Gente común 2da edición


En los próximos días llega la segunda edición de Gente común a editorial Peces de Ciudad 

Lo podés conseguir acá

o en Nivangio Club Cultural -Colombres 946 (Boedo)-

Entrevistas: Almas y karmas para Neo Radio Visual



La periodista Elsa Aurora Nieto cubrió la presentación oficial de Almas y Karmas en la 41° FILBA 2015 realizada en mayo de ese año en el predio de La Sociedad Rural de Palermo. Para leer la nota seguí el link debajo:

Almas y karmas FILBA



Así se presentó mi primer libro de cuentos - Almas y karmas - en la FiLBA 2015. 


Las fotos son gentileza de Antonio Nava, para Secretaría de Cultura.


Perros de Chernobyl

Nina Brulic en Sarajevo


Quiero un agua clara
para lavar el horror de las cosas.
Una medalla brillosa para taparle el culo al gato.
Abandonarme
a las costumbres simples de los perros,
que hacen la revolución sin pensar en el futuro.
Vivir de la caridad,
de la caricia frágil/ absoluta
sentida para el naufragio.
O como los pájaros,
que callan el significado de su canto.
Mendigar una vez el hueso de la felicidad
sin pagar ningún precio. 
Un agua así que se lo lleve todo.



Algo que late

  
Abril es el mes más cruel,
engendra lilas en la tierra muerta.
(T.S. Eliot)


Una bolita de carne, tu corazón:
o un sol inesperado
en un intento de encender las mañanas.
El tramo inútil de un camino,
arena en los ojos.
Un recuerdo encriptado
en las palabras de un libro.
Un pasillo a tientas por los muros;
el silencio que anida en la palmera del patio,
las hojas secas del invierno pasado.
Una piedra incrustada en una grieta
que desvía un curso de agua.
   Y ni te digo tu boca,
cruel como los abriles del norte
que engendran lilas en la tierra muerta.






Presentación de Almas y Karmas (Libro)




Presentación de Almas y Karmas, mi primer libro, en la Universidad de Derecho y Ciencias sociales de Tamaulipas. México. Durante el año 2015

link aquí:




Ariadna



yo, adentro, bajé. no hay héroes
el Minotauro ha muerto
vi su osamenta plateada brillar bajo la luna
solo este hilo roído por el tiempo, tengo
algo bajo mis pies de barro
que succiona y muerde
no hay luz capaz de guiar a un ciego
la verdadera amenaza es este laberinto
estas paredes la palabra



Acaso


Tengo miedo a esta niebla, amor
te diré un día, mientras, tanteando
con la mano tus ojos, querré
ver, una vez, no más de una vez
lo que has visto

(Elena Anníbali)

Desde el banco miramos la iglesia, la profunda intimidad de sus bocas vidriadas, la firmeza del cristal, la fachada roída por años de lluvias torrenciales. Las cosas parecen más serias.  Las manos se regocijan en la tibieza de septiembre. Un septiembre sin brillo, ahora, a pesar de sus tardes de sol.  Una tibieza zonza, insuficiente, que no alcanza para derretir la escarcha que en julio se nos metió en los huesos.  La piel ajada, la mente pura. Pasamos agosto.  Mutua mudez definitiva, la de pensar en las cosas. La de los muertos de cuerpo presente. ¿Quién sabe? Qué haremos nosotros dos, viejos, una tarde de sol. Tal vez lejanos. Vos en el sur y yo en el norte con los huesos quemados a pesar de este septiembre, con la certeza a cuestas  -como una herida abierta- de que todas las iglesias que construimos, al final, se hicieron cárceles.

— ¿Queda lejos el mar? 
— No sé. No tengo idea.


Pequeños fantasmas





El día sale y se escapa a la vez,
muerde con dientes de utilería. Después se calma
y resuelve quedarse.
La casa crece. Empuja lo que viene, 
pero no me decide a entrar
así lloviera a baldes.

Pegada a la pared una idea se arrastra como un gato
por debajo de una red de nailon:
La gota que se desvanece y deja su fantasma
avisa en los cristales que se va.
Hace callar el repiqueteo del techo
en una muerte lenta.

Nada más deja esta lluvia,
cuando se aleja marcándonos distancia.
Se va y no sabe
que es un mensaje de Dios que no pudimos entender.

Testigo ocular



Nuestras palomas reclaman su parte del queso.
Ayer picoteaban unas bolsas de nailon
que el panadero sacó a la calle
con la pizza vencida.

Hoy aletean en el patio de atrás, del fresno al suelo.
Buscan semillas en la tierra mojada,
restos de comida de los perros,
algún grano de maíz escondido de la tarde anterior.

De una galleta de arroz humedecida
y de las capas de hojaldre de un pastel de membrillo
hago migajas
para ver si las convenzo
de que no todo está perdido.

El reclamo


A Gladys, a Beto y a Fede también.
Las ciruelas nunca maduraron
Aguanté varios días y no pasó.
El deseo de mi hijo: devastado,
sin tarta de ciruelas favorita. 
Ciruelas verdes, ahora sabés. 
Después del almuerzo pregunta por ella,
hasta soñó. Y te recuerda 

en malos términos.
Lleva el fastidio pintado en la cara,
por eso ya no te saluda, sabelo.
Decir que estoy en el infierno no significa nada,
la palabra es solo aproximación estética;
esfuerzos inútiles para
asir los matices de la realidad,
sus rasgos íntimos, su tono secreto.

Por eso te devuelvo la bolsita de ciruelas,
hay una que está mordida.

Nosotros dos aún



Nosotros dos aún es un poema de amor del escritor y pintor belga Henri Michaux (1899 - 1984). Lo compuso después de la trágica muerte de su esposa a causa de un incendio. El poeta argentino Raúl Gustavo Aguirre lo tradujo, el escritor argentino Néstor Sánchez, atravesado por la misma incertidumbre de sentido, lo tomó como inspiración para su novela de 1966.


Nosotros dos aún

Aire del fuego, no supiste jugar.

Arrojaste sobre mi casa una tela negra. ¿Qué es esta opacidad en todas partes? Es la opacidad que cubrió mi cielo. ¿Qué es este silencio en todas partes? Es el silencio que hizo callar mi canto. 

Para esperar me hubiera bastado con un hilo de agua. Pero te lo llevaste todo. El sonido que vibra me fue quitado. 

No supiste jugar. Atrapaste las cuerdas. Pero no supiste jugar. Tapiaste todo en seguida. Rompiste el violín. Arrojaste llamas sobre la piel de seda para hacer un horrible pantano de sangre. 

La felicidad reía en su alma. Pero era todo mentira. No duró mucho la risa. 

Ella estaba en un tren que rodaba hacia el mar. Estaba en un huso que hilaba sobre la roca. Se abalanzaba, aunque inmóvil, hacia la serpiente de fuego que iba a consumirla. Y fue allí, de pronto, cuando sorprendió a la confiada, mientras peinaba sus cabellos, contemplando, en el espejo, su felicidad. 

Y cuando vio subir esas llamas sobre ella, oh... 

Al instante, la copa fue arrancada. Sus manos no sostuvieron nada más. Vio como la apretaba en un rincón. Se detuvo allí arriba como un enorme tema de meditación por resolver antes que nada. Dos segundos más tarde, dos segundos demasiado tarde, huía hacia la ventana, pidiendo socorro. 

Las llamas entonces la rodearon. 

Ella se encuentra ahora en una cama, su sufrimiento sube hasta el cielo, sin encontrar a Dios... su sufrimiento desciende hasta el fondo del infierno, sin hallar al demonio. 

El hospital duerme. La quemadura despierta. Su cuerpo, como un parque abandonado... 

Desalojada de sí misma, busca cómo volver a entrar. El vacío por donde deriva no responde a sus movimientos. 

Lentamente, en la granja, su trigo arde. 

Ciega, a través de la larga barrera del sufrimiento, durante un mes, remonta el río de la vida, natación atroz. 

Paciente, en lo innombrable tumefacto, vuelve a trazar sus formas elegantes, teje de nuevo la camisa de su piel fina. La curación está allí. Mañana cae la última venda. Mañana... 

Aire de la sangre, no supiste jugar. Tampoco tú supiste. Arrojaste súbitamente, estúpidamente, tu tonto coagulo obstructor a través de la nueva aurora. 

Ella ya no encontró lugar en el tiempo. Le fue preciso volverse hacia la muerte. 
Apenas si divisó la ruta. Un segundo abrió el abismo. El siguiente la precipitó en él. 

De este lado quedamos aturdidos. No tuvimos tiempo de decir adiós. No ha habido tiempo para una promesa. 

Ella desapareció de la película de esta tierra. 

Lou 
Lou 
Lou, en el retrovisor de un breve instante 
Lou ¿no me ves? 
Lou, el destino de estar juntos para siempre 
en que tenías tanta fe 
¿Y bien? 
No vas a ser como las otras que ya nunca más hacen una seña, 
sumergidas en el silencio. 

No, no debe besarte a ti la muerte para separarte de tu amor. 
En la pompa horrible 
que te distancia hasta no sé qué milésima dilusión 
buscas aún, nos buscas un lugar 
Pero tengo miedo 
No hemos tomado bastantes precauciones.

Debimos haber sido informados mejor, 
Alguien me escribe que tú, mártir, velarás ahora por mí. 
¡Oh! Lo dudo. 
Cuando toco tu fluido tan delicado, persistente en tu cuarto y tus objetos familiares que aprieto entre mis manos 
este fluido tenue al que sería preciso proteger para siempre 
Oh lo dudo, dudo y tengo miedo por ti, 
impetuosa y frágil, dispuesta a las catástrofes.

Con todo, voy a las oficinas en busca de certificados 
derrochando momentos preciosos
que más bien debería emplear para nosotros, precipitadamente, mientras tiritas
esperando con tu maravillosa confianza que yo llegue y te ayude, venga a sacarte de aquí, pensando "seguramente vendrá... 
Habrá tenido algún percance pero no tardará.
Vendrá, yo lo conozco.
No va a dejarme sola. 
No es posible. 
No va a dejar sola a su pobre Lou..." 

Yo no conocía mi vida. Mi vida pasaba a través de ti. Se había vuelto simple, ese gran asunto complicado. Se había vuelto simple a pesar del dolor. 
Tu fragilidad: yo era fuerte cuando se apoyaba en mí. 

Dime, ¿es que verdaderamente no nos encontraremos nunca más? 

Lou, hablo una lengua muerta, ahora que ya no te hablo. Tus grandes esfuerzos de liana en mí, lo ves, han logrado su fin. ¿Lo ves al menos? Es cierto, tú jamás dudaste. Se necesitaba un ciego como yo, se necesitaba tiempo, tu larga enfermedad, tu belleza, resurgiendo de la debilidad y de las fiebres, se necesitaba esta claridad en ti, esta fe, para horadar por fin la pared de la apariencia, de su autonomía. 

Tarde lo vi. Tarde lo supe. Tarde, aprendí "juntos" aquello que no parecía estar en mi destino. Pero no demasiado tarde. 
Los años pasaron para nosotros, no contra nosotros. 

Nuestras sombras respiraban juntas. Debajo de nosotros, las aguas del río de los acontecimientos corrían casi en silencio. 

Nuestras sombras respiraban juntas, y todo estaba por ellas recubierto. 

Tuve frío con tu frío. Bebí sorbos de tu pena. Nos perdíamos en el lago de nuestros intercambios. 

Rico de un amor inmerecido, rico que se ignoraba con la inconsciencia de los poseedores, he perdido ser amado. Mi fortuna se consumió en un día. 

Árida, mi vida continúa. Pero no me doy cuenta. Mi cuerpo permanece en tu cuerpo delicioso y en mi pecho hay antenas plumosas que me hacen sufrir con el viento del saqueado. Lo que ya no está se aferra, y su ausencia devoradora me invade y me consume. 

Extraño los días de tu sufrimiento atroz en la cama del hospital, cuando yo llegaba por los corredores nauseabundos, atravesados por gemidos, hasta la momia espesa de tu cuerpo vendado y esperaba emerger de pronto, como el "la" de nuestra alianza, tu voz dulce, musical, contenida, resistiendo con valor la fealdad de la desesperación, cuando, a tu vez, escuchabas mis pasos y murmurabas, libre: "Ah, estás allí". 

Yo apoyaba mi mano sobre tu rodilla, por encima del sucio cobertor, y todo desaparecía entonces: el hedor, la horrible indecencia del cuerpo tratado como un barril o como un albañal por seres extraños, atareados y recelosos, todo se deslizaba hacia atrás, dejando que nuestros dos fluidos, a través de los remedios, se encontraran de nuevo, se mezclaran en un aturdimiento del corazón, en el colmo de la amargura, en el colmo de la dulzura. 

Las enfermeras, el interno, sonreían; tus ojos llenos de fe apagaban los de los otros. 

Aquel que está solo, se vuelve de noche contra la pared para hablarte. Sabe lo que te animaba. Viene de compartir el día. Ha mirado con tus ojos. Ha escuchado con tus oídos. Siempre tiene cosas para ti. 

¿No me responderás algún día? 

Pero tal vez tu persona se ha vuelto como un aire del tiempo de la nieve, que entra por la ventana, que uno cierra, presa de escalofríos o de un malestar precursor del drama, como me ha ocurrido hace algunas semanas. El frío se echó de pronto sobre mis espaldas, yo me cubrí precipitadamente y me volví cuando eras tú quizás y la más cálida que pudieras darte, esperando ser bien recibida; tú, tan lúcida, no podías expresarte de otra manera. Quién sabe si en este mismo momento no esperas, ansiosa, que yo por fin comprenda, y vaya, lejos de la vida donde ya no estás, a reunirme contigo, pobremente, pobremente, es verdad, sin medios, pero nosotros dos aún, nosotros dos... 



Henri Michaux (1899 - 1984)
Traducción de Raúl Gustavo Aguirre (1927 - 1983)

Eva revisited



                                                                                                                       Ph @Anton Belovodchenko


Eva revisited es un poema del escritor platense Horacio Castillo. Según Castillo, en la historia, tal como nos la han contado, la mujer no estaba en el plan original de la creación sino que aparece por necesidad cuando, creado el hombre, se le concede una compañía.
Por otra parte, esa ruptura del orden original recae sobre Eva, injustamente, como madre de la culpa. Según el autor, el poema se basa en dos verdades fundamentales: la mujer es libre y es ella quien trae la palabra, y con ella el amor, al mundo.



Eva revisited

¿Cómo pudo recaer sobre mí semejante infamia,
propagada automáticamente de boca en boca,
generación tras generación? Yo madre de la culpa,
yo responsable de la Caída, yo arrastrando
a la humanidad hacia la condenación y la muerte.
Hasta proclamaron que el primer Mesías era insuficiente,
que hacía falta otro para borrar mis rastros.
¿Pero alguien se preguntó por qué, si el hombre necesitaba compañía,
no crearon otro hombre, por qué no hicieron hablar
a una planta o un mono? No, me creó a mí,
lo que implica el designio de involucrarme
en la trama siniestra: la culpa de las culpas.
A mí, que no estaba en el proyecto original,
y por eso mismo exenta de toda coerción.
Huesos de mis huesos, sí, carne de tu carne, sí,
pero el alma absolutamente mía.
Eso me sedujo: la libertad, y al oír el suave
susurro sabio —la instigación— corrí en tu ayuda,
al fin y al cabo para eso había sido creada.
¿No fui también yo la primera en hablar?
Porque no puede decirse que haya hablado
Dios en el acto de crear, ni tú al nombrar
los animales del campo y las aves del cielo,
ni tampoco el silabeo de la serpiente.
Yo hablé, yo traje al mundo la palabra
para ti, para mí, porque hablar es desear.
Sin mí hubieras sido lo mismo que un árbol
o una piedra: simplemente naturaleza. Por eso
te di a probar el fruto —toda yo fui fruto en tu boca—
y la mordedura que rasgó mis entrañas
nos hizo conocer lo que se nos quería escamotear.
Y qué alegría al descubrir nuestra desnudez,
reconocerse el uno en el otro, el rasgo de pudor
que nos separó para siempre de la bestia.
Habíamos roto el orden prescrito,
la materia se había expandido hacia adentro
hasta negarse a sí misma y liberar una fuerza
tan poderosa que dio sentido a lo creado.
Pero ven otra vez como en la noche aciaga,
vuelve a tomarme por primera vez,
hiende, cava, arranca de cuajo todo
todo nada muerte vida más ahora sí.

Horacio Castillo (1934-2010)

San Telmo


Sobre Humberto primo hay unos viejos
que las vidrieras exhiben.
De miradas opacas, atentas a la calle,
contra ventanas limpias.

Sobre Humberto primo hay unos viejos
formando filas
en sillas de ruedas.
Y una pantalla color
parpadea.

Hay hombres que caminan apurados,
balcones celebrados por vecinas chismosas,
mujeres de bocas esquivas
buscando a sus amantes.

Sobre Humberto primo hay unos viejos
y sombrillas aburridas
atadas a los perros en bares miserables.
Olor a guiso de lentejas en oferta,
bodegones descascarados,
cadetes en espera y motos apiñadas.

Sobre Humberto primo hay unos viejos 
y los cajones rebalsan de basura.
Se pudre la ciudad de adolescentes conchetas
provincianas
muñecas muertas de hambre de alquiler exorbitante
Una foto de Luca, el dibujo de un gato
en una esquina cualquiera.

Karina Rodríguez

Dice Eurídice



Eurídice es un poema del escritor platense Horacio Castillo. Poeta, ensayista y traductor argentino. Es un ejemplo de aquellos textos de los que simplemente no se puede decir nada a consecuencia del nudo en la garganta.


Dice Eurídice

La ansiedad me dominó, y luego la inquietud, cuando supe que venías: 
horror de que me vieras así, con este tocado de sombra, 
el pelo sin brillo –el pelo, que el sol no se cansaba de dorar–.
Terror también de que no fueras el mismo –el que permanecía en mi memoria– 
y al mismo tiempo curiosidad por ver de nuevo un ser vivo. 
Hace tanto que nadie venía por aquí, 
tanto que nadie se llevaba un alma o un perro, 
que cuando oí tus pasos y tu voz llamándome, 
cuando por fin te estreché, más que a ti estaba abrazando a la vida. 
Después tu calor me condensó, me secó como una vasija, 
y caminé por el sombrío corredor 
otra vez con aquella máquina atronadora dentro del pecho 
y un carbón encendido en medio de las piernas. 
Caminé de tu brazo, imaginando ya la luz, 
los árboles junto a los cuales caminábamos, 
aquella habitación llena de espejos 
donde flotábamos como dos ahogados. 
Hasta que de pronto tu paso se hizo nervioso, 
tu pensamiento se espantó como un caballo, 
y vi que tratabas de desprenderte de mí, 
de librarte de la trampa de la materia mortal. 
“No te vayas –supliqué– no me dejes aquí, 
déjame ver de nuevo las nubes y el sol, 
suéltame por el mundo como una potranca tracia.” 
Pero tú ya corrías hacia la salida, 
y durante siete días y siete noches oí cómo llorabas, 
cómo cantabas en la ribera del río infernal 
nuestra vieja canción: “Lo lejano, sólo lo más lejano perdura.”

Horacio Castillo (1934 - 2010)

Entrevista



Entrevista en Revista La Lupa

(las fotos son de Facundo Gastón Floria y de Peces de ciudad)

Fragmento de A. Calveyra



La siesta del domingo. Entreabierto a las miradas, el pulcro panteón donde reposan, unos frente a otros, los miembros de una familia. El sol que cae casi a plomo, penetra sin embargo en el inmóvil grupo. Aquí, a la izquierda y por poco en el suelo, el padre. Sobre esa oscura encina, la madre. En el tercer estante, el más joven de los hijos, muerto joven. A la derecha, las muchachas, muertas de muchos años. En lo que es el piso, si se levantara de su argolla la losa, se vería reposar, en el fervor de la penumbra, con los amigos que más tarde fueron sus cuñados, los restantes hijos varones repitiendo el prolijo conjunto de arriba. Pero hay una repetición más densa en la muerte: los hermanos mayores vivieron, aún solteros, apartados de la casa por un enorme patio, hermoso como un bosque. En esas habitaciones recibían amigos, tenían una guitarra. Ahora, entre ellos mismos en severo desnivel, y debajo de los padres, de las buenas hermanas, de su hermano más joven, descansan. Se diría que allá abajo, ocultos por la pesada losa como antes por el bosque, siguen conspirando hermosuras, siguen fuertes en la cacería nocturna, ajenos a la severidad paterna, a la inocencia pacífica, al candor de los blanquísimos paños bordados. Hay una repetición en la muerte. También la casa, cuando todos ellos estaban en la tierra, permanecía abierta, y con los días festivos hasta el humo de la chimenea despachaba limpieza. Ahora que la muerte recata la puerta y la entreabre sólo, todos duermen la siesta campesina.

Arnaldo Calveyra (1929-2015). 

Fragmento del libro Iguana, iguana de editorial Actes Sud (1985).

Cuatro boleros maroqueros



Cuatro boleros maroqueros es un poema de amor del escritor peruano Antonio Cisneros. Como una forma de desmistificar el dolor de la pérdida, Cisneros nos enfrenta cara a cara con la practicidad y nos muestra que el humor es una de las tantas caras de la desesperación.

I

Con las últimas lluvias te largaste
y entonces yo creí
que para la casa más aburrida del suburbio
no habrían primaveras
ni otoños ni inviernos ni veranos.

Pero no.

Las estaciones se cumplieron
como estaban previstas en cualquier almanaque
Y la dueña de la casa y el cartero
no me volvieron a preguntar
por ti.


II

Para olvidarme de ti y no mirarte
miro el viaje de las moscas por el aire
         Gran Estilo
                  Gran Velocidad
                           Gran Altura


III

Para olvidarte me agarro al primer tren y salgo al campo
Imposible
Y es que tu ausencia
tiene algo de Flora de Fauna de Pic Nic.


IV

No me aumentaron el sueldo por tu ausencia
sin embargo
el frasco de Nescafé me dura el doble
el triple las hojas de afeitar.


De: Como higuera en un campo de golf (2012)

Antonio Cisneros (1942 - 2012)

A continuación, un video con el poema en la voz de su autor durante el Encuentro Internacional de poetas en Chile. Desde una ventana y sin desperdicio:

Cuatro boleros maroqueros Chile 2001

Otra Hero


Vacía ya la torre donde esperaba,
a estos brazos sin sol les fue ajeno el descanso.
En la caída libre el cielo se nubló 
y el pensamiento y la niebla me pegaron en los ojos.
Y fui ciega.
El vaivén salado del mar intentó consolarme.
Fui noche, igual que la tristeza de Leandro.
Desprovista de luces, desde la torre hasta la orilla mansa. 
Fui tierra. 


Ojos de fuego


    Cuando era niño viví un tiempo en el campo. Recuerdo la contradictoria sensación de libertad que me producía ese lugar siniestro, porque eso era para mí entonces: un lugar siniestro. Sin embargo, también recuerdo con certeza algunas cosas de ese tiempo; cosas que, debido a la inquietud y el miedo que provocaron en mi mente de niño, sospecho, no podré olvidar mientras viva.
    Por entonces, mi padre estaba encargado de las tierras de un hacendado norteamericano en las afueras de la ciudad. Allí vivíamos. En una casa precaria, de dos plantas, lindante al río y por ese mismo río nos trasportábamos.
    Navegábamos su cauce al menos una vez a la semana, en busca de provisiones y velas, en una vieja canoa hecha con tablas –tan precaria como la casa–  que mi padre amarraba con cuidado a dos palos casi podridos, que representaban para nosotros un modesto muelle. No teníamos luz eléctrica ni tampoco agua potable.
    Mi padre era un hombre sencillo y reservado. Él hacía todos los trabajos de esos campos y yo le ayudaba, a pesar de mi corta edad. Vivíamos solos en esa inmensidad de tierras sembradas de maíz y, apenas la luna rotunda se colgaba en el cielo, nos metíamos en la cama dando por terminado el día de trabajo. Los hechos más aterradores de mi vida ocurrieron ahí, en esas tierras olvidadas por el progreso.
    Dormía solo, en una habitación con buhardilla, en la planta alta de la casa y odiaba el lugar porque era caluroso. En mi inocencia de niño, me quedaba divagando en la más completa oscuridad hasta que me dormía. Siempre con los postigos abiertos de par en par, para lidiar con el calor insoportable del ambiente. Mientras tanto, la sigilosa luna obraba sus mágicos conjuros de luz sobre mi cabeza.
   Ya me había acostumbrado a que los ruidos del tejado se sucedieran hasta bien entrada la noche, cuando algo diferente ocupó mi atención. Una vez, durante la cena, había querido insinuar a mi padre el asunto de los ruidos. Él no tardó en dar por zanjada la discusión, rechazando de pleno mis miedos infantiles; me aseguró que se trababa de roedores en el techo y me advirtió que no buscara excusas para no dormir pues, entonces, no estaba lo suficientemente cansado.
   Esa noche estaba entrando en la modorra previa al sueño cuando un golpe seco me arrancó de mi letargo. Algo pesado, aunque no podía saber qué, había dado de lleno contra el techo de mi habitación y había rodado hacia abajo por una de sus alas laterales, impactando contra las canaletas del desagüe, sin caer al suelo.
   Aterrorizado me senté en la cama, sintiendo cómo mi corazón latía a la altura de mi garganta y no tardé en empezar a respirar con dificultad. A pesar de todo, era incapaz de moverme más allá de mi cama. De inmediato, mis ojos se clavaron, desorbitados, en la ventana. Si no había caído, lo que fuera que había rebotado contra el techo, se encontraba ahora apenas a unos metros del dintel de la ventana. Y estaba, como era habitual, abierta de par en par.
   Esa idea repentina me asustó y empecé a obsesionarme y a temblar con violencia. Lo único que se me ocurrió, y casi la única opción que tenía, fue bajarme de la cama. Planeaba acercarme a la ventana e intentar cerrar los postigos, pero tenía tanto miedo que estaba paralizado y desde donde estaba parado sólo podía ver los altos manglares del frente de la casa
   Mi pensamiento era irracional, lo sé. Ahora lo entiendo. El pulso de mi sangre se hizo audible en el silencio de la noche y entretanto, los grillos metían su canto estridente. Yo me obsesionaba con la imagen de la ventana, no podía despegar la vista de ese sitio, ni gritar, ni moverme. Imagino que mi cara tendría una expresión de terror espantosa y creo que, si los ruidos no hubieran cesado tan repentinamente después de aquel inesperado golpe, hubiera muerto de miedo ahí mismo, sentado.
   Traté de componerme, de respirar con lentitud y relajar los músculos de las piernas. Sin embargo, sabía que algo desconocido se movía ahí arriba en la oscuridad. Podía sentirlo. Algo esperaba a que yo me moviera para moverse. Cuando logré calmarme, me incorporé despacio y me acerqué a la ventana. No me atreví a sacar la cabeza pero me incliné, todo lo que me permitió el cuerpo para poder ver el techo. No vi nada más que el límpido cielo nocturno.
   Después saqué la mano, intentando agarrar la hoja móvil del postigo, pero algo en el árbol me distrajo. Agazapada y silenciosa, sujeta a las ramas superiores del manglar, una criatura horrible y pequeña me observaba. Me quedé muy quieto, dejando mi mano ahí, donde estaba. Creo que me sentí paralizado de estupor otra vez, creo que intenté moverme y no pude, creo que grité por mi padre, pero la voz no salió de mi garganta.
   Me miró profundamente a los ojos. Los suyos centelleaban, ardiendo como dos bolas de fuego. Emitió una risa sonora, histérica, viva, que creció y creció y e hizo eco hasta romper el silencio de la noche. De un respingo caí al suelo, sin controlar las piernas, mientras mis ojos no lograban despegarse de sus ojos. Estaba aterrado. Hasta entonces yo no creía en las brujas o en criaturas similares. Aun así, desde el suelo de mi cuarto no podía dejar de observarla. 
    Después ella miró al cielo y se impulsó con las piernas, desprendiéndose con prisa de las altas ramas del manglar y salió volando. Sin más, se deslizó en el aire. Después, con asombro mudo, la vi transformarse en una bola de fuego y esfumarse en el cielo nocturno.
   La inocencia de aquellos lejanos días de mi niñez en el campo se disolvió. Se disolvió como ella, en un instante. Nunca más volví a dormir tranquilo desde entonces. Y todavía hoy, treinta años después, por las noches, tomo la precaución de cerrar todas las ventanas de mi casa en la ciudad. Y sigo soñando, con aquella criatura maldita y abominable, a la espera del día en que su mirada de fuego me alcance otra vez.

Karina Rodríguez (*).


*Ojos de fuego es un relato que pertenece a mi primer libro de cuentos, Almas y Karmas, que fue presentado en México, en la ciudad de Tampico, en el año 2015. Intenta deslizarse sobre la leyenda popular mexicana de las brujas de los manglares.

Nueva reseña de Gente común



“Gente común” reza en la tapa el último libro de Karina Rodríguez (Peces de Ciudad/2016). Gente común, como la que uno ve cada día en la calle, al subir al subte, al correr el colectivo, al entrar al supermercado o a la oficina. O gente común como la que nadie ve, nadie percibe, nadie registra. Gente común, como la que nos rodea en cada ámbito de nuestra vida. Gente común, igual que uno mismo.

Los cuentos de Karina no son pródigos en palabras, con una economía casi asceta, no sobra ni una letra en cada relato, y esto hace que, con esas palabras en la cantidad justa y necesaria, sus historias lleguen al lector en forma de golpe certero.

Si, un golpe, porque estos cuentos duelen. Duele el encierro, físico, psicológico o ambos, de sus personajes. Duele la angustia que cada uno de ellos exhala, y también ese dejo de esperanza que muchas veces, la mayoría de ellas, se desintegra contra la realidad.

Lastiman la soledad, el abandono, la alienación que produce la gran ciudad y su culto al individualismo exacerbado.

Parten en dos esos gritos silenciosos, desesperados, ese pedido de ayuda que nadie escucha y quien escucha hace oídos sordos ante una necesidad que es ajena, que no es propia, que no modifica la propia balanza ni la propia realidad.

Se podría decir, si una no hubiera leído en profundidad y con pasión arrebatadora estos textos, que la oscuridad y el miedo que trascienden desde las palabras de Karina Rodríguez van a expulsar al lector de las páginas de este libro. Nada, pero nada, más alejado de la realidad. Todos estos sentimientos y emociones que despierta la autora, los cuales podrían ser catalogados como negativos desde un punto de vista bastante simplista, sólo logran atrapar a quien decide internarse en estas historias, y despiertan en cada uno la dolorosa y aterradora convicción de que podría ser, sin lugar a dudas, uno más de ese grupo de gente común.                                                                                                             

Soledad Hessel (periodista) para Revista Tren Insomne.

Reseña de Gente común




Gente común le da el nombre a una declaración de principios. Se trata de un recorte de los relatos del imaginario común, colectivo, de personajes que podrían ser (pero no son) cualquiera. El elemento fantástico entra en lo barrial y arroja una nueva lucidez monstruosa sobre nuestras cosas chiquitas. Así, la familia es el lugar donde se ajustician viejos odios, la santería es la cristalización de nuestras deidades y una mujer con alas es un relato más en el anecdotario de los vecinos. Los cuentos son cortos y seductores como golosinas, los temas son muchos, todos. Una enormidad pocket para leer en cualquier lado... Reseña de Nadia Crantosqui (traductora literaria - Universidad Nacional de La Plata)