Formas de ver el río


Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río ¡me atravesaba un río!

(Juan L Ortíz)

La mariposa Morpho se caracteriza por su gran tamaño, también por su llamativo color azul iridiscente, que en realidad no existe. Es que estas mariposas no son azules, de hecho, son transparentes; el color no es otra cosa que una ilusión óptica, proyectada en la retina del observador; un reflejo tan solo, de la luz en escalas microscópicas sobre diminutas escamas contenidas en las alas.

Nuestro cuerpo es nuestra casa, un cuerpo que allá por arriba no tiene ventanas, es cuerpo hermético, encerrado; pero que más abajo encuentra ingeniosamente algunas vías de comunicación. Tenemos como mínimo cinco sentidos, cinco ventanas enormes. La mirada es una de ellas. 

Mirar es un acto voluntario. Dice John Berger: es el acto mediante el cual lo observado logra acercarse, vale decir, queda a nuestro alcance. 

Existir es ser visto, es mirar y ser mirado. Como en la mariposa, la mirada nos atraviesa a cada instante, nos determina, nos constituye y nos transforma mediante un complejísimo proceso que entrama los pensamientos, el inconsciente y la introyección de contenidos e imágenes. 

Y algunas veces la mirada logra proezas formidables. Logra proyectar, penetrar más allá, convertirse en contemplación. Porque aunque del pensamiento propio nos queden apenas vestigios, lo cierto es que, aún con todo ese ruido, se piensa con el cuerpo y se recuerda con el cuerpo. Aunque el poder haya estado moldeando nuestro deseo, aún así, la contemplación puede convertirse en algo propio, puede convertirse en creación. 
Y en esa inmovilidad deliciosa, allí donde se sostiene el éxtasis, es donde radica toda posibilidad de recuerdo:

[...]

La llanura del Po ha dado toda su riqueza al norte de Italia, pero el río es impredecible, siempre cambiante, sinuoso, renuente a las normas. Cuenta con una larga historia de repeticiones regulares y de impredecibilidad. Unas veces es una corriente de cieno. Otras, empuja al propio mar. Su cauce sube y sube; de ahí el perenne peligro de inundaciones. 

La superficie de este río femenino, tal vez el más femenino del mundo, al contrario del Danubio, que es masculino, es calma, pero unas corrientes invisibles y feroces circulan por sus profundidades. Atención navegantes inexpertos: el Po riega y ofrece buenas cosechas; y es indiferente, como lo son todos los ríos.

En la película de Michelangelo Antonioni de 1943 el río es el protagonista, un protagonista caracterizado por su voluntad colosal de llegar al mar, pero sin mostrar jamás impaciencia. Cuando lo alcanza, el mar, en lugar de abrazarlo, le echa una mano para que se suba a la blanca cama del cielo.

[...]

John Berger


Aunque contemplar sea una forma de amor con mala prensa, hay un lugar donde están las palabras. De allí salen, aunque no regresan. Es un lugar inspirado, liminar, oculto; el centro mismo del misterio. Como una forma de evadir el sentido común colectivo y tóxico que nos rodea, mediante la contemplación lo que hacemos es acomodar las piezas deformes de la realidad patente dentro de nuestra modesta capacidad poética:


También en el amor
la condición del Ello es distinta.

Ella vista por él
es un impulso divino
que termina en el Infierno
si no lo detiene el Yo
o lo equilibra el Otro

la energía controlada
de sus intentos desmedidos
puede servir lo inverso que se teme

esto importa la necesidad
de apreciar su fuerza
que mata lo mediocre

por odiar lo falso
está presente en toda acción
controlada o sin control
que asombra al mundo
con su belleza o su violencia.

Francisco Gandolfo de El sueño de los pronombres.


Se tratará entonces de resignificar, reformular, de volver a contar, de actuar con las palabras. Como milagreros resucitadores, saldremos a encender los candiles en plena noche. Otros tendrán sus métodos también, incluso más eficaces. Siempre habrá tiempo para volver a lo que somos: habitantes de un mundo siniestro, testigos de calles densas y roñosas, abundantes en baratijas que nadie necesita, donde nuestras vidas se fundirán con otros miles de millones de vidas mediocres.

Así, contemplar es una forma de amar, ponerlo en palabras, una utopía:


Refulge otra vez el sol sobre el río,

siéntate en la hierba con espíritu tranquilo
y mira a los muchachos bañarse y reír.
Acepta estrictamente esta visión.


(Has mirado tu sombra desde el puente
y te ha extrañado
que no tuerza hacia la corriente)


Tú también te bañaste aquí
y entonces el río era igualmente sucio, dejaba
estrías de barro en las comisuras de la boca
donde se formaba esa risa gratuita, risa
sólo por estar allí, zambulléndose
y emergiendo con un único conocimiento,
el de las cualidades tangibles del agua.
Ése era el sentido de la risa.
Acepta estrictamente ese sentido y declina
la especulación poética. Porque es tu verso opaco
contra tu brillante alegría de muchacho.


José Watanabe (1946-2007) de El guardián del hielo, 2000.



Pájaros muertos

 


El pájaro rompe el cascarón. El huevo es el mundo. Quien quiere nacer tiene que romper el mundo. El pájaro vuela hacia Dios y Dios es Abraxas.

Hermann Hesse. (Demian)


En estos tiempos aciagos, de sequía, de tierras bien muertas, creer que pensamos lo que queremos es hacer ficción de la buena. Es cierto que es posible, por tanto, intentar. Nos arrojaron aquí sin demasiadas respuestas y hay que arreglarse. Arreglarse y salir a buscar.  Se puede desear, se puede querer pensar distinto, ser único, ser raro. 

Pero estando tan sujetos como estamos, como nacimos, la verdad es que lograrlo es una utopía.

Tal vez por eso hay esta búsqueda, esta deriva entre luz y oscuridad, esta ambigüedad de los seres incómodos, los que rascan las paredes con las uñas, los que comen tierra. Tal vez por eso nos acercamos al pensamiento filosófico, a la lectura, a la escritura y a la poesía; para huir del hipnotismo colectivo, para hacer un agujerito y salir a respirar, para romper un poco el cascarón del mundo, para no ser pájaros muertos. 


 

Nunca es tiempo de chequear titulares

Era cosa segura. Llegabas a tu casa y veías a uno de tus viejos –o a los dos– clavado delante de la tele, a veces un domingo, otras recién después de trabajar, escuchando el alarido histérico del presentador del programa de concursos que se acomodaba la corbata y le guiñaba el ojo a las conejitas que se paseaban por todo el set gratuitamente para entregarle un sobre, elegido entre miles de sobres similares, donde dormía el nombre del afortunado que iba a competir por un viaje a Uruguay o un 0 kilómetro. Los viste ceder sin dar pelea a las publicidades, aceptarlas como cortometrajes del vacío, criticar las malas elecciones de fraseo o de la vestimenta, ponerse en stand-by como televisores a la espera de la señal de vida. Así todos los días. Juraste no caer en manos de las trampas que los pescadores de billetes y mentes tienden con oficio. Soy el amo de mi destino, repetías, soy el capitán de mi alma. Lo creíste. Nada que no quisieras podía amarrarte, nadie, por eso le pedías al segundo de tus grandes amores que te atara bien fuerte de las piernas. 
Después ya no cantaba el gallo al volver tarde, muy tarde, al dormitorio, pero el cielo tenía el color del sexo y el amor desastrados y te seguía llenando de lágrimas. Cada llanto, cada horror sin propósito, cada desilusión lavó y secó al sol el lienzo de tu paisaje místico hasta que fue un andrajo. El cansancio desata los cordones y te apoltrona en un pellejo ajeno, repetido. La pantalla te acompaña hasta al baño y te susurra por lo bajo. Nunca perdiste el miedo, solamente lo escondés mejor. Tenés demasiado poco tiempo para eludir los cada vez más duros protocolos de seguridad informática, estás demasiado ocupado, demasiado exhausto, demasiado merecedor de un ínfimo confort que te permita llegar al mes que viene. Contratás el servicio de streaming. 
Podrías ponerte en exigente: buscar una película de esas que no ves nunca y te hacen sentir más extravagante, pero hoy no es el día. Tu colega entre millones de usuarios similares te recomendó algo que sí te va a gustar. No eras mejor que tus viejos, ni más astuto ni más perceptivo. Solamente llegaste después, a tiempo para el cebo que vino a capturarte. Termina el episodio de la serie moderna en un atractivo giro argumental. Podrías levantarte y cocinar la salsa que te sale tan bien. Tenés hambre pero también tenés pocos segundos para reaccionar. Los dejás pasar sin dar pelea: son gatos detrás del atún recién abierto. Empieza otro episodio. Te dejás atrapar.

Rita González Hesaynes.

El mono en el remolino de agua


Death by Dave Mckean

Toda amargura esconde una venganza
y se traduce en un sistema: el pesimismo, 
esa crueldad de los vencidos que no pueden 
perdonar al mundo el haber
traicionado su espera.

(Emil Cioran)


Hay en la espera una incomunicable sensación de aislamiento. Un sosegado decir que no se duerme. Como un rumor, surge cuando el cuerpo se agota, cuando viene la calma; cuando el polvo, antes suspendido en el aire, se deposita sobre todas las superficies; cuando la casa calla pero cruje en destellos la madera de los techos, cuando la noche se hace silencio y se anuncia interminable. Entonces hay que atrapar el rumor y convertirlo en palabras, para que no se estanque, para seguir esperando, porque todos esperamos algo alguna vez.


Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría. 
    Llegué hasta el muelle viejo, esa construcción inexplicable, puesto que la ciudad y su puerto siempre estuvieron dónde están, un cuarto de legua arriba. 
    Entreverada entre sus palos, se manea la porción de agua del río que entre ellos recae.
    Con su pequeña ola y sus remolinos, sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.
    Ahí estábamos, por irnos y no.

Antonio Di Benedetto. Zama (fragmento)


La espera

El tiempo se ha trabado en la herrumbre de mi espera.
La vertical del sol sin una sola sombra.
Las ansias en el toro que no embiste:
las cuatro patas negras
clavadas en la arena.
Los siglos que ya lleva
sin parpadear la esfinge.
El David sepultado en la cantera
esperando que llegue Miguel Ángel. 
Calma chicha en un lago de la puna,
el indio masca coca allí en la proa, 
la vela desmayada cuelga inerte, 
el agua como un vidrio.
Los soldados aqueos respirando
en lo oscuro del vientre del caballo. 
El áspero silencio que da el disco
cuando va a comenzar la sinfonía.
Sombreros en el aire.
Un picaporte inmóvil.
El invierno goteando en el pasillo. 
El tiempo de las grutas y los zapatos huecos.
Los gestos detenidos en los cuadros.
Y esperarte en esta mesa yerma,
esperar a que se abra aquella puerta 
para que entres y gire el engranaje 
y entonces sople el viento, embista el toro,
recobren el aliento las estatuas, 
y en los cuadros la vida continúe
y caigan los sombreros
y la lluvia,
y el tiempo se destrabe con su música.

Pedro Mairal de: Tigre como los pájaros. Editora Botella de mar

Aguas oscuras



No me justifico, mi Dios.
Escribo como el terror manda, 
aprendo como de paso, 
sufro como si fuera para siempre. 
Y no sé. Nunca sabré.

(Leda Valladares)


La negación es una entidad peligrosa y autárquica, pero la falsedad, la envidia, el egoísmo son -por lejos- los sentimientos que albergamos con mayor frecuencia. Pagamos un precio muy alto por simular la conducta aceptada socialmente, por la transparencia, por el halo de santidad que, como una corona de espinas, nos clavamos en la cabeza día tras día. Eso es estar en el mundo social. Hijos de hijos perfectos, padres ejemplares, esposos devotos, buenos ciudadanos. Y esa es la cara que mostramos, agotadora y falsa. Criaturas de un cristal muy, muy fino. 

Diferente es lo que ocurre cuando estamos solos. 

Para aproximarse a esta idea basta mirar en las redes sociales: dinero, viajes, autos, cenas estupendas, diplomas, reconocimientos, trabajos fascinantes, familias colmadas de felicidad: perfección, perfección, más perfección. Una matrix donde todo, información, imágenes, eventos, emociones fluyen sobre la superficie, donde solo lo bello, lo sano, lo pulido son lo correcto

Sin embargo el mundo nos devuelve otra mirada. De hecho, se diría que va mal. En él crecen la intolerancia, la violencia, la discriminación, la pobreza. El recelo, la estupidez, la corrupción son hoy moneda corriente. Y qué decir del ensañamiento contra aquellos considerados minorías, qué decir del daño contra todo lo observado como débil, cerrado, distinto, o que se aparta. 

Así, el virus del egoísmo permanece durmiendo en sus esporas, no está muerto, está escondido. Su pequeño ADN de organismo acelular, simple, específico y sosegado aguarda las condiciones óptimas para proyectarse. En un mundo en constante actitud de regateo, desconfianza y pobreza emocional, un mundo que se siente como nadar en el barro, en la primera de cambio todos descubriremos nuestras esvásticas tatuadas para poner manos a la obra. Y sin siquiera notarlo, nos volveremos por completo intratables, y será poco lo que podremos hacer sin reflexión. 
 

Bajan de una bitácora todas las instrucciones
para ser feliz y descubrir verdades
que hagan avanzar a la raza,
que la hagan salir del pantano espiritual
y le devuelvan el sentido por el camino primitivo
que llevó al hombre a construir ciudades colgantes
y países de animales de carne.

 No, suéltenme, y si ahora digo la verdad?
Y si ahora digo que son todos unos hijos de puta
mentirosos caretas mediocres ganabecas,
punks subvencionados, hijos de lameguitas,
dotados hedonistas, creyentes en la farsa milenaria
                                          impostores incansables                                    

 (Daniel Durand. En Cabeza de buey)


Sí, el mundo es una mierda. Y lo único que podemos hacer es -parafraseo a mi querido Sebastián- extraer algo del caos, algo que valga la pena amar. Eso hace que nuestras vidas se encuentren encerradas en pequeñas burbujas, frágiles burbujas. 

No hay inocentes en esto que le pasa al mundo, somos culpables y la figurita difícil es la humildad. Los pobres quieren ser ricos, los ricos quieren serlo aún más, pero los más, más ricos quieren ser dueños del mundo. Poco se salva en este mar de aguas oscuras.


ahí les dejo eso

ahí les dejo eso, porque hay que soltar, dicen
el oscuro trapo de la dicha

ir hacia dónde, mirar, perder,
ser perdido, olvidado,
traicionado, a veces
también

morder la pena

esta casa, verás, estuvo llena de fe

la llenaron de ruido las palomas 
sentó sus manos la virgencita celeste
a veces
me dijo cosas o yo
le dije, pidiéndole, no sé
naderías

me fue dado, a veces, sí, también, 
el mendrugo del alma, y todo
pareció estar bien
sonreír
ser fresco
pero después, ah, el después

no viene con constancia la dicha

es un pez pequeñísimo de mil ojos, la dicha,
y nada el mar
lo nada, y sabe, y mira mira mira
tu sola mano ansiosa y pobrecita
buscándolo y buscándolo
en la azul eternidad del tiempo

verás al pececito una vez, dos veces,
su iridiscente reflejo, su ser pez entre
los peces, lo verás ir
aquí para allá, comer las mariposas,
llenarse los mil ojos
de sol, romper
el duro y salado oleaje

muy a veces, en sueños, su rosada carne
su pacífica carne
aleteará cerca de tu corazón
pero luego llegará la fiebre 
la podredumbre de la fiebre
y el después del después
y tendrás la sed, la sed que no sacia el agüita salada
del mar interminable
tendrás la gran sed
la fiebre

Elena Annibali de: Curva de remanso. Caballo negro editora 2017



Circe


Cómete la noche y avanza
(Miguel Ángel Bustos)




El sol, a través de mis párpados, como alas de gaviotas 
que echan cal sobre mi vida;
    el sol como una zona que me había olvidado; el sol como un golpe
    de espuma en mis confines; el sol como dos jóvenes vigías 
en una tempestad de luz que se ha tragado 
al mar, a las velas y al cielo.
 
(Héctor Viel Temperley)


No hay demasiado énfasis en la forma previa de Escila. Es decir, su forma humana; una ninfa de quien no se conocen mayores detalles. Tampoco se sabe demasiado sobre su forma monstruosa, pero su monstruosidad es múltiple, en apariencia, o al menos controversial. En ella reverberan ladridos de perros, monstruos que vociferan en su parte inferior, en su entrepierna. Hay quienes incluso se aventuraron a hablar de múltiples cabezas dentadas devoradoras de marineros.

En cambio en el relato del mito suele haber mayor énfasis, sobre todo en tono acusatorio, en los conocimientos y en la mirada perversa y celosa de Circe, la hechicera; la gran maga de la épica grecolatina, famosa dominatrix, avezada también en las artes de la brujería, la herboristería y la medicina, fue conocida como domadora de fieras, y también por exitosas transformaciones, como la de Escila. 

Sobre esto escribe Ovidio:

Pequeño había un abismo, ensenado en curvos arcos, grato descanso de Escila, adonde ella se retiraba del hervor del mar y del cielo, cuando muchísimo en mitad de su orbe el sol era y mínimas desde su vértice hiciera las sombras. Éste la diosa previamente lo malogra, y con venenos hacedores de portentos lo inquina. Aquí, exprimidos líquidos de una raíz dañosa asperja, y, oscuro, del rodeo de sus palabras nuevas, en tres novenas la canción largamente murmura con su mágica boca. Escila llegó y hasta el vientre en su mitad había descendido, cuando desfigurarse sus ingles merced a monstruos que ladraban contempló y, al principio, creyendo que no aquellas de su cuerpo eran partes, rehúye y espanta y teme las bocas protervas de los perros, pero a los que huye consigo arrastra a una, y el cuerpo buscando de sus muslos, y piernas, y pies, cerbéreos belfos en vez de las partes aquellas encuentra.

Metamorfosis (Ovidio)

Así, el mito describe a Circe como una engañera, dueña de un gran poder, una mujer recelosa de su propia autoridad, con habilidades múltiples, capaz de transmutar un animal en otros, capaz incluso de generar un gran daño por celos amorosos. Es una idea humana de fácil comprensión: desde la noche de los tiempos hay algo temido y considerado monstruoso en una mujer sola (si es hermosa, por supuesto). Algo que no puede ser del todo moral, algo que funciona a la perfección, incluso como castigo.



Permanencia

El cielo es curvo y cierto de humedad 
cielo de confesiones incumplidas. 

Es en vano llenar de gestos nuevos los huecos de la tarde, 
adorar cada día un reflejo distinto, andar cazando vida muy lejos de la orilla del corazón. 

Mi soledad saqueada por amigos sonrientes ahoga por momentos su eterno descubrir. Y de mí triunfa siempre la nostalgia, esa ardiente insegura. 

Esto eres tú todavía, todavía tu intento insostenible, 
todavía tu rostro, la gran dulzura desesperada. 

El amor envejece y tu voz precipita el desasosegado atardecer. 

En el colmo del tiempo volveré a dedicarme a tu mirada. 

El amor rozará muchas veces el borde de las noches. 

No te destruirá. 

Elizabeth Azcona Cranwell (1933-2004)

Labyrinthus hic habitat Minotaurus

 


Y todo es tan lejano y puro
que una nueva inocencia nos consuela.

(Jacobo Fijman. El molino rojo)



Hablar es hablarse.
(Julio Cortázar. Los reyes)

Dudar como manera de existir. Elegir la historia que nos fue contada, o atreverse a una historia otra, sutil, no dicha, vuelta al revés. Una historia sobre otra, armada 
sobre otra, armada sobre otra, armada sobre otra; como en las cajas chinas. Lo cierto es que en cada trama, en cada sucesión de eventos entrelazados habita la duda, esa intemperie caprichosa. Dudar es la única opción, la única manera de elegir.



[...]
Míralo irse apremiado por la gloria que lo espera.
Se va ovillando el hilo que fue tendiendo al entrar.
Él no es de los audaces que se echan al camino ignoto
sin la certeza de volver.
No quiso la incertidumbre.
El hilo que lo guía hacia la salida
hace mediocre su brillante aventura.

Tú te quedas como un derrumbe de piedras
y una debilidad infinita, casi placentera.

Tu mirada, ya casi transparente, descubre
en el polvo
las huellas inequívocas
de las sandalias atenienses de Teseo.
Entre tantas antiguas pisadas confusas,
ellas van claras y decididas hacia la salida.

De pronto el sol se enciende sobre tu cabeza
y su luz reemplaza a tu sangre en tus venas
y circula
como una gracia postrera.
Anda tras las pisadas de Teseo, Asterión,
y muere mirando el paisaje de los hombres.

¿Puedes ver los campos que se extienden respirando
                                                             [cansinamente
como si una conciencia subterránea
aun deseara que el mundo fuese acogedor y eterno?
Mira sobre la superficie, en el camino cercano,
la estatua degollada de un dios olvidado,
un anciano que sube penosamente por un sendero de
                                                                        [cabras,
un asno que agoniza o duerme bajo un olivo,
un labriego que cosecha el trigo
que comerá mañana caviloso y cansado.
Aunque no esperabas otra cosa, Asterión,
estas desencantado.
Pero ya cae la tarde y bajo el último sol
solo brilla tu cuerpo que ya no existe.

José Watanabe (1945-2007) El otro Asterión (fragmento final)

C6-C7


[...] encontrarse, de golpe, una mañana,
con la vida y la muerte tiradas sobre la mesa
como los restos de una comida que nadie, después de una noche larga, levantó.

(Juan José Saer)

Ricardo Zelarayán no creía en los géneros literarios. Ninguna forma impuesta pudo con la convicción de que cada uno de nosotros lleva consigo un río, perenne y subterráneo, que es la poesía. Es decir, para Zelarayán el propio discurso permanente la contiene y todo el tiempo está amenazando con desbordarse; está escondida, agazapada en ese rumor constante, al que domeñamos colocando diques, aunque igual se escuche.

[...]Las fuentes de la poesía están en la infracción constante de la convención que nos vendieron como realidad. En todo lo gratuito, en el amor, en el lenguaje de los chicos, en las conversaciones sin límite de tiempo (¡tómese otro mate!), en las situaciones límite en que los discursos de los otros movilizan enérgicamente el discurso de uno y viceversa.

Tal vez por eso Zelarayán tampoco creía en los poetas, ni en los temas considerados "propios" de la poesía. Nos pensaba vectores, médiums, apenas instrumentos capaces de nombrar recién después de ser hablados por la poesía, observadores seriales, transformadores. Parafraseando a Henry James: por ser consciencias humanas, ya somos portadores de realidades propias. Eso es lo que captura, lo que preserva el arte.

No hay temas, no hay dueños, no hay iluminación, hay la escucha de un rumor detrás del cual algunos corremos como posesos para conocer, para aprehender, para captar, aunque más no sea unos instantes, eso que se nos quiere decir.


llévame de la mano, papá,
a través del tiempo,
que mi necesidad de ser libre
no quede totalmente fuera
del círculo sagrado de la casa
y de la sangre.

Fernando Callero

Entre nosotros hay puntos en común, puntos de fuga. Coincidencias que logran emocionarnos, que se deslizan a través del recuerdo, alcanzan los extremos, excavan el corazón hasta llegar a la sangre, hasta inundar el cuerpo. 

Fernando Callero fue un poeta argentino, nació en Concordia en 1971. Una noche salió con su bicicleta y, de regreso tranquilo hacia su casa, se cayó en un pozo. Estuvo horas allí, sumergido en la oscuridad, con la columna quebrada en dos de sus vértebras cervicales, esperó pacientemente que los primeros rayos de sol trajeran el milagro del rescate. 

El milagro llegó, pero Fernando no volvió a caminar nunca más.

Su historia es la historia de siempre. La experimentación de una felicidad intermitente y superficial que, una vez salpicada de sabiduría, permanece en contraste permanente con un profundo dolor de existir.

No estará en los abultados volúmenes de poesía académica, no será parte del canon. Su voz fue de los márgenes, pequeña, imperfecta, simple. Contra el sistema, contra el egoísmo, contra la estupidez implacable que avanza. Contra el miedo, contra la inercia, contra la época, contra la rutina, contra la manada, contra el poder, suficiente. 

La zona más difícil de dominar es la espalda. A pesar de estar pegada a la columna, el cerebro del hombre está proyectado hacia adelante. Los oídos y la vista apuntan hacia el frente. Esta configuración, más el conocimiento de la muerte, hizo que el hombre se diera vuelta y se enfrentara al mundo como su objeto. Por eso dice Rilke que el animal cuando encuentra la muerte cae hacia atrás, porque su conciencia desconoce el futuro y la degradación final.
[...]
Ayer, el kine me sugirió que me tirara al piso, sobre unas colchonetas. Trajo una pelota fucsia, como de aquaerobic, y comencé por treparme a ella, meciéndome hacia atrás y hacia adelante. Jugué como un gato hasta aflojar la espasticidad y conseguir una pose relajada.  Me erguí y caminé hacia un espejo de piso llevando la pelota delante de mí. La pierna izquierda activó el arrastre desde el psoas de la cadera y comencé a marchar con las manos apoyadas sobre el globo, como una foca amaestrada con su pelota. Luego lo solté y continué hacia el espejo en cuatro patas, gateando con buenos trancos. La cabeza alzada controlaba la evolución en el espejo, viendo cómo funcionaba el frente e imaginando el atrás.


Perfeito

Mi viejo decía perfeito, no perfecto,
y a mí me agarraba un sopor nervioso
y me quería morir. O que se muera.
Después de todo era preferible ser muerto
o huérfano
antes que tener un padre que diga perfeito.
Encima lo decía a cada rato
porque el término había ingresado
a la jerga comercial de la época.
Si lo acompañaba a vender bombachas
a Basavilbaso, prefería quedarme en el auto
escuchando casets, leyendo un Emecé sin tapas
de Niko Kazanzakis
antes que pasar calor en los negocios
escuchando a mi viejo cada dos por tres
decir "perfeito".
Me sonaba brasilero y algo porno,
además de la descalificación que le acarreaba
ese error de dicción
a un hablante correcto de su lengua.
Él no había terminado sexto grado.
A mí me apretaba el cuello una corbata
de bachiller
y a los 12 era un neurótico de la gramática
y de las oraciones.
Entiendo que mi viejo también soportaba
andar con Fray Mamerto Esquiú de acompañante,
pero así son las cosas. Mi historia.
Un viaje en break con el mate estrellándose
contra los vidrios del Renó.
Mamá que saca cuentas, papá en su paraíso
de lycra y notas de pedido.
Los hermanitos atrás
rogando que los dejen juntar de ese campito
un cachorro con sarna.
¿Cuánto suman las facturas, Susana?
  257.000 pesos.
  Perfeito.

Fernando Callero (1971-2020). De Una destrucción muy fina 

Rara avis

 


La delicia y el perfume de mi vida es la memoria 
de esas horas
en que encontré y retuve el placer tal y como lo deseaba.
Delicias y perfumes de mi vida, para mi que odié
los goces y los amores rutinarios.

Constantino Kavafis. Voluptuosidad. 1917.

El río es el Mekong. Una niña. Una niña vestida ridículamente. Con sombrero, con zapatos gastados. Una niña que se asoma a la vida como se asoma al río, como se asoma al cuerpo: con intuición, con soltura. Detrás de ella se acurruca una mujer. Es una mujer pequeña, alcohólica, desteñida.

Talentosa y disidente, Marguerite Duras (1914-1996) escribe pero no siempre hay sintaxis. No necesariamente. En ella no hay orden ligado, hay una escena que se cuenta varias veces a lo largo del tiempo; es decir, en varios libros. Y en cada vez, lo que cambia es la mirada. En cada vez profundiza y discrepa. A veces cuenta más. Tal vez por eso va con ella la indómita sensación de anarquía, porque la prosa se detiene y salta, el ritmo se va. 

La crítica literaria abraza la noción de que Duras conceptualiza la literatura. Duras fragmenta. Al cambiar el enfoque de cada escena, espiraliza sus historias. No hay principio, no hay fin, hay continuum. Duras habilita las lecturas otras, las que se salen de la crítica encorsetada. Sigue los movimientos del arte contemporáneo, posibilita una escritura abierta, que se repara a medida que avanza la investigación, las nuevas teorías literarias. 

En sus propias palabras vueltas hacia ella: Duras encuentra para los amantes un lugar otro, un lugar protector, de pura inmensidad, un rincón inviolable. Una patria lejana, estática, de infancia, que los preserva de toda corrupción, de todo conocimiento ajeno a ella; que los protege de las calamidades propias de la edad adulta, de la muerte, del dinero, de la tristeza de las noches, de la oscuridad de la monotonía y la rutina, de la soledad de la miseria, tanto la del amor como la del deseo. 

Atravesada por el incesto y la triangulación, desde el principio, Duras fue un enigma, un pájaro raro. Se permitió dudar de la supremacía blanca, del poder, del amor, de la heterosexualidad. Miró con ojos de ensueño las ideologías, no les creyó. Se atrevió a plantear la ambigüedad de los lazos familiares, a mostrar la familia como una célula tortuosa y destructiva, pero aún así su gran tema fue la escritura. Y nunca sabremos con algún grado de certeza si su obra fue ficción pura, autoficción o biografía rigurosa. 


[...]De la limusina negra acaba de salir otro hombre. No es igual que el del libro, es otro chino de Manchuria. Es un poco distinto: es más robusto que él, tiene menos miedo que él, más audacia. Tiene más belleza, más salud. Es más «de cine» que el del libro. Y también se muestra menos tímido que él ante la niña. 

Ella, en cambio, sigue siendo la del libro, bajita, delgada, atrevida, difícil de captar su sentido, difícil de decir quién es, menos guapa de lo que parece, pobre, hija de pobres, de antepasados pobres, granjeros, zapateros, primera en francés siempre en todas partes y odiando Francia, inconsolable del país natal y de la infancia, escupiendo la carne roja de los steaks occidentales, enamorada de los hombres débiles, sexual como aún no ha encontrado a otra. Loca por leer, por ver, insolente, libre. 

Él es un chino. Un chino alto. Tiene la piel blanca de los chinos del norte. Es muy elegante. Lleva un traje de tela de seda cruda y los zapatos ingleses color caoba de los jóvenes banqueros de Saigón. 

Él la mira. 

Se miran. Se sonríen. Él se acerca. 

Fuma un 555. Ella es muy joven. Hay algo de temor en su mano que tiembla, aunque apenas, cuando él le ofrece un cigarrillo. 

—¿Fuma? 

La niña hace una señal: No. 

—Perdóneme... Es tan inesperado encontrarla aquí... Usted no se da cuenta... 

La niña no contesta. No sonríe. Lo mira. Feroz sería la palabra para decir esa mirada. Insolente. Descarada es la palabra de la madre: «No se mira así a la gente». Se diría que no oye bien lo que él le dice. Mira el traje, el coche. Alrededor de él, el perfume del agua de colonia europea con, más lejano, el del opio y la seda, del bómbice de seda, del ámbar de la seda, del ámbar de la piel. Ella lo mira todo. Al chófer, el coche y, una vez más, le mira a él, al chino. La infancia parece en su mirada de una curiosidad desplazada, siempre sorprendente, insaciable. El la mira mirar todas esas novedades que transporta aquel día el transbordador. 


Marguerite Duras. El amante de la China del Norte (Fragmento). 
L'Amant de la Chine du Nord. 1991. Editorial Gallimard



El guardián del amor







El cuerpo es un pacto 
con la forma. 
Pero el deseo es la forma
que tiene el corazón
de deshacerse
de su cuerpo.

Susana Villalba


No obstante el cuerpo. Ese animal espeso y palpitante, que aún en su volumen más frágil y más doliente, aun en su necesidad más vasta o acotada, se vuelve inevitable. 

El cuerpo es apenas una bruma, es opción, vehículo de la riqueza ineludible del deseo, que con su poder nos desborda, pero que vale la pena cuidar. Porque en definitiva la vida es física, porque no importa que el hielo se derrita, y no importa que las palabras no alcancen para nombrar, lo importante es estar ahí para sentir lo que pasa.


El guardián del hielo

Y coincidimos en el terral

el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.

                   Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.

José Watanabe. De: Cosas del cuerpo, 1999
Recogido en: José Watanabe – Poesía completa.
Ed. Pretextos, 2008.


El lenguaje de la vida


Aprender a estar en esa orilla más allá del ruido, de las palabras, aún de la memoria. En esa zona salvaje. Aprender a estar en la intemperie.

Alicia Genovese

You remember too much,
my mother said to me recently.
Why hold onto all that? And I said,
Where can I put it down?

 Anne Carson. Glass, Irony and God

Magia, brujería, conocimiento de hierbas y plantas venenosas, dominio sobre ciertos animales, el cielo, el mar y la tierra, invocación de algún que otro fantasma, nigromancia, hechicería, convocatoria de espíritus: los dioses y los poetas son capaces de todo. Tal vez por eso la creación nos inspira un profundo respeto. 

Un saber propio, del propio cuerpo, alejado del intento de sabiduría. Una verdad regalada, un saber que se exprese sin forma, sin forzar saber. Sostener la ilusión, captar el instante, penetrar sin la violencia de la razón, esa y no otra es la búsqueda del creador, manteniéndose siempre a distancia prudencial del misterio. Para que sea, para que nunca deje de ser.


Encrucijada

Esa es la voz de Hécate.
Esa es la mano izquierda del destino.
La luna enrojece el paisaje,
esparce sobre el mundo la locura y la muerte.
                Y ella canta en la encrucijada.
Allí donde el cuerpo se triplica, 
donde se triplican los ojos y los pies 
pero no el corazón,
allí donde cae la cabeza del condenado, 
donde no hay perdón.
                Ella canta en la encrucijada
y su canto abre las puertas del infierno.
                Ella canta en la encrucijada 
y se retuercen los epilépticos.
                Ella canta en la encrucijada
y el alacrán arrastra su víctima al tálamo de fuego.
                Ella canta en la encrucijada
y el cuerpo y el alma desatan su terrible nudo
                Ella canta:
“Oh, cómplice de la noche,
reina de los muertos y de los fantasmas, 
trivia,
el corazón estrábico mira a derecha e izquierda, 
adelante y atrás,
se mira a sí mismo y a su doble.”
               Ella canta en la encrucijada.
Pero alguien saldrá esta noche como ladrón a los caminos.
pisará los escalones de lo desconocido, 
traerá de los cabellos la cabeza del sol. 
Para arrojarla a sus pies,
para que su canto no cese,
para que siga brotando de sus pechos 
la leche caliente de la fatalidad.

Horacio Castillo (1934 - 2010) de Alaska. Ed: Libros de Tierra Firme 1993