Pájaros muertos

 


El pájaro rompe el cascarón. El huevo es el mundo. Quien quiere nacer tiene que romper el mundo. El pájaro vuela hacia Dios y Dios es Abraxas.

Hermann Hesse. (Demian)


En estos tiempos aciagos, de sequía, de tierras bien muertas, creer que pensamos lo que queremos es hacer ficción de la buena. Es cierto que es posible, por tanto, intentar. Nos arrojaron aquí sin demasiadas respuestas y hay que arreglarse. Arreglarse y salir a buscar.  Se puede desear, se puede querer pensar distinto, ser único, ser raro. 

Pero estando tan sujetos como estamos, como nacimos, la verdad es que lograrlo es una utopía.

Tal vez por eso hay esta búsqueda, esta deriva entre luz y oscuridad, esta ambigüedad de los seres incómodos, los que rascan las paredes con las uñas, los que comen tierra. Tal vez por eso nos acercamos al pensamiento filosófico, a la lectura, a la escritura y a la poesía; para huir del hipnotismo colectivo, para hacer un agujerito y salir a respirar, para romper un poco el cascarón del mundo, para no ser pájaros muertos. 


 

Nunca es tiempo de chequear titulares

Era cosa segura. Llegabas a tu casa y veías a uno de tus viejos –o a los dos– clavado delante de la tele, a veces un domingo, otras recién después de trabajar, escuchando el alarido histérico del presentador del programa de concursos que se acomodaba la corbata y le guiñaba el ojo a las conejitas que se paseaban por todo el set gratuitamente para entregarle un sobre, elegido entre miles de sobres similares, donde dormía el nombre del afortunado que iba a competir por un viaje a Uruguay o un 0 kilómetro. Los viste ceder sin dar pelea a las publicidades, aceptarlas como cortometrajes del vacío, criticar las malas elecciones de fraseo o de la vestimenta, ponerse en stand-by como televisores a la espera de la señal de vida. Así todos los días. Juraste no caer en manos de las trampas que los pescadores de billetes y mentes tienden con oficio. Soy el amo de mi destino, repetías, soy el capitán de mi alma. Lo creíste. Nada que no quisieras podía amarrarte, nadie, por eso le pedías al segundo de tus grandes amores que te atara bien fuerte de las piernas. 
Después ya no cantaba el gallo al volver tarde, muy tarde, al dormitorio, pero el cielo tenía el color del sexo y el amor desastrados y te seguía llenando de lágrimas. Cada llanto, cada horror sin propósito, cada desilusión lavó y secó al sol el lienzo de tu paisaje místico hasta que fue un andrajo. El cansancio desata los cordones y te apoltrona en un pellejo ajeno, repetido. La pantalla te acompaña hasta al baño y te susurra por lo bajo. Nunca perdiste el miedo, solamente lo escondés mejor. Tenés demasiado poco tiempo para eludir los cada vez más duros protocolos de seguridad informática, estás demasiado ocupado, demasiado exhausto, demasiado merecedor de un ínfimo confort que te permita llegar al mes que viene. Contratás el servicio de streaming. 
Podrías ponerte en exigente: buscar una película de esas que no ves nunca y te hacen sentir más extravagante, pero hoy no es el día. Tu colega entre millones de usuarios similares te recomendó algo que sí te va a gustar. No eras mejor que tus viejos, ni más astuto ni más perceptivo. Solamente llegaste después, a tiempo para el cebo que vino a capturarte. Termina el episodio de la serie moderna en un atractivo giro argumental. Podrías levantarte y cocinar la salsa que te sale tan bien. Tenés hambre pero también tenés pocos segundos para reaccionar. Los dejás pasar sin dar pelea: son gatos detrás del atún recién abierto. Empieza otro episodio. Te dejás atrapar.

Rita González Hesaynes.

El mono en el remolino de agua


Death by Dave Mckean

Toda amargura esconde una venganza
y se traduce en un sistema: el pesimismo, 
esa crueldad de los vencidos que no pueden 
perdonar al mundo el haber
traicionado su espera.

(Emil Cioran)


Hay en la espera una incomunicable sensación de aislamiento. Un sosegado decir que no se duerme. Como un rumor, surge cuando el cuerpo se agota, cuando viene la calma; cuando el polvo, antes suspendido en el aire, se deposita sobre todas las superficies; cuando la casa calla pero cruje en destellos la madera de los techos, cuando la noche se hace silencio y se anuncia interminable. Entonces hay que atrapar el rumor y convertirlo en palabras, para que no se estanque, para seguir esperando, porque todos esperamos algo alguna vez.


Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría. 
    Llegué hasta el muelle viejo, esa construcción inexplicable, puesto que la ciudad y su puerto siempre estuvieron dónde están, un cuarto de legua arriba. 
    Entreverada entre sus palos, se manea la porción de agua del río que entre ellos recae.
    Con su pequeña ola y sus remolinos, sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.
    Ahí estábamos, por irnos y no.

Antonio Di Benedetto. Zama (fragmento)


La espera

El tiempo se ha trabado en la herrumbre de mi espera.
La vertical del sol sin una sola sombra.
Las ansias en el toro que no embiste:
las cuatro patas negras
clavadas en la arena.
Los siglos que ya lleva
sin parpadear la esfinge.
El David sepultado en la cantera
esperando que llegue Miguel Ángel. 
Calma chicha en un lago de la puna,
el indio masca coca allí en la proa, 
la vela desmayada cuelga inerte, 
el agua como un vidrio.
Los soldados aqueos respirando
en lo oscuro del vientre del caballo. 
El áspero silencio que da el disco
cuando va a comenzar la sinfonía.
Sombreros en el aire.
Un picaporte inmóvil.
El invierno goteando en el pasillo. 
El tiempo de las grutas y los zapatos huecos.
Los gestos detenidos en los cuadros.
Y esperarte en esta mesa yerma,
esperar a que se abra aquella puerta 
para que entres y gire el engranaje 
y entonces sople el viento, embista el toro,
recobren el aliento las estatuas, 
y en los cuadros la vida continúe
y caigan los sombreros
y la lluvia,
y el tiempo se destrabe con su música.

Pedro Mairal de: Tigre como los pájaros. Editora Botella de mar

Aguas oscuras



No me justifico, mi Dios.
Escribo como el terror manda, 
aprendo como de paso, 
sufro como si fuera para siempre. 
Y no sé. Nunca sabré.

(Leda Valladares)


La negación es una entidad peligrosa y autárquica, pero la falsedad, la envidia, el egoísmo son -por lejos- los sentimientos que albergamos con mayor frecuencia. Pagamos un precio muy alto por simular la conducta aceptada socialmente, por la transparencia, por el halo de santidad que, como una corona de espinas, nos clavamos en la cabeza día tras día. Eso es estar en el mundo social. Hijos de hijos perfectos, padres ejemplares, esposos devotos, buenos ciudadanos. Y esa es la cara que mostramos, agotadora y falsa. Criaturas de un cristal muy, muy fino. 

Diferente es lo que ocurre cuando estamos solos. 

Para aproximarse a esta idea basta mirar en las redes sociales: dinero, viajes, autos, cenas estupendas, diplomas, reconocimientos, trabajos fascinantes, familias colmadas de felicidad: perfección, perfección, más perfección. Una matrix donde todo, información, imágenes, eventos, emociones fluyen sobre la superficie, donde solo lo bello, lo sano, lo pulido son lo correcto

Sin embargo el mundo nos devuelve otra mirada. De hecho, se diría que va mal. En él crecen la intolerancia, la violencia, la discriminación, la pobreza. El recelo, la estupidez, la corrupción son hoy moneda corriente. Y qué decir del ensañamiento contra aquellos considerados minorías, qué decir del daño contra todo lo observado como débil, cerrado, distinto, o que se aparta. 

Así, el virus del egoísmo permanece durmiendo en sus esporas, no está muerto, está escondido. Su pequeño ADN de organismo acelular, simple, específico y sosegado aguarda las condiciones óptimas para proyectarse. En un mundo en constante actitud de regateo, desconfianza y pobreza emocional, un mundo que se siente como nadar en el barro, en la primera de cambio todos descubriremos nuestras esvásticas tatuadas para poner manos a la obra. Y sin siquiera notarlo, nos volveremos por completo intratables, y será poco lo que podremos hacer sin reflexión. 
 

Bajan de una bitácora todas las instrucciones
para ser feliz y descubrir verdades
que hagan avanzar a la raza,
que la hagan salir del pantano espiritual
y le devuelvan el sentido por el camino primitivo
que llevó al hombre a construir ciudades colgantes
y países de animales de carne.

 No, suéltenme, y si ahora digo la verdad?
Y si ahora digo que son todos unos hijos de puta
mentirosos caretas mediocres ganabecas,
punks subvencionados, hijos de lameguitas,
dotados hedonistas, creyentes en la farsa milenaria
                                          impostores incansables                                    

 (Daniel Durand. En Cabeza de buey)


Sí, el mundo es una mierda. Y lo único que podemos hacer es -parafraseo a mi querido Sebastián- extraer algo del caos, algo que valga la pena amar. Eso hace que nuestras vidas se encuentren encerradas en pequeñas burbujas, frágiles burbujas. 

No hay inocentes en esto que le pasa al mundo, somos culpables y la figurita difícil es la humildad. Los pobres quieren ser ricos, los ricos quieren serlo aún más, pero los más, más ricos quieren ser dueños del mundo. Poco se salva en este mar de aguas oscuras.


ahí les dejo eso

ahí les dejo eso, porque hay que soltar, dicen
el oscuro trapo de la dicha

ir hacia dónde, mirar, perder,
ser perdido, olvidado,
traicionado, a veces
también

morder la pena

esta casa, verás, estuvo llena de fe

la llenaron de ruido las palomas 
sentó sus manos la virgencita celeste
a veces
me dijo cosas o yo
le dije, pidiéndole, no sé
naderías

me fue dado, a veces, sí, también, 
el mendrugo del alma, y todo
pareció estar bien
sonreír
ser fresco
pero después, ah, el después

no viene con constancia la dicha

es un pez pequeñísimo de mil ojos, la dicha,
y nada el mar
lo nada, y sabe, y mira mira mira
tu sola mano ansiosa y pobrecita
buscándolo y buscándolo
en la azul eternidad del tiempo

verás al pececito una vez, dos veces,
su iridiscente reflejo, su ser pez entre
los peces, lo verás ir
aquí para allá, comer las mariposas,
llenarse los mil ojos
de sol, romper
el duro y salado oleaje

muy a veces, en sueños, su rosada carne
su pacífica carne
aleteará cerca de tu corazón
pero luego llegará la fiebre 
la podredumbre de la fiebre
y el después del después
y tendrás la sed, la sed que no sacia el agüita salada
del mar interminable
tendrás la gran sed
la fiebre

Elena Annibali de: Curva de remanso. Caballo negro editora 2017



Circe


Cómete la noche y avanza
(Miguel Ángel Bustos)




El sol, a través de mis párpados, como alas de gaviotas 
que echan cal sobre mi vida;
    el sol como una zona que me había olvidado; el sol como un golpe
    de espuma en mis confines; el sol como dos jóvenes vigías 
en una tempestad de luz que se ha tragado 
al mar, a las velas y al cielo.
 
(Héctor Viel Temperley)


No hay demasiado énfasis en la forma previa de Escila. Es decir, su forma humana; una ninfa de quien no se conocen mayores detalles. Tampoco se sabe demasiado sobre su forma monstruosa, pero su monstruosidad es múltiple, en apariencia, o al menos controversial. En ella reverberan ladridos de perros, monstruos que vociferan en su parte inferior, en su entrepierna. Hay quienes incluso se aventuraron a hablar de múltiples cabezas dentadas devoradoras de marineros.

En cambio en el relato del mito suele haber mayor énfasis, sobre todo en tono acusatorio, en los conocimientos y en la mirada perversa y celosa de Circe, la hechicera; la gran maga de la épica grecolatina, famosa dominatrix, avezada también en las artes de la brujería, la herboristería y la medicina, fue conocida como domadora de fieras, y también por exitosas transformaciones, como la de Escila. 

Sobre esto escribe Ovidio:

Pequeño había un abismo, ensenado en curvos arcos, grato descanso de Escila, adonde ella se retiraba del hervor del mar y del cielo, cuando muchísimo en mitad de su orbe el sol era y mínimas desde su vértice hiciera las sombras. Éste la diosa previamente lo malogra, y con venenos hacedores de portentos lo inquina. Aquí, exprimidos líquidos de una raíz dañosa asperja, y, oscuro, del rodeo de sus palabras nuevas, en tres novenas la canción largamente murmura con su mágica boca. Escila llegó y hasta el vientre en su mitad había descendido, cuando desfigurarse sus ingles merced a monstruos que ladraban contempló y, al principio, creyendo que no aquellas de su cuerpo eran partes, rehúye y espanta y teme las bocas protervas de los perros, pero a los que huye consigo arrastra a una, y el cuerpo buscando de sus muslos, y piernas, y pies, cerbéreos belfos en vez de las partes aquellas encuentra.

Metamorfosis (Ovidio)

Así, el mito describe a Circe como una engañera, dueña de un gran poder, una mujer recelosa de su propia autoridad, con habilidades múltiples, capaz de transmutar un animal en otros, capaz incluso de generar un gran daño por celos amorosos. Es una idea humana de fácil comprensión: desde la noche de los tiempos hay algo temido y considerado monstruoso en una mujer sola (si es hermosa, por supuesto). Algo que no puede ser del todo moral, algo que funciona a la perfección, incluso como castigo.



Permanencia

El cielo es curvo y cierto de humedad 
cielo de confesiones incumplidas. 

Es en vano llenar de gestos nuevos los huecos de la tarde, 
adorar cada día un reflejo distinto, andar cazando vida muy lejos de la orilla del corazón. 

Mi soledad saqueada por amigos sonrientes ahoga por momentos su eterno descubrir. Y de mí triunfa siempre la nostalgia, esa ardiente insegura. 

Esto eres tú todavía, todavía tu intento insostenible, 
todavía tu rostro, la gran dulzura desesperada. 

El amor envejece y tu voz precipita el desasosegado atardecer. 

En el colmo del tiempo volveré a dedicarme a tu mirada. 

El amor rozará muchas veces el borde de las noches. 

No te destruirá. 

Elizabeth Azcona Cranwell (1933-2004)

Labyrinthus hic habitat Minotaurus

 


Y todo es tan lejano y puro
que una nueva inocencia nos consuela.

(Jacobo Fijman. El molino rojo)



Hablar es hablarse.
(Julio Cortázar. Los reyes)

Dudar como manera de existir. Elegir la historia que nos fue contada, o atreverse a una historia otra, sutil, no dicha, vuelta al revés. Una historia sobre otra, armada 
sobre otra, armada sobre otra, armada sobre otra; como en las cajas chinas. Lo cierto es que en cada trama, en cada sucesión de eventos entrelazados habita la duda, esa intemperie caprichosa. Dudar es la única opción, la única manera de elegir.



[...]
Míralo irse apremiado por la gloria que lo espera.
Se va ovillando el hilo que fue tendiendo al entrar.
Él no es de los audaces que se echan al camino ignoto
sin la certeza de volver.
No quiso la incertidumbre.
El hilo que lo guía hacia la salida
hace mediocre su brillante aventura.

Tú te quedas como un derrumbe de piedras
y una debilidad infinita, casi placentera.

Tu mirada, ya casi transparente, descubre
en el polvo
las huellas inequívocas
de las sandalias atenienses de Teseo.
Entre tantas antiguas pisadas confusas,
ellas van claras y decididas hacia la salida.

De pronto el sol se enciende sobre tu cabeza
y su luz reemplaza a tu sangre en tus venas
y circula
como una gracia postrera.
Anda tras las pisadas de Teseo, Asterión,
y muere mirando el paisaje de los hombres.

¿Puedes ver los campos que se extienden respirando
                                                             [cansinamente
como si una conciencia subterránea
aun deseara que el mundo fuese acogedor y eterno?
Mira sobre la superficie, en el camino cercano,
la estatua degollada de un dios olvidado,
un anciano que sube penosamente por un sendero de
                                                                        [cabras,
un asno que agoniza o duerme bajo un olivo,
un labriego que cosecha el trigo
que comerá mañana caviloso y cansado.
Aunque no esperabas otra cosa, Asterión,
estas desencantado.
Pero ya cae la tarde y bajo el último sol
solo brilla tu cuerpo que ya no existe.

José Watanabe (1945-2007) El otro Asterión (fragmento final)

C6-C7


[...] encontrarse, de golpe, una mañana,
con la vida y la muerte tiradas sobre la mesa
como los restos de una comida que nadie, después de una noche larga, levantó.

(Juan José Saer)

Ricardo Zelarayán no creía en los géneros literarios. Ninguna forma impuesta pudo con la convicción de que cada uno de nosotros lleva consigo un río, perenne y subterráneo, que es la poesía. Es decir, para Zelarayán el propio discurso permanente la contiene y todo el tiempo está amenazando con desbordarse; está escondida, agazapada en ese rumor constante, al que domeñamos colocando diques, aunque igual se escuche.

[...]Las fuentes de la poesía están en la infracción constante de la convención que nos vendieron como realidad. En todo lo gratuito, en el amor, en el lenguaje de los chicos, en las conversaciones sin límite de tiempo (¡tómese otro mate!), en las situaciones límite en que los discursos de los otros movilizan enérgicamente el discurso de uno y viceversa.

Tal vez por eso Zelarayán tampoco creía en los poetas, ni en los temas considerados "propios" de la poesía. Nos pensaba vectores, médiums, apenas instrumentos capaces de nombrar recién después de ser hablados por la poesía, observadores seriales, transformadores. Parafraseando a Henry James: por ser consciencias humanas, ya somos portadores de realidades propias. Eso es lo que captura, lo que preserva el arte.

No hay temas, no hay dueños, no hay iluminación, hay la escucha de un rumor detrás del cual algunos corremos como posesos para conocer, para aprehender, para captar, aunque más no sea unos instantes, eso que se nos quiere decir.


llévame de la mano, papá,
a través del tiempo,
que mi necesidad de ser libre
no quede totalmente fuera
del círculo sagrado de la casa
y de la sangre.

Fernando Callero

Entre nosotros hay puntos en común, puntos de fuga. Coincidencias que logran emocionarnos, que se deslizan a través del recuerdo, alcanzan los extremos, excavan el corazón hasta llegar a la sangre, hasta inundar el cuerpo. 

Fernando Callero fue un poeta argentino, nació en Concordia en 1971. Una noche salió con su bicicleta y, de regreso tranquilo hacia su casa, se cayó en un pozo. Estuvo horas allí, sumergido en la oscuridad, con la columna quebrada en dos de sus vértebras cervicales, esperó pacientemente que los primeros rayos de sol trajeran el milagro del rescate. 

El milagro llegó, pero Fernando no volvió a caminar nunca más.

Su historia es la historia de siempre. La experimentación de una felicidad intermitente y superficial que, una vez salpicada de sabiduría, permanece en contraste permanente con un profundo dolor de existir.

No estará en los abultados volúmenes de poesía académica, no será parte del canon. Su voz fue de los márgenes, pequeña, imperfecta, simple. Contra el sistema, contra el egoísmo, contra la estupidez implacable que avanza. Contra el miedo, contra la inercia, contra la época, contra la rutina, contra la manada, contra el poder, suficiente. 

La zona más difícil de dominar es la espalda. A pesar de estar pegada a la columna, el cerebro del hombre está proyectado hacia adelante. Los oídos y la vista apuntan hacia el frente. Esta configuración, más el conocimiento de la muerte, hizo que el hombre se diera vuelta y se enfrentara al mundo como su objeto. Por eso dice Rilke que el animal cuando encuentra la muerte cae hacia atrás, porque su conciencia desconoce el futuro y la degradación final.
[...]
Ayer, el kine me sugirió que me tirara al piso, sobre unas colchonetas. Trajo una pelota fucsia, como de aquaerobic, y comencé por treparme a ella, meciéndome hacia atrás y hacia adelante. Jugué como un gato hasta aflojar la espasticidad y conseguir una pose relajada.  Me erguí y caminé hacia un espejo de piso llevando la pelota delante de mí. La pierna izquierda activó el arrastre desde el psoas de la cadera y comencé a marchar con las manos apoyadas sobre el globo, como una foca amaestrada con su pelota. Luego lo solté y continué hacia el espejo en cuatro patas, gateando con buenos trancos. La cabeza alzada controlaba la evolución en el espejo, viendo cómo funcionaba el frente e imaginando el atrás.


Perfeito

Mi viejo decía perfeito, no perfecto,
y a mí me agarraba un sopor nervioso
y me quería morir. O que se muera.
Después de todo era preferible ser muerto
o huérfano
antes que tener un padre que diga perfeito.
Encima lo decía a cada rato
porque el término había ingresado
a la jerga comercial de la época.
Si lo acompañaba a vender bombachas
a Basavilbaso, prefería quedarme en el auto
escuchando casets, leyendo un Emecé sin tapas
de Niko Kazanzakis
antes que pasar calor en los negocios
escuchando a mi viejo cada dos por tres
decir "perfeito".
Me sonaba brasilero y algo porno,
además de la descalificación que le acarreaba
ese error de dicción
a un hablante correcto de su lengua.
Él no había terminado sexto grado.
A mí me apretaba el cuello una corbata
de bachiller
y a los 12 era un neurótico de la gramática
y de las oraciones.
Entiendo que mi viejo también soportaba
andar con Fray Mamerto Esquiú de acompañante,
pero así son las cosas. Mi historia.
Un viaje en break con el mate estrellándose
contra los vidrios del Renó.
Mamá que saca cuentas, papá en su paraíso
de lycra y notas de pedido.
Los hermanitos atrás
rogando que los dejen juntar de ese campito
un cachorro con sarna.
¿Cuánto suman las facturas, Susana?
  257.000 pesos.
  Perfeito.

Fernando Callero (1971-2020). De Una destrucción muy fina 

Rara avis

 


La delicia y el perfume de mi vida es la memoria 
de esas horas
en que encontré y retuve el placer tal y como lo deseaba.
Delicias y perfumes de mi vida, para mi que odié
los goces y los amores rutinarios.

Constantino Kavafis. Voluptuosidad. 1917.

El río es el Mekong. Una niña. Una niña vestida ridículamente. Con sombrero, con zapatos gastados. Una niña que se asoma a la vida como se asoma al río, como se asoma al cuerpo: con intuición, con soltura. Detrás de ella se acurruca una mujer. Es una mujer pequeña, alcohólica, desteñida.

Talentosa y disidente, Marguerite Duras (1914-1996) escribe pero no siempre hay sintaxis. No necesariamente. En ella no hay orden ligado, hay una escena que se cuenta varias veces a lo largo del tiempo; es decir, en varios libros. Y en cada vez, lo que cambia es la mirada. En cada vez profundiza y discrepa. A veces cuenta más. Tal vez por eso va con ella la indómita sensación de anarquía, porque la prosa se detiene y salta, el ritmo se va. 

La crítica literaria abraza la noción de que Duras conceptualiza la literatura. Duras fragmenta. Al cambiar el enfoque de cada escena, espiraliza sus historias. No hay principio, no hay fin, hay continuum. Duras habilita las lecturas otras, las que se salen de la crítica encorsetada. Sigue los movimientos del arte contemporáneo, posibilita una escritura abierta, que se repara a medida que avanza la investigación, las nuevas teorías literarias. 

En sus propias palabras vueltas hacia ella: Duras encuentra para los amantes un lugar otro, un lugar protector, de pura inmensidad, un rincón inviolable. Una patria lejana, estática, de infancia, que los preserva de toda corrupción, de todo conocimiento ajeno a ella; que los protege de las calamidades propias de la edad adulta, de la muerte, del dinero, de la tristeza de las noches, de la oscuridad de la monotonía y la rutina, de la soledad de la miseria, tanto la del amor como la del deseo. 

Atravesada por el incesto y la triangulación, desde el principio, Duras fue un enigma, un pájaro raro. Se permitió dudar de la supremacía blanca, del poder, del amor, de la heterosexualidad. Miró con ojos de ensueño las ideologías, no les creyó. Se atrevió a plantear la ambigüedad de los lazos familiares, a mostrar la familia como una célula tortuosa y destructiva, pero aún así su gran tema fue la escritura. Y nunca sabremos con algún grado de certeza si su obra fue ficción pura, autoficción o biografía rigurosa. 


[...]De la limusina negra acaba de salir otro hombre. No es igual que el del libro, es otro chino de Manchuria. Es un poco distinto: es más robusto que él, tiene menos miedo que él, más audacia. Tiene más belleza, más salud. Es más «de cine» que el del libro. Y también se muestra menos tímido que él ante la niña. 

Ella, en cambio, sigue siendo la del libro, bajita, delgada, atrevida, difícil de captar su sentido, difícil de decir quién es, menos guapa de lo que parece, pobre, hija de pobres, de antepasados pobres, granjeros, zapateros, primera en francés siempre en todas partes y odiando Francia, inconsolable del país natal y de la infancia, escupiendo la carne roja de los steaks occidentales, enamorada de los hombres débiles, sexual como aún no ha encontrado a otra. Loca por leer, por ver, insolente, libre. 

Él es un chino. Un chino alto. Tiene la piel blanca de los chinos del norte. Es muy elegante. Lleva un traje de tela de seda cruda y los zapatos ingleses color caoba de los jóvenes banqueros de Saigón. 

Él la mira. 

Se miran. Se sonríen. Él se acerca. 

Fuma un 555. Ella es muy joven. Hay algo de temor en su mano que tiembla, aunque apenas, cuando él le ofrece un cigarrillo. 

—¿Fuma? 

La niña hace una señal: No. 

—Perdóneme... Es tan inesperado encontrarla aquí... Usted no se da cuenta... 

La niña no contesta. No sonríe. Lo mira. Feroz sería la palabra para decir esa mirada. Insolente. Descarada es la palabra de la madre: «No se mira así a la gente». Se diría que no oye bien lo que él le dice. Mira el traje, el coche. Alrededor de él, el perfume del agua de colonia europea con, más lejano, el del opio y la seda, del bómbice de seda, del ámbar de la seda, del ámbar de la piel. Ella lo mira todo. Al chófer, el coche y, una vez más, le mira a él, al chino. La infancia parece en su mirada de una curiosidad desplazada, siempre sorprendente, insaciable. El la mira mirar todas esas novedades que transporta aquel día el transbordador. 


Marguerite Duras. El amante de la China del Norte (Fragmento). 
L'Amant de la Chine du Nord. 1991. Editorial Gallimard



El guardián del amor







El cuerpo es un pacto 
con la forma. 
Pero el deseo es la forma
que tiene el corazón
de deshacerse
de su cuerpo.

Susana Villalba


No obstante el cuerpo. Ese animal espeso y palpitante, que aún en su volumen más frágil y más doliente, aun en su necesidad más vasta o acotada, se vuelve inevitable. 

El cuerpo es apenas una bruma, es opción, vehículo de la riqueza ineludible del deseo, que con su poder nos desborda, pero que vale la pena cuidar. Porque en definitiva la vida es física, porque no importa que el hielo se derrita, y no importa que las palabras no alcancen para nombrar, lo importante es estar ahí para sentir lo que pasa.


El guardián del hielo

Y coincidimos en el terral

el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.

                   Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.

José Watanabe. De: Cosas del cuerpo, 1999
Recogido en: José Watanabe – Poesía completa.
Ed. Pretextos, 2008.


El lenguaje de la vida


Aprender a estar en esa orilla más allá del ruido, de las palabras, aún de la memoria. En esa zona salvaje. Aprender a estar en la intemperie.

Alicia Genovese

You remember too much,
my mother said to me recently.
Why hold onto all that? And I said,
Where can I put it down?

 Anne Carson. Glass, Irony and God

Magia, brujería, conocimiento de hierbas y plantas venenosas, dominio sobre ciertos animales, el cielo, el mar y la tierra, invocación de algún que otro fantasma, nigromancia, hechicería, convocatoria de espíritus: los dioses y los poetas son capaces de todo. Tal vez por eso la creación nos inspira un profundo respeto. 

Un saber propio, del propio cuerpo, alejado del intento de sabiduría. Una verdad regalada, un saber que se exprese sin forma, sin forzar saber. Sostener la ilusión, captar el instante, penetrar sin la violencia de la razón, esa y no otra es la búsqueda del creador, manteniéndose siempre a distancia prudencial del misterio. Para que sea, para que nunca deje de ser.


Encrucijada

Esa es la voz de Hécate.
Esa es la mano izquierda del destino.
La luna enrojece el paisaje,
esparce sobre el mundo la locura y la muerte.
                Y ella canta en la encrucijada.
Allí donde el cuerpo se triplica, 
donde se triplican los ojos y los pies 
pero no el corazón,
allí donde cae la cabeza del condenado, 
donde no hay perdón.
                Ella canta en la encrucijada
y su canto abre las puertas del infierno.
                Ella canta en la encrucijada 
y se retuercen los epilépticos.
                Ella canta en la encrucijada
y el alacrán arrastra su víctima al tálamo de fuego.
                Ella canta en la encrucijada
y el cuerpo y el alma desatan su terrible nudo
                Ella canta:
“Oh, cómplice de la noche,
reina de los muertos y de los fantasmas, 
trivia,
el corazón estrábico mira a derecha e izquierda, 
adelante y atrás,
se mira a sí mismo y a su doble.”
               Ella canta en la encrucijada.
Pero alguien saldrá esta noche como ladrón a los caminos.
pisará los escalones de lo desconocido, 
traerá de los cabellos la cabeza del sol. 
Para arrojarla a sus pies,
para que su canto no cese,
para que siga brotando de sus pechos 
la leche caliente de la fatalidad.

Horacio Castillo (1934 - 2010) de Alaska. Ed: Libros de Tierra Firme 1993

Melones en la mierda

 


Lirios de la anochecida.
Fantasmas puros del jardín, ya casi perdido.
Ángeles del jardín, quietos entre las flores,
vueltos sobre sí mismos, sobre la íntima luz
tan pura, que ilumina como lámparas dulces,
el olvido, todavía azulado, de las flores.

Juan L Ortiz
(Poemas del anochecer)

Las imágenes creadas por Marguerite Duras en el papel son anárquicas, aunque cinematográficas. Generan en quien lee una resonancia, una imaginación escénica. Tanto que algunos críticos han designado su escritura como escritura fílmica.

[...]
Alrededor del transbordador, el río llega al ras de la borda, sus aguas en movimiento atraviesan las aguas estancadas de los arrozales y no se mezclan. Ha arrastrado todo lo que ha encontrado desde el Tonlesap, la selva camboyana. Arrastra todo lo que le sale al paso, chozas de paja, selva, incendios extinguidos, pájaros muertos, tigres, búfalos ahogados, hombres, cebo, islas de jacintos de agua aglutinadas, todo va hacia el Pacífico, nada tiene tiempo de hundirse, es arrastrado por la tempestad profunda y vertiginosa de la corriente interior, todo queda en suspenso en la superficie de la fuerza del río.

Marguerite Duras (El amante)

A pesar de toda la belleza contenida en este libro, a pesar de la crítica mordaz contra la sociedad y contra la familia que habita en esas páginas, los lectores y la crítica literaria no especializada insisten en hablar únicamente de la historia de amor entre la niña blanca francesa y su amante chino, pero plancharle las arrugas a la trama, proponer una linealidad narrativa es pretender otro libro.

Duras escribió toda su vida el mismo libro, parece haber encontrado su Jesús personal, parece decirse a sí misma. De algún modo el foco fue puesto allí. Nadie que haya leído El amante podría negarlo, pero una mirada demasiado reduccionista de los hechos biográficos nos llevaría a pensar sólo en la historia de amor, cuando en realidad lo que se despliega es el complejo entramado de la historia de un aprendizaje visto desde otra madurez, desde muchos años después. Es por eso que tiene infinitos matices. Ver solo la historia de amor contenida en la trama es descontextualizarla por completo. 

Frente a cualquier tipo de lógica totalizante, sin embargo, en Duras siempre irrumpe lo personal. Es el oro de la individualidad expresando lo que lo diferencia del resto. No es nada místico, por cierto, tan solo una especie de apertura, un camino difícil de transitar, hacia una libertad que se vuelve imposible la mayoría de las veces:

[...]
Mi madre mi amor mi increíble mancha, con las medias de algodón zurcidas por Dô, nuestra criada china. En los trópicos se sigue creyendo que hay que ponerse medias para ser la señora directora de una escuela. Vestidos lamentables, deformados, remendados por Dô. Recién llegada de su granja picarda poblada de primas, lo usa todo hasta el final, cree que es necesario, que es necesario ganárselo, como sus zapatos. Sus zapatos están gastados, camina de costado, con un gran esfuerzo, los cabellos tirantes, ceñidos en un moño de china. Nos avergüenza, me avergüenza en la calle delante del instituto, cuando llega en su auto. Delante del instituto todo el mundo la mira, ella no se da cuenta de nada, nunca. Está para encerrar, para darle una paliza, para matarla. Me mira y dice: quizá tú salgas de esto. Día y noche la idea fija. No se trata de que sea necesario conseguir algo, se trata de que es necesario salir de donde se está.

Aún así, después de todo, si no hay mayor extraño que uno mismo. ¿Por qué iba Duras a escapar de ese destino vulgar si es la apariencia de los otros lo que termina por frecuentarnos, lo que insiste, lo que rompe, lo que nos obliga a entrar, a aceptar finalmente esa invitación reiterada?

[...]
En las historias de los libros que se remontan a mi infancia, de pronto ya no sé de qué he hablado o qué he evitado decir. Creo haber hablado del amor que sentíamos por nuestra madre, pero no sé si hablé del odio que también le teníamos y del amor que nos teníamos unos a otros y el odio, terrible, en esta historia común de ruina y de muerte que era la de nuestra familia. De todos modos, tanto la historia del amor como la del odio aún escapan a mi entendimiento, eso me es inaccesible, está oculto en lo más profundo de mi piel, ciego como un recién nacido. Es el ámbito en cuyo seno empieza el silencio. Lo que ahí ocurre es precisamente el silencio, ese lento trabajo de toda mi vida. Aún estoy ahí, ante esos niños posesos, a la misma distancia del misterio. Nunca he escrito creyendo hacerlo, nunca he amado creyendo amar, nunca he hecho nada salvo esperar delante de una puerta cerrada.

Así, Duras encontró la manera de gambetear la oscuridad y, al menos por un tiempo, cuenta con la magia suficiente. Sabe merecer esa mirada otra que muchas veces nos define mejor que cualquier máscara, sabe sentir esa libertad rara vez conquistada. No es un hecho menor merecer el deseo que nos empuja, estar a la altura del propio mito, aunque la lucidez tenga un precio muy alto, aunque algunas veces paguemos ese privilegio con el propio cuerpo.

[...]
Alrededor del recuerdo, la lívida claridad de la noche del cazador. Se oye un sonido estridente de alerta, de grito infantil.

[...]
Le digo (a mi amante) que esa violencia de mi hermano mayor, fría, insultante, acompaña todo lo que nos sucede, todo lo que nos pasa. Su primer impulso es el de matar, quitar la vida, disponer de la vida, despreciar, cazar, hacer sufrir. Le digo que no tenga miedo. Que no corre ningún riesgo. 

Porque la única persona a la que teme el hermano mayor, ante quien curiosamente se intimida, soy yo. 

Desde sus inicios, la autora se muestra en guerra con el sentido impuesto como obligatorio, tomado como único e inquebrantable, con la violencia intrafamiliar, con el racismo, con la soledad, con el silencio, con la moral burguesa y con todo aquello que nadie tendría derecho de cuestionar. Esos son sus molinos de viento.

Nunca buenos días, buenas tardes, buen año. Nunca gracias. Nunca una palabra. Nunca la necesidad de pronunciar una palabra. Todo permanece, mudo, lejano. Es una familia pétrea, petrificada en una espesura sin acceso alguno. Cada día intentamos matarnos, matar. No sólo no se habla sino que tampoco se mira. Desde el momento en que se nos ve, no se puede mirar. Mirar es tener un impulso de curiosidad hacia, sobre, es perder. Nadie que sea mirado merece ser objeto de una mirada. Siempre es  deshonroso. La palabra conversación está proscrita. Creo que es esa la que mejor expresa aquí la vergüenza y el orgullo. Toda comunidad, sea familiar o de otra índole, nos resulta odiosa, degradante. Estamos unidos en una vergüenza de principio por tener que vivir la vida. Ahí es donde estamos en lo más profundo de nuestra historia común, la de ser los tres hijos de esta persona de buena fe, nuestra madre, a la que la sociedad ha asesinado. 

Pertenecemos a esa sociedad que ha reducido a mi madre a la desesperación. A causa de lo que se le ha hecho a mi madre, tan amable, tan confiada, odiamos la vida, nos odiamos.

[...]
El hermano mayor sufre por no ejercer libremente el mal, por no regentear el mal, no sólo aquí sino en todas partes. El hermano menor por asistir impotente a este horror, a esta predisposición del hermano mayor. Cuando se pegaban teníamos igual miedo por la muerte de uno que por la del otro; madre decía que siempre se estaban pegando, que nunca habían jugado juntos, que nunca habían hablado. Que lo único que tenían en común era ella, su madre, y, sobre todo, esta hermanita, sólo la sangre.

De todo eso nada contábamos a los de afuera de la casa, ante todo habíamos aprendido a callar lo esencial de nuestra vida: la miseria. Y después, también todo lo demás. Los primeros confidentes, la palabra parece excesiva, son nuestros amantes, nuestros conocidos afuera del puesto, en las calles de Saigón al principio y, luego, en los paquebotes de línea, en los trenes, después en todas partes.

La escritura de Duras descubre algo que de algún modo todos intuimos: que al entregarnos a cualquier pasión, independientemente de que sea o no vitalizante, ya envejecemos; que hay hombres y mujeres que no encuentran fuerzas para amar más allá del miedo, y que esa cobardía los convierte en infelices.

[...]
Veo la guerra bajo los mismos colores que mi infancia. Confundo el tiempo de la guerra con el reinado de mi hermano mayor. Se debe sin duda al hecho de que fue durante la guerra cuando murió mi hermano pequeño: el corazón, como he dicho, cedió, lo abandonó. Al hermano mayor, en realidad, creo no haberle visto durante la guerra. Ya no me importaba saber si estaba vivo o muerto. Veo la guerra como era él, propagarse por todas partes, penetrar por todas partes, robar, encarcelar, estar en todas partes, unida a todo, mezclada, presente en el cuerpo, en el pensamiento, en la vigilia, en el sueño, siempre, presa de la pasión embriagadora de ocupar el territorio adorable del cuerpo del niño, el cuerpo de los menos fuertes, de los pueblos vencidos, porque el mal está ahí, en la puerta, contra la piel.

La escritura de Duras descubre que entendemos primero con el cuerpo lo que después podrán o no comprender la inteligencia y las palabras.

Marguerite Duras. El amante. (L´Amant. Ed: Les Éditions de Minuit. Francia. 1984)