El sentido de la rebeldía

I renounce God! I renounce him! 
And all you hypocrites who feed off him!. 
If my beloved burns in hell so shall I. 
I, Dracula, voivode of Transylvania shall arise from my own death, 
to avenge hers with all the powers of darkness.

(Bram Stoker´s Dracula 1992)


Las crónicas de la época dicen que Albert Camus era un extranjero. Un ateo, a quien el mensaje cristiano le fue completamente ajeno aun desde la infancia; pese a los intentos de un entorno opresivo y evangelizador. Un hombre de su época, aunque sincero, lúcido y sensible. Tanto, que sintió y expresó como pocos la angustia de vivir en nuestro mundo, reconociendo en su propia carne la ansiedad de ser un solitario en medio de la masa humana desbordante. Preocuparse, ensayar, pensar en la rebeldía no deja de ser una acción profundamente combativa. Camus escribió para salvarse -y así nos salva- de la amargura.

Muchas veces me pregunto qué pensaría si viviera hoy entre nosotros.

Igual que Baudelaire en la ciudad que deviene moderna ante sus ojos, vivió el horror de descubrir que nada existe sobre el hombre, que nada nos guía y nada se nos impone. Libres de ataduras, emancipados de una superstición de siglos, nuestro es el reino, nuestro el poder y la gloria. Y la responsabilidad. 

Porque sin dios mediador no todo está permitido.

El hombre rebelde y absurdo de Camus conoce sus límites, no elude la finitud, se niega a adorar. Muchas veces dice no, recalcula, apuesta por la libertad y la justifica. Respeta, porque trata de conocer esos límites, y los habita como lo que son: el intersticio húmedo y ciego entre dos espacios apenas cognoscibles. Nosotros, simples mortales, nos quedaremos sólo con el crédito de poder darle un sentido propio a tantas buenas ideas ajenas. 

Después de todo, no importa lo que sea la vida sino la forma en que elegimos atravesarla.

Es cierto que tal vez solo seamos actores revolcándonos en un escenario polvoriento, justo ahora que en el ambiente hay un sosiego mortal y acomodaticio. Pero podríamos aprovechar para ser un poco menos pobres, un poco menos miserables que los actores de Shakespeare y, sin dejar de debatirnos entre contradicciones eternas, embarcarnos febrilmente en esta aventura. Porque seguramente cuando Sir William pensó en sus actores languideciendo como aburridas llamas no pensó en tipos como Albert Camus.
   

ya podéis considerarme un hijo dilecto: 
uno más de los que cerraron su oído al motín, 
y el corazón a la aventura.

        En el muslo de dios

        En el muslo del dios, de padre libidinoso
        como todos los padres y madre, ay, fulminada
        me dispongo a nacer. ¿Pero qué me trajo aquí,
        a este lugar secreto donde estoy a cubierto
        de toda duda, de los que exigen la prueba
        que nadie puede resistir –lo patente– y se exponen
        al rayo? ¿Quién me trajo aquí, lejos de todo celo,
        de los que un día me despedazaron y cocieron
        mis miembros en un caldero o, según otros,
        –y es lo que yo creo– me condenaron al polvo?
        De todos modos no podían contra mí, contra
        este doble corazón que alguien prestamente recogió y lavó 
       y guardó a expensas del cual ha sido reconstituido
        mi segundo cuerpo, animado por la misma alma
        que permaneció tres días en la profundidad del infierno
        –mi alma, que la muerte no pudo corromper
        y que ahora, escondida, espera la verdadera ebriedad
.
        Porque sin despedazamiento no hay redención, sin muerte
        no hay conocimiento, y traigo como prueba este cesto de uvas,
        el misterio de la planta que nace de la ceniza
        y crece y se expande y ofrenda al Universo
        una nueva savia: gozo, no expiación.
        ¡Santa luz del día y torbellino celeste
        de una nube viajera: danzo, luego soy!
        Y tú, ternera de la tiniebla, alza también el pie,
        salta, brinca, muerde, hinca, rompe, grita,
        grita conmigo, el grito que te hará nacer.
        Yo he vencido al mundo: alzo el tirso y el agua se convierte en vino,
        bajo el tirso y se multiplican los panes y los peces,
        y una vid infinita se ramifica entre las galaxias
        y colma de pámpanos el sol y las demás estrellas.
        A su sombra se ha tendido la mesa, se han dispuesto
        el pan y el vino y nos aprestamos a cenar:
        tomad y comed, éste es mi cuerpo,
        tomad y bebed, ésta es mi sangre.
        Ya está en llamas la perfumada cabellera,
        arde la corona de hiedra y las hojas, crepitando,
        se convierten en espinas; pero el vinagre sabe a miel,
        y un río de flechas corre hacia el centro mismo de la Cruz.
        Tomad y comed, éste es mi cuerpo
        tomad y bebed, ésta es mi sangre
        y tú, perra del Paraíso, alza también el pie,
        ríe, canta, gime, danza, sueña, sangra,
        sangra la sangre sin principio ni fin, sangra, sangra.

        Horacio Castillo de: Cendra. Ediciones del Copista. 2000.

La ética de los insatisfechos



Conversion, software version 7.0.
Looking at life through the eyes of a tired hub.
Eating seeds as a pastime activity,
the toxicity of our city.

Toxicity (System of a down)


La libertad puede ser solo si se la conquista.
Clarice Lispector

Aquí, en esta época de omnipotentes y narcisistas, donde caminamos hacia la destrucción última como zombies: ciegos, desnutridos, faltos de imaginación. Aquí donde vivimos atados indefectiblemente al flujo del capital, a una materialidad excesiva, tan mercantilista como siniestra, una materialidad en el peor sentido que puede atesorar esa palabra: su sentido vulgar, su sentido en relación al consumo. Aquí donde incluso el tiempo extraeconómico deberá ser pensado como mercancía para que funcione, para que no lo lamentemos perdido, los cuerpos aún se comunican. 

En esa comunicación, en esa irrupción inesperada del otro, en ese choque de cuerpos, fluye lo no dicho, aquello que puede acompañar e incluso contradecir la palabra. Porque a contracorriente de la voluntad de orden social somos en realidad entropía, desorden, caos. 

La incertidumbre es el camino, y esa incertidumbre, ese ver borroso, esa vacilación, son parte de una ética que provoca angustia. Una ética alejada de la tranquilidad, de la pasividad del conformismo burgués; una ética que nada tiene que ver con el consumo: la ética de la insatisfacción, tan viva, tan flexible, tan cercana al pensamiento crítico.

Sin embargo, en oposición a lo que quieren imponernos día tras día la maquinaria social y el sentido común, estamos los que pensamos que la angustia no es patológica. Quite the contrary. No debe callarse jamás.

La angustia tiene una función virtuosa: es una brújula mental que nos empuja a movernos, que nos impulsa a pensar, a reformular acciones y actitudes. La angustia nos mantiene alerta y en movimiento. 

Y el movimiento es vida. 


El otro Asterión

Es joven y dice llamarse Teseo,
blande su espada refulgente alrededor de ti.
Vino creyendo encontrar una fiera,
ahora sabe que no lo eres.
Mirando tu danza de esquivamientos
comparte contigo la razón peligrosa:
la vida depende de una falla en la cadencia.

El traspié ha sido tuyo, Asterión:
la espada ha entrado ciegamente en tus entrañas:
qué verdadero es el metal en la blandura de un cuerpo,
y tu frente hirsuta
y tus agudas astas
caen ante este muchacho que te confiesa temblando
que tú eres su primer muerto.

Míralo irse, tan apremiado por la gloria que lo espera.
Se va ovillando el hilo que fue tendiendo al entrar.
Él no es de los audaces que se echan al camino ignoto
sin la certeza de volver.
No quiso la incertidumbre.
El hilo que lo guía hacia la salida
hace mediocre su brillante aventura.

Tú te quedas como un derrumbe de piedras
y una debilidad infinita, casi placentera.

José Watanabe. El otro Asterión (fragmento) en Banderas detrás de la niebla. Editorial Pre-textos (2006)



Máscara y fantasma


El ser humano es esta noche, esta nada 
vacía, que lo contiene todo
en su simplicidad: riqueza inagotable
de infinitas representaciones, de imágenes,
ninguna de las cuales llega precisamente a su espíritu o,
más bien, no están en él como realmente presentes. Se vislumbra
esta noche cuando uno mira
a los seres humanos a los ojos, se hunde la mirada 
en una noche que se vuelve terrible.

Georg Friedrich Hegel

Estamos unidos al misterio del otro. Por el dolor, las equivocaciones, los enojos, por esa fragancia indeleble de cosa viva y a la vez muerta que exhalamos, por cada desacomodo existencial que nos ocurre. 

Como una tentativa de contacto, cada evento errático nos une más. 

Aunque vivamos nadando en la penosa fantasía narcisista del control y la completitud, no hay más extraño que uno. No nos conocemos, no nos somos suficientes. Es la presencia del otro una invitación; su imagen, un vampiro al acecho, un agobio, insoportable en su reiteración, que irrumpe, que termina por frecuentarnos. 

Porque somos (irreversiblemente) espíritus trágicos; y un espíritu trágico es contradicción, camina entre el y el noNo se detiene, aunque parezca inmóvil. 


 ...Ya no basta decir, a fuer de todos los poetas, que los espejos se asemejan a un agua. Tampoco basta dar por absoluta esa hipótesis y suponer, como cualquier Huidobro, que de los espejos sopla frescura o que los pájaros sedientos los beben y queda hueco el marco. Hemos de rebasar tales juegos. Hay que manifestar ese antojo hecho forzosa realidad de una mente: hay que mostrar un individuo que se introduce en el cristal y que persiste en su ilusorio país (donde hay figuraciones y colores, pero regidos de inamovible silencio) y que siente el bochorno de no ser más que un simulacro que obliteran las noches y que las vislumbres permiten.

Jorge Luis Borges (1925)

 Axolotl

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrecencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos. 

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaces de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro.

Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

Julio Cortázar en Final de juego ed: Los presentes (1956).


Coexistir con la noche

Una vez el rey Sísifo puso grilletes en los pies del dios Tánatos y nadie murió en la tierra durante algún tiempo. Por supuesto que eso enfureció a los dioses. Ares, quien tomó cartas en el asunto de inmediato, lo liberó de su inmovilidad y restableció el equilibrio perdido. Lo cierto es que Sísifo logró desafiar a los dioses, por eso fue condenado a la ceguera perpetua y a empujar una enorme piedra hasta la cima de una montaña solo para verla caer una y otra y otra vez.

Ahora bien, la filosofía asegura que, contrario a lo que nos diría el sentido común, Sísifo logra experimentar la libertad, lo hace durante breves instantes, es cierto, y solo en los intersticios. Es decir, en los momentos en los cuales está llegando a la cima, antes de bajar a recoger nuevamente la piedra para volver a empezar. En conclusión, la filosofía nos propone coexistir con la noche, aceptar la angustia de habitar un mundo absurdo. 

Para Albert Camus, por ejemplo, el hombre cuya sensibilidad es absurda es aquel que está consciente de su situación y aun así no piensa en el suicidio. En definitiva, el hombre absurdo es aquel que acepta la realidad que lo contiene. Si un condenado se resignara a su realidad, la monumental tarea que deberá cumplir día tras día se le tornará desesperanzadora, su corazón se volverá melancólico y frágil, también lleno de rencor. 

Como respuesta a la adversidad habría que imaginar a Sísifo feliz. 

Muy lejos de la resignación, si aceptamos la realidad tal vez tengamos una chance de apropiarnos de nuestro destino y de la piedra cuyo peso habremos de cargar -es decir, soportar- a diario. Esa y no otra es la victoria absurda que Camus propone en su ensayo de 1942, conocido como El mito de Sísifo (Le mythe de Sisyphe).

La otra opción es el suicidio.

Camus era un pesimista pro-activo. Estaba convencido de que tenemos que aceptar el absurdo, porque somos absurdo, el mundo es absurdo, lo que es decir, puro azar, y que la mera lucha por alcanzar la cumbre debería bastar para hacernos felices. El después no importa demasiado. 

Tal vez todo se trate de tener el valor de raspar un poco la pintura de la superficie. Aceptar que nuestras vidas son, de hecho, insignificantes y solo tienen el valor que nosotros mismos les asignamos. Una medida puramente ilusoria, por supuesto. La realidad es que, una vez despojado del vulgar maquillaje del romanticismo, el mundo es un lugar extraño y aberrante, para nada amigable. 

El mal existe, sin dudas. Proviene de la ambición y la ignorancia humanas, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tanto desastre como la maldad más pura. La obtención de La Verdad es imposible porque en el fondo de la cuestión no hay fundamento, y el uso de la razón, la tecnología y  toda la ciencia aun no han podido explicar el universo.

Gran conocedor de Franz Kafka, disidente, reacio, vilipendiado por muchos de sus contemporáneos, Albert Camus aseguraba que hay que luchar sin ponerse de rodillas, porque únicamente el hombre rebelde será capaz de construir una ética por fuera del abrazo de Dios, sin caer al averno del nihilismo, minimizando todo lo posible el mal, pero sobre todo afirmando la vida. Casi la única posibilidad que nos queda. 


Niños en el camino vecinal

Oía pasar los carros ante la verja del jardín. A ratos también los veía por entre los resquicios suavemente agitados del follaje. ¡Cómo crujía la madera de sus rayos y lanzas aquél cálido verano! Eran labradores que volvían del campo y se reían que era una vergüenza.

Sentado, en nuestro pequeño columpio, yo descansaba entre los árboles en el jardín de mis padres. Ante la verja el tráfago no cesaba. 

Acababan de pasar unos niños a la carrera, carretas de cereales con hombres y mujeres sentados encima y alrededor de las gavillas oscurecían los arriates de flores. Al caer la tarde, vi a un señor paseando con un bastón, y a unas chiquillas que, tomadas del brazo, salieron a su encuentro, lo saludaron y se metieron entre la hierba del costado. 

Como salpicaduras de un chorro, unos pájaros alzaron luego el vuelo. Los seguí con la mirada, los vi subir de un tirón hasta que ya no creí que ellos subían sino que yo caía y, aferrándome con fuerza a las cuerdas, empecé por inercia a columpiarme un poco. 

Pronto me columpié con más fuerza, cuando el aire ya soplaba más fresco, y en vez de los pájaros en vuelo aparecieron unas estrellas temblorosas. A la luz de una vela me sirvieron la cena. 

A ratos apoyaba ambos brazos sobre el tablero de madera, y ya cansado mordisqueaba mi pan con mantequilla. Las cortinas profusamente caladas se hinchaban con el viento cálido, y a veces alguien que pasaba por afuera las sujetaba con sus manos si quería verme mejor y hablar conmigo. 

En general, la vela se apagaba pronto y en el humo oscuro del pabilo seguía evolucionando un rato el enjambre de mosquitos. Si alguien me interrogaba desde la ventana, yo me quedaba mirándolo como si mirase las montañas o el aire, y la verdad es que a él tampoco le importaba mucho la respuesta.

Pero si alguno saltaba sobre el alfeizar de la ventana, y me enunciaba que los otros ya estaban frente a la casa, me ponía de pie suspirando. 

Oye, ¿por qué suspiras? ¿Qué ha pasado? ¿Alguna desgracia irreversible? ¿Jamás podremos recuperarnos? ¿Está todo perdido?...
¡Qué bien, por fin, estáis aquí! Tú siempre llegas demasiado tarde 
¿Qué yo llego demasiado tarde? 
Pues sí, tú, quédate en casa si no quieres venir con nosotros. Nada de miramientos. 
¡Cómo que nada de miramientos! ¿De qué estás hablando?

Desfondamos el atardecer con la cabeza, ya no hubo día ni noche. Ahora los botones de nuestros chalecos se entrechocaban unos contra otros como dientes. Ahora corríamos manteniendo intervalos siempre iguales con fuego en la boca, como animales de los trópicos. 

Cual coraceros de antiguas guerras, pisando fuerte y levantando mucho las piernas, bajamos por la callejuela empujándonos unos a otros y con este impulso en las piernas subimos luego por el camino vecinal. 

Algunos se metieron en la cuneta; apenas habían desaparecido entre el sombrío talud cuando volvieron a surgir como forasteros allá arriba, en el sendero, y se quedaron mirándonos. 

¡Venga! ¡Bajad! 
¡Subid primero vosotros! 
¿Para qué nos tiréis abajo? Ni pensarlo ¡tan tontos no somos! 
¡Tan cobardes querrás decir! ¡Vamos, subid!
¿De veras? ¿Vosotros? ¿Nos queréis tirar abajo precisamente vosotros? Eso habría que verlo.

Partimos al asalto, recibimos golpes en el pecho y nos dejamos caer gustosos entre la hierba del talud, descansamos sobre ella. Todo estaba uniformemente templado, no sentíamos calor ni frío en la hierba, solo cansancio.

Al girarse sobre el costado derecho, con la mano bajo la cabeza, a uno le entraban ganas de dormir, aunque al punto quería incorporarse una vez más con la barbilla en alto para caer, eso sí, en una cuneta más profunda. 

Luego, con el brazo cruzado sobre el pecho y las piernas oblicuas uno deseaba lanzarse al aire y caer en otra cuneta más profunda todavía para ya no parar nunca. 

Cómo nos estiraríamos del todo, en especial para dormir, cuando estuviéramos en la última cuneta. Era algo en lo que no pensábamos al yacer allí, de espaldas, como enfermos dispuestos a llorar. 

Parpadeábamos cuando alguno de los chicos, pegando los codos a las caderas, saltaba sobre nosotros del talud al camino con sus suelas oscuras. Ya veíamos la luna a cierta altura. Bajo su luz pasó un coche correo. 

Por todas partes se elevó una suave brisa que también sentíamos y muy cerca del bosque empezó a susurrar. Nadie sentía ya muchas ganas de estar solo. 
¿Dónde estáis? ¡Venid! ¡todos juntos! Oye, ¿Por qué te escondes? ¡Déjate de tonterías! ¿No sabéis que ya ha pasado el correo?
¿Qué dices? ¿Ya ha pasado?
Claro que sí. Pasó mientras dormías
¿Dormir yo? ¿Qué va?
Calla, calla, que aún se te nota. Venga, hombre, ¡venid!

Echamos a correr más apretados, algunos se daban la mano. La cabeza no podíamos llevarla muy erguida porque íbamos cuesta abajo. Alguien lanzó un grito de guerra indio. 

Un ansia de galopar se apoderó como nunca de nuestras piernas y a cada salto el viento nos izaba por las caderas. Nada habría podido detenernos, nuestro impulso era tan fuerte que incluso al adelantar a alguien podíamos cruzar los brazos y girar tranquilos alrededor.

Nos detuvimos sobre el puente del torrente. Los que habían ido más lejos regresaron. El agua, abajo, golpeaba contra las piedras y raíces como si no fuera ya noche cerrada. No había ninguna razón para que alguno no saltara sobre el parapeto del puente.

Detrás de unos arbustos, a lo lejos, se oía un tren. Todos los compartimientos estaban iluminados y seguro habrían cerrado las ventanillas. Uno de nosotros entonó una canción callejera, pero todos queríamos cantar. Nuestro canto era mucho más rápido que el paso del tren, balanceábamos los brazos porque la voz no bastaba y con nuestras voces nos fuimos metiendo en un enredo en el que nos sentimos bien. 

Cuando uno mezcla su voz con otras queda como prisionero de un anzuelo. Así cantábamos de espaldas al bosque hacia los oídos de los remotos viajeros. Los mayores aún estaban despiertos. En la aldea, las madres preparaban las camas para la noche. Ya era la hora, besé al que estaba a mi lado, a los tres que estaban más lejos solo les tendí la mano y emprendí el camino de regreso.

Nadie me llamó. En la primera encrucijada, donde ya no podían verme, di media vuelta y siguiendo unos senderos corrí de nuevo hacia el bosque. Quería llegar a esa ciudad del sur de la que se decía en nuestra aldea: 

No os imagináis qué gente hay allí, si es que no duermen. 
¿Y eso por qué? 
Porque no se cansan. 
¿Y eso por qué? 
Porque son necios. 
¿Y los necios no se cansan? 
¿Cómo podrían cansarse los necios?


Franz Kafka. De: Contemplación. 1913



Una mirada otra


Mi lengua materna golpea
la frase
en el muro de la prisión.

Déjame, madre, que transmita
las voces
que aúllan al caer como cascadas.


(John Berger. Páginas de la herida)


 
La mirada es una zona interior donde sedimentan las experiencias reales y las imaginarias. De algún modo esto significa que está cargada de condicionantes. Tal vez por eso no deberíamos consentir jamás la prostitución de la belleza. La belleza está en la mirada, no encaja en ningún molde, no puede ser dicha por otro.

Lo que sabemos, aquello que creemos, todo lo inserto en nuestras psiquis desde la más temprana edad, incluso la memoria colectiva, así como nuestras experiencias personales posteriores a la niñez afectan el cómo vemos.

De este modo, la mirada debe entenderse como un soporte básico y a la vez constitutivo de la subjetividad humana. Ahora bien, mirar es un acto voluntario, una elección. Mirar es elegir, aunque nos exijan transparencia, aunque nuestra subjetividad esté irremediablemente domesticada, aunque día tras día vivamos inmersos en un infierno de lo igual, en el goce idiota de la repetición. 

No apunto con la mano, aquel que apunta con la mano ha olvidado el rostro de su padre. Apunto con el ojo.

No disparo con la mano, aquel que dispara con la mano, ha olvidado el rostro de su padre. Disparo con la mente.

(Stephen King. The dark tower)

En este contexto lo único realmente importante es cómo vemos las cosas, porque mirar es detenerse en lo que nos interesa para observarlo en detalle. Así, como buena mediadora de la expresión y de la comunicación efectiva, la mirada transforma expresión y comunicación y lo hace en base a un complejo mecanismo de observaciones, creencias y experiencias previas. 

En la Edad Media, cuando la gente creía en la existencia física del Infierno, la observación del fuego seguramente debió haber significado algo muy distinto de lo que significa para nosotros hoy. No obstante, su idea del Infierno debía mucho a la visión del fuego que se consume y a las cenizas que permanecen, así como a su experiencia del dolor de las quemaduras. 
Cuando se ama, la observación del ser amado tiene un carácter de absoluto que ninguna palabra, que ningún abrazo puede igualar: un carácter de absoluto que solo el acto de hacer el amor puede igualar aunque sea temporalmente.

(John Berger. Modos de ver)

En definitiva, toda imagen involucra también un modo de ver. La mirada transforma el arte, puede ser una entidad autárquica, al mismo tiempo que describe aquello que observa, se inscribe reflexivamente en ese marco, se fusiona con el paisaje que destaca.

El momento estético ofrece una esperanza porque al vivir la belleza de un cuadro o de una flor nos sentimos menos solos, insertos en una experiencia mucho más profunda de lo que el aislamiento nos haría pensar.

La mantis

Mi mirada cansada retrocedió desde el bosque azulado por el sol
hasta la mantis religiosa que permanecía inmóvil a 50 cm. de mis ojos.
Yo estaba tendido sobre las piedras calientes de la orilla del Chanchamayo
y ella seguía allí, inclinada, las manos contritas,
confiando excesivamente en su imitación de ramita o palito seco.
Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre,
pero se desintegró entre mis dedos como una fina y quebradiza cáscara.

Una enciclopedia casual me explica ahora que yo había destruido
a un macho
           vacío.

La enciclopedia refiere sin asombro que la historia fue así:
el macho, en su pequeña piedra, cantando y meneándose, llamando hembra
y la hembra ya estaba aparecida a su lado,
acaso demasiado presta
                       y dispuesta.

Duradero es el coito de las mantis.
En el beso
ella desliza una larga lengua tubular hasta el estómago de él
y por la lengua le gotea una saliva cáustica, un ácido,
que va licuándole los órganos
y el tejido del más distante vericueto interno, mientras le hace gozo,
y mientras le hace gozo la lengua lo absorbe, repasando
la extrema gota de sustancia del pie o del seso, y el macho
se continúa así de la suprema esquizofrenia de la cópula
                                                a la muerte.
Y ya viéndolo cáscara, ella vuela, su lengua otra vez lengüita.

Las enciclopedias no conjeturan. Ésta tampoco supone qué última palabra
queda fijada para siempre en la boca abierta y muerta
                                                   del macho.
Nosotros no debemos negar la posibilidad de una palabra
                de agradecimiento.

José Watanabe (1946-2007) de: El uso de la palabra. 1988


Tahona estuosa



behind every beautiful thing,
there is some kind of pain

                                                                                                                             (Bob Dylan)


La expresión Tahona estuosa fue utilizada por primera vez por el poeta peruano César Vallejo, en su libro Trilce, de 1922. Es el título del poema XXIII y hace referencia al símbolo de la madre universal. Está formada por dos arcaísmos que connotan una especie de horno ardiente, semejante al útero materno, capaz de producir el pan para los hijos. 

Además, los versos de este poema proyectan por sí mismos la imagen de una madre nutricia y fértil; tan viva, tan abundante como innumerable, palabra clave -esta entre otras- para referir a una gran capacidad de prodigar vida, alimento y afecto: la madre arquetípica presente en la psiquis del poeta, imagen que refuerzan, y en la cual confluyen, tantas otras: la de la amante, la de la tierra, la de los hijos, pero también la de la creación poética. 

Durante su trabajo, el escritor argentino Juan José Saer, más nuestro y más cercano en el tiempo, forjó un ideal de creación que no pudo cumplir; no tuvo tiempo suficiente. Aún sin ser Dante o Lucrecio, Saer soñaba con ponerse a escribir una novela en verso. Suyo el intento de borrar las fronteras, que consideraba históricas a la vez que ideológicas, entre prosa y poesía. 

Para Saer, la gran revolución poética del siglo XIX nos fue dada con la aparición del poema en prosa, presente en las obras de Baudelaire, Lautréamont y Rimbaud. 
Para Saer, la poesía es y será el arte literario por excelencia y la emoción es su fundamento.

Decidamos asumirnos creadores o no, no importa realmente, tal vez en nosotros el lenguaje no sea más que eso: una devoción, un secreto anhelo por la deidad, el germen deforme de una fe en movimiento constante, una batalla eterna que se sabe, de antemano, perdida

...
y era un momento inmenso en que morí o nací
varias veces, no me explico bien cómo, pero supe
que era esa la gracia de la que hablaba el monje:
canturrear algo hermoso, instintivo y salvaje
en una lengua que uno desconoce

(Rita González Hesaynes - Neuro:mantra)



Leche de la Underwood

Por delicadas que sean, las mañanas
envilecen; lo destructible vacila
y lo que pareciera, frente a nosotros, perdurar,
no nos acoge, menos cruel que indiferente. Animal
anónimo, por más que grites, nadie te escucha,
y ni por lejos la lengua es la que conviene.
Existe, tal vez, en alguna parte, un idioma,
nadie niega, pero habría que desandar,
salir, si fuese posible, del centro de la noche,
y empezar de nuevo con otra clase de balbuceo.
Tantas tardes que resbalan:
                                         ya no se sabe
en qué mundo se está, y sobre todo si se está
en un mundo. Se muerde
un fantasma de manzana, mientras sigue merodeando,
como desde un principio, lo oscuro. Destellos
de un sol de invierno en la ciudad
transparente; brillos, rápidos o lentos,
que algunos blanden como pruebas
abandonándose, soñadores, a su tibieza. Entre tantas
estrellas, esperanzas: relentes
de un reino animal.

Juan José Saer de: El arte de narrar 

Lo único y lo que sobra

                             



El hombre cree estar libre del terror cuando ya no existe nada desconocido.  
La pura inmanencia del positivismo, su último producto, no es más que un tabú,
 en cierto modo universal. Nada, absolutamente nada, debe existir fuera, 
pues la sola idea del exterior es la primera fuente de miedo.

 La dialéctica de la ilustración (Fragmento) Theodor Adorno - Max Horkheimer.

 

Lo extraño nos acecha. Esa animalidad latente y sublime, esa sustancia precoz sobre la que no podemos mandar, está en nosotros. Es una constante antropológica, como la libertad.

Somos monstruos, criaturas absurdas, seres distópicos. En palabras de Nietzsche: cada tanto nos crece un ala o una pierna. Especímenes torpes, territoriales y crueles que destilan una tristeza pegajosa, una alegría parcial; para quienes la luz es, en general, más bien escasa, por tanto, valiosa y apreciada.

Y el trabajo de un poeta debería ser siempre remar contra la corriente, tender hacia la claridad, aun contra sí mismo, aun cuando se manifieste vacilante y tímida; hacerlo, a pesar de la fragmentación caótica de este mundo comido ya hace tiempo por el garrote y el dinero.

Así, un breve instante de consciencia se traducirá en angustia, en una ignota soledad que se cierra en todas direcciones porque es también intemperie y desamparo. El resto del tiempo podremos cantar la canción mentirosa, esa que tiende a hacer la vida peligrosamente tolerable.
 

Toma de consciencia

Ahora veo lo que ha pasado.  La poesía me ha convertido
en un monstruo. Asusto durante el sueño, asusto a los tranquilos.
                                                              Me despierto
en medio de la noche. Porque soy dulce, porque los que duermen
se asustan de la aparición de mi otro yo. Del nombre que deletreo
 
de memoria. Y cada vez siento de modo más sonoro y pronunciado:
esta es mi otra vida, he cruzado el límite
de mí mismo. Cada vez lo siento con más fuerza: esta es mi
otra muerte. Me tocan yemas, me acarician
 
por el rostro, las pestañas de la lengua me aprietan, las tenazas
de la historia, este incandescente hierro de herreros.
Y toda voz me despierta, cada día recorro
el mismo camino, en el que las herraduras de la lengua dejan su
                                                         huella.
 
La poesía me hizo sendero. Me persigo
en el sueño, camino tras mi sombra. Mi vida
se solapa con la vida de las mañanas que espero.
Vivir poéticamente resume todos los estados de ánimo.
 
Las palabras son suplicio y donación. Victoria y derrota.
Lo único y lo que sobra.
 
Primož Čučnik de Ventanas Nuevas.

Crónicas de la peste

 

And the life of the ebony clock 
went out with that of the last of the gay. 
And the flames of the tripods expired. 
And Darkness and Decay and the Red Death 
held illimitable dominion over all.

Edgar Allan Poe. The mask of the red death

Ciudades enteras devastadas, cuerpos apilados y ratas. Muchas ratas. Literalmente, la peste negra diezmó la población de Europa y Asia. Una sola enfermedad que finalmente dejó millones y millones de muertos en el mundo. 

El doctor seguía mirando por la ventana. De un lado del cristal el fresco cielo de la primavera y del otro lado la palabra que todavía resonaba en la habitación: la peste. La palabra no contenía sólo lo que la ciencia quería poner en ella, sino una larga serie de imágenes extraordinarias que no concordaban con esta ciudad amarilla y gris, moderadamente animada a aquella hora, más zumbadora que ruidosa; feliz, en suma, si es posible que algo sea feliz y apagado. Una tranquilidad tan pacífica y tan indiferente negaba casi sin esfuerzo las antiguas imágenes de la peste. Atenas apestada y abandonada por los pájaros, las ciudades chinas cuajadas de agonizantes silenciosos, los presidiarios de Marsella apilando en los hoyos los cuerpos que caían, la construcción en Provenza del gran muro que debía detener el viento furioso de la peste. Jaffa y sus odiosos mendigos, los lechos húmedos y podridos pegados a la tierra removida del hospital de Constantinopla, los enfermos sacados con ganchos, el carnaval de los médicos enmascarados durante la Peste negra, las cópulas de los vivos en los cementerios de Milán, las carretas de muertos en el Londres aterrado, y las noches y días henchidos por todas partes del grito interminable de los hombres. No, todo esto no era todavía suficientemente fuerte para matar la paz de ese día. Del otro lado del cristal el timbre de un tranvía invisible resonaba de pronto y refutaba en un segundo la crueldad del dolor. Sólo el mar, al final del mortecino marco de las casas, atestiguaba todo lo que hay de inquietante y sin posible reposo en el mundo.

                                                                                                                               Albert Camus. La peste.


La peste negra se inició en Asia. Los primeros reportes datan del año 1320, en la zona del Desierto de Gobi, el lugar por donde pasaban las caravanas de La ruta de la seda. En 1331 llega a China, después de una serie de inundaciones que propiciaron la aparición de roedores. En 1338 llegó a Rusia.

Se considera que el inicio de la epidemia propiamente dicha fue a partir del año 1346. Comenzó en la antigua ciudad de Caffa, hoy conocida como Teodosia y étnicamente rusa, situada en las costas del Mar Negro. Ese año la ciudad fue asediada por un ejército de bárbaros tártaros. Carentes de milicia, pacíficos y poco preparados para luchar, los habitantes de Caffa encontraron como única opción resistir el ataque.

Sin embargo, todo cambió cuando una enfermedad misteriosa comenzó a afectar al ejército invasor. Después de algunos días había cada vez más y más soldados muertos. Hábiles observadores, los invasores concibieron una idea tan innovadora como perversa: utilizar las catapultas de ataque bélico para arrojar a sus muertos dentro de las murallas de la ciudad. 

Es el primer ejemplo de utilización de armas biológicas en la historia. 

Así es como la enfermedad se propagó también entre los residentes de Caffa, con gran rapidez aumentó el número de víctimas dentro y fuera de la ciudad. Eso y las ratas. La desesperación era tal que muchos comerciantes genoveses, que tenían allí su colonia comercial, decidieron emigrar del país y zarparon en barcos hacia la Italia natal; sin imaginar que la muerte ya viajaba con ellos. 

La historia considera que la edad media comenzó en el siglo V y terminó en el XV, duró aproximadamente mil años. La peste se desarrolló en el período conocido como baja edad media, que comenzó alrededor del año 1.000. 

Los historiadores gustan comparar esta época con la representación bíblica de los Cuatro jinetes del apocalipsis:

El primer jinete representa el hambre. A principios del siglo XIV, el cambio climático hizo que el invierno fuera más frío y el verano más lluvioso durante algunos años, eso redujo considerablemente la producción de granos en el continente, esto provocó que el alimento se convirtiera en un bien tan preciado como escaso. Los más pobres murieron de hambre. Este período se conoció como La gran hambruna y se estima la muerte de entre el 10 y el 15% de la población total de Europa. 

El segundo jinete es la guerra. En este período ocurrió la famosa Guerra de los Cien Años. Por más de un siglo, miles de soldados de Francia e Inglaterra se mataron, día tras día, porque el vencedor ocuparía el trono francés. 

El tercer Jinete es la enfermedad; es decir, la peste negra, que en ese período mató más de veinte millones de personas. 

Este fue, sin dudas, uno de los períodos más oscuros de la historia de la humanidad; pobreza, guerra, miseria, hambre, intrigas políticas, asesinatos. 

El cuarto Jinete es el que reúne a todos los otros: la muerte.

En retrospectiva, de este mundo alejado de la aventura épica y romántica que nos contaron, de esta pesadilla interminable, los sociólogos dicen que parte del problema fue que era una época donde las nociones de sanidad modernas eran completamente desconocidas. 

La vida era extremadamente difícil. Era habitual que los pobres vivieran en chozas de un solo cuarto, húmedo y oscuro, donde también se cocinaba, se dormía y se almacenaban la comida, los animales y la basura. Toda la familia dormía amontonada junto a los perros, sobre camas hechas con paja, para poder resistir mejor las condiciones adversas del invierno. 

En las grandes ciudades la vida era aún más caótica; no existían los sistemas de drenaje ni de alcantarillado, con lo cual, todo estaba sucio y mojado. La gente se amontonaba en las calles en busca de mercancías; caminaban sobre la basura y en las mismas calles comían y dormían. No había preocupación alguna por la limpieza o la salud, porque todavía no había sido necesario. Era un hábito comer con las manos sucias, e incluso no cambiarse de ropa y no bañarse durante años. 

La peste negra fue también conocida como peste bubónica. Después de la batalla de Caffa se extendió rápidamente por todo el continente. Los científicos afirman que entre 1347 y 1352 mató entre 15 y 23 millones de europeos. Fue el período más violento de la enfermedad que finalmente provocó en el mundo, a lo largo de los años siguientes, entre 75 y 200 millones de muertes. 

Hoy sabemos más. La ciencia ha identificado el bacilo y nos asegura que una sola bacteria es la responsable de tanta muerte. El pequeño responsable es conocido con el nombre de yersinia pestis. Tal es su nomenclatura, hasta hoy definitiva. Fue descubierta en forma independiente y casi simultánea por los especialistas en bacteriólogía Kitasato Shibasaburō y AlexandreYersin, colaborador a su vez de los doctores Louis Pasteur y Robert Coch. 

Es una bacteria evolucionada de otra, la yersinia pseudotuberculosis. Lo que ocurrió entre ambas fue una serie de mutaciones, durante miles de años.

La infección más común por pestis es la peste bubónica, fue llamada así a causa de los bubones, es decir, tumores ganglionares inflamatorios, que se desarrollaban en los infectados alrededor de los ganglios linfáticos principales -comunmente en la zona de la ingle, el cuello y las axilas- esto venía acompañado de fiebre alta, escalosfríos, debilidad muscular y agudos dolores de cabeza. 

A medida que la bacteria logra reproducirse en el organismo, el sufrimiento del paciente aumenta considerablemente. Los bubones pueden llegar a tener el tamaño de una manzana, transformándose en heridas llenas de pus. Son tan característicos y tan impresionantes, que los habitantes de la edad media identificaban la enfermedad a causa de estos. 

Otro síntoma característico de la enfermedad primitiva era el ennegrecimiento de la piel en las extremidades distales, los dedos de manos y pies, y la posterior gangrena.

Gracias a la microbiología, hoy se sabe que también existen otras formas de manifestación de esta misma bacteria, como lo son la peste pulmonar, que afecta al sistema respiratorio, provoca tos y expectoración en el enfermo, lo cual favorece el contagio por flügge (gotas de saliva); o la peste septicémica, que afecta al torrente sanguíneo hemolizando los glóbulos rojos, lo que generaba las zonas negras en la piel. Ahora bien, tanto la forma septícémica como la respiratoria no dejan sobrevivientes.

La bacteria vive dentro de un tipo de pulga, la chenopsylla cheopis, que infecta a los roedores salvajes, y que a su vez inocula el bacilo al ser humano mediante la picadura, aunque hoy se maneja la teoría de que en la Edad Media hubo otro vector simultáneo, el piojo humano. 

Se cree que solo Islandia y Finlandia se salvaron del contagio, debido a las bajas condiciones de humedad y a las extremas temperaturas invernales. En Europa, los brotes posteriores de peste hicieron que la recuperación demográfica fuera imposible hasta un siglo después. 

Los salarios aumentaron notablemente porque era muy difícil conseguir mano de obra, mucha gente emigró del campo a la ciudad para mejorar sus condiciones de vida, a la vez que muchos campesinos pobres tuvieron la posibilidad de apropiarse de tierras cercanas aún cultivables que, sin dueños ni herederos, estaban deshabitadas.

El dato más curioso que encontré en las crónicas de la peste que leí a lo largo de mi vida es el de los médicos. Nostradamus, Paracelso y el famoso anatomista francés Ambroise Paré fueron médicos de la peste. Vivían aislados del resto de la población y solo se les permitía ocuparse de los enfermos de peste.

Algunos, aunque no todos, utilizaban un atuendo especialmente diseñado para la peste. Fue creado en 1630 por el médico francés Charles de Lórme. Así que en principio fue utilizado por los médicos de la ciudad de París, después su uso se extendió por el mundo.

El traje consistía en una túnica de tela que debía ser gruesa y estar encerada para impermeabilizarla. Se acompañaba de guantes, un bastón y una máscara de cuero de animales, con dos agujeros en la zona de los ojos sellados con lentes de vidrio y una prominente nariz, que evocaba el pico de un pájaro y estaba rellena de hierbas aromáticas como el ámbar gris, la menta, el estoraque, la mirra, el láudano, algunos pétalos de rosa, el alcanfor y el clavo de olor. A esto se sumaba la mayor cantidad de paja posible, porque se creía que podía servir como filtro de aire. 

...
La nariz era de medio pie de longitud, con la forma de un pico, rellena de perfume con sólo dos agujeros, uno en cada lado, próximos a los orificios nasales, pero que bastaban para respirar, cargando con el aire que uno inhalaba, la impresión de las drogas contenidas en el extremo del pico. Bajo el abrigo vestimos botas hechas de cuero marroquí (cuero de cabra), pantalones de piel fina que están amarrados desde el frente a dichas botas y una blusa de piel fina y manga corta, cuyo extremo inferior se introduce en los pantalones. El sombrero y los guantes también están hechos de la misma piel. Ibamos con lentes sobre los ojos.

Pierre Vidal. Infectious desease and arts


El bastón posibilitaba el contacto del médico con los pacientes fallecidos o moribundos, aunque también la acción del castigo. Muchos pacientes pedían ser castigados por los médicos de la peste para que sus pecados fuesen lavados siguiendo una ideología extendida ya en todo el continente: la ideología de los flagelantes.

Los flagelantes eran procesiones de hombres y mujeres, tuvieron inicio en Perugia, en 1260. Con velas y estandartes, estas procesiones proclamaban la inminencia de la ira de Dios, predicaban la dura penitencia y el autocastigo como un camino hacia el perdón. El movimiento resurge en 1348, a causa de la brutal expansión de la peste. 

Pero esta muchedumbre de hombres y mujeres devotos, que caminaban descalzos, con las cabezas cubiertas de ceniza, flagelándose a sí mismos sin piedad no tardó en degenerar. Pronto, lo más bajo de la sociedad se unió a esas filas, generando caos, crimen y desorden. Esto despertó inmediatamente la atención de un clero receloso de poder. Fueron perseguidos, declarados herejes por el Papa Clemente VI, y erradicados en 1414 durante el Concilio de Constanza.

El último brote registrado de peste neumónica fue en China, en el año 2019. Se limitó a unos pocos casos.

Cuando le preguntaron a Albert Camus el motivo de su novela de 1947, escribió que la novela intenta llevar al lector hacia una reflexión filosófica inevitable: encontrar el sentido de la existencia cuando se carece de Dios y de moral universal. El escritor hace hincapié en la idea de que, en última instancia, el hombre no tiene control sobre nada, que la irracionalidad de la vida es inevitable. 

La peste representa la figura misma del absurdo. Y para Camus la ausencia de sentido supremo es el absurdo y es algo desconcertante pero positivo. Camus era un pesimista activo. Creía en el movimiento, en vez de apostar a la quietud. Creía que las nuevas razones de la existencia serían aquellas ligadas a valorar la vida humana por sí misma y no por causas superiores religiosas, ideológicas, o lo que fuera. 

La novela muestra el sentido de una existencia libre y atea, manifestado principalmente en el apoyo mutuo y en la libertad individual, en guerra con la indiferencia y la pasividad.