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Formas de ver el río


Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río ¡me atravesaba un río!

(Juan L Ortíz)

La mariposa Morpho se caracteriza por su gran tamaño, también por su llamativo color azul iridiscente, que en realidad no existe. Es que estas mariposas no son azules, de hecho, son transparentes; el color no es otra cosa que una ilusión óptica, proyectada en la retina del observador; un reflejo tan solo, de la luz en escalas microscópicas sobre diminutas escamas contenidas en las alas.

Nuestro cuerpo es nuestra casa, un cuerpo que allá por arriba no tiene ventanas, es cuerpo hermético, encerrado; pero que más abajo encuentra ingeniosamente algunas vías de comunicación. Tenemos como mínimo cinco sentidos, cinco ventanas enormes. La mirada es una de ellas. 

Mirar es un acto voluntario. Dice John Berger: es el acto mediante el cual lo observado logra acercarse, vale decir, queda a nuestro alcance. 

Existir es ser visto, es mirar y ser mirado. Como en la mariposa, la mirada nos atraviesa a cada instante, nos determina, nos constituye y nos transforma mediante un complejísimo proceso que entrama los pensamientos, el inconsciente y la introyección de contenidos e imágenes. 

Y algunas veces la mirada logra proezas formidables. Logra proyectar, penetrar más allá, convertirse en contemplación. Porque aunque del pensamiento propio nos queden apenas vestigios, lo cierto es que, aún con todo ese ruido, se piensa con el cuerpo y se recuerda con el cuerpo. Aunque el poder haya estado moldeando nuestro deseo, aún así, la contemplación puede convertirse en algo propio, puede convertirse en creación. 
Y en esa inmovilidad deliciosa, allí donde se sostiene el éxtasis, es donde radica toda posibilidad de recuerdo:

[...]

La llanura del Po ha dado toda su riqueza al norte de Italia, pero el río es impredecible, siempre cambiante, sinuoso, renuente a las normas. Cuenta con una larga historia de repeticiones regulares y de impredecibilidad. Unas veces es una corriente de cieno. Otras, empuja al propio mar. Su cauce sube y sube; de ahí el perenne peligro de inundaciones. 

La superficie de este río femenino, tal vez el más femenino del mundo, al contrario del Danubio, que es masculino, es calma, pero unas corrientes invisibles y feroces circulan por sus profundidades. Atención navegantes inexpertos: el Po riega y ofrece buenas cosechas; y es indiferente, como lo son todos los ríos.

En la película de Michelangelo Antonioni de 1943 el río es el protagonista, un protagonista caracterizado por su voluntad colosal de llegar al mar, pero sin mostrar jamás impaciencia. Cuando lo alcanza, el mar, en lugar de abrazarlo, le echa una mano para que se suba a la blanca cama del cielo.

[...]

John Berger


Aunque contemplar sea una forma de amor con mala prensa, hay un lugar donde están las palabras. De allí salen, aunque no regresan. Es un lugar inspirado, liminar, oculto; el centro mismo del misterio. Como una forma de evadir el sentido común colectivo y tóxico que nos rodea, mediante la contemplación lo que hacemos es acomodar las piezas deformes de la realidad patente dentro de nuestra modesta capacidad poética:


También en el amor
la condición del Ello es distinta.

Ella vista por él
es un impulso divino
que termina en el Infierno
si no lo detiene el Yo
o lo equilibra el Otro

la energía controlada
de sus intentos desmedidos
puede servir lo inverso que se teme

esto importa la necesidad
de apreciar su fuerza
que mata lo mediocre

por odiar lo falso
está presente en toda acción
controlada o sin control
que asombra al mundo
con su belleza o su violencia.

Francisco Gandolfo de El sueño de los pronombres.


Se tratará entonces de resignificar, reformular, de volver a contar, de actuar con las palabras. Como milagreros resucitadores, saldremos a encender los candiles en plena noche. Otros tendrán sus métodos también, incluso más eficaces. Siempre habrá tiempo para volver a lo que somos: habitantes de un mundo siniestro, testigos de calles densas y roñosas, abundantes en baratijas que nadie necesita, donde nuestras vidas se fundirán con otros miles de millones de vidas mediocres.

Así, contemplar es una forma de amar, ponerlo en palabras, una utopía:


Refulge otra vez el sol sobre el río,

siéntate en la hierba con espíritu tranquilo
y mira a los muchachos bañarse y reír.
Acepta estrictamente esta visión.


(Has mirado tu sombra desde el puente
y te ha extrañado
que no tuerza hacia la corriente)


Tú también te bañaste aquí
y entonces el río era igualmente sucio, dejaba
estrías de barro en las comisuras de la boca
donde se formaba esa risa gratuita, risa
sólo por estar allí, zambulléndose
y emergiendo con un único conocimiento,
el de las cualidades tangibles del agua.
Ése era el sentido de la risa.
Acepta estrictamente ese sentido y declina
la especulación poética. Porque es tu verso opaco
contra tu brillante alegría de muchacho.


José Watanabe (1946-2007) de El guardián del hielo, 2000.



Hedonistas, éticos y ateos



...el olvido prospera
no con fémures secos sino con vidas llenas de savia
y nuestros mejores ayeres, son ahora fétidos montones
de nombres arrugados, números telefónicos y fichas descoloridas.
Estoy dispuesto a convertirme en una florecilla
o en un moscón, pero a olvidar, jamás.
Y rechazaré la eternidad a menos que
la melancolía y la ternura
de la vida mortal; la pasión y el dolor;
la luz de ese avión que desaparece
a la altura de Hesperus; tu gesto consternado
cuando se han acabado los cigarrillos; la manera
en que le sonríes a los perros; la huella de baba plateada
que dejan los caracoles en las piedras; esta buena tinta, esta rima,
este papel, este delgado elástico
que cae siempre en forma de ocho,
estén en el cielo a disposición de los que acaban de morir
almacenados en cajas fuertes a través de los años.


Pale fire (fragmento) Vladimir Nabokov.



Michel Onfray es, a todas luces, un individuo de los márgenes. De los márgenes de la filosofía, quiero decir. Aunque quizás sea mejor decir que es un filósofo distinto. Ocurre que transita a contramano de la escuela filosófica tradicional; y que, de tanto andar en los márgenes, se ha caído del establishment, y desde allí se pelea con todo orden preestablecido.

Me cae bien ese señor, porque las religiones ecuménicas le producen náuseas. Así lo expresa en su Tratado de ateología, publicado en Francia en el año 2005.

Onfray considera que todas las religiones monoteístas son animadas por un mismo impulso:

Las tres religiones monoteístas comparten una serie de aversiones idénticas: odio a la razón y la inteligencia, odio a la libertad, odio a todos los libros en nombre de uno solo, odio a la vida, odio a la sexualidad, a las mujeres y al placer, odio a lo femenino, odio a los cuerpos, los deseos, los impulsos. En lugar de todo esto, el judaísmo, el cristianismo y el islam defienden la fe y la creencia, la obediencia y la sumisión, el gusto por la muerte y la pasión por el más allá, el ángel asexuado y la castidad, la virginidad y la fidelidad monógama, la esposa y la madre, el alma y el espíritu. Es decir, la vida crucificada y la celebración de la anulación personal.

Y como si no fuera suficiente, los idealistas le dan un poco de pena.

Así es que en 2006 dio existencia a su Manifiesto Hedonista, traducido al español en 2008. Allí expresa que la tradición filosófica europea para él no significa más que una sucesión de notas al pie de las ideas de Platón. Según argumenta, occidente ha hecho de la idea una religión, donde Sócrates es considerado el mismísimo mesías y Platón su principal apóstol.

Onfray escribe que es gracias a Sócrates y sus discípulos que el cristianismo se ha convertido en la religión oficial. Afirmados en cosas tales como el dualismo cuerpo-alma, la reencarnación, la existencia del alma inmaterial y el desprecio por el cuerpo, todavía vivimos en un “cristianismo platónico” basado en el ascetismo y la condena postmortem.

Las ideas de Sócrates son el punto de partida de la historia oficial de la filosofía, y en ese camino el cristianismo se convirtió en religión. El idealismo es, de este modo, la filosofía dominante y se ha sostenido a partir de tres momentos principales: el platónico, el cristiano y el idealismo alemán.

Sin embargo, existe otra filosofía, una contrafilosofía, si se quiere, en la cual se afirma Michel Onfray, y con ella viene también toda una lista de marginales que nos han precedido. El doctor Claudio Teran los identifica como aquellos que se han constituido en los despreciados del platonismo, y la historia nos habla de Demócrito, Epicuro, Bentham, Montaingne, Nietzsche, Deleuze y el querido Michael Foucault.

Son los llamados materialistas. En su libro, Onfray intenta adentrarse en lo que él teoriza como el antimaterialismo o el “prejuicio del platonismo”. Porque para Michel Onfray el materialismo desata la furia de los idealistas a causa de un prejuicio infundado, que no es más que un error de interpretación.

Epicuro fue exonerado del panteón de la filosofía por lujurioso, vago, bebedor y pedante. Sin embargo, del mismísimo surge la definición de Ataraxia. Un concepto que define al placer como la ausencia de turbación a través del uso prudente y dosificado de los deseos naturales y necesarios. Esta idea peligrosa y desafiante fue interpretada por los seguidores de Platón, de un modo que se nos escapa, como si se refiriese específicamente a la voluptuosidad trivial de las bestias abandonadas al goce más brutal.

No contento con esto, Michel Onfray va por la pregunta:

¿Qué nos reprochan los idealistas?

Tal vez nos reprochan el anhelo de cierta felicidad aquí en la tierra (de ser posible aquí y ahora). No después, no en el otro mundo. Y de todos los conceptos el de la inmanencia se les presenta como el más escabroso, porque el platonismo parece haberle declarado la guerra a todo lo que celebre pulsiones de vida.

Es cierto que la idea de permanecer en sí, sin ir más allá, sin depender de ninguna trascendencia y sin ahorrar para ganar las credenciales celestiales causa verdadero terror. Es como empezar a aceptar que somos esto y nada más. 

Tampoco es caprichoso que desde tiempos remotos en las religiones, en la historia y también en la literatura la voluptuosidad y la belleza femeninas hayan sido asociadas con la maldad, la posesión demoníaca, y la “falta de alma”, tal vez por eso el hedonismo ha sido designado como la doctrina brujeril por excelencia.

Por otro lado, el materialismo hace el intento de disminuir los dioses y los miedos, trata de mitigar la idea de la muerte, sin olvidar que vamos a morir. Mediante el ejercicio del “aquí y ahora”, busca filosofías pequeñas y viables antes que construcciones inútiles de santidad y heroísmo, tan sublimes como inalcanzables.

El objetivo primero del materialismo es rechazar el dolor como acceso al conocimiento y a la redención, sin apartarlo de la vida, obvio, aunque integrándolo en ella. Es decir, sin provocarlo. Vivir ahora, procurarse el placer y la alegría, acceder a lo que pide el cuerpo sin culpas y sin detestarlo por ello. Dominar las pasiones, los deseos y las emociones, pero nunca con el propósito de extirparlos.

Entonces, todo se trata básicamente del proyecto de Epicuro: el puro placer de existir. Y, como en la filosofía de Diógenes, aquí solo cuenta lo real. El cuerpo pagano, sin Dios, es el único bien concreto del que disponemos. Para los hedonistas la vida debería ser una fiesta. La filosofía de Nietzsche propuso algo similar, para el filósofo el pensamiento brota de la tensión entre esta carne subjetiva que dice yo y el mundo que la contiene, no viene del cielo.

En contrapartida, los platónicos creen en un cielo de las ideas donde flotan los conceptos. Esta vida no vale nada para ellos, porque nada equivale al fantástico universo conceptual. Así es como en la aristocracia de la filosofía todavía reina Platón, el enemigo de la carne.

Toda la tradición filosófica se opone a que la razón brote del cuerpo, rechaza la materialidad y la mecánica del ser. Rinde honores al fantasma de un pensamiento sin cerebro: no hay carne venerable, la carne es el infierno.  

Para avanzar Onfray propone descontaminar los conceptos principales del Hedonismo, aquellos que han sido vaciados de sentido. No podemos seguir aceptando que materialismo se refiere únicamente a la obsesión por la acumulación de bienes y riquezas. El materialismo en realidad es un concepto que considera el mundo reductible a un simple ordenamiento de la materia.

En cuanto al concepto de utilitarismo, otra palabra vaciada de sentido, podemos decir que en la modernidad se lo usa siempre como un concepto asociado a la tendencia a ser egoísta, interesado y carente de toda generosidad. Pero Onfray encuentra que ser utilitarista se refiere estrictamente a buscar la mayor felicidad para el mayor número de personas posible.

Con el concepto de hedonismo ocurre algo similar. Vulgarmente se lo encuentra asociado al placer grosero y trivial del consumismo liberal. Sin embargo, conceptualmente tiene que ver con gozar y hacer gozar. Es cierto que se refiere al goce propio, pero también incluye el goce del prójimo.

Porque no puede haber ética sin prójimo.

El nihilismo postmoderno nos ha llevado a vivir en una época sin brújulas ni cartografía, y el mayor problema quizás sea que cuando una civilización finaliza, antes del inicio de otra, en la transición suele aparecer el pensamiento mágico. Onfray propone transitar la alternativa. Podríamos evitar la polarización judeocristianismo versus islam. Podríamos oponer la inteligencia contra toda doctrina que procure monopolizarnos el espíritu.

Podemos también elaborar una moral más modesta que la que nos proponen las religiones; una moral posible, realizable. Evitar la ética del hombre santo o del héroe, decíamos antes. Esto es, oponer los cuerpos, las pasiones, los deseos, la inteligencia; oponer la vida. Ir tras la ética del sabio.

Porque mientras triunfe Dios la moral será una subdivisión de la teología. Dios ha sido históricamente suficiente respuesta para todo, y cuando no está, el clero atiende las 24 horas.

La ética –dice Onfray- es asunto del cuerpo, no del alma.

Somos cuerpo, no tenemos un cuerpo. Somos un conjunto de órganos en sistemas relacionados entre sí que hacen funcionar esa maquina sublime que es el cuerpo. El bien, el mal, la justicia, la injusticia, incluso la belleza, son conceptos humanos, creados por el hombre, y como tales dependen de decisiones humanas que responden a su vez a convenciones, a contratos históricos. Esas formas no existieron a priori.

No puede haber moral sin conexiones neuronales que lo permitan. La moral no es un asunto teológico entre los hombres y Dios sino una historia inmanente que involucra solo a los hombres. La moral universal, eterna y trascendente debe ceder paso a la ética particular, temporal e inmanente. Sin olvidar que no se trata de ser santos, sino de buscar la sabiduría.

Deberíamos practicar una ética dinámica, siempre en movimiento -escribe Onfray- donde el otro sea responsable de su lugar en el esquema ético. La ética debe ser un espacio donde no exista un lugar definitivo, donde todo fluya en base a las acciones. Así, no existiría la “amistad” sino las demostraciones concretas de amistad; no existiría el “amor” sino las demostraciones del amor. Igual para el odio. Onfray nos habla constantemente de hechos y gestos que formen parte de una aritmética que permita deducir la naturaleza de esas relaciones.

Es así como desde la perspectiva hedonista, el deseo del placer del otro estimulará el movimiento de atracción, mientras el displacer estimulará el movimiento de distancia. Todas las virtudes tienen así el mismo sentido, su presencia une pero su falta desune. En esta ética Dios no juzga y nadie juzga, porque aquí la sanción es inmediata. El resultado consiste en la determinación de una relación, ya sea su descomposición y ruptura o su solidificación.

Epicuro sostenía que era preferible un displacer inmediato si eso nos conduciría a un placer final. El goce sin consciencia para él representaba la ruina del alma; por eso para los epicúreos la sumatoria de los placeres debe ser siempre mayor a la de los displaceres.

Para la ética hedonista, el sufrimiento es el mal absoluto, mientras que el bien absoluto coincidirá con el placer, definido como la ausencia total de perturbación, la serenidad y la tranquilidad del espíritu.

Vivir es moverse entre esos extremos.

Tal vez todo sea un asunto de perspectiva, ya que el hedonismo nunca se posiciona en la indiferencia hacia el sufrimiento, pero los adversarios del hedonismo suelen confundir individualismo con egoísmo. En el egoísmo solo existe el yo, indiferente al sufrimiento del otro. El hedonismo defiende lo contrario y nunca justificaría el placer propio a costa del placer de otro.

A la inversa de la moral cristiana, que es estática, absoluta e ignorante de la historia, la ética hedonista es dinámica y se alimenta de los hechos concretos. Para el hedonismo la ética es la vía de acceso a las realizaciones morales.

El hedonismo entiende que la cortesía le afirma al otro que lo hemos visto, que él es.

Así, el hedonismo contiene toda una ética de los buenos modales, practica el ritual de saber agradecer, y la clave consiste en saber DAR. En esto se basa esta ética; crear la moral y encarnar en el propio cuerpo los valores. Saber vivir, como saber ser. Y cuanto más se practica, cuanto más nos entregamos al ritual hedonista, más eficiente se vuelve. Aquí el hábito implica su adiestramiento.

Las civilizaciones más pobres, más humildes y modestas –nos dice Onfray- cuentan con reglas de cortesía que las sociedades fragmentadas y sometidas ni soñarían, porque en ellas suele practicarse la descortesía cíclica.

El hedonismo sostiene que el erotismo es el antídoto perfecto para combatir una sexualidad bestial. Sin embargo, no debemos ignorar que la erótica cristiana es una erótica de odio al cuerpo, a la carne, al deseo, al placer de las mujeres y al goce; porque la erótica cristiana es una máquina de producir eunucos, santos, vírgenes, madres devotas y esposas en grandes cantidades, siempre a costa de lo femenino. La mujer es la primera víctima de este antierotismo.

Recordemos también que occidente inventó el mito del deseo como falta. El viejo mito platónico sostiene que en realidad venimos de una unidad primitiva, dividida por los dioses en señal de protesta; así que cada uno de nosotros es solo un fragmento que arrastra por el mundo su miseria mientras busca su otra mitad para sentir completitud.  

Es por este motivo que la pareja fusional representa la culminación de la erótica judeo-cristiana. Esto es, en términos prácticos, la absurda idea del “alma gemela”, que en realidad no termina en otra cosa que en una fagocitosis, un asunto de poder entre dos, en el que uno se traga al otro, convirtiéndolo en un ente, en un no-otro, en una extensión de su yo.

Históricamente se ha considerado que el deseo produce una formidable fuerza antisocial. Por eso se lo domestica y captura, porque representa una energía peligrosa para todo orden establecido. Bajo el imperio del deseo entran en riesgo el tiempo ordenado, la iglesia, la familia, el estado, la obediencia e incluso el ahorro. Y si hay algo peor que un hombre deseante –creanmé- es una mujer deseante, una mujer que no depende de una familia, ni de un hogar para ser. Se le teme a la fuerza del deseo porque el deseo es subversivo y su potencia salvaje debe ser sometida para que la sociedad funcione y exista como tal.

Sin embargo, reducir el deseo es también reducir la enorme potencia de lo femenino. El placer femenino ha sido encerrado en el enorme artificio cultural. Onfray sostiene por ello que para eliminar la miseria sexual debe eliminarse el concepto del deseo como falta, porque la sexualidad no aspira a producir efectos en un futuro cercano sino a gozar en plenitud el puro instante.

Pero mucho cuidado detractores del deseo, porque la idea del puro instante no excluye su duplicación. La reiteración de estos instantes genera justamente una durabilidad en las relaciones. Tal vez, en vez de apostar a consumar y a consumir una historia, como consumimos todo, deberíamos creer en la duplicación del instante porque es allí donde se fabrica la historia pieza por pieza. El instante nunca funcionará como un fin en sí mismo, será el momento arquitectónico de un movimiento posible.

Michel Onfray, tributario de la filosofía de Nietzsche, postula superar lo humano. Lo que no significa el fin del hombre sino que el objetivo es su perfeccionamiento. La humanidad no surge de la forma humana sino de su relación con el mundo. No alcanza con estar en el mundo, en el mundo también están las cucarachas, hace falta una conexión, una relación interactiva y móvil, porque la humanidad de todo individuo se define mediante una triple posibilidad: la consciencia de sí, la consciencia de los otros y una consciencia del mundo, con todas las combinaciones resultantes de cada unión de pares.

Nos dice el Doctor Teran: Quien ignora quién es, quién es el otro y cómo es el mundo estará fuera de la humanidad aunque esté vivo.

El capitalismo y su manera de transformarlo todo nos ha hecho creer que la existencia gana valor mediante la acumulación, es decir, por la cantidad de años vividos; pero la existencia no vale por la cantidad de vida, vale por su calidad. 

Morir bien es preferible a vivir mal.

La muerte nos concierne, aunque no tengamos poder alguno sobre ella. Aspirar a una sociedad pacífica, a un mundo feliz es un deseo por demás infantil. Así que lo único que nos queda es la pequeña utopía concreta: resistir la muerte con toda la fuerza de la vida.

Vivir en plenitud, para no morir en vida.

Flores del bien





Charles Baudelaire escribió que el poeta pelea contra sí mismo. Inclinado sobre su mesa de trabajo penetra una hoja de papel con la misma mirada que un momento atrás dedicaba a las cosas, a los objetos; esgrime su lápiz, su pluma, su pincel, lo que sea, pero escurre la pluma en su camisa, diligente, violento, activo -dice- como si temiese que se le escaparan las palabras; un luchador solitario que recibe él mismo sus golpes. 

Cierto es que la mayor parte de las veces viene algo concreto: un verso que proviene de un aroma, un ruido, una música o una sensación. Acto seguido desaparece, y las putas palabras se esfuman. Entiéndase: no se piensa un "argumento", no corre una película. Aparece algo que, difuso, entreverado, se acerca sutil, como un sabor en la boca; casi nos deja acariciarlo en toda su compleja dimensión y las pu-tas-pa-la-bras se es-ca-pan. 

Algo que estuvo, que tomó forma y tomamos conocimiento, pero antes de lograr aprehenderlo, antes de entender cómo, se fue. Sobre todo en el confuso despertar, es decir en el momento previo, pero también justo antes de perder la consciencia. Algo que, cuando lo agarramos, va al laboratorio o al taller, como prefieran. Tal vez sea una cuestión de concentración, no lo sé, lo que sí se es que el poema es elusivo; está hecho de agua, arena, viento.

A lo largo de todos estos años, la crítica analizó con destreza la escritura poemática de Baudelaire, nos brindó los ensayos, las teorías de la escritura; concluyó que el principio fundamental de sus poemas en prosa es el accidente, el azar, cuestión que años después pudo emparentarse con el ready-made de Marcel Duchamp. Frente a una poesía moderna despejada de toda rima, puede decirse que el azar es el ritmo del poema. 

En su escritura Baudelaire borra el yo, y de algún modo ha separado la palabra lírica -el yo lírico del poema- de la persona empírica. En pocas palabras, lo que quiso, frente a cualquier otra cosa, fue plasmar el malestar no propio, sino de la época. Baudelaire toma una voz poética que apela a transmitir lo que siente el hombre moderno.  Mallarmé también fue partidario de esta misma política, suprimir al autor en favor de la escritura.

La poesía ya no está en el autor, como los románticos la hicieron, la poesía es creación pura. Construye un sujeto nuevo donde el autor encaja, tal vez, y a veces va a parar de pura carambola. En su ensayo sobre Baudelaire, Rodrigo Zubieta utiliza una imagen, tomada a su vez de otra ensayista, que me parece muy apropiada. 

Zubieta nos habla del poeta, del escritor moderno, como un cartonero; un tipo que recicla porciones, imágenes, flashes de la vida moderna, elementos que quedaron impregnados dentro de la temible velocidad de la ciudad pero que nadie más ve o, en todo caso, que a nadie importan. El escritor toma ese descarte, esa insignificancia, ese residuo de mierda para hacer algo con él. 

El poeta ofrece un panorama que cada lector interpreta libremente según su propia subjetividad, de acuerdo al contexto histórico y emocional que lo tiene atrapado. La poesía no es más que la asimilación de palabras ajenas, es un refrito eterno que no sirve para nada. Por eso lo que realmente importa es que esté, que se escriba y no quién la escriba. 

Sin embargo, Joyelle McSweeney escribió un artículo para la Universidad de Notre Dame sobre el libro Historial de las violetas, que pertenece a la poeta uruguaya Marosa di Giorgio. En su análisis, McSweeney descubre que di Giorgio exime a su propia poesía de la linealidad, la simetría, el bienestar y la fuerza masculinas, para dar lugar a una poética distinta, una poética del caos, lo monstruoso, la sexualidad, la sobrefecundación y el hermafroditismo. 

En definitiva, el estudio revela que existe en di Giorgio una poética de lo femenino, entre cuyos versos hay espacio para las criaturas débiles y la ecología, en claro contraste con la presencia de una masculinidad siempre amenazante: dioses astados, hombres lobo, curas y cuervos vienen a devorar, a llevárselo todo. Entonces hay en Marosa una autorreferencialidad latente, un poder de nombrarse, de leerse y de transformarse a sí misma.

Tal vez sin proponérselo, la autora obtiene de su poder poético una posición política. Que en mi parecer se encuentra en las antípodas de la inocencia de la infancia.

XXXI

Las estrellas ardían un poco lilas, un poco funerarias, como si se les hubiese caído la envoltura brillante, el papel de colores; y rugía, remotamente, el cañaveral de los muertos. Pero, era una hermosa tardecita, era abril. La asamblea había tenido lugar en la cueva; pero, ya estábamos bajo el membrillar. El jefe dio las últimas instrucciones. No podía haber fracaso. Cada uno pensó en su casa, allí cerca en cada huerto; era la hermosa hora, la del humo, la de los cirios rojos, cuando cada abuela taconea dulcemente en torno al pastel de manzanas. Todavía éramos casi niños; algunos de nosotros teníamos novia y era la hora de ir a visitarla; algunas de nosotras teníamos novio y era la hora de que nos viniesen a ver. Así, sentimos nostalgia, miedo y también, una gran audacia. 

Empezamos a reptar; cerca, lejos, pasaba algún amo de los huertos, con una pequeña carga de manzanas, un jarrón de leche. Aparecieron los gladiolos, como un mar de espumas, de cisnes, se
les sentía el aroma a azúcar, a azahar; en parte, hubo que segarlos, nos diezmaban. Cerca del linde, la reunión se realizó otra vez, rápidamente. La casa apareció de súbito, las puertas de par en par. Nos encaramábamos, nos escondíamos. Ella taconeó dulcemente; se le veían los cirios, las manzanas; se asomó, tal vez, ya, con un temblor, un frío presentimiento. Alguno de nosotros no pudo reprimir un pequeño grito de ansiedad, un silbo como de víbora.

Y las estrellas cayeron al silencio, los gladiolos brillaron como nunca.

Marosa di Giorgio (1932-2004) de Historial de las violetas, 1965.




Luz que agoniza

             

                                                                                    

A solas con nuestra flor favorita y nuestra locura
vemos que realmente no queda nada sobre qué escribir.
O más bien, es necesario escribir sobre las cosas de siempre,
del mismo modo, repetirlas una y otra vez
para que el amor persista y sea gradualmente diferente.

(John Ashbery)


                                                                             Donde crece el peligro también crece lo que nos salva.



Como una especie de contracultura del éxito y el descarte, con una sabiduría concreta y ácida -que será siempre bienvenida- el italiano Pier Paolo Pasolini escribió que consideraba necesario educar a las generaciones futuras en la cultura del valor de la derrota. Nació en 1922 en Bolonia, una ciudad de políticas de izquierda. Fue asesinado de forma brutal en 1975. 

Director de cine, actor, escritor, periodista y filósofo, su temática fuertemente sexual escandalizó a los italianos durante algún tiempo. Tuvo toda la razón en creer que frente a este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de trepadores sociales implacables que escalan y escalan, algunas veces por el mero hecho de pisar a los demás, frente a esta despreciable antropología pro-ganador que se nos ha metido en el sentido común, es preferible -por mucho- ser un perdedor. 

No quiero imaginar lo que pensaría si viviera hoy. 

La sociedad donde vivimos, el espacio vital donde nos movemos todos los días, da por hecho que el único horizonte posible en el deseo es tener más para vivir mejor, y eso no siempre es de esa manera. No tiene por qué ser así. Quiero decir, tener más no necesariamente implica vivir mejor. Lo más importante tal vez tenga que ver con ser capaces de darnos cuenta, de pensar qué precio vamos a pagar por tener más.

Ahora bien, es cierto que quizá sea esa y no otra la verdadera revolución del arte: la mirada disidente, el pensar desde los márgenes, el detenerse caprichosamente una y otra y otra vez en la contemplación absurda, como un intento, a veces vano, de ralentizar el ritmo salvaje de las ciudades hasta entrever ese latido vivo y reposado que tienen las cosas. 


Luz de gas

Todos pudimos apagar y encender las hogueras
digamos, las luces
los más inconscientes lo hicimos
pero yo pregunto
quién tuvo la valentía de verlas agonizar
y siguió hablando moviéndose
pensando en las celebraciones
sonriendo ante las consecuencias del cambio de estación
la luz que agoniza era una obra que amaba mi madre
en su fantasía del teatro
pero aquí no habrá salvadores
lúcidos detectives jóvenes enamorados
sólo héroes que miran cómo agonizan
y simulan vivir una vida
¿quién la llamó vida?
sin revolución

Juana Bignozzi (1937 - 2015) de Regreso a la patria (1989)

Las poetas visitan a Elizabeth Barrett

@ph Aleksander Rodchenko


A algunos les han quitado las ganas de hablar,
pasan mudos por el amor, aman perros vagabundos
y tienen una piel tan sensible
que nuestros pequeños saludos cotidianos
pueden producirles heridas de muerte.
Nosotros, seres amables e inofensivos,
miramos los gatos enfermos, las mujeres con collares
que pasan por la calle
y sentimos un desamor agradable,
casi suficiente.

(Juana Bignozzi de Mujer de cierto orden)

 

La escritora argentina Juana Bignozzi nació en Buenos Aires en el año 1937, en el seno de una familia anarquista. Fue traductora y poeta. Un año antes de su muerte escribió el libro Las poetas visitan a Andrea del Sarto. En seguida la prensa quiso saber el por qué de ese título tan extraño. 

Desde muy joven, Juana Bignozzi se dedicó a estudiar la pintura. Es ella misma quien atribuye esta afición artística a la falta de vida social durante su adolescencia. Recuerda pasar los domingos dentro del Museo de Bellas Artes de Buenos Aires. 

La prensa se encontró entonces con una muy dispuesta Juana, que les explicó que un día estaba en Florencia, haciendo cola para comprar comida en la única rotisería disponible de la ciudad cuando se anotició -recorrido de sus ojos mediante- que estaba parada justo enfrente a La Casa Guidi, hoy convertida en museo. 

Casa Guidi fue la casa donde Elizabeth Barrett escribió su libro de 1851 Casa Guidi windows, inspirada en la lucha toscana por la libertad, e intentando reflejar en un largo poema la situación política de la que estaba siendo testigo. Fue la casa donde vivió junto a Robert Browning entre 1847, después de que decidieran huir juntos de Inglaterra, y el día de su muerte, en 1861;  la casa donde nació su único hijo, Pen.

Miro y digo "Dios, la Casa Guidi, son los balcones de la Casa Guidi. La casa del poema de Elizabeth". Y cruzo. Ella vive en Florencia, está enterrada ahí; su perro en la Casa Guidi y ella y el hijo en el Cementerio de Florencia. Robert Browning está enterrado en Westminster, en el panteón de los poetas, pero la gran poeta era ella. Entonces pienso y me emociono pensando que seguramente también ella, como yo, iba a ver a Andrea del Sarto, iba a visitarlo a la cercana iglesia de La Anunciata, donde se encuentra la clave de la obra del pintor. 
Y pienso en el poema, el poema de Elizabeth, donde ella menciona que escucha a un chiquito cantar, un niño italiano que pasa junto al paredón de la iglesia; y pienso entonces que ella tendría allí su escritorio, cerca de esas ventanas, que escucha al niño sentada en su lugar de escritura, porque sus balcones dan a la iglesia de la Santa Felicitá. Y compro unas cuantas postales, para mandarle a mis amigas que están en Buenos Aires, pero descubro a tiempo que el escritorio es de Robert Browning así que me pregunto por ella, "¿ella dónde escribía?", me digo. Y le digo a Mirta Rosemberg "no te mandé la postal porque el escritorio no era de ella sino de él. No sé entonces dónde escribía ella". 
Y Mirta, lúcida, me responde "en la cocina, Juana".


Juliet of nations

I herd last night a little child so singing
  ’Neath Casa Guidi windows, by the church,
O bella libertà, O bella!—stringing
  The same words still on notes he went in search
So high for, you concluded the upspringing        
  Of such a nimble bird to sky from perch
Must leave the whole bush in a tremble green,
  And that the heart of Italy must beat,
While such a voice had leave to rise serene
  ’Twixt church and palace of a Florence street:        
A little child, too, who not long had been
  By mother’s finger steadied on his feet,
And still O bella libertà he sang.
Then I thought, musing, of the innumerous
  Sweet songs which still for Italy outrang        
From older singers’ lips who sang not thus
  Exultingly and purely, yet, with pang
Fast sheath’d in music, touch’d the heart of us
  So finely that the pity scarcely pain’d.
I thought how Filicaja led on others,    
  Bewailers for their Italy enchain’d,
And how they call’d her childless among mothers,
  Widow of empires, ay, and scarce refrain’d
Cursing her beauty to her face, as brothers
  Might a sham’d sister’s,—“Had she been less fair        
She were less wretched;”—how, evoking so
  From congregated wrong and heap’d despair
Of men and women writhing under blow,
  Harrow’d and hideous in a filthy lair,
Some personating Image wherein woe        
  Was wrapp’d in beauty from offending much,
They call’d it Cybele, or Niobe,
  Or laid it corpse-like on a bier for such,
Where all the world might drop for Italy
  Those cadenced tears which burn not where they touch,—       
“Juliet of nations, canst thou die as we?
  And was the violet that crown’d thy head
So over-large, though new buds made it rough,
It slipp’d down and across thine eyelids dead,
O sweet, fair Juliet?” Of such songs enough,        
  Too many of such complaints! behold, instead,
Void at Verona, Juliet’s marble trough:
  As void as that is, are all images
Men set between themselves and actual wrong,
  To catch the weight of pity, meet the stress         
Of conscience,—since ’t is easier to gaze long
  On mournful masks and sad effigies
Than on real, live, weak creatures cruch’d by strong.

Elizabeth Barrett (1806-1861) de Ventanas de la Casa Guidi (1851)
 

Algo acerca de la reina mariposa



La devorábamos y estaba como viva

(Marosa di Giorgio)

Le mot juste es quizá el concepto que mayor cantidad de tiempo persiguió a algunos de los escritores más notables. Nombres como el de Jorge Luis Borges, Charles Baudelaire o Gustave Flaubert salen a la luz cuando hablamos de la obsesión por buscar la palabra exacta. Se dice que la escritura de estos hombres se veía profundamente afectada por esa búsqueda, por la idea de que para cada verso creado existe una y solo una "palabra correcta". 

Las malas lenguas de la literatura argentina también dicen que Gustave Flaubert lloraba a gritos por esa palabra, que se tiraba de los pelos, hacía berrinches, sufría más de lo aceptable, pasaba horas, días, y hasta meses encerrado buscándola. Dicen además que leía varias veces en voz alta cada una de las frases que escribía.

Ahora bien, acerca de Marosa Di Giorgio, La Reina Mariposa -como gustaba llamarle su sobrina-  también se dicen algunas cosas; se dice que pensaba mucho en la escritura, que se pasaba el día entero sentada en un bar del centro de Montevideo, fumando y repasando sus cuadernos, sola. 

No es novedad que a Marosa le gustaba declamar su poesía, los pocos videos que quedaron de ella dejan claro que recitaba de memoria, y son pocas las veces en que se la ve leyendo. Quiso ser actriz, dicen. Lo cual era imposible para la mayoría de las mujeres uruguayas nacidas en los años 30. Pero su poesía no es pose ni actuación.

También dicen que era una mujer oscura, que tomaba sol desnuda en los cementerios, que su excentricidad era tal que lograba que todo el mundo la tratara con cierta condescendencia. Coqueta, amante de los animales, avasallante aunque retraída, tímida pero centro de atención permanente; nació y vivió toda su infancia en el campo, entre los árboles frutales que plantaban su padre y su tío, ambos exiliados de La Toscana italiana. 

La crítica calificó su obra de "Panteísta" porque en sus textos la vida, el sexo y la muerte son observados con fascinación, con la curiosidad y la inocencia propias de una niña, sin atisbo de filtro moral; también porque la naturaleza y el paraíso perdido de la inocencia fueron sus motivos, y se conjugan y se entrelazan para dar lugar a una poesía que vibra y se resuelve en la vitalidad y en el lado salvaje de todo lo viviente. 

Una poética disidente y por lo tanto difícil de clasificar. Lo cual es, sin dudas, el lugar donde reside la riqueza. Hay en ella cierta audacia expresiva. Su estilo es experimental y caótico. Crea una mitología propia, se permite usar un lenguaje sensual. Es tal su erotismo, que sus imágenes son experimentadas como vivencias. 

La poeta argentina Juana Bignozzi declaró sin tapujos que sin mito no puede haber poesía. Con esto se refería, por supuesto, al mito propio de cada escritor, esa construcción laberíntica y osada que el poeta esgrime, pero que también se dice a sí mismo, y que de un modo u otro lo constituye. 

Abunda en Marosa el sustrato mitológico propio, para citar correctamente el ensayo Raras criaturas de María José Bragado. Una prosa muy cuidada, con algunas joyas engarzadas en verso, que encajan a la perfección, a la manera de un orfebre. Hay en ella algo onírico, codificado, desafiante, que nos invita a entrar. Su rareza es atractiva, grandilocuente y también es misteriosa, porque Marosa di Giorgio escribe pero cuando lo hace compromete el cuerpo y el lenguaje. 

XXXII

Decían que iba a venir de visita el dios. Desde el alba empezó el trajín. Pusimos el mantel mejor,
los exquisitos huevos en almíbar, los platitos bien cargados de olivas bien maduras y de perlas. Toda la mañana espiamos al aire y al cielo, los árboles, las nubes solitarias. Alguien tocó a la puerta; no pudimos atenderle, queríamos estar a solas y rezar.

Pero, al mediodía, él llegó sin que viésemos por dónde. Allí estaba con sus largas trenzas, su mantón de lana, sus larguísimas astas de madera; nos arrodillamos, rezábamos, llorábamos; le servimos el manjar mejor, el gallo de fantasía, todo lleno de grandes grageas; almorzó, bebió; recorría la casa; dijo que quería llevarse algo, ya que no iba a volver jamás. Revisó el aparador, las telarañas, las tacitas de porcelana, el gran reloj al pie de la cama de la abuela, olfateó el roble, la albahaca, registró la cómoda, cajón por cajón, miró en el álbum; preguntó quién era Celia. Le mostramos la hermana pequeña.

La eligió.

Marosa di Giorgio (1934-2004) de Historial de las violetas (1965)

En la sombra de un mirar callado


Daniel Freidemberg escribe que el poeta vive en una constante ligazón entre el universo que lo rodea y su pensamiento. El escritor nombra y vuelve a nombrar. Incluso cuando el dolor perturbe la contemplación y el goce de la belleza, él reelaborará ese dolor para convertirlo. A veces se volverá como un eco lejano, puede tornarse también imperceptible, ser desplazado o estar apenas incorporado en su escritura. 

Hay en la poesía una búsqueda constante de belleza y plenitud, sobre todo si nos afirmamos en la idea de que el tema del poema es el poema. Juanele Ortiz decía que ambicionaba para la poesía "la mayor flexibilidad de movimientos y la mayor amplitud de sentido, sin desmedro del ritmo". 

Rilke se veía a sí mismo como "en la sombra de un mirar callado". Y es justamente ahí donde muchas veces nos quedamos. Afirmaba que captamos el mundo solo en pequeñas dosis y que, frente a una poesía doméstica y domesticada, lo que queda es cambiar la vida. Estamos en un limbo y debemos escuchar lo poco que aun sucede.

Durante una conferencia en el Readcliffe Institute for Independent Study, Denise Levertov plantó en su audiencia una supuesta dialéctica de opuestos para referirse al asunto de la corrección: si el poema surge de una vez y para siempre por obra y gracia de la musa, o bien es el resultado de un trabajo obsesivo del poeta, un trabajo de repetición y elecciones.

Como quiera que sea, la poesía es ese lugar donde la cosa misma adquiere una dimensión de trascendencia. Y en ese juego el escritor lucha con su propia voz, con su propia voluntad de expresión, porque escribir es primero eso: voluntad de expresión.  

...Baudelaire se esfuerza y desespera para parir la más mínima palabra [...]. El arte, para él, es como un duelo en que el artista grita de terror antes de ser vencido.

La filosofía asegura que la vida de Charles Baudelaire fue una verdadera obra de arte, Walter Benjamin y la crítica literaria dejaron claro que con él la poesía inició una emancipación de cualquier función utilitaria o comunicativa, para concentrarse en su propia búsqueda de la belleza. Al igual que Mallarmé, Baudelaire sentía un gran rechazo por la masificación, por el imperio de la razón instrumental, y hasta por la democracia.

Todavía hoy, suele ser raro, hasta imposible, que exista algún tipo de fraternidad entre el poeta y la sociedad. La imagen del poeta "maldito", en riña a muerte con la sociedad se impone como un modelo de sabiduría suprema que no nos dejará jamás. Malditos o no, los buenos escritores suelen recalcar todo aquello que los distancia del mundo. Sin hacer concesiones de ningún tipo.

Así, la poesía se convierte poco a poco en una actitud frente a la existencia, tal vez porque la verdadera apuesta es escribir como se vive, tal vez porque existe la ilusión de que escribiendo desaparece el límite entre el individuo y el mundo, o al menos se vuelve más difuso; tal vez para escapar de la muerte, o de la vulgaridad inmunda de la vida cotidiana; tal vez, simplemente, por una necesidad insoportable de belleza.

El intento de morar en lo cósmico, de hacer de ese elemento patria, es desde todo punto de vista una elección y, como tal, incuestionable. Ahora bien, poder decir, poder hacer algo hermoso con la basura diaria de la vida moderna, como un cangrejo que se sostiene y se nutre con esa misma basura es, sin dudas, una de las máximas formas de arte posibles.

La rosa es sin porqué
(Jorge Luis Borges)

no te perdonarán 


no te perdonarán los labios abiertos

los cuchillos de las palabras
los gritos
cuando quieran callarlas

no te perdonarán

la sencillez de raíz
la pobreza insolente
la cabeza bien alta

no te perdonarán

lo frágil que te habita
la risa franca el agua clara
la ventana abierta de tu mirada

no te perdonarán

el sexo sin tibieza
la pasión sin mordaza
la brisa libre de tus sábanas

no te perdonarán

la sed de río
la búsqueda constante
lo niña lo vulnerable de tus alas

no te perdonarán

no sabes cocinar como tu abuela
limpiar como tu madre tejer como tu tía
no sabes ser la esposa madre novia que deberías

no te perdonarán

no eres dócil
no cabes en un molde
eres inmensa

no necesitas el perdón de nadie


Sandra Flores Ruminot


Nahual


...porque la única posibilidad que tiene un individuo de convertirse en algo diferente es aniquilarse.
(Julia Kristeva)

Marosa di Giorgio avanza a tientas en la oscuridad, pero conoce el camino. Como toda gran poeta, tiene un registro claro de su entorno, capta los matices más delicados de las emociones humanas, lleva consigo la desvergüenza del escritor de oficio: frascos llenos de palabras que iluminan como luciérnagas. Su escritura es descarada, atrevida y fresca. Adopta giros, hace concesiones y se otorga licencias que la mayoría no soñaríamos. El elemento extraño es infatigable, introducido generalmente en el lugar menos esperado, escenas cotidianas de la vida familiar, días de campo, fiestas tradicionales, ceremonias religiosas, incluso la procesión de una virgen, cualquier espacio, es territorio fértil para su imaginación:

...
Domingo a la tarde, y voy por el huerto sin recordar cómo salí y llegué hasta acá. El cielo es de oro, deslumbrador, y de los naranjos caen frutas y flores.

Trepo a uno, según mi costumbre antigua. Estoy un rato. Los pájaros saltan de rama en rama.

Desciendo. Subo. Tomo una fruta.

Al bajar, ya veo un cadáver. Vestido y tendido. Y más allá, otro. Y otro. Por todos lados, aparecen. Vestidos y tendidos.

Y cada uno con el hígado destrozado o el corazón. Pero ¿quiénes son? ¿Acaso, no me percaté y hubo una rápida guerra?

En puntas de pie voy hacia la casa; desolada paso el jardín de celedonias y conejitos. Adentro no queda nadie. Voy a gritar; para qué, si nadie oye. Algunas mariposas chocan en los vidrios.

Sobre la mesa hay un álbum que no conocía; al entremirarlo, veo dibujada la batalla, los cadáveres y las plantas. En blanco y negro. Y en colores. La noche cae de súbito; las luces se encienden solas.

Y aparecen más cadáveres entre las plantas.
...

La crítica nos apunta algunos detalles jugosos: que Marosa escribió toda su obra en manuscrita, que corregía muy poco los originales; en cuanto al tiempo interno del relato, del poema, hay ciclos que parecen repetirse, así la otra vez sustituye al “Había una vez “ de los cuentos folclóricos tradicionales, y esto hace que no encontremos señales de anclaje referencial externo, ni histórico ni de actualidad. Por esto es que aparece un detalle clave en su escritura: los hechos parecen suceder al tiempo en que se nombran, otorgándoles así una semejanza con lo que sucede en el interior de los códices cosmogónicos, esto genera el efecto de una temporalidad propia del mito. 
Con respecto a su proceso creativo, ella misma ha dicho: 

Yo construyo y reconstruyo gente de otras épocas. Las recreo y al mismo tiempo las sigo, las espío. Es para contribuir a su resurrección. Vivo y trabajo en todas las épocas. Modestamente.

Es cierto que sus textos carecen de humor. En ese discurrir onírico que los caracteriza, hay más de pesadilla gótica que de sueño idílico. Excéntrica, rara, audaz o moderna, desde su escritura Marosa di Giorgio puede parecer muchas cosas; la fusión constante, la deriva, la inclasificabilidad de su literatura es incontestable, pero nos dejó -ante todo- la dignidad de poder leerla.

*

No sé de dónde lo había sacado mi padre -él no salía nunca- tal vez, desde el linde mismo del campo; allí estaba, el nuevo cuidador de las papas. Le miré la cara color tierra, llena de brotes,
de pimpollos, la casaca color tierra, las manos extrañamente blancas y húmedas, que tentaban a cortarlas en rodajas y a freírlas. Pero el abuelo no dijo nada, y mi madre tampoco. Sólo los perros adivinos empezaron a dar saltos y a gruñir y hubo que echarlos al jardín y ponerles cerrojo. Él se marchó, escopeta al hombro, hacia el gran cantero; allí quedaría bajo la luna, apuntando a los posibles ladrones, a las zorras que bajaran del bosque, y, sobre todo, a las liebrecitas roedoras. 

Pero cuando cayó del todo la sombra, mi raro corazón caminaba a saltos, manejando una sangre ya confusa; fui a ver a mi madre; ella estaba apoyada en la ventana, su recto perfil mirando hacia las sombras, no me atrevía a decirle nada. Volví a mi alcoba, cerré las puertas; los astros, con su plumaje de colores empezaron a volar de este a oeste, de un mundo a otro; me levanté, crucé el jardín, los perros gruñeron, no tenía miedo, había tal resplandor, además, conocía todos los escondites, los subterfugios, hubiera podido desaparecer bajo la tierra. Lo terrible fue que él me estuvo apuntando desde el principio. Cuando mordí la primera ramita, disparó, caí, me dio por muerta. Durante toda la noche, aunque soñé cosas increíbles, mis ojos permanecieron abiertos y mis largas orejas se mantenían atentas; sólo mis cuatro patitas se entrechocaban temblando. Al alba él me tomó, me alzó, la sangre rodó por mis flancos. Caminaba hacia la casa; allá se oía un rumor confuso, alguien  estaría levantado, ya en la cocina; tal vez, los abuelos. El entró -mis ojos se nublaron terriblemente- me arrojó allí; dijo: 

—Noche tranquila. Una sola liebre.

Marosa di Giorgio. De Historial de las violetas.

Sobre la banalidad del mal



Escribo para comprender, no para tener influencia sobre los demás.
(Hannah Arendt)


El pensamiento es el diálogo con uno mismo. Pensar nos escinde, pensar -dicen los que saben- es como la tela de Penélope: por las noches se deshace. La persona que piensa no acepta lo que todos piensan. Incluso, si prestamos suficiente atención, veremos que ni siquiera dice lo que todos dicen. Esto sería: no piensa con las mismas palabras. Recordemos que el lenguaje nos condiciona desde el nacimiento mismo, recordemos también que para filósofos de la talla de Michel Foucault el lenguaje no viene sino a ordenar. 

Quien piensa por sí, para sí, no cae en lugares comunes.  Al menos, no lo hace cuando piensa. Cuando piensa, cada definición, el amor, la valentía, la bondad, lo que sea, es pensado en términos propios. Saber qué cosas nos gustan y cuáles nos disgustan, sin la intervención del deseo identitario, esto es, independientemente del deseo impuesto a cada rol mediante la construcción social, es un buen ejemplo. Cuesta desoír la grabación, es cierto, pero tarde o temprano ocurrirá.

Pensar, sin embargo, está muy, pero muy lejos de hacernos libres. No es pensar lo que nos hace libres, es actuar lo que nos hace libres. Porque al actuar nos enfrentamos -sobre todo- al peligro inminente de la mostración, al escarnio, al juzgamiento. Tal vez por eso lo realmente difícil ha sido siempre dejar el ambiente cómodo de la esfera privada para salir a decir. Tal vez por eso la historia ha convertido a algunos de los más grandes pensadores en parias.

...
Lo que importa es ser entendido. Cuando soy entendida por otros seres humanos tengo un sentimiento de patria, esa patria que solo puede ser pública. Todo esto me hace pensar una vez más en los malos entendidos sobre mis ideas, algo que sucede a menudo cuando las hago públicas. 

El caso Eichmann es quizá el más difícil de los desencuentros, y por más tiempo que pase creo que nunca se comprenderá mi posición. Por más que he intentado explicarla. Le ofrecí a la revista The Newyorker cubrir como reportera el proceso contra Adolf Eichmann, llevado a cabo en Jerusalén. Mis artículos, y posteriormente mi libro, buscaban la verdad. 

El tipo de crimen cometido por este nazi no podía clasificarse con facilidad. Auschwitz es un caso único, no había referencias de algo similar ocurrido antes en la historia de la humanidad. Eichmann no era Macbeth. A excepción de una diligencia poco común por hacer todo aquello que pudiese ayudarle a prosperar, no tenía absolutamente ningún motivo. Esto es lo que quise decir con la expresión "banalidad del mal". Fue como si en aquellos últimos minutos, en el juicio, Eichmann resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado. La lección de la terrible banalidad del  mal, ante la cual las palabras y el pensamiento se sienten impotentes. Su maldad era fruto de la irreflexión, simplemente. Ello no implica que fuera un hecho ordinario, absolutamente no. 


Que un tal alejamiento de la realidad e irreflexión en uno puedan generar más desgracias que todos los impulsos malvados intrínsecos del ser humano juntos, eso era de hecho la lección que se podía aprender en Jerusalén. Pero era una lección y no una explicación sobre el fenómeno ni una teoría sobre él. 

Yo esperaba encontrar en Eichmann un monstruo, y sólo vi un tipo mediocre. En ese juicio no se juzgaba, no obstante, ni un sistema ni una ideología sino solo a un hombre, un hombre que anulando su propia personalidad, fuera esta la que fuese, cometió el mal sin tener motivo para ello. La banalidad de su crimen lo es por haber sido ejecutado por un don nadie, alguien que no es persona o deja de serlo para cumplir su trabajo y por haber tenido una lealtad burocrática, que se limita a cumplir la ley que impone el gobierno nazi. 


Empleé toda mi energía en explicar mi postura ante el holocausto, y seguiré haciéndolo. Me blindo contra la barbarie y la ceguera, es todo cuanto necesito. Pero desaparecer no. No puede desaparecer quien, como yo, por ejemplo, tiene siempre una lámpara encendida en su cuarto, día y noche, y sigue alentando a la vida y al pensamiento. ¿Quién es que vive en ese cuarto que nunca está a oscuras? escuché que alguien preguntaba la otra tarde al portero. En ese cuarto siempre iluminado vivo yo. Hannah, Hannah Arendt.