Rara avis

 


La delicia y el perfume de mi vida es la memoria 
de esas horas
en que encontré y retuve el placer tal y como lo deseaba.
Delicias y perfumes de mi vida, para mi que odié
los goces y los amores rutinarios.

Constantino Kavafis. Voluptuosidad. 1917.

El río es el Mekong. Una niña. Una niña vestida ridículamente. Con sombrero, con zapatos gastados. Una niña que se asoma a la vida como se asoma al río, como se asoma al cuerpo: con intuición, con soltura. Detrás de ella se acurruca una mujer. Es una mujer pequeña, alcohólica, desteñida.

Talentosa y disidente, Marguerite Duras (1914-1996) escribe pero no siempre hay sintaxis. No necesariamente. En ella no hay orden ligado, hay una escena que se cuenta varias veces a lo largo del tiempo; es decir, en varios libros. Y en cada vez, lo que cambia es la mirada. En cada vez profundiza y discrepa. A veces cuenta más. Tal vez por eso va con ella la indómita sensación de anarquía, porque la prosa se detiene y salta, el ritmo se va. 

La crítica literaria abraza la noción de que Duras conceptualiza la literatura. Duras fragmenta. Al cambiar el enfoque de cada escena, espiraliza sus historias. No hay principio, no hay fin, hay continuum. Duras habilita las lecturas otras, las que se salen de la crítica encorsetada. Sigue los movimientos del arte contemporáneo, posibilita una escritura abierta, que se repara a medida que avanza la investigación, las nuevas teorías literarias. 

En sus propias palabras vueltas hacia ella: Duras encuentra para los amantes un lugar otro, un lugar protector, de pura inmensidad, un rincón inviolable. Una patria lejana, estática, de infancia, que los preserva de toda corrupción, de todo conocimiento ajeno a ella; que los protege de las calamidades propias de la edad adulta, de la muerte, del dinero, de la tristeza de las noches, de la oscuridad de la monotonía y la rutina, de la soledad de la miseria, tanto la del amor como la del deseo. 

Atravesada por el incesto y la triangulación, desde el principio, Duras fue un enigma, un pájaro raro. Se permitió dudar de la supremacía blanca, del poder, del amor, de la heterosexualidad. Miró con ojos de ensueño las ideologías, no les creyó. Se atrevió a plantear la ambigüedad de los lazos familiares, a mostrar la familia como una célula tortuosa y destructiva, pero aún así su gran tema fue la escritura. Y nunca sabremos con algún grado de certeza si su obra fue ficción pura, autoficción o biografía rigurosa. 


[...]De la limusina negra acaba de salir otro hombre. No es igual que el del libro, es otro chino de Manchuria. Es un poco distinto: es más robusto que él, tiene menos miedo que él, más audacia. Tiene más belleza, más salud. Es más «de cine» que el del libro. Y también se muestra menos tímido que él ante la niña. 

Ella, en cambio, sigue siendo la del libro, bajita, delgada, atrevida, difícil de captar su sentido, difícil de decir quién es, menos guapa de lo que parece, pobre, hija de pobres, de antepasados pobres, granjeros, zapateros, primera en francés siempre en todas partes y odiando Francia, inconsolable del país natal y de la infancia, escupiendo la carne roja de los steaks occidentales, enamorada de los hombres débiles, sexual como aún no ha encontrado a otra. Loca por leer, por ver, insolente, libre. 

Él es un chino. Un chino alto. Tiene la piel blanca de los chinos del norte. Es muy elegante. Lleva un traje de tela de seda cruda y los zapatos ingleses color caoba de los jóvenes banqueros de Saigón. 

Él la mira. 

Se miran. Se sonríen. Él se acerca. 

Fuma un 555. Ella es muy joven. Hay algo de temor en su mano que tiembla, aunque apenas, cuando él le ofrece un cigarrillo. 

—¿Fuma? 

La niña hace una señal: No. 

—Perdóneme... Es tan inesperado encontrarla aquí... Usted no se da cuenta... 

La niña no contesta. No sonríe. Lo mira. Feroz sería la palabra para decir esa mirada. Insolente. Descarada es la palabra de la madre: «No se mira así a la gente». Se diría que no oye bien lo que él le dice. Mira el traje, el coche. Alrededor de él, el perfume del agua de colonia europea con, más lejano, el del opio y la seda, del bómbice de seda, del ámbar de la seda, del ámbar de la piel. Ella lo mira todo. Al chófer, el coche y, una vez más, le mira a él, al chino. La infancia parece en su mirada de una curiosidad desplazada, siempre sorprendente, insaciable. El la mira mirar todas esas novedades que transporta aquel día el transbordador. 


Marguerite Duras. El amante de la China del Norte (Fragmento). 
L'Amant de la Chine du Nord. 1991. Editorial Gallimard



El guardián del amor







El cuerpo es un pacto 
con la forma. 
Pero el deseo es la forma
que tiene el corazón
de deshacerse
de su cuerpo.

Susana Villalba


No obstante el cuerpo. Ese animal espeso y palpitante, que aún en su volumen más frágil y más doliente, aun en su necesidad más vasta o acotada, se vuelve inevitable. 

El cuerpo es apenas una bruma, es opción, vehículo de la riqueza ineludible del deseo, que con su poder nos desborda, pero que vale la pena cuidar. Porque en definitiva la vida es física, porque no importa que el hielo se derrita, y no importa que las palabras no alcancen para nombrar, lo importante es estar ahí para sentir lo que pasa.


El guardián del hielo

Y coincidimos en el terral

el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.

                   Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.

José Watanabe. De: Cosas del cuerpo, 1999
Recogido en: José Watanabe – Poesía completa.
Ed. Pretextos, 2008.


El lenguaje de la vida


Aprender a estar en esa orilla más allá del ruido, de las palabras, aún de la memoria. En esa zona salvaje. Aprender a estar en la intemperie.

Alicia Genovese

You remember too much,
my mother said to me recently.
Why hold onto all that? And I said,
Where can I put it down?

 Anne Carson. Glass, Irony and God

Magia, brujería, conocimiento de hierbas y plantas venenosas, dominio sobre ciertos animales, el cielo, el mar y la tierra, invocación de algún que otro fantasma, nigromancia, hechicería, convocatoria de espíritus: los dioses y los poetas son capaces de todo. Tal vez por eso la creación nos inspira un profundo respeto. 

Un saber propio, del propio cuerpo, alejado del intento de sabiduría. Una verdad regalada, un saber que se exprese sin forma, sin forzar saber. Sostener la ilusión, captar el instante, penetrar sin la violencia de la razón, esa y no otra es la búsqueda del creador, manteniéndose siempre a distancia prudencial del misterio. Para que sea, para que nunca deje de ser.


Encrucijada

Esa es la voz de Hécate.
Esa es la mano izquierda del destino.
La luna enrojece el paisaje,
esparce sobre el mundo la locura y la muerte.
                Y ella canta en la encrucijada.
Allí donde el cuerpo se triplica, 
donde se triplican los ojos y los pies 
pero no el corazón,
allí donde cae la cabeza del condenado, 
donde no hay perdón.
                Ella canta en la encrucijada
y su canto abre las puertas del infierno.
                Ella canta en la encrucijada 
y se retuercen los epilépticos.
                Ella canta en la encrucijada
y el alacrán arrastra su víctima al tálamo de fuego.
                Ella canta en la encrucijada
y el cuerpo y el alma desatan su terrible nudo
                Ella canta:
“Oh, cómplice de la noche,
reina de los muertos y de los fantasmas, 
trivia,
el corazón estrábico mira a derecha e izquierda, 
adelante y atrás,
se mira a sí mismo y a su doble.”
               Ella canta en la encrucijada.
Pero alguien saldrá esta noche como ladrón a los caminos.
pisará los escalones de lo desconocido, 
traerá de los cabellos la cabeza del sol. 
Para arrojarla a sus pies,
para que su canto no cese,
para que siga brotando de sus pechos 
la leche caliente de la fatalidad.

Horacio Castillo (1934 - 2010) de Alaska. Ed: Libros de Tierra Firme 1993

Melones en la mierda

 


Lirios de la anochecida.
Fantasmas puros del jardín, ya casi perdido.
Ángeles del jardín, quietos entre las flores,
vueltos sobre sí mismos, sobre la íntima luz
tan pura, que ilumina como lámparas dulces,
el olvido, todavía azulado, de las flores.

Juan L Ortiz
(Poemas del anochecer)

Las imágenes creadas por Marguerite Duras en el papel son anárquicas, aunque cinematográficas. Generan en quien lee una resonancia, una imaginación escénica. Tanto que algunos críticos han designado su escritura como escritura fílmica.

[...]
Alrededor del transbordador, el río llega al ras de la borda, sus aguas en movimiento atraviesan las aguas estancadas de los arrozales y no se mezclan. Ha arrastrado todo lo que ha encontrado desde el Tonlesap, la selva camboyana. Arrastra todo lo que le sale al paso, chozas de paja, selva, incendios extinguidos, pájaros muertos, tigres, búfalos ahogados, hombres, cebo, islas de jacintos de agua aglutinadas, todo va hacia el Pacífico, nada tiene tiempo de hundirse, es arrastrado por la tempestad profunda y vertiginosa de la corriente interior, todo queda en suspenso en la superficie de la fuerza del río.

Marguerite Duras (El amante)

A pesar de toda la belleza contenida en este libro, a pesar de la crítica mordaz contra la sociedad y contra la familia que habita en esas páginas, los lectores y la crítica literaria no especializada insisten en hablar únicamente de la historia de amor entre la niña blanca francesa y su amante chino, pero plancharle las arrugas a la trama, proponer una linealidad narrativa es pretender otro libro.

Duras escribió toda su vida el mismo libro, parece haber encontrado su Jesús personal, parece decirse a sí misma. De algún modo el foco fue puesto allí. Nadie que haya leído El amante podría negarlo, pero una mirada demasiado reduccionista de los hechos biográficos nos llevaría a pensar sólo en la historia de amor, cuando en realidad lo que se despliega es el complejo entramado de la historia de un aprendizaje visto desde otra madurez, desde muchos años después. Es por eso que tiene infinitos matices. Ver solo la historia de amor contenida en la trama es descontextualizarla por completo. 

Frente a cualquier tipo de lógica totalizante, sin embargo, en Duras siempre irrumpe lo personal. Es el oro de la individualidad expresando lo que lo diferencia del resto. No es nada místico, por cierto, tan solo una especie de apertura, un camino difícil de transitar, hacia una libertad que se vuelve imposible la mayoría de las veces:

[...]
Mi madre mi amor mi increíble mancha, con las medias de algodón zurcidas por Dô, nuestra criada china. En los trópicos se sigue creyendo que hay que ponerse medias para ser la señora directora de una escuela. Vestidos lamentables, deformados, remendados por Dô. Recién llegada de su granja picarda poblada de primas, lo usa todo hasta el final, cree que es necesario, que es necesario ganárselo, como sus zapatos. Sus zapatos están gastados, camina de costado, con un gran esfuerzo, los cabellos tirantes, ceñidos en un moño de china. Nos avergüenza, me avergüenza en la calle delante del instituto, cuando llega en su auto. Delante del instituto todo el mundo la mira, ella no se da cuenta de nada, nunca. Está para encerrar, para darle una paliza, para matarla. Me mira y dice: quizá tú salgas de esto. Día y noche la idea fija. No se trata de que sea necesario conseguir algo, se trata de que es necesario salir de donde se está.

Aún así, después de todo, si no hay mayor extraño que uno mismo. ¿Por qué iba Duras a escapar de ese destino vulgar si es la apariencia de los otros lo que termina por frecuentarnos, lo que insiste, lo que rompe, lo que nos obliga a entrar, a aceptar finalmente esa invitación reiterada?

[...]
En las historias de los libros que se remontan a mi infancia, de pronto ya no sé de qué he hablado o qué he evitado decir. Creo haber hablado del amor que sentíamos por nuestra madre, pero no sé si hablé del odio que también le teníamos y del amor que nos teníamos unos a otros y el odio, terrible, en esta historia común de ruina y de muerte que era la de nuestra familia. De todos modos, tanto la historia del amor como la del odio aún escapan a mi entendimiento, eso me es inaccesible, está oculto en lo más profundo de mi piel, ciego como un recién nacido. Es el ámbito en cuyo seno empieza el silencio. Lo que ahí ocurre es precisamente el silencio, ese lento trabajo de toda mi vida. Aún estoy ahí, ante esos niños posesos, a la misma distancia del misterio. Nunca he escrito creyendo hacerlo, nunca he amado creyendo amar, nunca he hecho nada salvo esperar delante de una puerta cerrada.

Así, Duras encontró la manera de gambetear la oscuridad y, al menos por un tiempo, cuenta con la magia suficiente. Sabe merecer esa mirada otra que muchas veces nos define mejor que cualquier máscara, sabe sentir esa libertad rara vez conquistada. No es un hecho menor merecer el deseo que nos empuja, estar a la altura del propio mito, aunque la lucidez tenga un precio muy alto, aunque algunas veces paguemos ese privilegio con el propio cuerpo.

[...]
Alrededor del recuerdo, la lívida claridad de la noche del cazador. Se oye un sonido estridente de alerta, de grito infantil.

[...]
Le digo (a mi amante) que esa violencia de mi hermano mayor, fría, insultante, acompaña todo lo que nos sucede, todo lo que nos pasa. Su primer impulso es el de matar, quitar la vida, disponer de la vida, despreciar, cazar, hacer sufrir. Le digo que no tenga miedo. Que no corre ningún riesgo. 

Porque la única persona a la que teme el hermano mayor, ante quien curiosamente se intimida, soy yo. 

Desde sus inicios, la autora se muestra en guerra con el sentido impuesto como obligatorio, tomado como único e inquebrantable, con la violencia intrafamiliar, con el racismo, con la soledad, con el silencio, con la moral burguesa y con todo aquello que nadie tendría derecho de cuestionar. Esos son sus molinos de viento.

Nunca buenos días, buenas tardes, buen año. Nunca gracias. Nunca una palabra. Nunca la necesidad de pronunciar una palabra. Todo permanece, mudo, lejano. Es una familia pétrea, petrificada en una espesura sin acceso alguno. Cada día intentamos matarnos, matar. No sólo no se habla sino que tampoco se mira. Desde el momento en que se nos ve, no se puede mirar. Mirar es tener un impulso de curiosidad hacia, sobre, es perder. Nadie que sea mirado merece ser objeto de una mirada. Siempre es  deshonroso. La palabra conversación está proscrita. Creo que es esa la que mejor expresa aquí la vergüenza y el orgullo. Toda comunidad, sea familiar o de otra índole, nos resulta odiosa, degradante. Estamos unidos en una vergüenza de principio por tener que vivir la vida. Ahí es donde estamos en lo más profundo de nuestra historia común, la de ser los tres hijos de esta persona de buena fe, nuestra madre, a la que la sociedad ha asesinado. 

Pertenecemos a esa sociedad que ha reducido a mi madre a la desesperación. A causa de lo que se le ha hecho a mi madre, tan amable, tan confiada, odiamos la vida, nos odiamos.

[...]
El hermano mayor sufre por no ejercer libremente el mal, por no regentear el mal, no sólo aquí sino en todas partes. El hermano menor por asistir impotente a este horror, a esta predisposición del hermano mayor. Cuando se pegaban teníamos igual miedo por la muerte de uno que por la del otro; madre decía que siempre se estaban pegando, que nunca habían jugado juntos, que nunca habían hablado. Que lo único que tenían en común era ella, su madre, y, sobre todo, esta hermanita, sólo la sangre.

De todo eso nada contábamos a los de afuera de la casa, ante todo habíamos aprendido a callar lo esencial de nuestra vida: la miseria. Y después, también todo lo demás. Los primeros confidentes, la palabra parece excesiva, son nuestros amantes, nuestros conocidos afuera del puesto, en las calles de Saigón al principio y, luego, en los paquebotes de línea, en los trenes, después en todas partes.

La escritura de Duras descubre algo que de algún modo todos intuimos: que al entregarnos a cualquier pasión, independientemente de que sea o no vitalizante, ya envejecemos; que hay hombres y mujeres que no encuentran fuerzas para amar más allá del miedo, y que esa cobardía los convierte en infelices.

[...]
Veo la guerra bajo los mismos colores que mi infancia. Confundo el tiempo de la guerra con el reinado de mi hermano mayor. Se debe sin duda al hecho de que fue durante la guerra cuando murió mi hermano pequeño: el corazón, como he dicho, cedió, lo abandonó. Al hermano mayor, en realidad, creo no haberle visto durante la guerra. Ya no me importaba saber si estaba vivo o muerto. Veo la guerra como era él, propagarse por todas partes, penetrar por todas partes, robar, encarcelar, estar en todas partes, unida a todo, mezclada, presente en el cuerpo, en el pensamiento, en la vigilia, en el sueño, siempre, presa de la pasión embriagadora de ocupar el territorio adorable del cuerpo del niño, el cuerpo de los menos fuertes, de los pueblos vencidos, porque el mal está ahí, en la puerta, contra la piel.

La escritura de Duras descubre que entendemos primero con el cuerpo lo que después podrán o no comprender la inteligencia y las palabras.

Marguerite Duras. El amante. (L´Amant. Ed: Les Éditions de Minuit. Francia. 1984)

Escribir no es nada

 

Déjame, madre, que transmita las voces
que aúllan al caer como cascadas.

John Berger. Páginas de la herida


[…]

Muchas veces los recuerdos del amor o la pasión son el motor de la escritura, pero “ser escritor” es insostenible porque la vida está en otra parte. Así que de entrada escribe uno para vengarse, porque escribir es la otra vida. Todo el mundo lo hace, aunque después haya un proceso detrás que nos pierde y nos aleja de ese objetivo pueril, como sea, el móvil más poderoso y habitual para escribir es el arreglo de cuentas.

Marguerite Duras


Sin embargo, al escribir no es el escritor quien progresa, progresa la libertad. Tal vez por eso suele decirse que leemos con el alma. Lo que sí es cierto, al menos, es que leemos con la subjetividad, y que leer a Marguerite Duras suele dejar secuelas. Su obra es como un sueño, una anarquía deliciosa, pletórica de imágenes que evocan sensaciones, que marcan en nosotros, sus lectores, huellas inconexas, erráticas o, más bien, nómadas, que son las mejores de todas. 

Quiero decir, y esto es absolutamente personal, durante años quedaron en mi mente vestigios de esas imágenes leídas, creadas en sus textos, recreadas en el pensamiento. Construcciones poderosas, por cierto: la foto de una escena, dos líneas de un diálogo amoroso, la postal de una ciudad en ruinas, una teta. Es que tal vez lo más rico, lo más poderoso de un texto sea que empieza en el autor pero indefectiblemente termina en cada lector.

La verdad es que hoy la realidad cotidiana tiende a convertirse en pesadilla. Hablamos de la luz de la modernidad, pero donde debería haber luz, paradógicamente, todo es penumbra, consumo, actividad económica, acreedores, proveedores, clientes, el absurdo. En sus calles abarrotadas, en la marea muerta de las caras, siempre las mismas caras miserables, poco inteligentes, opacas está la esencia de la monotonía y la vulgaridad. Por eso, tan lejos de todos, y tan cerca sin embargo, cuando escribimos, cuando leemos, cuando suena una canción, solo estamos tratando de salir a respirar:


[...]

Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al transponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida. 

Ese envejecimiento fue brutal. Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que existía entre ellos, cómo agrandaba los ojos, cómo hacía la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo grababa la frente con grietas profundas. 

[...] Con frecuencia me han dicho que la causa era el sol, un sol demasiado intenso durante la infancia. Pero no lo he creído. También me han dicho que era el ensimismamiento en el que la miseria sume a los niños. Pero no, no es eso. 

Los niños-viejos del hambre endémica, sí, pero nosotros no, no teníamos hambre; nosotros éramos niños blancos, nosotros teníamos vergüenza, nosotros vendíamos nuestros muebles, pero no teníamos hambre, nosotros teníamos un criado y comíamos, a veces, es cierto, porquerías, zancudos, caimanes, pero esas porquerías estaban cocinadas por un criado y servidas por él y a veces incluso no las queríamos, nos permitíamos el lujo de no querer comer. 

Algo sucedió cuando tenía dieciocho años que motivó que ese rostro fuera como es. Debió de suceder por la noche. Tenía miedo de mí, tenía miedo de Dios. Cuando amanecía, tenía menos miedo y menos grave me parecía la muerte. Pero el miedo no me abandonaba. Quería matar a mi hermano mayor, quería matarlo, llegar a vencerlo una vez, una sola vez, y verlo morir. Para quitar de adelante de mi madre el objeto de su amor, para castigarla por quererlo tanto y mal, y sobre todo para salvar a mi hermano el pequeño, mi niño, de esa vida llena del hermano mayor, plantada encima de la suya, de ese velo negro que ocultaba el día, de la ley por él representada, por él dictada, por él, un ser humano; una ley animal, que a cada instante de cada día sembraba miedo, miedo que una vez alcanzó su corazón y lo mató. 

[...]

Ya estoy advertida. Sé algo. Sé que no son los vestidos lo que hace a las mujeres más o menos hermosas, ni los tratamientos de belleza, ni el precio de los cosméticos, ni la rareza, ni el valor de los adornos. Sé que el problema de la belleza está en otra parte. No sé dónde. Sólo sé que no está donde las mujeres creen. Miro a las mujeres por las calles de Saigón, en los puestos de la selva. Las hay muy hermosas, muy blancas, prestan gran cuidado a su belleza, aquí, sobre todo en los puestos de la selva. No hacen nada, sólo se reservan, se reservan para Europa, los amantes, las vacaciones en Italia, los largos permisos de seis meses, cada tres años, durante los que podrán por fin hablar de lo que sucede, de esta existencia colonial tan particular, del servicio de esta gente, de los criados, tan perfectos, de la vegetación, de los bailes, de estas quintas blancas, tan grandes como para perderse, donde viven los funcionarios durante sus destinos remotos. 

Ellas esperan. Se visten para nada. Se contemplan. En la penumbra de esas quintas se contemplan para más tarde, creen vivir en una novela, ya tienen los amplios roperos llenos de vestidos con los que no saben qué hacer; han sido coleccionados como el tiempo, una larga sucesión de días de espera. Algunas se vuelven locas. Algunas son abandonadas por una joven criada que se calla. Abandonadas. Se oye cómo la palabra las alcanza, el ruido que hace, el ruido de la bofetada.

Algunas se matan.

Ese faltar de las mujeres a sí mismas ejercido por ellas siempre lo considero un error.

[...]

(Tengo) quince años y medio. El cuerpo es delgado, casi enclenque, los senos son aún de niña, maquillada de rosa pálido y de rojo. Y además esa vestimenta que podría provocar la risa pero de la que nadie se ríe. Sé perfectamente que todo está ahí. Todo está ahí y nada ha ocurrido aún, lo veo en los ojos, todo está ya en los ojos. Quiero escribir. Se lo he dicho a mi madre: lo que quiero hacer es escribir. La primera vez, ninguna respuesta. Y luego ella pregunta: ¿escribir qué? Digo: libros, novelas. Dice con dureza: después de las oposiciones de matemáticas, si quieres, escribe, eso no me importa. Está en contra, escribir no tiene mérito para ella, no es un trabajo, es un cuento —más tarde me dirá: una fantasía infantil.


Marguerite Duras. L´Amant. Ed: Les Éditions de Minuit (Francia- 1984)

Nuestra vida secreta

Narcissus by Jody Kelly


Quien es hombre vive en una posición que se extraña absolutamente de sí misma. 
A partir de ahí, no soy más que escenario de una pregunta.
(Peter Sloterdijk)

Y soportar la vida sigue siendo el primer deber de todo ser vivo.
(Sigmund Freud)

Somos frágiles, prisioneros de los conceptos, seres insignificantes que vagan marcados por una comprensión endeble, una conducta impuesta por los demás, una autopercepción distorsionada; excusas suficientes para caer en la oscuridad sin fin de la moral neurótica. 

Sentados sobre nuestros privilegios, la realidad es que producimos para consumir o para acumular. Narciso es el símbolo de este tiempo de hombres endeudados, un tiempo de verdades transitorias. Y de la misma forma que ocurre con la depresión y el hartazgo, este símbolo ya no es propio de las clases altas o medias, lo es de todas ellas. 

La evasión, la huida son soluciones limpias, típicas del individuo posmoderno; un individuo autofágico, que se come a sí mismo aunque sin reinventarse, sin intervenir. Pero sin aprendizaje no será posible renacer; es decir, se repetirá el mismo estúpido una y otra vez, en un bucle. 

Hoy todo es breve. Lo liso, lo pulido, lo brillante significan belleza. Quien no se deslice sobre esas superficies, quien no cambie al ritmo vertiginoso del capital y la moda, queda afuera, se pierde, no encaja. Hoy la asepsia es lo deseable, la asepsia que nos mantiene afuera de la historia, en las superficies, al margen de la vida, como espectadores. 

A pesar de todo, quizá podamos hacer algo para no terminar siendo simples mecanismos fóbicos.

Nos merecemos la opacidad, nuestra vida secreta, la contradicción. Sentir muchas cosas, nadar en el barro, caer mil veces. Hay que inmolarse, entender que tenemos derecho a dejar entrar la angustia, a vivirla, a rechazar la transparencia que nos exigen, porque es una de las pocas maneras de enriquecer la capacidad vital. 

Firmes, de cara a la tormenta, nos merecemos algún día dejar de tener miedo.


Estamos en 1965. Mi madre ha muerto. Se ha publicado mi primer libro de poemas. Mi padre, que, al igual que mi madre, no ha sido nunca lector de poesía, lo lee. Estoy emocionado. La imagen de mi padre ponderando lo que he escrito me llena de un regocijo inefable. Quiere hablarme sobre los poemas, pero le cuesta empezar. Al fin lo hace. Algunos los ha hallado confusos y le gustaría que se los aclarara. Otros le parecen completamente claros y está deseando transmitirme cuánto significan para él. Los que más le dicen son los que dan voz a su sentimiento de pérdida, tras la muerte de mi madre. Parecen expresar lo que él ya sabe pero no logra decir. Su poder es casi mágico. En pocas palabras le cuentan lo que él está sintiendo. Le ponen en contacto consigo mismo. Mi padre puede leer mis poemas –y he de decir que podrían haber sido los de cualquiera– y adueñarse de su pérdida, en vez de que ella se adueñe de él.

Esta capacidad que tiene la poesía de ordenar nuestra casa interior, de formalizar emociones difíciles de articular, es una de las razones por las que seguimos contando con ella en los momentos de crisis y en las ocasiones en que necesitamos saber, en pocas palabras, aquello por lo que pasamos. Pienso en los funerales en particular, pero lo mismo se podría decir de los cumpleaños y las bodas. Sin la poesía tendríamos únicamente silencio o banalidad: el primero, dejándonos a solas con nuestros recursos inadecuados para experimentar la iluminación; la segunda, abaratando con la generalización lo que desearíamos para nosotros solos, empobreciendo nuestra experiencia, convirtiendo en embarazoso nuestro sentido de la intimidad. Si mi padre hubiera vivido más tiempo, se podría haber convertido en un lector de poesía. Había descubierto su necesidad: no solo de mi poesía, sino del lenguaje mismo de la poesía, de las formas en que construye su sentido. 

Y ahora que han pasado los años, cuando escribo algo bueno pienso en mi padre complacido, y pienso también que mi madre, si pudiera escuchar esos versos, despertaría de su siesta y me daría su aprobación.

Mark Strand de La vida secreta de la poesía.


 Para Jessica, mi hija

Esta noche salí a caminar
cerca de casa, y tuve miedo no
del camino sinuoso que tomé
en el amor y el ego, sino más
bien de lo oscuro y lo lejano. Anduve
oyendo el viento y percibiendo el frío,
pero a mí me afligían las estrellas
que ardían en el gran arco del cielo.

Jessica, es más sencillo concebir
nuestras vidas andando entre el efímero
resplandor de las hojas, disfrutando
de aquello que tenemos, que pensar
cómo será posible que unos seres
como nosotros, tan pequeños, puedan
atravesar la oscuridad sin buscar
algún rumbo visible o un destino.

Sin embargo, recuerdo que hubo veces
en que debajo de ese mismo cielo
cada hueso del cuerpo se hizo luz
y la herida del cráneo se abrió para
que entrara el cosmos con sus rayos fríos,
y fueron, un instante nada más,
ellos mismos el cosmos; hubo veces
en que llegué a creer que éramos hijos
de las estrellas, que nuestras palabras
estaban hechas de ese mismo polvo
que flamea en el espacio; aquellas veces
sentía en lo incorpóreo del aliento
que el peso de un día entero se apoyaba.

Sin embargo, esta noche es diferente.
Con miedo de las sombras en que andamos
o desaparecemos por completo,
me imagino una luz que no permita
que vaguemos muy lejos; una luna
secreta o un espejo; alguna hoja
de papel, o algo que puedas llevar
por la oscuridad cuando yo ya no esté.

Mark Strand de Un viejo se va de la fiesta

Peces raros


Estamos en 1957. Me encuentro en casa, durante las vacaciones de la facultad de Bellas Artes, sentado frente a mi madre en el salón. Hablamos de mi futuro. Mi madre considera que he elegido un oficio difícil. Tendré que luchar en la sombra, y puede que pasen muchos años hasta que alcance algún reconocimiento; y ni aún entonces es seguro que pueda ganarme la vida ni mantener una familia. Mi madre piensa que sería más inteligente que me hiciera abogado o médico. Justo en ese momento le digo que, aunque acabo de empezar Bellas Artes, lo que de verdad me interesa es la poesía. “Pero entonces jamás podrás ganarte la vida”, me dice. A mi madre le preocupa que yo pueda sufrir innecesariamente. Le explico que los placeres que es capaz de proporcionar la poesía son muy superiores a los del dinero o la estabilidad. Le propongo leerle algunos de mis poemas favoritos de Wallace Stevens. Comienzo por “La idea de orden en Key West”. Al rato, sus ojos se cierran y su cabeza se vence hacia un lado. Mi madre se ha dormido en el sillón.

Mark Strand de La vida secreta de la poesía.


Gilles Lipovetsky, sociólogo y filósofo francés, escribe que en esta triste posmodernidad social el valor supremo es el individuo, esto representa la manifestación final de la revolución individualista. Es decir, la muerte de lo colectivo. 

Somos egoístas, indiferentes, caníbales protegiendo nuestra parcela de patio. Estamos estancados, como zombies intentando el envión con el cerebro fritosin ideologías ni futuro, el entendimiento del hombre mediocre va en franco descenso. Ya es evidente. Existen algunos puntos de luz, es cierto, pero quizás demasiado dispersos en la noche futura. 

Futuro ya no es sinónimo de progreso. 

Reina un vacío que no es ni trágico ni apocalíptico, un vacío que apenas genera indiferencia. La apatía es un manto que todo lo cubre, la angustia de existir intenta ser neutralizada con la complicidad de los medios de consumo masivo: redes sociales, dispositivos electrónicos, psicofármacos, series, religiones y tarjetas de crédito. 

Hoy todo es hoy. La sociedad posmoderna es la apoteosis del consumo, formada por individuos que se consideran libres mientras comen las mismas cosas, utilizan y consumen los mismos objetos, tienen las mismas ideas, los mismos deseos y creen en las mismas religiones que millones y millones de otros individuos en el mundo.

Es que habitamos un mundo donde día tras día nos dicen qué es lo deseable, cómo y con quién; un mundo donde crecen y se multiplican las técnicas de control social, eso sin ejercer violencia alguna; un mundo donde a nadie le importa lo que los otros dicen, porque hay tantos y tantos contenidos disponibles que existe una indiferencia absoluta por ellos. Palabra tras palabra, imagen tras imagen todos se expresan.

Todos publican, pero nadie mira. 

Así, ya no suena extraño que el individuo actual tome el cuidado de relacionarse solo con aquellos que son como él. Un individuo aséptico, con el agua hasta el cuello, nadando en su pequeño estanque donde lo social se disemina en grupos reducidos. Lipovetski nos asegura que no es que seamos a-sociales, es que creamos microgrupos de identificación con intereses miniaturizados. Una sociedad donde el objetivo general pareciera ser encontrarse con iguales antes que litigar con diferentes. 

No sé si caminamos o no hacia la extinción, lo cierto es que ninguna cosa que haya sido escrita podrá decirnos realmente cómo vivir. Ninguna que persiga esa intención, al menos. Sin embargo, nada nos prepara para la belleza, la exposición permanente a ella, la ética de la pausa, la digestión lenta y calmada de las palabras, de algunas historias, de muchos poemas, es posible que algo logren. Porque existe un aprendizaje -y un goce- que no están vinculados a la vida material.


Fábula ingenua 

Aquí, allá, cuando el río desciende,
quedan pequeñas charcas abandonadas al sol. Sus orillas
de barro empiezan a resquebrajarse
y los pececitos azules se arraciman con angustia
en el centro de un agua que pronto será hirviente.
He aquí la fábula tonta de los que perdieron el gran caudal.

Ya nunca más blancas arenas del fondo del río
ni ramas de sauce jugando en la corriente
ni refugios debajo de las piedras donde el agua se riza
y sisea
ni sombras de los viejos puentes patriarcales
ni luna en el remanso
ni playas bajas que permitan alcanzar la tierra, las casas
ribereñas con puertas para tocar
y clamar con voz pequeñita: vengo del agua, dadme agua.

José Watanabe de Banderas detrás de la niebla. 
Editorial Pre-Textos, Valencia, 2006.
Editorial Peisa, Lima, 2006.


La otra luz

 

You, darkness, of whom I am born
(Rainer Maria Rilke)

Nacemos de la oscuridad, sin dudas. Y esto sin hacer ninguna referencia al nacimiento físico; quiero decir: de algún modo la oscuridad proyecta en nuestras mentes una sustancia que nos moldea. Es a través del pensamiento que encuentra su modo de expresión, y nos hace ser quienes somos. Todo lo que la luz excluye de su ámbito se hace presente de una u otra manera, y nos transforma.

 

No, ninguna caída logró trocarse en ruinas
porque yo alcé la torre con ascuas arrancadas de cada infierno del corazón.
Tampoco ningún tiempo pronunció ningún nombre con su boca de arena
porque de grada en grada un lenguaje de fuego los levantó hasta el cielo.

(Olga Orozco)

En una primera aproximación podría parecer que es el mundo aquello que nos ofrece una mayor modificación, la realidad con su pie gigantesco, la experiencia vital. Sin embargo, es el interior aquello que no tiene límites y eso incluye al mundo onírico. La realidad es solo el comienzo, uno de los tantos aspectos posibles de la vida. Así, en cada individuo existe un continuum propio, irrepetible, que se mueve de exterior a interior. Es un conglomerado, mixtura de pensamientos, experiencias e ideas que nos hace únicos. De allí nacen la memoria, las obsesiones, las fobias, el temperamento, la personalidad, la creación, el amor y también los sueños, allí es donde nos convertimos en verdaderos exploradores. 


Nadie se muere aquí.
Una criatura vela
envuelta entre sus plumas de ángel invulnerable
jugando con ayer convertido en mañana.
Vuelve a escarbar con un trozo de espejo los terrenos prohibidos,
la oscuridad sin nombre todavía,
para entregar a cada huésped la llave al rojo vivo que abrirá cualquier puerta hacia este lado,
una consigna de sobreviviente
y las semillas de su eternidad
—un áspero alimento con un sabor a sed que nunca cesa—.

(Olga Orozco)

En la oscuridad interior tejemos y destejemos la maraña de eventos y sensaciones, pero también la noche omnipotente, como una diosa nutricia nos alimenta mientras teje su trama dentro y sobre nuestras pequeñas cabezas humanas. Muchos creemos en ella, es elemento y tensión. 

Nadie se pierde aquí.
A la entrada de cada laberinto
la adolescente aguarda con un ovillo sin fin entre las manos.
Otra vez del costado donde perdura el eco,
una vez más del lado que se abre como un faro hacia la soledad,
hay un hilo que corre solamente desde siempre hasta nunca,
que ata con unos nudos invencibles las ligaduras de la separación.
Con ese mismo hilo tejía sus disfraces de araña la impostura
y el estrangulador, noche tras noche, preparaba su lazo mejor para mañana.
Pero ella sonríe aún detrás de su cristal de azul melancolía
escribiendo sobre el vaho de las nuevas traiciones las más viejas promesas
con un tizón ardiendo,
para que nadie pierda la señal,
para que a nadie borre ni siquiera el perdón.

(Olga Orozco)

Y tal vez, en aquellos que decidimos crear, la obstinación por la palabra tenga que ver más que nada con eso: convertir aquello nacido de la maraña interior: 

Nadie sale de aquí.
Yo convierto los muros en ansiosas hogueras que alimento con sal de la nostalgia,
con raíces roídas hasta el frío del alma por la intemperie y el destierro.
Yo cierro con mis ojos todas las cerraduras.
No hay grieta que se entreabra como en una sonrisa para burlar la ley,
ni tierra que se parta en la vergüenza,
ni un portal de cenizas labrado por la cólera, el sueño o el desdén.
Nada más que este asilo de paso hacia el final,
donde siempre es ahora en todas partes al sol de la vigilia,
donde los corredores guardan bajo sus alas de ladrones de adiós a todo mensajero del destino,
donde las cámaras de las torturas se abren en una escena de dicha o infortunio que ninguna distancia consigue restañar,
y por cada escalera se asciende una vez más hasta el fondo de la misma condena.

(Olga Orozco)

En este mundo de seres adocenados, donde ya casi nadie habla de los sueños, donde a toda hora nos venden productos personalizados que no hacen otra cosa que despersonalizarnos cada vez más, donde a cada minuto gobierna la idea de vacío, la lógica de comunicar por comunicar, de expresar constantemente sin tener absolutamente nada para decir, la interioridad es casi la única esperanza de individuación que nos queda. 

La noche ha reducido los árboles y las estrellas ni siquiera palpitan.
Lo que tengo que decir, ¿viene de mí o de donde?

(Juan José Saer)



para violín y piano

¿Qué le queda al día de ti, cuando en la estría más vaga y fina de la sombra
vuelves el rostro hacia la tarde largamente perdida, eternamente rota?
Él te mira, celoso, viajar hacia la próxima luz como hacia un fuego puro,
nostálgico y breve, como quien ha caído en la red de un juego que era en
verdad una secreta condena
sola y sin pausa, naciendo y acunándose en la propia substancia de su horror;

día lejano de ti como una condición de otra,
como un regreso a un pecho muerto.
Todos los días sacrificas un día; allí lo dejas después, entre su luz agonizante
y te encaminas a beber trago a trago la noche espesa y fluvial
para soportar de pie el holocausto del mañana; y es eso
lo que llamas tu vida cuando con los espejos te confrontas
o tiemblas ante un ramo de rosas húmedas y vivas; allí lo dejas
en una danza fría, luz devota del hielo, ambigua inconsistencia blanca,
prehistoria de un aire actual que todavía no respiras; cazador, oh cruel,
enciendes y apagas días como fósforos; oh desvalido, cazas la luz y la 
detienes
y es en vano.

Juan José Saer (1937-2005) de: Para cuerdas (1960)




Moscas en la canilla




[...] La poesía
consiste en devorar el amor, el tiempo, encontrarse, de golpe, una mañana,
con la vida y la muerte tiradas sobre la mesa
como los restos de una comida que nadie, después de una noche larga, levantó.

(Juan José Saer)

Es una trampa bastante fácil para el ego pensar que los actores, los poetas, los escritores hemos sido escogidos, que estamos dotados de una sensibilidad distinta, que no podemos comportarnos como auténticos idiotas, solo porque decidimos que esa imagen nos disgusta. Fuimos cómplices de esta ilusión del ego, lo permitimos; miramos con horror a quienes no se comportaron como elegidos y eso es, como mínimo, una falta de responsabilidad. Es no hacerse cargo de nuestra humanidad crónica. 

Es difícil arrancar algunas máscaras, sobre todo cuando no se perciben con exactitud los límites entre la máscara y el rostro, suponiendo que exista debajo algún rostro "verdadero". No es extraño descubrir que la mayoría de las veces los lectores se enamoran de la biografía antes que de la obra de un autor. Tal vez sea por eso que tantas personas quieren ser escritores.

Sin embargo, con la presión suficiente el tejido se desgarra y vemos más allá. En mi opinión, pisar con los pies desnudos los restos de una botella de cerveza rota no admite romanticismo. Morir a causa de una hemorragia gástrica, nadando en medio de un descomunal charco de sangre y vómito, menos. La imagen del poeta tambaleante con el vaso de whisky en la mano está, definitivamente, en revisión.

Esa irradiación, luminosa de romanticismo, que proyecta un escritor es tan pintoresca como superficial.

Ahora bien. En cierto modo, la escritura avanza a tientas de la mano de una extraña alquimia entre lo vivido y lo pensado, como ingredientes de su alimento. No es extraño descubrir que esta rara flor a veces perdura a expensas de la vida del poeta. Aunque no es una constante, es cierto, sobran ejemplos de escritores en quienes la destrucción y la creación se movieron al unísono hasta el final. 

La inspiración, el ruido, la musiquita, eso que algunos deciden llamar musa, suele venir sin aviso, incluso en situaciones de lo más inesperadas; y vale lo mismo un texto escrito a la luz de una lámpara tenue, metidos dentro del más crudo silencio, que el que llega sin anunciarse en la ducha, friendo unas cebollas, en la pausa que ocurre durante la escritura de alguna otra cosa, mirando los árboles por la ventana, caminando por las calles de una ciudad cualquiera, en el medio del quilombo más oscuro, o mientras suena una canción en la radio.

El desorden dominará el conjunto pero, si sabemos insistir, el sedimento encontrará su brillo y esa música interior se abrirá paso y avanzará directo hacia nosotros, subirá por la conciencia hacia la luz, incluso sin entender demasiado de qué va, y entonces el cerebro le dirá a la mano que le diga a los dedos que escriban. Eso que aparece en forma difusa, que se insinúa y se esconde, la mayoría de las veces sin magia alguna, deberá tocarse al menos con la punta de los dedos antes de que sea demasiado tarde. 

Como un desafío habrá que atraparlo, aferrarse, decir. 


Posfacio con deudas

No sé cómo empezar esto pero empiezo nomás. Hoy estaba almorzando en una pizzería y oí una conversación telefónica del cajero que estaba detrás del mostrador. “Escúcheme don Juan –decía el cajero–, la verdad es que cuando hablo con usted salen cositas…”. Se hablaba de comprar muy barato un hotel alojamiento por parte del cajero y de su invisible interlocutor. Hotel alojamiento aparte, lo importante era el cajero hablado. No existen los poetas, existen los hablados por la poesía. 

Cuando uno llama por teléfono al médico que se fue a Mar del Plata, una cinta magnética responde: “Esto es una grabación.” Pues bien, así como eso es una grabación, lo que estoy escribiendo no es una justificación, es un agradecimiento, un hablar de deudas.

En realidad no es obligatorio leer lo que estoy escribiendo. Nadie espere una explicación de este libro. Simplemente quiero agradecer y de paso…Pero por’ai, y ese es el riesgo, lo que está adelante puede ser interpretado como el prólogo de esto, es decir que este es el fondo de la cosa, el fondo de la casa de mi infancia en Paraná entre durazneros, mandarinos, yuyos, ortigas y gatos vagos, negros, barcinos y atigrados.

Mi agradecimiento es para la gente que habla, para la gente que se mueve, mira, ríe, gesticula…para la gente que constantemente me está enviando esos mensajes fuera de contexto, esos mensajes que escapan de la convención de la vida lineal y alienada.

Las conversaciones de borrachos son a veces obras maestras del sinsentido, del puro juego de los significantes. Mi agradecimiento también. La música es un lenguaje de puros significantes, es el gran arte. Y yo me muero de envidia, porque en realidad soy un músico fracasado. Pero la música, en especial el jazz moderno en permanente evolución, ha sido y es lo único que me ha enseñado la verdadera estética operativa.

Macedonio Fernández me ayudó a redescubrir ese mundo que yo quería olvidar tal vez para poder trepar mejor…Un buen día me encontré en Buenos Aires con que quería irme a Europa…Evidentemente estaba a un pelo de ser porteño. Pero no me fui a Europa, ni creo que me vaya nunca. No señor, ni beca ni vaca, me quedo aquí.

Macedonio Fernández me hizo comprender que las reuniones de argentinos, incluso en Buenos Aires, son largas ruedas de mate, donde uno charla, se ríe y se pone triste…Que esas reuniones son verdaderas fiestas de lenguaje.  Yo me he reído con estos (¿mis?) poemas, y por momentos dejé de reír. Pero eso es cosa mía. No sé si pasa algo. Gracias, Macedonio, de todos modos, por atajarme y explicar, es decir por hablar de lo que se es hablado.

Todo lo que digo puede parecer muy racionalista, pero en realidad soy entrerriano primero, después tucumano y salteño. Mis amigos de aquí me acusan de franchute. Realmente no sé qué decir. La verdad, y eso no lo discute nadie, es que nací en la década del veinte, mitad más o menos, es decir que estoy más lejos del nacimiento que de su antípoda.  No tengo nada que ver con el populismo ni con la filosofía derrotista del tango. Soy entrerriano, medio tucumano y salteño, en Buenos Aires. Una especie de “entrerriano, etc., etc., hasta la muerte” que vive en Buenos Aires, así como hay “argentinos hasta la muerte” que viven en París. En fin, ¡no hay belga que valga!

Hablar de la humanidad en abstracto me parece el colmo de la pedantería, paternalismo y solemnidad (las cosas que odio más). El hombre es para mí mis amigas y amigos, presentes,  pasados y futuros, y también mis enemigos. No soy místico, no quiero salvar a nadie, sólo quiero.

Soy ateo, como Dorotea y Timoteo. Prefiero el Libro de los Muertos, egipcio, y el Gilgamesh, asirio, llenos de palabras que evocan hombres como mis amigas y amigos, y no el libro de cabecera de los poetas y los capitalistas norteamericanos. No creo en la poesía cantada ni recitada. (No creo en el café concert para desculpabilizar empresarios izquierdistas.)

La poesía debe leerse. La única poesía que no se lee es la de los actos y las palabras que no se proponen ser poéticas. En fin, el lenguaje es para mí la única realidad. Esto no es ninguna novedad, es una simple afirmación. Si la realidad está en alguna parte, está en el lenguaje.

La primera tarea del hablado por la poesía ha sido nombrar las cosas, las cosas que no son las cosas sin las palabras. Pienso que el realmente hablado por la poesía es el que sigue y seguirá nombrando las cosas, es decir cambiándolas, transformándolas continuamente. La poesía es renovación, subversión permanente.

Insisto en que no hay poetas, hay simples vectores de poesía.

En un verano de cuarenta y cuatro grados en un pueblo de Santiago del Estero me acordé de los que se dicen poetas cuando vi en una canilla reseca unas moscas que hubieran dado todo por una gota de agua. Así es, los llamados poetas se disputan las canillas, pero el agua no les pertenece, ni la tierra, ni el aire, ni nada. ¡Hay que conformarse nada menos que con las palabras!

No creo en los géneros literarios. Cada persona tiene su propio discurso permanente, un río perenne y subterráneo que constantemente amenaza desbordarse. La mayoría de la gente le pone diques, pero así y todo a veces su rumor se escucha. La prosa es poesía o nada. Entre la escritura que llena toda la página y la que no la llena hay sólo una diferencia de escandido, de tempo, de períodos. Es un poco, pero muy a grandes rasgos, la diferencia entre la música sinfónica y la de cámara.

En suma, las fuentes de la poesía están en la infracción constante de la convención que nos vendieron como realidad. En todo lo gratuito, en el amor, en el lenguaje de los chicos, en las conversaciones sin límite de tiempo (...¡tómese otro mate!), en las situaciones límite en que los discursos de los otros movilizan enérgicamente el discurso de uno y viceversa.

Ricardo Zelarayán (1922-2010) De: La obsesión del espacio (Poesía, 1973, 1997)


La otra belleza


Y la serpiente le dijo a Eva: 
eritis sicut dii scientes bonum et malum
(Génesis. 3-5)


Temo a las formas más simples de estar en el mundo: pensar sin accionar, accionar sin pensar. Son las formas del hombre moderno. El que vive clavado a su pensamiento no se mueve, ni el autómata se detiene a reflexionar. 

La realidad, sí, la realidad:
un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo
(Olga Orozco)

No hay deseo sin acción sobre la realidad. No hay astucia en las pequeñas venganzas cotidianas. No alcanza con sacar la basura a deshora, no alcanza con comerse todo el pan; no sirve dejar de cambiarle las piedras a los gatos para que la casa huela a mierda por un tiempo.  La vida no se trata de esas acciones banales y pequeñas, es necesario anteponer lo personal frente a la acción totalizadora de lo igual; vivir no alcanza para existir, es poco para estar en el mundo. 

Un pensar y un actuar propios, que nos aparten de la masa social ciega y decadente, que nos mantengan a salvo de la espectacularización para que no nos manche con su pornográfica transparencia; porque el deseo, la deriva, los intersticios, las sombras son la vida verdadera.


...
 A veces
un leve crujido entre dos piedras,
un grito lejano, un temblor en el aire,
sobresaltan tu sueño. Tu pensamiento
es de sospechas.
¿Crees que el mundo se está desmoronando
por sus bordes
y está cayendo en el mar?
¿Crees que ya todo está destruido
y esta casa flota en el espacio buscando un lugar
donde posarse?

Esta casa, Asterión, es como el águila
que cruza el cielo: ha nacido
del propio deseo de navegación del infinito.
Los cretenses temen esta construcción, la evitan,
dicen, aunque no me consta: ¿no hubiera sido más simple
encerrarlo en una cueva tapiada
o entre cuatro paredes con un perro carcelero?

El Rey pudo haberte asesinado, Asterión,
y arrojarte a los extramuros donde las aves de rapiña
y los cerdos
se disputan los animales muertos.

Te exiliaron aquí como una advertencia.
Eres más que la memoria de su vergüenza:
en ti se cumplió la más honda biología, el deseo
que se realiza como en el sueño
donde lo atroz es una feliz inconsciencia.
En ti está la otra belleza,
la que encendió a tu madre,
la que podría desordenar el mundo.

El otro Asterión. Fragmento (José Watanabe)