Pequeño diálogo imaginario entre Proust y Pizarnik


  Las que más me impresionan son esas mujeres tejiendo serenas y sonrientes...
  Aguántese usted el ser calificada de nerviosa. Pertenece a esa familia magnífica y lamentable que es la sal de esta tierra. Todo lo grande que conocemos nos viene de los seres nerviosos. Ellos y no otros son los que han fundado hasta religiones y han compuesto las obras maestras. Jamás sabrá el mundo todo lo que se les debe y sobre todo lo que han sufrido para dárselo.


Vals desesperado



Niña acorde disonante. Dueña de la contradicción. Animal puro, sin nombre, como las mujeres que habitan en los sueños, como el conejo salvaje que cruza el camino a la luz de la luna. Nadie juega con muñecas rotas. 




Flores del silencio



Madre va al salón de belleza el día del funeral de padre. Es extraño, pero es cierto: va.  Las otras mujeres le dan sus condolencias mientras beben café. Todas han ido a peinarse al mismo salón de nuestro barrio  y se verán de nuevo en un rato, para hablar de lo mismo.

Yo soy el mayor heroísmo de mi madre, pienso: madre heroica, mientras la observo trajinar frente al espejo. Nunca sabrá las cosas que yo sé. Me cuenta lo que le han dicho las otras y se le enrojece la mirada por enésima vez.  

Se ha puesto un vestido negro bordado con piedras, es el de mi boda; que bien podría haber sido un funeral. Algo se muere en las bodas, la inocencia. 
Si me hubiesen arrancado los ojos al comienzo, madre. 
No reclamaré la inocencia para mí nunca más.

Pienso en la fragilidad.

Pienso en el sufrimiento.  

Pienso en arrancarme los ojos.

Es tarde. Seré mi madre.

Pienso en cómo, aunque sufrimos, mantenemos los ojos y la boca debidamente cerrados, con calma. Cuánto nos cuesta decir, cuánto nos cuesta amarnos y sin embargo, lo intentamos. Desesperadamente lo intentamos. A diario.

Que egoísmo absoluto es el amor, producto de un dios falible.
Somos dioses.  Arrinconados contra los límites de nuestras almas deformes,  sometidos por años a la voluntariosa razón que todo domestica.
Extraer algo del caos, algo que valga la pena. Algo que se va a modificar. El objeto es modificado por mí.  Amar modifica. He sido modificada.  He operado sobre el objeto de mi amor como un dios falible, arrinconado, deforme. Lentamente paso a paso sin saberlo; con palabras, con gestos, con besos, con ideas lo modifiqué; con mi amor. Para después devolverlo al mundo y que se muera de frío.  
Cada mañana nos empujamos otra vez hacia el mundo. Desnudos, solos. Que nos reciba, que nos devore con su boca desdentada y húmeda.  Su boca negra.
Nos hundiremos en esa realidad punzante que es la vida; horrenda y deslucida realidad, inmunda,  tan lejos de la nación del amor.  La realidad nos ve nacer y nos empuja. Hay que volver a la realidad. Lo hacemos. Nos exiliamos en ella.  La nación queda lejos.

La nieta de Freud soltaba su carretel de hilo  para sentirse  morir. Gritaba con desesperación y lo recuperaba.
La realidad es un lugar para el naufragio. Es desamparo y soledad.

Mucho después viene la muerte.

En el funeral de padre una mujer conoce a un hombre. Se miran, se acercan y hablan como si se conocieran de toda la vida. Será modificada y no lo sabe.  

Después vendrá la muerte, mucho después.

Entrevista



Mauro Yakimiuk es director de teatro, productor, dramaturgo y periodista. Se formó en producción teatral con Gustavo Schraier en el curso dictado en el Centro Cultural Ricardo Rojas y estudió dramaturgia con Mariana Mazover en el Taller de la imaginación al papel. Además, se recibió de Técnico Superior en Periodismo Deportivo en DeporTEA y además, colabora con el portal "Soy Boca" y fue redactor del Suplemento Literario Télam. En teatro, dirigió "La guerra del gallo y "Cuánto vale una heladera" y fue productor general de "Minas fuertes" y de "Busca". Actualmente trabaja en tres obras para estrenar y encima, encima! me hizo una entrevista para su programa Entre vidas.


Omega


   Es de día y ayer la casa ardió como en un sueño, estallaron los vidrios, todos a la vez. Cuando me escondí en el sótano, el cielorraso perecía bajo las llamas. La madera de los techos fue devorada. No sé cómo empezó el fuego. Sólo escuché los aviones y después las bombas.
   Él no volvió, pasaron muchas horas y no volvió. Me aseguró que volvería, me lo juró, tenía todo pensado, como siempre. Siempre fue un estratega, un anticipador. Usted y yo podríamos ver una de esas series en la televisión, esas en las que el mundo tiene los días contados, sin tomarnos nada en serio; por el simple goce del entretenimiento, digo. Pero él no. Él es de esos individuos que, mientras tanto, piensan. Que se lo imaginan todo ¡como si estuvieran ahí!                   
   Dijo que estaba preparado para esto, dijo que nada podría con nosotros, que resistiríamos usando algunas de las maniobras típicas de la supervivencia, que nada podría fallar. Pero no fue así, él no está, no volvió. No resistimos ni un día.                       
    Lo vi bajar las escaleras, rápido y ágil. Y seguí escuchando a los otros, a los que estaban conmigo. Pero empezaron a cambiar enseguida, algo en el aire, no sé. Yo no cambié. No sé cómo surgieron todas esas bocas como cuevas, negras y profundas, abiertas y podridas, intentando morder. Empezaron a morderse ¡Se mordían entre ellos! Se arrancaban los pedazos, unos contra otros, como en la televisión; como perros salvajes se empujaban, se pisaban, gemían y después, después ese aullido grotesco y desgarrador de los muertos en vida. Cuando me quise acordar no quedaba nadie en pie.                 
   Ahora dejé mi escondite y camino entre los muertos, el suelo está sembrado de cadáveres, repugnantes, podridos. Una masa compacta de gente aplastada, como si hubieran estado en la tumba durante meses. Algo en el aire acelera la descomposición. Muertos de verdad, no hay metáfora posible. Nada se mueve, nada gime. Ni siquiera una señal remota de la vida anterior, nada.                            
   Llegué a creer que estábamos a salvo. Me lo repetí muchas veces, justo cuando empezó lo de arriba. Todo empezó con Pedro. Lo vi llegar caminando. La gente a mi alrededor estaba alborotada y tensa, la situación era un caos: sacaban conclusiones, hablaban sobre lo que había pasado: cuando en la escuela algunos cayeron al suelo y empezaron las convulsiones corrimos, es cierto. Los caídos empezaban a cambiar, mordían.
   Los que estábamos sanos corrimos y entramos todos juntos a la casa vacía de Don Vásquez; el lugar estaba desierto y subimos, empujándonos, escaleras arriba. Gemían, lloraban, hablaban a los gritos, todo al mismo tiempo. Tratamos de llamar, pero no había sistemas, nada funciona. Cerramos las puertas, pero después empezaron a entrar y salir, a asomarse a las escaleras para rescatar más gente sana, a preocuparse por el resto, a pensar en los queridos.
   Fue ahí cuando vi entrar a Pedro. Caminaba despacio, como dormido. Una mancha verdosa en la mejilla derecha desdibujaba sus rasgos. Ya no estaba sano, eso era obvio. Apareció en la puerta, así, cambiado y nada más. Pero no mordía, caminaba hacia la cama, como si quisiera recostarse, probablemente repitiendo alguna rutina diaria. Inerte al entorno.
   Pero tenía los ojos velados, vacíos y sin vida. Esos no eran los ojos de Pedro. Una lámina babosa y grisácea los cubría, dándole un aspecto de ultratumba. Después empezó todo, eso en el aire, no sé. Como sea tengo que salir, pasaron muchas horas. Tengo que buscar ayuda, tengo que buscarlo a él. No hay sistemas, no se oye nada allá afuera. Tengo que bajar y abrir las puertas.
                                                           *

   Ahora el sol radiante da de lleno en el asfalto. Lo besa, lo ablanda, lo licúa, y se lo bebe. Lo veo. Es él, viene hacia mí. Sus manos rotan lentamente hacia el centro de su cuerpo, como garras. Arrastra una de sus piernas con torpeza, los ojos velados, la mancha verdosa. No me reconoce. Aun así le sonrío, aunque no me entienda, aunque no me devuelva su risa nunca más. Y me entrego, abriendo mis brazos, a sus brazos por última vez.                    

Simulacros


   Una vez llena la copa con su vino favorito, ella piensa en la fragilidad. Piensa en que haría falta tan sólo la leve presión de sus labios sobre el finísimo cristal para probar la contundencia de su boca. Sentir los pequeños fragmentos incrustarse en la lengua, en el paladar, en los intersticios oscuros y húmedos de su garganta. Sentir y sangrar. Tragar los restos filosos de su copa

     …porque la sangre es la vida: bebe de mí.

   Quemarse por dentro y que se queme la voz, después morir dulcemente.
     …que fue derramada para expiar nuestros pecados.

   Piensa las palabras con caprichoso ritmo mental, tan propio de esas frases aprendidas en la infancia. Piensa si él, tan lejos ya, lloraría en su funeral. Lo ve vistiendo su traje de seda, por fin a su lado, por fin contemplándola absorto; ve sus labios húmedos y rojos, su pelo rubio arreglado con gel. Como un agente de negocios de Harvard, piensa. Uno de esos tipos magníficos de La City Porteña que ganan unos pocos miles de pesos, pero manejan millones.

   En la escena muda de su imaginación lo ve también gritar. El horror pintado en la cara, en sus ojos grises y desorbitados, abriendo los brazos, tirando las flores, chocando contra la pared a sus espaldas, sin-poder-escapar. Mientras ella, pálida y entumecida, enfurecida, maquillada y envuelta en su mortaja, abre los ojos para gritar con labios pegados palabras que sólo ellos dos entienden. Las últimas antes de la despedida. Las piensa y sonríe mientras vuelve, con su tristeza a cuestas.

   Acerca la otra copa, la que esperaba vacía; de idénticas características a la primera, compradas por docena en un bazar lujoso de Avenida Jujuy, y baja las luces y enciende las velas aromáticas. Y repite las maniobras con el vino: acomoda la botella junto a las copas, cuidando de dejar ver bien la etiqueta. Prepara la escena. 

   Después saca una foto y la sube a todas las redes sociales, espera que él la vea hoy mismo, mañana, pasado o algún otro día. Espera que sea pronto. Después se acuesta en su sillón favorito del living, el que está junto a la ventana. Pero no bebe, se queda dormida, sola, arrullada por la televisión.



Godiva



  Me parece colosal la noche que se anuncia frente a mí. Tengo vistos sus ojos intranquilos: me mira con serenidad fingida. Lo sé por los otros signos; por el cielo, por la pesadez del aire, por la insoportable quietud de las hojas dormidas. Sin embargo, la luna vacila todavía, rodeada de esa bruma espesa como pus que la cubrirá con un manto.
  Las cortinas de mi cuarto dejaron de agitarse mientras yo, inquieta, me revolvía en la cama. Me acerqué a la ventana y pude verlo todo: la luna borroneada el cielo la quietud dudosa de los elementos. Se confabulan para la tormenta, lo sé. Que después nos dejará aislados, con total impunidad, durante días.
  Hiervo, ya no puedo contenerme más; esta quietud, estas paredes, me agobian. Mi piel irradia una humedad pegajosa y contundente; tan precisa, tan exacta, que cuando empiece a enfriarse me pondré a temblar. Su evidencia en las líneas de mi cuello, en las axilas, en los pliegues de los párpados, entre mis piernas y alrededor de la boca, me enloquece. Tengo que salir.
  Sin dudarlo, dejo caer la seda. La ventana es la única manera de dejar la casa sin ser vista. Mis manos sujetan con firmeza los lados para poder darme impulso; como tantas veces, trepo al alféizar, subo una pierna, después la otra. Me descuelgo con prudencia felina, bajando por el enrejado de madera que sostiene el rosal de la abuela. Siento el temblor de la estructura. 
  Como una criatura mitológica, arqueo mis pies a modo de garras, que desnudos, hacen por fin contacto con la tierra fría. El césped húmedo cede bajo mi peso con una suavidad demoledora.
  A grandes pasos bajo la colina, y al hacerlo, una brisa momentánea me golpea de frente. La piel se enfría, me agito, no lo esperaba. A pesar de todo, busco el consuelo del río.
  Está oscuro, muy oscuro, todos duermen; tengo el camino en la memoria y mientras avanzo por el pueblo, siento el rumor del agua vibrando en los oídos. Puedo oírla correr entre las piedras que anidan en su cauce. Un olor puro me llega, de agua en el aire quieto. Voy hacia el río, me obliga a seguir como hechizada.
  Mis ojos hacen por fin contacto, pero el río está quieto. Me acerco despacio, como queriendo sorprenderlo. Antes de entrar, un escalofrío me recorre. Dudo, mientras en mis pies se incrustan las pequeñas piedras de la orilla. Me sumerjo sin prisa río adentro. No puedo describir lo que captan mis ojos, todos mis sentidos a la vez; me cuesta respirar y el pecho se inflama más con cada paso. Mis pulmones son alas, el corazón se expande.
  El cielo se envilece y tiembla. Un estallido, después sus ecos. La luna parece haberse cubierto un poco más, levanto los ojos para verla de nuevo y siento el golpe de las primeras gotas en la frente. Enormes y dispersas repican sobre mí, sobre el agua del río. Quisiera detener el tiempo.   
  Ya llueve, aun así me acuesto sobre el césped de la orilla. No quiero volver. Veo mi cuerpo desnudo, lechoso y fantasmal bajo la lluvia. El pelo pegado a la espalda, los muslos tensos, los pies ateridos. 
   Una luz amarilla y difusa se enciende en la ventana de la casa del sastre y la sombra inquieta de su hijo mayor rebota contra las paredes. El único ser, de todos en el pueblo, capaz de velar mi desnudez.