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Piedras para dormir


Diana Blok ph


Ain't no cure for love

(Leonard Cohen)


No, no se cura, se cronifica. Hasta los surrealistas lo supieron. Y aunque eso no hable bien de la creatividad humana, es un hecho que las opiniones y las frases más trilladas, las más cursis, las menos ingeniosas, más frecuentes y superficiales, esas que criticamos con énfasis, suelen ser bastante ciertas.


He soñado tanto contigo

Tanto soñé contigo que pierdes tu realidad.

¿Aún es tiempo de alcanzar ese cuerpo vivo, de besar en esa boca el nacimiento de la voz amada?

Tanto soñé contigo que mis brazos acostumbrados, de tanto estrechar tu sombra, al cruzarse sobre el pecho, quizás no se adaptarían al contorno de tu cuerpo.

Y ante la apariencia real de lo que me obsesiona y me gobierna desde hace días y años, me convertiría sin duda en una sombra.

Oh balanzas sentimentales...

Tanto soñé contigo que ya no es tiempo de despertar. Duermo de pie, el cuerpo expuesto a todas las apariencias de la vida y del amor y tú, la única que hoy cuenta para mí, has de saber que me sería más difícil tocar tu frente y tus labios que los primeros labios y la primera frente que llegaran.

Tanto soñé contigo, caminé tanto, hablé tanto, tanto amé tu sombra, que ya nada me queda de ti. Sólo me queda ser la sombra entre las sombras, cien veces más sombra que las sombras. Ser la sombra que volverá y volverá siempre a tu vida llena de sol.

 

Robert Desnos (1900-1945)


Y vamos ciegos, así, sin entender, pero buscando a tientas la felicidad. Mientras el mundo nos amenaza, furioso, nos paraliza el deseo, y nos avergüenza la historia. El pánico nos muerde la boca, trepa por la garganta, nos lastima la espalda, pero es más fácil renunciar a la vida que al amor. 

Aún así creamos, construimos, nos amamos, con una fuerza violenta y rigurosa que nos empuja al abismo. Como si el continuarse fuera imprescindible, como si bastara para hacernos eternos. 

Tal vez por eso insistimos, aunque amar signifique la mayor parte del tiempo romperse la cabeza contra las piedras. 


yo
yo y mi
yo y mi cuerpo fuimos a esa fiesta
yo bailé
hermoso rico y poderoso rozaba mi cuerpo
mi betty boop mi reina mi descalza
mi nombre es yoni.meri yo también
fuego furia ¿fumás? fuimos a su casa
estás mojada no sé no hemos sido presentados
sumergidos suma de noches estera estambres estaba aterrorizada
profeta centinela sentí un automóvil rojo rubio el tabaco
su espalda fuerte trepaba mi caída infinitos funestos café
piedras para dormir me acompañaba a casa y olvidé decírselo
las palabras son monedas clavadas a la tierra
historias de susy siempre lo he sabido
cómo explicarte hubiese cupido calendario
perdida en los andenes al día siguiente mi cuerpo caía del piso 29
olvidé decirle que siempre nadie y yo nunca los amores cobardes
lloraba no llegan porque los hombres etcétera
él era despiadado todo un hombre quemado de belleza
mi cuerpo gemía como un gato y lo envidié pero yo nunca
me meto en sus asuntos
dijo tu piel mi nena dame no sé qué cosa qué llave del infierno
yo hubiera declarado desplegado y estrenado un novio
hubiese dicho a mis amigas entrado en algún bar 
hubiera hubiese vino que me matara
habráse visto tan chiquita y calentando bancos en la plaza
ay corazón si te fueras de madre
siempre la pena entre la pena y la nada
mi cuerpo roto pegado a lo sumido curioso rito de cucharas en
la mesa
sobre la mesa en la ducha él era el agua y me frotaba
belladona
dame en el centro de lo que siempre habla el espejo la sombra
del deseo era lacan en mi escritorio
ah para su estudio oh para su análisis acabar era ver
mi cuerpo demasiado tarde dónde estuviste le decía
ay corazón si supieras ser látigo y dormir


Susana Villalba de: Susy, secretos del corazón
Editorial Ultimo reino, 1989


Rara avis

 


La delicia y el perfume de mi vida es la memoria 
de esas horas
en que encontré y retuve el placer tal y como lo deseaba.
Delicias y perfumes de mi vida, para mi que odié
los goces y los amores rutinarios.

Constantino Kavafis. Voluptuosidad. 1917.

El río es el Mekong. Una niña. Una niña vestida ridículamente. Con sombrero, con zapatos gastados. Una niña que se asoma a la vida como se asoma al río, como se asoma al cuerpo: con intuición, con soltura. Detrás de ella se acurruca una mujer. Es una mujer pequeña, alcohólica, desteñida.

Talentosa y disidente, Marguerite Duras (1914-1996) escribe pero no siempre hay sintaxis. No necesariamente. En ella no hay orden ligado, hay una escena que se cuenta varias veces a lo largo del tiempo; es decir, en varios libros. Y en cada vez, lo que cambia es la mirada. En cada vez profundiza y discrepa. A veces cuenta más. Tal vez por eso va con ella la indómita sensación de anarquía, porque la prosa se detiene y salta, el ritmo se va. 

La crítica literaria abraza la noción de que Duras conceptualiza la literatura. Duras fragmenta. Al cambiar el enfoque de cada escena, espiraliza sus historias. No hay principio, no hay fin, hay continuum. Duras habilita las lecturas otras, las que se salen de la crítica encorsetada. Sigue los movimientos del arte contemporáneo, posibilita una escritura abierta, que se repara a medida que avanza la investigación, las nuevas teorías literarias. 

En sus propias palabras vueltas hacia ella: Duras encuentra para los amantes un lugar otro, un lugar protector, de pura inmensidad, un rincón inviolable. Una patria lejana, estática, de infancia, que los preserva de toda corrupción, de todo conocimiento ajeno a ella; que los protege de las calamidades propias de la edad adulta, de la muerte, del dinero, de la tristeza de las noches, de la oscuridad de la monotonía y la rutina, de la soledad de la miseria, tanto la del amor como la del deseo. 

Atravesada por el incesto y la triangulación, desde el principio, Duras fue un enigma, un pájaro raro. Se permitió dudar de la supremacía blanca, del poder, del amor, de la heterosexualidad. Miró con ojos de ensueño las ideologías, no les creyó. Se atrevió a plantear la ambigüedad de los lazos familiares, a mostrar la familia como una célula tortuosa y destructiva, pero aún así su gran tema fue la escritura. Y nunca sabremos con algún grado de certeza si su obra fue ficción pura, autoficción o biografía rigurosa. 


[...]De la limusina negra acaba de salir otro hombre. No es igual que el del libro, es otro chino de Manchuria. Es un poco distinto: es más robusto que él, tiene menos miedo que él, más audacia. Tiene más belleza, más salud. Es más «de cine» que el del libro. Y también se muestra menos tímido que él ante la niña. 

Ella, en cambio, sigue siendo la del libro, bajita, delgada, atrevida, difícil de captar su sentido, difícil de decir quién es, menos guapa de lo que parece, pobre, hija de pobres, de antepasados pobres, granjeros, zapateros, primera en francés siempre en todas partes y odiando Francia, inconsolable del país natal y de la infancia, escupiendo la carne roja de los steaks occidentales, enamorada de los hombres débiles, sexual como aún no ha encontrado a otra. Loca por leer, por ver, insolente, libre. 

Él es un chino. Un chino alto. Tiene la piel blanca de los chinos del norte. Es muy elegante. Lleva un traje de tela de seda cruda y los zapatos ingleses color caoba de los jóvenes banqueros de Saigón. 

Él la mira. 

Se miran. Se sonríen. Él se acerca. 

Fuma un 555. Ella es muy joven. Hay algo de temor en su mano que tiembla, aunque apenas, cuando él le ofrece un cigarrillo. 

—¿Fuma? 

La niña hace una señal: No. 

—Perdóneme... Es tan inesperado encontrarla aquí... Usted no se da cuenta... 

La niña no contesta. No sonríe. Lo mira. Feroz sería la palabra para decir esa mirada. Insolente. Descarada es la palabra de la madre: «No se mira así a la gente». Se diría que no oye bien lo que él le dice. Mira el traje, el coche. Alrededor de él, el perfume del agua de colonia europea con, más lejano, el del opio y la seda, del bómbice de seda, del ámbar de la seda, del ámbar de la piel. Ella lo mira todo. Al chófer, el coche y, una vez más, le mira a él, al chino. La infancia parece en su mirada de una curiosidad desplazada, siempre sorprendente, insaciable. El la mira mirar todas esas novedades que transporta aquel día el transbordador. 


Marguerite Duras. El amante de la China del Norte (Fragmento). 
L'Amant de la Chine du Nord. 1991. Editorial Gallimard



Máscara y fantasma


El ser humano es esta noche, esta nada 
vacía, que lo contiene todo
en su simplicidad: riqueza inagotable
de infinitas representaciones, de imágenes,
ninguna de las cuales llega precisamente a su espíritu o,
más bien, no están en él como realmente presentes. Se vislumbra
esta noche cuando uno mira
a los seres humanos a los ojos, se hunde la mirada 
en una noche que se vuelve terrible.

Georg Friedrich Hegel

Estamos unidos al misterio del otro. Por el dolor, las equivocaciones, los enojos, por esa fragancia indeleble de cosa viva y a la vez muerta que exhalamos, por cada desacomodo existencial que nos ocurre. 

Como una tentativa de contacto, cada evento errático nos une más. 

Aunque vivamos nadando en la penosa fantasía narcisista del control y la completitud, no hay más extraño que uno. No nos conocemos, no nos somos suficientes. Es la presencia del otro una invitación; su imagen, un vampiro al acecho, un agobio, insoportable en su reiteración, que irrumpe, que termina por frecuentarnos. 

Porque somos (irreversiblemente) espíritus trágicos; y un espíritu trágico es contradicción, camina entre el y el noNo se detiene, aunque parezca inmóvil. 


 ...Ya no basta decir, a fuer de todos los poetas, que los espejos se asemejan a un agua. Tampoco basta dar por absoluta esa hipótesis y suponer, como cualquier Huidobro, que de los espejos sopla frescura o que los pájaros sedientos los beben y queda hueco el marco. Hemos de rebasar tales juegos. Hay que manifestar ese antojo hecho forzosa realidad de una mente: hay que mostrar un individuo que se introduce en el cristal y que persiste en su ilusorio país (donde hay figuraciones y colores, pero regidos de inamovible silencio) y que siente el bochorno de no ser más que un simulacro que obliteran las noches y que las vislumbres permiten.

Jorge Luis Borges (1925)

 Axolotl

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrecencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos. 

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaces de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro.

Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

Julio Cortázar en Final de juego ed: Los presentes (1956).


Lo único y lo que sobra

                             



El hombre cree estar libre del terror cuando ya no existe nada desconocido.  
La pura inmanencia del positivismo, su último producto, no es más que un tabú,
 en cierto modo universal. Nada, absolutamente nada, debe existir fuera, 
pues la sola idea del exterior es la primera fuente de miedo.

 La dialéctica de la ilustración (Fragmento) Theodor Adorno - Max Horkheimer.

 

Lo extraño nos acecha. Esa animalidad latente y sublime, esa sustancia precoz sobre la que no podemos mandar, está en nosotros. Es una constante antropológica, como la libertad.

Somos monstruos, criaturas absurdas, seres distópicos. En palabras de Nietzsche: cada tanto nos crece un ala o una pierna. Especímenes torpes, territoriales y crueles que destilan una tristeza pegajosa, una alegría parcial; para quienes la luz es, en general, más bien escasa, por tanto, valiosa y apreciada.

Y el trabajo de un poeta debería ser siempre remar contra la corriente, tender hacia la claridad, aun contra sí mismo, aun cuando se manifieste vacilante y tímida; hacerlo, a pesar de la fragmentación caótica de este mundo comido ya hace tiempo por el garrote y el dinero.

Así, un breve instante de consciencia se traducirá en angustia, en una ignota soledad que se cierra en todas direcciones porque es también intemperie y desamparo. El resto del tiempo podremos cantar la canción mentirosa, esa que tiende a hacer la vida peligrosamente tolerable.
 

Toma de consciencia

Ahora veo lo que ha pasado.  La poesía me ha convertido
en un monstruo. Asusto durante el sueño, asusto a los tranquilos.
                                                              Me despierto
en medio de la noche. Porque soy dulce, porque los que duermen
se asustan de la aparición de mi otro yo. Del nombre que deletreo
 
de memoria. Y cada vez siento de modo más sonoro y pronunciado:
esta es mi otra vida, he cruzado el límite
de mí mismo. Cada vez lo siento con más fuerza: esta es mi
otra muerte. Me tocan yemas, me acarician
 
por el rostro, las pestañas de la lengua me aprietan, las tenazas
de la historia, este incandescente hierro de herreros.
Y toda voz me despierta, cada día recorro
el mismo camino, en el que las herraduras de la lengua dejan su
                                                         huella.
 
La poesía me hizo sendero. Me persigo
en el sueño, camino tras mi sombra. Mi vida
se solapa con la vida de las mañanas que espero.
Vivir poéticamente resume todos los estados de ánimo.
 
Las palabras son suplicio y donación. Victoria y derrota.
Lo único y lo que sobra.
 
Primož Čučnik de Ventanas Nuevas.

Sobre la ética del soldado (y del amante)


Nadie con paso más firme
habrá pisado la tierra.
Nadie habrá habido como él
en el amor y en la guerra.

(Jorge Luis Borges)

 

Tal vez la fuerza primitiva más pura (y la más indescifrable que nos habita) sea el deseo. Saber el deseo, encaminarse hacia él, quizá echarle una mirada, desviarla siquiera hacia ese sendero velado y fangoso que nos impulsa y nos nombra, y que nos abre los brazos, ya es parte de reconocerlo. Es un inicio.

Después viene la ética. Ser ético con el deseo es ser capaz de seguirlo, aunque más no sea tímidamente, despacio. Pero sin asustarse. Aún en la incertidumbre. Y eso que la incertidumbre asusta, y vaya que lo hace, pero hay que resistir. Resistir sin borronear. Porque el deseo es de hecho, igual que el amor, una experiencia con la incertidumbre. 


El amor es algo insoportable. Quien ama enseguida empieza a tener miedo de perder al otro y, si éste está en otra parte, puede que el amante tenga celos o, para ser más simple, que no se pueda poner contento por aquel a quien ama. 

El amor, entonces, lleva a cierta hostilidad, a querer que al amado le vaya eventualmente mal, para que nos necesite, para que vuelva. El amor hunde sus raíces en el odio. Se ama con un poco de odio, y eso no significa ser una persona cruel. 

Los amantes no son generosos de forma espontánea, tienen que hacer un esfuerzo enorme para serlo. A veces hacen escenas: de abandono, de indiferencia, de orgullo. Pero el punto es otro, no cuan patéticos y ridículos podamos ser cuando tenemos vergüenza de esa hostilidad, sino cómo responde el amado a ese juego, a ese escándalo. 

Hoy me llama la atención ver que prima una respuesta: "Eso es mambo tuyo, manejalo vos" Ese es el individualismo menos amoroso del mundo, porque es un individualismo culpabilizante. Es como decirle: "vos te enganchaste conmigo, ahora jodete" Y ser amado es en realidad una gran responsabilidad, es incluso estar ofrecido a la venganza; pero aún así, si el amado puede devenir amante ¿qué otra cosa podría hacer sino soportar ese amor transido de hostilidad? Quien te ama te hace alguna, es inevitable. 

En vez de rechazar podríamos hacer un poco de empatía con eso de que el otro no nos desea siempre el bien. Tampoco es tan grave. Que no te deseen el bien es la forma más básica del deseo. Quienes son solamente amados son traicionados. Quienes son solamente deseados son destruidos. Entonces no puede estar tan mal un poco de hostilidad para curarse de la traición con pequeñas venganzas, y de la destrucción con enojos y reproches eventuales. 

¿Qué es esta moda individualista de decirle al otro "jodete", "eso es mambo tuyo", "no te enganches conmigo"? ¿Estamos pidiéndole al otro que se olvide que nos ama? Esto no tiene que ver con la violencia, aclaro. Son los amores que buscan evitar el conflicto los que tienen retornos violentos, así como los deseos que intentan ser puros conducen a las peores maldades. Banquemos la tensión, la incertidumbre, porque hacerlo sin paranoia, sin ser expulsivos con el otro, es el verdadero desafío.

Luciano Lutereau


Habitar el fuego

Venus durmiente


Acerco ramas a este fuego que
va a morir, ramas felices de
llegar a ser fuego, como este
fuego –lo sé, lo entiendo– es feliz
de llegar a ser yo –no importa
cuánto ni cómo ni por qué– y yo de
llegar a ser este fuego que me ha
  nombrado y me ha hecho su amigo

(Raúl Gustavo Aguirre)

En El antiedipo se lee que los revolucionarios, los artistas y los videntes saben que el deseo abrasa la vida con una potencia productiva tan intensa que casi no queda lugar para ninguna necesidad. Gilles Deleuze y Félix Guattari han considerado que el psicoanálisis pretende circunscribir el deseo a los estrechos límites del triángulo familiar, para que no se difunda por el mundo circundante, para que no desborde del ámbito doméstico, cuando en realidad estas relaciones se inscriben en una sociedad que las determina.

Foucault habló de la sociedad, de las religiones y de la familia como "panópticos", de igual modo habló de la cárcel. Dentro de estos tres primeros dispositivos nos movemos con cierta ilusión de libertad, aunque son entidades creadas para "vigilar". Un panóptico articula dentro de otro, como cajas chinas.

En definitiva, el deseo se produce socialmente. Hay un deseo normatizado, es claro. El moralismo actual es que vivamos una vida tranquila, en armonía, sin pathos; dentro de los límites. Desde allí el deseo es manipulado; para ejercer dominio se lo rotula, se etiqueta, se le pone nombre. El sujeto, entonces, cree que "sabe lo que quiere”, aunque siga sin saber que ese deseo le fue impuesto. 

Foucault también habló del arte como la suma de "espacios concretos de libertad, espacios de "transformación posible". En su razonamiento nos muestra cómo lo que es podría dejar de ser lo que es. Para el filósofo, el arte es un instrumento de la razón que expresa y construye fuerzas que exceden los límites de la dominación racional y producen formas de racionalidad que nos abren a lo que seremos, a lo que todavía no somos.

Así, la primera frase, como el primer acorde o la primera palabra de un niño, son gestos de valor. La acción golpea los objetos, los dota de vida orgánica, de fuerza, de energía. Allí comienza todo: antes de ser lenguaje, el arte debe hacerse acto. Antes de hablar, un hombre debe afirmarse en el suelo. 

La acción irrumpe en el orden anterior. Interrumpiéndolo, lo reconstruye. Romper el orden nos hace libres. Desear otra cosa nos hace libres. La acción surge en la nada y genera, en la nada, ese espacio nuevo. Un fuego aparece, una voz interna grita, quizá contaminada, es real, pero en el grito habitan mil voces más. 

Entonces no es cierto que la potencia del arte sea fundamentalmente negativa. No es cierto, como quieren algunos, que el arte sea debilidad pura. 


Por último

Haber dejado una moneda de fuego en la mano de otro,
haber atado cientos de hilos de amor y resplandor,
haber perdido algo
al salir de la casa vacía.
Haber estado, haber acompañado,
haber estado complicado con el viento que siempre tiene razón,
con la tierra y el agua y con la hierba que siempre tienen razón.
No haber cumplido años lejos de sí mismo,
no importa si de rodillas o en medio del pantano pero cerca de sí,
o entre asuntos pendientes o torcidos desde el comienzo,
pero masticados con tus dientes.
No importa ser un objeto más o menos clasificable despreciable por los que deciden,
no importa ser superado, masacrado, tergiversado, desmentido,
con todo eso se hace la verdad.
No importa ser interrumpido
si estás al pie del árbol gigante en el día sin fin,
al pie del árbol de piedras preciosas del sueño que sólo pertenece a los hombres,
y si has podido hablar con esas piedras
y acompañar hasta su casa a alguien
en un momento duro de la noche, y vivía tan lejos...
No importa que no haya solución para nadie ni perdón para nadie,
si al fin estás solo en las salinas de la madrugada
haciendo todo lo posible para que salga el sol,
para que esos rostros queridos no se hundan en los rápidos de la nada
que acecha a tanta maravilla.

Raúl Gustavo Aguirre (1927-1983)

Un intercambio de escondites



Acaso ser amada de una manera tan absoluta no fuera un destino tan malo
(Carlos Chernov. Eugenia convertida en obra de arte)


Y si hablamos de Belleza, John Berger escribió que el deseo sexual, cuando es recíproco, lo que origina es un complot entre dos personas que hacen frente al resto de los complots que hay en el mundo. Una conspiración de dos.
El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. Eso es exactamente lo que es. No la felicidad, solamente un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor.  
Por eso el deseo anhela proteger al cuerpo amado, protegerlo de la tragedia que encarna, protegerlo de la muerte, conservarlo, eternizarlo en el acto. Y se cree capaz, de hecho.
La conspiración -profundiza Berger- consiste en crear juntos un espacio, un lugar de exención, necesariamente temporal, de la herida incurable de la que es depositaria la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. 
El deseo es un intercambio de escondites, hablar de volver al útero es una simplificación vulgar.
Tocar una pierna con una mano de amante, que sea para excitar o para relajar no supone diferencia alguna. El tacto aspira a alcanzar, más allá del fémur, de la tibia o el peroné, el propio corazón de la pierna, y el amante completo espera acompañar ese gesto y habitar en él. 
No hay altruismo en el deseo, es claro. Al principio están implicados dos cuerpos y la exención, siempre y cuando se logre, los protege a ambos. La exención es inevitablemente breve y, sin embargo, lo promete todo. La exención suprime la brevedad y con ella las penas asociadas a la angustia de lo efímero.

Tanto verbo difícil, tanta belleza. Somos definitivamente necios. Tanto es lo que no entendimos, tanto lo que perdimos, tanto lo que duele.


En este 

tiempo
escaso con que cuento
alejado del origen
miro la lluvia
el sauce
sus ramas eléctricas
y remojo con agua
con sangre
aquello
que se ha vuelto
pulida narración
pero que aún
cuenta
con algunos huecos
de donde
extraer
el segundo, los minutos,
estas horas que aquí
están
me rodean.


Si pudiera
Carlos Battilana

acostar
el cuerpo
bajo el agua
haría
que las estrías y los borbotones
arrasaran el barro
el polvo acumulado por años
y disolvieran
el lenguaje
antiguo
las viejas palabras
hasta volverme burbuja
charquito
un poco de agua
en el agua.

Carlos Battilana. De Velocidad Crucero, 2014. Ed: Conejos.

Epifanía


el amor me encuentra desarmada
vacía de estrategias
tengo escarcha en la boca la lengua de fuego
y los ojos repletos de caricias
no paro de girar y retorcerme dando tumbos
a su gusto
hiela y yo ahí, enfrente mío en la intemperie
alguna vez va a destruirme
pero hoy no es el momento




Karina Rodríguez




Siento, luego existo


Si pudiéramos enumerar todas las cosas que nos llevaron a creer.
Tan sólo recordarlas, una por una.
Si pudiéramos anclar el pensamiento, aislarlo. Ese, como el único. 
La enumeración de los detalles.
Tal vez entenderíamos por qué la esperanza se arraiga y no nos suelta. 
Aunque sea inútil.
Si pudiéramos elegir.



Karina Rodríguez

La gota en la clepsidra





Aquel instante del pasado
cae y perfora el ojo de un hombre.
Minutos como agujas.
             Años como naciones.
Anida en su interior la primavera.
Arena sus manos,
ilusorias fugas de amor,
corazón verdadero.
Pero en su voz la tristeza va tejiendo
figuras de cristal
como castillos imposibles,
frías mañanas que pueblan el alma 
devota que lo agita.
Él es un viento
de horas detenidas que arrasan
el único mundo verdadero (amor desesperado),
pero redimen al hombre que fue.


Karina Rodriguez

Hacia dónde vamos


Hay formas de amor que no están basadas en la evaluación de las cualidades del ser amado. Tampoco en su modificación. En ellas se admira y se acepta al otro en toda su extensión de ser humano, aún en la imperfección. Esas formas de amor no se ven limitadas por la reciprocidad ni se vuelcan hacia el resentimiento en caso de rechazo. Sin estar por eso exentas de dolor, esas formas de amor son la forma más pura de dar. Ese, y no otro es el amor libre: libre de la ley de reciprocidad, libre del apetito propio, libre del control mental y físico sobre el otro, libre del condicionamiento social. Ese amor es un amor con luz natural, que considera que la alegría y la seguridad del ser amado son tan significativas como las propias, e incluso más, aunque esa felicidad nos excluya. Por ende, no necesita poseer, aferrarse físicamente o dominar. Es libre. Aprende y evoluciona de las formas más primitivas y aberrantes del amor inculcado como "correcto". Signados como estamos por el amor pre-diseñado por los dueños de la moral, para la mayoría, estas formas de amor resultarán sino imposibles, inaceptables.

Pero hay que decirlo: ese Amor existe, aunque no abunde.



Karina Rodríguez (Black Rose)