Expedición: el juego de los solitarios



Los críticos literarios aseguran que el escritor portugués Fernando Pessoa padecía una inadaptabilidad a la realidad vulgar. Individualista, retraído, insolidario, acordaron en llamarlo; pero sobre todo hablan de su ser atormentado. 

Consciente y lúcido, con su dolor a cuestas hecho carne, aunque incapaz de percibir su reflejo en el dolor ajeno, Pessoa escribe. No es cuestionable. Todo ser humano, sociabilice o no, tiene tanto de egoísta que sería poco acertado juzgar a cualquiera. 

Pessoa escribe y nos recuerda constantemente al Gregorio Samsa de Kafka, al hombre del subsuelo de Dostoievski. La esencia del espíritu de Pessoa es, sin embargo, lo fragmentario, lo disociado, lo abierto. Muy propio de esta, nuestra época, si recordamos la famosa sentencia de Adornotoda obra terminada es, en nuestro tiempo y en este clima de angustias, una mentira.

En el Livro do Desassossego, Bernardo Soares, heterónimo de Pessoa, describe sentir una tristeza "de crepúsculo"."Hecha de cansancios y renuncias falsas", nos dice. "Un tedio de sentir alguna cosa", "un dolor como de sollozo interrumpido o de verdad conseguida". 

Un dolor de verdad conseguida. 

Se me extiende por el alma desatenta este paisaje de abdicaciones, bulevares de gestos abandonados, altos macizos de sueños ni siquiera bien soñados, incongruencias, como muros de boj separando caminos vacíos, suposiciones, como viejos tanques con agua estancada, todo se enmaraña y se visualiza pobre en el desaliño triste de las sensaciones confusas. 

El cansancio de todas las ilusiones y de todo lo que hay en las ilusiones –pérdida, inutilidad de tenerlas el cansancio de tener que tenerlas para poder perderlas, la pena de haberlas tenido, la vergüenza intelectual de haberlas tenido sabiendo que tendrían un final así.

Escritor de un diario personal o de ficción plena, Pessoa fue, a lo largo de toda su obra, un hombre reflexivo, un hombre íntimo; pero fue sobre todo un caminante taciturno, un observador, un testigo por momentos similar al flaneur de Baudelaire. 

El desasosiego en el corazón de Pessoa es el mismo que sentimos todos. Algunas drogas lograrán amordazarlo temporalmente: el amor, la familia, la religión, el clonazepam, el dinero, el arte. Sin embargo, él siempre está ahí, como un amante inolvidable, felino, agazapado, midiéndose las espaldas con la muerte, seguro de triunfar más tarde o más temprano. 

Más allá de eso, quizás en algunos autores debamos mirar ese viaje constante. Este ir y venir al interior del hombre que escribe, este viaje del héroe. 

Como Kafka, como Dostoievski, también como el gran Pessoa y sus heterónimos mejor logrados, el gigantesco escritor platense Horacio Castillo, más nuestro, menos solitario, mucho menos retraído, rodeado siempre de escritores jóvenes, mucho más solidario, 
describe una expedición al Everest, un viaje hacía sí mismo.

Expedición al Everest

Después de los siete mil metros la presión descendió
y cada paso fue un suplicio; debíamos beber,
beber sin descanso, sobre todo dominar la ira
que se apodera de los hombres en inactividad.

El viento del oeste que viene de Pamir,
de los glaciares de Karakorum, del Dhaulagiri y el Anapurna,
sopló toda la noche, y recogidos en las tiendas
esperamos impacientes el amanecer.

La última jornada fue terrible:
la sangre se espesaba en las piernas,
los sherpas empezaban a desfallecer
y los tanques de oxígeno se agotaban sobre nuestras espaldas.

Al fin llegamos a la cima: vimos abajo
las torres de Rongbuck y más allá las de Thyangboche,
y al sacarnos las máscaras para respirar el aire diáfano
el cielo estaba tan lejano como de costumbre.

Horacio Castillo (1934-2010) de Materia acre. Ed: Carmina, Buenos Aires, 1974.

Morir a tiempo




Nietzsche arriesgó que la muerte debería ser siempre consumadora, y la filosofía vinculó ese concepto con el de ser libres para la muerte de Martín Heidegger. La muerte como entidad creadora y consumadora del presente, nos dicen ambos pensadores, porque para los vivos la muerte es aguijón y promesa; solo así se nos presentará a tiempo, así tendrá su momento justo, se integrará realmente a la vida. 

Es la tensión temporal entre pasado, presente y futuro lo que desliga al presente de la huida infinita a la que estamos sometidos. Lo desliga y lo carga de significación. La ausencia de lazos que promueve el hombre moderno, la superficialidad en la que se afana, el espacio donde "se acomoda" como puede y la falta de radicación que esgrime, no lo harán libre. Porque solo pueden hacernos libres los vínculos y la integración. La carencia de relaciones no genera libertad sino miedo e inquietud. 

Hoy, erigida la pantalla frente a sí, haciendo zapping con el control remoto, acompañado de relaciones vacías y superficiales, el hombre moderno no muere, perece a destiempo. 

Han escribió que la raíz indogermánica  fri, de la que derivan las formas "libre", "paz" y "amigo" (frei, Friede, Freund respectivamente) no significa otra cosa que amar (lieben). Así que, en su origen, la palabra libre significaba perteneciente a los amigos o a los amantes. Uno se siente libre en las relaciones de amor y de amistad, no fuera de ellas. Eso es compromiso. Y el compromiso, la unión y no la ausencia, es lo que nos hace libres. La ausencia es un acto de cobardía. 

Es decir, libertad es una palabra relacional por excelencia, pero la Libertad no es posible sin un sostén. 

Tal vez lo que nos falta es permanecer en la experiencia, vivir el presente como lo que es: una etapa de transición entre pasado y futuro. La filosofía contemporánea asegura que la crisis del hombre actual está muy vinculada, demasiado, a la absolutización de la vida activa. Esto conduce en forma directa al imperativo del trabajo. A Han le gusta decir que "la persona deviene en animal laborans"

La realidad es que la hiperkinesia diaria le roba a la vida humana cualquier elemento contemplativo, cualquier intento de demora. Transforma a la sociedad en una entidad eficiente, de transparencia, en ella no habrá espacio para la negatividad y la falta. Contemplar es detener la mirada amorosa en el objeto de amor; es detenerse, reflexionar. 

En definitiva, donde haya transparencia no habrá contemplación. Sin embargo, la crisis temporal del hombre histérico moderno solo podrá ser superada en el momento en que esa "vita activa", en plena crisis, pueda acoger de nuevo la "vita contemplativa" en su seno. 

Así, Nietzsche anticipó que el hombre moderno moriría a destiempo. Esto es: sano, o muy medicado, muy viejo, solo y aburrido; porque el resultado de una vida sana no es otra cosa que el aburrimiento, se diga como se diga. 

Nietzsche también anticipó que será muy difícil morir en nuestro mundo, porque el final y la conclusión "han sido desplazados" por esa carrera interminable y sin rumbo que es la vida moderna. Caminamos hacia adelante, como zombies. 

Es que quien no muere a tiempo, perecerá a destiempo. El Zaratustra de Nietzche invoca, frente a este perecer a destiempo, otra muerte: 

Muchos mueren demasiado tarde, y algunos mueren demasiado pronto. 

Todavía suena extraña esta doctrina: ¡Muere a tiempo!. "Morir a tiempo" eso es lo que el Zaratustra nos enseña. 

Es que hoy el tiempo está atomizado, nos dice Han. Y en un tiempo atomizado todos los momentos son iguales entre sí. La fragmentación del tiempo va acompañada de una masificación y una homogeneidad cada vez mayores. La existencia propia, el individuo en sentido estricto, dificulta el buen funcionamiento de la masa. 

La aceleración de la vida cotidiana impide la divergencia, impide que las cosas se distingan. Pule, allana, alisa, borra las "zonas oscuras", así descarta aquello que "no se entiende bien qué es". Oscuridad es conflicto, es pensamiento crítico. Bajo esa doctrina desaparecen las formas independientes, así nos adocenamos, así deseamos lo mismo que desean todos.

Un yo transitivo, un verdadero sujeto de la experiencia, debe permanecer abierto a lo venidero, a lo sorprendente e indefinido que hay en el futuro. Si no, quedará reducido a un trabajador que solo piensa en acabar con el tiempo. Y un trabajador no cambia, porque los cambios desestabilizan el proceso laboral. 

El sujeto de la experiencia, sin embargo, nunca es el mismo. Habita la transición. Transita entre el pasado y el futuro. Las vivencias, puntuales y pobres en temporalidad, son reemplazadas por la comprensión de la experiencia. Así, él encontrará su fuerza tanto en lo sucedido como en el futuro.

En varios ensayos Han también hace una distinción entre comprensión e información. La información es atemporal, nos dice, está vacía de tiempo y no reside en la experiencia. Es una perspectiva puramente capitalista, se trata de acumular, en este caso datos inconexos e inútiles. Estupideces.

Las promesas, el compromiso, la lealtad, son prácticas temporales genuinas. Lo son porque vinculan el presente con el futuro, y en esa continuidad temporal estabilizan. En definitiva, protegen al futuro del destiempo porque, en verdad, quien no vive nunca a tiempo, ¿cómo hará para morir?

Habitar el fuego

Venus durmiente


Acerco ramas a este fuego que
va a morir, ramas felices de
llegar a ser fuego, como este
fuego –lo sé, lo entiendo– es feliz
de llegar a ser yo –no importa
cuánto ni cómo ni por qué– y yo de
llegar a ser este fuego que me ha
  nombrado y me ha hecho su amigo

(Raúl Gustavo Aguirre)

En El antiedipo se lee que los revolucionarios, los artistas y los videntes saben que el deseo abrasa la vida con una potencia productiva tan intensa que casi no queda lugar para ninguna necesidad. Gilles Deleuze y Félix Guattari han considerado que el psicoanálisis pretende circunscribir el deseo a los estrechos límites del triángulo familiar, para que no se difunda por el mundo circundante, para que no desborde del ámbito doméstico, cuando en realidad estas relaciones se inscriben en una sociedad que las determina.

Foucault habló de la sociedad, de las religiones y de la familia como "panópticos", de igual modo habló de la cárcel. Dentro de estos tres primeros dispositivos nos movemos con cierta ilusión de libertad, aunque son entidades creadas para "vigilar". Un panóptico articula dentro de otro, como cajas chinas.

En definitiva, el deseo se produce socialmente. Hay un deseo normatizado, es claro. El moralismo actual es que vivamos una vida tranquila, en armonía, sin pathos; dentro de los límites. Desde allí el deseo es manipulado; para ejercer dominio se lo rotula, se etiqueta, se le pone nombre. El sujeto, entonces, cree que "sabe lo que quiere”, aunque siga sin saber que ese deseo le fue impuesto. 

Foucault también habló del arte como la suma de "espacios concretos de libertad, espacios de "transformación posible". En su razonamiento nos muestra cómo lo que es podría dejar de ser lo que es. Para el filósofo, el arte es un instrumento de la razón que expresa y construye fuerzas que exceden los límites de la dominación racional y producen formas de racionalidad que nos abren a lo que seremos, a lo que todavía no somos.

Así, la primera frase, como el primer acorde o la primera palabra de un niño, son gestos de valor. La acción golpea los objetos, los dota de vida orgánica, de fuerza, de energía. Allí comienza todo: antes de ser lenguaje, el arte debe hacerse acto. Antes de hablar, un hombre debe afirmarse en el suelo. 

La acción irrumpe en el orden anterior. Interrumpiéndolo, lo reconstruye. Romper el orden nos hace libres. Desear otra cosa nos hace libres. La acción surge en la nada y genera, en la nada, ese espacio nuevo. Un fuego aparece, una voz interna grita, quizá contaminada, es real, pero en el grito habitan mil voces más. 

Entonces no es cierto que la potencia del arte sea fundamentalmente negativa. No es cierto, como quieren algunos, que el arte sea debilidad pura. 


Por último

Haber dejado una moneda de fuego en la mano de otro,
haber atado cientos de hilos de amor y resplandor,
haber perdido algo
al salir de la casa vacía.
Haber estado, haber acompañado,
haber estado complicado con el viento que siempre tiene razón,
con la tierra y el agua y con la hierba que siempre tienen razón.
No haber cumplido años lejos de sí mismo,
no importa si de rodillas o en medio del pantano pero cerca de sí,
o entre asuntos pendientes o torcidos desde el comienzo,
pero masticados con tus dientes.
No importa ser un objeto más o menos clasificable despreciable por los que deciden,
no importa ser superado, masacrado, tergiversado, desmentido,
con todo eso se hace la verdad.
No importa ser interrumpido
si estás al pie del árbol gigante en el día sin fin,
al pie del árbol de piedras preciosas del sueño que sólo pertenece a los hombres,
y si has podido hablar con esas piedras
y acompañar hasta su casa a alguien
en un momento duro de la noche, y vivía tan lejos...
No importa que no haya solución para nadie ni perdón para nadie,
si al fin estás solo en las salinas de la madrugada
haciendo todo lo posible para que salga el sol,
para que esos rostros queridos no se hundan en los rápidos de la nada
que acecha a tanta maravilla.

Raúl Gustavo Aguirre (1927-1983)

El incesante retorno del Minotauro



La casa de Asterión es, sin lugar a dudas, el cuento más logrado de Jorge Luis Borges, porque además de la técnica y el mecanismo que contiene, es bello hasta las lágrimas. Es también el cuento más breve de su libro El Aleph. Supo representar muy bien, según el mismo Borges indicara, una de sus principales obsesiones: el tiempo. 

Se cuenta que siendo niño una vez encontró, en la que entonces fuera la casa de su padre, un libro que describía las siete maravillas del mundo. Allí descubrió la figura del laberinto de Creta.

Algunos años después esa obsesión infantil se trasladó a su escritura. Borges pareció haberse dejado impresionar por el símbolo. Se recordaba a sí mismo mirando en forma incansable la imagen del laberinto; incluso siendo un adulto manifestaba la seguridad de que, de haber podido contar con una lupa, hubiera sido capaz de ver al Minotauro en su centro. Así delineó las bases de la idea:

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
que tercamente se bifurca en otro,
tendrá fin. Es de hierro tu destino
como tu juez. No aguardes la embestida
del toro que es un hombre y cuya extraña
forma plural da horror a la maraña
de interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
en el negro crepúsculo la fiera.
...

Los críticos aseguran que el laberinto, en Borges, es metáfora de otro laberinto, aun más amplio y complejo, aunque también inescrutable: el universo.  ¿Pero no es nuestra verdadera casa, el alma, también un laberinto? ¿Es el tiempo realmente otro ejemplo de lo mismo? 

Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo, acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en un sueño, en las palabras que se llaman filosofía, en la mera y sencilla felicidad. Aquí estamos lejos de ese otro laberinto que marca un destino de hierro, sin centro ni salida. Quizás tengamos que optar por uno de esos dos laberintos, por el absurdo o por el sentido.

Sin embargo, a pesar del innegable retorno del laberinto en su escritura, Asterión, el Minotauro de Borges, es un ser único. El texto, el intelecto de la bestia retratada, son de una belleza indiscutible. Borges esconde al Minotauro. Borges se esconde detrás del Minotauro. Borges nombra. Aunque, como todo cuento suyo, también es un mecanismo. Un mecanismo que va, lentamente, revelando la solución de un acertijo:

Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Por otro lado, sabemos que la historia de Asterión no es caprichosa, es un viejo mito que proviene de Grecia y que comienza con una historia de amor entre la Reina Pasifae (esposa del Rey Minos) y un toro blanco, figura sagrada. 

Cuentan que lo de la Reina fue amor a primera vista, que lo vio salir del mar una mañana soleada, y que sin mediar duda se enamoró de él. Así que Minos encomendó a Dédalo, el arquitecto real, la tardea de crear un sistema mecánico que posibilitara el amor físico entre ambos, con la intención de desestimar la unión y que la reina, de una vez por todas, se dejara de joder. Pobre Minos.

Castigo o buenaventura, de esa unión nació el prestigioso Minotauro, un ser híbrido, mitad hombre, mitad toro, de fuerza descomunal y mirada feroz. El Rey, mal perdedor, esta vez ordenó a Dédalo construir una casa laberíntica, un espacio de confusión y soledad, para encerrar al Minotauro y ocultarlo de los hombres.

Tal vez cansado del mito, tal vez aventurando un retrato del hombre moderno, Borges decidió contar su historia de otra manera. Se preguntó qué pasaría si ese ser no fuera un monstruo sino más bien un solitario; un solitario que juega como un niño, que a veces incluso inventa otros seres para no tener que jugar solo; que se asoma a las calles, al mundo, y lo que encuentra es rechazo o temor, que desprecia a los hombres, porque lo hieren, porque se niega a entender la hipocresía, porque recuerda que su madre fue una reina. 
 ...
Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos. Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos, el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: «Ahora volvemos a la encrucijada anterior» o «Ahora desembocamos en otro patio» o «Bien decía yo que te gustaría la canaleta» o «Ahora verás una cisterna que se llenó de arena» o «Ya verás cómo el sótano se bifurca». A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
...
¿No es la mente nuestro laberinto propio? ¿No somos todos, entonces, un poco monstruos, un poco humanos, un poco laberinto? ¿No estamos tristes, felices, solos, alienados, y algunas veces todo eso al mismo tiempo?

¿Y qué pasaría si Teseo no fuera el héroe que la historia declara? ¿Y si no hubiera venido a salvar a los cretenses sino a redimir al Minotauro, a salvarlo del dolor de la existencia? ¿No es Asterión acaso una metáfora del hombre actual, solitario, encerrado, inmóvil?

Cada nueve años entran a la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o sus voces en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangrente las manos. Donde cayeron quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?


Y Teseo ¿no es una metáfora de Dios? 

Muchas cosas veo en Borges, pero aquí veo la posibilidad de contar la historia esta vez de otra manera, desde el otro lugar; también la imposibilidad de comunicación plena con el otro. 

Somos y no somos, sin dudas. Una parte de cada uno es apariencia. Detrás existe un laberinto, complejo, pedregoso, tal vez reina el caos; allí radica una singularidad que siempre nos vuelve inalcanzables. 

El filósofo Juan Pablo Vázquez escribió que las disputas interiores, esas con las que lidiamos todos los días, las que no manifestamos, las que nos pasan y no contamos, el vacío, ese vértigo inmanente, todo aquello que maquillamos con la positividad de lo cotidiano que no permite la falta, son las más genuinas. Y aunque no lo publiquemos, forman una parte esencial de lo que somos y en parte nos definen. Son los estados que no subimos a nuestros estados sociales. 

En definitiva, esos son los rasgos que conforman el verdadero rostro del minotauro, la refutación de cualquier aspiración a transparencia.

¿No es, acaso, el incesante retorno de esta figura mítica una prueba más de la otredad, esa que negamos?



Informe sobre mudos


-El ruido generado por el choque de los cuerpos. Escultura. Jorge Marín.-


El pensador alemán contemporáneo Boris Groys advierte en uno de sus ensayos que todo lo que proviene de internet, debido a su marco informacional pre conceptualizado, es tomado por los individuos como cierto; toda investigación, toda consulta, apenas si admiten una pizca de duda. En definitiva, tendemos a internalizar como hechos verdaderos todo que miramos en la red.

Ineficiente es el poder disciplinario -escribe por su parte Byung-Chul Han en su libro de 2014 titulado Psicopolítica- porque con gran esfuerzo encorseta a los hombres de forma violenta, con preceptos o prohibiciones. Radicalmente más eficiente es esa técnica sutil del poder que cuida que los hombres se sometan a sí mismos, por voluntad propia, al entramado no menos sutil de la dominación. En esto coincide con Foucault.

Ahora las nuevas formas de poder quieren activar, motivar, optimizar y no obstaculizar y someter. Así es cómo, bajo una apariencia inofensiva, el poder somete. Su particular eficiencia se debe a que no actúa a través de la prohibición y la sustracción de libertades, actúa bajo la apariencia de libertad, una libertad ilusoria, por supuesto.

Así es como las nuevas formas del poder no reprimen, se ocupan de complacer y colmar. Vaya estrategia: complacer, colmar, dar la razón; nos llenan de información: una multiplicación inapelable de estados, imágenes, sensaciones; risa, llanto, siempre transparentes. Sin espacio para la negatividad, apuestan a la reacción, al efecto inmediato.

En este contexto, ya podemos concluir que en lugar de hacer seres sumisos el nuevo poder deberá lidiar con seres más bien dependientes. La mal llamada “libertad individual”, que hoy adopta una forma excesiva, expositiva hasta lo pornográfico, no es en último término otra cosa que el exceso del capital.

Y tan coercitiva es esta transparencia social, que quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace cargo de la responsabilidad y se avergüenza. Individuos con alto intelecto y bajos salarios, individuos "fracasados", individuos enojados. Seres que en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema y su contexto se culpan a sí mismos. En esto consiste la inteligencia principal del régimen neoliberal, es un sistema altamente selectivo, de exclusión. Un sistema que decide entre "gente que sí" y "gente que no".

Procurar que no surja resistencia es, sin lugar a dudas, la mejor estrategia del poder. Inocentes todos, destinados al sacrificio, cuerpos y mentes dóciles, mientras la vida se nos pasa y aun así conservamos una inusitada mansedumbre en la mirada.




                                                                               Ves: el río de los muertos lleno de mariposas.  
                                                                  Ves: la vida liberada de la cárcel de la necesidad.               


                                                                                      
(Horacio Castillo)


Tren de ganado


Somos inocentes, gritábamos desde los trenes. 

¿Era de noche o de día? ¿Estábamos vivos o muertos? 
Asomados por el tragaluz mirábamos la inmensa llanura. 
De pronto un mugido nos traía el recuerdo de Ifigenia 
y volviéndonos hacia nuestros hijos los apretábamos contra el pecho. 
¿Qué es aquello? El sol. ¿Qué es aquello? Una nube. 
Habíamos olvidado el color del mar, el olor de la lluvia. 
Los que sabían de estrellas habían olvidado sus nombres 
y les dábamos los nombres de nuestros hijos para orientarnos al regreso. 
¿Qué es aquello? Un árbol. ¿Qué es aquello? Un río. 
Y un canto gregoriano se elevaba a nuestro alrededor, 
hablaba por todos los destinados al sacrificio. 
Somos inocentes, gritábamos desde los trenes. 
¿Era de noche o de día? ¿Estábamos vivos o muertos? 
La leche se había agriado en los pechos de las madres, 
peinábamos nuestro cabello y se convertía en ceniza. 
¿Qué es aquello? Un pájaro. ¿Qué es aquello? Una piedra. 
Y bajando la cabeza ocultábamos nuestro rubor, 
cortábamos en silencio las uñas de los muertos. 
Somos inocentes, gritábamos desde los trenes. 
¿Era de noche o de día? ¿Estábamos vivos o muertos? 
Bebíamos al atardecer el vino de los ciegos, 
soñábamos todavía con un bosque de orquídeas. 
¿Qué es aquello? Arena. ¿Qué es aquello? Niebla. 
Y la vida escapaba como un murciélago entre las sombras 
y nos dormíamos con una inusitada mansedumbre en la mirada. 
Después nuestros ojos se volvieron como los ojos de las estatuas, 
miramos nuestras manos y había desaparecido la línea de la vida, 
y desde la estiba se elevó el ronco yambo 
gimiendo por ti, por mí, por todos nuestros compañeros. 
Sólo quedaron detrás nuestro líneas etruscas, 
cantos de cera navegando hacia el sol, 
y a nuestro lado siempre tú, piadoso coro, 
tú, alma mía, vaca coronada de nardos y violetas.

 Horacio Castillo (1934-2010)

Las dos muertes de Borges





Si hay algo que caracteriza la escritura de Borges es su manera intencional de engañar. El dato, la cita, el libro, incluso el autor verdadero alternan y se cruzan con los de ficción. Nunca terminamos de saber su maestría. Nunca anticipamos con certeza si las citas a las que recurre, citas que muchas veces ordenan sus textos, son reales o no. Y funciona tan bien en Borges, que inevitablemente caemos en la sospecha de que todo lo que creemos real quizá no lo es. 

De Borges se dice que hace fantástica del Río de la Plata, que creó un procedimiento. Ricardo Piglia aventura que lo suyo más bien encaja en la literatura conceptual. Su carta es la ficción, nunca otra. Nos engaña, y lo vuelve irreprochable. ¿Qué pasará entonces con aquellos textos históricos, científicos, filosóficos que durante siglos de humanidad hemos defendido, tomado por ciertos? ¿No estarán acaso concebidos bajo el mismo principio? ¿No estará el mundo de cada uno de nosotros sostenido prolijamente de un escarbadientes?

La gran hazaña de Borges quizás sea filosófica y no literaria; poner todo en jaque, preguntarse otra vez, volver a pensar si acaso no estará todo lo escrito intervenido, atravesado, manipulado por la subjetividad, la mano humana que en su decir manipula el sentido. 

La justicia, la religión, la ciencia ¿no serán también relato?

Sin entrar en el canon, Borges se impone con una manera particular de hacer filosofía: es un gran deconstructor, se cuestiona a sí mismo. Lo hace desde la literatura, con ironía y belleza, sin violencia. Así, nos invita a caminar con él, a movernos en el escaso límite entre verdad y apariencia. Y la verdad es que está bueno que las cosas de vez en cuando se des-controlen cuando todo, siempre, se nos presenta tan sólido. 

El escritor y periodista argentino Camilo Sánchez, que siempre tiene a mano un guiño, nos cuenta aquí sobre las muertes de Borges.





Borges tuvo, como los poetas japoneses, su haiku final, de despedida, una última broma infinita. En aquellos últimos instantes, cuenta Bioy Casares en su libro monumental titulado sencillamente Borges, lo cuidaba un ex agregado cultural de Francia en la Argentina, un gran amigo de los últimos años. 

Estaban en Ginebra, allí, en la ciudad donde Borges había pasado años de su adolescencia. Ahora había pedido estar en esa ciudad en el final, en una casa sin nombre y sin número, con el mundo mirando hacia el Mundial ´86.

Otro chiste borgeano.

Borges se diluía y el francés le daba charla.

En un momento, el francés citó un verso de uno de sus últimos libros de poemas, pero en su inquietud equivocó el título del libro. 
“Eso está en su libro La Moneda de Oro”, le dijo. Borges, con esfuerzo, alcanzó a corregir, y le bajó el tono: “La Moneda de Oro no; La Moneda de Hierro”, dijo.
A pesar de la enorme fatiga del final, Borges percibió el agobio del diplomático que sintió que no era el momento para cometer semejante error. 
“No se haga problema –le alcanzó a decir, cansado, de vuelta de todo, Borges, casi final- usted logró lo que la alquimia no pudo”.

Bernes, así se llamaba el diplomático devenido en enfermero, le contó a Adolfo Bioy Casares, el amigo de toda la vida de Borges, que después rezó el padrenuestro en cinco idiomas distintos. Anglosajón, inglés antiguo, inglés, francés y español. Después entró en coma.

Podría decirse que ese fue otro chiste de Borges: morir recitando, en contra de lo que siempre había dicho, agnóstico se definía siempre que podía, el Padre Nuestro. 

Aunque alguna vez, en la intimidad, Borges le había confesado a Bioy que si tenía una pizca cristiana era "por las dudas", para no desaprovechar en todo caso una oportunidad, porque no cuesta nada arrepentirse, decía, varios años antes de su partida.

El cristianismo es una religión cuya prevalencia, argumentaba, crece en uno con el miedo, con la cercanía de la muerte.

Tengo, ante ustedes, una secreta intuición que acaso ahora comparto públicamente por primera vez. Creo que a Borges le gustaba el Padre Nuestro como poema, como texto en sí mismo, más allá del peso de la religión. Es probable que viera en la frase: venga a nosotros tú reino casi una solicitud andaluza al duende para que venga en nuestro auxilio, cuando las musas no aparecen. Y que el hágase tu voluntad debía sonarle como lo que es: la frase más budista del cristianismo. 

Y si alguna tradición respetaba Borges, sabemos, era precisamente el Budismo, la rama más exitosa del hinduismo, una creencia que cobró, sola, por su cuenta, vuelo propio entre las cientos de religiones que florecen en la India.

Esa fue la segunda muerte de Borges, la definitiva.

Pero a fines de 1957, Borges, podría decirse, murió por primera vez. La primicia fue difundida por El Times, a instancias de Le Figaró de Francia. Y dio la vuelta al mundo.

Dicen que todos los que llamaron ese día caluroso, quienes tuvieron la gracia de darle a Jorge Luis Borges el pésame en vida, fueron atendidos con la misma cortesía.

“No fue una noticia falsa, en todo caso fue una noticia prematura”, advertía por teléfono el escritor esa mañana, divertido, en la penumbra austera de su departamento de la calle Maipú, primer cordón del Barrio Norte porteño.

Camilo Sánchez

Los oyentes



El simulacro alzó los soñolientos
párpados y vio formas y colores
que no entendió, perdidos en rumores
y ensayó temerosos movimientos.

Jorge Luis Borges. El Golem

El título de este post parece sacado (quizás lo es) de una película de fantasmas del siglo XX. Sin embargo, no está exento de posibilidades futuras. Cierta facción de la filosofía contemporánea sostiene que si hoy tuviéramos que definir al “sujeto productivo”, las características más probables que podríamos encontrar en él serían: aislado, insolidario, miedoso, encerrado. 

El filósofo coreano Byung-Chul Han asegura que cuanto más miedoso es un individuo, mayor es su funcionalidad al capital. Han lo considera con prescindencia de su economía, por supuesto.  Para el filósofo coreano esa es exactamente el tipo de resistencia que el poder necesita.

Por otro lado, cierto es que el sujeto actual en general tiene como norma escindir el sufrimiento, deshacerse de él. En su empecinamiento, intentará acomodarse en “zonas de bienestar”, en “lugares seguros”, allí donde se haya eliminado previamente la posibilidad de dolor, la incomodidad, el malestar. 

Allá por el año 1938, el psiquiatra estadounidense Ewen Cameron también tuvo la fantasía de poder eliminar “lo malo” del cerebro humano. Lo hizo por medio de la administración de choques eléctricos. Tenía el deseo de construir, a partir de esa tabula rasa residual, nuevas personalidades en el individuo. Mediante electrochoques ponía a sus pacientes en un estado caótico, fundamento suficiente según creía Cameron, para el renacimiento de un nuevo individuo, esta vez como un sano ciudadano modélico. 

El Doc concibió así sus propios actos de destrucción como una especie de creación. El alma era entregada a una “desimpregnación” y una nueva impregnación violentas. El alma debía ser formateada y reescrita. Sus prácticas se parecieron mucho más a las técnicas de interrogatorio, y sus investigaciones tenían más relación con el lavado de cerebro y la lucha ideológica ocurrida durante la Guerra Fría que fundamentos médicos. En otras palabras: Cameron practicaba la tortura. Su ideología se basaba fundamentalmente en la representación maniquea de lo bueno y lo malo. Es que para el doctor "lo malo" de una vida tenía que ser erradicado, subsanado y sustituido por "lo bueno". 

Así, el shock, en cuanto intervención inmunológica, estaba dirigido al otro dentro de cada paciente, al extranjero, al enemigo. Y el buen Doctor Shock era siempre materia dispuesta a destruir, a desarmar, para luego volver a imprimir a cada una de estas almas desviadas otra ideología, otra narración.

Rodeados de tantos agentes farmacológicos, hoy no estamos tan lejos de Cameron.

De hecho, las superficies pulidas son un mal de esta época. Y el sujeto del bienestar allana. Lo hace con la familia, con los amigos, con la universidad, y el trabajo. En definitiva: el sujeto contemporáneo se “acomoda” porque -es un hecho- sentir, sufrir, detenerse y criticar, hoy, está mal visto. 

Extrapolado a todos los ámbitos, lo cierto es que intentamos eliminar cualquier tipo de negatividad circundante. Vivimos todavía en la época de la tortura, del rechazo a lo extraño, una época de intolerantes empeñados en fingir tolerancia. Zombies, marcianos, vampiros, amas de casa, mutantes: basta ver cine para entenderlo. Nos esforzamos cada día, muchas veces sin tener plena consciencia de ello, para extraer la negatividad a todo lo que consideramos extraño. Así, no somos más que simulacros de humanidad, seres diseccionados, humanos de diseño, autodiseño.

De este modo, el otro quedará siempre relegado a la categoría de “objeto económico”, rebajado a su “función”. En definitiva, el otro cumplirá una función en nuestras vidas. Será, en lo posible, y en la medida que lo permita, un ser transparente, sin misterio, un ser obvio, construido a partir de su propia exposición. En este contexto, Han asegura que pornografía y belleza son conceptos antagónicos. 

Lo igual no duele, con lo igual no se sufre. Lo igual solo entiende de iguales. Sin embargo, solo lo otro no pasible de aprovechamiento nos ayudará a ser. Un otro que conserve su otredad, que nos saque a respirar fuera de la insoportable cárcel que es el yo. 

Un yo puesto en juego es un yo transitivo, es un yo transitable. Sin embargo, la metáfora del yo es tan fuerte, tan pero tan farmacológica como la de dios. Hacer filosofía es desestabilizarse permanentemente. Es insoportable, es cierto. A veces, tal vez solo se trate de no pasarse de manija, oscilar. 

Porque si hay algo a lo que nos aferramos por sobre todas las cosas es al yo, a lo que hay adentro nuestro. Nos afianzamos a nuestras ideas, a lo que nos dicta la razón. Sin embargo, es lo distinto aquello que transforma. Qué importante se vuelve entonces no explotar, no utilizar al otro como objeto de satisfacción. En palabras de la filosofía, qué importante es no desotrar al otro, dejarlo ser. 

Y así, dormidos, creyéndonos diferentes al resto, mientras buceamos en medio de la sistemática violencia de lo igual, la ausencia de dolor un día dio paso al “me gusta”. Ese insignificante “me gusta” de las redes sociales, el alimento favorito de lo igual. 

En ese loop interminable del yo no puede haber ruido posible, solo habrá ecos. 

Tal vez por eso Han manifiesta con total convicción que no puede estar todo perdido. Para el filósofo coreano, no está lejos el futuro en el que existirá la profesión de Los oyentes. Han nos dice que la escucha antecede al habla, así que la única forma de poder hablar será escuchar primero. Siempre es así, por eso quien no escucha no puede hablar. 

Entonces, allí donde todavía haya comunidad, habrá un grupo de oyentes. Oyentes que se escuchan entre sí, y escuchar es escuchar al otro, no a uno mismo; y escuchar es vecindar, y ser vecinos, tener vecinos, es ser comunidad. Comunidad que reconoce, que atiende al otro, que se da hacia el otro.

La escucha adquiere entonces en esta concepción su dimensión particular. Comunidad es participación activa, participación en la vida, en el sufrimiento de los demás. Sin abandonar nunca la contemplación, la reflexión, el trabajo interior, la negatividad tan propia del alma.

Ahora sabemos lo que pasa con los individuos aislados, ser funcional al capital es ser funcional al patriarcado, porque si hay algo que el patriarcado quiere, algo que hace, es privatizar el sufrimiento, lo circunscribe a esa domesticidad privada no vincular de la familia; esto es, lo relega al hogar. El patriarca no cuenta, esconde, porque para él "los trapitos sucios se lavan en casa".

Con esto la filosofía nos muestra por qué no hay que privatizar el sufrimiento, por qué no hay que privatizar el miedo. Hacerlo es una de las principales estrategias del poder,  un poder capaz de privatizarlo todo, en él las cosas son cosas y las personas también. En el arte de dirigir las consciencias, la palabra “secreto”, la palabra “discreción” y la palabra “reserva” se usan seguido. 

Hacer del dolor cosa de uno, reservarlo, impide su verdadero carácter social, su carácter político; en definitiva: esconder el dolor controla la revolución. Históricamente, las mujeres hemos perdido en este ámbito todas las batallas.

Hay que salir a escuchar, salir a decir el dolor, politizarlo. Entender que, mal que pese a muchos, la escucha es un derecho, una dimensión política.

Espejos de la Reina Mala

Mirror of the Black Queen

El coreano Byung-Chul Han, parte necesaria de ese grupo intelectual de ácidos y persuasivos, no deja de repetir en sus textos, en sus conferencias, en sus entrevistas, que la libertad del hombre contemporáneo no es más que un mero entreacto; tan solo un episodio, dice. Porque si hubiera al menos una pauta verdadera para la sensación de libertad, estaría ubicada en el tránsito, en el pasaje de una forma de vida hacia otra. 

La libertad se vislumbra solo entre dispositivos, nunca en el dispositivo mismo.

Dijera alguna vez otro filósofo, contemporáneo, argentino él, y de apellido difícil. La libertad, en el dispositivo, no es más que una ilusión. Bastará echar a correr para sentir las cadenas. 

De este modo, es válido pensar que solo cuando logramos arrancarnos una máscara -y el hombre moderno realmente tiene muchas- sentimos libertad; sin embargo, enseguida se nos pega otra, porque entramos en otro dispositivo, comienza otro capítulo, perdimos la libertad. 

Así, tras ese instante de libertad, indefectiblemente llegará una nueva sumisión, tal vez peor, más oscura y demandante, que se convertirá en coacción de esa misma libertad pretendida. También es válido decir entonces que hoy todos nos creemos libres, y para esto alcanza con hablarle a cualquiera de nuestros amigos, o simplemente escucharnos relatar frente al espejo del baño nuestra propia vida; si lo hacemos, nos veremos convencidos del absurdo. 

Cada uno podrá pensarse como proyecto abierto las veces que lo desee, esto es algo que les gusta mucho decir a los líderes de los cursos de coaching y programación neurolingüística; cada uno será capaz de sentir que se replantea la vida, que se reinventa a sí mismo, que todo lo puede. Sin embargo, sin optimismo berreta, Han advierte que ese mismo proyecto futuro que hoy nos impulsa se expresará tarde o temprano como una figura de la coacción. 

En conclusión: cuando el deber parecía haberlo superado todo, descubrimos con pesar que la libertad del yo puedo provoca en el hombre contemporáneo mucha más coacción que la libertad del yo debo.

Sin pelos en la lengua, Han nos dice: 

El sujeto del rendimiento que se pretende libre es tan solo un esclavo. Un esclavo absoluto. Las figuras del amo y el esclavo están ahora en él mismo, y no tiene contra quién resistir. Haga lo que haga, piense lo que piense, el sujeto contemporáneo es completamente funcional al poder del capital.

Segato no se estaría quedando demasiado atrás con sus ideas, cuando nos dice que el hombre actual está todo el tiempo ejerciendo una verdadera conspiración contra la conversación, y que eso tiene que ver con el modo de instrucción recibida. La educación académica es productivista y lineal (nos dice) no nos enseña a pensar por nosotros mismos sino a memorizar pensamientos ya pensados por otros, pensamientos muchas veces fuera de contexto, pre digeridos. 

En definitiva, hoy la instrucción académica, el capital, la sociedad toda, el marco de la comunicación misma, nuestro entorno, incluso, nos hace creer que conversar no es más que perder el tiempo, el tiempo productivo, el tiempo de obtención del capital, el dinero.  

Como si esto fuera poco, solo existe una forma de deshacerse de ese sinsentido: construir vínculos. Donde hay comunidad, donde hay relaciones humanas, hay vida inteligente. Todo sería más fácil si no nos gustara tanto descartar lo que piensa el otro. Si tan solo pudiéramos escuchar.

Donde hay comunidad también habrá una red en la que podremos encontrar refugio unos en otros, siempre fuera del panóptico familiar ya que, según algunos autores, como Foucault y también Han, esta institución forma parte del panóptico de reclusión; igual que la cárcel, la escuela y el hospital. Pero ¿no podemos aprender a construir la familia de otro modo? Es posible, aunque puede que nos lleve tiempo.

Segato no tiene dudas que todavía hay entre nosotros rescoldos de sociabilidad, y esos restos de fuego que nos quedan colocan las relaciones humanas en un eje central. Esto es, no son funcionales al capital. Aunque es difícil, incluso podría ocurrir entre quienes viven en las grandes ciudades. Eso quiere decir que una parte de nuestras vidas va todavía hacia las relaciones, exogámicas por supuesto, nunca endogámicas, porque así piensa el patriarca. 

Entonces, ya no podemos entender la domesticidad, esto es, la vincularidad humana, como una actividad privada, porque eso es lo que propone el patriarcado: la familia como un núcleo cerrado. Solo con la mirada hacia afuera, mediante los vínculos, habilitaremos una zona de la vida que podremos considerar extraeconómica. Un espacio donde no se calcula, donde no se mide lo que se da.

Y para eso se necesita la vincularidad femenina, la politicidad femenina. Porque existe una ética femenina. La manera en que las mujeres nos vinculamos, las maneras en que  amamos, sociabilizamos, hablamos, sentimos, las maneras de resolver los conflictos, no son defectos. Son "formas de hacer" no hegemónicas. En contra de aquello que quisieron hacernos creer, es la manera de hacer las cosas de otra manera. 

Quizás lo que no tenemos todavía son retóricas de valor para esas formas. Hay que encontrarlas, sin perder tiempo hay que encontrarlas. Porque ¿qué valor distintivo podría tener la distancia emocional que nos impusieron? ¿Por qué deberíamos santificar la arrogancia, propiciar la desconexión, fomentar el individualismo? 

Una vida diseñada hacia los otros, hacia la comunidad es, a todas luces, una vida más rica que una vida de encierros. 

Sin dudas, esto que hacemos las mujeres es parte de otro proyecto, uno que en nada se parece, es decir, en todo antagoniza, al proyecto histórico del capital. El nuestro es un proyecto silencioso, lento, que excede el cálculo costo-beneficio masculino. Es la forma colectivista de la vida y contamos con tecnologías de sociabilidad que son maravillosas, aunque todavía no tengan retóricas de valor. 

A veces, casi siempre, esta forma de vincularidad nos habilita a salir de la captura mimética que nos impone la sociedad, entonces logramos vencer y despegarnos de ese aprender a desear lo mismo que desea el otro, así escapamos del adocenamiento, del universo de los parecidos, de los cortados en molde, de los que hacen siempre lo mismo, los que creen en lo mismo, los que sienten lo mismo, los que cumplen con los mismos viejos, avinagrados roles. 

Es cierto, hay que animársele al espejo de la Reina Mala, mirarnos en él puede sentirse terrorífico; sin embargo, es así como logramos aceptar que nos hace feliz otra cosa, incluso si es algo que el resto no comparte.