El látigo y la serpiente

Ph Leslie Ann O´Dell

[...]

Como una mano que en el instante de la muerte y del naufragio 
se levanta al modo de los rayos de sol poniente, así surge 
por todas partes tu mirada. 

Quizá ya no haya tiempo, ya no haya tiempo para verme, 
pero la hoja que cae y la rueda que gira te dirán 
que nada perdura en la tierra, 
salvo el amor.

Y de esto quiero convencerme.

(Robert Desnos)



Tal vez por eso la desesperación es un pozo sin luz y sin acuerdo. Igual es el amor a veces. O más bien siempre, siempre que reconozca al otro como una nueva voz, como una alteridad. Un otro que desafía, amedrenta y destruye todo lo que de lógicos y racionales tenemos.
 
[...] No hay amor por la vida sin desesperación por la vida. Lo escribí, no sin énfasis, en estas páginas. No sabía, a la sazón, cuán cierto era; aún no había cruzado por los tiempos de la auténtica desesperación. Esos tiempos llegaron y consiguieron destruirlo todo en mí menos, precisamente, el apetito desordenado de vivir.

Albert Camus

Ahora bien: no es novedad que Eros sufre, que lucha, pero agoniza; y que quizá incluso muera, circunscripto como está a los implacables embates de la sociedad del rendimiento y el consumo. El poder de Eros es una impotencia hacia el otro.


[...]

A la sociedad le encantan las relaciones humanas estables, las que puedan ser reconocidas con algún nombre fijo y perdurable como noviazgo o matrimonio y cuyas funciones sean claras en el contexto de la dinámica colectiva. Así es como se aborrece y condena cualquier pasión que escape al control y que rompa los cánones de lo establecido. 

Sin embargo, el amor es expresivo y dialogante por naturaleza, no entiende de títulos ni de etiquetas; aún cuando no sea correspondido, no existe si no es en referencia a un objeto, es decir, a alquien que lo recibe como ofrenda y, por ese acto, quien lo recibe a fuerza de humanizarse se deifica y se torna inalcanzable; al haber donación hay necesariamente pérdida de quien se ofrece al amor, se consume y se pierde a sí mismo. 

Esa es la raíz del dolor. 

Por su parte, el dolor es incomunicable y no puede transmitirse. Se padece en la más absoluta soledad pero el que se entrega se pierde para sí, aun cuando ese amor sea correspondido; en cuanto a ello, del mutuo amor y de la pasión entre ambos, sobre el dolor, acontece el rarísimo fenómeno del goce, del que el placer es apenas un tímido reflejo. 

El hombre teme a la fuerza inusitada del amor, que puede llevarlo a adoptar conductas que en otras condiciones no adoptaría. 

Sobre todo le tenemos miedo a su potencia transgresora, que irrumpe para convertir al prudente en un perpetrador capaz de romper las reglas de la convivencia de maneras inimaginables y hasta puede llevarnos a cuestionar los valores que la mayoría, durante siglos, ha llamado absolutos, universales porque no hay nexo de amor más profundo que la complicidad.

El amante de Duras/La literatura como dolor: ensayo de César Callejas (fragmento)

Entonces, que un amante no sea un objeto. Que nos queme su veneno, que conmueva, que disocie, que cambie nuestra vida para siempre, pero que nunca sea consumible. Nunca nunca.


Destino

Matamos lo que amamos. Lo demás
no ha estado vivo nunca.
Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere
un olvido, una ausencia, a veces menos.

Matamos lo que amamos. ¡Que cese esta asfixia
de respirar con un pulmón ajeno!
El aire no es bastante 
para los dos. Y no basta la tierra
para los cuerpos juntos 
y la ración de la esperanza es poca 
y el dolor no se puede compartir.

El hombre es anima de soledades, 
ciervo con una flecha en el ijar 
que huye y se desangra.

Ah, pero el odio, su fijeza insomne
de pupilas de vidrio; su actitud 
que es a la vez reposo y amenaza.

El ciervo va a beber y en el agua aparece
el reflejo del tigre. 
El ciervo bebe el agua y la imagen se vuelve 
-antes que lo devoren- (cómplice, fascinado) 
igual a su enemigo.

Damos la vida sólo a lo que odiamos.

Rosario Castellanos (1925-1974)

Tibio, tibio...

 



...
Búsquenlo en su cubículo de animal desmedido
extirpen sus células solares
pidan auxilio al derecho romano a los gendarmes
y si a pesar de todo
insistiera en crecer
en desbordar océanos
enciérrenlo en un asilo con camisa de fuerza
corten su lengua quémenle el fuego
pidan ayuda a dios el gran ausente
para matar del todo al que no muere
al que morir no puede.

Teresa Leonardi (Orden de caza al animal desmedido)


Estamos hechos de pérdidas. La experiencia del mundo se nos graba en el cuerpo, está ligada al animal carnal por inconfundibles lazos. El cuerpo que sabe y duele. Vaya si sabe esa entidad caótica, siempre monstruosa y desconocida, frente a la que no podemos retroceder. 

En su célebre Naturalis historia, Plinio el Viejo, un escritor romano que murió cerca de Pompeya, víctima de la erupción del Vesubio, narró la leyenda de una mujer de Corinto que, presa del amor por un hombre que debía alejarse de la ciudad, trazó sobre una pared el contorno de su sombra. La historia dice que se sirvió para eso de la tenue luz de una vela y de un trozo de arcilla seca. 

Quería conservar el recuerdo de su apariencia.


(Lunes)

Busco -le dijo- la tinta de las mariposas negras.

Al fondo de la habitación, sobre un banco de piedra, 
había, derramado, el ángel ambarino de la luz,
un pañuelo azul para la frente amplia de Leda, 
y un vaso de agua, porque el verano era grave.
De lejos, se escuchaba cómo se alimentaban los cuervos
en los trigales,
un rumor de Apocalipsis,
como si la eternidad se hubiera roto en alguna parte,
y sangrara.


(Martes)

Busco -le dijo la segunda noche- el fino pincel de pelo de caballo.

Era muy dulce la visión de los relámpagos
alumbrando a Dzhaidar.
Se podían contar los latidos en el pecho,
y el murciélago blanco de un pensamiento viejo, 
(quizá el recuerdo de una mujer bajando al río)
a través de la piel traslúcida.
Leda lo lavaba, con una esponja y agua tibia, 
y respiraba, en las axilas del hombre mojado,
un aroma a jazmín y madera de sándalo,
que recordaría muchos años después.


(Miércoles)

Al amanecer, sobre las quintas,
el movimiento de los heliotropos
y una lluvia de peces vivos y brillantes 
auguraban el escándalo de la destrucción.
Sentada frente a la pared,
arremangado el vestido, mojado el pecho de lágrimas, 
Leda paseaba los dedos sucios de arcilla y carbón
por el contorno de la sombra.
La luz temblaba, y Dzhaidar.
Nacía la imagen desde el fondo de la vida, 
como de la muerte, doliente y efímera,
como siempre, de mujer y de hombre,
para habitar este mundo,
de carnadura de diablos y transparencias.

Elena Anníbali. De Las Madres Remotas (2007) 
Ed: Cartografías de Rio Cuarto.


Taal-tosh

 

(Para leer en forma afirmativa)

Has vivido
como un golpe en la frente
el instante el jadeo la caída la fuga. 
Has sabido
con cada poro de la piel sabido
que tus ojos tus manos tu sexo tu blando corazón 
había que tirarlos
había que llorarlos
había que inventarlos otra vez.

(Julio Cortázar)


...Entonces dan ganas de salir corriendo. De atravesar vidrios, fuego. De abrirse la piel, de salirse de uno. De gritar. Antes de que anochezca, dicen las brujas, en el páramo, van a interceptar a Macbeth.

(Virginia Cosin. Partida de nacimiento)

Lilith dejó de ser una serpiente para ser un ánimo nocturno, un demonio, una ráfaga, un viento atroz; algo que ella ignoraba de sí misma, por cierto, que conoció por intuición en el destierro. La consciencia de caer sometió su espíritu, y su fuerza, esa explosión controlada, esa chispa maligna, tal vez la sola mención de su nombre, nos ha marcado para siempre. Porque eso es lo que pasa con el mito. Con el tiempo, Lilith se convirtió en una idea, el rumor de cierta noche, una música ardiente que todavía hoy, noche tras noche, pugna por salir y en tan solo un instante convertir el mundo entero en un desierto.


[...]Salammbó la enroscó en su cintura, bajo sus brazos, entre sus rodillas; entonces, tomándola por las mandíbulas acercó la pequeña cabeza triangular al borde de sus dientes y, con ojos entrecerrados, se inclinó bajo los rayos de luna. La blanca luz parecía envolverla en una niebla de plata, la huella de sus pasos húmedos brillaba en las losas, las estrellas palpitaban en la profundidad del agua. La serpiente apretó a su alrededor sus anillos jaspeados con parches negros y dorados. Salammbó jadeaba bajo este peso, demasiado para ella, su espalda se inclinó, se sintió morir; la serpiente daba unos golpecitos amables en uno de sus muslos con la punta de la cola. Entonces, cuando terminó la música, se dejó caer.
(Gustave Flaubert. Salammbó)


Invocación

Que no crezca jamás en mis entrañas
esa calma aparente llamada escepticismo. 
Huya yo del resabio, 
del cinismo, de la imparcialidad de los hombros encogidos.
Crea yo siempre en la vida
crea yo siempre
en las mil infinitas posibilidades.

Engáñenme los cantos de las sirenas
tenga mi alma siempre un pellizco de ingenua. 
Que nunca se parezca mi epidermis a
la piel de un paquidermo inconmovible
                      helado.

Llore yo todavía por sueños imposibles
por amores prohibidos 
por fantasías de niña hechas añicos.

Huya yo del realismo encorsetado.

Consérvense en mis labios las canciones, 
muchas y muy ruidosas y con muchos acordes.
Por si vinieran tiempos de silencio.

Raquel Lanseros


Gaviotas del golfo

 

En fin, no somos la luz, tampoco el mensaje. 
Dependemos de las cosas que desaparecen.

(Marcelo Diaz)



Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes. Tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes. Tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amor.
Tristes. Tristes.

(Miguel Hernández)


La normalidad no es más que una ficción. La realidad es un incordio, una bolsa pequeña repleta de pus. El escondite jamás será lo suficientemente bueno, ni lo bastante hermético. Por todas partes se nos filtran los signos de la vida, las historias, y reaccionamos ante el abismo que existe entre lo que somos frente a los demás y lo que somos en solitario. 

Tenemos poco tiempo por culpa de la muerte, pero el vuelo, esa sensación de vértigo infinito, es lo que nos anima; la sed constante nos pone en movimiento. 

Amurallarse, enmudecer, encerrarse a soñar es ver el mar por primera vez, nítido y sombrío, incuestionablemente azul. Así no representamos ningún papel, al menos por un rato.



Quería hablar del aprendizaje de los sueños


entonces me acordé de tu voz
acompañada
por una espiral de sombras haciendo algo parecido
a lo que hacen los pájaros
o los peces
cuando nadan juntos
uno al lado del otro
como si no importara
la forma ni el contenido
así sea de día
o de noche
hasta dar con el principio de la claridad
donde se anuda la pérdida y la memoria de la pérdida;
si me muero
quién hablará de las astillas
quién hablará
de la imagen mental de nuestro árbol
si puede acaso una hoja
-ahora en lugar de tu voz-
por cada instante recuperado
provocar una calma
parecida
a la de habernos perdido
en este mundo.

Marcelo Díaz


Decir ya es una distancia


Mi corazón no debe callar hoy o mañana.
Debe participar de lo que toca,
debe ser de metal, de raíces, de alas.
No puedo ser la piedra que se alza y que no vuelve,
no puedo ser la sombra que se deshace y pasa.

(Pablo Neruda)



Perder dimensión, mirar al cielo y ver, sí, el cielo. El cielo azul y sus complejos matices. Mirar hacia adelante y ver cómo las sombras lentamente se convierten en mundo real, como en la Caverna de Platón. Entonces es cuando: ya no será posible sentirse encerrado, será posible sentirse libre, suelto en la vida cotidiana, la vida normal. 

Pero la cotidianidad con sus objetos materiales, esa ilusión de luces, artefactos, noticias, imágenes y utilidades es también el mejor lugar para huir de la angustia, que es huir de lo que somos. La vida cotidiana es un fármaco que anestesia, y hace de la angustia existencial una dolencia medicable. 

¿Para qué recordar todo el tiempo que nos vamos a morir? 

En la cotidianidad olvidamos la finitud y nos hacemos dueños, propietarios, amos de la realidad. cuando en verdad todo el tiempo todo está en juego, a apunto estallar o desvanecerse. 

Porque todo siempre también es nada. Incluso nosotros. 

Recordar que nos vamos a morir es asumir que todo puede ser de otra manera, que no hay definitivo. El ser humano es ser-para-la-muerte -es palabra de Heidegger- y eso angustia. Por suerte, porque así  vuelve una y otra vez al pensamiento la pregunta por el sentido.

[...]
La madrugada es una cosa infame y rastrera, pues encubre la gran conjuración tramada para poner en pie todo aquello que fracasó diez horas antes, y va alineando calles, decapitando luces y repintando colores por los idénticos lugares de la tarde anterior, hasta que nosotros —ya con la ciudad al cuello y el día abismal unciendo nuestros hombros— tenemos que rendirnos a la desatinada plenitud de su triunfo y resignarnos a que nos remachen un día más en el alma.
Queda el atardecer. Es la dramática altercación y el conflicto de la visualidad y de la sombra, es como un retorcerse y un salirse de quicio de las cosas visibles. Nos desmadeja, nos carcome y nos manosea, pero en su ahínco recobran su sentir humano las calles, su trágico sentir de volición que logra perdurar en el tiempo, cuya entraña misma es el cambio. La tarde es la inquietud de la jornada, y por eso se acuerda con nosotros que también somos inquietud. La tarde alista un fácil declive para nuestra corriente espiritual y es a fuerza de tardes que la ciudad va entrando en nosotros.

Jorge Luis Borges. Buenos Aires (fragmento) Inquisiciones 1925.



 
[...]

Mi boca se abre sola para decirte
cosas que pienso cuando apoyo 
la cabeza en la almohada, no puedo hacer nada
más que decir una parte, mentirte con la verdad
ese vértigo y el mismo deseo pienso mientras te nombro
estás cerca, corazón, de este arroyo
a ver si te traen para acá, hacia esta línea mal trazada 
en el mapa de la provincia de Buenos Aires.
Soy la sensación terrible del que pesca
un solo pez en toda la mañana y le da
pitadas al cigarrillo esperando
que la suerte cambie bajo el puente.
Soy el agua que se estira perfumada sobre las piedras
brillantes y lisas que forman 
el suelo del comienzo, el que podemos percibir.
Después, más abajo, no sé qué hay.

[...]


Laureana Cardelino. Arroyo y piedra (fragmento) de Manija. Pixel editora, 2017

Principio de la incertidumbre

 

   
Tan fría el agua del arroyo y tan elegante
sumergirse de a poco para sentir bien
mis pies que pisan las piedras
en el fondo dormidas, en el fondo apretadas, un suelo
 para despegarme del fondo en cada pinchazo.
El agua levanta la sensación en la planta
como esa vez que me quemé y la reacción llegó más tarde
como todas las veces con vos, una aguja perforando
la piel y adentro
habitando lo extraño, lo nuevo
en el punto más familiar.

Laureana Cardelino. Arroyo y piedra (fragmento)



De vez en cuando deberíamos poder quedar suspendidos en esta superficialidad banal y deliciosa de la vida moderna, deberíamos poder argumentar que ser es solo eso: lo que se ve. Pero no alcanza. Debajo de cada piel se esconde siempre otra piel, y nadie sabe concretamente lo que ha venido a hacer aquí; no se elige la mordaza, las cadenas, el viento que rompe la piel a ramalazos. Porque somos apenas contadores de historias, testigos de un mundo sin fin que influyen la realidad tan solo observando. 


Fuego de los días

De espera en espera consumimos nuestra vida.
(Epicuro)

Por acá todo es casi fuego a diario,
el perro olfatea en la cocina
las cenizas de la luz; 
eso es la desaparición 
los ojos que desean lo que se hunde
la ausencia de la lengua sobre el pan,
en el misterio del mundo.

Yo no sé si es bueno nombrar,
yo no sé,
pero a veces 
cuando amenaza el fuego lo más elemental, 
uno se pregunta si de esa manera debe ser todo.

En la cocina
la tetera canta exasperada
y el olor a hierro quemado es el único vestigio
de un agua seca y reseca,
inexistente
entre el fondo negro de la olla.

Otro día es un cigarro que se encuentra entre silbidos 
el blanco corazón de la colilla que se ahoga, 
allí el fuego es pasado,
certeza limpia.

Así también pasa con el cuerpo
y uno sigue preguntándose 
qué lo quemará: 
una enfermedad en los pulmones,
un carcinoma,
un balazo, una traición.

Quién sabe qué extraño fuego 
acabe esta espera.

Camila Charry Noriega


La tortura del fuego






Ni doncellas ni ángeles, hay furia
temor reverencial en este pecho.
Hay un mordisco al aire
en la tormenta. Setenta veces
siete naciste de la espuma, mi demonio
miel de sangre.

(Rita González Hesaynes. Los nacimientos de Venus)



Aparta de mi ese cáliz.
(César Vallejo)

La vasija es un símbolo. Marie Louise von Franz supo explicarlo muy bien: es el féretro, el recipiente alquímico, capaz de representar el proceso de sofocación y transformación; es decir: el ataúd y el recipiente representan ambos el proceso de sofocación y transformación de las materias primas, porque la materia prima muere por sofocación para transformarse en otra cosa, en otro tipo de materia.  

Este es a su vez el símbolo que representa la introversión, una actitud física básica de quien evita que algo se le escape, que algo se salga, porque durante esta evolución nada debe filtrarse hacia el mundo exterior. El cerebro se fríe. Aunque parezca siniestro, este proceso puede conducirnos hacia la lucidez, y la lucidez, amigos, es esa chispa divina que nos preserva de la adhesión incondicional.

Según Lacan, hay algo ineludible en Freud, algo que Freud quiso dejar claro: el deseo del hombre es el infierno y es el único medio para comprender.  Así que la ilusión delirante y neurótica de que todos los problemas vienen desde fuera tiene que terminar: las cosas hay que mirarlas desde adentro. 

Ésa es la forma en que ahora sofocamos el misterio del inconsciente. Todavía no está claro lo que es el inconsciente; argumentamos, traducimos, tejemos, pero no sabemos con certeza lo que nos quiere decir, ni lo que sus imágenes representan en concreto, aún así lo sofocamos mediante este tratamiento concentrado, por el cual se detiene toda proyección y se intensifica el proceso psicológico. 

Allí también la tortura del fuego, porque cuando se intensifican los procesos psicológicos nos asamos vivos, quemándonos en lo que somos. Muchos temen ese poder devastador. Sin embargo, esta fuerza del fuego, esta quemazón insoportable, esta transformación, no tienen por qué ser negativas. Al igual que en las reacciones químicas, existen numerosos indicios de que si las circunstancias están bien administradas resultarán en un proceso posibilitador de libertades, de creación, de nuevos órdenes (o desórdenes).

La tumba psíquica y la persona que está en la tumba se convertirán así en una misma cosa; podría decirse que es aquí cuando uno se cocina en sus propios jugos. Se sofocan el contenedor y el contenido, el féretro y el dios muerto que habita en él se funden en un solo mecanismo para renacer transformados.


[...]

Sorprendí a Eva cierto día
en el alba del pensamiento. 
Su boca entreabierta bebía 
polen de ideas en el viento. 
Se ofrecía perfecta y pura 
la desnudez de su cintura 
al hombre, al sol, como un trofeo, 
y su alma recién creada 
vacilaba desorientada 
en los umbrales del deseo.

¡Al verte por primera vez 
cómo admiré tu forma nueva! 
¡Qué plenitud de placidez 
de todo tu ser fluía, Eva!
Todo hacia ti se convertía,
toda alma se enternecía 
al aire suave de tus suspiros. 
¡Hasta yo misma, me enternecí!
¡Sentimiento indigno de mí, 
engendradora de vampiros!

Esbozo de una serpiente (Fragmento) Paul Valéry (1871-1945)



Vitalité de l’amour



[...]
La mejor de todas las cartas de presentación de un individuo sería, a mi criterio, entregar una página en la que estuvieran enumeradas las derrotas: nuestro verdadero rostro eso lo dibuja mejor. La enumeración de nuestros fracasos, de las tinieblas, de nuestra oscuridad, de las noches sin dormir. [...] En el curriculum vitae no debería faltar aquella noche que nos pasamos pensando cómo nos han humillado y no supimos responder a esa humillación, aquella vez que alguien que nos amaba dejó de amarnos, o peor, cuando nosotros dejamos de amar a alguien que nos amaba; aquel intento que no pudo ser, que no se pudo cumplir, y también todo aquello que nos confesamos a solas, de madrugada.

Felix Grande

El ritmo superficial de la vida moderna nos hipnotiza, la mente corre como un río, y a menudo su curso está plagado de trampas. Aún así, si miramos con atención en la trama de lo cotidiano, cada derrota puede verse como un punto luminoso. Hay algo puro y vital que nos conecta, algo que fluye imperceptible. 

Y hay un lugar donde la sangre de cada derrota se convierte en comunión.



[...]
quiero escribir, pero
¿qué clase de conversación es posible entre un gato en celo
y una gata castrada? lo he visto: todo es confusión, antojo,
una nube violeta de histeria, una corrida de noche
por los muros

miren: puesto así todo es claro, pero en medio,
en el grito de lo dicho, lo no dicho asoma, se va tejiendo
con lo tangencial, la trama de lo leve, de lo imposible

tengo, cuando viene el día, la sensación de despertar y haber luchado 
ciega, desatada entre nubes, el corazón
se apena por lo que lloró en sueños, por el amor 
ido tras los pasos del fantasma, fantasma él mismo
hecho de guiños y terrores

¿qué voy a decir? en verano supe poner
trapos mojados en los quicios para que no entrara 
el polvo, el calor agónico, y entiendo 
que el silencio teje su propio trapo, su elaborado herrumbre

por entre las grietas, un viento dulce de infierno, 
un silbido: mi corazón se para y quiero escuchar, volcarme,
ser la dueña

pero no, no, esto es mezquino, es la venganza

¿has visto alguna vez al pájaro destrozar su propio nido 
al ser tocado por el hombre?

así el mundo de las cosas: vuelto sobre nosotros, nos ha escondido
su gracia

vagamos huérfanos de ese íntimo esplendor
lo considero justo.

Elena Anníbali. Para quien ha negado lo suyo (fragmento)

El castigo de Eco


[...] Ahora soy yo el que debe hablar.  Aunque sea con su lenguaje será un comienzo, un paso hacia el silencio, hacia el final de esta locura, la de tener que hablar y no poder, salvo de cosas que no me conciernen, que no cuentan, y en las que no creo; de las que ellos me llenan para impedirme decir quién soy, dónde estoy, para impedirme hacer lo que tengo que hacer.

(Samuel Beckett. El innombrable)

Samuel Beckett no creía en el lenguaje, lo creía incapaz de crear un orden, mucho menos de darle claridad al absurdo de este mundo. Desconfiaba de su eficiencia para nombrar. Pero también creía que en él habitaba la única arma para la búsqueda, interminable por cierto, de algún tipo de sentido en la realidad.

Hay que abrir agujeros, uno tras otro, hasta que lo que acecha detrás, sea algo o sea nada, comience a exudar y filtrarse.

El lenguaje está en crisis permanente, y el tiempo es un cretino miserable. Según la crítica, esos y no otros son los puntos principales de su obra. El pesimismo en Beckett es, a lo sumo, su efecto colateral.

Habitamos bajo un velo que debería ser desgarrado con desesperación, al menos hasta encontrar algo, tal vez la nada, pero escarbar; porque el lenguaje nos fue dado y porque, además de ser una imposición ancestral, es un medio que se interpone entre nosotros y el mundo y sus cosas.

El lenguaje nos obliga a decir bajo sus reglas, que han sido impuestas por otros. Así que es allí donde el acto poético puede transformarse en un acto de resistencia pura. Si no no es poesía. 

Ahora bien, para Beckett, resistir el paso del tiempo, con un lenguaje que ha perdido tanto significado y tanta eficacia, es una utopía. Hoy la realidad está invadida de lenguaje que, al producirse en exceso, se vacía de significado.

Hablamos demasiado. De hecho, cualquier imbécil lo hace, mucho y mal. Para descubrir este fenómeno tan singular y violento, le basta a uno un largo viaje en bus, o en colectivo. Comunicación vacía, gente por doquier, hablando por teléfono a los gritos. Porque la consigna es clara: hablar boludeces, pero sin límite de tiempo; un torrente de palabras absurdas, sin sentido, superficiales. 

Hablamos sin tener nada para decir, hablamos porque es gratis. 

Así estamos, invadidos por un ruido constante. Y al igual que le ocurriera a la Eco mitológica, habitamos lugares donde se vuelve imposible decir lo que se tiene que decir:

asilo debajo de mis huellas todo este día
sus sordas comilonas mientras la carne cae
rompiendo sin temor ni viento favorable
guantílopes del sentido y el sin sentido transcurren
tomados por los gusanos, por lo que en verdad son.

(Echo´s bones. Samuel Beckett)

Así como su amor por Narciso, la voz de Eco se convirtió en espectral simulación de las voces de los otros, y humillada, y avergonzada se escondió durante años y años en una cueva solitaria, allí su cuerpo también ensombreció y comenzó a deteriorarse hasta que finalmente murió; entonces solo quedaron sus huesos, testigos únicos de la incapacidad de decir, heridos aún por el castigo de Hera, por el dolor del rechazo. 

...Y al final solo su voz y sus huesos quedan, [...] el sonido es lo que vive en ella.

(Ovidio. Metamorfosis)

Para los escritores, para los poetas, el verdadero desafío, el único que merece la pena, consiste entonces en atravesar esa zona, en ir más allá del castigo de Eco.


qué haría yo sin este mundo sin 
rostro sin preguntas 
donde ser no dura ni un instante 
donde cada instante 
gira en el vacío en el olvido 
de haber sido cuerpo y sombra,
sin esta ola donde al final
se confunden.

qué haría yo sin este silencio 
abismo de rumores 
jadeando furioso hacia la salvación 
hacia el amor ,
sin este cielo que se eleva
sobre el polvo de sus lastres.

qué haría yo 
haría como ayer como hoy 
mirando por mi rendija si no estoy solo 
para errar para alejarme de toda vida, 
sin voz entre las voces
en un espacio falso
encerradas conmigo.

Samuel Beckett (1906- 1989) 

Traducción al castellano de Rafael Pérez Gay

Instintos como flores




Ni suficiente luz para verlo todo 
ni suficiente penumbra para ocultarlo.

Liliana Bodoc (Presagio de carnaval)



...

Voy perdiendo las zonas intermedias.
Percibo sólo lo muy cercano
o lo muy lejano.

Este cambio radical de los sentidos
o quizá este surgimiento de un sentido distinto
confirma mi sospecha
de que sólo en los extremos
habita lo real.

(Roberto Juarroz)




Todo lo que es debe ser explicado. Animales pobres, boyando heridos entre el cómo y el por qué. Inexplicable polvo de estrellas, el resultado de rigurosos procesos cósmicos en evolución constante durante millones de años, hasta el día en que una palabra, un instante o un hecho simple hacen que todo cuanto de racionales tenemos se desvanezca. 

Intentamos comprender, nos inventamos razones, pero todavía somos contemporáneos de los cazadores del paleolítico. Aunque nos guste pensarnos hombres modernos, hombres de ciencia, hombres racionales, estamos atados a los instintos de la especie. 

Y avanzamos hacia el futuro con convicción, mientras consultamos el tarot o la borra del café, igual que hacían los caldeos y los griegos hace ya miles de años. Porque por sobre cualquier pronóstico, y por encima de cualquier razón, hay zonas de la psiquis humana, aguas profundas, que no han podido ser alcanzadas, comprendidas siquiera por la modernidad. 

Es que la modernidad es, a todas luces, una costra en la piel, una capa de polvo superficial. 


Un pájaro a lo lejos


Tierra cubierta de ruinas, ha caminado toda la noche, yo renuncié, rozando los setos, entre calzada y cuneta, sobre la hierba seca, pasitos lentos, toda la noche sin ruido, deteniéndose a menudo, más o menos cada diez pasos, pasitos desconfiados, volviendo a tomar aliento, escuchando luego, tierra cubierta de ruinas, yo renuncié antes de nacer, no es posible de otro modo, pero era preciso que eso naciese, fue él, yo estaba dentro, se ha detenido, es la centésima vez esta noche, más o menos, eso indica el espacio recorrido, es la última, se ha encorvado sobre su bastón, yo estoy dentro, es él quien ha gritado, él quien ha salido a la luz, yo no he gritado, yo no he salido a la luz, las dos manos, una sobre otra, descargan su peso en el bastón, la frente en las manos, ha vuelto a tomar aliento, puedo escuchar, tronco horizontal, piernas separadas, dobladas las rodillas, mismo abrigo viejo, los faldones envarados se levantan por atrás. Despunta el día, no tendría más que levantar los ojos, que abrirlos, que levantarlos, se confunde con el seto, a lo lejos un pájaro, lo justo para sorprender y se larga, es él quien ha vivido, yo no he vivido, malvivido, por mi culpa, es imposible que yo posea una conciencia y tengo una, otro me comprende, nos comprende, está ahí, ha terminado por llegar hasta ahí, le imagino, ahí comprendiéndonos, las dos manos y la cabeza hacen un montoncito, las horas pasan, él no se mueve, me busca una voz, es imposible que yo tenga voz y no la tengo, va a encontrarme una, me irá mal a él, le ajustaré las cuentas, sus cuentas, pero nada más. Esta imagen, el montoncito de las manos con la cabeza, el tronco horizontal, los codos por ambas partes, los ojos cerrados y el rostro paralizado a la escucha, los ojos que no se ven y todo el rostro que no se ve. El tiempo no cambia nada, esta imagen y nada más,  tierra cubierta de ruinas, la noche se retira, se ha largado, yo estoy dentro. Va a matarse, por mi culpa, voy a vivir eso, voy a vivir su muerte, el final de su vida y después su muerte, poco a poco, en presente, cómo va a arreglárselas, es imposible que yo lo sepa, no lo sabré, poco a poco él es quien morirá, yo no moriré, no quedará de él más que los huesos, yo estaré dentro, no quedará de él más que la arena, yo estaré dentro, no es posible de otro modo, tierra cubierta de ruinas, ha atravesado el seto, ya no se detiene, nunca dirá yo, por mi culpa, no hablará con nadie, nadie le hablará, no hablará solo, no queda nada en su cabeza, yo pondré en ella lo que se necesita, para acabar, para no decir más yo, para no abrir ya la boca, confundidos recuerdos y pesares, confusión de seres queridos y juventud imposible, inclinado hacia delante y sosteniendo el bastón por el medio avanza tropezando a campo traviesa. Una vida mía, lo intenté, ha sido un fracaso, nunca más que suya, mala, por mi culpa, él decía que no había sólo una, pero sí, sólo hay una todavía, la misma, pondré rostros en su cabeza, nombres, lugares, lo tramaré todo, con qué terminar, sombras para huir, últimas sombras, para huir y para perseguir, confundirá a su madre con unas grullas, a su padre con un peón caminero llamado Balfe, le pegaré un viejo chucho enfermo para que ame todavía, se pierda todavía, tierra cubierta de ruinas, pequeños pasos enloquecidos.

Samuel Beckett (1906-1989) de Detritus. 1950