió gritándole que si alguien se atrevía a jugar esa clase de juego con su hermana él le iba a hacer tragar los dientes, de seguro.

Polly permaneció un rato sentada en un lado de la cama, llorando. Luego, se secó los ojos y se acercó al espejo. Mojó la punta de una toalla en la jarra y se refrescó los ojos con agua fría. Se miró de perfil y se ajustó el gancho del pelo encima de la oreja. Luego, volvió a la cama y se sentó para los pies. Miró las almohadas un rato y esa visión despertó en ella amorosas memorias secretas. Descansó la nuca en el frío hierro del barandal y se quedó arrobada. No había ninguna perturbación visible en su cara en ese instante.

Esperó paciente, casi alegre, sin alarma, sus memorias gradualmente dando lugar a esperanzas, a una visión de futuro. Esa visión y esas esperanzas eran tan intrincadas que ya no vio la almohada blanca en que tenía fija la vista ni recordó que esperaba algo.

Finalmente, oyó que su madre la llamaba. Se levantó de un salto y corrió hasta la escalera.

—¡Polly! ¡Polly!
—Sí, mamá.
—Baja, querida. El señor Doran quiere hablar contigo.

En ese momento recordó qué era lo que estaba esperando.

La casa de huéspedes. James Joyce (1882-1941) de Dublineses (1914)

En la sombra de un mirar callado


Daniel Freidemberg escribe que el poeta vive en una constante ligazón entre el universo que lo rodea y su pensamiento. El escritor nombra y vuelve a nombrar. Incluso cuando el dolor perturbe la contemplación y el goce de la belleza, él reelaborará ese dolor para convertirlo. A veces se volverá como un eco lejano, puede tornarse también imperceptible, ser desplazado o estar apenas incorporado en su escritura. 

Hay en la poesía una búsqueda constante de belleza y plenitud, sobre todo si nos afirmamos en la idea de que el tema del poema es el poema. Juanele Ortiz decía que ambicionaba para la poesía "la mayor flexibilidad de movimientos y la mayor amplitud de sentido, sin desmedro del ritmo". 

Rilke se veía a sí mismo como "en la sombra de un mirar callado". Y es justamente ahí donde muchas veces nos quedamos. Afirmaba que captamos el mundo solo en pequeñas dosis y que, frente a una poesía doméstica y domesticada, lo que queda es cambiar la vida. Estamos en un limbo y debemos escuchar lo poco que aun sucede.

Durante una conferencia en el Readcliffe Institute for Independent Study, Denise Levertov plantó en su audiencia una supuesta dialéctica de opuestos para referirse al asunto de la corrección: si el poema surge de una vez y para siempre por obra y gracia de la musa, o bien es el resultado de un trabajo obsesivo del poeta, un trabajo de repetición y elecciones.

Como quiera que sea, la poesía es ese lugar donde la cosa misma adquiere una dimensión de trascendencia. Y en ese juego el escritor lucha con su propia voz, con su propia voluntad de expresión, porque escribir es primero eso: voluntad de expresión.  

...Baudelaire se esfuerza y desespera para parir la más mínima palabra [...]. El arte, para él, es como un duelo en que el artista grita de terror antes de ser vencido.

La filosofía asegura que la vida de Charles Baudelaire fue una verdadera obra de arte, Walter Benjamin y la crítica literaria dejaron claro que con él la poesía inició una emancipación de cualquier función utilitaria o comunicativa, para concentrarse en su propia búsqueda de la belleza. Al igual que Mallarmé, Baudelaire sentía un gran rechazo por la masificación, por el imperio de la razón instrumental, y hasta por la democracia.

Todavía hoy, suele ser raro, hasta imposible, que exista algún tipo de fraternidad entre el poeta y la sociedad. La imagen del poeta "maldito", en riña a muerte con la sociedad se impone como un modelo de sabiduría suprema que no nos dejará jamás. Malditos o no, los buenos escritores suelen recalcar todo aquello que los distancia del mundo. Sin hacer concesiones de ningún tipo.

Así, la poesía se convierte poco a poco en una actitud frente a la existencia, tal vez porque la verdadera apuesta es escribir como se vive, tal vez porque existe la ilusión de que escribiendo desaparece el límite entre el individuo y el mundo, o al menos se vuelve más difuso; tal vez para escapar de la muerte, o de la vulgaridad inmunda de la vida cotidiana; tal vez, simplemente, por una necesidad insoportable de belleza.

El intento de morar en lo cósmico, de hacer de ese elemento patria, es desde todo punto de vista una elección y, como tal, incuestionable. Ahora bien, poder decir, poder hacer algo hermoso con la basura diaria de la vida moderna, como un cangrejo que se sostiene y se nutre con esa misma basura es, sin dudas, una de las máximas formas de arte posibles.

La rosa es sin porqué
(Jorge Luis Borges)

no te perdonarán 


no te perdonarán los labios abiertos

los cuchillos de las palabras
los gritos
cuando quieran callarlas

no te perdonarán

la sencillez de raíz
la pobreza insolente
la cabeza bien alta

no te perdonarán

lo frágil que te habita
la risa franca el agua clara
la ventana abierta de tu mirada

no te perdonarán

el sexo sin tibieza
la pasión sin mordaza
la brisa libre de tus sábanas

no te perdonarán

la sed de río
la búsqueda constante
lo niña lo vulnerable de tus alas

no te perdonarán

no sabes cocinar como tu abuela
limpiar como tu madre tejer como tu tía
no sabes ser la esposa madre novia que deberías

no te perdonarán

no eres dócil
no cabes en un molde
eres inmensa

no necesitas el perdón de nadie


Sandra Flores Ruminot


Ars moriendi

Enciende los candiles que los brujos
piensan en volver
a nublarnos el camino. 
Estamos en la tierra de todos, en la vida.
Sobre el pasado y sobre el futuro,
ruina sobre ruinas.

(Charly García)

Hace tiempo que escuchamos a la filosofía hablar acerca del retorno a lo religioso, sobre todo después de algunos siglos en que la religión se las ingenió para convertirse en superchería. Y no es para menos, porque el mundo de la modernidad es, básicamente, un mundo de ciencia. 

Bien, la ciencia moderna ya ha logrado separar el engañoso genoma vírico del humano con una eficacia del cien por ciento, pero todavía no pudo hacer nada para resolver el asunto de la muerte. Ahora, cuando la ciencia no alcanza, cuando la ciencia comienza a mostrar sus propia debilidad, sus propias limitaciones, es cuando la mente occidental entra en crisis, es cuando la religión retorna como discurso y el relato religioso se incorpora otra vez para dar alivio. 

Entonces, ese impulso religioso, esa fuerza de búsqueda, ese tratar de entender habilita la pregunta. La pregunta incontestable. 

Desde tiempos inmemoriales la idea misma de la muerte nos produce terror. Eso no es novedad, sobre todo si la muerte anda cerca. Y la costumbre de ataviarla con guirnaldas de flores, describirla con palabras bellas, hacerle poemas, construirle una casa, incluso sumarle el recurso irreprochable de la vida eterna, apenas sirve para maquillarla. A veces sentimos que nada puede convencernos de esa bondad. Al menos conmigo no funciona, falta algo. 

Tal vez todo se trate de tolerar la falta. Tal vez se trate de que en la muerte no hay bondad posible. 


La literatura antigua no pudo ser indiferente a un asunto tan humano, y ha intentado formas para cortarle el paso a la muerte; demorarla, aunque más no sea, algunas veces mediante palabras mágicas, otras con ideas tan complejas como interesantes. 


Cada uno de los que ha llegado antes de ti ha partido. Tú no podrás quedarte más tiempo del que te corresponde.                   
                                                                                                                                      (Bardo Thödol)

Cualquier intento de burlarse de ella, de chicanearla, también es vano, es cierto; a lo largo de la historia los recursos han sido escasos, casi inocentes, tanto que hoy, en esta era tecnológica y materialista, nos parecen apenas un juego de niños; sin embargo, también es cierto que otras veces la idea humana de la muerte logró transformarse en textos profundos, psicológicos, de una belleza única:


El Libro de los muertos (Book of the dead), por ejemplo; traducido también como El libro de la emergencia hacia la luzes el nombre moderno de un texto funerario perteneciente al Antiguo Egipto. Se utilizó desde el inicio del imperio nuevo (circa 1550 a.c), pero en realidad algunos de sus fragmentos vienen desde el imperio antiguo. Consiste en una serie de rituales mágicos, destinados a acompañar al difunto en su viaje. Este grupo de textos encuentra su origen en los llamados Textos de las Pirámides, una escritura sagrada y compleja, que se grababa en las paredes de la cámara funeraria de cada faraón, dentro de las pirámides, y estaba pensada para su uso exclusivo. Además de conocer y practicar complejas técnicas de embalsamamiento, los egipcios se llevaban a la tumba la comida, la bebida, los elementos de higiene personal, la vestimenta, los sirvientes, las mascotas, y hasta las embarcaciones, como para asegurarse el mejor viaje posible:

No me descompondré, ni me pudriré, ni me corromperé. No me devorarán los gusanos. Seguiré siendo yo. Viviré, prosperaré, resucitaré en paz. 

Book of the dead (Chapter CLIV)



También en Asia el Budismo ha concebido formas, esquemas e imágenes que distan de la manera occidental. De cierto modo, se nos ofrece aquí una alternativa al materialismo filosófico, porque para el budismo la muerte no es sino una ocasión, en ningún caso representa un fracaso:


El Bardo Thödol, también conocido como El Libro Tibetano de los Muertos, es una reunión de textos pertenecientes al budismo tántrico del Tíbet. Como los budistas creen en la transmigración, que a su vez viene del hinduismo, el propósito de este libro será iluminar al fallecido, incluso al moribundo, durante todo el período intermedio -llamado Bardo- hasta su  nuevo nacimiento. La idea principal es encontrar libertad entre la confusión y el miedo que son tan propios de la muerte. Es interesante que el libro nos aclare que, de haber fallado en el reconocimiento de las deidades pacíficas, simples proyecciones de nuestra mente, estas se transformarán entonces en violentas y aterradoras, pero que aún serán proyecciones propias.

Ahora las deidades guerreras bebedoras de sangre aparecerán, sus cuerpos son de un rojo oscuro o un azul intenso, con tres cabezas, seis brazos, y cuatro piernas bien extendidas. Sus nueve ojos se fijarán en los tuyos con expresión furiosa. Ellas sostienen cráneos humanos llenos de sangre y rugen como el trueno. Estarán acompañadas de otros, un séquito de seres iguales a ellas, de muchos colores, que llenarán todo el espacio. No tengas miedo, no estés confundido. Reconócelos como una proyección de tu propia mente. 

El budismo fue llevado al Tíbet y los Himalayas hace mil trescientos años por el Santo Indio Padmasambabba. Es a él a quien se atribuye la escritura de este libro. Durante el ritual funerario, el lama debe recitar las instancias del Bardo Thödol, o bien al oído del moribundo, o ya en presencia del cadáver, durante 49 días. Esa recitación en su fluir permitirá a la consciencia ir retirándose del mundo material. 


En la actualidad, el lama también debe conjeturar, mediante complejos cálculos astrológicos, qué día dentro de ese período deberá llevarse a cabo la cremación del difunto. Y seguirá recitando hasta cumplir el tiempo ritual. Sin embargo, el budismo nos advierte que si el operador de los ritos no es un lama versado en el tantrismo, el Bardo se convertirá en un libro hermético. 

En occidente, su extensa difusión se debe a movimientos filosóficos como la Teosofía, dirigido por la escritora rusa Helena Blavatsky. El Bardo también supo despertar las energías, la curiosidad y un profundo interés en el psicólogo suizo Carl Jung, interés que después reflejara en un libro propio: Los siete sermones a los muertos. 


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Desde su primera edición, el Bardo Thödol fue mi compañero constante, y no sólo le debo muchas ideas y descubrimientos estimulantes, sino también muchas intuiciones fundamentales. A diferencia del Libro Egipcio de los Muertos, que siempre nos incita a decir demasiado o demasiado poco, el Bardo Thödol nos ofrece una filosofía inteligible dirigida más bien a los seres humanos que a los dioses o los salvajes primitivos. Su filosofía contiene la quintaesencia de la crítica psicológica budista; y como tal puede decirse que es de una superioridad sin parangón. No solo las deidades “iracundas” sino también las “pacíficas” se conciben como proyecciones sangsáricas de la psyché humana, idea que al europeo ilustrado le parece demasiado evidente, porque le recuerda sus propias simplificaciones banales. Pero aunque el europeo pueda explicar fácilmente estas deidades como proyecciones, sería enteramente incapaz de postularlas al mismo tiempo como reales. El Bardo Thödol  puede hacer eso porque, en algunas de sus premisas metafísicas más esenciales, deja en desventaja tanto al europeo ilustrado como al que no lo es.
...

En su conferencia sobre La poesía, Jorge Luis Borges dejó escrito que para él la belleza siempre fue una sensación física, algo que sentimos con todo el cuerpo. No es el resultado de un juicio, de una idea, no llegamos a ella por medio de reglas; sentimos la belleza o no la sentimos. 

Así recordé un fragmento, esta vez de ficción contemporánea, que me persigue desde la primera vez que lo leí. Fue escrito por el argentino Manuel Mujica Lainez, en el año 1982, pertenece a su libro El escarabajo, que tiene numerosas reediciones. Un fragmento sobre la eternidad y la muerte, de una belleza única:

Al fin logré verlos, y hoy pienso que lo debí al hecho de que los dedos de Khamuas se demorasen sobre mí, en la despedida. Fue aquel el regalo póstumo del mago, mi benefactor. Los percibí al comienzo, imprecisos, como siluetas de humo, oscilantes en la negrura, que paulatinamente, gradualmente, se definieron y concretaron, adoptando primero un tono azuloso, que también asimila esa experiencia a la que en el mar conozco ahora, y que después, con desazonante lentitud fueron adquiriendo unos matices más y más vivos, sin abandonar nunca la coloración diluida, descaecida, que se atribuye a los espectros. Se presentaban de pronto, como si anduvieran de tumba en tumba, en los valles de la muerte, donde los distintos hipogeos reproducían sus imágenes y desfilaban, ligeros como soplos, de una cámara a la otra, hasta desembocar en la del sarcófago de rosado granito, donde de pie, pálida, translúcida, los aguardaba Nefertari. La reina se incorporaba al numeroso cortejo y daban la vuelta a la habitación, hasta perderse, rumbo a las restantes etapas de su viaje fantasmal. Era entonces cuando me rozaban. Ni una vez se detuvo Nefertari; ni una vez me habló, aunque sentí, al pasar, la levedad de su diestra querida. Se iban, abandonándome. Se iba la Reina, en medio de los dioses abigarrados, de cuerpos masculinos o femeninos y diversas cabezas: la humana, la del chacal, la de la vaca con el disco solar entre los cuernos, la del ibis, la del carnero, la de la leona, la del hipopótamo, la del gavilán, la del cocodrilo, la del gato, la de la rana y el babuino y el fénix y el pájaro y el escorpión y, por supuesto, la del escarabajo Khepri, que quizás acentuaba su presión al tocarme.  Se iban, mezclados, desordenados, pero casi sin rumores,  recortando suavemente un instante sus sombras sobre las paredes desde las cuales los acechaban otros dioses pintados, entre ellos estaba, inmensa, la Vaca engualdrapada, celeste madre del sol, que se meneaba con majestuoso ritmo. Al esfumarse, se intensificaban mi soledad, mi quietud y mi alta noche.  


Me dedicaba a vigilar, maravillado y despechado, hasta que a la larga me adormecía: quedaba así, como bajo un sueño hipnótico, tal vez durante meses, y al improviso, cuando ya imaginaba que para siempre la había perdido, la fabulosa comitiva tornaba a surgir, precedida por tenues susurros, y se repetía la escena de la Reina atenta, la Reina con su blanca túnica de ceremonia y un redondo vaso de vino en cada mano, la Reina que se sumaba a los dioses caminantes, a quienes probablemente se agregarían las demás reinas y los reyes sepultados en ambos valles, para cumplir el bisbisante recorrido de la necrópolis.  Aquí, lo único que hay es tiempo. 


Manuel Mujica Lainez. El escarabajo. Ed: Sudamericana. 2009


Nahual


...porque la única posibilidad que tiene un individuo de convertirse en algo diferente es aniquilarse.
(Julia Kristeva)

Marosa di Giorgio avanza a tientas en la oscuridad, pero conoce el camino. Como toda gran poeta, tiene un registro claro de su entorno, capta los matices más delicados de las emociones humanas, lleva consigo la desvergüenza del escritor de oficio: frascos llenos de palabras que iluminan como luciérnagas. Su escritura es descarada, atrevida y fresca. Adopta giros, hace concesiones y se otorga licencias que la mayoría no soñaríamos. El elemento extraño es infatigable, introducido generalmente en el lugar menos esperado, escenas cotidianas de la vida familiar, días de campo, fiestas tradicionales, ceremonias religiosas, incluso la procesión de una virgen, cualquier espacio, es territorio fértil para su imaginación:

...
Domingo a la tarde, y voy por el huerto sin recordar cómo salí y llegué hasta acá. El cielo es de oro, deslumbrador, y de los naranjos caen frutas y flores.

Trepo a uno, según mi costumbre antigua. Estoy un rato. Los pájaros saltan de rama en rama.

Desciendo. Subo. Tomo una fruta.

Al bajar, ya veo un cadáver. Vestido y tendido. Y más allá, otro. Y otro. Por todos lados, aparecen. Vestidos y tendidos.

Y cada uno con el hígado destrozado o el corazón. Pero ¿quiénes son? ¿Acaso, no me percaté y hubo una rápida guerra?

En puntas de pie voy hacia la casa; desolada paso el jardín de celedonias y conejitos. Adentro no queda nadie. Voy a gritar; para qué, si nadie oye. Algunas mariposas chocan en los vidrios.

Sobre la mesa hay un álbum que no conocía; al entremirarlo, veo dibujada la batalla, los cadáveres y las plantas. En blanco y negro. Y en colores. La noche cae de súbito; las luces se encienden solas.

Y aparecen más cadáveres entre las plantas.
...

La crítica nos apunta algunos detalles jugosos: que Marosa escribió toda su obra en manuscrita, que corregía muy poco los originales; en cuanto al tiempo interno del relato, del poema, hay ciclos que parecen repetirse, así la otra vez sustituye al “Había una vez “ de los cuentos folclóricos tradicionales, y esto hace que no encontremos señales de anclaje referencial externo, ni histórico ni de actualidad. Por esto es que aparece un detalle clave en su escritura: los hechos parecen suceder al tiempo en que se nombran, otorgándoles así una semejanza con lo que sucede en el interior de los códices cosmogónicos, esto genera el efecto de una temporalidad propia del mito. 
Con respecto a su proceso creativo, ella misma ha dicho: 

Yo construyo y reconstruyo gente de otras épocas. Las recreo y al mismo tiempo las sigo, las espío. Es para contribuir a su resurrección. Vivo y trabajo en todas las épocas. Modestamente.

Es cierto que sus textos carecen de humor. En ese discurrir onírico que los caracteriza, hay más de pesadilla gótica que de sueño idílico. Excéntrica, rara, audaz o moderna, desde su escritura Marosa di Giorgio puede parecer muchas cosas; la fusión constante, la deriva, la inclasificabilidad de su literatura es incontestable, pero nos dejó -ante todo- la dignidad de poder leerla.

*

No sé de dónde lo había sacado mi padre -él no salía nunca- tal vez, desde el linde mismo del campo; allí estaba, el nuevo cuidador de las papas. Le miré la cara color tierra, llena de brotes,
de pimpollos, la casaca color tierra, las manos extrañamente blancas y húmedas, que tentaban a cortarlas en rodajas y a freírlas. Pero el abuelo no dijo nada, y mi madre tampoco. Sólo los perros adivinos empezaron a dar saltos y a gruñir y hubo que echarlos al jardín y ponerles cerrojo. Él se marchó, escopeta al hombro, hacia el gran cantero; allí quedaría bajo la luna, apuntando a los posibles ladrones, a las zorras que bajaran del bosque, y, sobre todo, a las liebrecitas roedoras. 

Pero cuando cayó del todo la sombra, mi raro corazón caminaba a saltos, manejando una sangre ya confusa; fui a ver a mi madre; ella estaba apoyada en la ventana, su recto perfil mirando hacia las sombras, no me atrevía a decirle nada. Volví a mi alcoba, cerré las puertas; los astros, con su plumaje de colores empezaron a volar de este a oeste, de un mundo a otro; me levanté, crucé el jardín, los perros gruñeron, no tenía miedo, había tal resplandor, además, conocía todos los escondites, los subterfugios, hubiera podido desaparecer bajo la tierra. Lo terrible fue que él me estuvo apuntando desde el principio. Cuando mordí la primera ramita, disparó, caí, me dio por muerta. Durante toda la noche, aunque soñé cosas increíbles, mis ojos permanecieron abiertos y mis largas orejas se mantenían atentas; sólo mis cuatro patitas se entrechocaban temblando. Al alba él me tomó, me alzó, la sangre rodó por mis flancos. Caminaba hacia la casa; allá se oía un rumor confuso, alguien  estaría levantado, ya en la cocina; tal vez, los abuelos. El entró -mis ojos se nublaron terriblemente- me arrojó allí; dijo: 

—Noche tranquila. Una sola liebre.

Marosa di Giorgio. De Historial de las violetas.

Humanos, demasiado humanos

Charles Simic


Avanzas carnalmente como la luz, triunfando 
a través del veneno con que hicimos el mundo.

(Joaquín Giannuzzi)

Algunas veces cedemos a la tentación de preguntarnos -al menos yo lo hago- cómo es posible que escritores, pensadores, filósofos de la talla de Martin Heidegger, Emil Cioran, o Jorge Luis Borges pudieron haber sido capaces de suscribir al horror de la guerra, de la violencia o del nazismo. He visto a las mentes más brillantes de mi generación negarse a leer autores que tuvieran algún rasgo de tanto peso negativo en su pasado. 

Vaya a saber uno por qué, todavía hoy, sacralizamos la escritura y a sus ejecutores a tal punto que los pensamos, los tratamos como si fueran dioses. Julia Kristeva escribió que para producir un texto hay que cuestionarse entero: la manera de sentir, la sexualidad, el lenguaje. Y desde este punto de vista escribir se trata de una experiencia pura, pero no en el sentido de un científico que hace un experimento con algunos ratones para obtener un resultado, sino como cuestionamiento de lo antiguo y posterior surgimiento de lo nuevo. Se parece más a la experiencia mística, si se quiere. 

Escribir es darse cuenta, es una experiencia personal, única e intransferible que va a contracorriente del mercado y de la comunicación. En un momento determinado se va a comunicar, pero primero debe transitarse ese renacimiento para luego poder construir, con técnica, algo comercializable. 

Para Kristeva, que haya dos períodos en ese proceso no significa que sean consecutivos (algo así como primero cambio, luego escribo) porque pasan al mismo tiempo, esos dos momentos son uno solo y suceden de un modo simultáneo. La técnica es inseparable de esa transformación íntima, personal y de ningún modo nos salvaremos de nuestra propia humanidad, aunque algunas historias tengan verdaderos finales felices.

En abril de 1941 la ciudad de Belgrado fue bombardeada por el ejército alemán, ni siquiera el campo era entonces un lugar seguro. En 1944 se produce un nuevo bombardeo, esta vez en manos de los aliados. Así, las ruinas de la ciudad envuelta en polvo se convirtieron en un lugar de juegos para los niños. 

El poeta serbio Charles Simic escribió en sus memorias que un día, durante un encuentro de escritores en San Francisco, coincidió con el poeta Richard Hugo y fueron juntos a cenar. Simic había pasado el último verano de vacaciones en Belgrado, y le contó de su placentera estadía. Hugo comentó que recordaba y que conocía muy bien esa ciudad, procedió después a dibujarle un mapa sobre el mantel, con los puntos de referencia más importantes. 

Simic quiso saber cómo era que conocía tan bien Belgrado, si había vivido allí o si había estado alguna vez como turista. Hugo respondió que conocía tanto la ciudad porque, de hecho, la había bombardeado varias veces. Hugo ignoraba, por supuesto, que Simic había nacido en Belgrado en 1938 y que había vivido allí, en consecuencia, durante toda la guerra. Cuando se enteró de esta coincidencia por boca del propio Simic, quedó muy afectado. De hecho, estaba profundamente conmovido. Tanta fue la emoción de Hugo, que durante toda la cena no dejó de disculparse y dar explicaciones al respecto, como si hablar de eso, como si el hecho de poner sobre la mesa los detalles de esa terrible mueca del destino, pudiera calmarlo.

Un tiempo después del encuentro, Hugo le escribió a Simic un poema, que envió en una carta, en la que trataba de poner en claro sus emociones y de reconciliarse con el joven que había sido, el que había ido a la guerra con apenas dieciocho años, y había privado de sus hogares a miles de personas. 

El poema vio la luz en su libro de 1977, 31 cartas y 13 sueños, y Simic lo recogió unos años más tarde en sus memorias, como conclusión, pero también como un registro histórico personal de aquel singular encuentro. 

Carta a Simic desde Boulder

Querido Charles,
así que nos encontramos en San Francisco y me enteré
de que te había bombardeado hace mucho tiempo en Belgrado, cuando tenías cinco años.
Lo recuerdo. Nuestro objetivo era un puente sobre el Danubio,
queríamos dividir al ejército alemán en su huida hacia el norte
desde Grecia. Fallamos. Algo normal, teniendo en cuenta que yo
piloteaba uno de los bombarderos. Era negado con la mira Norden, era incapaz
de lanzar una bomba y cantar a la vez el himno nacional. Recuerdo que cuando llegamos Belgrado la ciudad se abrió a nosotros como una rosa. Apenas había fuego antiaéreo. No sabía que
ahorcaban gente a diario, que los alemanes habían colgado
a 80 000 eslavos en aquella ciudad para dar una lección a los demás.
Cuando el avión se liberó de su carga de bombas y volvimos a casa
mi interés primordial era seguir vivo.
¿Qué lengua hablabas entonces? Serbio, supongo. ¿Y qué pensabas
del terrible aullido de las bombas? ¿Cómo se dice “miedo” en serbio?
Seguro que igual que en inglés, un lamento largo y primitivo
de niños agonizantes, un niño fijado para siempre en la mirada muerta.
No voy a disculparme por la guerra ni por lo que fui. Estaba
voluntariamente confundido por aquella época. Puede que hasta creyera
en los actos heroicos (en los de los demás, no en los míos). Creía que era necesario
el sufrimiento en el mundo para que las cosas no se volvieran
a repetir. Pero era joven. EL mundo nunca aprende. La historia
se encarga de transformar el pasado en algo aceptable, los muertos
en sueños. Querido Charles, me alegro de que escaparas de las bombas, de que ahora vivas
con nosotros y escribas poemas. Sin embargo, debo confesarte que
me sentí muy mal cuando nos vimos en San Francisco. Era incapaz de quitarme
de la cabeza
que estabas en tierra aquel día, mientras el cielo tomaba
un inquietante color mostaza y el estruendo de los motores
despejaba el camino. Y en momentos como ése el mundo se limpia
para los supervivientes. El mundo queda limpio como las nubes
de verano, blancas e hinchadas, de las que surgen delicados pájaros
que se vuelven a ocultar, y nuestras vidas tienen la posibilidad de vagar lentamente
alrededor del mundo, con las panzas de los aviones vacías, el objetivo perdido,
el enemigo ignorado . Me alegro mucho de haberme encontrado contigo ahora
que todo ese odio sin sentido desapareció. La próxima vez, si quieres
sobrevivir, siéntate en el puente que voy a atacar y salúdame.
Llegaré bien, pero estaré nervioso y se me moverá el punto de mira.
Estés donde estés, estarás seguro. Te apuntaré,
pero llevo caramelos en lugar de bombas y he perdido al resto del escuadrón.
Tu amigo,

Dick.

Richard Hugo (1923 - 1982) 


Letter to Simic from Boulder

Dear Charles: 
And so we meet once in San Francisco and I learn
I bombed you long ago in Belgrade when you were five.
I remember. We were after a bridge on the Danube
hoping to cut the German armies off as they fled north
from Greece. We missed. Not unusual, considering I
was one of the bombardiers. I couldn't hit my ass if
I sat on the Norden or rode a bomb down singing
The Star Spangled Banner. I remember Belgrade opened
like a rose when we came in. Not much flak. I didn't know
about the daily hangings, the 80,000 Slavs who dangled
from German ropes in the city, lessons to the rest.
I was interested mainly in staying alive, that moment
the plane jumped free from the weight of bombs and we went home.
What did you speak then? Serb, I suppose. And what did your mind
do with the terrible howl of bombs? What is Serb for "fear"?
It must be the same as in English, one long primitive wail
of dying children, one child fixed forever in dead stare.
I don't apologize for the war, or what I was. I was
willingly confused by the times. I think I even believed
in heroics (for others, not for me). I believed the necessity
of that suffering world, hoping it would learn not to do
it again. But I was young. The world never learns. History
has a way of making the past palatable, the dead
a dream. Dear Charles, I'm glad you avoided the bombs, that you
live with us now and write poems. I must tell you though,
I felt funny that day in San Francisco. I kept saying
to myself, he was on the ground that day, the sky
eerie mustard and our engines roaring everything
out of the way. And the world comes clean in moments
like that for survivors. The world comes clean as clouds
in summer, the pure puffed white, soft birds careening
in and out, our lives with a chance to drift on slow
over the world, our bomb bays empty, the target forgotten,
the enemy ignored. Nice to meet you finally after
all the mindless hate. Next time, if you want to be sure
you survive, sit on the bridge I'm trying to hit and wave.
I'm coming in on course but nervous and my cross hairs flutter.
Wherever you are on earth, you are safe. I'm aiming but
my bombs are candy and I've lost the lead plane. 
Your friend, 

Dick.

Richard Hugo (1923 - 1982) 



Pero, además de esta anécdota, Charles Simic también nos contó una impostergable mirada femenina acerca de la guerra, la mirada de su madre:

La última vez que hablé con mi madre, en el invierno de 1994, el día anterior a su muerte, a la edad de ochenta y nueve años, me preguntó lo siguiente: ¿aún siguen matándose unos a otros aquellos idiotas? Le dije que sí. Ella dio un suspiro y dejó los ojos en blanco con un gesto de desesperación. Hacía tiempo que ya no veía televisión ni leía los periódicos, pero se hacía una idea bastante cabal del tipo de guerra sucia que se estaba llevando a cabo en Yugoslavia. Cada vez que iba a verla a la residencia de ancianos me hacía la misma pregunta y yo le respondía con las mismas palabras. 

A pesar de haber recibido una buena educación y de haber viajado mucho, mi madre, no entendía el mundo. Las guerras, incluso aquellas que se decía se libraban por causas justas, no tenían para ella ningún sentido. ¿Y qué pasa con los nazis? le preguntábamos mi hermano y yo. ¿No crees que mereció la pena hacerles la guerra a estos mal nacidos? Se encogía de hombros y con un gesto de la mano nos pedía que la dejáramos sola. Según ella, no existían los héroes: unos idiotas matando a otros idiotas era odio y era eso lo que ella veía.

Charles Simic.