Extraños seres de alas negras



La única actitud digna
de un hombre superior
es el persistir tenaz
en una actividad
que se reconoce inútil.

(Bernardo Soares)

No debe existir espécimen perteneciente al susanaje que no se escandalice al enterarse que el escritor francés Albert Camus, brillante pensador, esforzado escritor, filósofo y ¿por qué no? hombre libre, una vez compuso un personaje que no derramó ni una sola lágrima en el funeral de su madre.

Para colmo, desde que se casó hasta que se divorció de su primera compañera, tuvo la cifra para nada despreciable de diez amantes y después, cientos de mujeres. Hasta yo me vi sorprendida por esa cifra.

¿Con qué necesidad?  (se preguntarán las integrantes del famoso club)

Tal vez por la innegable necesidad de ser libre, tal vez por el deseo irrefrenable de ser un hombre absurdo, tal vez porque a Camus le faltaba una pizca de hipocresía social, tal vez porque le pintó. Podemos intuir la respuesta, no lo sabremos jamás.

Desde la perspectiva de Camus, un hombre absurdo es un hombre libre, aunque lleve en sus espaldas el peso de ser, al menos durante algunos años de su vida, un empleado gris. Un hombre absurdo es también un hombre alejado de toda convención social; incluso la hipocresía se le resiste.

En 1942 publica su primera novela, L´Éxtranger, traducida algunas veces como El extranjero, pero otras como El extraño. Un texto donde el escepticismo frente a todos y todo recorre en forma permanente la piel de su protagonista: Meursault. En 1967 fue adaptada al cine por Luchino Visconti y después al cómic por el argelino Jacques Ferrandez, a quien tuve la suerte de saludar la semana pasada en una conferencia en la Biblioteca Nacional.

Los críticos aseguran que con esto Camus nos advirtió que un hombre así, profundamente apático, insensible de su existencia y la de otros, incluso insensible de su propia muerte, estaba siendo creado en el mundo. También dicen que predijo el comportamiento del hombre occidental, el individuo posterior a la segunda guerra. 

Yo sospecho que Camus simplemente se burlaba de la máscara de las buenas costumbres. 

Hay quienes han criticado fervientemente el comportamiento del protagonista de El extranjero; su actitud, su desidia, escriben incluso que todo en él les repele. Es que dentro de la ley del padre, una ley que todo lo abarca y todo lo jerarquiza, que normatiza aquello que toca, o lo condena, se considera imperdonable no ser capaz de llorar la muerte de una madre.

Otros consideramos a Meursault simplemente injuzgable, al menos en ese punto.

Camus, por su parte, declaró alguna vez que todo lo que sabía sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol:

Aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida; sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre derecha.

Incuestionable, lúcido, terrenal. Vivo. Perteneció a una familia de agricultores, colonos franceses, quienes solían ser despectivamente llamados "patas negras". Nacido en la Argelia francesa, este hombre absurdo fue muy, pero muy pobre. Su padre falleció como consecuencia de una herida de guerra cuando él cumplía apenas un año de vida, pero los libros llegaron gracias a una beca que el estado destinara especialmente a los hijos huérfanos de los héroes.

Alentado por Louis Germain, su maestro del bachillerato, comienza a leer filosofía. Enfermo de tuberculosis, pobre como una rata, de la nada absoluta al todo, en 1936 Albert Camus se gradúa en la Universidad de Filosofía y Letras. 

También formó parte de la resistencia francesa durante la ocupación alemana. En 1957 recibió el Premio Nobel de Literatura. No soy amiga de los datos biográficos, pero estos me parecieron importantes porque describen la absoluta transformación de un hombre.

El extranjero es la historia de Meursault, decíamos. Muestra cómo ni el amor, ni la amistad, ni el éxito personal, ni ningún otro psicofármaco tienen la suficiente importancia cuando la angustia existencial de este antihéroe inunda su ser; Meursault dejará que la angustia lo atraviese sin usar los anestésicos típicos que todavía hoy se nos proponen como válidos. Por no mencionar los antidepresivos químicos, Dios y los hijos.

(...)
Entonces el juez de instrucción puso el crucifijo bajo mis ojos por sobre la mesa y gritó en forma irracional: Yo soy cristiano, pido a Este el perdón de tus pecados ¿cómo puedes no entender que ha sufrido por tí?
Me di perfecta cuenta de que me tuteaba, pero también estaba harto de mi. Cada vez hacía más y más calor. Como siempre que siento deseos de librarme de alguien a quien apenas escucho, puse cara de aprobación. Con gran sorpresa mía exclamó triunfante: ¿Ves? ¿Ves? ¿No es cierto que crees y que vas a confiar en Él?. Evidentemente dije "no" una vez más. Se dejó caer en el sillón.
(...)

En este tiempo farmacológico, donde nos venden bienestar como resultado de la conformidad y el consumo, tal vez ser un absurdo tenga mucho más que ver con pensar demasiado, usando siempre, en esa empresa empírica, el pensamiento crítico, que con la apatía o el desinterés. 

Un extranjero, una extranjera, puede ser muchas cosas, un individuo extraño, indefinible, callado, apático, o quizás el más amable y emocional de los seres. Lo que jamás podrá ser es un individuo masificado, atado a la norma, a la ley del padre, a las convenciones sociales, o a cualquiera de las “religiones” vacías del hombre moderno. Pongan ahí la palabra que gusten. Un otro que nos interpela, que nos atraviesa y transforma desde su diferencia, nunca desde el discurso hegemónico.

La crítica dice que durante la trama Meursault se transforma en “un extranjero”, un ser odioso, que juzga y remueve los fantasmas de una sociedad angustiada, cuya moral doble, hipócrita, carente de sentido, regula la vida de todos. Una moral que no condena la muerte de millones de seres en manos de un pequeño grupo de miserables pero condena de la misma manera a un hombre que no llora a su madre que a un asesino que mata a sangre fría; una condena que resultará ser la única opción para consumar la búsqueda de la propia existencia. Y eso se parece bastante al concepto del absurdo en El proceso de Franz Kafka.

Cualquier coincidencia, pura realidad.

En el libro, Camus retrata la escena de un asesinato. Lo hace desde el recuerdo de una situación personal, vivida unos años antes con su grupo de amigos en una playa de Argel. En aquel entonces queda impresionado por la dimensión potencial que toman los acontecimientos, una pelea con dos árabes, y la escena del libro decanta, tiempo después, modificada. Meursault finalmente asesina al árabe de cinco disparos en el pecho porque interrumpió su paseo "con el irritante brillo de su cuchillo en los ojos". Esta escena en la realidad no llegó a mayores.

Camus pensaba que el hombre, por su humanidad, se encuentra siempre en una “condición absurda”, que no está exento de cruzarse con todo tipo “situaciones absurdas”. Así lo retrata en su libro de 1947, La peste, donde una epidemia de peste bubónica logra diezmar en unos pocos días gran parte de la población de la ciudad argelina de Orán. 

Así, mientras un grupo de hombres y mujeres religiosos reza pidiendo piedad y perdón a un dios ciego, sordo y mudo, otro grupo de hombres, los médicos zonales, pragmáticos y humanitarios, desarrollan la solidaridad, la contención y todo tipo de estrategias para lograr detener el mal. Sin embargo, la enfermedad, así como viene se va:

Porque el hombre, en última instancia, no tiene control de nada

Aun así, Albert Camus nos deja un pensamiento sobre la verdadera condena, la estupidez humana:

En nuestra sociedad, un hombre que no llora en el funeral de su propia madre corre el peligro de ser sentenciado a muerte.






Reyes desnudos


Protégeme de lo que quiero.
(Jenny Holzer)

En esta época de consumo ilimitado, entender que no todo se puede es una utopía. El mercado y la ciencia quieren, porque necesitan, que entendamos que Ser es Ser igual a todos. O no ser. Así, se elimina toda particularidad de un sujeto, se universaliza, allana, ordena y alisa el comportamiento humano y en ese pulimiento también se va el deseo propio, la singularidad. Cada vez que hacemos lo que todo el mundo hace, cada vez que decidimos lo que la gran mayoría considera correcto, una parte de nosotros es mutilada y muere para siempre.

La filosofía advierte que hoy, si el sujeto no goza de la misma manera que lo hacen todos queda excluido, porque esta época busca colmar la falta ofreciendo consejos para consumir objetos que permitan gozar, induciendo, mediante sutilezas, las pautas de conducta apropiadas para pertenecer, para permanecer dentro de la gran manada, para consumir más de eso que todos consumen. En la era de la Psicopolítica, el sujeto vive convencido de que su deseo es singular, único.

Ya en 1967 Jacques Lacan avistaba que este para todos titánico y universal al que nos vemos sometidos a diario no hace más que producir temibles efectos segregatorios. Es que ser diferente genera miedo, soledad, angustia, malestar, incomodidad, pero sobre todo genera invisibilidad. Y todos sabemos que un sujeto invisible es muy difícil de controlar. Individualizado y sin adoctrinar, será duro el camino hasta encontrar a otros como él. 

Establecer un orden en la vida, rígido o flexible, no importa, procurar una cierta estabilidad, una serenidad que proporcione la paz, no es más que otro comportamiento adquirido, uno de los tantos discursos implantados en el deseo, desde el status quo, para mantenernos lo suficientemente anestesiados y obedientes, con cuerpos dóciles; es decir, fáciles, trabajadores, eficientes, ordenados. 

Y la única resistencia posible es darse cuenta, a patadas en el culo, de que solo somos marionetas.

Durante sus seminarios, Lacan sostuvo con total convicción que en el individuo moderno la felicidad no puede ser más que una sumatoria de momentos aislados -en el caso que los haya- esporádicos, y además breves:

Porque quien quiera que nos creó, no nos ha pensado para ser felices. 

Un argumento interesante que nos confirma, una vez más, que el universo conspira contra nosotros, que estamos equivocados cuando pensamos que la felicidad está siempre en algún otro lugar, que quienes se proclaman "personas felices" no son más que reyes desnudos, necios nadando placenteramente en la sustancia viscosa de su estupidez, ciegos que niegan todo lo que no pueden ver, ignorantes que ocultan eso que no quieren saber de sí mismos.  

Alejada de toda norma, en la profunda oscuridad, donde la luz puede intuirse pero no alcanza, donde se encuentran el mayor caos y el más genuino desorden, habita la verdadera sustancia de cada uno, la que se filtra en los sueños, la que no se negocia, la que nos da forma. 



Espacios comunes

Los fondos abisales tienen
tres niveles de profundidad bajo el piélago
de 200 a 1000 metros el mesopelage
hasta los 4000 metros la zona bastial
o también llamada medianoche
de los 4000 hasta el fondo se llama abismo
o más bien zona abisal
tú me dices
hay una cuarta zona más bajo el fondo.

La zona de medianoche funciona
como un primer atisbo hacia lo desconocido
abriendo una costra en la casa
rasgando el comedor supura
un pasillo cicatrizado
que termina en una esponja
húmeda en el centro
del centro hacia abajo
de las profundidades.

La pieza del padre
un armario donde se guardan
toallas muertas sábanas que nunca se ocuparon
los cadáveres son llevados por la corriente oceánica
hacia el pasillo.

La zona de medianoche es el purgatorio.
A veces el vacío.
A veces los dos.

Los peces se alimentan
de los restos de otros peces no luminosos
de los peces que habitan el piélago
caen del cielo
lunares sin escamas
con sabor a veces
a lo ajeno de un submarino
a veces a petróleo.

Todos somos necrófilos y carroña
en el pasillo de medianoche alcanzamos una vida
que dobla la de los otros peces
la de las esporas
la transparencia no nos deja molestar
comemos polillas y cueritos o uñas rotas
un pedazo de piel que se escapa de tus yemas
cuando tomas una taza de té
demasiado caliente y queda una impresión
de los labios secos de alguna mujer
encerrada entre dos espejos.

Los peces de la zona badal no tocan el sol
pero sí tienen luz y a veces un cachalote gigante
a cierta hora se llena de nosotros
hijos de la bioluminiscencia
agotando nuestro tacto
y nuestra sangre
como masticar una pulsera luminosa
tragar neón y vidrio de un tubo

No conocemos el abismo
pero la presión está bien para nosotros
aquí en el mar
tira un vaso plástico
o uno de cartón roto
y verás cómo se contrae
las familias se contraen
a los niños se les aprietan
los huesos por la presión
nuestros cuerpos de rémoras
reposan tranquilos en el humedal.

Francisca Pérez.

King Kong girls

Piras para Bienalsur*

Necesito alguien que me emparche un poco
y que limpie mi cabeza;
que cocine guisos de madre, postres de abuela
y torres de caramelo.

(Charly García)

Esta enumeración de necesidades es en realidad el comienzo de una canción del músico argentino Charly García. Contiene además una especie de lista con las características que debería tener la mujer que le gusta o, en principio, que estaría necesitando. 

Dice otras sandeces tales como: y que me quiera cuando estoy/cuando me voy, cuando me fui/y que sepa servir el té, besarme después/y echar a reir/ y que conozca las palabras/ que jamás le voy a decir. Es cierto, Charly las quiere todas para él. 

Imagino que algo de este tenor, hombres definiendo la femineidad, una suma de tonterías populares, en apariencia inofensivas (sólo en apariencia), debe haber hervido junto a muchas otras cosas de su vida íntima en el cerebro de Virginie Despentes para generar una escritura provocadora y reactiva:

Queremos ser mujeres decentes. Si la fantasía aparece como un problema impuro y despreciable, lo reprimimos. Nenitas modelo, angelitos del hogar, buenas madres, construidas para el bien del prójimo, pero no para conocer nuestro interior. Estamos formateadas para evitar entrar en contacto con nuestro lado salvaje. Antes que nada, tenemos que adaptarnos a la conveniencia del otro, pensar primero en la satisfacción del otro.

Sí, Virginie Despentes escribe. Escribe y ensaya -sin saberlo- un nuevo manifiesto feminista. Por lo menos eso dicen algunos críticos acerca de su libro de 2006, titulado King Kong théorie. Al que muchos consideran un ícono de la tercera ola del movimiento feminista. 

Esta modernidad y su deseo de etiquetarlo todo le han llamado "postfeminismo". 


Allí, Despentes ha querido ensayar un texto de características autobiográficas. Es un intento por desterrar con argumentos simples el mito de la mujer considerada "socialmente atractiva". Esto es, una mujer capaz de seguir su deseo aunque casualmente haga todo, pero todo, lo que la sociedad y la norma esperan de ella; en pocas palabras, hace todo bien. Encarna de esta manera el modelo actual de la "mujer perfecta". 


¿Perfecta para qué? 


Y como si eso fuera poco, y como también los modelos ideales cambian, ahora la mujer ideal ¡es feminista!. Si bien nadie puede considerar negativo el hecho de que el feminismo se haya instalado en los hogares, en el sentido común y se haya vuelto una especie de "moda", no es suficiente. No podemos quedarnos en eso; es una vulgaridad pulida, superficial. Más propia de la modernidad, que todo lo alisa, allana y simplifica, que del pensamiento crítico. Y Despentes lo supo.


Entonces, se hizo espacio para cuestionar con su escritura algunos de los tabúes clásicos del feminismo blanco liberal, como la infidelidad, la poligamia, la prostitución, la transición de género e incluso la homosexualidad. Porque el feminismo blanco, el feminismo académico, suele creerse incuestionable. 


Sin preámbulos, después se mete de lleno con los hombres; también con ellos. Y con la significativa carga que portamos todos por el solo hecho de tener que representar los estereotipos, de masculinidad, de femineidad:

(...)
Estar acomplejada, he aquí algo femenino. Eclipsada. Escuchar bien lo que te dicen. No brillar por tu inteligencia. Tener la cultura justa como para entender lo que un presumido tiene que contarte. Charlar es femenino. Todo lo que no deja huella. Todo lo doméstico se vuelve a hacer cada día, no lleva nombre. Ni los grandes discursos, ni los grandes libros, ni las grandes cosas. Las cosas pequeñas. Las monadas. Femeninas. Pero beber: viril. Tener amigos: viril. Hacerse el payaso: viril. Ganar mucha pasta: viril. Tener un auto enorme: viril. Comportarse, no importa cómo: viril. 

El libro examina también ciertos aspectos de la realidad que escritores de la talla de Franz Kafka inspeccionaron antes: el vínculo indisoluble que existe entre la ley, el orden y el sistema capitalista. Un sistema que excluye, porque hay los que hacen el mal pero lo llaman progreso.

Tal vez, lo más interesante sea que la autora cuestiona, pone en duda, sobre todo y en todo momento, el permanecer en el lugar de la víctima. Con independencia del género, nos llama a la crítica, al cuestionamiento, que siempre nos sacará del lugar de confort. Allí, donde todo parece estar resuelto es donde deberíamos escarbar. Esto es, no quedarnos ni un instante con lo que es aparente. 

Aunque no puede plantear una estrategia de acción colectiva, por lo menos se mira a sí misma, se anima a la pregunta, nos incita a indagar, nos sugiere considerar otra vez las cosas, reflexionar acerca de cómo y por qué todas las prácticas ilegales coexisten siempre con las prácticas legales casi en un equilibrio caprichoso que las regula. A modo de ejemplo podemos considerar la moral burguesa, que observa con indignación la prostitución que ellos mismos consumen.

Al igual que lo hiciera la antropóloga argentina Rita Segato en varias de sus conferencias, Virginie Despentes hace notar el marcado desierto teórico que nos habita, que habita la actualidad en la que vivimos y a este humano moderno, sobre todo en lo que respecta al feminismo. Las dos autoras coinciden en declarar a esto una estrategia del status quo para mantener nuestros cuerpos aún más dóciles de lo que ya son, más convencidos, disciplinados y familiares, adocenados; eso sí, bien educados en la eficacia y el rendimiento. 

Lo más trágico de todo esto es que las leyes, pero también las normas sociales, las prácticas y las buenas costumbres, no sólo nos dicen qué hacer, sino también cómo y con quién. Día tras día, desde los medios, nos bombardean el sentido común, con canciones, publicidades, comentarios, cine; ideas implantadas, heredadas, impropias. Así es como se asegura el mantenimiento de las "prácticas normales", siempre a salvo de las nuevas miradas críticas generacionales. 

En esto, Despentes como tantos otros evocará el pensamiento de Michael Foucault: la modernidad hablará mucho sobre sexo, todo el tiempo; el sexo ya no será tabú. Sin embargo, nos dirá cómo y con quién hacerlo. 

(...)
Escribo desde la fealdad; para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal cogidas, las incogibles, las histéricas, las tontas. Todas las excluidas de ese gran mercado de las "chicas buenas".

Empiezo por acá para que las cosas queden claras: no me disculpo por nada, no vengo a quejarme. No cambiaría mi lugar por ningún otro. Porque ser Virginie Despentes me parece un asunto muy interesante. 
(...)
Porque el ideal de la mujer blanca, seductora pero no puta, bien casada pero no en las sombras, trabajadora pero no exitosa, para no "aplastar" a su hombre; delgada, pero nunca obsesionada con la alimentación, que parece indefinidamente joven pero nunca se dejaría desfigurar por la cirugía estética; madre realizada, pero no desbordada de pañales y tareas del colegio; buena ama de casa pero nunca sirvienta; cultivada pero menos que el hombre que tiene en casa. Esa mujer blanca, feliz, que nos ponen por delante de los ojos, esa, a la que deberíamos hacer el esfuerzo de parecernos, no me la he encontrado jamás, en ninguna parte. Y es muy posible que no exista. 

Ese estar fuera de concepto, esa sensación de extranjeridad que no nos abandona, además de ser incómoda nos hace invisibles, es cierto. Sin embargo, también nos hace auténticos, únicos, nos permite crecer ejerciendo nuestra singularidad, nuestra voluntad. 

Así nos quieren, así nos cultivan: iguales, normalizados, cuerpos y mentes dóciles, que se repetirán incansablemente hasta que entendamos que todo lo ideal tiene olor a caca, que la perfección es una ilusión; o que, en todo caso, no depende de la norma.


*A cargo de los artistas argentinos Malena Pizano, Hernán Soriano, Laura Códega, Piras es la denominación de una exposición que fue especialmente desarrollada para Bienalsur y el Parque de la Memoria, se remonta a una investigación sobre los orígenes de la figura de la bruja, sus repercusiones en América del Sur y como afecta el presente. En el espacio expositivo se erigen diferentes piras como situaciones diseñadas para provocar el pensamiento crítico y autónomo, y cuestionar el canon reinante de la narrativa.

El tema del padre

Uno a uno bajo el silencio de la luna (Diego Perrota). Acrílico sobre tela*


-Pero Padre, si Dios no existe...¿por qué creemos en una mentira?
  -Porque preferimos una mentira antes que sufrir...                          
               

(Dark. Capítulo X: Alfa and Omega)

La standapista argentina Natalia Carulias solía bromear en sus shows con la autoridad del padre. Aseguraba que ella misma había decidido tener un hijo por el sólo hecho de que, siendo padres, frente a cualquier “¿por  qué?” que se nos cruce, podremos responder “porque yo lo digo”. Lo que en principio puede parecernos una estupidez es la base de la teoría de Sigmund Freud en su libro de 1913 Tótem y tabú.

El proceso es una novela inacabada del escritor checo Franz Kafka. Fue publicada en forma póstuma por su mejor amigo, el escritor Max Brod, en 1925. Es la historia de Josef K., acusado y condenado por un delito que él mismo no llegaría a conocer jamás. 

Y créanme que esa es la idea. 

Una mañana, este funcionario público es detenido en la pensión donde se aloja sin que las autoridades encargadas de llevárselo le informen el motivo del arresto. Se abrirá así un largo proceso judicial en su contra, cuya lógica escapará en todo momento a la comprensión del acusado. El tribunal encargado de su juzgamiento tampoco comunicará los motivos del proceso, por supuesto. 

Sin embargo, a pesar del desconocimiento total de su crimen, Josef K se verá constantemente asediado por la culpa. Habiéndose declarado inocente en cada etapa del proceso, y tras la infructuosa acción de un abogado, será condenado a muerte y finalmente será ejecutado. Estas son las palabras que cierran su absurda historia: 

Al final, dejaron a K. en una posición que ni siquiera era la mejor de las que habían conseguido. Luego, uno de los caballeros se desabrochó la levita y sacó de una vaina que llevaba colgada en el cinturón unido al chaleco, un cuchillo de carnicero largo, estrecho y afilado por ambos lados, lo levantó y comprobó el filo a la luz. De nuevo comenzaron las repugnantes cortesías, uno le pasaba el cuchillo al otro por encima de K., éste se lo devolvía otra vez por encima de K. Ahora K. sabía exactamente que su deber era tomar él mismo el cuchillo y clavárselo a sí mismo. Pero no lo hizo, giró su cuello, aún libre, y simplemente miró a su alrededor. 

No podía probar del todo su eficacia, no podía quitar el trabajo a las autoridades, la responsabilidad de aquel último error la tenía quien le había negado el resto de las fuerzas necesarias para ello. Su mirada recayó luego en el último piso de la casa que lindaba con la cantera. Del mismo modo en que palpita una luz, así se abrieron de par en par los cristales de una de las ventanas; una persona, débil y delgada por la distancia y la altura, se inclinó de golpe hacia delante y extendió los brazos aún más hacia delante. 

¿Quién era? ¿Un amigo? ¿Una buena persona? ¿Uno que tomaba parte en ello? ¿Uno que quería ayudar? ¿Era uno solo? ¿Eran todos? ¿Era aún una ayuda? ¿Había objeciones que habían olvidado? Seguro que había algunas. Sin duda la lógica es inconmovible, pero no se resiste a una persona que quiere vivir. ¿Dónde estaba el juez? ¿Dónde el alto tribunal hasta el que no había podido llegar jamás? Luego levantó la mano y extendió los dedos para poder ver.

Pero las manos de uno de los caballeros se posaban ya sobre su garganta, mientras el otro clavaba el cuchillo hasta lo más hondo del corazón y lo hacía girar dentro de él dos veces. Con los ojos vidriosos, K. vio todavía cómo los caballeros, mejilla contra mejilla, observaban el desenlace, el acto final, ante su rostro. ‘¡Como un perro!’, dijo. Era como si la vergüenza hubiera de sobrevivirle.

Con absoluta meticulosidad burocrática, Josef  K perderá la vida sin saber cómo ni por qué. Una condena a muerte, igual que en la realidad hubo millones. Nunca pronunciadas, nunca escritas, ni siquiera consideradas, de la mano de horribles marionetas que cumplían su función maquinalmente. Es que los estados son la historia del patriarcado, los estados tienen el ADN de los hombres.

Y así, como único gesto de resistencia, Josef K morirá con la vergüenza a cuestas, en la mirada. La vergüenza que le produce el orden que rige el mundo, la vergüenza de ser, él mismo, miembro obediente de un sistema de normas hecho por hombres, a pesar de ser su víctima. 

Esto es, para Franz Kafka, ni más ni menos que la Función del Padre: autoridad y castigo. Es que para el autor checo, todo hombre estará desde que nace hasta que muere bajo persecución. Es cierto que las raíces de esta idea podrían provenir del judaísmo, pero también de cualquier otra religión que conocemos, también de cualquier autoridad.

Kafka pondrá siempre el acento en la autoridad, en la ley suprema, en lo sagrado, en la presencia de un tribunal, en la instancia del juicio, porque para él todos esos son aspectos de una ley, genérica, que tarde o temprano, inevitablemente, nos llevará a sentirnos perseguidos; la infinita cantidad de prescripciones, de asepsias que, desde esa misma ley, sea cual fuere, la de la familia, la de la religión, la de las normas, incluso la de las costumbres, nos son indicadas diariamente, las tácitas y las otras, y nos oprimen. 


Por eso, aunque hagamos todo bien, todos vamos a estar sumisos y silentes frente a un tribunal que no podremos evadir, pero tampoco entender ni influir. Porque para Kafka estamos en constante libertad condicional. Y la eficacia del poder es tanta, tan extrema y absoluta, que a pesar de todo esto aún nos permite creer que somos libres, vivir en la ilusión de la libertad. Y si no, intentemos movernos del conjunto de normas que han sido pensadas prolijamente para cada uno, a ver qué pasa, a ver cómo nos va.

Algunos filósofos han hablado de la actitud de completa sumisión de K. frente a ese poder oculto que lo procesa sin razón. Hannah Arendt, por ejemplo, escribió en un ensayo que los únicos dos aspectos humanos que explicarían esa sumisión son: la necesidad del orden del que forma parte el individuo y la culpa que se adueña de la víctima de esa necesidad: 

El poder de la máquina que atrapa y destruye a K. reside en la apariencia de necesidad, una apariencia que se hace real gracias a la fascinación de los seres humanos por la necesidad. La máquina se pone en marcha porque los hombres consideran la necesidad como un principio supremo, y porque su automatismo, sólo interrumpido por la arbitrariedad humana, es tomado por símbolo de la necesidad. La máquina se mantiene en funcionamiento gracias a las mentiras que justifican la necesidad, de modo que, consecuentemente, un hombre que se niegue a someterse a ese «orden del mundo», a esa maquinaria, se convierte a ojos de todos en un criminal contra una especie de orden divino. 
Esa sumisión se alcanza cuando el hombre deja de preguntarse por la culpabilidad y la inocencia, y pasa a desempeñar resueltamente el papel ordenado por el poder arbitrario en el juego de la necesidad. En el caso de El proceso, la sumisión no se consigue por medios violentos, sino mediante el creciente sentimiento de culpa que la acusación vacía e injustificada produce en el acusado K. Este sentimiento, por supuesto, se fundamenta en la conciencia de que, al fin y al cabo, “ningún ser humano está libre de culpa”. 
De la perpetuación de la mentira que hay detrás de todo se encarga la “maligna máquina burocrática”, en la que Joseph K. se ve “atrapado”, mientras una evolución interna desencadenada por la culpa lo va educando, transformando y conformando “hasta hacerlo capaz de encajar en el papel que le han impuesto y de desempeñarse mal que bien en el mundo de la necesidad, la injusticia y la mentira".

Los críticos afirman que Franz Kafka universalizó su dolor en la escritura, su dolor físico, su enfermedad; pero no solo nos dio a conocer un padecimiento emocional, fue extremadamente selecto y personal en sus ideas, en la delicada construcción de sus personajes, para lograr transmitirnos la situación concreta que condicionó todo su arte, la cuestión que lo hizo ser quien fue; porque si hubo algo que Kafka transmitió fue la disputa con el padre. 

En su escritura, Kafka no sólo establece la disputa con su propio padre, Hermann Kafka, sino la disputa con el padre. El Padre como modelo, esa figura gigantesca y monstruosa que aplasta, que arranca el corazón y lo devora, ese hombre familiar y despótico, el que indica y marca el tiempo; en definitiva: el dueño de la ley. Tal vez por esto muchos críticos afirman también que su Carta al padre no es una simple pieza de ficción.

Hace ya algunos años que el psicoanálisis ha decidido alimentarse de los escritores, entre ellos de Franz Kafka. Su escritura ha sido utilizada como modelo, analizada en exceso, pero lo que verdaderamente está en juego en ella es algo mucho mayor que lo que se acostumbra a comentar, algo mucho más viejo, más profundo, potente y universal que un simple Complejo de Edipo; lo que está en juego en Kafka es la relación con el padre, claro que sí, con su padre, pero también con todos los otros padres, con los dueños y directores del orden y la ley, y  también con el padre universal, con Dios. 

Es que un universo tan paternalista como el nuestro, un universo donde cada cosa debe regirse por la ley del padre, será siempre un universo del aplastamiento, del mandato como norma. Siempre habrá en él una relación de supremacía, una dialéctica del amo y el esclavo, una diferenciación de fuerzas, una disputa por el poder: la misma que venimos sintiendo en los cuerpos desde siglos atrás las mujeres. 

En un universo así el débil será siempre el culpable. En un universo así el único espacio de resistencia que nos va quedando es cuestionar, criticar, atravesar, en todo momento, cualquier intento de ejercicio de autoridad.

Vale la pena conocer la escritura, las ideas de Kafka. Vale la pena también enfrentarse, aunque más no sea, al tema del padre.


Cumpleaños 
(Joaquín Giannuzzi)

He cerrado la puerta de mi padre.
Finalmente lo supe, al amanecer
de este cumpleaños en que te sobrevivo.

Pero aún con la difícil respiración
al borde de la cama y sombrías
opciones por delante, puedo entender
que tú y todos los muertos han perdido
y que vivir es el único prestigio que cubre la tierra.
Entonces, todo lo que es está bien.

Por alguna razón me incorporo; jadeando,
vacío tu rostro hacia la pesada oscuridad
y tengo tu misma manera de torcer la boca
al paso de la puntada por el pecho anginoso. 

Joaquín Gianuzzi (1924-2004) de Violín obligado 1984

*Diego Perrotta es un artista plástico argentino. El cuadro ganó recientemente el PREMIO FUNDACIÓN FORTABAT PINTURA 2019. Estará en exhibición desde el 15 de agosto hasta el 22 de septiembre.

Vivir la diferencia



                                                                                                 Hyperrealism by Alyssa Monks


                                                                                                          Es poder ver aparecer y expandirse
                                                                                                          los latidos del diablo en la belleza.
                                                                                                                    (Camilo Sánchez)

Camilo Sánchez escribió un libro sobre Van Gogh.  En él relata los hechos y los tiempos circundantes a la muerte por suicidio del famoso pintor neerlandés. Lo hace desde la experiencia, desde la mirada vacilante y tranquila de una de las mujeres de esa familia: la cuñada, esposa de su hermano Theo. Una mujer silenciosa.

Mucho se ha escrito sobre Van Gogh, y otro tanto sobre su muerte. Habiendo muerto en la pobreza, sin embargo, tan solo dos años después, su obra formaba parte de las principales galerías de la ciudad de Ámsterdam, conocida históricamente por su patrimonio artístico. Theo, su hermano menor, había sido mercader de arte durante los diez años en que Vincent pintó más de seiscientas obras. 

El editor del libro cuenta que Camilo Sánchez, fascinado por esta oscura historia familiar, comenzó a tirar de ese delgado hilo que son los hechos y se encontró con Johanna Bonger, la cuñada del pintor. Sufragista, feminista, escritora y estudiante del Museo Británico, un personaje lúcido y complejo, clave en la vida de los Van Gogh. 

Desde la agudeza del título, a través de la palabra inquisitiva de Johanna, La viuda de los Van Gogh, como todo buen libro, apenas intenta ser un haz de luz tenue sobre la vida de dos de los hermanos más famosos de la historia, insinúa matices de la relación fraterna, critica posturas, analiza la mirada del artista desde su propia perspectiva, recrea el cansancio de la existencia. 

Un diario, un manojo de cartas, algunos poemas y la voz femenina de Johanna invadiéndolo todo: 

                          Escribo como quien saca un pie por encima de las sábanas y las mantas                                                mientras duerme, para mantenerme a flote en medio de la noche. 
                          Para encontrar un camino al regresar del sueño.

Es que Johanna Van Gogh Bonger, como tantas otras, habita tan solo en los márgenes de esta historia. Sin embargo tiene, desde esa zona marginal y oscura, en contrapartida con la gran mayoría de las demás mujeres de su época, una mirada tan inteligente, tan abierta, tan aguda acerca de su propia existencia, una mirada tan certera puesta justo sobre la relación de los dos hermanos; tiene tanto que hacer, tanto que pensar, que ni siquiera se plantea la posibilidad de sentirse víctima de la situación. 

Mientras la ciudad de París corre enloquecida, desordenadamente, Johanna Bonger procura descifrar el legado pictórico y escrito de su cuñado muerto, lo protege, lo pone a salvo de clandestinidad; a la vez sostiene la melancolía del esposo hasta su muerte.

                     El reflejo de la ventanilla en el tren me devuelve mi imagen, en penumbras. 
                     No me reconozco. En ella está el cansancio debajo de los párpados de mi madre, 
                     el agobio de mis tías en la comisura de los labios, el volumen del cabello 
                     platinado de mi abuela: pero no logro verme. No encuentro 
                     la imagen que está en mí, de mí misma.


Es obvio que Johanna Bonger también sabía que vivir es actuar, decidir; que una felicidad falsa se nos impone cada día para que aceptemos con una sonrisa nuestra posición dentro del engranaje, que solo cada tanto avistamos algo de felicidad verdadera que, como las cuentas de un collar, son revelaciones pequeñas de lo genuino, y que solo podemos sentirnos diferentes por ser conscientes de ello. Tal vez, finalmente, sea ese el punto más interesante del libro, el gran hilo conductor de la historia: lo valioso de ciertas miradas femeninas.

A imagen y semejanza

La humedad traspasó primero la pared

después los caños
tomando los cables
comiéndole la luz
a ese sector de la casa
un espacio a oscuras
en el nirvana del mineral
donde se levantó moho.

La causa está a la vista

y no hay nada que suponer
me dice ella
que siempre supo
que vivir es actuar
y que está de nuevo 
en lo que una vez pensamos como hogar.

Con cara de desconcertado inquilino

que vuelve de trasnoche a la deriva
me pregunto 
qué rincón de mi cerebro
se arruinará primero
a imagen y semejanza.


Carlos Martín Eguia (Castelli, 1964)

Que no se note que no tenés


El arte es un cristal de una perfecta claridad
tan impenetrable como la locura
(Luis Harss)

Si hay algo que la psicología intentó a lo largo de su propia historia es tener consenso. Siempre que le fue posible hizo encajar con forceps el relato, quiero decir. Ya para nadie es un misterio que lo femenino causa horror del bueno; y es difícil negarlo, es cierto. Desde la mítica Medusa, pasando por Salambó, uno de los semblantes de la Astarté fenicia, o por Eva, dueña de la culpa, o María, ejemplo de la virtud católica, hasta la indómita Lilith, caminante de los desiertos y madre de la transformación (lo que es decir de los vampiros) todos son, en mayor o menor grado, creaciones, motivos de tormento masculino. 

Asesinas seductoras o santas devotas, la literatura no deja de recordarnos el asunto. Repasemos dos fragmentos brillantes de un cuento contemporáneo perteneciente al escritor argentino Bernabé de Vinsenci, dos fragmentos que sacan a la madre del lugar tradicional, gracias a los cuales se ganó muchos odios y cuyo título nos remite al seminario de Jacques Lacan, quien se ganó otros tantos: Madre cocodrilo:
...
Allí estaba nuestra madre, desfigurada. Sosteniéndose de un tirante. Observándonos inquisitivamente. Era mitad humano mitad araña. Sus brazos eran dos patas que le posibilitaban trepar las paredes sin obstáculo. Mi cara fue de ternura. La observé con detenimiento. De ternura a espanto.
...
Nos miraba. Cuando dije “podemos conversar” —mi tono fue diplomático, condescendiente— se aferró más al tirante astillándolo y se movió apenas unos centímetros, con agilidad, con una destreza inusitada. De su boca caía una baba espesa. Entornó la mirada y vio una mosca, extendió una de sus patas —aproximadamente de seis metros— y se la introdujo en la boca.

Según la psicología, entonces, edeseo de la madre es como estar dentro de la boca de un cocodrilo. Esto es estar en peligro constante de ser devorado. Ser insaciable tiene que ver, por supuesto, con el goce femenino. Ese goce infinito, por fuera de la función fálica. Por supuesto que hay madres que abandonan, otras que asesinan, otras que maltratan, abusan o cambian a sus hijos por dinero, pero la mujer que se hace madre, con su deseo materno, también produce estrago; así por ejemplo, la madre “santa”, la madre buena, la abnegada que se entrega a sus hijos, esa que no les pone límites porque los adora, hace de ellos prolijos perversos.

Es ley: a madre santa, hijo perverso.

El horror frente a lo femenino tiene que ver con el temor a la castración, sin dudas. O así entendemos las cosas a partir de Sigmund Freud, y las teorías de Jacques Lacan continúan en esa misma línea. Quizá por eso la psicología afirma también que el deseo masculino es "fetichista", es decir, tiene que agregarle algo a la mujer que lo interpela: belleza, maldad, -belleza y maldad- bondad, ternura, devoción. Algo, para que le resulte posible como objeto de deseo. Es comprensible. Tal vez, de otro modo la feminidad se les volvería inalcanzable. 

Es que eso que se agrega es siempre un rasgo que funciona como condición erótica. Como si fuera poco, los rasgos están polarizados, confusos normalmente, y tienen que ver con la introyección que ha sufrido la madre en cada individuo. O bien se les representa buena, maternal, casta, conciliadora, tierna, o bien en las antípodas de madre: bella, sexual, despiadada, salvaje, maliciosa. 

Aquí sería más que conveniente citar a la ya célebre Natacha Haitt: 

Prefiero que me recuerden por puta y no por boluda


Parece una tontería, esconde un pensamiento general.

Sin embargo, muchachos, tenemos que decir que esto no significa que esas características no existan en todos nosotros, la mayoría de las veces están, son caras de una misma moneda; y no son dos, sino muchas. Para sumar más horror al cuadro familiar, debemos decir que todo ocurre como en la naturaleza: cada uno de nosotros lleva en sí mismo todos los aspectos imaginables, porque lo femenino no está en el cuerpo. Eso creímos alguna vez, pero no es así.

Citando a Rita Segato diré que no alcanza con tener un cuerpo. Lo femenino es una posición. Hay mujeres patriarcales y hay hombres que pueden ser maternales. Hay mujeres que son pésimas cuidadoras, madres perversas. En definitiva, no se puede biologizar la tarea de ser madre. No más.

Oportunamente lo escribió el filósofo Luciano Lutereau: la bondad, la ternura, incluso la belleza, no son más que un velo que, a modo de vestido, envuelve aquello que nos causa horror. Esto no quiere decir que un objeto de amor esté exento de esas características, sino que el mandato de ser madres, el mandato de ser bellas o, en su defecto, el mandato de ser buenas, nos ha ido estigmatizando. 

Y la psicología nos advierte: todo esto es, en definitiva, otro modo de susurrarnos al oído ¡Querida, por favor, que no se note que no tenés!