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Los gorriones



Para Horacio


A mi alrededor, y concéntrica, apretándome, como anillos, la muchedumbre de casas, en uno de cuyos cuartos, en cada una, la misma imagen titila, azulada, tocando vagamente las caras vacías, sin expresión, cambiando, organizada, en la televisión racimos de mundos dados, dentro de uno, más arduo, que no se da.

Juan José Saer (La mayor)

No íbamos hacia un mundo maravilloso. Kant meó fuera del tarro, y la literatura fantástica lo entendió mucho antes que el resto. Ahora el peso nos derrumba, murmuramos apenas. Solo un cantar, triste y sosegado, entre los escombros, un cantar que no alcanza a ser voz ni llanto agónico. 

Rompemos con todo, como la única forma de libertad posible, como la única opción para ser escuchados, pero no alcanza: la angustia está ahí, gotea su silencio espeso, mientras el mundo nos atraviesa, mientras la básica, rutinaria y terca injusticia nos devora.


Los gorriones

El trinar de los gorriones entró por la ventana abierta,
pero yo desperté lleno de bruma: casi hasta el amanecer
busqué palabras sin provecho de belleza.
Los gorriones cantan una cascada
de notas rápidas y precisas.
Ellos ya resolvieron su problema
y cantan por oficio de sus cuerpos,
pero no los veo entre las espesas ramas del ficus.
Quizá ya se fueron,
quizá ya no existen gorriones en el mundo
y ahora el canto que persiste
es el gorrión verdadero, la dulce materia
de los gorriones que se extinguieron.
Y pregunto con solidaridad de insomne: ¿cuántos
buscaron
anoche
con agónico deseo
otras palabras
o un movimiento nuevo del cuerpo en la danza
o una melodía arrancada del inviolable silencio
de las estrellas
o un trazo de pincel
que dibuje el universo entero como quería Utamaro?
Acaso sea muy pronto para lograrlo, acaso,
aún somos muy densos.
Mientras tanto
balbuceamos, pergeñamos,
pero nadie podrá decir que no intentamos
llenar la sima de nuestra angustia.
Algún día, Dios mío, alcanzaremos a decirte
de qué materia estamos hecho.

José Watanabe (1945-2007)

Formas de ver el río


Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río ¡me atravesaba un río!

(Juan L Ortíz)

La mariposa Morpho se caracteriza por su gran tamaño, también por su llamativo color azul iridiscente, que en realidad no existe. Es que estas mariposas no son azules, de hecho, son transparentes; el color no es otra cosa que una ilusión óptica, proyectada en la retina del observador; un reflejo tan solo, de la luz en escalas microscópicas sobre diminutas escamas contenidas en las alas.

Nuestro cuerpo es nuestra casa, un cuerpo que allá por arriba no tiene ventanas, es cuerpo hermético, encerrado; pero que más abajo encuentra ingeniosamente algunas vías de comunicación. Tenemos como mínimo cinco sentidos, cinco ventanas enormes. La mirada es una de ellas. 

Mirar es un acto voluntario. Dice John Berger: es el acto mediante el cual lo observado logra acercarse, vale decir, queda a nuestro alcance. 

Existir es ser visto, es mirar y ser mirado. Como en la mariposa, la mirada nos atraviesa a cada instante, nos determina, nos constituye y nos transforma mediante un complejísimo proceso que entrama los pensamientos, el inconsciente y la introyección de contenidos e imágenes. 

Y algunas veces la mirada logra proezas formidables. Logra proyectar, penetrar más allá, convertirse en contemplación. Porque aunque del pensamiento propio nos queden apenas vestigios, lo cierto es que, aún con todo ese ruido, se piensa con el cuerpo y se recuerda con el cuerpo. Aunque el poder haya estado moldeando nuestro deseo, aún así, la contemplación puede convertirse en algo propio, puede convertirse en creación. 
Y en esa inmovilidad deliciosa, allí donde se sostiene el éxtasis, es donde radica toda posibilidad de recuerdo:

[...]

La llanura del Po ha dado toda su riqueza al norte de Italia, pero el río es impredecible, siempre cambiante, sinuoso, renuente a las normas. Cuenta con una larga historia de repeticiones regulares y de impredecibilidad. Unas veces es una corriente de cieno. Otras, empuja al propio mar. Su cauce sube y sube; de ahí el perenne peligro de inundaciones. 

La superficie de este río femenino, tal vez el más femenino del mundo, al contrario del Danubio, que es masculino, es calma, pero unas corrientes invisibles y feroces circulan por sus profundidades. Atención navegantes inexpertos: el Po riega y ofrece buenas cosechas; y es indiferente, como lo son todos los ríos.

En la película de Michelangelo Antonioni de 1943 el río es el protagonista, un protagonista caracterizado por su voluntad colosal de llegar al mar, pero sin mostrar jamás impaciencia. Cuando lo alcanza, el mar, en lugar de abrazarlo, le echa una mano para que se suba a la blanca cama del cielo.

[...]

John Berger


Aunque contemplar sea una forma de amor con mala prensa, hay un lugar donde están las palabras. De allí salen, aunque no regresan. Es un lugar inspirado, liminar, oculto; el centro mismo del misterio. Como una forma de evadir el sentido común colectivo y tóxico que nos rodea, mediante la contemplación lo que hacemos es acomodar las piezas deformes de la realidad patente dentro de nuestra modesta capacidad poética:


También en el amor
la condición del Ello es distinta.

Ella vista por él
es un impulso divino
que termina en el Infierno
si no lo detiene el Yo
o lo equilibra el Otro

la energía controlada
de sus intentos desmedidos
puede servir lo inverso que se teme

esto importa la necesidad
de apreciar su fuerza
que mata lo mediocre

por odiar lo falso
está presente en toda acción
controlada o sin control
que asombra al mundo
con su belleza o su violencia.

Francisco Gandolfo de El sueño de los pronombres.


Se tratará entonces de resignificar, reformular, de volver a contar, de actuar con las palabras. Como milagreros resucitadores, saldremos a encender los candiles en plena noche. Otros tendrán sus métodos también, incluso más eficaces. Siempre habrá tiempo para volver a lo que somos: habitantes de un mundo siniestro, testigos de calles densas y roñosas, abundantes en baratijas que nadie necesita, donde nuestras vidas se fundirán con otros miles de millones de vidas mediocres.

Así, contemplar es una forma de amar, ponerlo en palabras, una utopía:


Refulge otra vez el sol sobre el río,

siéntate en la hierba con espíritu tranquilo
y mira a los muchachos bañarse y reír.
Acepta estrictamente esta visión.


(Has mirado tu sombra desde el puente
y te ha extrañado
que no tuerza hacia la corriente)


Tú también te bañaste aquí
y entonces el río era igualmente sucio, dejaba
estrías de barro en las comisuras de la boca
donde se formaba esa risa gratuita, risa
sólo por estar allí, zambulléndose
y emergiendo con un único conocimiento,
el de las cualidades tangibles del agua.
Ése era el sentido de la risa.
Acepta estrictamente ese sentido y declina
la especulación poética. Porque es tu verso opaco
contra tu brillante alegría de muchacho.


José Watanabe (1946-2007) de El guardián del hielo, 2000.



Labyrinthus hic habitat Minotaurus

 


Y todo es tan lejano y puro
que una nueva inocencia nos consuela.

(Jacobo Fijman. El molino rojo)



Hablar es hablarse.
(Julio Cortázar. Los reyes)

Dudar como manera de existir. Elegir la historia que nos fue contada, o atreverse a una historia otra, sutil, no dicha, vuelta al revés. Una historia sobre otra, armada 
sobre otra, armada sobre otra, armada sobre otra; como en las cajas chinas. Lo cierto es que en cada trama, en cada sucesión de eventos entrelazados habita la duda, esa intemperie caprichosa. Dudar es la única opción, la única manera de elegir.



[...]
Míralo irse apremiado por la gloria que lo espera.
Se va ovillando el hilo que fue tendiendo al entrar.
Él no es de los audaces que se echan al camino ignoto
sin la certeza de volver.
No quiso la incertidumbre.
El hilo que lo guía hacia la salida
hace mediocre su brillante aventura.

Tú te quedas como un derrumbe de piedras
y una debilidad infinita, casi placentera.

Tu mirada, ya casi transparente, descubre
en el polvo
las huellas inequívocas
de las sandalias atenienses de Teseo.
Entre tantas antiguas pisadas confusas,
ellas van claras y decididas hacia la salida.

De pronto el sol se enciende sobre tu cabeza
y su luz reemplaza a tu sangre en tus venas
y circula
como una gracia postrera.
Anda tras las pisadas de Teseo, Asterión,
y muere mirando el paisaje de los hombres.

¿Puedes ver los campos que se extienden respirando
                                                             [cansinamente
como si una conciencia subterránea
aun deseara que el mundo fuese acogedor y eterno?
Mira sobre la superficie, en el camino cercano,
la estatua degollada de un dios olvidado,
un anciano que sube penosamente por un sendero de
                                                                        [cabras,
un asno que agoniza o duerme bajo un olivo,
un labriego que cosecha el trigo
que comerá mañana caviloso y cansado.
Aunque no esperabas otra cosa, Asterión,
estas desencantado.
Pero ya cae la tarde y bajo el último sol
solo brilla tu cuerpo que ya no existe.

José Watanabe (1945-2007) El otro Asterión (fragmento final)

El guardián del amor







El cuerpo es un pacto 
con la forma. 
Pero el deseo es la forma
que tiene el corazón
de deshacerse
de su cuerpo.

Susana Villalba


No obstante el cuerpo. Ese animal espeso y palpitante, que aún en su volumen más frágil y más doliente, aun en su necesidad más vasta o acotada, se vuelve inevitable. 

El cuerpo es apenas una bruma, es opción, vehículo de la riqueza ineludible del deseo, que con su poder nos desborda, pero que vale la pena cuidar. Porque en definitiva la vida es física, porque no importa que el hielo se derrita, y no importa que las palabras no alcancen para nombrar, lo importante es estar ahí para sentir lo que pasa.


El guardián del hielo

Y coincidimos en el terral

el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.

                   Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.

José Watanabe. De: Cosas del cuerpo, 1999
Recogido en: José Watanabe – Poesía completa.
Ed. Pretextos, 2008.


Peces raros


Estamos en 1957. Me encuentro en casa, durante las vacaciones de la facultad de Bellas Artes, sentado frente a mi madre en el salón. Hablamos de mi futuro. Mi madre considera que he elegido un oficio difícil. Tendré que luchar en la sombra, y puede que pasen muchos años hasta que alcance algún reconocimiento; y ni aún entonces es seguro que pueda ganarme la vida ni mantener una familia. Mi madre piensa que sería más inteligente que me hiciera abogado o médico. Justo en ese momento le digo que, aunque acabo de empezar Bellas Artes, lo que de verdad me interesa es la poesía. “Pero entonces jamás podrás ganarte la vida”, me dice. A mi madre le preocupa que yo pueda sufrir innecesariamente. Le explico que los placeres que es capaz de proporcionar la poesía son muy superiores a los del dinero o la estabilidad. Le propongo leerle algunos de mis poemas favoritos de Wallace Stevens. Comienzo por “La idea de orden en Key West”. Al rato, sus ojos se cierran y su cabeza se vence hacia un lado. Mi madre se ha dormido en el sillón.

Mark Strand de La vida secreta de la poesía.


Gilles Lipovetsky, sociólogo y filósofo francés, escribe que en esta triste posmodernidad social el valor supremo es el individuo, esto representa la manifestación final de la revolución individualista. Es decir, la muerte de lo colectivo. 

Somos egoístas, indiferentes, caníbales protegiendo nuestra parcela de patio. Estamos estancados, como zombies intentando el envión con el cerebro frito; sin ideologías ni futuro, el entendimiento del hombre mediocre va en franco descenso. Ya es evidente. Existen algunos puntos de luz, es cierto, pero quizás demasiado dispersos en la noche futura. 

Futuro ya no es sinónimo de progreso. 

Reina un vacío que no es ni trágico ni apocalíptico, un vacío que apenas genera indiferencia. La apatía es un manto que todo lo cubre, la angustia de existir intenta ser neutralizada con la complicidad de los medios de consumo masivo: redes sociales, dispositivos electrónicos, psicofármacos, series, religiones y tarjetas de crédito. 

Hoy todo es hoy. La sociedad posmoderna es la apoteosis del consumo, formada por individuos que se consideran libres mientras comen las mismas cosas, utilizan y consumen los mismos objetos, tienen las mismas ideas, los mismos deseos y creen en las mismas religiones que millones y millones de otros individuos en el mundo.

Es que habitamos un mundo donde día tras día nos dicen qué es lo deseable, cómo y con quién; un mundo donde crecen y se multiplican las técnicas de control social, eso sin ejercer violencia alguna; un mundo donde a nadie le importa lo que los otros dicen, porque hay tantos y tantos contenidos disponibles que existe una indiferencia absoluta por ellos. Palabra tras palabra, imagen tras imagen todos se expresan.

Todos publican, pero nadie mira. 

Así, ya no suena extraño que el individuo actual tome el cuidado de relacionarse solo con aquellos que son como él. Un individuo aséptico, con el agua hasta el cuello, nadando en su pequeño estanque donde lo social se disemina en grupos reducidos. Lipovetski nos asegura que no es que seamos a-sociales, es que creamos microgrupos de identificación con intereses miniaturizados. Una sociedad donde el objetivo general pareciera ser encontrarse con iguales antes que litigar con diferentes. 

No sé si caminamos o no hacia la extinción, lo cierto es que ninguna cosa que haya sido escrita podrá decirnos realmente cómo vivir. Ninguna que persiga esa intención, al menos. Sin embargo, nada nos prepara para la belleza, la exposición permanente a ella, la ética de la pausa, la digestión lenta y calmada de las palabras, de algunas historias, de muchos poemas, es posible que algo logren. Porque existe un aprendizaje -y un goce- que no están vinculados a la vida material.


Fábula ingenua 

Aquí, allá, cuando el río desciende,
quedan pequeñas charcas abandonadas al sol. Sus orillas
de barro empiezan a resquebrajarse
y los pececitos azules se arraciman con angustia
en el centro de un agua que pronto será hirviente.
He aquí la fábula tonta de los que perdieron el gran caudal.

Ya nunca más blancas arenas del fondo del río
ni ramas de sauce jugando en la corriente
ni refugios debajo de las piedras donde el agua se riza
y sisea
ni sombras de los viejos puentes patriarcales
ni luna en el remanso
ni playas bajas que permitan alcanzar la tierra, las casas
ribereñas con puertas para tocar
y clamar con voz pequeñita: vengo del agua, dadme agua.

José Watanabe de Banderas detrás de la niebla. 
Editorial Pre-Textos, Valencia, 2006.
Editorial Peisa, Lima, 2006.


La otra belleza


Y la serpiente le dijo a Eva: 
eritis sicut dii scientes bonum et malum
(Génesis. 3-5)


Temo a las formas más simples de estar en el mundo: pensar sin accionar, accionar sin pensar. Son las formas del hombre moderno. El que vive clavado a su pensamiento no se mueve, ni el autómata se detiene a reflexionar. 

La realidad, sí, la realidad:
un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo
(Olga Orozco)

No hay deseo sin acción sobre la realidad. No hay astucia en las pequeñas venganzas cotidianas. No alcanza con sacar la basura a deshora, no alcanza con comerse todo el pan; no sirve dejar de cambiarle las piedras a los gatos para que la casa huela a mierda por un tiempo.  La vida no se trata de esas acciones banales y pequeñas, es necesario anteponer lo personal frente a la acción totalizadora de lo igual; vivir no alcanza para existir, es poco para estar en el mundo. 

Un pensar y un actuar propios, que nos aparten de la masa social ciega y decadente, que nos mantengan a salvo de la espectacularización para que no nos manche con su pornográfica transparencia; porque el deseo, la deriva, los intersticios, las sombras son la vida verdadera.


...
 A veces
un leve crujido entre dos piedras,
un grito lejano, un temblor en el aire,
sobresaltan tu sueño. Tu pensamiento
es de sospechas.
¿Crees que el mundo se está desmoronando
por sus bordes
y está cayendo en el mar?
¿Crees que ya todo está destruido
y esta casa flota en el espacio buscando un lugar
donde posarse?

Esta casa, Asterión, es como el águila
que cruza el cielo: ha nacido
del propio deseo de navegación del infinito.
Los cretenses temen esta construcción, la evitan,
dicen, aunque no me consta: ¿no hubiera sido más simple
encerrarlo en una cueva tapiada
o entre cuatro paredes con un perro carcelero?

El Rey pudo haberte asesinado, Asterión,
y arrojarte a los extramuros donde las aves de rapiña
y los cerdos
se disputan los animales muertos.

Te exiliaron aquí como una advertencia.
Eres más que la memoria de su vergüenza:
en ti se cumplió la más honda biología, el deseo
que se realiza como en el sueño
donde lo atroz es una feliz inconsciencia.
En ti está la otra belleza,
la que encendió a tu madre,
la que podría desordenar el mundo.

El otro Asterión. Fragmento (José Watanabe)


La ética de los insatisfechos



Conversion, software version 7.0.
Looking at life through the eyes of a tired hub.
Eating seeds as a pastime activity,
the toxicity of our city.

Toxicity (System of a down)


La libertad puede ser solo si se la conquista.
Clarice Lispector

Aquí, en esta época de omnipotentes y narcisistas, donde caminamos hacia la destrucción última como zombies: ciegos, desnutridos, faltos de imaginación. Aquí donde vivimos atados indefectiblemente al flujo del capital, a una materialidad excesiva, tan mercantilista como siniestra, una materialidad en el peor sentido que puede atesorar esa palabra: su sentido vulgar, su sentido en relación al consumo. Aquí donde incluso el tiempo extraeconómico deberá ser pensado como mercancía para que funcione, para que no lo lamentemos perdido, los cuerpos aún se comunican. 

En esa comunicación, en esa irrupción inesperada del otro, en ese choque de cuerpos, fluye lo no dicho, aquello que puede acompañar e incluso contradecir la palabra. Porque a contracorriente de la voluntad de orden social somos en realidad entropía, desorden, caos. 

La incertidumbre es el camino, y esa incertidumbre, ese ver borroso, esa vacilación, son parte de una ética que provoca angustia. Una ética alejada de la tranquilidad, de la pasividad del conformismo burgués; una ética que nada tiene que ver con el consumo: la ética de la insatisfacción, tan viva, tan flexible, tan cercana al pensamiento crítico.

Sin embargo, en oposición a lo que quieren imponernos día tras día la maquinaria social y el sentido común, estamos los que pensamos que la angustia no es patológica. Quite the contrary. No debe callarse jamás.

La angustia tiene una función virtuosa: es una brújula mental que nos empuja a movernos, que nos impulsa a pensar, a reformular acciones y actitudes. La angustia nos mantiene alerta y en movimiento. 

Y el movimiento es vida. 


El otro Asterión

Es joven y dice llamarse Teseo,
blande su espada refulgente alrededor de ti.
Vino creyendo encontrar una fiera,
ahora sabe que no lo eres.
Mirando tu danza de esquivamientos
comparte contigo la razón peligrosa:
la vida depende de una falla en la cadencia.

El traspié ha sido tuyo, Asterión:
la espada ha entrado ciegamente en tus entrañas:
qué verdadero es el metal en la blandura de un cuerpo,
y tu frente hirsuta
y tus agudas astas
caen ante este muchacho que te confiesa temblando
que tú eres su primer muerto.

Míralo irse, tan apremiado por la gloria que lo espera.
Se va ovillando el hilo que fue tendiendo al entrar.
Él no es de los audaces que se echan al camino ignoto
sin la certeza de volver.
No quiso la incertidumbre.
El hilo que lo guía hacia la salida
hace mediocre su brillante aventura.

Tú te quedas como un derrumbe de piedras
y una debilidad infinita, casi placentera.

José Watanabe. El otro Asterión (fragmento) en Banderas detrás de la niebla. Editorial Pre-textos (2006)



Una mirada otra


Mi lengua materna golpea
la frase
en el muro de la prisión.

Déjame, madre, que transmita
las voces
que aúllan al caer como cascadas.


(John Berger. Páginas de la herida)


 
La mirada es una zona interior donde sedimentan las experiencias reales y las imaginarias. De algún modo esto significa que está cargada de condicionantes. Tal vez por eso no deberíamos consentir jamás la prostitución de la belleza. La belleza está en la mirada, no encaja en ningún molde, no puede ser dicha por otro.

Lo que sabemos, aquello que creemos, todo lo inserto en nuestras psiquis desde la más temprana edad, incluso la memoria colectiva, así como nuestras experiencias personales posteriores a la niñez afectan el cómo vemos.

De este modo, la mirada debe entenderse como un soporte básico y a la vez constitutivo de la subjetividad humana. Ahora bien, mirar es un acto voluntario, una elección. Mirar es elegir, aunque nos exijan transparencia, aunque nuestra subjetividad esté irremediablemente domesticada, aunque día tras día vivamos inmersos en un infierno de lo igual, en el goce idiota de la repetición. 

No apunto con la mano, aquel que apunta con la mano ha olvidado el rostro de su padre. Apunto con el ojo.

No disparo con la mano, aquel que dispara con la mano, ha olvidado el rostro de su padre. Disparo con la mente.

(Stephen King. The dark tower)

En este contexto lo único realmente importante es cómo vemos las cosas, porque mirar es detenerse en lo que nos interesa para observarlo en detalle. Así, como buena mediadora de la expresión y de la comunicación efectiva, la mirada transforma expresión y comunicación y lo hace en base a un complejo mecanismo de observaciones, creencias y experiencias previas. 

En la Edad Media, cuando la gente creía en la existencia física del Infierno, la observación del fuego seguramente debió haber significado algo muy distinto de lo que significa para nosotros hoy. No obstante, su idea del Infierno debía mucho a la visión del fuego que se consume y a las cenizas que permanecen, así como a su experiencia del dolor de las quemaduras. 
Cuando se ama, la observación del ser amado tiene un carácter de absoluto que ninguna palabra, que ningún abrazo puede igualar: un carácter de absoluto que solo el acto de hacer el amor puede igualar aunque sea temporalmente.

(John Berger. Modos de ver)

En definitiva, toda imagen involucra también un modo de ver. La mirada transforma el arte, puede ser una entidad autárquica, al mismo tiempo que describe aquello que observa, se inscribe reflexivamente en ese marco, se fusiona con el paisaje que destaca.

El momento estético ofrece una esperanza porque al vivir la belleza de un cuadro o de una flor nos sentimos menos solos, insertos en una experiencia mucho más profunda de lo que el aislamiento nos haría pensar.

La mantis

Mi mirada cansada retrocedió desde el bosque azulado por el sol
hasta la mantis religiosa que permanecía inmóvil a 50 cm. de mis ojos.
Yo estaba tendido sobre las piedras calientes de la orilla del Chanchamayo
y ella seguía allí, inclinada, las manos contritas,
confiando excesivamente en su imitación de ramita o palito seco.
Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre,
pero se desintegró entre mis dedos como una fina y quebradiza cáscara.

Una enciclopedia casual me explica ahora que yo había destruido
a un macho
           vacío.

La enciclopedia refiere sin asombro que la historia fue así:
el macho, en su pequeña piedra, cantando y meneándose, llamando hembra
y la hembra ya estaba aparecida a su lado,
acaso demasiado presta
                       y dispuesta.

Duradero es el coito de las mantis.
En el beso
ella desliza una larga lengua tubular hasta el estómago de él
y por la lengua le gotea una saliva cáustica, un ácido,
que va licuándole los órganos
y el tejido del más distante vericueto interno, mientras le hace gozo,
y mientras le hace gozo la lengua lo absorbe, repasando
la extrema gota de sustancia del pie o del seso, y el macho
se continúa así de la suprema esquizofrenia de la cópula
                                                a la muerte.
Y ya viéndolo cáscara, ella vuela, su lengua otra vez lengüita.

Las enciclopedias no conjeturan. Ésta tampoco supone qué última palabra
queda fijada para siempre en la boca abierta y muerta
                                                   del macho.
Nosotros no debemos negar la posibilidad de una palabra
                de agradecimiento.

José Watanabe (1946-2007) de: El uso de la palabra. 1988


Chubascos de lucidez



¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila ¿azul?
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.

Gustavo Adolfo Bécquer (Rimas)

En algún lugar en el tiempo, que se cree cercano a 1891, el poeta francés Stéphane Mallarmé expresó sin rodeos:

“Creo que la poesía se hace para el fasto y las pompas supremas de una sociedad donde tiene su sitio la gloria, una noción que la gente común parece haber perdido. La actitud de un poeta en épocas así, en las que está en huelga con la sociedad, consiste en dejar a un lado los medios erróneos que puedan brindársele. Es que todo lo que se le pueda proponer a un poeta resulta inferior a sus concepciones y a su íntimo trabajo secreto. […]No hubiera valido la pena pasar quince años de mi vida componiendo un soneto si un señor (o todos ellos) lograsen captar su sentido pleno en quince minutos. Lo prefiero profano antes que profanador. Detesto las escuelas, las academias, porque la literatura es justamente lo contrario, es pura individualidad.” 

Antes de elaborar cualquier juicio sobre este autor deberíamos ubicarlo en contexto. Lo cierto es que Mallarmé lamentaba profundamente el tiempo que día tras día empleaba en ganarse el sustento; para él, las horas de trabajo no dedicadas al arte eran horas perdidas. En definitiva, lo que el escritor detestaba era la trágica insignificancia de la vida corriente. Más allá de sus ideas elitistas, Mallarmé era, por cierto, muy buen poeta.

Pero de sus palabras también podemos concluir algo más. Estas palabras nos hablan de una poesía poco explícita, sin remates. Inaccesible, si se quiere, o al menos imprecisa. Vaga aunque sugerente. Es que, en palabras de este gran apasionado por Baudelaire y Verlaine, nombrar es suprimir y la creación no reside en ningún otro sitio que no sea el de la insinuación. 

Para Mallarmé el objeto debe evocarse adivinándolo, intuyéndolo, descubriendo poco a poco el misterio en el que habita. Quizás por eso muchas veces los escritores nos empeñamos en cultivar aquello que se aparta del gentío. La poesía vive en su propio espacio. Aunque a veces extienda sus brazos amorosos para establecer alguna conexión con el mundo, no abandonará su morada.

O tal vez todo se trate de que la creación no resiste el más mínimo análisis, en parte porque el lenguaje es una piedra alada, para citar la exquisita metáfora que el escritor peruano José Watanabe nos susurrara antes de morir. 
...
Su carne todavía agónica
empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus
huesos
blancos y leves
resbalaron y se dispersaron en la arena.

Extrañamente
en el lomo de la piedra persistió una de sus alas,
sus gelatinosos tendones se secaron
y se adhirieron
a la piedra
como si fuera un cuerpo.

Durante varios días
el viento marino
batió inútilmente el ala, batió sin entender
que podemos imaginar un ave, la más bella,
pero no hacerla volar.

Lo que es definitivo es que hay en nosotros -equivocada o no- una percepción distorsionada, una percepción que se encuentra o se pone al servicio de la creación, y que pocas veces coincide con la del resto del mundo.

De hecho, aquí podemos mencionar una anécdota jugosa que viene muy al caso. Cuando murió Emil Cioran, el escritor Félix de Azúa confesó públicamente que en 1970, durante la gran huelga de barrenderos de París, en días en los que la ciudad se encontraba enteramente cubierta de basura, cuando las ratas cruzaban a toda hora las incómodas calles, mientras la población huía del humo pestilente que brotaba de las montañas de materia descompuesta, cada noche, Samuel Beckett llamaba a Emil Cioran para invitarlo a pasear por las calles. Así que ambos, Beckett y Cioran, dos vagabundos, dos flaneurs, paseaban durante horas complacidos. Coincidían plenamente en que París nunca antes había estado tan hermosa. 

Y si hablamos de los puntos de vista de este gran escéptico que fue Ciorán, defensor férreo de la palabra de Borges, del tango y de la Patagonia, tildado por la crítica de pesimista, realista y nihilista, deberíamos decir que para él toda creación lleva, hasta en su más pequeño detalle, la marca de la tristeza inicial de la que ha surgido. Un punto interesante.

“Lo que hay en nosotros por demás anclado, aunque poco perceptible, es el sentimiento de un quiebre esencial. Se trata de todos, dioses incluidos. Y lo que es notable es que la gran mayoría está lejos de adivinar que experimenta ese sentimiento. Estamos por lo demás -favor de la naturaleza- destinados a no darnos cuenta de ello. La fuerza de un ser tal vez reside en su incapacidad de saber hasta qué punto es capaz de aguantar. La consciencia es un puñal en la carne, aunque prefiero que me devore ese fuego interno antes que morir en la resignación de los sabios.”

Por otro lado, para la rumana Herta Müller, la poesía -y toda la literatura- no es más que artificio. Artificio que se nutre de realidad y que intenta captarla, sin excluir por ello los sueños, las leyendas, la superstición o la percepción subjetiva:

“La literatura es algo totalmente artificial. Y justamente para captar realidades, debe ser artificial. […] Yo trabajo con esa artificialidad y naturalmente uso cada truco que puedo y todos los medios para captar lo mejor posible una frase, una persona, una situación. La mitología, la superstición, lo arcaico son también poesía. La superstición es la poesía de la gente sencilla y también tiene algo fascinante. De ahí que encaje con tanta facilidad en la literatura.”

Después de semejante tormenta de lucidez, movámonos ahora sobre una creación de esta autora genial, ganadora del premio Novel de literatura en 2009. El que considero, hasta ahora, su mejor poema.

Los barrenderos 

La ciudad está impregnada de vacío.
Un coche me atropella los ojos con sus faros.
El conductor maldice porque no se me ve en la oscuridad.
Los barrenderos están de servicio.
Barren las bombillas, barren las calles fuera de las ciudades, barren el vivir de las viviendas, me barren las ideas de la cabeza, me barren de una pierna a otra, me barren los pasos al andar.
Los barrenderos me envían luego sus escobas, sus magras escobas saltarinas. Los zapatos se me alejan taconeando.
Y camino detrás de mí, caigo fuera de mí, por sobre el borde de mis pensamientos.
A mi lado ladra el parque. Las lechuzas se comen los besos que han quedado en los bancos. Las lechuzas ni me miran. En la maleza se acurrucan los sueños cansados, hartos de trajinar.
Las escobas me barren la espalda porque me apoyo demasiado contra la noche.
Los barrenderos hacen un montón con las estrellas, las barren en sus palas y las vacían en el canal.
Un barrendero le dice algo a otro barrendero, que se lo dice a otro y éste también a otro.
De pronto los barrenderos de todas las calles hablan a la vez. Yo paso por entre sus gritos, por entre la espuma de sus voces, me quiebro, me precipito al abismo de los significados.
Camino a grandes pasos. Me quedo sin piernas al caminar.
El camino ha sido barrido.
Las escobas me caen encima.
Todo da un vuelco.
La ciudad va por el campo a la deriva, hacia algún punto.

Herta Müller.