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Las personas y las cosas



Una mirada fría recorre el mundo y prueba
-no precisa ir muy lejos- las duras realidades
como quien se llevara
amarguísimos frutos a la boca
de zumo negro y venenoso.
La mancha
de la crueldad avanza hora tras hora.
¿Quién va a sentarse afuera, a ver la tarde
mientras ella camina a grandes pasos
y oscurece la tierra?


(Circe Maia de: Breve sol)


El infierno son los otros
(Jean Paul Sartre)

Quienes tienen miedo de problematizar suelen decir que la filosofía solo sirve para complicar las cosas, que la vida es simple tal como es, que no hay que dar tantas vueltas, que no vale la pena enredarse o confundirse de más. Sin embargo, el desafío se trata de poner en duda las verdades aceptadas.

Todas.
 
Si nos esforzamos por ser accesibles, o más simples, tarde o temprano dejaremos de pensar; siempre que lo que llamemos pensar sea justamente salir del modo común de comprensión y expresión. Nacemos y vivimos en la reiteración. Así, la vida cotidiana es un lugar que deja verdaderamente poco espacio para vivir, pensar y sentir de otra manera. 

Hay pensadores que afirman que la sociedad no existe como tal, que apenas nos movemos en grupos humanos; aún así nos invitan a actuar y a pensar en masa. Encima nos quieren sin angustia, sin pensamiento crítico; nos venden falsas felicidades para que podamos aceptar sin chistar y con una sonrisa nuestra posición dentro del gran engranaje, y todavía creemos que elegimos...

Pero si el deseo es ver más allá, si huele mal, si no cierra por ningún lado deberemos enfrentarnos a todo lo aceptado, cuestionar el sentido común. 

Nombrar es de algún modo constituir lo que somos, porque lenguaje y pensamiento se entraman y el cuerpo queda atrapado ahí, en el lenguaje; es decir, lo que nombramos se hace carne, se naturaliza. Valéry escribió que solo logramos entendernos con los otros porque no insistimos en las palabras; es decir, nos comunicamos a fuerza de pasar diariamente sobre ellas sin detenernos. 

Pero ¿quién inventa una categoría, un lenguaje, un dispositivo? ¿A qué intereses responden esas creaciones? ¿Es real que todo dispositivo esconde una técnica de dominación? ¿Es cierto que genera objetos de devoción que se introducen con el fin de someter? ¿Todo dispositivo materializa y estabiliza el dominio? ¿El lenguaje nombra o el lenguaje ordena las cosas?

Durante su carrera, el filósofo biopolítico italiano Roberto Esposito retomó con prolijidad algunas de las reflexiones principales de Michel Foucault, entre ellas se encuentran las que nos hablan sobre el biopoder y los dispositivos. 

Esposito recorre minuciosamente la historia para poder decir que ya desde tiempos remotos la violencia proviene de eso que es común a todos. Es decir, la violencia viene de adentro de cada comunidad humana. Al estudiar el hombre del origen, se dio cuenta de que la violencia es además comunicable, se comunica libremente de un individuo a otro, y lo hace hasta ser parte misma de la comunicación. 

Ya que aquello que nos es común engendra por sí mismo un carácter violento, bastará entonces con mirar la historia en profundidad para concluir que la sangre que cimienta los muros de las ciudades fundacionales ha sido siempre sangre de familia, que aún antes de haber sido derramada ata indisolublemente a la víctima y al verdugo. Si nos remontamos aún con más detalle al pasado cronológico de la especie, veremos además que los homicidios históricos son mayormente fratricidios. 

En definitiva, aquello que engendra violencia es nada menos que el deseo mimético, el hecho de que todos los hombres de una comunidad dirijan su deseo hacia el mismo lugar, hacia el mismo objeto, no ya por ser sí mismo, sino por ser deseado por todos los demás. 

Para Esposito el problema viene de que existe una zona de igualdad inherente, una indiferencia entre los hombres, que genera amenaza; en este contexto puntual, cada hombre es -al menos en potencia- capaz de matar a otro y de ser muerto por otro. 

Desde esa perspectiva, es relativamente fácil deducir que todos estamos de algún modo en las manos de otro individuo. Siendo así, la masa está francamente destinada a la autodestrucción. Como en un juego de espejos cruzados, cada uno de nosotros ve en los ojos del otro la agresividad y los defectos propios. 

Otra pensadora que escribió sobre el biopoder es la filósofa estadounidense Judith Butler. Con dos libros que son de cabecera, Vida precaria  y Cuerpos que importan, Butler introduce en el pensamiento contemporáneo sus conclusiones sobre uno de los temas que más le preocupan: la guerra. 

La filósofa hace hincapié principalmente en la distribución diferencial de la vulnerabilidad de los cuerpos, porque la realidad nos muestra todos los días que avanzar sobre ciertas vidas hace que se movilice la justicia, la seguridad e incluso las fuerzas de la guerra, mientras hay otras que no importan tanto. 

Decir no alcanza, y ella no duda en criticar y cuestionar las políticas de estado del país donde nació, se formó y aún trabaja. Nos dice que hoy, en este mundo, existen vidas que importan y vidas que no y que eso es fundamentalmente un problema de reconocimiento del otro, porque lo verdaderamente valioso no es reconocernos en la igualdad sino en la diferencia. Poder reconocernos como pares aún en las diferencias: 

El problema no es meramente cómo incluir a más personas dentro de las normas ya existentes, el problema es considerar cómo las normas ya existentes asignan reconocimiento de manera diferencial. Qué nuevas normas son posibles y cómo producirlas. 

Pero ¿qué pasó entonces con los conceptos que fueron creados para proteger la vida? ¿Qué hay detrás del concepto de Persona, por ejemplo?

La Declaración Universal de los Derechos Humanos data del año 1948. Ahí es donde aparece por primera vez el concepto de persona, ahí la persona pasa a ser del orden de lo sagrado, porta su propia dignidad. Ocurrió después de que la medicina nazi del gran depredador intentara higienizar la raza y pusiera en práctica el ejercicio de biopoder mas aterrorizante de la historia de la humanidad. Y con esto Alemania dejó al descubierto el gran peligro que emana de la biopolítia: que el cuidado, la reproducción y la salud de los ciudadanos quede en manos del poder de los estados. 

Setenta años después habitamos un mundo desbordado de hambre, exclusión, enfermedades y muerte, un mundo donde el plano enunciativo es el único efectivo cuando se trata de derechos humanos, el resto no funciona.  

Pero aún así el concepto de persona triunfó como concepto. 

Un mundo donde lo personal y lo singular se han vuelto indistinguibles, donde absolutamente todo es personalizado y personalizable, como si la sola mención asegurara prestigio, pertenencia, estatus; un mundo carente de singularidades, porque lo singular es todavía rareza, se esconde, se niega o está mal visto; un mundo donde el marketing ha tomado muy buena cuenta de esto, coaching, programación neurolingüista, autoayuda, y tanto hay de marketing en esto, tal es la magia que opera, que el rasgo distintivo del ejemplar humano más ordinario es justamente que se autopercibe raro. 

Pero la personalización como moda encierra también su paradoja. Cuanto más se intenta destacar los rasgos inconfundibles de una persona, tanto más se obtiene el efecto opuesto y especular de despersonalización. Tal vez el ejemplo moderno más fiel lo constituya facebook, un espacio propio y personal, autogestionado, abundante en detalles, donde en realidad opera el autoengaño, donde terminamos siendo todos iguales, haciendo todos lo mismo, jugando para estadísticas y números, cosificados, hechos en serie dentro del sistema.  

Según Esposito es el concepto de persona el que porta el problema. Así lo expresa en su libro El dispositivo de la persona. Es que en la filosofía todo se trata de rascar donde no hay comezón. Pues bien, parece que el gran paraguas protector que significa para cualquiera de nosotros ser persona, ese que usamos cuando hablamos de derechos humanos, está constantemente excluyendo al intentar incluir. 

Persona es una categoría específica del derecho, un dispositivo creado para proteger la vida, con los fines más nobles. Pero como todo dispositivo es también un lugar despótico de dominio, donde no todo aquello del orden de lo viviente, ni siquiera del orden de lo humano, está incluido. Si no no sería necesario diferenciarlo de lo humano. 

Persona categoriza y eleva a un estatus superior algunos individuos de la especie, mientras excluye a otros. Hasta hace poco tiempo las mujeres no eramos personas, todavía hoy no lo son los animales, tampoco la carne, el cuerpo viviente que porta el concepto de persona. 

¿por qué?

porque para ser persona es necesario tener credenciales que acrediten esa identidad. Para ser persona hay que ganárselo. 

¿por qué?

porque ha triunfado el concepto y para pertenecer se tiene que poder dominar lo que de animales tenemos: el instinto, las pulsiones, la carne. La persona humana tiene derechos en cuanto persona, dueña de sí misma y de sus actos. Debe poder someter los aspectos corporales. 

¿por qué?

porque nuestra historia está atravesada por tradiciones innegables: el derecho romano, la religión y la filosofía moderna. Tres armas dirigidas contra un solo objetivo: el cuerpo. Y porque el concepto de persona proviene de Prósopon, del  griego antiguo: πρόσωπον literalmente: delante de la cara: máscara.

Es decir, proviene de las máscaras del Teatro de la Grecia Antigua, que se utilizaban para personificarse, se colocaban sobre el rostro antes de actuar. Curiosamente poseían ademas un dispositivo de amplificación o per sonare que se utilizaba para amplificar la voz del actor. De allí deriva también la palabra personaje. 

Entonces ¿persona es una máscara?

Persona es la máscara que oculta el rostro biológico individual y humano, sirve para darle a ese rostro natural una apariencia menos humana, menos terrestre, más espiritual, si se quiere más heroica, como en el teatro. La máscara no viene a representar una dimensión corpórea sino una zona espiritual, la máscara oculta el cuerpo. El mismo principio gobernaba las antiguas máscaras funerarias: ocultar la putrefacción del cuerpo, resaltando así el aspecto espiritual de los difuntos, la vida eterna. 

La religión católica nos ha enseñado a someter nuestros cuerpos, a domarlos, a enseñarles a "resistir la tentación". A aguantarse. Nadie evade su influjo, nadie escapa. Aunque no recemos, aunque no creamos, ellos están ahí, generando cierto "orden", metidos desde hace siglos en la moral, en los sentimientos, en el sentido común. 

Nos enseñaron que el alma es quien debe manejar al cuerpo animal, el alma y la razón; que para ganarse un lugar en el cielo tenemos que demostrar una soberanía racional sobre el propio cuerpo, así que al proteger a la persona en realidad estamos protegiendo solamente la máscara. El cuerpo es aplastado, disminuido, domeñado. 

No nacemos persona, nos constituimos en ella gracias a los dispositivos creados para tal fin. Foucault afirmaba que el estado, la familia, la escuela, la religión son panópticos diseñados para controlar el comportamiento humano. Durante esa transformación la máscara se afirma, se fusiona con el rostro biológico, hasta que el límite entre ambos desaparece, así es como logra tener incluso mayor entidad que el cuerpo que oculta.

En una de sus conferencias más interesantes, el filósofo argentino Diego Singer nos cuenta que además existe toda una lista de pensadores que exploraron el problema del cuerpo contextualizado de este mismo modo, es decir: como aquello que la persona aplasta. Aparecen nombres como el de Sigmund Freud, Carl Jung, Jacques Lacan, Maurice Blanchot, Simon Weil, Giles Deleuze y Friedrich Nietzsche. 

Ya el pensamiento de Nietzsche apuntaba a que el futuro del hombre está en el cuerpo, tal vez no se equivocó. Para él los despreciadores del cuerpo, los líderes de la razón, tarde o temprano mostrarán un cuerpo enfermo. Nietzsche elevaba el valor de la vida hacia el cuerpo. Por eso siempre que podía humillaba el yo, intentaba diezmar la consciencia, desestabilizar el ego -esa construcción monstruosa que nos separa del resto y que está hecha de arena- solo para hacernos reaccionar:

Hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría. A los despreciadores del cuerpo quiero decirles unas palabras: su despreciar constituye su apreciar.

Esposito nos dice que el problema es que el dispositivo artificial de la persona tal como está hoy habilita a pasarlo todo a cosa. Es un vaivén donde nunca se es completa y definitivamente persona, porque es una credencial removible, una categorización reversible; allí el cuerpo se mueve entre persona y cosa mientras la máscara lo aplasta. Este es el eje temático central de El cuento de la criada

Sin embargo lo impersonal aparece todo el tiempo entre nosotros, lo impersonal nos excede. Somos hijos de los cuerpos. Tal vez porque no tenemos cuerpo, somos cuerpo. Cuerpo que aflora en cada acto fallido, que se apodera de nosotros en sueños, en actitudes, posturas corporales, chistes, incluso en las enfermedades; cuerpo que irrumpe para mostrarnos quien manda, quien teje los hilos. 

Hay verdades que se sienten en el cuerpo, que nos atraviesan aunque sea imposible ponerlas en sonidos; actitudes, miradas, gestos físicos que expresan lo que no pueden las palabras, porque lo que no se dice también está. En definitiva, el cuerpo es una fuerza descomunal, un viejo sabio que sabe la verdad que insistimos en ocultar o negar racionalmente. 

Pero ¿qué hacemos ahora? ¿para que sirve pensar en todo esto? ¿cómo huimos de este dispositivo? ¿cómo iniciamos otro camino que incluya más, a los otros, a nosotros, al cuerpo?

Los comentadores de la filosofía dicen que deberíamos intentar una práctica de lo impersonal por fuera del dispositivo. Sacarnos la máscara un rato; ayudaría no dejar que se pegue, al menos. Intentar una práctica diaria que modifique la existencia, en principio como proyecto. Darse cuenta, reafirmar el poder de lo impersonal, devenir animal y habitarlo. Ir hacia lo mínimo. Caminar hacia una biopolítica de la vida, nunca más de la muerte. Porque los poderes mientras tanto desarrollan estrategias para manipular todo lo que de impersonal tenemos.

Todos somos payasos



Lo enigmático -esgrime en un análisis el doctor Julián Ferreyra- es acontecimiento porque circunscribe un más allá de cualquier lógica explicativa, sea esta lógica multicausal o no. Una obra, un hecho artístico, lo es justamente cuando se evita toda literalidad, cuando se le niega la reducción a explicaciones concretas, aun cuando estas tiendan a cierta lectura compleja o políticamente incorrecta. 

En el enigma, de hecho, hay un centro siempre oscuro, rodeado de voces disímiles que lo que intentan es rellenar con explicaciones ese hueco que no se cierra. 

Pero no habrá consenso en la oscuridad.

Mucho menos por estas épocas donde una transparencia fetichista y agónica es proclamada como máxima virtud. 

Quizás por eso, en estos días, a muchos de nosotros nos atrae tanto ese enigma puro que el Guasón representa. Y ni la trama del film, ni la explicación simplista y densa del abuso infantil, ni la presencia de una madre que no ha podido ser "lo suficientemente buena", ni la violencia recalcitrante de una sociedad injusta y dividida como Gótica alcanzarán para desobnubilarnos. 

Mirar al Guasón es detenerse a contemplar su imagen y su actitud, y pensar que no importa lo que nos puedan decir al respecto; la mirada y el pensamiento se hipnotizan frente a semejante presencia de ánimo. 

Es que tal vez todo se trata de la composición, no de la historia.

Ferreyra dice que en el universo Batman, el Guasón es el único villano sin un origen consensuado. Y hablar con cualquier entendido en la materia significa obtener teorías y contrateorías sobre el origen que narra el cómic, pero también sobre cada una de las opciones que nos fue entregando el cine. Hay distintas versiones que son complementarias pero al mismo tiempo son contradictorias. ¿No es acaso metáfora del origen de cualquier ser hablante, sexuado y mortal?

Entonces ¿Por qué hay que explicar al Guasón? ¿Nos tranquiliza que esté loco?. Poder definirlo, encajarlo dentro o fuera de los parámetros de la normalidad ¿nos da paz?

¿Por qué hay que explicarlo todo?

Según el escritor argentino Luciano Lamberti, el punto es que desesperadamente queremos ser racionales, aún así, como condición humana, hasta en la mente más templada existe esa estela de fantasía que invadirá algún rinconcito oscuro, de tal modo que ningún racionalismo o análisis freudiano podrán anular totalmente el estremecimiento que nos causa el susurro del viento en la chimenea, en el bosque solitario. Por no hablar de los cementerios o los hombres Led de las discotecas. 

En esta cornisa angosta por la que camina la razón, anida un poder único del que tanto el mito como la literatura, también el arte en general, se han estado nutriendo desde hace siglos.

Este fragmento, por ejemplo, que pertenece al libro de Lamberti de 2017, La casa de los eucaliptos:

...
Mi hermano, el de las sierras, no es el original. Es algo en el cuerpo de mi hermano, algo que lo reemplazó. Hace muchos años desapareció en el “bosquecito” y nunca volvió. Quiero decir: volvió, pero ya no era él. No es que estuviera distinto, o cambiado. Era otro, directamente. Otro que se metió en nuestra familia y la devoró por dentro.

Fue un 13 de abril. Me acuerdo bien de la fecha porque coincide con el cumpleaños de mi madre. Esa vez cayó domingo y comimos un asado en un parador, al borde de la ruta 9, yendo para Zenón Pereyra. Los domingos los asadores se llenaban de gente que estacionaba bajo los árboles y se pasaba el día entero ahí, oyendo el partido con la puerta del auto abierta, pero en ese domingo en particular no había casi nadie. Una pareja sola, que comió y se fue temprano.


Bueno, detrás de los asadores, cruzando un alambrado, estaba el bosquecito. Era un monte de esos árboles que se llaman siempreverdes, que habían nacido regados por la desembocadura del canal y cuyas hojas podridas formaban un colchón en el piso. Si uno se metía cien metros el lugar se ponía feo, con pedazos de vidrio emergiendo del barro, chapas podridas, perros muertos inflados por la descomposición y ratas del tamaño de un gato saliendo entre los escombros. De ahí vino lo que ocupó el cuerpo de mi hermano.
...
 La canción que cantábamos todos los días (fragmento)

Un hecho estético puro existe y no necesita ser explicado. No debe ser explicado, porque de ese modo se degrada el hecho ficcional, se le da un cierre de sentido, ya vulgar por el intento mismo. Muchas veces me pidieron que contara la idea de Rebecca en el pozo, nunca pude decir nada. 

La risa del Guasón inquieta, es trágica, no se entiende bien qué pasa, pero tampoco necesita explicación. La psicología dice que su impacto tiene que ver con que es el síntoma del Guasón, que nos señala a su vez uno de los puntos sintomáticos de nuestra sociedad actual: el mandato idiota de felicidad, que tanto fastidia a Han, el pumpararribismo berreta que propone la autoayuda, el que aparece justo cuando estructuralmente está todo mal, enfermo, roto hasta la náusea; tal vez ese y no otro sea el origen de esa risa dolorosa, desplazada, fuera de lugar, esa cantata que surge en los momentos de relax, en los de angustia y en la ansiedad aguda.

"I have a condition" Insiste Phoenix, apenas con el aire justo como para terminar la frase. 

Su cuerpo y su risa incomodan, pero también hipnotizan. Happy es capaz de redirigir hacia sus estertores histéricos la mirada del más apático de los empleados municipales.

En el capitalismo solo hay lugar para vivir adaptados, apretados, sumisos, complacientes al sistema.

¿De qué mierda nos reiremos nosotros entonces?


Alteridad

este miedo                                                                                             
que se quedó
acurrucado en la infancia
roba de lo que será
sensaciones remotas
peor que eso come
cosas
que ni siquiera ve
ladra
hasta no ser
sino un espejo astillado
donde mi vida aún
se haga y se contemple
y después
-si es que hubiera un después-
alza un bastión de palabras
entre un idioma extranjero
y lo extranjero de sí
no sé por qué
esta herida no me alcanza

kilómetros de palabras
confinadas a un poema
curiosa manera de decir
un hombre caminaba por la muerte
lo atravesaban
formas
un poco arrepentidas
graduaciones
de lo que no tuvo
el aire
que inhala por minuto
el mundo
cada vez que se extraña
el resto
fue aritmética mayor
saber caer y no caer
evaporarse
como una herida transparente

María Negroni






La voz de lo absoluto


El Ser hubiera terminado por estallar
de no haber podido fluir hacia la palabra.
(Max Picard)

Quiero morder el tallo de su rosa
aunque me clave sus uñas-espinas
(Beilinson-Solari-Bucciarelli)

De acuerdo, es una metáfora aceptable. La psicología moderna nos propone a todos escribir, como una búsqueda de identidad, como una forma de salir de la ley del padre, una ley jerárquica, normalizadora y dogmática, que a las mujeres nos lleva siglos de ventaja. Es histórico y cotidiano. Desde Sigmund Freud, escribir es -según afirman los doctos- una manera de escapar de ahí. Cada uno encontrará su forma de hacerlo, aunque no escriba.

La realidad es que algunos de nosotros solo logramos existir del todo cuando escribimos; esto es literal: cada uno somos muchos, tan humanos como contradictorios. Si hay búsqueda será indefinible en términos prácticos, propia, única, y será un asunto cotidiano. 

Pero ¿de cuántas formas deberíamos preguntar eso que solamente se intuye en el silencio? ¿Cuál será, de todas las posibles, la construcción que nos hará finalmente libres, ajenos a tanta incertidumbre? ¿Existe tal cosa? ¿o la verdadera forma de caminar es soportar la ambivalencia y aceptar la incertidumbre? 

Nunca vemos con demasiada claridad, eso es cierto, y quien afirme hacerlo normalmente no verá más allá de su nariz. Pero también es cierto que en la contradicción el corazón se oscurece, duda, y que la duda es, como mínimo, incómoda. Porque es en el centro mismo de esas tinieblas, que poco entienden de resplandecientes soles, donde aparece el enigma ensordecedor, el misterio puro. 

Es agotador esconder la sombra, vivir lleno de excusas, dramatizar la completitud.

Horacio Castillo, enorme poeta platense, escribió que el mundo griego, contra todo pronóstico occidental, se ocupaba de escarbar la luz, de buscar debajo de las apariencias; porque la sombra nos acompaña siempre, en su peregrinar se nos pega, nos pisa los talones y algunas veces nos da un empujoncito. En esa primera seguridad se sostiene la certeza de que somos más de uno, criaturas multialadas, porque en el corazón humano también habitan todos los dioses. 


Instrucciones

Primero, mirar la sombra: ese rinoceronte
que se levanta sobre los restos de los edificios, de los
                        árboles, de los planetas,
tocar su cuero calloso, impenetrable,
sentir su olor a muerto de ocho días.

Después, estudiar su alimento,
-ojos intactos, miembros todavía en tensión-
y la forma como se reproduce:
su llamado nupcial que resuena en la lejanía,
la sustancia que segrega su cuerpo en celo,
su éxtasis sobre las hojas secas del amanecer.

Entonces nace de la tierra una fuerza nueva
cede el miedo, cesa la degradación,
y el alma se yergue sobre los escombros de la noche,
deja sus pisadas en el fuego, en las tumbas,
en el corazón inmune de los amantes.

Horacio Castillo (1934-2010) de Tuerto rey (1982)



Qué quiere una mujer



La psicóloga brasileña Lêda Guimarães intentó poner en palabras lo que muchas de nosotras sentimos en el cuerpo, y que a veces logramos decodificar intuitivamente: el goce femenino;  lo hace sin internarse necesariamente en el lenguaje técnico-psicológico específico, intentando acercar a nosotros las ideas que desarrollaran los grandes pensadores de la psicología, como Lacan, Freud, Miller y Bossols, entre otros; tal vez para lograr un eco en esa voz humana, tanta veces postergada con respecto a lo femenino y al goce, una voz que puede dar testimonio desde el cuerpo mismo, tal vez para echar por tierra lo que la mayoría de los psicólogos asegura: que cuando se trata de hablar del goce propio, normalmente, las mujeres hacemos silencio.

En nuestra época -nos dice Guimarães- tal y como lo ha establecido el psicólogo Jacques-Alain Miller, se verifica una suerte de inexistencia del Otro, también una caída de los semblantes del padre y de los semblantes masculinos, que nos permite hablar de la "feminización del mundo". Pero esto no se acompaña de una liberación de la mujer respecto a la voz superyoica, por el contrario, la caída de los ideales, de los semblantes con los que se revestía antes la figura del padre, va dejando cada vez más al desnudo la ferocidad de su cara superyoica y su empuje a un goce sin regulación, mortífero, asociado a una culpa igualmente desmesurada.

Porque el superyo es muchas veces otra de las caras del padre ¿Y qué nos dice su voz?  Nos dice putas.

No hay que caer en la ingenuidad de pensar que esa voz solo habla a las mujeres hermosas, mucho menos creer que sólo habla a las mujeres. El varón, confrontado al ejercicio de la función fálica, no puede evitar encontrarse tomado por esa voz injuriante respecto a quien es su pareja, como verificamos en cantidad de varones obsesivos que se ven impedidos de asumir una relación afectiva con la mujer con la que han compartido la cama.

Pero ¿qué quiere una mujer?

Por Lêda Guimarães

La pregunta “¿qué quiere una mujer?” fue mantenida por Sigmund Freud como un enigma indescifrable hasta el final de su obra. Pregunta que se apoya en una creencia en la mujer, en una creencia en las palabras de la mujer, y más aún, en una creencia en los lapsus insondables de entredichos incapturables de las palabras de una mujer. Por lo tanto, es una pregunta que se direcciona hacia una satisfacción extraña, enigmática, no descifrable, no nombrable, ¡impronunciable! Satisfacción que la norma macho, que es la norma fálica, norma universal, norma de la normalidad, desconoce.


Formular esta satisfacción enigmática como goce femenino consiste en adoptar un término propuesto por Lacan, exactamente para  ubicar esta satisfacción como radicalmente distinta del goce de la normalidad macho. A partir de esta nominación, el goce femenino podrá ser formulado como ilimitado, continuo, expansivo e inclinado a la infinitización, exactamente en contraposición al goce fálico, que es limitado, restricto, localizado, evanescente.

Ya que la limitación del goce fálico adviene de un entrecruzamiento de la palabra con el real, es decir de un entrecruzamiento del registro simbólico con el registro real, así como formula Lacan, el goce femenino exactamente por no ser nombrable equivale a una experimentación de una satisfacción real incomparable. De tal modo, Lacan formuló en el Seminario de la Angustia, varias expresiones sobre las mujeres, exactamente para diferenciarlas de este límite del goce al que los hombres están condenados: “a la mujer no le falta nada”, la mujer se revela como “superior en el campo del goce”, “el goce de la mujer es mayor que el del hombre”, “la mujer es mucho más real y mucho más verdadera que el hombre”.

Pero, para un hombre es casi insoportable preguntarse cómo goza una mujer, porque le resulta especialmente difícil que sus defensas estructurales no vengan a su socorro, produciendo las respuestas que más agradan a su propio goce de macho. De este modo Lacan vino a formular en 1967, en el Seminario 14: La lógica del fantasma, que “sostener la pregunta sobre el goce femenino” abre “la puerta para todos los actos perversos”.  Lacan lo confirma siete años después en  Televisión: “si un hombre quiere a una mujer, solo la alcanza cayendo en el campo de la perversión”. Formulación que generaliza la respuesta perversa del sujeto masculino que se debate con el Otro goce.

Por otro lado, las mujeres en su neurosis cuentan con otro instrumento para buscar localizarse en lo que no es nombrable. Tal instrumento es el deseo del Otro, más especialmente el deseo de la pareja amorosa que gana el privilegio de constituirse como el eje enigmático, para experimentarse, a partir de este deseo del Otro, como amada y deseada. Pero, sabemos que tal sueño de erotomanía solo es alcanzable en la psicosis, pues en la neurosis este sueño desemboca habitualmente en la devastación, que conviene ser denominada como goce superyoico, ya que se efectiviza en su carácter de imposición y mortificación. Esto resulta muchas veces en un sufrimiento insoportable que moviliza defensas que impiden el usufructo y la emergencia del goce femenino.

En tal fijación de goce de los humanos impera el gusto por la mortificación, sea en la degradación de objeto presente en los sueños masculinos de perversión,  o en la degradación femenina resultante de la demanda de amor. Esta fijación de goce presente en el mecanismo de compulsión a la repetición, se distancia radicalmente de la experimentación vivificante del goce femenino, como también de su aceptación y usufructo, ya que para tanto es fundamental que ocurra el quiebre de la ferocidad del superyó, para que desaparezca la angustia, el temor y lo insoportable frente a la oscuridad luminosa del goce femenino.

Para alcanzar tal transformación, hay un recurso inhabitual que fue muy bien formulado por Miller en el final del prólogo del libro de Bernardino Horne -Fragmentos de una vida psicoanalítica- [1] cuando Miller nos dice que “la repetición que acarrea toda una existencia en un movimiento inexorable no es un síntoma: se confunde con el propio ser. No se puede esperar esclarecerla y modificarla sino en función de un compromiso de Deseo que no sea mezquino, ni económico de  sí mismo”


[1] Horne, B. Fragmentos de una vida psicoanalítica. Editorial Zahar, Río de Janeiro 1999.

El Escritor y el Fantaseo



Los escritores no escribimos para hundirnos en un pozo, escribimos para salir de él. Por lo tanto, siempre escribimos desde la Oscuridad. En El Escritor y el Fantaseo, Freud dice que los seres dichosos no son capaces de crear nada. También dice que, de un modo u otro, el escritor estará siempre plasmado en el texto, siempre y cuando su intención no sea justamente esa. Es imposible abrir algunas puertas en forma consciente. Desde ese punto de vista, la creación y la desesperación serían como dos caras de la misma moneda. Por eso la Literatura y el Arte estarán siempre un paso por delante de la psicología.