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Hedonistas, éticos y ateos



...el olvido prospera
no con fémures secos sino con vidas llenas de savia
y nuestros mejores ayeres, son ahora fétidos montones
de nombres arrugados, números telefónicos y fichas descoloridas.
Estoy dispuesto a convertirme en una florecilla
o en un moscón, pero a olvidar, jamás.
Y rechazaré la eternidad a menos que
la melancolía y la ternura
de la vida mortal; la pasión y el dolor;
la luz de ese avión que desaparece
a la altura de Hesperus; tu gesto consternado
cuando se han acabado los cigarrillos; la manera
en que le sonríes a los perros; la huella de baba plateada
que dejan los caracoles en las piedras; esta buena tinta, esta rima,
este papel, este delgado elástico
que cae siempre en forma de ocho,
estén en el cielo a disposición de los que acaban de morir
almacenados en cajas fuertes a través de los años.


Pale fire (fragmento) Vladimir Nabokov.



Michel Onfray es, a todas luces, un individuo de los márgenes. De los márgenes de la filosofía, quiero decir. Aunque quizás sea mejor decir que es un filósofo distinto. Ocurre que transita a contramano de la escuela filosófica tradicional; y que, de tanto andar en los márgenes, se ha caído del establishment, y desde allí se pelea con todo orden preestablecido.

Me cae bien ese señor, porque las religiones ecuménicas le producen náuseas. Así lo expresa en su Tratado de ateología, publicado en Francia en el año 2005.

Onfray considera que todas las religiones monoteístas son animadas por un mismo impulso:

Las tres religiones monoteístas comparten una serie de aversiones idénticas: odio a la razón y la inteligencia, odio a la libertad, odio a todos los libros en nombre de uno solo, odio a la vida, odio a la sexualidad, a las mujeres y al placer, odio a lo femenino, odio a los cuerpos, los deseos, los impulsos. En lugar de todo esto, el judaísmo, el cristianismo y el islam defienden la fe y la creencia, la obediencia y la sumisión, el gusto por la muerte y la pasión por el más allá, el ángel asexuado y la castidad, la virginidad y la fidelidad monógama, la esposa y la madre, el alma y el espíritu. Es decir, la vida crucificada y la celebración de la anulación personal.

Y como si no fuera suficiente, los idealistas le dan un poco de pena.

Así es que en 2006 dio existencia a su Manifiesto Hedonista, traducido al español en 2008. Allí expresa que la tradición filosófica europea para él no significa más que una sucesión de notas al pie de las ideas de Platón. Según argumenta, occidente ha hecho de la idea una religión, donde Sócrates es considerado el mismísimo mesías y Platón su principal apóstol.

Onfray escribe que es gracias a Sócrates y sus discípulos que el cristianismo se ha convertido en la religión oficial. Afirmados en cosas tales como el dualismo cuerpo-alma, la reencarnación, la existencia del alma inmaterial y el desprecio por el cuerpo, todavía vivimos en un “cristianismo platónico” basado en el ascetismo y la condena postmortem.

Las ideas de Sócrates son el punto de partida de la historia oficial de la filosofía, y en ese camino el cristianismo se convirtió en religión. El idealismo es, de este modo, la filosofía dominante y se ha sostenido a partir de tres momentos principales: el platónico, el cristiano y el idealismo alemán.

Sin embargo, existe otra filosofía, una contrafilosofía, si se quiere, en la cual se afirma Michel Onfray, y con ella viene también toda una lista de marginales que nos han precedido. El doctor Claudio Teran los identifica como aquellos que se han constituido en los despreciados del platonismo, y la historia nos habla de Demócrito, Epicuro, Bentham, Montaingne, Nietzsche, Deleuze y el querido Michael Foucault.

Son los llamados materialistas. En su libro, Onfray intenta adentrarse en lo que él teoriza como el antimaterialismo o el “prejuicio del platonismo”. Porque para Michel Onfray el materialismo desata la furia de los idealistas a causa de un prejuicio infundado, que no es más que un error de interpretación.

Epicuro fue exonerado del panteón de la filosofía por lujurioso, vago, bebedor y pedante. Sin embargo, del mismísimo surge la definición de Ataraxia. Un concepto que define al placer como la ausencia de turbación a través del uso prudente y dosificado de los deseos naturales y necesarios. Esta idea peligrosa y desafiante fue interpretada por los seguidores de Platón, de un modo que se nos escapa, como si se refiriese específicamente a la voluptuosidad trivial de las bestias abandonadas al goce más brutal.

No contento con esto, Michel Onfray va por la pregunta:

¿Qué nos reprochan los idealistas?

Tal vez nos reprochan el anhelo de cierta felicidad aquí en la tierra (de ser posible aquí y ahora). No después, no en el otro mundo. Y de todos los conceptos el de la inmanencia se les presenta como el más escabroso, porque el platonismo parece haberle declarado la guerra a todo lo que celebre pulsiones de vida.

Es cierto que la idea de permanecer en sí, sin ir más allá, sin depender de ninguna trascendencia y sin ahorrar para ganar las credenciales celestiales causa verdadero terror. Es como empezar a aceptar que somos esto y nada más. 

Tampoco es caprichoso que desde tiempos remotos en las religiones, en la historia y también en la literatura la voluptuosidad y la belleza femeninas hayan sido asociadas con la maldad, la posesión demoníaca, y la “falta de alma”, tal vez por eso el hedonismo ha sido designado como la doctrina brujeril por excelencia.

Por otro lado, el materialismo hace el intento de disminuir los dioses y los miedos, trata de mitigar la idea de la muerte, sin olvidar que vamos a morir. Mediante el ejercicio del “aquí y ahora”, busca filosofías pequeñas y viables antes que construcciones inútiles de santidad y heroísmo, tan sublimes como inalcanzables.

El objetivo primero del materialismo es rechazar el dolor como acceso al conocimiento y a la redención, sin apartarlo de la vida, obvio, aunque integrándolo en ella. Es decir, sin provocarlo. Vivir ahora, procurarse el placer y la alegría, acceder a lo que pide el cuerpo sin culpas y sin detestarlo por ello. Dominar las pasiones, los deseos y las emociones, pero nunca con el propósito de extirparlos.

Entonces, todo se trata básicamente del proyecto de Epicuro: el puro placer de existir. Y, como en la filosofía de Diógenes, aquí solo cuenta lo real. El cuerpo pagano, sin Dios, es el único bien concreto del que disponemos. Para los hedonistas la vida debería ser una fiesta. La filosofía de Nietzsche propuso algo similar, para el filósofo el pensamiento brota de la tensión entre esta carne subjetiva que dice yo y el mundo que la contiene, no viene del cielo.

En contrapartida, los platónicos creen en un cielo de las ideas donde flotan los conceptos. Esta vida no vale nada para ellos, porque nada equivale al fantástico universo conceptual. Así es como en la aristocracia de la filosofía todavía reina Platón, el enemigo de la carne.

Toda la tradición filosófica se opone a que la razón brote del cuerpo, rechaza la materialidad y la mecánica del ser. Rinde honores al fantasma de un pensamiento sin cerebro: no hay carne venerable, la carne es el infierno.  

Para avanzar Onfray propone descontaminar los conceptos principales del Hedonismo, aquellos que han sido vaciados de sentido. No podemos seguir aceptando que materialismo se refiere únicamente a la obsesión por la acumulación de bienes y riquezas. El materialismo en realidad es un concepto que considera el mundo reductible a un simple ordenamiento de la materia.

En cuanto al concepto de utilitarismo, otra palabra vaciada de sentido, podemos decir que en la modernidad se lo usa siempre como un concepto asociado a la tendencia a ser egoísta, interesado y carente de toda generosidad. Pero Onfray encuentra que ser utilitarista se refiere estrictamente a buscar la mayor felicidad para el mayor número de personas posible.

Con el concepto de hedonismo ocurre algo similar. Vulgarmente se lo encuentra asociado al placer grosero y trivial del consumismo liberal. Sin embargo, conceptualmente tiene que ver con gozar y hacer gozar. Es cierto que se refiere al goce propio, pero también incluye el goce del prójimo.

Porque no puede haber ética sin prójimo.

El nihilismo postmoderno nos ha llevado a vivir en una época sin brújulas ni cartografía, y el mayor problema quizás sea que cuando una civilización finaliza, antes del inicio de otra, en la transición suele aparecer el pensamiento mágico. Onfray propone transitar la alternativa. Podríamos evitar la polarización judeocristianismo versus islam. Podríamos oponer la inteligencia contra toda doctrina que procure monopolizarnos el espíritu.

Podemos también elaborar una moral más modesta que la que nos proponen las religiones; una moral posible, realizable. Evitar la ética del hombre santo o del héroe, decíamos antes. Esto es, oponer los cuerpos, las pasiones, los deseos, la inteligencia; oponer la vida. Ir tras la ética del sabio.

Porque mientras triunfe Dios la moral será una subdivisión de la teología. Dios ha sido históricamente suficiente respuesta para todo, y cuando no está, el clero atiende las 24 horas.

La ética –dice Onfray- es asunto del cuerpo, no del alma.

Somos cuerpo, no tenemos un cuerpo. Somos un conjunto de órganos en sistemas relacionados entre sí que hacen funcionar esa maquina sublime que es el cuerpo. El bien, el mal, la justicia, la injusticia, incluso la belleza, son conceptos humanos, creados por el hombre, y como tales dependen de decisiones humanas que responden a su vez a convenciones, a contratos históricos. Esas formas no existieron a priori.

No puede haber moral sin conexiones neuronales que lo permitan. La moral no es un asunto teológico entre los hombres y Dios sino una historia inmanente que involucra solo a los hombres. La moral universal, eterna y trascendente debe ceder paso a la ética particular, temporal e inmanente. Sin olvidar que no se trata de ser santos, sino de buscar la sabiduría.

Deberíamos practicar una ética dinámica, siempre en movimiento -escribe Onfray- donde el otro sea responsable de su lugar en el esquema ético. La ética debe ser un espacio donde no exista un lugar definitivo, donde todo fluya en base a las acciones. Así, no existiría la “amistad” sino las demostraciones concretas de amistad; no existiría el “amor” sino las demostraciones del amor. Igual para el odio. Onfray nos habla constantemente de hechos y gestos que formen parte de una aritmética que permita deducir la naturaleza de esas relaciones.

Es así como desde la perspectiva hedonista, el deseo del placer del otro estimulará el movimiento de atracción, mientras el displacer estimulará el movimiento de distancia. Todas las virtudes tienen así el mismo sentido, su presencia une pero su falta desune. En esta ética Dios no juzga y nadie juzga, porque aquí la sanción es inmediata. El resultado consiste en la determinación de una relación, ya sea su descomposición y ruptura o su solidificación.

Epicuro sostenía que era preferible un displacer inmediato si eso nos conduciría a un placer final. El goce sin consciencia para él representaba la ruina del alma; por eso para los epicúreos la sumatoria de los placeres debe ser siempre mayor a la de los displaceres.

Para la ética hedonista, el sufrimiento es el mal absoluto, mientras que el bien absoluto coincidirá con el placer, definido como la ausencia total de perturbación, la serenidad y la tranquilidad del espíritu.

Vivir es moverse entre esos extremos.

Tal vez todo sea un asunto de perspectiva, ya que el hedonismo nunca se posiciona en la indiferencia hacia el sufrimiento, pero los adversarios del hedonismo suelen confundir individualismo con egoísmo. En el egoísmo solo existe el yo, indiferente al sufrimiento del otro. El hedonismo defiende lo contrario y nunca justificaría el placer propio a costa del placer de otro.

A la inversa de la moral cristiana, que es estática, absoluta e ignorante de la historia, la ética hedonista es dinámica y se alimenta de los hechos concretos. Para el hedonismo la ética es la vía de acceso a las realizaciones morales.

El hedonismo entiende que la cortesía le afirma al otro que lo hemos visto, que él es.

Así, el hedonismo contiene toda una ética de los buenos modales, practica el ritual de saber agradecer, y la clave consiste en saber DAR. En esto se basa esta ética; crear la moral y encarnar en el propio cuerpo los valores. Saber vivir, como saber ser. Y cuanto más se practica, cuanto más nos entregamos al ritual hedonista, más eficiente se vuelve. Aquí el hábito implica su adiestramiento.

Las civilizaciones más pobres, más humildes y modestas –nos dice Onfray- cuentan con reglas de cortesía que las sociedades fragmentadas y sometidas ni soñarían, porque en ellas suele practicarse la descortesía cíclica.

El hedonismo sostiene que el erotismo es el antídoto perfecto para combatir una sexualidad bestial. Sin embargo, no debemos ignorar que la erótica cristiana es una erótica de odio al cuerpo, a la carne, al deseo, al placer de las mujeres y al goce; porque la erótica cristiana es una máquina de producir eunucos, santos, vírgenes, madres devotas y esposas en grandes cantidades, siempre a costa de lo femenino. La mujer es la primera víctima de este antierotismo.

Recordemos también que occidente inventó el mito del deseo como falta. El viejo mito platónico sostiene que en realidad venimos de una unidad primitiva, dividida por los dioses en señal de protesta; así que cada uno de nosotros es solo un fragmento que arrastra por el mundo su miseria mientras busca su otra mitad para sentir completitud.  

Es por este motivo que la pareja fusional representa la culminación de la erótica judeo-cristiana. Esto es, en términos prácticos, la absurda idea del “alma gemela”, que en realidad no termina en otra cosa que en una fagocitosis, un asunto de poder entre dos, en el que uno se traga al otro, convirtiéndolo en un ente, en un no-otro, en una extensión de su yo.

Históricamente se ha considerado que el deseo produce una formidable fuerza antisocial. Por eso se lo domestica y captura, porque representa una energía peligrosa para todo orden establecido. Bajo el imperio del deseo entran en riesgo el tiempo ordenado, la iglesia, la familia, el estado, la obediencia e incluso el ahorro. Y si hay algo peor que un hombre deseante –creanmé- es una mujer deseante, una mujer que no depende de una familia, ni de un hogar para ser. Se le teme a la fuerza del deseo porque el deseo es subversivo y su potencia salvaje debe ser sometida para que la sociedad funcione y exista como tal.

Sin embargo, reducir el deseo es también reducir la enorme potencia de lo femenino. El placer femenino ha sido encerrado en el enorme artificio cultural. Onfray sostiene por ello que para eliminar la miseria sexual debe eliminarse el concepto del deseo como falta, porque la sexualidad no aspira a producir efectos en un futuro cercano sino a gozar en plenitud el puro instante.

Pero mucho cuidado detractores del deseo, porque la idea del puro instante no excluye su duplicación. La reiteración de estos instantes genera justamente una durabilidad en las relaciones. Tal vez, en vez de apostar a consumar y a consumir una historia, como consumimos todo, deberíamos creer en la duplicación del instante porque es allí donde se fabrica la historia pieza por pieza. El instante nunca funcionará como un fin en sí mismo, será el momento arquitectónico de un movimiento posible.

Michel Onfray, tributario de la filosofía de Nietzsche, postula superar lo humano. Lo que no significa el fin del hombre sino que el objetivo es su perfeccionamiento. La humanidad no surge de la forma humana sino de su relación con el mundo. No alcanza con estar en el mundo, en el mundo también están las cucarachas, hace falta una conexión, una relación interactiva y móvil, porque la humanidad de todo individuo se define mediante una triple posibilidad: la consciencia de sí, la consciencia de los otros y una consciencia del mundo, con todas las combinaciones resultantes de cada unión de pares.

Nos dice el Doctor Teran: Quien ignora quién es, quién es el otro y cómo es el mundo estará fuera de la humanidad aunque esté vivo.

El capitalismo y su manera de transformarlo todo nos ha hecho creer que la existencia gana valor mediante la acumulación, es decir, por la cantidad de años vividos; pero la existencia no vale por la cantidad de vida, vale por su calidad. 

Morir bien es preferible a vivir mal.

La muerte nos concierne, aunque no tengamos poder alguno sobre ella. Aspirar a una sociedad pacífica, a un mundo feliz es un deseo por demás infantil. Así que lo único que nos queda es la pequeña utopía concreta: resistir la muerte con toda la fuerza de la vida.

Vivir en plenitud, para no morir en vida.

Perder la cabeza



Voy a perder la cabeza por tu amor
porque tu eres aire 
porque yo soy fuego
y no nos comprendemos.


Sigmund Freud escribió sobre la cabeza de Medusa como símbolo de castración. Aquí conviene tener presente que fue él quien nos inscribió en los complejos, fue él quien los nominó, quien le dio un marco teórico al "problema sexual", él quien nos ubicó en "la falta". Digo: no olvidar el relato.

Deberíamos considerar que la heterosexualidad, establecida inicialmente como la sexualidad normal, además de ser una práctica es un régimen político que, de la misma manera que la monogamia, forma parte de la administración de los cuerpos, de la gestión calculada de la vida. 

Hace muchos años que el sexo no es tabú, es cierto, pero está bien establecido y normalizado el cómo y con quien.

Y creemos que somos libres...

Un cuerpo pasivo, un cuerpo pacífico, es un cuerpo dócil. Acepta las normas, no transita ni género ni deseo. 

La teoría psicoanalítica, a pesar de su potencia, a pesar de su probada eficacia y de su profundidad se concibió en función de todo esto. A esa normativización de los cuerpos Michael Foucaul la llamó biopolítica, fue él quien introdujo su concepto y su idea en el lenguaje de la filosofía contemporánea. Hoy es una palabra clave. 

                             Y resistir implica ser tomados cada uno como una obra de arte.

Foucault estuvo en guerra perpetua con todo aquello que fuera propuesto como "natural". Desnaturalizó incluso la enfermedad mental, considerándola producto de la alienación social del individuo. Con esto incomodó a todos. 

Pero volviendo a la decapitación, hay consenso en que para Freud decapitar es castrar. Así que ese terror ancestral que el hombre experimenta para con la bella monstruosidad ctónica es un miedo a la castración. Un temor relacionado con la mirada que pone en evidencia que el ser castrado existe. 

La psicología describe que las serpientes en la cabeza de Medusa mitigan ese horror, porque la repetición del símbolo lo reafirma haciéndolo presente. Por otro lado, esa repetición del elemento fálico confirma que el asunto se trata de una castración. 

Medusa es hoy un arquetipo, una representación de la mujer no-toda inscripta en ese goce femenino y supremo, difícil de digerir, difícil de controlar. Peligrosa, vengativa, arriesgada y bella, puede intuírsela dispuesta a todo. Incluso tiene colmillos.

Las múltiples versiones del mito consignan además que su sangre era capaz de causar envenenamiento o sanación, en concordancia con el principio fundamental de la alquimia, la ciencia precursora de la química y de farmacología clínica actual. 

Es decir que Medusa es la representación de una mujer ambivalente, desacatada, poderosa y temida. Fálica, es cierto. Protectora y destructora, igual que la naturaleza. Es por excelencia la mujer imposible, más allá de la muerte y de la castración Medusa sobrevive, regresa con todo su poder intacto, perfilándose eterna. 

Según el mitólogo estadounidense Joseph Campbell, cuando meditamos sobre determinada deidad estamos meditando sobre los poderes de nuestro propio espíritu y  nuestra psique, así como también sobre los poderes que se sitúan por fuera de nosotros mismos. 

Los mitos nos atraviesan, sin dudas. Se proyectan en el interior de nuestra psiquis y nos conducen por caminos que si usáramos el pensamiento racional decidiríamos evitar. Sin embargo, fuera de ellos la vida es una condición etérea, frágil, y nuestras posibilidades de eternidad son realmente limitadas. 

Simplemente la muerte nos acecha día tras día. Aún así, en esa vida diaria manejamos un orden de prioridades tan rígido como absurdo, tan arbitrario y volátil que se desbarata, desaparece frente a lo inminente, frente a lo excesivo que tiene la vida. 

En concordancia relativa con la línea de pensamiento de Sigmund Freud, también la filósofa feminista Julia Kristeva escribe sobre la visión de la decapitación como representación simbólica. Pero para Kristeva la cabeza decapitada, separada del cuerpo que habita, es un icono definitivo y, como tal, produce fascinación y temor; además apunta a una visión que se prolonga después de que la cabeza ha sido separada de su cuerpo. Es decir, Kristeva encuentra en el símbolo nuevos matices.

Con su agudeza característica refiere que una cabeza sin cuerpo es un símbolo en sí mismo. En la visión que nos proporciona la decapitación, el hombre escapa de su cabeza como un prisionero escapa de la cárcel. Por eso nos fascina; nos deja absortos porque otorga una visión sagrada de las cosas:

Sin cabeza, ese sujeto vidente se convierte en un ser que desconoce las prohibiciones; existirá un ego inundado de inconsciente, se entregará por completo al otro, y rebasará todos los límites y restricciones con gozo y con éxtasis.

Es que perder la cabeza da miedo, porque es romper con la tiranía de la razón y porque la única posibilidad que tiene un individuo de convertirse en algo diferente es aniquilarse. 

Bueno, algunos no pueden. Normalmente huimos de la aniquilación como vampiros que huyen de la luz del sol.

En la decapitación el hombre encuentra esa última visión, la visión capital; el último resplandor antes de que se extinga la vida. Es una experiencia horrorosa que, como toda visión de lo sagrado, tiene también su lado positivo: libera la mirada de la racionalidad.

Kristeva sostiene que desde el principio de su evolución, el hombre insiste en colocar la cabeza por encima de los demás órganos, así es que el eje horizontal de nuestros ancestros se convirtió en un eje vertical que logra imponer la supremacía de la mente sobre el cuerpo inferior. 

Este orden vertical y antinatural es muy frágil, se derrumba cada vez que el hombre se rinde a sus instintos, cada vez que deja de pensar, cada vez que "pierde la cabeza", cada vez que se entrega y por lo tanto se aniquila. En los momentos de intenso dolor o placer -como por ejemplo durante el orgasmo- la cabeza se echa hacia atrás en un gesto instintivo, es decir, no calculado, mediante el cual se intenta regresar a la alineación horizontal de la boca y los órganos inferiores.

Desde hace mucho tiempo la decapitación nos remite a esta reina de cabellera vigorosa que, transmutada en símbolo, nos persigue. Silenciosa atraviesa la historia de los hombres. En palabras de Campbell, el  mito nunca es algo proyectado por nuestro cerebro, se experimenta en el corazón, mediante emociones, aunque se forme en la cabeza. Surge del reconocimiento de identidades ubicadas en las sombras, detrás de un velo, en el interior de la apariencia de las cosas: es la percepción amorosa de un donde normalmente hubiéramos percibido objetos inanimados. El mito entonces es un dotar de vida.