una habitación y quinientas libras al año




En 1929, la escritora británica Virginia Woolf decidió poner por escrito, en lo que la crítica considera hoy uno de los ensayos iniciáticos del feminismo, una serie de conferencias suyas, brindadas en 1928, en dos universidades femeninas de inglaterra. El tema central de las conferencias fue La mujer y la ficción; el ensayo sin embargo está escrito en prosa, con narrador ficticio y en su desarrollo contiene tanto mujeres reales como personajes femeninos inventados. 

Para preparar sus conferencias de 1928, Woolf comenzó a estudiar exhaustivamente el material disponible escrito por hombres acerca de las mujeres, encontró pensadores que se hacían preguntas tales como si las mujeres poseíamos alma, o si podría ser posible "educar nuestro carácter luciferino", aunque también encontró a otros, muy pocos, que nos atribuían un carácter divino y una consciencia profundaFinalmente, cansada de leer sobre la inferioridad mental, moral y física de las mujeres, Woolf cerró los libros y se puso a escribir, teniendo en la cabeza una pregunta fundamental:

¿por qué esa cólera subterránea, disfrazada y compleja, mezclada con tantas otras emociones no menos nocivas? ¿por qué los hombres están tan furiosos con las mujeres? 

Aquí un fragmento del ensayo Un cuarto propio. Alejada de romanticismos absurdos sobre la pobreza de un escritor, Woolf nos empuja con pasmosa actualidad a reflexionar acerca de la posición histórica de la mujer en la literatura y la importancia de la intimidad y la solvencia económica.
...
Pensando en todas estas mujeres que habían trabajado año tras año y encontrado difícil reunir dos mil libras y no habían logrado recaudar, como un gran máximo, más que treinta mil, prorrumpimos en ironías sobre la pobreza reprensible de nuestro sexo. ¿Qué habían estado haciendo nuestras madres para no tener bienes que dejarnos? ¿Empolvarse la nariz? ¿Mirar los escaparates? ¿Lucirse al sol en Montecarlo? Había unas fotografías en la repisa de la chimenea. La madre de Mary —si es que la fotografía era de ella— quizás había sido una juerguista en sus horas libres (su marido, un ministro de la Iglesia, le había dado trece hijos), pero  su vida alegre y disipada le había dejado muy pocas huellas de placer en la cara. Era una persona ordinaria: una vieja señora con un chal de cuadros abrochado con un gran camafeo; estaba sentada en una silla de paja e invitaba a un sabueso a mirar hacia la máquina, con la mirada divertida y, sin embargo, cansada de alguien que tiene por seguro que el perro se moverá en cuanto se haya disparado la bombilla. Ahora bien, si hubiera montado un negocio, si se hubiera convertido en fabricante de seda o magnate de la Bolsa, si hubiera dejado dos o trescientas mil libras a Fernham, aquella noche hubiéramos podido estar sentadas confortablemente y el tema de nuestra charla quizás hubiera sido arqueología, botánica, antropología, física, la naturaleza del átomo, matemáticas, astronomía, relatividad o geografía. Si por fortuna Mrs. Seton y su madre y la madre de ésta hubieran aprendido el gran arte de hacer dinero y hubieran dejado su dinero, como sus padres y sus abuelos antes que éstos, para fundar cátedras y auxiliarías, y premios, y becas apropiadas para el uso de su propio sexo, quizás hubiéramos cenado muy aceptablemente allí arriba, un ave y una botellita de vino; quizás hubiéramos esperado, sin una confianza exagerada, disfrutar una vida agradable y honorable transcurrida al amparo de una de las profesiones generosamente financiadas. Quizás en aquel momento hubiéramos estado explorando o escribiendo, vagando por los lugares venerables de la tierra, sentadas en contemplación en los peldaños del Partenón o yendo a una oficina a las diez y volviendo cómodamente a las cuatro y media para escribir un poco de poesía. Ahora bien, si Mrs. Seton y las mujeres como ella se hubieran metido en negocios a la edad de quince años, Mary —éste era el punto flaco del argumento— no hubiera existido. ¿Qué pensaba Mary de esto?, pregunté. Allí entre las cortinas estaba la noche de octubre, con una estrella o dos enganchadas a los árboles amarillentos. ¿Estaba Mary dispuesta a renunciar a la parte que de aquella noche le correspondía y al recuerdo (porque habían sido una familia feliz, aunque numerosa) de los juegos y las peleas allá en Escocia, lugar que nunca cesaba de alabar por lo agradable de su aire y la calidad de sus pasteles, para que de un plumazo le hubieran llovido a Fernham cincuenta mil libras? Porque financiar un colegio requeriría la supresión total de las familias. Hacer una fortuna y tener trece hijos, ningún ser humano hubiera podido aguantarlo. 
Considérense los hechos, dijimos. Primero hay nueve meses antes del nacimiento del niño. Luego nace el niño. Luego se pasan tres o cuatro meses amamantando al niño. Una vez amamantado el niño, se pasan unos cinco años cuando menos jugando con él. No se puede, según parece, dejar corretear a los niños por las calles. Gente que les ha visto vagar en Rusia como pequeños salvajes dice que es un espectáculo poco grato. La gente también dice que la naturaleza humana cobra su forma entre el año y los cinco años. Si Mrs. Seton hubiera estado ocupada haciendo dinero, dije, ¿dónde estaría tu recuerdo de los juegos y las peleas? ¿Qué sabrías de Escocia, y de su aire agradable, y de sus pasteles, y de todo el resto? Pero es inútil hacerte estas preguntas, porque nunca habrías existido. Y también es inútil preguntar qué hubiera ocurrido si Mrs. Seton y su madre y la madre de ésta hubieran amasado grandes riquezas y las hubieran enterrado debajo de los cimientos del colegio y de su biblioteca, porque, en primer lugar, no podían ganar dinero y, en segundo, de haber podido, la ley les denegaba el derecho de poseer el dinero que hubieran ganado. Hace sólo cuarenta y ocho años que Mrs. Seton posee un solo penique propio. Porque en todos los siglos anteriores su dinero hubiera sido propiedad de su marido, consideración que quizás había contribuido a mantener a Mrs. Seton y a sus madres alejadas de la Bolsa. Cada penique que gane, dijéronse, me será quitado y utilizado según las sabias decisiones de mi marido, quizá para fundar una beca o financiar una auxiliaría en Balliol o Kings, de modo que no me interesa demasiado ganar dinero. Mejor que mi marido se encargue de ello.  De todos modos, fuera o no la culpa de la vieja señora del sabueso, no cabía duda de que, por algún motivo, nuestras madres habían administrado sumamente mal sus asuntos. Ni un penique para dedicar a «amenidades»: a perdices y vino, bedeles y céspedes, libros y cigarros puros, bibliotecas y pasatiempos. Levantar paredes desnudas de la desnuda tierra es cuanto habían sabido hacer. Así hablábamos, de pie junto a la ventana, mirando, como tantos millares miran cada noche, los domos y las torres de la famosa ciudad extendida a nuestros pies. Yacía muy hermosa, muy misteriosa bajo el claro de luna otoñal. Las viejas piedras parecían muy blancas y venerables. Uno pensaba en todos los libros juntados allá abajo, en los cuadros de viejos prelados y hombres famosos que colgaban en las habitaciones artesonadas, en las ventanas pintadas que sin duda proyectaban extraños globos y medias lunas en las aceras; en las fuentes y la hierba; y en las habitaciones tranquilas que daban a los patios tranquilos. Y (perdóneseme el pensamiento) pensé también en el admirable fumar y la bebida, y los hondos sillones, y las alfombras agradables; en la urbanidad, la genialidad, la dignidad, que son hijas del lujo, del recogimiento y del espacio. Desde luego nuestras madres no nos habían proporcionado nada por el estilo, nuestras madres que se habían visto negras para reunir treinta mil libras, nuestras madres que habían dado trece hijos a ministros de la Iglesia de St. Andrews. 
...
No siendo historiador, quizá podría uno ir un poco más lejos y decir que las mujeres han ardido como faros en las obras de todos los poetas desde el principio de los tiempos: Clitemnestra, Antígona, Cleopatra, Lady Macbeth, Fedra, Gessida, Rosalinda, Desdémona, la duquesa de Malfi entre los dramaturgos; luego, entre los prosistas, Millamant, Clarisa, Becky Sharp, Ana Karenina, Emma Bovary, Madame de Guermantes. Los nombres acuden en tropel a mi mente y no evocan mujeres que «carecían de personalidad o carácter». En realidad, si la mujer no hubiera existido más que en las obras escritas por los hombres, se la imaginaría uno como una persona importantísima; polifacética: heroica y mezquina, espléndida y sórdida, infinitamente hermosa y horrible a más no poder, tan grande como el hombre, más según algunos. Pero ésta es la mujer de la literatura. En la realidad, la encerraban bajo llave, le pegaban y la zarandeaban por la habitación.
De todo esto emerge un ser muy extraño, mixto. En el terreno de la imaginación, tiene la mayor importancia; en la práctica, es totalmente insignificante.
...
Virginia Woolf

Qué quiere una mujer



La psicóloga brasileña Lêda Guimarães intentó poner en palabras lo que muchas de nosotras sentimos en el cuerpo, y que a veces logramos decodificar intuitivamente: el goce femenino;  lo hace sin internarse necesariamente en el lenguaje técnico-psicológico específico, intentando acercar a nosotros las ideas que desarrollaran los grandes pensadores de la psicología, como Lacan, Freud, Miller y Bossols, entre otros; tal vez para lograr un eco en esa voz humana, tanta veces postergada con respecto a lo femenino y al goce, una voz que puede dar testimonio desde el cuerpo mismo, tal vez para echar por tierra lo que la mayoría de los psicólogos asegura: que cuando se trata de hablar del goce propio, normalmente, las mujeres hacemos silencio.

En nuestra época -nos dice Guimarães- tal y como lo ha establecido el psicólogo Jacques-Alain Miller, se verifica una suerte de inexistencia del Otro, también una caída de los semblantes del padre y de los semblantes masculinos, que nos permite hablar de la "feminización del mundo". Pero esto no se acompaña de una liberación de la mujer respecto a la voz superyoica, por el contrario, la caída de los ideales, de los semblantes con los que se revestía antes la figura del padre, va dejando cada vez más al desnudo la ferocidad de su cara superyoica y su empuje a un goce sin regulación, mortífero, asociado a una culpa igualmente desmesurada.

Porque el superyo es muchas veces otra de las caras del padre ¿Y qué nos dice su voz?  Nos dice putas.

No hay que caer en la ingenuidad de pensar que esa voz solo habla a las mujeres hermosas, mucho menos creer que sólo habla a las mujeres. El varón, confrontado al ejercicio de la función fálica, no puede evitar encontrarse tomado por esa voz injuriante respecto a quien es su pareja, como verificamos en cantidad de varones obsesivos que se ven impedidos de asumir una relación afectiva con la mujer con la que han compartido la cama.

Pero ¿qué quiere una mujer?

Por Lêda Guimarães

La pregunta “¿qué quiere una mujer?” fue mantenida por Sigmund Freud como un enigma indescifrable hasta el final de su obra. Pregunta que se apoya en una creencia en la mujer, en una creencia en las palabras de la mujer, y más aún, en una creencia en los lapsus insondables de entredichos incapturables de las palabras de una mujer. Por lo tanto, es una pregunta que se direcciona hacia una satisfacción extraña, enigmática, no descifrable, no nombrable, ¡impronunciable! Satisfacción que la norma macho, que es la norma fálica, norma universal, norma de la normalidad, desconoce.


Formular esta satisfacción enigmática como goce femenino consiste en adoptar un término propuesto por Lacan, exactamente para  ubicar esta satisfacción como radicalmente distinta del goce de la normalidad macho. A partir de esta nominación, el goce femenino podrá ser formulado como ilimitado, continuo, expansivo e inclinado a la infinitización, exactamente en contraposición al goce fálico, que es limitado, restricto, localizado, evanescente.

Ya que la limitación del goce fálico adviene de un entrecruzamiento de la palabra con el real, es decir de un entrecruzamiento del registro simbólico con el registro real, así como formula Lacan, el goce femenino exactamente por no ser nombrable equivale a una experimentación de una satisfacción real incomparable. De tal modo, Lacan formuló en el Seminario de la Angustia, varias expresiones sobre las mujeres, exactamente para diferenciarlas de este límite del goce al que los hombres están condenados: “a la mujer no le falta nada”, la mujer se revela como “superior en el campo del goce”, “el goce de la mujer es mayor que el del hombre”, “la mujer es mucho más real y mucho más verdadera que el hombre”.

Pero, para un hombre es casi insoportable preguntarse cómo goza una mujer, porque le resulta especialmente difícil que sus defensas estructurales no vengan a su socorro, produciendo las respuestas que más agradan a su propio goce de macho. De este modo Lacan vino a formular en 1967, en el Seminario 14: La lógica del fantasma, que “sostener la pregunta sobre el goce femenino” abre “la puerta para todos los actos perversos”.  Lacan lo confirma siete años después en  Televisión: “si un hombre quiere a una mujer, solo la alcanza cayendo en el campo de la perversión”. Formulación que generaliza la respuesta perversa del sujeto masculino que se debate con el Otro goce.

Por otro lado, las mujeres en su neurosis cuentan con otro instrumento para buscar localizarse en lo que no es nombrable. Tal instrumento es el deseo del Otro, más especialmente el deseo de la pareja amorosa que gana el privilegio de constituirse como el eje enigmático, para experimentarse, a partir de este deseo del Otro, como amada y deseada. Pero, sabemos que tal sueño de erotomanía solo es alcanzable en la psicosis, pues en la neurosis este sueño desemboca habitualmente en la devastación, que conviene ser denominada como goce superyoico, ya que se efectiviza en su carácter de imposición y mortificación. Esto resulta muchas veces en un sufrimiento insoportable que moviliza defensas que impiden el usufructo y la emergencia del goce femenino.

En tal fijación de goce de los humanos impera el gusto por la mortificación, sea en la degradación de objeto presente en los sueños masculinos de perversión,  o en la degradación femenina resultante de la demanda de amor. Esta fijación de goce presente en el mecanismo de compulsión a la repetición, se distancia radicalmente de la experimentación vivificante del goce femenino, como también de su aceptación y usufructo, ya que para tanto es fundamental que ocurra el quiebre de la ferocidad del superyó, para que desaparezca la angustia, el temor y lo insoportable frente a la oscuridad luminosa del goce femenino.

Para alcanzar tal transformación, hay un recurso inhabitual que fue muy bien formulado por Miller en el final del prólogo del libro de Bernardino Horne -Fragmentos de una vida psicoanalítica- [1] cuando Miller nos dice que “la repetición que acarrea toda una existencia en un movimiento inexorable no es un síntoma: se confunde con el propio ser. No se puede esperar esclarecerla y modificarla sino en función de un compromiso de Deseo que no sea mezquino, ni económico de  sí mismo”


[1] Horne, B. Fragmentos de una vida psicoanalítica. Editorial Zahar, Río de Janeiro 1999.

Escribir



He conservado esa soledad de los primeros libros. La he llevado conmigo. Siempre he llevado mi escritura conmigo, dondequiera que haya ido.

La soledad de la escritura es una soledad sin la que el acto de escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo. Se desangra, el autor deja de reconocerlo. Y, ante todo, nunca debe dictarse a secretaria alguna, por hábil que sea, y, en esta fase, nunca hay que dar a leer lo escrito a un editor.

Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. 

Esta soledad real del cuerpo se convierte en la soledad inviolable de escribir. Nunca hablo de eso a nadie. En aquel periodo de mi primera soledad ya había descubierto que lo que yo tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era «Escribe, no hagas nada más».
...
Lacan me dejó estupefacta. Su frase: «No debe de saber que ha escrito lo que ha escrito. Porque se perdería. Y significaría la catástrofe». Para mí, esa frase se convirtió en una especie de identidad esencial, de un «derecho a decir» absolutamente ignorado por las mujeres.

Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para un libro, ninguna idea de libro, es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía, un libro posible. Delante de nada. Delante de algo así como una escritura viva y desnuda, como terrible, terrible de superar. Creo que la persona que escribe no tiene una idea respecto a libro, que tiene las manos vacías, la cabeza vacía, y que, de esa aventura del libro, sólo conoce la escritura seca y desnuda, sin futuro, sin eco, lejana, con sus reglas de oro, elementales: la ortografía, el sentido.
...
La liberación se produce cuando la noche empieza a aposentarse. Cuando afuera cesa el ruido. Queda ese lujo nuestro, que nos pertenece, de poder escribir por las noches. Podemos escribir a cualquier hora. No sufrimos de sanciones, de reglas, horarios, jefes, armas, multas, insultos, policías, jefes y más jefes. Ni las gallinas cluecas de fascismos futuros.
...

No llorar nunca es no vivir. Llorar, es necesario que eso también suceda.

Aunque llorar sea inútil, creo que, con todo, es necesario llorar. Porque la desesperación es tangible. Permanece. El recuerdo de la desesperación, permanece. A veces mata.

Escribir. No puedo.

Nadie puede.

Hay que decirlo: no se puede. Y se escribe.

Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada.

Se puede hablar de un mal del escribir.

No es sencillo lo que intento decir, pero creo que es algo en lo que podemos coincidir, camaradas de todo el mundo.

Hay una locura de escribir que existe en sí misma, una locura de escribir furiosa, pero no se está loco debido a esa locura de escribir. Al contrario.

La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez.

Es lo desconocido de sí, de su cabeza, de su cuerpo. Escribir no es ni siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona, paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza, invisible, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio quehacer, está en peligro de perder la vida.

Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena.

Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos -sólo lo sabemos después- antes, es la cuestión más peligrosa que podemos plantearnos. Pero también es la más habitual.

La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida.

Marguerite Duras. Sobre escribir. Fragmentos.

El mito en el lenguaje

                                                                                                       

El mito se encuentra en la derecha, ahí es esencial, sentencia una revista mexicana de crítica contemporánea. En la nota se hace un análisis sobre el libro Mitologías, del filósofo francés Roland Barthes. 

Urge aclarar que en el libro Barthes no se refiere a las historias relacionadas con las antiguas religiones, con la mitología clásica. Barthes va más allá, habla del mito que creamos a diario en el lenguaje. El mito como un habla, inmerso en el sistema de comunicación cotidiana; el mito como mensaje, sujeto a unas condiciones lingüísticas que lo caracterizan; el mito como repetición incansable, que se expande en un sector social determinado, y que llega a ser un eco gigantesco que se ubica en las antípodas de la realidad. 

Viene a mí una expresión muy popular de nuestros días: 


Los empresarios no roban porque no lo necesitan

El mito se inventa sin cesar. Vivimos haciendo conjeturas de este tipo, que ni siquiera son tales, ya que apenas repetimos un verso escuchado de otros; porque en realidad, el mito siempre tiende al proverbio. No es novedad que controlar lo que pase, incluso en el lenguaje, nos da seguridad. La ideología burguesa invierte ahí sus intereses esenciales: la universalidad de los principios, el rechazo de la explicación. Hay en ello un deseo de ordenar, de darle al mundo una jerarquía inalterable, un deseo de que las cosas "sean como deben ser". Pero lo que hay, sobre todo, es una pérdida de la singularidad del hombre. En el mito hay un querer decir que "las cosas son así porque sí". 

De este modo, Barthes nos asegura que todos los días y en todas partes el Hombre es detenido por los mitos y arrojado a ese prototipo inmóvil que vive en su lugar, que lo asfixia como un inmenso parásito interno y que le traza estrechos límites a su actividad; límites donde le está permitido sufrir un poquito, pero sin agitar el mundo. Esta falsa naturaleza constituye para el hombre una prohibición absoluta de inventarse a sí mismo. Los mitos son una demanda incesante, infatigable, la exigencia insidiosa e inflexible de que todos los hombres se reconozcan en una imagen eterna y situada en el tiempo en que se formó, como si debiera durar para siempre. 

No es necesario decir que estos mitos no son hechos naturales, sino situaciones creadas por el hombre con una intención, con el objetivo concreto de transmitir un mensaje. De ese modo, cualquier objeto, concepto o idea será susceptible de convertirse en mito, siempre que se den las condiciones adecuadas. Y el ejemplo más claro que encontré en la red para echar luz a la afirmación de que el mito de Barthes responde a la idiología pequeñoburguesa, es el caso de una publicación de la Revista francesa Match. Aquí la Doctora Cristina Sánchez Arroyo explica el concepto completo del mito según Barthes:

Bichín entre los negros

La revista Match ofrece la historia de un matrimonio joven de profesores que marcha a África a pintar cuadros llevando consigo a su hijo de meses, Bichín. Esta historia conmovió a la gente cuando la leyó, impresionada por la “valentía” de los padres y del niño, pues está arraigada en el “mito pequeñoburgués del negro”.

El sentido está claro de nuevo, la historia del matrimonio que va con su bebé a África a pintar cuadros. Pero la forma se llena de nuevo con otro concepto, a saber, la valentía del blanco al viajar a tierras hostiles pobladas de negros salvajes y caníbales. ¿Quién se para a pensar en la estupidez de tal empresa teniendo delante una suculenta historia sobre el contraste entre la civilización blanca occidental y la barbarie negra africana? Esta historia satisface las ansias (conscientes o inconscientes) de cuentos sobre el salvajismo de los diferentes, en este caso los negros incivilizados (que se oponen a la imagen del bárbaro domesticado, el otro lugar común de las historias de África). El heroísmo de Bichín está en el constante peligro de ser comido por los negros caníbales, algo que nunca sucede, como si el pequeño niño blanco fuera más poderoso per se que toda la crueldad y el desenfreno del negro tribal. Personifica la lucha entre lo blanco y lo negro, lo puro y lo impuro, el alma y el instinto.

El hecho de que el protagonista de la nota sea este niño inocente hace que la inocencia se traslade al lector, como si pudiera ver la historia a través de los ojos infantiles: África se vuelve un espectáculo, un teatrillo, los negros no son personas sino personajes reducidos a la función de entretener al blanco occidental civilizado con sus extravagantes costumbres, que aparecen como imágenes de una película. El peligro que representan en esta historia es también un peligro teatral, sirve sólo para hablar de ello, para convertir la historia en algo más interesante y asequible a la mentalidad que concibe al negro como inferior al blanco, tanto en su sometimiento como en su libertad salvaje.


Este mito pone de manifiesto la distancia entre el conocimiento y la mitología, entre la ciencia y las representaciones colectivas, que marchan dispares a conveniencia del poder, a quien no le interesa que el conocimiento llegue a la gran masa y por ello alimenta las imágenes estereotipadas y adormecedoras de la conciencia crítica.


El pequeñoburgués -dice Barthes- es un hombre impotente para imaginar lo otro. No puede. Si lo otro se presenta en su vida, el pequeñoburgués se enceguece, lo ignora y lo niega, o bien lo transforma en él mismo, con este mecanismo lo desotra. Sólo asimila lo otro cuando es irreductible y ¿cómo lo hace? Haciendo aparecer una figura de auxilio: lo exótico. Así, lo otro deviene objeto, espectáculo, rareza: relegado a los confines de la humanidad, ya no atenta contra la propia seguridad. 

Es que lo otro es un escándalo que acomete contra la esencia, y no alcanza con fingir tolerancia en las redes, no alcanza con autodefinirse como una persona tolerante y abierta; aunque sea cool decirlo, no alcanza. 

Aceptar la otredad es diluirse en la incertidumbre, demoler la seguridad que este mundo nos exige todos los días, dejar de ser lo que los demás desean para dudar de lo que somos. 

Noviembre 7




El gran cuerpo inocente de mi padre
su pesadez translúcida, la piel 
extensa y pálida humillada por la ciencia médica. 
Enceguecía el verano,
la basura al costado de los rieles pugnaba por manifestarse. 
No hay cuervos en este paisaje.
Cerveza tibia y revista de fútbol.
¿Pasó algo desde aquellos días? 
¿Volví?
Ahora que miro esta planicie del cosmos
es verano otra vez
motores detrás de la luz 
la luz como si para siempre 
como quien avisa es así ¿Es así? 
Soy el que más papel que carne gira
dentro de un cubo ante una ventana.
No estoy en esta escena que creció a su modo,
entre las ruinas de un planeta ocupado.
¿No estoy? Papel o carne, me repito 
arruinados, tratados mal, 
desperdiciados no se a cuenta de qué.
Saliva agolpada en la boca, tensión en los músculos
no el alma, la carne, los gestos que me hace,
fuera de toda razón, de toda belleza en mi fin,
alas rasantes sobre un mediodía plúmbeo,
palabras.

Daniel Freidemberg

Para escuchar al poeta leer este poema hacé click debajo

Ecce homo festivus


Couching y reprogramación emocional, programación neuro-lingüística para que ningún deseo se nos resista, lectura de cartas astrales, meditación con cuencos tibetanos, todo tan en boga que despertaría sospechas hasta en el más ingenuo de los consumidores. La foto pertenece a una escena de la película Magnolia, del director estadounidense Paul Thomas Anderson. Aquí, Tom Cruise nos da algunas claves para lograr la felicidad, metiéndose en la piel de un famoso escritor de libros de autoayuda, libros para "perdedores", según aclara, hombres que quieren conquistar mujeres pero no saben como vencer la timidez. El personaje de Cruise es lo que el ensayista Philippe Muray llamaría la quintaescencia del Homo festivus, imprudente mecenas de la novedad: en apariencia un ser seguro de sí mismo, ingenioso, trabajador, confiable, inteligente, alegre, decidido, y en consecuencia exitoso. Por supuesto, no anda descalzo por la casa, no sale si pronostican tormentas fuertes, no se enamora.

Pensar al hombre del siglo XXI quizá nos ayude a reconocernos en él, a ver mejor qué nos está pasando como especie. Para eso necesitamos, sin dudas y una vez más, de la inestimable ayuda del cine, la filosofía y la poesía. 

Byung Chul Han escribe en La sociedad de la transparencia que en estos tiempos que corren "sería necesario ejercitarse en la actitud de la distancia", mantener por sobre toda otra cosa la singularidad del individuo, aferrarse al pensamiento crítico, aunque nos cueste; porque la distancia y la vergüenza no pueden integrarse en el ciclo acelerado del capital, de la información y de la comunicación. Sería algo así como evitar entregarse voluntariamente, evitar desnudarse exponiéndose a la mirada panóptica. El "cliente transparente", según Han, es el nuevo morador del panóptico digital, donde no existe ninguna comunidad sino tan solo acumulaciones de egos incapaces de una acción común, política; en definitiva, incapaces de un "nosotros". Ya que la transparencia a la que se refiere convierte a las cosas y a los sujetos en elementos funcionales. Una transparencia que nos extirpa la vida privada. En su libro, Han identifica la sociedad de la transparencia con la sociedad positiva, debido a la ausencia de negatividad que comporta, entendida ésta como oscuridad, misterio, ocultación y duda. En palabras de La Pequi, como el mundo compra lo que ve, hay que serlo pero también parecerlo.

La vida, en general, no admite ninguna transparencia ¿por qué estamos entonces todo el tiempo intentando demostrar a quienes nos rodean que somos personas transparentes?

Dueño de una hipertrofia sentimental única, la filosofía nos advierte que este hombre moderno masivisado, aunque también individualista como pocos en la historia de la humanidad, proclama con entusiasmo y devoción: "Seamos felices ahora", un pensamiento New Age, festivo y nihilista, que muchas de las veces va acompañado de un moralismo agresivo (y armado, si es necesario) mientras la felicidad, como imperativo social, lo único que produce es una infantilización generalizada en este gigantesco parque de atracciones del hiperfestivismo donde habitamos. 

En la voz de un demiurgo, esto escribe Fiódor Dostoyevski  en 1880:

Les daremos una felicidad tranquila, resignada,  la felicidad de los seres débiles, tal y como han sido creados. Los obligaremos a trabajar, pero en las horas libres les organizaremos la vida como si fuera un juego de niños, con canciones infantiles y danzas inocentes. Les permitiremos también el pecado ¡son tan débiles e impotentes! y ellos nos amarán como niños a causa de nuestra tolerancia (…) y ya nunca tendrán secretos para nosotros (…), nos obedecerán con alegría.

Cualquier similitud con nuestra realidad actual es pura reflexión de Dostoyevski.

Sin embargo, cuando leo todas estas conclusiones acerca del hombre moderno, las redes sociales, la tecnología, la masividad y la felicidad como nuevo orden social,  también se me viene a la cabeza la voz del poeta bahiense Marcelo Díaz:

El Tato afanaba fasos
en el kiosco de la esquina,
meaba desde el techo a la vereda
y un día se hizo cura.

El Chile se choreó un Mercedes
para ganarse una minita;
fue a parar a Batán
y en un tumulto turbio
lo limpiaron.

Miguel está pelado, pero es buen tipo.

Norma, Laura y Marcela
son maestras, y todas
tienen más de un hijo.

El Cabezón embarazó a la novia y se cagó la vida.

El Topo se volvió abogado y si te ve, no te saluda.

Yo un día regalé
todos mis cassettes de Kiss, 
y ahora los extraño.

El Conejo era Campera Negra.
La vieja le gritaba todo el santo día:
Vas a terminar mal – le gritaba.
Me la veo venir – le gritaba.
Se casó con una gorda 
que lo hizo evangelista.

El Panza transa merca de cuarta y levanta quiniela.
Ya tuvo una entrada en Villa Floresta.
La mujer le mete los cuernos. 

Ricardito es Teniente de Navío y sueña
con un País definitivamente en Orden
y con rapar a todos esos 
negros
vagos 
de mierda.

Claudia se fue a Chile.

Silvina se fue a Santiago del Estero.

El hermano del Mono
se pegó un tiro en la cocina.
Siempre jugaba al fútbol con nosotros; 
era más chico,
pero no se notaba.

Vos un día cruzaste la mano
de izquierda a derecha
en el agua de la sierra.
Escribiste una cosa que no sé.

Yo en la misma que supiste:
un tipo cuidadoso
de no joder
el sueño de nadie.
Kwai Chang Caine caminando
sobre papel de arroz.

(Marcelo Díaz. Las ruinas de Disneylandia)


La máscara que porto


Y si de felicidad hablamos, la antropóloga feminista Rita Segato un día se preguntó por qué las mujeres somos más felices que los hombres. Partiendo de ese supuesto, pensó que la situación se expresa globalmente en el hecho de que en todo latinoamérica no hay un solo país donde los hombres mueran a edades más avanzadas que las mujeres. Es decir, que en la mayoría de los países los hombres mueren más jóvenes. Llegó a una conclusión interesante en la que sostiene que, acorde al mandato de masculinidad que se les ha impuesto desde pequeños, en su entorno familiar, en el entorno social, hay en los hombres una disminución en la capacidad para crear vínculos. Según Segato, que tiene mucha experiencia en estudios de campo con poblaciones masculinas, ellos carecen de esa actitud tan propia de las mujeres de ver a una persona una o dos veces en la vida y establecer con ella un vínculo sinérgico y empático que no solo funciona sino que se sostiene en el tiempo. Lo que sí hay en los hombres es el establecimiento de una especie de "sociedad" que ella denomina "cofradía masculina", pero que tiene más que ver con pertenecer a un grupo determinado, con ser parte de algo. Hoy un hombre, nos dice, para gozar de prestigio masculino frente a su entorno, es obligado a hacer cosas que no quiere hacer y muchas veces no hace lo que tiene ganas, con el agravante de que no siempre es consciente de todo esto.

La psicóloga jungueana Marie Louis Von Franz escribió:

 En el Hombre hay algo estructural heredado que le hace actuar y pensar de cierta manera, y por eso es que a veces no nos aclaramos acerca del origen de un contenido mental determinado. Es cierto que hay una psique que se manifiesta en los sueños de un modo involuntario, no controlado. Nos puede guiar hacia los deseos propios, mostrar lo que insistimos en negar.

Más allá de toda especulación sobre el inconsciente, es definitivo que las mujeres generamos formas vinculares crónicas; establecemos y mantenemos esos vínculos de afecto y de contención sin importar sexo, edad, raza o especie. Los hombres en cambio se comportan con mucha mayor prudencia y arrogancia en sus relaciones vinculares, sobre todo al inicio, como si un ojo omnipotente vigilara esas acciones o una voz interior les dijera cómo deben comportarse; muchas veces adjudicamos esas actitudes al "comportamiento natural del hombre", y muchas otras utilizamos el lema no por prejuicioso menos estúpido de que "los hombres son así" cuando en realidad son, al igual que nosotras, víctimas pasivizadas del mandato. Aquí sería necesario articular el concepto que desarrollara en algunos de sus ensayos el psicólogo José Luis Juresa, sobre la importancia psíquica que tiene la simbología del "padre clavado al madero" en la masculinidad. Metáfora ineludible del deber que tal vez, solo tal vez, nos ayude de aquí en más a pensar, a dicernir algunas viscosidades, algunos empecinamientos imposibles. Mientras tanto, y a pesar de todo, las mujeres seguimos construyendo relaciones.

Simil amor




El psicólogo argentino José Luis Juresa escribió un pequeño ensayo sobre amor, inmunidad y capitalismo. En él articula la idea por demás interesante de que un "similar del amor" habita entre nosotros. Tal como el simil cuero, forma parte del temido entramado capitalista.

Hoy la vida se vacía de erotismo y los sujetos se aplastan por la idealización de la tenencia de los bienes, materiales o no, y de las cualidades sociales. 

Vale decir, en las redes somos la pareja ideal, buenos padres, buenos amigos, hijos ejemplares, hermanos devotos, trabajadores incansables y personas de bien: no hay poema.

También existe una exacerbación de la relación con el propio cuerpo, pero desenganchado del otro; una suerte de abrazo de sí mismo, una especie de autismo social. Sin embargo, todo se trata de tomar aquello del sí mismo que, antes que aislarlo, lo acerca al otro y a la comunidad en la que vive y con la que construye un sentido real para su existencia.

Juresa afirma que en este sistema, en el que estamos metidos todos hasta las narices, el poder se construye por fuera del amor, con lo cual, una debilidad de tipo amoroso es interpretada siempre como una debilidad en el poder que cada sujeto construye, así que al reducirlo al error, se convierte al "fenómeno fallido" en un elemento que se puede manipular, es cierto, pero también corregir. 

"No pierdas tiempo en cosas del amor", nos aconsejan. "El amor debilita la razón", se lee todos los días. Mientras tanto, en este mar de acciones, el dinero sería un objeto a poseer. Parecería que es así, pero la pregunta que deberíamos hacernos es si ese es verdaderamente un deseo propio o ha sido implantado en el individuo que somos. El capitalismo implanta en el individuo muchas de las ideas acerca de lo que debe desear, lo que está bien y lo que está mal desear, a tal punto que lo llevamos normalizado.

El libro de Madame Chatterley, una de las pocas mujeres literarias de principios del siglo XX que se atrevió a desear y a vivir (no solo a imaginar) lo que sentía, fue publicado en 1928 y censurado hasta 1960. D.H Lawrence muestra en principio una mujer recatada y "correcta", a la altura de los ideales de la sociedad, hasta que irrumpe en escena la mítica figura de Pan, el guardián de la vida salvaje; las malas lenguas han dicho que es el propio autor hecho carne (más bien papel y tinta) en el Guardabosques que se convierte en su amante. 

Lawrence tiene un gran mérito por haber escrito esa novela, pero necesitó ajustarse de algún modo a su época y, quizá agobiado por el puritanismo social, justificar las decisiones de la protagonista otorgándole en la ficción un marido lisiado por la guerra, un marido conservador que solo entregaría a su mujer a cambio de un heredero. Razón de fuerza mayor, si las hay. En síntesis: Connie es una heroína, pero Lawrence necesitó obligarla con algunas circunstancias adversas. Sin embargo, para el deseo no hay excusas.

Retomando el asunto del simil amor de Juresa, frente al elemento disruptivo del amor (el amor es caos) el aparato de disciplinamiento, el aparato rectificador, actúa de inmediato como lo harían los anticuerpos, que avanzan sobre todo aquello que es extraño a su naturaleza, o al menos, a su funcionamiento. Idea que ya desarrollara con gran habilidad el filósofo sur-coreano Byung Chul Han. 

El amor, dentro de este marco, es un acontecimiento cada vez más raro, un fenómeno anormal, que si ocurre se corrige, a menos que sus condiciones estén dadas para servir al sistema; y para que el sistema logre digerirlo, para que logre aceptarlo, deberá ser tratado como un objeto de consumo más, para que se entienda: deberá cumplir "ciertas reglas". Vale decir que, como estamos en una época de "dueñidad", el amor deberá tenerse en propiedad, como se tiene un auto, una casa, o un lindo par de zandalias. Un souvenir más en la mesa de luz de la pareja moderna. Eso sí: blanca, heterosexual y clase media. 




La violencia de la positividad




Nos quieren realistas y prácticos, no hay duda. Porque un ente socialmente práctico es productivo, productivo es consumista. Consumidores, masificados e individualistas. Y en lo posible, poco contemplativos. La vita contemplativa presupone una determinada "pedagogía del mirar", que se aleja del consumo.

En su libro La sociedad del cansancio, el filósofo sur-coreano Byung Chul Han obtiene un paralelismo interesante entre Sociedad e Inmunología. Considera que en un sistema dominado por lo idéntico, solo se puede hablar de defensas en sentido figurado; lo idéntico, para la biología molecular, nunca genera anticuerpos, no produce resistencia; solo se rechaza, solo se defiende uno de la otredad, frente a lo extraño. Sólo lo extraño, lo otro, nos amenaza y nos transforma. 

Se impone así una de las formas de violencia contemporánea: la violencia de la positividad, de la sobreabundancia, de la superproducción, que es a su vez la violencia del control y la disuasión. Es que la violencia de la positividad actual no presupone ninguna enemistad, justamente se propaga sobre una sociedad pacífica y permisiva que quiere "conseguir cosas", cualquiera sea el precio. 

Han sostiene que la sociedad disciplinaria de Foucault, como tal, ya no tiene sentido de ser analizada simplemente porque ha mutado, hemos cambiado las unidades de disciplina por gimnasios, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios de genética. Ahora somos una sociedad del rendimiento: producir, obtener, lograr, conseguir, encontrar: todos verbos positivos. Hemos dejado atrás incluso el negativismo de ciertas palabras como No poder, proveniente de la prohibición o Deber inherente a la obligación. Ahora, al ser sujetos más que nada rendidores, el verbo modal positivo que se corresponde con el nuevo paradigma es el verbo Poder, sin límites, y su plural afirmativo Yes, we can. A una sociedad disciplinaria la rige el No, su negatividad genera locos y criminales. La sociedad del rendimiento, en cambio, genera depresivos y fracasados. 

Y vaya si la positividad es eficiente, el sujeto de rendimiento es más rápido y más productivo que el sujeto de obediencia. Sin embargo, el poder no anula el deber, el sujeto de rendimiento sigue siendo un sujeto disciplinado. Los psicólogos sociales aseguran que no ha habido ruptura entre deber y poder sino continuidad, y que el individuo moderno depresivo se caracteriza por un único pensamiento: "Nada es posible" se dice a sí mismo. Esa idea en su cabeza solo puede venir de una sociedad que tiene como norma creer que ya "Nada es imposible". Creer que todo es posible genera en este sujeto, cuando no consigue lo que desea, tan solo autoagresión.  De ese modo, la depresión es una enfermedad que sufre una sociedad con exceso de positividad.

Escuché varias opiniones sobre Han, algunas hablaban de una crítica moral excesiva sobre la sociedad actual; sin embargo, no pude dejar de  pensar todo el libro como una gran advertencia, una invitación a ver qué nos pasa aquí y ahora. Y al final me quedé con una frase de Chomsky: 


El intelecto y la disidencia van siempre de la mano.







De conscientes e inconscientes


La psicóloga suiza Marie Louis Von Franz nos advierte en su libro:


La conciencia es esencial para el inconsciente

Creo que todos sabemos que a continuación va a decir algo poderoso. Y ella aclara después: "porque sin la consciencia el inconsciente no puede vivir". La conciencia es, sobre todo, un buen canal de comunicación a través del cual el inconsciente puede fluir siempre que el individuo tenga una actitud doble, paradójica -sigue- entonces el inconsciente puede manifestarse, y se puede (acá viene lo bueno) evitar el endurecimiento de la actitud consciente que va en contra del inconsciente, lo que significa siempre una escisión en la personalidad, incluso en la civilización entera.

Si uno tiene una actitud consciente que está dispuesta a aceptar el opuesto, a aceptar el conflicto y las contradicciones, entonces se puede conectar con el inconsciente.  Eso es lo que siempre deberíamos intentar lograr. Producir una actitud consciente con la cual se pueda mantener abierta la puerta, lo que significa que uno nunca debe estar demasiado seguro de sí mismo ni de que lo que dice sea la única posibilidad; nunca se debe estar demasiado seguro de una decisión. Se ha de tener un ojo y un oído abiertos para lo opuesto, para la otra cosa. Esto no significa debilidad, ni incapacidad de defenderse. Significa actuar de acuerdo con la propia convicción consciente, pero teniendo la humildad de mantener la puerta abierta a riesgo de que a uno le demuestren su error. Esa sería la actitud de una consciencia en contacto viviente con el otro lado, el lado oscuro. Esta sería una actitud flexible frente al error. 

Según Von Franz, la conciencia tiende siempre a ser unilateral y a estar segura de sí misma, y eso va en desmedro del misterio de la vida. Pero la conciencia puede tener la doble actitud, y entonces ilumina el misterio de la vida, en vez de dañarlo. La actitud humilde que mantiene siempre la puerta abierta es la aceptación necesaria del hecho de que uno puede equivocarse, en lo moral, en lo científico, en lo que sea, o de que uno puede saber hasta cierto punto, pero sin estar seguro, y que incluso la mayor de las certidumbres puede no ser más que negativa, o sólo algo verosímil de acuerdo con lo cual actúo. Lo que se requiere es una actitud consciente conectada con la actitud religiosa, prestar siempre humilde y cuidadosa consideración al factor desconocido, o sea, decir: «Creo que esto es lo que corresponde hacer», y seguir atento a cualquier signo que nos advierta que no lo hemos tenido todo en cuenta.

Este mundo casi nos obliga a pensar lo menos posible, a tomar las decisiones correctas; nos quiere adocenados, en serie, acordes, nos pone reglas; la consigna es hacer lo que se debe hacer, y como si eso fuera poco,  estar seguros de eso, a ser seguros de nosotros mismos o por lo menos a mostrarnos frente a otros como si lo fuéramos. La psicología, sin embargo, nos aconseja todo lo contrario, permitir siempre la duda. Es que muchas veces desde el sótano viene la luz.