Let your kingdom come



Atención: Contiene spoilers de Las crónicas vampíricas


Hablemos del Reino. Sobre qué significa ser vampiro. 

Alejarse de alguien es una maratón de imágenes pegoteadas e inconexas, una mezcla de ideas, recuerdos, lágrimas y mocos. Y una empresa no siempre exitosa. Sobre todo si sangra, sobre todo si su sangre inunda el piso de la sala, sobre todo si el aire se le convierte en niebla espesa, si se le pierden los ojos, o si hemos procurado con impericia aterradora cortarle la cabeza mientras ruega por su vida. 

No es para nada caprichoso que Lestat esté tan enojado con Louis. Tampoco es caprichoso que haya urdido una trama maquiavélica a espaldas de su familia para desarmarles el plan de asesinarlo. Creyó que ganaría la partida y no pudo. Nosotros también lo creímos, yo y mis otras doce personalidades creímos en él.

La verdad es que el ataque original a Lestat que ocurre en Las crónicas vampíricas no lo recuerdo, porque cuando las leí estaba comenzando la Universidad de Ciencias Químicas, así que pasaron más de treinta años, y ya no es más que una intuición. Pero el ataque en la serie de AMC+ me pareció bastante salvaje; sospecho que por varias razones, porque vivimos en un contexto social diferente, porque Claudia ya no representa a una niña simplona y callada, y porque el personaje de Louis fue pensado en actitud de subordinación hacia el hombre blanco. Más allá de las características del personaje, por supuesto.

No es para nada caprichoso que Lestat buscara, como una araña culona, el calorcito de la mano de Armand en Paris. Es válido buscar ayuda con el más inteligente, sanguinario y letal de los vampiros. Ese que la va de callado, pero que no tiene remordimientos. Ese capaz de asesinar en las catacumbas del cementerio de París a todos los vampiros roñosos de su coven solo para seguirlo. Un Lestat recuperado a medias, aunque sediento de venganza, volverá a Paris adelantándose otra vez a su disfuncional familia. 

Pero en ese nido de Paris Lestat va a jugar de local. 

Y si de espíritus chocarreros y malignos se trata, hay que decir que Santiago, desde el Teatro de los vampiros, observará cada movimiento de los forasteros con desconfianza y rigor. Santiago será incapaz de perdonar hasta la más mínima ofensa, seguro de que algunas formas de la eternidad podrían ser mucho peores que la muerte misma. 

Es que estos vampiros son extremadamente territoriales, y tienen sus reglas. Parecieran estar atrapados en una especie de orden universal de la sangre, una consciencia superior de autorregulación que les dice que no deberían llenar de vampiros el mundo. Aunque hacerlo se les antoje y se parezca un poco a la libertad, casi siempre será observado y censurado por los otros. 

Así que por enésima vez las cosas van a salirse de cálculo. Lestat, tan ciego de amor como siempre, no podrá anticipar que Armand quedará prendado de Louis de manera inapelable (al menos hasta que se odien de tanto soportarse, y se separen muchos, muchos años después). Louis no podrá anticipar la eficacia con la que Armand va a deshacerse de Claudia y de Lestat para liberarse el camino. Claudia no podrá anticipar que en su búsqueda de los otros dejará la vida, y que Louis también la traicionará. 

Ni Televisa se animó a tanto.



 

Detrás de los fantasmas de tu propia existencia

 


        Voy a crear lo que me sucedió

                                                                                                                    (Clarice Lispector)


La máscara de la aparente tranquilidad, de la placidez mundana, de la alegría pequeña y brillante de no saber cuándo esto que llamo piel va a ser desgajada, esto que llamo boca va a perder la carne que la rodea, esto que llamo ojos se va a topar con el silencio negro del cuchillo. 

Agustina Bazterrica. Cadáver exquisito.


Atención: contiene spoilers de Las crónicas vampíricas


Un libro dentro de un libro

Je suis Lestat le vampire. Je suis immortel. Ou peu s'en faut. La lumière du soleil, la chaleur soutenue d'un feu intense risqueraient peut-être de me détruire, mais rien n'est moins sûr...

Así arranca su biografía, de la que no sabemos mucho más. Y eso no es caprichoso. Porque estas son las primeras palabras de su diario personal, es decir, de un libro secreto, oculto, dejado -o tal vez perdido, no importa- pero escrito a hurtadillas, a escondidas de los ojos de su amante y de su hija, durante los años dorados de la estancia familiar en la casa de La Rue Royal, en Nueva Orleans, Luisiana. 


Como renacido en cada ciudad que lo acuna, Lestat esconderá siempre más de lo que estará dispuesto a mostrar. Es un hecho, y ocurre a pesar de su extroversión y su narcisismo desbordante.

Este diario será encontrado por Jesse Reeves siglos después en las oficinas de la Talamasca. 

Jesse Reeves, una mujer norteamericana del siglo xx, perteneciente a la organización. Descendiente viva del linaje directo de Mahareth, la madre de los condenados. Es decir, la segunda madre portadora del germen de Amel, el espíritu caprichoso y oscuro que anida en cada célula de cada vampiro creado desde que la Reina Egipcia Akasha de Kemet recibiera el Don Oscuro, lo transfiriera a Enkil, su consorte real, después a su visir Khayman y de allí a los otros. 

Louis de Pointe du Lac también escribirá un libro ficticio. Lo llamará Confesiones de un vampiro. 

Pero volvamos al Príncipe Lestat, porque si hay algo que nos dejará claro con su muerte es que si uno se va, se lleva una parte de todos. Lestat se llevará consigo la tranquilidad, la estabilidad emocional y la buena fortuna de su familia vampírica, es decir, de sus asesinos. Como si al diablo se lo pudiera engañar tan fácilmente.

[Hablo aquí del intento de asesinato del que fue víctima Lestat, no de su muerte humana, que no le interesó ni siquiera a su creador Magnus. Mucho menos a su familia mortal]

El más afectado de los dos conspiradores será Louis, el incapaz. Incapaz de enfrentarse a su familia, incapaz de aceptar la muerte de Paul, incapaz de hacerse cargo de la conspiración con Claudia, la hija de ambos, para matar a Lestat, incapaz hasta entonces de aceptar lo que sentía por él, incapaz de recibir el Don Oscuro con entereza, incapaz de someterse a su naturaleza vampírica, y -según la serie de AMC+- incapaz también de admitir su homosexualidad y la subordinación voluntaria al hombre blanco. Incapaz de morir. 

Por eso la Entrevista va a alcanzar tanta relevancia a lo largo de la historia, como una forma de narrar los hechos de su vida, pero también de narrarse a sí mismo. Aunque Molloy no entienda el lenguaje de la noche, aunque se le escape finalmente el mensaje, aunque discuta todas y cada una de las convicciones de Louis. 

Es que para Anne Rice la ecuación será relativamente sencilla: como fue antes, será después: un continuum; cada vampiro perseguirá durante siglos los fantasmas de su existencia anterior. Fantasmas que insisten. A pesar de que la memoria humana se aleje, a pesar de que falle repetidas veces, el inconsciente aparecerá quedándose aferrado a la vida de ultratumba, pero repitiendo los traumas de la vida humana. 

Los vampiros suelen tener grandes fortunas, es cierto. Y aquí sería oportuno recordar que es porque son, básicamente, ladrones. No sólo tomarán la sangre de sus víctimas, pudiendo optar por "el pequeño trago" o por el asesinato, sino que además utilizarán sus poderes mentales completamente en su favor, acopiarán dinero, propiedades y joyas de los desafortunados por los siglos de los siglos.

Aún así, la criatura vampírica será un misterio en sí mismo, la agudeza en los sentidos, la inteligencia, la fuerza física y la tenacidad no podrán definirlos. Habrá entre ellos especímenes profundamente oscuros, errantes, de vidas cortas y malas; otros saldrán a la experiencia post mortem a tropezones, lograrán sortear con mayor o menor éxito los obstáculos que les propondrá la eternidad, aprenderán. 

Por ejemplo, Armand será un vampiro que repite los traumas, dueño de un desapego crónico y maligno. Lestat también será del tipo repetidor, aunque más querendón. Marius será simplemente un gran aprendiz, aunque su largo camino se encuentre repleto de piedras. Cargará prácticamente con todo el peso de la especie, simplemente porque alguien tiene que hacerlo. Louis se va a manifestar melancólico y resistente a los cambios. 

La belleza y el padecer son dos cosas que no deberían reunirse en la misma criatura. 

Las mujeres se presentarán una pizca más sabias que los chicos. Mahareth, Mekaré, Pandora, Gabrielle, Bianca Solderini, Merrik Mayfair, e incluso Akasha en su delirio latente de venganza, serán seres menos dispersos, más pragmáticos, y bastante más cautos.

Y así, lentamente pero sin demoras, la eternidad alcanzará a estas existencias singulares, la cola del diablo entre los dientes, esquivando las mordeduras de unos, el fuego de los otros, la superstición humana, la venganza de los propios. Según Mahareth los vampiros son diminutas luces suspendidas en el cielo, vibrando en una red de vigilancia silenciosa, de conexión infinita.

Tal vez por eso, tarde o temprano, responder al llamado del fuego será algo muy propio de estas criaturas. Pájaros salvajes que a veces chillan todos juntos. Asustados, tanto como peligrosos, algunos simplemente no podrán resistirse al fuego. Otros se dejarán llevar por el vaivén de las llamas, permitiendo que este, pero algunas veces el sol, los abrase. Para algunos, también será válida la opción de enterrarse y dormir, como si ensayaran morirse.

No es lo mismo arrojarse a la muerte, encararla de frente, que dejarse llevar por ella. Es obvio. Pero ambas situaciones constituirán para ellos formas de alivio a la existencia, aunque no siempre saldrá del todo bien el cálculo.  

Sin alimentarse, el músculo muerto, sintiendo la espantosa sed y la renegrida piel pegada a los huesos, los más antiguos no morirán, lograrán resistir durante meses hasta sanar. Los más afortunados resistirán la quemazón alimentándose con asistencia de los otros. Lo cierto es que para estos vejetes el sol será mucho menos efectivo que el fuego.


 

Como demonios que puso Dios en la tierra

 

Lestat, The Harlequin on Renaud´s teatre.


Recordar podría equivaler a unir, a perdonar.
María Negroni.

Alto ahí, vampiro! 

Si vas a leer esta crítica, cuidado: contiene spoilers. Contiene la voz gastada, la risa atrevida, los ojos magnéticos del vampiro Lestat, contiene información y datos, no solo de la película de Neil Jordan de 1994, tampoco únicamente de la nueva serie de AMC +, sino de todos los sinos entrelazados de cuanto hijo de la noche se ha cruzado por su vida y por Las Crónicas vampíricas de Anne Rice, e incluso de alguna que otra Bruja de Mayfair.

Advertencia de spoilers cumplida, vale aclarar que esta historia es una historia de nicho y los que la frecuentamos lo sabemos muy bien. Pero es un hecho que lo jugoso, más allá de la larga narración de vampiros que todos los lectores de Anne Rice conocemos, es establecer comparaciones, aunque no a todo el mundo le interese el tema.

Lo primero que diré es que me gustó la idea de mover la historia en el tiempo, porque somos espectadores de una época, porque los hechos se narran, y porque la manera de narrar y de narrarse a uno mismo también cambian. El cambio refresca, mueve el contexto histórico y el paisaje tan presentes en los libros, y otorga nuevos matices a los personajes y a las relaciones entre ellos. 

No es en vano y no es caprichoso que AMC+ nos proponga una nueva cita, una nueva entrevista entre Daniel Molloy y Louis de Pointe Du Lac en un escenario pospandemia de 2022, en el Top Roof del Al Shafar Tower de Dubai y con Armand vigilando muy cerca 24/7. 

Digamos todo: para que esta segunda entrevista sea posible Daniel Molloy deberá ser humano, habrá envejecido y enfermado de forma irreversible, la muerte será para él una certeza, no habrá sido un adicto parasitado por Armand durante 10 años, tampoco convertido en vampiro; no será rescatado por Marius, no terminará mudo, famélico y encerrado, pintando paisajes en miniatura durante las noches. 

Así que a los efectos de la trama de alguna forma los hechos se torcieron. Y para el carajo. 

Pero volvamos al tiempo. Así como el director argentino Andrés Muschietti decidió en su momento mover la historia de It unos años más adelante, AMC + hizo lo mismo en su adaptación. Pero mover la historia implica responsabilidades y licencias que no están en los libros, y eso a los fans la mayoría de las veces los exaspera. 

Es que justamente por eso es una adaptación, chicos.

Tanto en el libro como en la película, la historia se inicia en Nueva Orleans, Luisiana. La narración de Louis comienza en el año 1791. La película de 1994 intentó darle un barniz heterosexual que Louis tal vez no tenía. Lloraba por la muerte de su hermano Paul, pero su esposa y su hija "fallecidas durante el parto" nunca existieron para Anne Rice.

Por aquel entonces, las arquitecturas de la zona eran levantadas por la inmigración francesa. Usando estilos y conceptos de construcción que habían aprendido en el Caribe, los franceses crearon muchas de las grandes casas de las plantaciones cerca de Nueva Orleáns, incluso sus muebles eran traídos desde Paris. 

De hecho, Louis de Pointe du Lac era ciudadano francés. Un colono, plantador de índigo. La arquitectura criolla francesa comenzó en Nueva Orleans alrededor de 1699, y se prolongó hasta bien entrada la década de 1800, así que Point du Lac cumplía con esas características arquitectónicas.

El primer problema para resolver fue justamente ese, porque el corrimiento en el tiempo generó un cambio radical en el personaje de Louis de Pointe du Lac. Aunque en pleno apogeo de las Leyes Jim Crow sus problemas van a ser otros, créanme.

La historia de AMC + será contada por Louis, sí, pero a partir del año 1910. Es decir, después de la Guerra de Secesión, con lo cual, en la adaptación este personaje dejará de ser un colono blanco, europeo, rico, proveniente de una familia aristocrática francesa, para ser un criollo mestizo, bisnieto del dueño de la plantación y albacea del fideicomiso familiar. Además, ya no se plantará índigo en esa zona, sino algodón. 

Aunque aún perteneciente a una familia conservadora, Louis será el dueño de varios burdeles en Storyville, el barrio Rojo de Nueva Orleáns, veinte cuadras de juego clandestino, prostitución y alcohol. Aún así, su madre y su hermana albergarán la ilusión de que pueda casarse y tener hijos. En ese contexto, la sensación de angustia, de irrealidad, de distancia, culpa y temor con respecto a su creador lo invadirán todo.

Sin embargo, me temo que Lestat seguirá siendo Lestat. Tiernos humanos aún, su primer novio, Nicki de L´enfent, le enseñará a tocar el violín, escaparán juntos a Paris; después él cultivará su propio don artístico: va a cantar, va a estar en la piel de Lelio en La comedia del arteva a actuar en el Teatro Renaud, pero ni un ápice más fácil habrá sido su vida. Séptimo hijo de un Marqués d'Auvergne, crecido en una familia venida a menos, decadente, empobrecida y oscura.

Será el último vástago. Negado, ninguneado, privado de educación formal básica, todo lo habrá construido  por sí mismo. Si hasta su nombre será una casualidad: su familia dará tan poca importancia al suceso de su nacimiento que, sin saber qué nombre darle, usarán las primeras letras de los nombres de sus otros seis hermanos. 

Lestat va a prodigar odio y amor al mismo tiempo y en todas direcciones. Será un desorden de sentimientos atroces y nobles. Como si tuviera un switch oculto bajo su piel de mármol, un engranaje se activará y desactivará sin lógica. Pasará del narcisismo más irreverente a la bondad más extrema, de la crueldad a la generosidad. Así de adorable, hinchado de amor, intolerable. Más, y más, y más. 

Todo se volverá extremo en esta serie: el amor, la angustia, la violencia, la ira, los celos en la relación, la obsesión por la búsqueda de los otros, las diferencias raciales y de clase, la soledad, la ocultación, el abandono, la traición y la muerte.

Podemos ver que tampoco aquí será posible reivindicar la paternidad de Lestat. En palabras precisas de Armand:

               tres hijos tuvo Lestat, tres intentos fallidos.

Es que el pobre de Nicholas sufrirá el mismo destino que en los libros: una vez en París será utilizado como señuelo. Será secuestrado por Armand y su secta de vampiros sucios y andrajosos y llevado a las catacumbas de Les innocens con el único objetivo de atraer a Lestat. Finalmente Nikki recibirá el don oscuro de Lestat, pero lo transformará en un ser obsesivo y tóxico, a tal punto que Armand deberá encerrarlo nuevamente, romperá su violín y le cortará las manos para calmarlo. 

Pésima idea, Armand. 




En cuanto al personaje de Claudia habrá también algunas modificaciones interesantes. Esta vez será creada en plena adolescencia, será la pesadilla de su padre Lestat, que no solo no conseguirá dar sentido a esa paternidad forzada, sino que la verá conspirar una y otra vez con Louis, y deberá enfrentarse a la incapacidad de leer sus pensamientos por ser el creador. 

Ironías del Don Oscuro aparte, la verdad es que fue un acierto modificar la edad de transformación de Claudia, porque permitió que la relación con sus padres no fuese tan desigual (aunque siga siendo traumática) y permitió también la maduración emocional más allá del cuerpo, una exogamia constante, una exploración fuera de la casa paterna que una niña de 8 o 9 años no hubiera podido lograr por medios propios. 

Las modificaciones del Vampiro Armand son sustanciales también, y no siempre acertadas. Si recordamos, el personaje definitivo de Anne Rice es un adolescente de 18 años secuestrado durante su niñez por el ejército del Gengis Kan en las estepas de su Bielorrusia natal, cuando todavía llevaba el nombre que le había puesto su padre: Andreii. Será vendido como esclavo a un burdel de Estambul, y después rescatado a los 15 años por un vampiro veneciano [Si recuerdan: Marius de Romanus, hijo del milenio, a cargo de Those who must be kept. Nacido en Roma como hijo ilegítimo de una esclava y un senador romano. Políglota, traductor, adorador del Renacimiento italiano]. 

Esta nueva criatura de AMC+, es decir, Armand el vampiro, será un poco mayor, de tez aceitunada, más bien alto, y proveniente de Bangladesh, ex India inglesa, mientras el original había nacido a orillas del Rio Dniéper, profesaba la religión ortodoxa rusa y era pintor de íconos religiosos desde la más tierna infancia. También tendrá un perfil más sereno, más dócil y mucho menos feroz que el original. Aún así hay que darle tiempo. 

Yo no confiaría en la docilidad de Armand.

De Marius no sabemos casi nada todavía, tampoco de Pandora, ni de David Talbot. No se hace mención de Mahareth, Mekaré o Gabrielle de Lioncourt, las Madres de todos los vampiros, portadoras actuales del germen, y la madre de Lestat, respectivamente.

Podemos pensar que hasta aquí toda la serie parecería estar centrada en Lestat de Lioncourt, pero cuidado: eso no le hace ni un poquito de justicia a Las Crónicas Vampíricas, ya que a lo largo de los años los libros lograrán equilibrar a Lestat con el resto de los personajes narrados. 

Es decir, todos los lectores consecuentes recordamos por ejemplo a Magnus, el creador de Lestat, como el único vampiro de la saga que no fue transformado por mordedura. Recordamos su aspecto, su breve historia, recordamos la agilidad de su muerte. 

Magnus, el de los dos dientes (solo los colmillos), al que le apesta a basura la boca, el Mago Nero, el secuestrador de la buhardilla de París, con la tristeza a cuestas y el pelo radiante, larguísimo. Sabemos que Magnus tomó el Don Oscuro por asalto, que Magnus no fue elegido. 

Magnus fue un nigromante nacido en la Edad Media que, mediante su poderosa magia, logró encontrar a un vampiro yacente (léase: enterrado en la tierra por motu proprio, dormido y débil pero vivo), lo localizó, lo desenterró, bebió su sangre y se transformó en vampiro valiéndose de un grimorio. 

Si bien este personaje nos conduce directamente a la historia de Lestat, no sabemos mucho más de él. Solo aparecerá unos años más tarde, convocado por el pensamiento de la Madre Akasha para buscar a Lestat (aún humano) y convertirlo en vampiro para que sea el consorte real. Habrá emigrado del nido de París, el que yacía debajo de Les innocens.

Para su tarea recibirá algunas instrucciones confusas e imprecisas de la Reina inmóvil, así que irá secuestrando rubios fascinantes, de mirada salvaje y capa roja, acumulándolos muertos ya podridos en las mazmorras de su castillo, hasta dar con el mero mero. 

Sabemos que inmediatamente después de convertirlo, mientras Lestat sufría aún los estertores de la muerte humana y lamía su propia sangre del suelo adoquinado, Magnus armó una fogata y se  arrojó en ella. Ese fue su final, porque el espíritu de Amel, es decir, la semilla original que habita en todos los vampiros por contagio, es incapaz de anidar en las cenizas, ya que necesita cuerpo, o sea,  matriz celular. Deberemos recordar que Amel es una una especie de Daimon al servicio de las hermanas del Monte Carmel.

Lo que Lasher para Mayfair witches, Amel para Mahareth y Mekaré. Pero esto requiere un capítulo aparte.

Con eso quiero decir que una historia colateral insinuada termina siendo un libro entero sobre un personaje secundario que finalmente pasó a ser importante. Y al final de cuentas todo es importante, porque cada personaje es singular y es único. 

Con un entramado musical delicioso, solo comparable al de Elliot Goldenthal de 1994; con un vestuario impecable; con actores formados en la London Academy of Music and Dramatic Art (Sam Reid, 1989), en el Manchester School of Theatre (Assad Zaman, 1990) que cantan, bailan y hablan varios idiomas, porque podrá verse cómo usan alternativamente el francés, el inglés, el bengalí, y el idioma coloquial sureño de Nueva Orleáns, creo que la propuesta de la serie está a la altura y es ambiciosa. 

Aunque nos quede mucha tela que cortar.








If you were still around

                                                            El deseo nace del derrumbe, Roberto Jacoby

 Yo quería escribir un jeroglífico en tu cuerpo, escribir el aroma tuyo, la curva de tu cuello mientras dormías, el improbable calor que subía de ti, el brazo doblado hacia atrás a lo largo de tu rostro: Ariadna en reposo. Entonces, ¿por dónde empezar? Me esculpí a mi mismo dentro de los vacíos de tu carne, te probé, empecé a escribir un poema sobre tu muslo. El mundo cedió. Desperté en el alba enloquecedora, en Naxos, incrustado de sal, circunscrito por tu ausencia. Al volverme, descubrí que tú habías escrito, en cambio, jeroglíficos sobre mí antes de partir.

La culpa secreta de Teseo (Richard Gwyn)


Nos enamoramos de cualquier nimiedad, es un hecho. De unos besos, de unos ojos, de una forma de hablar. Porque el amor es en realidad una excusa, pero una excusa que se nos vuelve herramienta imprescindible para poder entender. Es una manera de buscar sentido, ese sentido que por momentos pareciera no existir, que nos esquiva, que se nos escapa. 

Una elección que hace peligrar la integridad física y psíquica, que hace que todo se tambalee y dé vueltas a nuestro alrededor. Elegimos a quien dar lo más precioso que tenemos: nuestro tiempo. Entonces todo cambia, el mundo entero se pone de cabeza, empezamos a ver con nuevos ojos, nos transformamos. Sí, nos transformamos. De una manera que no tiene retorno. 

Todo comienza a tener sentido en la medida en que nos reconocemos atraídos, mirados por otro. Y no nos importa perder la identidad, no nos importa siquiera si está bien o está mal. No nos importa porque sirve para seguir adelante, sobre todo si alcanza para darle sentido a todo este caos. 



If you were still arround

Si todavía anduvieras por aquí
 te sostendría.
Sacudiría tus rodillas,
te soplaría aire caliente en los oídos.

Tú, que podías escribir como una pantera
cualquier cosa que se te metía en las venas.
Qué clase de sangre verde 
te arrastró a tu destino.

Si todavía anduvieras por aquí
te desgarraría hasta meterme en tu miedo.
Lo arrancaría,
lo dejaría colgando como largos pellejos, 
como jirones de miedo.

Te voltearía,
de cara al viento,
doblaría tu espalda sobre mis rodillas,
masticaría tu nuca
hasta que abrieras tu boca a esta vida.

Sam Shepard (1943-2017) de Crónicas de motel

El látigo y la serpiente

Ph Leslie Ann O´Dell

[...]

Como una mano que en el instante de la muerte y del naufragio 
se levanta al modo de los rayos de sol poniente, así surge 
por todas partes tu mirada. 

Quizá ya no haya tiempo, ya no haya tiempo para verme, 
pero la hoja que cae y la rueda que gira te dirán 
que nada perdura en la tierra, 
salvo el amor.

Y de esto quiero convencerme.

(Robert Desnos)



Tal vez por eso la desesperación es un pozo sin luz y sin acuerdo. Igual es el amor a veces. O más bien siempre, siempre que reconozca al otro como una nueva voz, como una alteridad. Un otro que desafía, amedrenta y destruye todo lo que de lógicos y racionales tenemos.
 
[...] No hay amor por la vida sin desesperación por la vida. Lo escribí, no sin énfasis, en estas páginas. No sabía, a la sazón, cuán cierto era; aún no había cruzado por los tiempos de la auténtica desesperación. Esos tiempos llegaron y consiguieron destruirlo todo en mí menos, precisamente, el apetito desordenado de vivir.

Albert Camus

Ahora bien: no es novedad que Eros sufre, que lucha, pero agoniza; y que quizá incluso muera, circunscripto como está a los implacables embates de la sociedad del rendimiento y el consumo. El poder de Eros es una impotencia hacia el otro.


[...]

A la sociedad le encantan las relaciones humanas estables, las que puedan ser reconocidas con algún nombre fijo y perdurable como noviazgo o matrimonio y cuyas funciones sean claras en el contexto de la dinámica colectiva. Así es como se aborrece y condena cualquier pasión que escape al control y que rompa los cánones de lo establecido. 

Sin embargo, el amor es expresivo y dialogante por naturaleza, no entiende de títulos ni de etiquetas; aún cuando no sea correspondido, no existe si no es en referencia a un objeto, es decir, a alquien que lo recibe como ofrenda y, por ese acto, quien lo recibe a fuerza de humanizarse se deifica y se torna inalcanzable; al haber donación hay necesariamente pérdida de quien se ofrece al amor, se consume y se pierde a sí mismo. 

Esa es la raíz del dolor. 

Por su parte, el dolor es incomunicable y no puede transmitirse. Se padece en la más absoluta soledad pero el que se entrega se pierde para sí, aun cuando ese amor sea correspondido; en cuanto a ello, del mutuo amor y de la pasión entre ambos, sobre el dolor, acontece el rarísimo fenómeno del goce, del que el placer es apenas un tímido reflejo. 

El hombre teme a la fuerza inusitada del amor, que puede llevarlo a adoptar conductas que en otras condiciones no adoptaría. 

Sobre todo le tenemos miedo a su potencia transgresora, que irrumpe para convertir al prudente en un perpetrador capaz de romper las reglas de la convivencia de maneras inimaginables y hasta puede llevarnos a cuestionar los valores que la mayoría, durante siglos, ha llamado absolutos, universales porque no hay nexo de amor más profundo que la complicidad.

El amante de Duras/La literatura como dolor: ensayo de César Callejas (fragmento)

Entonces, que un amante no sea un objeto. Que nos queme su veneno, que conmueva, que disocie, que cambie nuestra vida para siempre, pero que nunca sea consumible. Nunca nunca.


Destino

Matamos lo que amamos. Lo demás
no ha estado vivo nunca.
Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere
un olvido, una ausencia, a veces menos.

Matamos lo que amamos. ¡Que cese esta asfixia
de respirar con un pulmón ajeno!
El aire no es bastante 
para los dos. Y no basta la tierra
para los cuerpos juntos 
y la ración de la esperanza es poca 
y el dolor no se puede compartir.

El hombre es anima de soledades, 
ciervo con una flecha en el ijar 
que huye y se desangra.

Ah, pero el odio, su fijeza insomne
de pupilas de vidrio; su actitud 
que es a la vez reposo y amenaza.

El ciervo va a beber y en el agua aparece
el reflejo del tigre. 
El ciervo bebe el agua y la imagen se vuelve 
-antes que lo devoren- (cómplice, fascinado) 
igual a su enemigo.

Damos la vida sólo a lo que odiamos.

Rosario Castellanos (1925-1974)

Tibio, tibio...

 



...
Búsquenlo en su cubículo de animal desmedido
extirpen sus células solares
pidan auxilio al derecho romano a los gendarmes
y si a pesar de todo
insistiera en crecer
en desbordar océanos
enciérrenlo en un asilo con camisa de fuerza
corten su lengua quémenle el fuego
pidan ayuda a dios el gran ausente
para matar del todo al que no muere
al que morir no puede.

Teresa Leonardi (Orden de caza al animal desmedido)


Estamos hechos de pérdidas. La experiencia del mundo se nos graba en el cuerpo, está ligada al animal carnal por inconfundibles lazos. El cuerpo que sabe y duele. Vaya si sabe esa entidad caótica, siempre monstruosa y desconocida, frente a la que no podemos retroceder. 

En su célebre Naturalis historia, Plinio el Viejo, un escritor romano que murió cerca de Pompeya, víctima de la erupción del Vesubio, narró la leyenda de una mujer de Corinto que, presa del amor por un hombre que debía alejarse de la ciudad, trazó sobre una pared el contorno de su sombra. La historia dice que se sirvió para eso de la tenue luz de una vela y de un trozo de arcilla seca. 

Quería conservar el recuerdo de su apariencia.


(Lunes)

Busco -le dijo- la tinta de las mariposas negras.

Al fondo de la habitación, sobre un banco de piedra, 
había, derramado, el ángel ambarino de la luz,
un pañuelo azul para la frente amplia de Leda, 
y un vaso de agua, porque el verano era grave.
De lejos, se escuchaba cómo se alimentaban los cuervos
en los trigales,
un rumor de Apocalipsis,
como si la eternidad se hubiera roto en alguna parte,
y sangrara.


(Martes)

Busco -le dijo la segunda noche- el fino pincel de pelo de caballo.

Era muy dulce la visión de los relámpagos
alumbrando a Dzhaidar.
Se podían contar los latidos en el pecho,
y el murciélago blanco de un pensamiento viejo, 
(quizá el recuerdo de una mujer bajando al río)
a través de la piel traslúcida.
Leda lo lavaba, con una esponja y agua tibia, 
y respiraba, en las axilas del hombre mojado,
un aroma a jazmín y madera de sándalo,
que recordaría muchos años después.


(Miércoles)

Al amanecer, sobre las quintas,
el movimiento de los heliotropos
y una lluvia de peces vivos y brillantes 
auguraban el escándalo de la destrucción.
Sentada frente a la pared,
arremangado el vestido, mojado el pecho de lágrimas, 
Leda paseaba los dedos sucios de arcilla y carbón
por el contorno de la sombra.
La luz temblaba, y Dzhaidar.
Nacía la imagen desde el fondo de la vida, 
como de la muerte, doliente y efímera,
como siempre, de mujer y de hombre,
para habitar este mundo,
de carnadura de diablos y transparencias.

Elena Anníbali. De Las Madres Remotas (2007) 
Ed: Cartografías de Rio Cuarto.


Taal-tosh

 

(Para leer en forma afirmativa)

Has vivido
como un golpe en la frente
el instante el jadeo la caída la fuga. 
Has sabido
con cada poro de la piel sabido
que tus ojos tus manos tu sexo tu blando corazón 
había que tirarlos
había que llorarlos
había que inventarlos otra vez.

(Julio Cortázar)


...Entonces dan ganas de salir corriendo. De atravesar vidrios, fuego. De abrirse la piel, de salirse de uno. De gritar. Antes de que anochezca, dicen las brujas, en el páramo, van a interceptar a Macbeth.

(Virginia Cosin. Partida de nacimiento)

Lilith dejó de ser una serpiente para ser un ánimo nocturno, un demonio, una ráfaga, un viento atroz; algo que ella ignoraba de sí misma, por cierto, que conoció por intuición en el destierro. La consciencia de caer sometió su espíritu, y su fuerza, esa explosión controlada, esa chispa maligna, tal vez la sola mención de su nombre, nos ha marcado para siempre. Porque eso es lo que pasa con el mito. Con el tiempo, Lilith se convirtió en una idea, el rumor de cierta noche, una música ardiente que todavía hoy, noche tras noche, pugna por salir y en tan solo un instante convertir el mundo entero en un desierto.


[...]Salammbó la enroscó en su cintura, bajo sus brazos, entre sus rodillas; entonces, tomándola por las mandíbulas acercó la pequeña cabeza triangular al borde de sus dientes y, con ojos entrecerrados, se inclinó bajo los rayos de luna. La blanca luz parecía envolverla en una niebla de plata, la huella de sus pasos húmedos brillaba en las losas, las estrellas palpitaban en la profundidad del agua. La serpiente apretó a su alrededor sus anillos jaspeados con parches negros y dorados. Salammbó jadeaba bajo este peso, demasiado para ella, su espalda se inclinó, se sintió morir; la serpiente daba unos golpecitos amables en uno de sus muslos con la punta de la cola. Entonces, cuando terminó la música, se dejó caer.
(Gustave Flaubert. Salammbó)


Invocación

Que no crezca jamás en mis entrañas
esa calma aparente llamada escepticismo. 
Huya yo del resabio, 
del cinismo, de la imparcialidad de los hombros encogidos.
Crea yo siempre en la vida
crea yo siempre
en las mil infinitas posibilidades.

Engáñenme los cantos de las sirenas
tenga mi alma siempre un pellizco de ingenua. 
Que nunca se parezca mi epidermis a
la piel de un paquidermo inconmovible
                      helado.

Llore yo todavía por sueños imposibles
por amores prohibidos 
por fantasías de niña hechas añicos.

Huya yo del realismo encorsetado.

Consérvense en mis labios las canciones, 
muchas y muy ruidosas y con muchos acordes.
Por si vinieran tiempos de silencio.

Raquel Lanseros


Gaviotas del golfo

 

En fin, no somos la luz, tampoco el mensaje. 
Dependemos de las cosas que desaparecen.

(Marcelo Diaz)



Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes. Tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes. Tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amor.
Tristes. Tristes.

(Miguel Hernández)


La normalidad no es más que una ficción. La realidad es un incordio, una bolsa pequeña repleta de pus. El escondite jamás será lo suficientemente bueno, ni lo bastante hermético. Por todas partes se nos filtran los signos de la vida, las historias, y reaccionamos ante el abismo que existe entre lo que somos frente a los demás y lo que somos en solitario. 

Tenemos poco tiempo por culpa de la muerte, pero el vuelo, esa sensación de vértigo infinito, es lo que nos anima; la sed constante nos pone en movimiento. 

Amurallarse, enmudecer, encerrarse a soñar es ver el mar por primera vez, nítido y sombrío, incuestionablemente azul. Así no representamos ningún papel, al menos por un rato.



Quería hablar del aprendizaje de los sueños


entonces me acordé de tu voz
acompañada
por una espiral de sombras haciendo algo parecido
a lo que hacen los pájaros
o los peces
cuando nadan juntos
uno al lado del otro
como si no importara
la forma ni el contenido
así sea de día
o de noche
hasta dar con el principio de la claridad
donde se anuda la pérdida y la memoria de la pérdida;
si me muero
quién hablará de las astillas
quién hablará
de la imagen mental de nuestro árbol
si puede acaso una hoja
-ahora en lugar de tu voz-
por cada instante recuperado
provocar una calma
parecida
a la de habernos perdido
en este mundo.

Marcelo Díaz


Decir ya es una distancia


Mi corazón no debe callar hoy o mañana.
Debe participar de lo que toca,
debe ser de metal, de raíces, de alas.
No puedo ser la piedra que se alza y que no vuelve,
no puedo ser la sombra que se deshace y pasa.

(Pablo Neruda)



Perder dimensión, mirar al cielo y ver, sí, el cielo. El cielo azul y sus complejos matices. Mirar hacia adelante y ver cómo las sombras lentamente se convierten en mundo real, como en la Caverna de Platón. Entonces es cuando: ya no será posible sentirse encerrado, será posible sentirse libre, suelto en la vida cotidiana, la vida normal. 

Pero la cotidianidad con sus objetos materiales, esa ilusión de luces, artefactos, noticias, imágenes y utilidades es también el mejor lugar para huir de la angustia, que es huir de lo que somos. La vida cotidiana es un fármaco que anestesia, y hace de la angustia existencial una dolencia medicable. 

¿Para qué recordar todo el tiempo que nos vamos a morir? 

En la cotidianidad olvidamos la finitud y nos hacemos dueños, propietarios, amos de la realidad. cuando en verdad todo el tiempo todo está en juego, a apunto estallar o desvanecerse. 

Porque todo siempre también es nada. Incluso nosotros. 

Recordar que nos vamos a morir es asumir que todo puede ser de otra manera, que no hay definitivo. El ser humano es ser-para-la-muerte -es palabra de Heidegger- y eso angustia. Por suerte, porque así  vuelve una y otra vez al pensamiento la pregunta por el sentido.

[...]
La madrugada es una cosa infame y rastrera, pues encubre la gran conjuración tramada para poner en pie todo aquello que fracasó diez horas antes, y va alineando calles, decapitando luces y repintando colores por los idénticos lugares de la tarde anterior, hasta que nosotros —ya con la ciudad al cuello y el día abismal unciendo nuestros hombros— tenemos que rendirnos a la desatinada plenitud de su triunfo y resignarnos a que nos remachen un día más en el alma.
Queda el atardecer. Es la dramática altercación y el conflicto de la visualidad y de la sombra, es como un retorcerse y un salirse de quicio de las cosas visibles. Nos desmadeja, nos carcome y nos manosea, pero en su ahínco recobran su sentir humano las calles, su trágico sentir de volición que logra perdurar en el tiempo, cuya entraña misma es el cambio. La tarde es la inquietud de la jornada, y por eso se acuerda con nosotros que también somos inquietud. La tarde alista un fácil declive para nuestra corriente espiritual y es a fuerza de tardes que la ciudad va entrando en nosotros.

Jorge Luis Borges. Buenos Aires (fragmento) Inquisiciones 1925.



 
[...]

Mi boca se abre sola para decirte
cosas que pienso cuando apoyo 
la cabeza en la almohada, no puedo hacer nada
más que decir una parte, mentirte con la verdad
ese vértigo y el mismo deseo pienso mientras te nombro
estás cerca, corazón, de este arroyo
a ver si te traen para acá, hacia esta línea mal trazada 
en el mapa de la provincia de Buenos Aires.
Soy la sensación terrible del que pesca
un solo pez en toda la mañana y le da
pitadas al cigarrillo esperando
que la suerte cambie bajo el puente.
Soy el agua que se estira perfumada sobre las piedras
brillantes y lisas que forman 
el suelo del comienzo, el que podemos percibir.
Después, más abajo, no sé qué hay.

[...]


Laureana Cardelino. Arroyo y piedra (fragmento) de Manija. Pixel editora, 2017

Principio de la incertidumbre

 

   
Tan fría el agua del arroyo y tan elegante
sumergirse de a poco para sentir bien
mis pies que pisan las piedras
en el fondo dormidas, en el fondo apretadas, un suelo
 para despegarme del fondo en cada pinchazo.
El agua levanta la sensación en la planta
como esa vez que me quemé y la reacción llegó más tarde
como todas las veces con vos, una aguja perforando
la piel y adentro
habitando lo extraño, lo nuevo
en el punto más familiar.

Laureana Cardelino. Arroyo y piedra (fragmento)



De vez en cuando deberíamos poder quedar suspendidos en esta superficialidad banal y deliciosa de la vida moderna, deberíamos poder argumentar que ser es solo eso: lo que se ve. Pero no alcanza. Debajo de cada piel se esconde siempre otra piel, y nadie sabe concretamente lo que ha venido a hacer aquí; no se elige la mordaza, las cadenas, el viento que rompe la piel a ramalazos. Porque somos apenas contadores de historias, testigos de un mundo sin fin que influyen la realidad tan solo observando. 


Fuego de los días

De espera en espera consumimos nuestra vida.
(Epicuro)

Por acá todo es casi fuego a diario,
el perro olfatea en la cocina
las cenizas de la luz; 
eso es la desaparición 
los ojos que desean lo que se hunde
la ausencia de la lengua sobre el pan,
en el misterio del mundo.

Yo no sé si es bueno nombrar,
yo no sé,
pero a veces 
cuando amenaza el fuego lo más elemental, 
uno se pregunta si de esa manera debe ser todo.

En la cocina
la tetera canta exasperada
y el olor a hierro quemado es el único vestigio
de un agua seca y reseca,
inexistente
entre el fondo negro de la olla.

Otro día es un cigarro que se encuentra entre silbidos 
el blanco corazón de la colilla que se ahoga, 
allí el fuego es pasado,
certeza limpia.

Así también pasa con el cuerpo
y uno sigue preguntándose 
qué lo quemará: 
una enfermedad en los pulmones,
un carcinoma,
un balazo, una traición.

Quién sabe qué extraño fuego 
acabe esta espera.

Camila Charry Noriega