Crónicas de la peste

 

And the life of the ebony clock 
went out with that of the last of the gay. 
And the flames of the tripods expired. 
And Darkness and Decay and the Red Death 
held illimitable dominion over all.

Edgar Allan Poe. The mask of the red death

Ciudades enteras devastadas, cuerpos apilados y ratas. Muchas ratas. Literalmente, la peste negra diezmó la población de Europa y Asia. Una sola enfermedad que finalmente dejó millones y millones de muertos en el mundo. 

El doctor seguía mirando por la ventana. De un lado del cristal el fresco cielo de la primavera y del otro lado la palabra que todavía resonaba en la habitación: la peste. La palabra no contenía sólo lo que la ciencia quería poner en ella, sino una larga serie de imágenes extraordinarias que no concordaban con esta ciudad amarilla y gris, moderadamente animada a aquella hora, más zumbadora que ruidosa; feliz, en suma, si es posible que algo sea feliz y apagado. Una tranquilidad tan pacífica y tan indiferente negaba casi sin esfuerzo las antiguas imágenes de la peste. Atenas apestada y abandonada por los pájaros, las ciudades chinas cuajadas de agonizantes silenciosos, los presidiarios de Marsella apilando en los hoyos los cuerpos que caían, la construcción en Provenza del gran muro que debía detener el viento furioso de la peste. Jaffa y sus odiosos mendigos, los lechos húmedos y podridos pegados a la tierra removida del hospital de Constantinopla, los enfermos sacados con ganchos, el carnaval de los médicos enmascarados durante la Peste negra, las cópulas de los vivos en los cementerios de Milán, las carretas de muertos en el Londres aterrado, y las noches y días henchidos por todas partes del grito interminable de los hombres. No, todo esto no era todavía suficientemente fuerte para matar la paz de ese día. Del otro lado del cristal el timbre de un tranvía invisible resonaba de pronto y refutaba en un segundo la crueldad del dolor. Sólo el mar, al final del mortecino marco de las casas, atestiguaba todo lo que hay de inquietante y sin posible reposo en el mundo.

                                                                                                                               Albert Camus. La peste.


La peste negra se inició en Asia. Los primeros reportes datan del año 1320, en la zona del Desierto de Gobi, el lugar por donde pasaban las caravanas de La ruta de la seda. En 1331 llega a China, después de una serie de inundaciones que propiciaron la aparición de roedores. En 1338 llegó a Rusia.

Se considera que el inicio de la epidemia propiamente dicha fue a partir del año 1346. Comenzó en la antigua ciudad de Caffa, hoy conocida como Teodosia y étnicamente rusa, situada en las costas del Mar Negro. Ese año la ciudad fue asediada por un ejército de bárbaros tártaros. Carentes de milicia, pacíficos y poco preparados para luchar, los habitantes de Caffa encontraron como única opción resistir el ataque.

Sin embargo, todo cambió cuando una enfermedad misteriosa comenzó a afectar al ejército invasor. Después de algunos días había cada vez más y más soldados muertos. Hábiles observadores, los invasores concibieron una idea tan innovadora como perversa: utilizar las catapultas de ataque bélico para arrojar a sus muertos dentro de las murallas de la ciudad. 

Es el primer ejemplo de utilización de armas biológicas en la historia. 

Así es como la enfermedad se propagó también entre los residentes de Caffa, con gran rapidez aumentó el número de víctimas dentro y fuera de la ciudad. Eso y las ratas. La desesperación era tal que muchos comerciantes genoveses, que tenían allí su colonia comercial, decidieron emigrar del país y zarparon en barcos hacia la Italia natal; sin imaginar que la muerte ya viajaba con ellos. 

La historia considera que la edad media comenzó en el siglo V y terminó en el XV, duró aproximadamente mil años. La peste se desarrolló en el período conocido como baja edad media, que comenzó alrededor del año 1.000. 

Los historiadores gustan comparar esta época con la representación bíblica de los Cuatro jinetes del apocalipsis:

El primer jinete representa el hambre. A principios del siglo XIV, el cambio climático hizo que el invierno fuera más frío y el verano más lluvioso durante algunos años, eso redujo considerablemente la producción de granos en el continente, esto provocó que el alimento se convirtiera en un bien tan preciado como escaso. Los más pobres murieron de hambre. Este período se conoció como La gran hambruna y se estima la muerte de entre el 10 y el 15% de la población total de Europa. 

El segundo jinete es la guerra. En este período ocurrió la famosa Guerra de los Cien Años. Por más de un siglo, miles de soldados de Francia e Inglaterra se mataron, día tras día, porque el vencedor ocuparía el trono francés. 

El tercer Jinete es la enfermedad; es decir, la peste negra, que en ese período mató más de veinte millones de personas. 

Este fue, sin dudas, uno de los períodos más oscuros de la historia de la humanidad; pobreza, guerra, miseria, hambre, intrigas políticas, asesinatos. 

El cuarto Jinete es el que reúne a todos los otros: la muerte.

En retrospectiva, de este mundo alejado de la aventura épica y romántica que nos contaron, de esta pesadilla interminable, los sociólogos dicen que parte del problema fue que era una época donde las nociones de sanidad modernas eran completamente desconocidas. 

La vida era extremadamente difícil. Era habitual que los pobres vivieran en chozas de un solo cuarto, húmedo y oscuro, donde también se cocinaba, se dormía y se almacenaban la comida, los animales y la basura. Toda la familia dormía amontonada junto a los perros, sobre camas hechas con paja, para poder resistir mejor las condiciones adversas del invierno. 

En las grandes ciudades la vida era aún más caótica; no existían los sistemas de drenaje ni de alcantarillado, con lo cual, todo estaba sucio y mojado. La gente se amontonaba en las calles en busca de mercancías; caminaban sobre la basura y en las mismas calles comían y dormían. No había preocupación alguna por la limpieza o la salud, porque todavía no había sido necesario. Era un hábito comer con las manos sucias, e incluso no cambiarse de ropa y no bañarse durante años. 

La peste negra fue también conocida como peste bubónica. Después de la batalla de Caffa se extendió rápidamente por todo el continente. Los científicos afirman que entre 1347 y 1352 mató entre 15 y 23 millones de europeos. Fue el período más violento de la enfermedad que finalmente provocó en el mundo, a lo largo de los años siguientes, entre 75 y 200 millones de muertes. 

Hoy sabemos más. La ciencia ha identificado el bacilo y nos asegura que una sola bacteria es la responsable de tanta muerte. El pequeño responsable es conocido con el nombre de yersinia pestis. Tal es su nomenclatura, hasta hoy definitiva. Fue descubierta en forma independiente y casi simultánea por los especialistas en bacteriólogía Kitasato Shibasaburō y AlexandreYersin, colaborador a su vez de los doctores Louis Pasteur y Robert Coch. 

Es una bacteria evolucionada de otra, la yersinia pseudotuberculosis. Lo que ocurrió entre ambas fue una serie de mutaciones, durante miles de años.

La infección más común por pestis es la peste bubónica, fue llamada así a causa de los bubones, es decir, tumores ganglionares inflamatorios, que se desarrollaban en los infectados alrededor de los ganglios linfáticos principales -comunmente en la zona de la ingle, el cuello y las axilas- esto venía acompañado de fiebre alta, escalosfríos, debilidad muscular y agudos dolores de cabeza. 

A medida que la bacteria logra reproducirse en el organismo, el sufrimiento del paciente aumenta considerablemente. Los bubones pueden llegar a tener el tamaño de una manzana, transformándose en heridas llenas de pus. Son tan característicos y tan impresionantes, que los habitantes de la edad media identificaban la enfermedad a causa de estos. 

Otro síntoma característico de la enfermedad primitiva era el ennegrecimiento de la piel en las extremidades distales, los dedos de manos y pies, y la posterior gangrena.

Gracias a la microbiología, hoy se sabe que también existen otras formas de manifestación de esta misma bacteria, como lo son la peste pulmonar, que afecta al sistema respiratorio, provoca tos y expectoración en el enfermo, lo cual favorece el contagio por flügge (gotas de saliva); o la peste septicémica, que afecta al torrente sanguíneo hemolizando los glóbulos rojos, lo que generaba las zonas negras en la piel. Ahora bien, tanto la forma septícémica como la respiratoria no dejan sobrevivientes.

La bacteria vive dentro de un tipo de pulga, la chenopsylla cheopis, que infecta a los roedores salvajes, y que a su vez inocula el bacilo al ser humano mediante la picadura, aunque hoy se maneja la teoría de que en la Edad Media hubo otro vector simultáneo, el piojo humano. 

Se cree que solo Islandia y Finlandia se salvaron del contagio, debido a las bajas condiciones de humedad y a las extremas temperaturas invernales. En Europa, los brotes posteriores de peste hicieron que la recuperación demográfica fuera imposible hasta un siglo después. 

Los salarios aumentaron notablemente porque era muy difícil conseguir mano de obra, mucha gente emigró del campo a la ciudad para mejorar sus condiciones de vida, a la vez que muchos campesinos pobres tuvieron la posibilidad de apropiarse de tierras cercanas aún cultivables que, sin dueños ni herederos, estaban deshabitadas.

El dato más curioso que encontré en las crónicas de la peste que leí a lo largo de mi vida es el de los médicos. Nostradamus, Paracelso y el famoso anatomista francés Ambroise Paré fueron médicos de la peste. Vivían aislados del resto de la población y solo se les permitía ocuparse de los enfermos de peste.

Algunos, aunque no todos, utilizaban un atuendo especialmente diseñado para la peste. Fue creado en 1630 por el médico francés Charles de Lórme. Así que en principio fue utilizado por los médicos de la ciudad de París, después su uso se extendió por el mundo.

El traje consistía en una túnica de tela que debía ser gruesa y estar encerada para impermeabilizarla. Se acompañaba de guantes, un bastón y una máscara de cuero de animales, con dos agujeros en la zona de los ojos sellados con lentes de vidrio y una prominente nariz, que evocaba el pico de un pájaro y estaba rellena de hierbas aromáticas como el ámbar gris, la menta, el estoraque, la mirra, el láudano, algunos pétalos de rosa, el alcanfor y el clavo de olor. A esto se sumaba la mayor cantidad de paja posible, porque se creía que podía servir como filtro de aire. 

...
La nariz era de medio pie de longitud, con la forma de un pico, rellena de perfume con sólo dos agujeros, uno en cada lado, próximos a los orificios nasales, pero que bastaban para respirar, cargando con el aire que uno inhalaba, la impresión de las drogas contenidas en el extremo del pico. Bajo el abrigo vestimos botas hechas de cuero marroquí (cuero de cabra), pantalones de piel fina que están amarrados desde el frente a dichas botas y una blusa de piel fina y manga corta, cuyo extremo inferior se introduce en los pantalones. El sombrero y los guantes también están hechos de la misma piel. Ibamos con lentes sobre los ojos.

Pierre Vidal. Infectious desease and arts


El bastón posibilitaba el contacto del médico con los pacientes fallecidos o moribundos, aunque también la acción del castigo. Muchos pacientes pedían ser castigados por los médicos de la peste para que sus pecados fuesen lavados siguiendo una ideología extendida ya en todo el continente: la ideología de los flagelantes.

Los flagelantes eran procesiones de hombres y mujeres, tuvieron inicio en Perugia, en 1260. Con velas y estandartes, estas procesiones proclamaban la inminencia de la ira de Dios, predicaban la dura penitencia y el autocastigo como un camino hacia el perdón. El movimiento resurge en 1348, a causa de la brutal expansión de la peste. 

Pero esta muchedumbre de hombres y mujeres devotos, que caminaban descalzos, con las cabezas cubiertas de ceniza, flagelándose a sí mismos sin piedad no tardó en degenerar. Pronto, lo más bajo de la sociedad se unió a esas filas, generando caos, crimen y desorden. Esto despertó inmediatamente la atención de un clero receloso de poder. Fueron perseguidos, declarados herejes por el Papa Clemente VI, y erradicados en 1414 durante el Concilio de Constanza.

El último brote registrado de peste neumónica fue en China, en el año 2019. Se limitó a unos pocos casos.

Cuando le preguntaron a Albert Camus el motivo de su novela de 1947, escribió que la novela intenta llevar al lector hacia una reflexión filosófica inevitable: encontrar el sentido de la existencia cuando se carece de Dios y de moral universal. El escritor hace hincapié en la idea de que, en última instancia, el hombre no tiene control sobre nada, que la irracionalidad de la vida es inevitable. 

La peste representa la figura misma del absurdo. Y para Camus la ausencia de sentido supremo es el absurdo y es algo desconcertante pero positivo. Camus era un pesimista activo. Creía en el movimiento, en vez de apostar a la quietud. Creía que las nuevas razones de la existencia serían aquellas ligadas a valorar la vida humana por sí misma y no por causas superiores religiosas, ideológicas, o lo que fuera. 

La novela muestra el sentido de una existencia libre y atea, manifestado principalmente en el apoyo mutuo y en la libertad individual, en guerra con la indiferencia y la pasividad.

Hedonistas, éticos y ateos



...el olvido prospera
no con fémures secos sino con vidas llenas de savia
y nuestros mejores ayeres, son ahora fétidos montones
de nombres arrugados, números telefónicos y fichas descoloridas.
Estoy dispuesto a convertirme en una florecilla
o en un moscón, pero a olvidar, jamás.
Y rechazaré la eternidad a menos que
la melancolía y la ternura
de la vida mortal; la pasión y el dolor;
la luz de ese avión que desaparece
a la altura de Hesperus; tu gesto consternado
cuando se han acabado los cigarrillos; la manera
en que le sonríes a los perros; la huella de baba plateada
que dejan los caracoles en las piedras; esta buena tinta, esta rima,
este papel, este delgado elástico
que cae siempre en forma de ocho,
estén en el cielo a disposición de los que acaban de morir
almacenados en cajas fuertes a través de los años.


Pale fire (fragmento) Vladimir Nabokov.



Michel Onfray es, a todas luces, un individuo de los márgenes. De los márgenes de la filosofía, quiero decir. Aunque quizás sea mejor decir que es un filósofo distinto. Ocurre que transita a contramano de la escuela filosófica tradicional; y que, de tanto andar en los márgenes, se ha caído del establishment, y desde allí se pelea con todo orden preestablecido.

Me cae bien ese señor, porque las religiones ecuménicas le producen náuseas. Así lo expresa en su Tratado de ateología, publicado en Francia en el año 2005.

Onfray considera que todas las religiones monoteístas son animadas por un mismo impulso:

Las tres religiones monoteístas comparten una serie de aversiones idénticas: odio a la razón y la inteligencia, odio a la libertad, odio a todos los libros en nombre de uno solo, odio a la vida, odio a la sexualidad, a las mujeres y al placer, odio a lo femenino, odio a los cuerpos, los deseos, los impulsos. En lugar de todo esto, el judaísmo, el cristianismo y el islam defienden la fe y la creencia, la obediencia y la sumisión, el gusto por la muerte y la pasión por el más allá, el ángel asexuado y la castidad, la virginidad y la fidelidad monógama, la esposa y la madre, el alma y el espíritu. Es decir, la vida crucificada y la celebración de la anulación personal.

Y como si no fuera suficiente, los idealistas le dan un poco de pena.

Así es que en 2006 dio existencia a su Manifiesto Hedonista, traducido al español en 2008. Allí expresa que la tradición filosófica europea para él no significa más que una sucesión de notas al pie de las ideas de Platón. Según argumenta, occidente ha hecho de la idea una religión, donde Sócrates es considerado el mismísimo mesías y Platón su principal apóstol.

Onfray escribe que es gracias a Sócrates y sus discípulos que el cristianismo se ha convertido en la religión oficial. Afirmados en cosas tales como el dualismo cuerpo-alma, la reencarnación, la existencia del alma inmaterial y el desprecio por el cuerpo, todavía vivimos en un “cristianismo platónico” basado en el ascetismo y la condena postmortem.

Las ideas de Sócrates son el punto de partida de la historia oficial de la filosofía, y en ese camino el cristianismo se convirtió en religión. El idealismo es, de este modo, la filosofía dominante y se ha sostenido a partir de tres momentos principales: el platónico, el cristiano y el idealismo alemán.

Sin embargo, existe otra filosofía, una contrafilosofía, si se quiere, en la cual se afirma Michel Onfray, y con ella viene también toda una lista de marginales que nos han precedido. El doctor Claudio Teran los identifica como aquellos que se han constituido en los despreciados del platonismo, y la historia nos habla de Demócrito, Epicuro, Bentham, Montaingne, Nietzsche, Deleuze y el querido Michael Foucault.

Son los llamados materialistas. En su libro, Onfray intenta adentrarse en lo que él teoriza como el antimaterialismo o el “prejuicio del platonismo”. Porque para Michel Onfray el materialismo desata la furia de los idealistas a causa de un prejuicio infundado, que no es más que un error de interpretación.

Epicuro fue exonerado del panteón de la filosofía por lujurioso, vago, bebedor y pedante. Sin embargo, del mismísimo surge la definición de Ataraxia. Un concepto que define al placer como la ausencia de turbación a través del uso prudente y dosificado de los deseos naturales y necesarios. Esta idea peligrosa y desafiante fue interpretada por los seguidores de Platón, de un modo que se nos escapa, como si se refiriese específicamente a la voluptuosidad trivial de las bestias abandonadas al goce más brutal.

No contento con esto, Michel Onfray va por la pregunta:

¿Qué nos reprochan los idealistas?

Tal vez nos reprochan el anhelo de cierta felicidad aquí en la tierra (de ser posible aquí y ahora). No después, no en el otro mundo. Y de todos los conceptos el de la inmanencia se les presenta como el más escabroso, porque el platonismo parece haberle declarado la guerra a todo lo que celebre pulsiones de vida.

Es cierto que la idea de permanecer en sí, sin ir más allá, sin depender de ninguna trascendencia y sin ahorrar para ganar las credenciales celestiales causa verdadero terror. Es como empezar a aceptar que somos esto y nada más. 

Tampoco es caprichoso que desde tiempos remotos en las religiones, en la historia y también en la literatura la voluptuosidad y la belleza femeninas hayan sido asociadas con la maldad, la posesión demoníaca, y la “falta de alma”, tal vez por eso el hedonismo ha sido designado como la doctrina brujeril por excelencia.

Por otro lado, el materialismo hace el intento de disminuir los dioses y los miedos, trata de mitigar la idea de la muerte, sin olvidar que vamos a morir. Mediante el ejercicio del “aquí y ahora”, busca filosofías pequeñas y viables antes que construcciones inútiles de santidad y heroísmo, tan sublimes como inalcanzables.

El objetivo primero del materialismo es rechazar el dolor como acceso al conocimiento y a la redención, sin apartarlo de la vida, obvio, aunque integrándolo en ella. Es decir, sin provocarlo. Vivir ahora, procurarse el placer y la alegría, acceder a lo que pide el cuerpo sin culpas y sin detestarlo por ello. Dominar las pasiones, los deseos y las emociones, pero nunca con el propósito de extirparlos.

Entonces, todo se trata básicamente del proyecto de Epicuro: el puro placer de existir. Y, como en la filosofía de Diógenes, aquí solo cuenta lo real. El cuerpo pagano, sin Dios, es el único bien concreto del que disponemos. Para los hedonistas la vida debería ser una fiesta. La filosofía de Nietzsche propuso algo similar, para el filósofo el pensamiento brota de la tensión entre esta carne subjetiva que dice yo y el mundo que la contiene, no viene del cielo.

En contrapartida, los platónicos creen en un cielo de las ideas donde flotan los conceptos. Esta vida no vale nada para ellos, porque nada equivale al fantástico universo conceptual. Así es como en la aristocracia de la filosofía todavía reina Platón, el enemigo de la carne.

Toda la tradición filosófica se opone a que la razón brote del cuerpo, rechaza la materialidad y la mecánica del ser. Rinde honores al fantasma de un pensamiento sin cerebro: no hay carne venerable, la carne es el infierno.  

Para avanzar Onfray propone descontaminar los conceptos principales del Hedonismo, aquellos que han sido vaciados de sentido. No podemos seguir aceptando que materialismo se refiere únicamente a la obsesión por la acumulación de bienes y riquezas. El materialismo en realidad es un concepto que considera el mundo reductible a un simple ordenamiento de la materia.

En cuanto al concepto de utilitarismo, otra palabra vaciada de sentido, podemos decir que en la modernidad se lo usa siempre como un concepto asociado a la tendencia a ser egoísta, interesado y carente de toda generosidad. Pero Onfray encuentra que ser utilitarista se refiere estrictamente a buscar la mayor felicidad para el mayor número de personas posible.

Con el concepto de hedonismo ocurre algo similar. Vulgarmente se lo encuentra asociado al placer grosero y trivial del consumismo liberal. Sin embargo, conceptualmente tiene que ver con gozar y hacer gozar. Es cierto que se refiere al goce propio, pero también incluye el goce del prójimo.

Porque no puede haber ética sin prójimo.

El nihilismo postmoderno nos ha llevado a vivir en una época sin brújulas ni cartografía, y el mayor problema quizás sea que cuando una civilización finaliza, antes del inicio de otra, en la transición suele aparecer el pensamiento mágico. Onfray propone transitar la alternativa. Podríamos evitar la polarización judeocristianismo versus islam. Podríamos oponer la inteligencia contra toda doctrina que procure monopolizarnos el espíritu.

Podemos también elaborar una moral más modesta que la que nos proponen las religiones; una moral posible, realizable. Evitar la ética del hombre santo o del héroe, decíamos antes. Esto es, oponer los cuerpos, las pasiones, los deseos, la inteligencia; oponer la vida. Ir tras la ética del sabio.

Porque mientras triunfe Dios la moral será una subdivisión de la teología. Dios ha sido históricamente suficiente respuesta para todo, y cuando no está, el clero atiende las 24 horas.

La ética –dice Onfray- es asunto del cuerpo, no del alma.

Somos cuerpo, no tenemos un cuerpo. Somos un conjunto de órganos en sistemas relacionados entre sí que hacen funcionar esa maquina sublime que es el cuerpo. El bien, el mal, la justicia, la injusticia, incluso la belleza, son conceptos humanos, creados por el hombre, y como tales dependen de decisiones humanas que responden a su vez a convenciones, a contratos históricos. Esas formas no existieron a priori.

No puede haber moral sin conexiones neuronales que lo permitan. La moral no es un asunto teológico entre los hombres y Dios sino una historia inmanente que involucra solo a los hombres. La moral universal, eterna y trascendente debe ceder paso a la ética particular, temporal e inmanente. Sin olvidar que no se trata de ser santos, sino de buscar la sabiduría.

Deberíamos practicar una ética dinámica, siempre en movimiento -escribe Onfray- donde el otro sea responsable de su lugar en el esquema ético. La ética debe ser un espacio donde no exista un lugar definitivo, donde todo fluya en base a las acciones. Así, no existiría la “amistad” sino las demostraciones concretas de amistad; no existiría el “amor” sino las demostraciones del amor. Igual para el odio. Onfray nos habla constantemente de hechos y gestos que formen parte de una aritmética que permita deducir la naturaleza de esas relaciones.

Es así como desde la perspectiva hedonista, el deseo del placer del otro estimulará el movimiento de atracción, mientras el displacer estimulará el movimiento de distancia. Todas las virtudes tienen así el mismo sentido, su presencia une pero su falta desune. En esta ética Dios no juzga y nadie juzga, porque aquí la sanción es inmediata. El resultado consiste en la determinación de una relación, ya sea su descomposición y ruptura o su solidificación.

Epicuro sostenía que era preferible un displacer inmediato si eso nos conduciría a un placer final. El goce sin consciencia para él representaba la ruina del alma; por eso para los epicúreos la sumatoria de los placeres debe ser siempre mayor a la de los displaceres.

Para la ética hedonista, el sufrimiento es el mal absoluto, mientras que el bien absoluto coincidirá con el placer, definido como la ausencia total de perturbación, la serenidad y la tranquilidad del espíritu.

Vivir es moverse entre esos extremos.

Tal vez todo sea un asunto de perspectiva, ya que el hedonismo nunca se posiciona en la indiferencia hacia el sufrimiento, pero los adversarios del hedonismo suelen confundir individualismo con egoísmo. En el egoísmo solo existe el yo, indiferente al sufrimiento del otro. El hedonismo defiende lo contrario y nunca justificaría el placer propio a costa del placer de otro.

A la inversa de la moral cristiana, que es estática, absoluta e ignorante de la historia, la ética hedonista es dinámica y se alimenta de los hechos concretos. Para el hedonismo la ética es la vía de acceso a las realizaciones morales.

El hedonismo entiende que la cortesía le afirma al otro que lo hemos visto, que él es.

Así, el hedonismo contiene toda una ética de los buenos modales, practica el ritual de saber agradecer, y la clave consiste en saber DAR. En esto se basa esta ética; crear la moral y encarnar en el propio cuerpo los valores. Saber vivir, como saber ser. Y cuanto más se practica, cuanto más nos entregamos al ritual hedonista, más eficiente se vuelve. Aquí el hábito implica su adiestramiento.

Las civilizaciones más pobres, más humildes y modestas –nos dice Onfray- cuentan con reglas de cortesía que las sociedades fragmentadas y sometidas ni soñarían, porque en ellas suele practicarse la descortesía cíclica.

El hedonismo sostiene que el erotismo es el antídoto perfecto para combatir una sexualidad bestial. Sin embargo, no debemos ignorar que la erótica cristiana es una erótica de odio al cuerpo, a la carne, al deseo, al placer de las mujeres y al goce; porque la erótica cristiana es una máquina de producir eunucos, santos, vírgenes, madres devotas y esposas en grandes cantidades, siempre a costa de lo femenino. La mujer es la primera víctima de este antierotismo.

Recordemos también que occidente inventó el mito del deseo como falta. El viejo mito platónico sostiene que en realidad venimos de una unidad primitiva, dividida por los dioses en señal de protesta; así que cada uno de nosotros es solo un fragmento que arrastra por el mundo su miseria mientras busca su otra mitad para sentir completitud.  

Es por este motivo que la pareja fusional representa la culminación de la erótica judeo-cristiana. Esto es, en términos prácticos, la absurda idea del “alma gemela”, que en realidad no termina en otra cosa que en una fagocitosis, un asunto de poder entre dos, en el que uno se traga al otro, convirtiéndolo en un ente, en un no-otro, en una extensión de su yo.

Históricamente se ha considerado que el deseo produce una formidable fuerza antisocial. Por eso se lo domestica y captura, porque representa una energía peligrosa para todo orden establecido. Bajo el imperio del deseo entran en riesgo el tiempo ordenado, la iglesia, la familia, el estado, la obediencia e incluso el ahorro. Y si hay algo peor que un hombre deseante –creanmé- es una mujer deseante, una mujer que no depende de una familia, ni de un hogar para ser. Se le teme a la fuerza del deseo porque el deseo es subversivo y su potencia salvaje debe ser sometida para que la sociedad funcione y exista como tal.

Sin embargo, reducir el deseo es también reducir la enorme potencia de lo femenino. El placer femenino ha sido encerrado en el enorme artificio cultural. Onfray sostiene por ello que para eliminar la miseria sexual debe eliminarse el concepto del deseo como falta, porque la sexualidad no aspira a producir efectos en un futuro cercano sino a gozar en plenitud el puro instante.

Pero mucho cuidado detractores del deseo, porque la idea del puro instante no excluye su duplicación. La reiteración de estos instantes genera justamente una durabilidad en las relaciones. Tal vez, en vez de apostar a consumar y a consumir una historia, como consumimos todo, deberíamos creer en la duplicación del instante porque es allí donde se fabrica la historia pieza por pieza. El instante nunca funcionará como un fin en sí mismo, será el momento arquitectónico de un movimiento posible.

Michel Onfray, tributario de la filosofía de Nietzsche, postula superar lo humano. Lo que no significa el fin del hombre sino que el objetivo es su perfeccionamiento. La humanidad no surge de la forma humana sino de su relación con el mundo. No alcanza con estar en el mundo, en el mundo también están las cucarachas, hace falta una conexión, una relación interactiva y móvil, porque la humanidad de todo individuo se define mediante una triple posibilidad: la consciencia de sí, la consciencia de los otros y una consciencia del mundo, con todas las combinaciones resultantes de cada unión de pares.

Nos dice el Doctor Teran: Quien ignora quién es, quién es el otro y cómo es el mundo estará fuera de la humanidad aunque esté vivo.

El capitalismo y su manera de transformarlo todo nos ha hecho creer que la existencia gana valor mediante la acumulación, es decir, por la cantidad de años vividos; pero la existencia no vale por la cantidad de vida, vale por su calidad. 

Morir bien es preferible a vivir mal.

La muerte nos concierne, aunque no tengamos poder alguno sobre ella. Aspirar a una sociedad pacífica, a un mundo feliz es un deseo por demás infantil. Así que lo único que nos queda es la pequeña utopía concreta: resistir la muerte con toda la fuerza de la vida.

Vivir en plenitud, para no morir en vida.

Sobre la ética del soldado (y del amante)


Nadie con paso más firme
habrá pisado la tierra.
Nadie habrá habido como él
en el amor y en la guerra.

(Jorge Luis Borges)

 

Tal vez la fuerza primitiva más pura (y la más indescifrable que nos habita) sea el deseo. Saber el deseo, encaminarse hacia él, quizá echarle una mirada, desviarla siquiera hacia ese sendero velado y fangoso que nos impulsa y nos nombra, y que nos abre los brazos, ya es parte de reconocerlo. Es un inicio.

Después viene la ética. Ser ético con el deseo es ser capaz de seguirlo, aunque más no sea tímidamente, despacio. Pero sin asustarse. Aún en la incertidumbre. Y eso que la incertidumbre asusta, y vaya que lo hace, pero hay que resistir. Resistir sin borronear. Porque el deseo es de hecho, igual que el amor, una experiencia con la incertidumbre. 


El amor es algo insoportable. Quien ama enseguida empieza a tener miedo de perder al otro y, si éste está en otra parte, puede que el amante tenga celos o, para ser más simple, que no se pueda poner contento por aquel a quien ama. 

El amor, entonces, lleva a cierta hostilidad, a querer que al amado le vaya eventualmente mal, para que nos necesite, para que vuelva. El amor hunde sus raíces en el odio. Se ama con un poco de odio, y eso no significa ser una persona cruel. 

Los amantes no son generosos de forma espontánea, tienen que hacer un esfuerzo enorme para serlo. A veces hacen escenas: de abandono, de indiferencia, de orgullo. Pero el punto es otro, no cuan patéticos y ridículos podamos ser cuando tenemos vergüenza de esa hostilidad, sino cómo responde el amado a ese juego, a ese escándalo. 

Hoy me llama la atención ver que prima una respuesta: "Eso es mambo tuyo, manejalo vos" Ese es el individualismo menos amoroso del mundo, porque es un individualismo culpabilizante. Es como decirle: "vos te enganchaste conmigo, ahora jodete" Y ser amado es en realidad una gran responsabilidad, es incluso estar ofrecido a la venganza; pero aún así, si el amado puede devenir amante ¿qué otra cosa podría hacer sino soportar ese amor transido de hostilidad? Quien te ama te hace alguna, es inevitable. 

En vez de rechazar podríamos hacer un poco de empatía con eso de que el otro no nos desea siempre el bien. Tampoco es tan grave. Que no te deseen el bien es la forma más básica del deseo. Quienes son solamente amados son traicionados. Quienes son solamente deseados son destruidos. Entonces no puede estar tan mal un poco de hostilidad para curarse de la traición con pequeñas venganzas, y de la destrucción con enojos y reproches eventuales. 

¿Qué es esta moda individualista de decirle al otro "jodete", "eso es mambo tuyo", "no te enganches conmigo"? ¿Estamos pidiéndole al otro que se olvide que nos ama? Esto no tiene que ver con la violencia, aclaro. Son los amores que buscan evitar el conflicto los que tienen retornos violentos, así como los deseos que intentan ser puros conducen a las peores maldades. Banquemos la tensión, la incertidumbre, porque hacerlo sin paranoia, sin ser expulsivos con el otro, es el verdadero desafío.

Luciano Lutereau


Las personas y las cosas



Una mirada fría recorre el mundo y prueba
-no precisa ir muy lejos- las duras realidades
como quien se llevara
amarguísimos frutos a la boca
de zumo negro y venenoso.
La mancha
de la crueldad avanza hora tras hora.
¿Quién va a sentarse afuera, a ver la tarde
mientras ella camina a grandes pasos
y oscurece la tierra?


(Circe Maia de: Breve sol)


El infierno son los otros
(Jean Paul Sartre)

Quienes tienen miedo de problematizar suelen decir que la filosofía solo sirve para complicar las cosas, que la vida es simple tal como es, que no hay que dar tantas vueltas, que no vale la pena enredarse o confundirse de más. Sin embargo, el desafío se trata de poner en duda las verdades aceptadas.

Todas.
 
Si nos esforzamos por ser accesibles, o más simples, tarde o temprano dejaremos de pensar; siempre que lo que llamemos pensar sea justamente salir del modo común de comprensión y expresión. Nacemos y vivimos en la reiteración. Así, la vida cotidiana es un lugar que deja verdaderamente poco espacio para vivir, pensar y sentir de otra manera. 

Hay pensadores que afirman que la sociedad no existe como tal, que apenas nos movemos en grupos humanos; aún así nos invitan a actuar y a pensar en masa. Encima nos quieren sin angustia, sin pensamiento crítico; nos venden falsas felicidades para que podamos aceptar sin chistar y con una sonrisa nuestra posición dentro del gran engranaje, y todavía creemos que elegimos...

Pero si el deseo es ver más allá, si huele mal, si no cierra por ningún lado deberemos enfrentarnos a todo lo aceptado, cuestionar el sentido común. 

Nombrar es de algún modo constituir lo que somos, porque lenguaje y pensamiento se entraman y el cuerpo queda atrapado ahí, en el lenguaje; es decir, lo que nombramos se hace carne, se naturaliza. Valéry escribió que solo logramos entendernos con los otros porque no insistimos en las palabras; es decir, nos comunicamos a fuerza de pasar diariamente sobre ellas sin detenernos. 

Pero ¿quién inventa una categoría, un lenguaje, un dispositivo? ¿A qué intereses responden esas creaciones? ¿Es real que todo dispositivo esconde una técnica de dominación? ¿Es cierto que genera objetos de devoción que se introducen con el fin de someter? ¿Todo dispositivo materializa y estabiliza el dominio? ¿El lenguaje nombra o el lenguaje ordena las cosas?

Durante su carrera, el filósofo biopolítico italiano Roberto Esposito retomó con prolijidad algunas de las reflexiones principales de Michel Foucault, entre ellas se encuentran las que nos hablan sobre el biopoder y los dispositivos. 

Esposito recorre minuciosamente la historia para poder decir que ya desde tiempos remotos la violencia proviene de eso que es común a todos. Es decir, la violencia viene de adentro de cada comunidad humana. Al estudiar el hombre del origen, se dio cuenta de que la violencia es además comunicable, se comunica libremente de un individuo a otro, y lo hace hasta ser parte misma de la comunicación. 

Ya que aquello que nos es común engendra por sí mismo un carácter violento, bastará entonces con mirar la historia en profundidad para concluir que la sangre que cimienta los muros de las ciudades fundacionales ha sido siempre sangre de familia, que aún antes de haber sido derramada ata indisolublemente a la víctima y al verdugo. Si nos remontamos aún con más detalle al pasado cronológico de la especie, veremos además que los homicidios históricos son mayormente fratricidios. 

En definitiva, aquello que engendra violencia es nada menos que el deseo mimético, el hecho de que todos los hombres de una comunidad dirijan su deseo hacia el mismo lugar, hacia el mismo objeto, no ya por ser sí mismo, sino por ser deseado por todos los demás. 

Para Esposito el problema viene de que existe una zona de igualdad inherente, una indiferencia entre los hombres, que genera amenaza; en este contexto puntual, cada hombre es -al menos en potencia- capaz de matar a otro y de ser muerto por otro. 

Desde esa perspectiva, es relativamente fácil deducir que todos estamos de algún modo en las manos de otro individuo. Siendo así, la masa está francamente destinada a la autodestrucción. Como en un juego de espejos cruzados, cada uno de nosotros ve en los ojos del otro la agresividad y los defectos propios. 

Otra pensadora que escribió sobre el biopoder es la filósofa estadounidense Judith Butler. Con dos libros que son de cabecera, Vida precaria  y Cuerpos que importan, Butler introduce en el pensamiento contemporáneo sus conclusiones sobre uno de los temas que más le preocupan: la guerra. 

La filósofa hace hincapié principalmente en la distribución diferencial de la vulnerabilidad de los cuerpos, porque la realidad nos muestra todos los días que avanzar sobre ciertas vidas hace que se movilice la justicia, la seguridad e incluso las fuerzas de la guerra, mientras hay otras que no importan tanto. 

Decir no alcanza, y ella no duda en criticar y cuestionar las políticas de estado del país donde nació, se formó y aún trabaja. Nos dice que hoy, en este mundo, existen vidas que importan y vidas que no y que eso es fundamentalmente un problema de reconocimiento del otro, porque lo verdaderamente valioso no es reconocernos en la igualdad sino en la diferencia. Poder reconocernos como pares aún en las diferencias: 

El problema no es meramente cómo incluir a más personas dentro de las normas ya existentes, el problema es considerar cómo las normas ya existentes asignan reconocimiento de manera diferencial. Qué nuevas normas son posibles y cómo producirlas. 

Pero ¿qué pasó entonces con los conceptos que fueron creados para proteger la vida? ¿Qué hay detrás del concepto de Persona, por ejemplo?

La Declaración Universal de los Derechos Humanos data del año 1948. Ahí es donde aparece por primera vez el concepto de persona, ahí la persona pasa a ser del orden de lo sagrado, porta su propia dignidad. Ocurrió después de que la medicina nazi del gran depredador intentara higienizar la raza y pusiera en práctica el ejercicio de biopoder mas aterrorizante de la historia de la humanidad. Y con esto Alemania dejó al descubierto el gran peligro que emana de la biopolítia: que el cuidado, la reproducción y la salud de los ciudadanos quede en manos del poder de los estados. 

Setenta años después habitamos un mundo desbordado de hambre, exclusión, enfermedades y muerte, un mundo donde el plano enunciativo es el único efectivo cuando se trata de derechos humanos, el resto no funciona.  

Pero aún así el concepto de persona triunfó como concepto. 

Un mundo donde lo personal y lo singular se han vuelto indistinguibles, donde absolutamente todo es personalizado y personalizable, como si la sola mención asegurara prestigio, pertenencia, estatus; un mundo carente de singularidades, porque lo singular es todavía rareza, se esconde, se niega o está mal visto; un mundo donde el marketing ha tomado muy buena cuenta de esto, coaching, programación neurolingüista, autoayuda, y tanto hay de marketing en esto, tal es la magia que opera, que el rasgo distintivo del ejemplar humano más ordinario es justamente que se autopercibe raro. 

Pero la personalización como moda encierra también su paradoja. Cuanto más se intenta destacar los rasgos inconfundibles de una persona, tanto más se obtiene el efecto opuesto y especular de despersonalización. Tal vez el ejemplo moderno más fiel lo constituya facebook, un espacio propio y personal, autogestionado, abundante en detalles, donde en realidad opera el autoengaño, donde terminamos siendo todos iguales, haciendo todos lo mismo, jugando para estadísticas y números, cosificados, hechos en serie dentro del sistema.  

Según Esposito es el concepto de persona el que porta el problema. Así lo expresa en su libro El dispositivo de la persona. Es que en la filosofía todo se trata de rascar donde no hay comezón. Pues bien, parece que el gran paraguas protector que significa para cualquiera de nosotros ser persona, ese que usamos cuando hablamos de derechos humanos, está constantemente excluyendo al intentar incluir. 

Persona es una categoría específica del derecho, un dispositivo creado para proteger la vida, con los fines más nobles. Pero como todo dispositivo es también un lugar despótico de dominio, donde no todo aquello del orden de lo viviente, ni siquiera del orden de lo humano, está incluido. Si no no sería necesario diferenciarlo de lo humano. 

Persona categoriza y eleva a un estatus superior algunos individuos de la especie, mientras excluye a otros. Hasta hace poco tiempo las mujeres no eramos personas, todavía hoy no lo son los animales, tampoco la carne, el cuerpo viviente que porta el concepto de persona. 

¿por qué?

porque para ser persona es necesario tener credenciales que acrediten esa identidad. Para ser persona hay que ganárselo. 

¿por qué?

porque ha triunfado el concepto y para pertenecer se tiene que poder dominar lo que de animales tenemos: el instinto, las pulsiones, la carne. La persona humana tiene derechos en cuanto persona, dueña de sí misma y de sus actos. Debe poder someter los aspectos corporales. 

¿por qué?

porque nuestra historia está atravesada por tradiciones innegables: el derecho romano, la religión y la filosofía moderna. Tres armas dirigidas contra un solo objetivo: el cuerpo. Y porque el concepto de persona proviene de Prósopon, del  griego antiguo: πρόσωπον literalmente: delante de la cara: máscara.

Es decir, proviene de las máscaras del Teatro de la Grecia Antigua, que se utilizaban para personificarse, se colocaban sobre el rostro antes de actuar. Curiosamente poseían ademas un dispositivo de amplificación o per sonare que se utilizaba para amplificar la voz del actor. De allí deriva también la palabra personaje. 

Entonces ¿persona es una máscara?

Persona es la máscara que oculta el rostro biológico individual y humano, sirve para darle a ese rostro natural una apariencia menos humana, menos terrestre, más espiritual, si se quiere más heroica, como en el teatro. La máscara no viene a representar una dimensión corpórea sino una zona espiritual, la máscara oculta el cuerpo. El mismo principio gobernaba las antiguas máscaras funerarias: ocultar la putrefacción del cuerpo, resaltando así el aspecto espiritual de los difuntos, la vida eterna. 

La religión católica nos ha enseñado a someter nuestros cuerpos, a domarlos, a enseñarles a "resistir la tentación". A aguantarse. Nadie evade su influjo, nadie escapa. Aunque no recemos, aunque no creamos, ellos están ahí, generando cierto "orden", metidos desde hace siglos en la moral, en los sentimientos, en el sentido común. 

Nos enseñaron que el alma es quien debe manejar al cuerpo animal, el alma y la razón; que para ganarse un lugar en el cielo tenemos que demostrar una soberanía racional sobre el propio cuerpo, así que al proteger a la persona en realidad estamos protegiendo solamente la máscara. El cuerpo es aplastado, disminuido, domeñado. 

No nacemos persona, nos constituimos en ella gracias a los dispositivos creados para tal fin. Foucault afirmaba que el estado, la familia, la escuela, la religión son panópticos diseñados para controlar el comportamiento humano. Durante esa transformación la máscara se afirma, se fusiona con el rostro biológico, hasta que el límite entre ambos desaparece, así es como logra tener incluso mayor entidad que el cuerpo que oculta.

En una de sus conferencias más interesantes, el filósofo argentino Diego Singer nos cuenta que además existe toda una lista de pensadores que exploraron el problema del cuerpo contextualizado de este mismo modo, es decir: como aquello que la persona aplasta. Aparecen nombres como el de Sigmund Freud, Carl Jung, Jacques Lacan, Maurice Blanchot, Simon Weil, Giles Deleuze y Friedrich Nietzsche

Ya el pensamiento de Nietzsche apuntaba a que el futuro del hombre está en el cuerpo, tal vez no se equivocó. Para él los despreciadores del cuerpo, los líderes de la razón, tarde o temprano mostrarán un cuerpo enfermo. Nietzsche elevaba el valor de la vida hacia el cuerpo. Por eso siempre que podía humillaba el yo, intentaba diezmar la consciencia, desestabilizar el ego -esa construcción monstruosa que nos separa del resto y que está hecha de arena- solo para hacernos reaccionar:

Hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría. A los despreciadores del cuerpo quiero decirles unas palabras: su despreciar constituye su apreciar.

Esposito nos dice que el problema es que el dispositivo artificial de la persona tal como está hoy habilita a pasarlo todo a cosa. Es un vaivén donde nunca se es completa y definitivamente persona, porque es una credencial removible, una categorización reversible; allí el cuerpo se mueve entre persona y cosa mientras la máscara lo aplasta. Este es el eje temático central de El cuento de la criada

Sin embargo lo impersonal aparece todo el tiempo entre nosotros, lo impersonal nos excede. Somos hijos de los cuerpos. Tal vez porque no tenemos cuerpo, somos cuerpo. Cuerpo que aflora en cada acto fallido, que se apodera de nosotros en sueños, en actitudes, posturas corporales, chistes, incluso en las enfermedades; cuerpo que irrumpe para mostrarnos quien manda, quien teje los hilos. 

Hay verdades que se sienten en el cuerpo, que nos atraviesan aunque sea imposible ponerlas en sonidos; actitudes, miradas, gestos físicos que expresan lo que no pueden las palabras, porque lo que no se dice también está. En definitiva, el cuerpo es una fuerza descomunal, un viejo sabio que sabe la verdad que insistimos en ocultar o negar racionalmente

Pero ¿qué hacemos ahora? ¿para que sirve pensar en todo esto? ¿cómo huimos de este dispositivo? ¿cómo iniciamos otro camino que incluya más, a los otros, a nosotros, al cuerpo?

Los comentadores de la filosofía dicen que deberíamos intentar una práctica de lo impersonal por fuera del dispositivo. Sacarnos la máscara un rato; ayudaría no dejar que se pegue, al menos. Intentar una práctica diaria que modifique la existencia, en principio como proyecto. Darse cuenta, reafirmar el poder de lo impersonal, devenir animal y habitarlo. Ir hacia lo mínimo. Caminar hacia una biopolítica de la vida, nunca más de la muerte. Porque los poderes mientras tanto desarrollan estrategias para manipular todo lo que de impersonal tenemos.

Nolite te bastardes carborundorum

Si tenés pensado ver la serie El cuento de la criada o leer la novela escrita no leas este post. 

CONTIENE SPOILERS. 

💀



El cuerpo es ese punto de vaivén entre las personas y las cosas
 (Roberto Esposito) 


La expresión que da título a este post es en realidad un guiño de la escritora canadiense Margaret Atwood. Viene de una broma de la adolescencia, según cuenta la autora, muy común entre los estudiantes de latín, pero aquí es importante decir que fue utilizada en su novela publicada en 1985 El cuento de la criada.

Tal vez lo más curioso sea que el verso de Atwood es a todas luces imposible, ya que la palabra bastardes es falsa, no es una palabra del latín, sino simplemente una modificación de la palabra bastardos y, al igual que la palabra carborundorum, no existieron aún mucho después de que dicho idioma dejara de enseñarse en las escuelas. 

Sin embargo, tanto Atwood como los creadores de la serie decidieron hacer de esta frase el emblema de la historia de June Osborne, un mensaje de resistencia. 

pero ¿cómo se hace para crear un emblema con palabras que no tienen sentido? 

La respuesta es bastante simple: inventándole una traducción.

<<No permitas que estos bastardos te destruyan>>

La novela original de Margaret Atwood fue escrita entre 1984 y 1985. En los años 90 fue llevada al cine, protagonizada por Natacha Richardson -la hija fallecida de Vanessa Redgrave- y por Robert Duvall. Aunque estuvo basada en esta historia extraordinaria fue un fracaso rotundo. Sin dudas debido a un contexto social poco favorable para acoger la trama y su mensaje principal. 

En 2017 apareció la serie, a cargo de Bruce Miller; esta vez protagonizada por la actriz estadounidense Elizabeth Moss -dueña de una expresividad facial única- y por el inglés Joseph Fiennes, con un éxito hasta hoy atronador. 

Esta última vez el mensaje se encarnó.

La serie no traiciona políticamente a la novela escrita, representa su espíritu. Sin embargo, por una cuestión de extensión sus creadores debieron generar contenidos inexistentes en el texto. Y eso es aceptable, siempre que no traicione el mensaje. En la serie participamos de la construcción de la heroína, cosa que en la novela nunca llegará a suceder. Allí, la protagonista se limita a dar testimonio de su padecer. 

La historia se inicia en los Estados Unidos. Ocurre en un tiempo presente, aunque hay quienes gustan decir que el tiempo utilizado es un protofuturo. El país cursará al mismo tiempo una violenta contaminación ambiental, una profunda crisis ecológica y climática, y una epidemia de infertilidad que será injustamente atribuida a las mujeres.

La serie deja entrever que en principio serían solo dos las personas responsables de este nuevo orden creado, es decir, los iniciadores de esta ideología, por momentos tan parecida al nazismo. Serena y Fred Waterford, una pareja de esposos que, completamente convencidos de estar haciendo el trabajo de Dios, iniciarán una corriente ideológico-religiosa con la idea de purificar a la sociedad de los males modernos. 

Estas ideas, estos principios político-religiosos serán luego debidamente acogidos por la siempre oportunista élite dominante del país, quienes en la novela serán conocidos más tarde como Los Comandantes y Las Esposas, se organizarán castas de hombres y mujeres en pro de restaurar, como dijimos antes, los valores tradicionales perdidos. De esa manera lograrán hacer de la ley religiosa una ley civil.

El país sufrirá una serie de movimientos internos de estos grupos ultra conservadores religiosos, a ello le seguirá un golpe de estado, y a partir de entonces todo el territorio nacional pasará a llamarse Gilead. Comenzará entonces a desarrollarse esta trama distópica en verdad aterradora, en principio sin resistencia alguna, ni de sus habitantes ni del resto de los líderes mundiales.

Sin libertad alguna para elegir, decidir o pensar, los valores y la religión serán dogma y la maternidad el imperativo social. 

Lo cierto es que la propuesta de Atwood haría temblar al dictador más recalcitrante. En Gilead todas las mujeres perderán sus derechos; recordemos que el problema principal es que muy pocas conservan la capacidad reproductiva, con lo cual, esas mujeres serán tomadas como esclavas sexuales, obligadas a reproducirse con los Comandantes para entregar sus hijos a las Esposas.

Estas mujeres fértiles pasarán a pertenecer entonces a la casta de Las Criadas y dentro de los derechos robados estará específicamente el derecho a la identidad. Todas Las Criadas serán obligadas a renunciar a sus nombres de nacimiento, de esta manera June se convertirá en DeFred. 

En este mundo distópico, cada mujer, pero sobre todo cada Criada, será un objeto no ya al servicio de un comandante, señor supremo de la casa, sino de toda la estructura patriarcal de dominación. Y estas últimas no son palabras vaciadas de sentido. Repito: 

                     cada mujer embarazada estará al servicio de toda la estructura de dominación.

Cualquier similitud con la realidad es la pura verdad. 

Otra de las castas femeninas presentes en la historia será la de Las Martas, mujeres infértiles que, excluidas de la elite dominante debido a su condición previa, serán quienes se ocupen de la casa y la comida. Es decir, Las Martas son las sirvientas de las familias de Los Comandantes. 

La tercer casta estará constituía por Las Tías, mujeres mayores, socias del poder entrenadas específicamente para organizar, domesticar, castigar y torturar a Las Criadas. Se ocuparán de educarlas para el ritual sexual llamado la ceremonia, pero sobre todo para la tarea de ser un cuerpo gestante adecuado y saludable.

Vemos que en Atwood las formas de nombrar no son para nada aleatorias. 

Por último estará la casta de Las Esposas, una elite de mujeres cultas, anteriormente líderes intelectuales o económicas, que también han perdido por completo los derechos, pero que aún así pertenecen a la más elevada de las castas. Son las esposas de los comandantes, son quienes han iniciado el cambio social, quienes han renunciado a sus propios derechos de igualdad adquirida, quienes han vuelto voluntariamente "al lugar de las mujeres".  

En Gilead el lugar de las mujeres será la familia. En Gilead ciudadanos libres serán solo los varones pertenecientes a la aristocracia. 

Y en esta heteronormatividad patológica encontraremos también las sexualidades disidentes. En Gilead serán llamados traidores al género. Serán penitentes, obligados a trabajar en las colonias, espacios físicos aislados, destinados a acumular desechos tóxicos de alta radiactividad. La mayoría de estos disidentes tarde o temprano serán encontrados culpables de alguna cosa, y asesinados por el sistema.

Como Atwood pensó en todo, dependiendo de la gravedad de la ofensa hacia Dios, los disidentes de Gilead, los desobedientes de Gilead, morirán lentamente intoxicados limpiando las colonias, o bien serán asesinados en ejecución pública; estos últimos serán colgados de los muros de la Universidad de Harvard.

En cuanto a las Las Criadas desobedientes, como seguirán siendo parte esencial del sistema, llegado el caso serán oportunamente mutiladas o torturadas, pero continuarán cumpliendo su función. Como buena teocracia, en Gilead se manejará la punición pública y el suplicio, el recurso de amenaza social más eficiente. Es decir, se espectacularizará el castigo para mantener a raya a cualquier ciudadano que se sienta tentado a desobedecer las normas. 

Pero como no puede existir poder sin resistencia, en Gilead existirá MayDay.

A pesar de todo, la sororidad presente en la historia desbordará todo el tiempo a sus protagonistas; es así, incluso aunque se encuentre minada por la división de castas; las mujeres se verán desbordadas por ese sentimiento. June y Serena, criada y esposa, serán el ejemplo más claro: se entienden, se aman y se odian. Todo al mismo tiempo.

Tengo que decir además que en la serie el amor tiene una presencia destacada, casi obsesiva. Aparece como elemento disruptivo una y otra vez, bien en forma de sororidad, bien en forma de amor parental, o bien en forma de amor romántico-sexual entre los habitantes más valientes de esta nada. 

Así es como en el medio de todo este quilombo June construye de sí misma, de sus restos, una heroína. Una heroína que duda, se fortalece, se debilita y se convierte una y otra vez, es decir una heroína bendecida con el don de la transición; viva en medio de tanto muerto se enamorará del bello Nick, el chofer del Comandante. Y encontrará unos minutos para reflexionar al respecto:

Vuelvo a Nick una y otra vez. Quiero conocerlo, memorizarlo, para poder vivir después de esto. Debería haber hecho eso con Luke, porque se está esfumando. Día tras día, noche tras noche su imagen se borra y yo cada vez tengo menos fe. Podría decir que estos son actos de rebelión, un enfrentamiento al patriarcado, pero lo cierto es que esas son excusas. Vengo, estoy aquí, porque me siento bien con él.

En una sociedad fundada en el rigor y el orden, donde hombres y mujeres jugarán a ser ciudadanos ejemplares, en una cultura cuya madre arquetípica es la virgen María, June encontrará la manera de ser invencible, de odiar, amar y dudar como y cuando le venga en ganas. 

Flor de disidente ¿no?




The black art


A writer is essentially a spy.
(Anne Sexton)

Los campos de la oscuridad son el lugar 
donde mejor se ve
(Juan José Saer)


La frágil frontera entre los géneros y ese lugar secreto de donde surge la voz que nos habita y se expresa deben ser los espacios más explorados y controversiales rumiados por los escritores. Es cierto que gran parte del hombre es expresión de sí mismo, y que la expresión adopta muchas veces caminos misteriosos; pero es posible que la inquietud, la angustia, el deseo de saber sean el andamio que la sostiene.

La inquietud por sentirnos atrapados en un mundo que nos habita. La angustia por estar gobernados por leyes que no son propias. El deseo de ir más allá de lo aparente, hacia la verdad última. Después está El Tiempo, por supuesto. El tiempo que nos tiene. 

Pero ¿por qué nos golpea una obra de arte? ¿Por qué un cuerpo, una escena, un cuadro, un texto o unas simples formas nos arrancan un suspiro? ¿Por qué la respiración se detiene un instante o el corazón se agita? ¿Son acaso indicios físicos de la presencia de la belleza? ¿Somos todos vulnerables a ella?

Lo cierto es que la belleza es una zona indeterminada, una oscuridad inexplicable. Buceamos en ella, expuestos a su influjo sin entender demasiado de qué va: 

Tengo para mi que la belleza es una sensación física, algo que sentimos con todo el cuerpo. No es el resultado de un juicio, no llegamos a ella por medio de reglas; sentimos la belleza o no la sentimos.

Jorge Luis Borges


Alexandr Blok sostuvo que el poeta crea armonía partiendo del caos. Pushkin, en cambio, gustaba de atribuir al poeta dones proféticos. Cosa que descreo. Lo concreto es que el camino de cada creador está determinado por subjetividades y leyes que carecen de valor para otros artistas, aunque sirvan de guía. 

¿Pero qué búsqueda nos une?

Tarkovski balbuceó algunas respuestas posibles a toda esta confusión. Habló del arte como un anhelo de ideal. En algún punto del libro Esculpir en el tiempo intentó reconciliar arte y ciencia, dos espacios que pueden hoy pensarse como irreconciliables, aunque no tanto si nos remitimos a la alquimia, una de las principales precursoras de las ciencias modernas:

El arte y la ciencia son, por tanto, formas de apropiarse del mundo. Formas de conocimiento del hombre en camino hacia la verdad absoluta. Son dos expresiones del espíritu humano creador: descubrir y crear. Pero hay una diferencia fundamental entre la forma científica y la forma estética de conocer: en el arte, el hombre se apropia de la realidad por sus vivencias subjetivas; en la ciencia, el conocer humano sigue los peldaños de una escalera sin fin en la que siempre habrá conocimientos nuevos enlazados a conceptos anteriores. Es un camino gradual, con ideas que se van sustituyendo unas a otras en secuencias lógicas, por conocimientos que intentan ser objetivos y más detallados. El conocimiento y el descubrimiento artísticos surgen cada vez con una imagen nueva y única del mundo, como un jeroglífico de la verdad absoluta, se presentan como una revelación. 

El escritor argentino Juan José Saer, desmistificador compulsivo del mito de Borges, profesor en la Universidad de Letras de Argentina y de Francia, se acerca en su planteo al interrogante más valioso del poeta: cómo pueden existir estos "signos incomprensibles" que vertidos en el papel son para algunos el canto de las sirenas, la música de las estrellas. 


El arte de narrar

Ahora escucho una voz que no es más que recuerdo. En la
hoja
blanca, el ojo roza la red negra que brilla, por momentos,
como cabellos inmóviles contra la luz que resplandece,
tensa,
al anochecer. Escucho el eco de una palabra que resonó
antes que la palpitación del oído golpeara, y se estremece
la caja roja del corazón simple como un cuchillo. ¿No hay
otra cosa que días atravesados de violencia sutil, detención
abierta hacia momentos más blancos que el fuego? Está el
rumor
del recuerdo de todos que crece —el resonar de pasos
sobre caminos duros como planetas que se entrecruzan en
regiones reales—
con el mismo rumor inaudible de los cuerpos que se abren
y de la lluvia verde que se abre imposible hacia un árbol
glorioso. Nado
en un río incierto que dicen que me lleva del recuerdo a la
voz.

Juan José Saer (1937-2005)

Estatuas y actitudes



Nadie pudo ver que el tiempo
era una herida. Lastima
nacer y no salir con vida

(Charly García)

El director de cine ruso Andréi Tarkovski escribió que el arte nunca exige al hombre una base de formación profesional, en el sentido positivista del término, sino una experiencia espiritual. Porque el arte surge y se desarrolla allí donde hay ese ansia eterna e infatigable de lo espiritual.  

Con respecto al arte moderno, desarrolló una idea interesante. El autor asegura que hemos perdido el verdadero sentido del arte porque, lejos de la búsqueda incansable de belleza, lo que se busca no es más que una forma de autoafirmación. Para Tarkovski hoy la búsqueda del autor es la de su propia singularidad personal dentro de una actividad que es de por sí egocéntrica. Una combinación explosiva. El arte, sin embargo, no confirma esta individualidad, porque en el arte una idea sirve a otra idea y esta a otra y a otra para generar algo más grande. 

En definitiva, el arte nos muestra que siempre existe una manera de hacer comunidad, aun estando dentro de una soledad inexorable.

Así es como a veces leer un cuento es como entrar en un túnel, aventurarse dentro de un hueco inesperado. Una confusión repleta de conexiones de ideas que, como luciérnagas se aparecen y nutren su luz en esa misma oscuridad creciente. Los sitios de la infancia son eso también, túneles desiertos, una red imprevisible de enlaces, el presagio de un territorio imposible, devastado aunque familiar.


Final del juego 

     Con Leticia y Holanda íbamos a jugar a las vías del Central Argentino los días de calor, esperando que mamá y tía Ruth empezaran su siesta para escaparnos por la puerta blanca. Mamá y tía Ruth estaban siempre cansadas después de lavar la loza, sobre todo cuando Holanda y yo secábamos los platos porque entonces había discusiones, cucharitas por el suelo, frases que sólo nosotras entendíamos, y en general un ambiente en donde el olor a grasa, los maullidos de José y la oscuridad de la cocina acababan en una violentísima pelea y el consiguiente desparramo. Holanda se especializaba en armar esta clase de líos, por ejemplo dejando caer un vaso ya lavado en el tacho del agua sucia, o recordando como al pasar que en la casa de las de Loza había dos sirvientas para todo servicio. Yo usaba otros sistemas, prefería insinuarle a tía Ruth que se le iban a paspar las manos si seguía fregando cacerolas en vez de dedicarse a las copas o los platos, que era precisamente lo que le gustaba lavar a mamá, con lo cual las enfrentaba sordamente en una lucha de ventajeo por la cosa fácil.
  
    El recurso heroico, si los consejos y las largas recordaciones familiares empezaban a saturarnos, era volcar agua hirviendo en el lomo del gato. Es una gran mentira eso del gato escaldado, salvo que haya que tomar al pie de la letra la referencia al agua fría; porque de la caliente José no se alejaba nunca, y hasta parecía ofrecerse, pobre animalito, a que le volcáramos media taza de agua a cien grados o poco menos, bastante menos probablemente porque nunca se le caía el pelo. La cosa es que ardía Troya, y en la confusión coronada por el espléndido si bemol de tía Ruth y la carrera de mamá en busca del bastón de los castigos, Holanda y yo nos perdíamos en la galería cubierta, hacia las piezas vacías del fondo donde Leticia nos esperaba leyendo a Ponson du Terrail, lectura inexplicable.

    Por lo regular mamá nos perseguía un buen trecho, pero las ganas de rompernos la cabeza se le pasaban con gran rapidez y al final (habíamos trancado la puerta y le pedíamos perdón con emocionantes partes teatrales) se cansaba y se iba, repitiendo la misma frase:

-Acabarán en la calle, estas mal nacidas.

    Donde acabábamos era en las vías del Central Argentino, cuando la casa quedaba en silencio y veíamos al gato tenderse bajo el limonero para hacer él también su siesta perfumada y zumbante de avispas. Abríamos despacio la puerta blanca, y al cerrarla otra vez era como un viento, una libertad que nos tomaba de las manos, de todo el cuerpo y nos lanzaba hacia adelante. Entonces corríamos buscando impulso para trepar de un envión al breve talud del ferrocarril, encaramadas sobre el mundo contemplábamos silenciosas nuestro reino.

    Nuestro reino era así: una gran curva de las vías acababa su comba justo frente a los fondos de nuestra casa. No había más que el balasto, los durmientes y la doble vía; pasto ralo y estúpido entre los pedazos de adoquín donde la mica, el cuarzo y el feldespato -que son los componentes del granito- brillaban como diamantes legítimos contra el sol de las dos de la tarde. Cuando nos agachábamos a tocar las vías (sin perder tiempo, porque hubiera sido peligroso quedarse mucho ahí, no tanto por los trenes como por los de casa si nos llegaban a ver) nos subía a la cara el fuego de las piedras, y al pararnos contra el viento del río era un calor mojado pegándose a las mejillas y las orejas. Nos gustaba flexionar las piernas y bajar, subir, bajar otra vez, entrando en una y otra zona de calor, estudiándonos las caras para apreciar la transpiración, con lo cual al rato éramos una sopa. Y siempre calladas, mirando al fondo de las vías, o el río al otro lado, el pedacito de río color café con leche.

    Después de esta primera inspección del reino bajábamos el talud y nos metíamos en la mala sombra de los sauces pegados a la tapia de nuestra casa, donde se abría la puerta blanca. Ahí estaba la capital del reino, la ciudad silvestre y la central de nuestro juego. La primera en iniciar el juego era Leticia, la más feliz de las tres y la más privilegiada. Leticia no tenía que secar los platos ni hacer las camas, podía pasarse el día leyendo o pegando figuritas, y de noche la dejaban quedarse hasta más tarde si lo pedía, aparte de la pieza solamente para ella, el caldo de hueso y toda clase de ventajas. Poco a poco se había ido aprovechando de los privilegios, y desde el verano anterior dirigía el juego, yo creo que en realidad dirigía el reino; por lo menos se adelantaba a decir las cosas y Holanda y yo aceptábamos sin protestar, casi contentas. Es probable que las largas conferencias de mamá sobre cómo debíamos portarnos con Leticia hubieran hecho su efecto, o simplemente que la queríamos bastante y no nos molestaba que fuese la jefa. Lástima que no tenía aspecto para jefa, era la más baja de las tres, y tan flaca. Holanda era flaca, y yo nunca pesé más de cincuenta kilos, pero Leticia era la más flaca de las tres, y para peor una de esas flacuras que se ven de fuera, en el pescuezo y las orejas. Tal vez el endurecimiento de la espalda la hacía parecer más flaca, como casi no podía mover la cabeza a los lados daba la impresión de una tabla de planchar parada, de esas forradas de género blanco como había en la casa de las de Loza. Una tabla de planchar con la parte más ancha para arriba, parada contra la pared. Y nos dirigía.

    La satisfacción más profunda era imaginarme que mamá o tía Ruth se enteraran un día del juego. Si llegaban a enterarse del juego se iba a armar una meresunda increíble. El si bemol y los desmayos, las inmensas protestas de devoción y sacrificio malamente recompensados, el amontonamiento de invocaciones a los castigos más célebres, para rematar con el anuncio de nuestros destinos, que consistían en que las tres terminaríamos en la calle. Esto último siempre nos había dejado perplejas, porque terminar en la calle nos parecía bastante normal.

    Primero Leticia nos sorteaba. Usábamos piedritas escondidas en la mano, contar hasta veintiuno, cualquier sistema. Si usábamos el de contar hasta veintiuno, imaginábamos dos o tres chicas más y las incluíamos en la cuenta para evitar trampas. Si una de ellas salía veintiuna, la sacábamos del grupo y sorteábamos de nuevo, hasta que nos tocaba a una de nosotras. Entonces Holanda y yo levantábamos la piedra y abríamos la caja de los ornamentos. Suponiendo que Holanda hubiese ganado, Leticia y yo escogíamos los ornamentos. El juego marcaba dos formas: estatuas y actitudes. Las actitudes no requerían ornamentos pero sí mucha expresividad, para la envidia mostrar los dientes, crispar las manos y arreglárselas de modo de tener un aire amarillo. Para la caridad el ideal era un rostro angélico, con los ojos vueltos al cielo, mientras las manos ofrecían algo -un trapo, una pelota, una rama de sauce- a un pobre huerfanito invisible. La vergüenza y el miedo eran fáciles de hacer; el rencor y los celos exigían estudios más detenidos. Los ornamentos se destinaban casi todos a las estatuas, donde reinaba una libertad absoluta. Para que una estatua resultara, había que pensar bien cada detalle de la indumentaria. El juego marcaba que la elegida no podía tomar parte en la selección; las dos restantes debatían el asunto y aplicaban luego los ornamentos. La elegida debía inventar su estatua aprovechando lo que le habían puesto, y el juego era así mucho más complicado y excitante porque a veces había alianzas contra, y la víctima se veía ataviada con ornamentos que no le iban para nada; de su viveza dependía entonces que inventara una buena estatua. Por lo general cuando el juego marcaba actitudes la elegida salía bien parada pero hubo veces en que las estatuas fueron fracasos horribles.

    Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el día en que el primer papelito cayó del tren. Por supuesto que las actitudes y las estatuas no eran para nosotras mismas, porque nos hubiéramos cansado en seguida. El juego marcaba que la elegida debía colocarse al pie del talud, saliendo de la sombra de los sauces, y esperar el tren de las dos y ocho que venía del Tigre. A esa altura de Palermo los trenes pasan bastante rápido, y no nos daba vergüenza hacer la estatua o la actitud. Casi no veíamos a la gente de las ventanillas, pero con el tiempo llegamos a tener práctica y sabíamos que algunos pasajeros esperaban vernos. Un señor de pelo blanco y anteojos de carey sacaba la cabeza por la ventanilla y saludaba a la estatua o la actitud con el pañuelo. Los chicos que volvían del colegio sentados en los estribos gritaban cosas al pasar, pero algunos se quedaban serios mirándonos. En realidad la estatua o la actitud no veía nada, por el esfuerzo de mantenerse inmóvil, pero las otras dos bajo los sauces analizaban con gran detalle el buen éxito o la indiferencia producidos. Fue un martes cuando cayó el papelito, al pasar el segundo coche. Cayó muy cerca de Holanda, que ese día era la maledicencia, y rebotó hasta mí. Era un papelito muy doblado y sujeto a una tuerca. Con letra de varón y bastante mala, decía: "Muy lindas estatuas. Viajo en la tercera ventanilla del segundo coche, Ariel B." Nos pareció un poco seco, con todo ese trabajo de atarle la tuerca y tirarlo, pero nos encantó. Sorteamos para saber quién se lo quedaría, y me lo gané.. Al otro día ninguna quería jugar para poder ver cómo era Ariel B., pero temimos que interpretara mal nuestra interrupción, de manera que sorteamos y ganó Leticia. Nos alegramos mucho con Holanda porque Leticia era muy buena como estatua, pobre criatura. 

   La parálisis no se notaba estando quieta, y ella era capaz de gestos de una enorme nobleza. Como actitudes elegía siempre la generosidad, el sacrificio y el renunciamiento. Como estatuas buscaba el estilo de Venus de la sala que tía Ruth llamaba La Venus del Nilo. Por eso le elegimos ornamentos especiales para que Ariel se llevara una buena impresión. Le pusimos un pedazo de terciopelo verde a manera de túnica, y una corona de sauce en el pelo. Como andábamos de manga corta, el efecto griego era grande. Leticia se ensayó un rato a la sombra, y decidimos que nosotras nos asomaríamos también y saludaríamos a Ariel con discreción pero muy amables. Leticia estuvo magnífica, no se le movía ni un dedo cuando llegó el tren. Como no podía girar la cabeza la echaba para atrás, juntando los brazos al cuerpo casi como si le faltaran; aparte el verde de la túnica era como mirar la Venus del Nilo. En la tercera ventanilla vimos a un muchacho de rulos rubios y ojos claros que nos hizo una gran sonrisa al descubrir que Holanda y yo lo saludábamos. El tren se lo llevó en un segundo, pero eran las cuatro y media y todavía discutíamos si vestía de oscuro, si llevaba corbata roja y si era odioso o simpático. El jueves yo hice la actitud del desaliento, y recibimos otro papelito que decía: "Las tres me gustan mucho. Ariel." Ahora él sacaba la cabeza y un brazo por la ventanilla y nos saludaba riendo. Le calculamos dieciocho años (seguras que no tenía más de dieciséis) y convinimos en que volvía diariamente de algún colegio inglés. Lo más seguro de todo era el colegio inglés, no aceptábamos un incorporado cualquiera. Se vería que Ariel era muy bien.

   Pasó que Holanda tuvo la suerte increíble de ganar tres días seguidos. Superándose, hizo las actitudes del desengaño y el latrocinio, y una estatua dificilísima de bailarina, sosteniéndose en un pie desde que el tren entró en la curva. Al otro día gané yo, y después de nuevo; cuando estaba haciendo la actitud del horror, recibí casi en la nariz un papelito de Ariel que al principio no entendimos: "La más linda es la más haragana." Leticia fue la última en darse cuenta, la vimos que se ponía colorada y se iba a un lado, y Holanda y yo nos miramos con un poco de rabia. Lo primero que se nos ocurrió sentenciar fue que Ariel era un idiota, pero no podíamos decirle eso a Leticia, pobre ángel, con su sensibilidad y la cruz que llevaba encima. Ella no dijo nada, pero pareció entender que el papelito era suyo y se lo guardó. Ese día volvimos bastante calladas a casa, y por la noche no jugamos juntas. En la mesa Leticia estuvo muy alegre, le brillaban los ojos, y mamá miró una o dos veces a tía Ruth como poniéndola de testigo de su propia alegría. En aquellos días estaban ensayando un nuevo tratamiento fortificante para Leticia, y por lo visto era una maravilla lo bien que le sentaba.

     Antes de dormirnos, Holanda y yo hablamos del asunto. No nos molestaba el papelito de Ariel, desde un tren andando las cosas se ven como se ven, pero nos parecía que Leticia se estaba aprovechando demasiado de su ventaja sobre nosotras. Sabía que no le íbamos a decir nada, y que en una casa donde hay alguien con algún defecto físico y mucho orgullo, todos juegan a ignorarlo empezando por el enfermo, o más bien se hacen los que no saben que el otro sabe. Pero tampoco había que exagerar y la forma en que Leticia se había portado en la mesa, o su manera de guardarse el papelito, era demasiado. Esa noche yo volví a soñar mis pesadillas con trenes, anduve de madrugada por enormes playas ferroviarias cubiertas de vías llenas de empalmes, viendo a distancia las luces rojas de locomotoras que venían, calculando con angustia si el tren pasaría a mi izquierda, y a la vez amenazada por la posible llegada de un rápido a mi espalda o -lo que era peor- que a último momento uno de los trenes tomara uno de los desvíos y se me viniera encima. Pero de mañana me olvidé porque Leticia amaneció muy dolorida y tuvimos que ayudarla a vestirse. Nos pareció que estaba un poco arrepentida de lo de ayer y fuimos muy buenas con ella, diciéndole que esto le pasaba por andar demasiado, y que tal vez lo mejor sería que se quedara leyendo en su cuarto. Ella no dijo nada pero vino a almorzar a la mesa, y a las preguntas de mamá contestó que ya estaba muy bien y que casi no le dolía la espalda. Se lo decía y nos miraba.

    Esa tarde gané yo, pero en ese momento me vino un no sé qué y le dije a Leticia que le dejaba mi lugar, claro que sin darle a entender por qué. Ya que el otro la prefería, que la mirara hasta cansarse. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas sencillas para no complicarle la vida, y ella inventó una especie de princesa china, con aire vergonzoso, mirando al suelo y juntando las manos como hacen las princesas chinas. Cuando pasó el tren, Holanda se puso de espaldas bajo los sauces pero yo miré y vi que Ariel no tenía ojos más que para Leticia. La siguió mirando hasta que el tren se perdió en la curva, y Leticia estaba inmóvil y no sabía que él acababa de mirarla así. Pero cuando vino a descansar bajo los sauces vimos que sí sabía, y que le hubiera gustado seguir con los ornamentos toda la tarde, toda la noche.

    El miércoles sorteamos entre Holanda y yo porque Leticia nos dijo que era justo que ella saliera. Ganó Holanda con su suerte maldita, pero la carta de Ariel cayó de mi lado. Cuando la levanté tuve el impulso de dársela a Leticia que no decía nada, pero pensé que tampoco era cosa de complacerle todos los gustos, y la abrí despacio. Ariel anunciaba que al otro día iba a bajarse en la estación vecina y que vendría por el terraplén para charlar un rato. Todo estaba terriblemente escrito, pero la frase final era hermosa: "Saludo a las tres estatuas muy atentamente. " La firma parecía un garabato aunque se notaba la personalidad. Mientras le quitábamos los ornamentos a Holanda, Leticia me miró una o dos veces. Yo les había leído el mensaje y nadie hizo comentarios, lo que resultaba molesto porque al fin y al cabo Ariel iba a venir y había que pensar en esa novedad y decidir algo. Si en casa se enteraban, o por desgracia a alguna de las de Loza le daba por espiarnos, con lo envidiosas que eran esas enanas, seguro que se iba a armar la meresunda. Además que era muy raro quedarnos calladas con una cosa así, sin mirarnos casi mientras guardábamos los ornamentos y volvíamos por la puerta blanca.

    Tía Ruth nos pidió a Holanda y a mí que bañáramos a José, se llevó a Leticia para hacerle el tratamiento, y por fin pudimos desahogarnos tranquilas. Nos parecía maravilloso que viniera Ariel, nunca habíamos tenido un amigo así, a nuestro primo Tito no lo contábamos, un tilingo que juntaba figuritas y creía en la primera comunión. Estábamos nerviosísimas con la expectativa y José pagó el pato, pobre ángel. Holanda fue más valiente y sacó el tema de Leticia. Yo no sabía que pensar, de un lado me parecía horrible que Ariel se enterara, pero también era justo que las cosas se aclararan porque nadie tiene por qué perjudicarse a causa de otro. Lo que yo hubiera querido es que Leticia no sufriera, bastante cruz tenía encima y ahora con el nuevo tratamiento y tantas cosas.

    A la noche mamá se extrañó de vernos tan calladas y dijo qué milagro, si nos habían comido la lengua los ratones, después miró a tía Ruth y las dos pensaron seguro que habíamos hecho alguna gorda y que nos remordía la conciencia. Leticia comió muy poco y dijo que estaba dolorida, que la dejaran ir a su cuarto a leer Rocambole. Holanda le dio el brazo aunque ella no quería mucho, y yo me puse a tejer, que es una cosa que me viene cuando estoy nerviosa. Dos veces pensé ir al cuarto de Leticia, no me explicaba qué hacían esas dos ahí solas, pero Holanda volvió con aire de gran importancia y se quedó a mi lado sin hablar hasta que mamá y tía Ruth levantaron la mesa. "Ella no va a ir mañana. Escribió una carta y dijo que si él pregunta mucho, se la demos." Entornando el bolsillo de la blusa me hizo ver un sobre violeta. Después nos llamaron para secar los platos, y esa noche nos dormimos casi en seguida por todas las emociones y el cansancio de bañar a José.

    Al otro día me tocó a mi salir de compras al mercado y en toda la mañana no vi a Leticia que seguía en su cuarto. Antes que llamaran a la mesa entré un momento y la encontré al lado de la ventana, con muchas almohadas y el tomo noveno de Rocambole. Se veía que estaba mal, pero se puso a reír y me contó de una abeja que no encontraba la salida y de un sueño cómico que había tenido. Yo le dije que era una lástima que no fuera a venir a los sauces, pero me parecía tan difícil decírselo bien. "Si querés podemos explicarle a Ariel que estabas descompuesta", le propuse, pero ella decía que no y se quedaba callada. Yo insistí un poco en que viniera, y al final me animé y le dije que no tuviese miedo, poniéndole como ejemplo que el verdadero cariño no conoce barreras y otras ideas preciosas que habíamos aprendido en El Tesoro de la Juventud, pero era cada vez más difícil decirle nada porque ella miraba la ventana y parecía como si fuera a ponerse a llorar. Al final me fui diciendo que mamá me precisaba. El almuerzo duró días, y Holanda se ganó un sopapo de tía Ruth por salpicar el mantel con tuco. Ni me acuerdo de cómo secamos los platos, de repente estábamos en los sauces y las dos nos abrazábamos llenas de felicidad y nada celosas una de otra. Holanda me explicó todo lo que teníamos que decir sobre nuestros estudios para que Ariel se llevara una buena impresión, porque los del secundario desprecian a las chicas que no han hecho más que la primaria y solamente estudian corte y repujado al aceite. Cuando pasó el tren de las dos y ocho Ariel sacó los brazos con entusiasmo, y con nuestros pañuelos estampados le hicimos señas de bienvenida. Unos veinte minutos después lo vimos llegar por el terraplén, y era más alto de lo que pensábamos y estaba todo de gris.

    Bien no me acuerdo de lo que hablamos al principio, él era bastante tímido a pesar de haber venido y los papelitos, y decía cosas muy pensadas. Casi en seguida nos elogió mucho las estatuas y las actitudes y preguntó cómo nos llamábamos y por qué faltaba la tercera. Holanda explicó que Leticia no había podido venir, y él dijo que era una lástima y que Leticia le parecía un nombre precioso. Después nos contó cosas del Industrial, que por desgracia no era un colegio inglés, y quiso saber si le mostraríamos los ornamentos. Holanda levantó la piedra y le hicimos ver las cosas. A él parecían interesarle mucho, y varias veces tomó alguno de los ornamentos y dijo: "Éste lo llevaba Leticia un día", o: "Éste fue para la estatua oriental", con lo que quería decir la princesa china. Nos sentamos a la sombra de un sauce y él estaba contento pero distraído, se veía que sólo se quedaba de bien educado. Holanda me miró dos o tres veces cuando la conversación decaía, y eso nos hizo mucho mal a las dos, nos dio deseos de irnos o que Ariel no hubiese venido nunca. El preguntó otra vez si Leticia estaba enferma, y Holanda me miró y yo creí que iba a decirle, pero en cambio contestó que Leticia no había podido venir. Con una ramita Ariel dibujaba cuerpos geométricos en la tierra, y de cuando en cuando miraba la puerta blanca y nosotras sabíamos lo que estaba pasando, por eso Holanda hizo bien en sacar el sobre violeta y alcanzárselo, y él se quedó sorprendido con el sobre en la mano, después se puso muy colorado mientras le explicábamos que eso se lo mandaba Leticia, y se guardó la carta en el bolsillo de adentro del saco sin querer leerla delante de nosotras. Casi en seguida dijo que había tenido un gran placer y que estaba encantado de haber venido, pero su mano era blanda y antipática de modo que fue mejor que la visita se acabara, aunque más tarde no hicimos más que pensar en sus ojos grises y en esa manera triste que tenía de sonreír. También nos acordamos de cómo se había despedido diciendo: "Hasta siempre", una forma que nunca habíamos oído en casa y que nos pareció tan divina y poética. Todo se lo contamos a Leticia que nos estaba esperando debajo del limonero del patio, y yo hubiese querido preguntarle qué decía su carta pero me dio no sé qué porque ella había cerrado el sobre antes de confiárselo a Holanda, así que no le dije nada y solamente le contamos cómo era Ariel y cuantas veces había preguntado por ella. Esto no era nada fácil decírselo porque era una cosa linda y mala a la vez, nos dábamos cuenta que Leticia se sentía muy feliz y al mismo tiempo estaba casi llorando, hasta que nos fuimos diciendo que tía Ruth nos precisaba y la dejamos mirando las avispas del limonero.

    Cuando íbamos a dormirnos esa noche, Holanda me dijo: "Vas a ver que mañana se acaba el juego." Pero se equivocaba aunque no por mucho, y al otro día Leticia nos hizo la seña convenida en el momento del postre. Nos fuimos a lavar la loza bastante asombradas y con un poco de rabia, porque eso era una desvergüenza de Leticia y no estaba bien. Ella nos esperaba en la puerta y casi nos morimos de miedo cuando al llegar a los sauces vimos que sacaba del bolsillo el collar de perlas de mamá y todos los anillos, hasta el grande con rubí de tía Ruth. Si las de Loza espiaban y nos veían con las alhajas, seguro que mamá iba a saberlo en seguida y que nos mataría, enanas asquerosas. Pero Leticia no estaba asustada y dijo que si algo sucedía ella era la única responsable. "Quisiera que me dejaran hoy a mí", agregó sin mirarnos. Nosotras sacamos en seguida los ornamentos, de golpe queríamos ser tan buenas con Leticia, darle todos los gustos y eso que en el fondo nos quedaba un poco de encono. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas preciosas que iban bien con las alhajas, muchas plumas de pavorreal para sujetar el pelo, una piel que de lejos parecía un zorro plateado, y un velo rosa que ella se puso como un turbante. La vimos que pensaba, ensayando la estatua pero sin moverse, y cuando el tren apareció en la curva fue a ponerse al pie del talud con todas las alhajas que brillaban al sol. Levantó los brazos como si en vez de una estatua fuera a hacer una actitud, y con las manos señaló el cielo mientras echaba la cabeza hacia atrás (que era lo único que podía hacer, pobre) y doblaba el cuerpo hasta darnos miedo. Nos pareció maravillosa, la estatua más regia que había hecho nunca, y entonces vimos a Ariel que la miraba, salido de la ventanilla la miraba solamente a ella, girando la cabeza y mirándola sin vernos a nosotras hasta que el tren se lo llevó de golpe. No sé por qué las dos corrimos al mismo tiempo a sostener a Leticia que estaba con lo ojos cerrados y grandes lágrimas por toda la cara. Nos rechazó sin enojo, pero la ayudamos a esconder las alhajas en el bolsillo, y se fue sola a casa mientras guardábamos por última vez los ornamentos en su caja. Casi sabíamos lo que iba a suceder, pero lo mismo al otro día fuimos las dos a los sauces, después que tía Ruth nos exigió silencio absoluto para no molestar a Leticia que estaba dolorida y quería dormir. Cuando llegó el tren vimos sin ninguna sorpresa la tercera ventanilla vacía, y mientras nos sonreíamos entre aliviadas y furiosas, imaginamos a Ariel viajando del otro lado del coche, quieto en su asiento, mirando hacia el río con sus ojos grises.

Julio Cortázar. En Final del juego (1956) Ed: Los presentes.