La cesta y el arco


Si hay algo que todos le debemos al feminismo es la capacidad de dar respuestas. Y respuestas –lo dice la filosofía– es lo que todo ser desea. La doctora Rita Segato no duda en advertir, sin embargo, que no puede existir feminismo, porque no puede existir espacio de resistencia, allí donde no haya teoría feminista. La teoría es vital, declara, porque debe conversar todo el tiempo con aquello pensado previamente por otros. En definitiva, además de voluntad y militancia necesitamos formación que venga desde los expertos para poder repensarlo todo.

Así, la escritora y socióloga Eva Illouz, en conversación constante con los feminismos, observó ciertos datos interesantes. 

En el año 2017, Disney decide llevar a la pantalla del cine el cuento tradicional La Bella y la bestia. El primer tráiler de la película tuvo 91.8 millones de visitas en menos de 24 hs. Adoctrinada en la filosofía, la doctora Eva Illouz simplemente se preguntó ¿por qué?

"Una película, una historia -nos dice Eva- solo puede ser muy popular cuando representa, cuando describe, la vida social de una comunidad". "Como los zombies", agrega sin miramientos Rita Segato, que anda por ahí.

Ese mismo año, Donald Trump, empoderado políticamente, asume la presidencia de los EE. UU. Votado por el 53% del padrón electoral femenino de ese país, antes de la elección había declarado que para él la gran mayoría de las mujeres no era más que “gordas cochinas y desagradables”. Y nuevamente Eva se preguntó ¿por qué?

¿Por qué las mujeres nos vemos tan atraídas por los monstruos?

La Bella y la Bestia es un cuento tradicional francés escrito por la novelista Gabrielle Suzanne Barbot de Villeneuve en 1740. En su investigación, en su crítica, Eva descubre que el cuento tiene algunos elementos del cuento popular. Encuentra elementos del relato mitológico de Eros y Psique, y del cuento de Giovanni Straparola El rey cerdo.

El relato mitológico describe a la bella Psique, criatura mortal, tomada en cautiverio por el no menos bello dios Eros. La leyenda cuenta que ella “lo espera en un castillo vacío, consumiéndose de deseo” . Por otro lado, en el caso de El rey cerdo, el cuento trata de tres hermanas a las que su familia quiere persuadir, primero a la mayor y luego a la siguiente, de casarse literalmente con un cerdo. Las dos primeras hermanas, siendo ya mayores y, analizando el asunto con la perspectiva adecuada, deciden rechazar la propuesta. Después de eso, son oportunamente asesinadas, por supuesto. La tercera, en cambio, más joven e inexperta, acepta quedarse con el cerdo y se arriesga a vivir con él. En su vida conyugal se obliga a ser amable y cariñosa, así que, en vez de la muerte, su recompensa es ni más ni menos que la transformación del cerdo en un bello príncipe. 

A primera vista, el mensaje puede parecer simple, incluso inocente ya que ha sido formulado para niños. Sin embargo, entraña una profunda amenaza. 

El cuento de Bella tiene un argumento similar. Aquí un trabajador, padre de tres hijas mujeres, sale de viaje y decide traer un obsequio para cada una. Como la más joven le ha pedido una rosa, al intentar obtenerla, este hombre se topa con el dueño del castillo quien, profundamente ofendido por la profanación de su jardín, lo amenaza con matarlo y, a cambio de perdonarle la vida, exige conocer a su hija menor. Es un monstruo, aclaro.

Este dato pequeño tampoco pasa desapercibido para la doctora Eva Illouz.

Es que aquí aparecerá con bastante claridad el pacto fraterno, pacto intragénero, propio solo del género masculino; donde los dos hombres sellan un acuerdo, tácito o no, que decidirá el destino de Bella. En este pacto, donde se afianza la cofradía entre ellos, el padre aprueba. Bella, persuadida por la situación que le cuenta su padre, decide sacrificarse por él y va al castillo a conocer al monstruo. Allí, los sirvientes la vestirán con ropas elegantes, la peinarán, incluso le obsequiarán joyas, y le servirán los mejores manjares; pero habrá que animarse a vivir con el monstruo. 

Si bien al principio Bella teme, como es lógico, el cuento no deja de sugerir que el monstruo esconde un alma, que espera una heroína lo suficientemente valiente para rescatar ese corazón pedregoso, inmenso de maldad. Entonces Bella prueba con ser amable y obediente,  hasta que por fin se da cuenta que está enamorada de la bestia, lo besa y ese beso “como es verdadero”, nos dicen, lo transforma en un príncipe. Igual que el cerdo, igual que el sapo. Vemos que el formato del sacrificio femenino también se repite sin cesar.

Eva Illouz nos dice que el cuento fascina porque resuelve la ansiedad femenina fundamental de convertir a un monstruo desalmado -o a un cerdo desagradable o a un sapo frío- en un ser medianamente sensible, del que tarde o temprano se espera cierta amabilidad, cierta entrega. El cuento, como muchas otras historias, también expresa la fantasía femenina de superar el dominio masculino y la dependencia emocional, tan presente en las relaciones heterosexuales. 

En definitiva, expresa la fantasía de amigarnos con la masculinidad. Nos dice Eva a modo de conclusión: 

...en la heterosexualidad hay siempre una definición relacional que viene del enorme poder que los hombres ejercen sobre las mujeres; poder definido por las “potencias”. La potencia intelectual, la potencia sexual, la potencia económica, la potencia bélica o la potencia moral. En el hombre blanco cualquiera de estas potencias será excusa suficiente para ejercer poder en una relación...

En las relaciones heterosexuales aparecerá siempre ese diferencial de poder. A menos que nuestras mentes febriles alberguen la inocencia de una relación ideal, por supuesto. Prueba de ello es que normalmente es el hombre quien da el primer paso en eso que suele llamarse “conquista amorosa”, el primero que manifiesta su voluntad de “tener algo”, quien inicia el cortejo. Detrás de ese acto inofensivo, mínimo, detrás de esta sutileza a la que ya nadie presta demasiada atención, sin embargo, se esconde una definición: es el hombre quien valida y define con esa decisión quien es femenina y quién no lo es. Ellos son los que históricamente han definido la femineidad, mientras que nosotras jamás hemos tenido oportunidad de definir la masculinidad, porque la masculinidad también la definen los hombres. 

La clave del monstruo será siempre el silencio respecto a sus sentimientos, el control, el desapego emocional, lo cual le otorgará aún más control sobre la relación. Sin embargo, tanto en la pareja como en la sociedad, la mujer suele proporcionar un cuidado físico y emocional constantes, con una vincularidad tan propia, tan política, tan distinta a la masculina. 

Esta disposición se puede ver con claridad en el hecho de que la mayoría de las profesiones de cuidado y restitución de la salud son ejercidas en mayor proporción por mujeres que por hombres. Y eso es, sin dudas, porque para la mujer el amor redime. Y por el mismo precio, las mujeres no violan, tampoco golpean. 

Bella y bestia son sólo ejemplos de cómo escondemos la verdadera naturaleza de las relaciones heterosexuales. Sigue un esquema de ficción romántica muchas veces pensado y transmitido por mujeres, donde aparece un hombre frío, a veces cruel, reflejo de nuestras relaciones, del mismo modo que aparece en novelas como Orgullo y Prejuicio, Sensibilidad y sentimientos y Jane Eyre. En estos ejemplos, el hombre suele estar “emocionalmente distante” cuando no suma crueldad durante el ejercicio de la relación; esto genera grandes cantidades de ansiedad en la heroína, que se esfuerza constantemente por complacerlo, muchas veces sin resultado. 

La Bestia, como vemos, es sólo una más de las múltiples máscaras del patriarcado; una representación. Lo esencial es el mensaje, sin embargo: en estas ficciones el hombre que produce miedo en algún momento será capaz de ser amable y cariñoso, siempre a cambio de una gran cuota de amor, perseverancia y sacrificio de la heroína, siempre que esté dispuesta a ser incondicional, palabra clave, si las hay; aunque para eso deberá soportarlo todo, aceptarlo todo, engaño, frustración, frialdad, abuso. 

Las expertas dicen que en este mismo orden se encuentra la saga Cincuenta sombras de Grey. Otra vez la historia representa un tipo de violencia cultural que se naturaliza. La pieza sacrificial es la mujer. Aquí Cristian Grey es el héroe, un sádico bello y egoísta (como Eros) que sodomiza y después descarta, anhelando en secreto a la sumisa adecuada que venga a sanar sus traumas infantiles. Es una ficción romántica, donde el amor de la heroína consigue, nuevamente, vencer. A fuerza de destrozarse a sí misma y de perder identidad (digamos todo) logrará combatir la fealdad, la monstruosidad de ese hombre. De ahí, el sádico pasará directamente a ser un marido cariñoso y un padre ejemplar. Vaya magia ¿eh? 

En todas estas historias, la heroína mágicamente olvida el pasado, obvio. Puede pensarse que su inmenso corazón no tiene espacio para el rencor, lo que es como decir que es incapaz de aprender de su propia experiencia vital.

Este tipo de historias son el centro de la fantasía femenina, ha sido implantada, aceptada, sostenida por años y años de patriarcado. Al igual que Bella, quien se sacrifica por su padre y pelea contra el monstruo solo con amor hasta transformarlo, la mayoría de las protagonistas pasarán de damiselaen apuros a heroínas.

Pero ¿cuál es el precio? 

La dignidad, la voluntad, la libertad, la concepción de nosotras mismas como sujetos de derecho, la identidad, la vida.

Hoy la mujer se propone superar esta desigualdad. También tendrá su precio.

A fuerza de tantas historias, el patriarcado ha logrado enseñarnos cómo amar a la bestia. Aprendimos a hacerlo, a tenerle paciencia a la frialdad y el desinterés masculinos, a sentir la crueldad como algo normal, a adaptarnos a sus tiempos, a comprenderlos. En definitiva, aceptamos ser lo otro.

En estos términos, un ser frío, controlador y dominante será el generador de un amor incondicional, el beneficiario de todo sacrificio. Así, el sacrificio femenino logrará vencer la repulsión por un ser insensible y distante. Así, la frialdad invitará a sacrificarse por el monstruo.  

Y quien no entienda esta consigna será asesinada, disminuida, comparada o derribada. Finalmente, quien se sacrifique, quien acepte unirse al cerdo, la obediente, aquella capaz de soportarlo todo a cambio de migajas, será la criatura virtuosa. Virtuosa y victoriosa. ¿Victoriosa?

A pesar de los éxitos de taquilla todo es mentira. Al sostener este tipo de relaciones solo se prolongará el sufrimiento, la pelea por el poder se volverá alienante para ambos; el hombre siempre disputará ese poder constitutivo; lo hará con formas engañosas e impensadas, muchas veces inconscientes; será capaz de hacer cualquier cosa por conservarlo, por tener ese lugar de privilegio que la sociedad le ha otorgado hace ya muchos años. 

A menos que decidamos deconstruir estos modelos de cuento, siempre serán formas del poder que nos exceden; porque están en nuestra construcción psíquica, latiendo agazapadas desde niños, igual que lo están las fantasías amorosas. El amor existe, sin dudas, pero la deconstrucción recién se encuentra en su etapa de inicio. No nos queda más que transitar con valentía, con ojos abiertos, sin perder pie, la delgada línea, la difusa frontera, entre amor y poder, entre cuidado y cautiverio. 

Pero para construir algo nuevo habrá que trabajar con los restos.

Siempre habrá un precio, hay que saberlo. Es preferible pagar por él en forma consciente, entender, darse cuenta. Perder la inocencia. Por más que la siembra se haga con un amor incondicional y perseverante, la cesta muchas veces permanecerá vacía. El arco, sin embargo, suele contar otro destino: aquello que no logre escapársele morirá y será devorado.


Envés


Te escucho entre lo que nunca muere
(Leda Valladares)
Te amo 
         porque aprendimos 
                           a mirar el árbol 
                                        de la misma manera,
                                        con las mismas palabras.
             (Cristina Domenech)


A veces el amor es una pesadilla, es cierto. No obstante, las historias suelen tener un revés y los mitos no son precisamente la excepción a esta regla. Si hay algo que estas historias sugieren, algo que podemos elegir, es leer más allá de su acción moralizadora. Esto es, tratar de ver la belleza contenida, la metáfora, los acontecimientos desprovistos de juicio. 

Al igual que ocurre con la poesía, los mitos suelen ser interpretables. Se admiten tantas interpretaciones como lectores existan. 

Así es como la historia del Gran Dios Pan no debería estar exenta de matices. 

Entre los escritores, el mito de Pan ha quedado rezagado. Circunscripto al lector erudito, ya no es motivo de discusiones, quizá porque el feminismo avanza, quizá porque está un tanto desactualizado, quizá porque esta vez el protagonismo no le pertenece a una diosa bella y temperamental, sino a una Ninfa. No importa.

Una Ninfa es una criatura de los bosques, una deidad menor, más propia de lugares concretos, manantiales, arroyos, montes, el mar o una arboleda, que del Monte Olimpo. También es cierto que cualquier criatura puede pensarse como uno de los rostros alternativos de La Diosa. Porque los modelos son metáforas y no son excluyentes. Los dioses son polifacéticos, transformistas, juguetones, aunque nos guste pensarlos tan rígidos como son los humanos. 

Las Ninfas solían considerarse espíritus divinos que animaban la naturaleza. En las obras de arte las encontraremos representadas como hermosas mujeres, desnudas o semidesnudas, que aman, cantan, bailan y tributan la naturaleza donde habitan. Se cree que moran en los árboles, en las cimas de las montañas, en los ríos, arroyos, cañadas y grutas. Según el lugar donde habitan se las llamó Nereidas, Oréades o Náyades.​ No envejecen ni mueren.

Por otra parte, en base a su genealogía, hay quienes nominan a Pan como un semidios; en cambio, otros lo mencionan como un dios completo. Lo cierto es que para la mitología su reino estaba entre pastores y rebaños, no en el Olimpo.  En la región Arcadia, territorio central del Peloponeso en la Antigua Grecia, no tuvo grandes santuarios de veneración; sin embargo, este fue el sitio principal del culto. 

En la mitología romana Pan es conocido simplemente como Fauno. Entre mitologías, su representación física suele coincidir en algunos detalles: un par de piernas musculosas, habituadas al salto y la velocidad, un cuerpo mitad hombre mitad animal, pies con pezuñas hendidas y dos cuernos muy simpáticos en la cabeza. 

Fue considerado el dios de la fertilidad y la sexualidad masculinas, probablemente como producto de la fuerte presencia del instinto animal en su actitud, integrándose así este aspecto al de su personalidad iracunda. Según el mito, Pan estaba dotado de una potencia sexual mayor a la de otros dioses y, en un intento de normalización, su actitud y su apetito sexual fueron motivo de atencióntanto entre los dioses como en su propio reino. Por propia decisión o por castigo se convirtió en un completo extranjero del Olimpo, un ser marginal. 

Formaba parte del cortejo del dios Dionisio, con quien se cree tiene cierta similitud de carácter. Vivía en los bosques y las selvas, correteando ovejas (y ninfas, por supuesto). Se lo consideró un dios territorial. Supo ver con malos ojos la presencia de forasteros dentro de sus tierras; hay cierto halo de protección y orden en su actitud severa. Se lo considera responsable de las brisas del amanecer y el atardecer. 

Se dice que vivía en compañía de las ninfas del bosque, en una gruta del Monte Parnaso. Asociado a Dionisio, se le atribuyen dotes de cazador, curandero y músico. Es claro que Pan representa la naturaleza en estado salvaje, le gustaban las fuentes de agua natural y se dice que tenía por costumbre espiar a las mismas mujeres que protegía mientras estas se bañaban en ellas. 

En cuanto a la naturaleza de su carácter mucho se ha dicho, se le considera un ser irascible. En la zona actual de la antigua Arcadia, los lugareños todavía piensan inoportuno molestar al dios a la hora de la siesta, por lo cual evitan a toda costa hacer ruido en esas horas. Todavía le temen.

Se le considera una personalidad capaz de presumir sus pequeñas crueldades y su falta de tacto, se dice que encontraba un sabor placentero en la mentira; aunque quizá fuera esa y no otra su manera de estar en el mundo, de ser reconocido. Tal vez por eso en su mirada se adivina cierta melancolía. 

En los mosaicos romanos, y luego en la pintura renacentista, se lo muestra astuto y misterioso. Rígido, poco dado a la improvisación y la entrega; de sonrisa sardónica. Haciendo honor al mito, sus ojos se revelan libidinosos, su boca esquiva.

Los comentadores sostienen que Pan era capaz de desatar en las bestias un temor primordial, capaz de mover a las manadas; dicen que el pánico le debe su nombre. Algunos dicen que es en realidad un demonio, llamado también El Señor de los Mediodías; que es mencionado por Borges en Elibro de los seres imaginarios. Un demonio primigenio de la tradición hebraica, conocido en el desierto de Judea como Keteh Merirí, cuyo nombre proviene del término mryry, lo que significa amargo, acebo, venenoso. En Judea se cree que Keteh Merirí ataca al mediodía, cuando el sol cae a plomo, y que recorre las mismas regiones que la hermosísima Lilith recorre por las noches.

Entre bambalinas también se comenta que tuvo amores correspondidos con la bella ninfa Pitis, pero que no funcionó; que la Ninfa Siringa se convirtió en viento cuando intentaba huir de sus brazos. Los dueños de las soluciones fáciles gustan creer que Siringa decidió huir simplemente porque Pan le causaba repulsión, que nunca podría amarlo, que pidió ayuda a gritos a sus hermanas, las Náyades, para librarse de él; que fueron ellas, dueñas de cierta magia, quienes la hicieron desaparecer. 

Eso ubica a Siringa en una posición de extrema inocencia. Eso expone la inocencia en algunas mujeres como una cualidad. Es como enaltecer la estupidez. También se dice que, al igual que Lilith, ella eligió usar su propia magia, decidió, se convirtió en viento, y escapó en un momento en que Pan la tenía acorralada. En definitiva, se esfumó de entre sus brazos.

Lo cierto es que, como en todo amor difícil, se cuentan de él muchas cosas: hay quiénes aseguran que ese día la brisa sopló con un rumor singular a través de los bosques, que ejecutaba una música triste; que un instante antes de esfumarse, Siringa, desasida ya de los imposibles brazos de Pan, lloraba; pero que su llanto no era el canto de una niña inocente o caprichosa sino el de una mujer que comprende. Dicen que, ya transformada en viento, en un último susurro de amor, Siringa dijo a Pan: 
pude ver con claridad: 
tu deseo me excluía y ya
no quise  acercarme.

De Pan se dice que ha muerto, que una voz nacida del mar le pidió a un marinero de Egipto que informara a los hombres de su muerte; que durante su vida en los bosques fabricó una corona en homenaje a Pitis y un instrumento de viento, hoy conocido como La flauta de Pan para recordar a Siringa. Lo que es incuestionable es que hay una historia que lo recuerda vivo, salvaje y seductor, pero con el corazón roto.

Sin duda los dioses nos habitan, aunque la mayoría prefiera desoír su mandato.

Una reina en harapos



Lejana al mandato de las mujeres sagradas, aún más lejana a las dudosas heroínas que tiempo atrás nos impusiera el cristianismo, desde la antigüedad, el arquetipo de Venus se consolida como una presencia constante.

Se cree que su mito se origina a partir de otras dos diosas arquetípicas: la griega Afrodita, diosa del amor y la belleza; y la etrusca Turan, diosa de la vegetación, la naturaleza y los jardines. Sin embargo, el poeta Virgilio decide dejar claro en su Eneida que la griega tiene a todas luces una personalidad mucho más sexual y cruel que la romana; aunque esta última conserve todos sus atributos y sus símbolos, entre ellos la manzana de la discordia.

Crease o no, tampoco el querido HP Lovecraft fue ajeno a las inclemencias de la diosa:

En los oscuros e interminables pasillos de la horrible fantasía vagabundea Némesis, la diosa de la venganza negra e informe, que me conduce a aniquilarme a mí mismo.


Disputas aparte, se me ocurre que no debe existir mujer hermosa, sensible, inteligente y decidida a la cual no le quepa el abrigo de Venus.

Dentro de cada mujer, a su manera se expresa. Tiene tantos rostros como mujeres existen. Aunque muchas veces elija moverse en medio de las sombras, callada y reflexiva camina entre nosotros. Su poderosa figura nos rodea y amorosa nos envuelve. Tal vez por eso los poetas están convencidos de que ella, al igual que muchos otros dioses, aún siguen aquí.

Así lo expresa Fernando Pessoa: 


Los dioses no murieron: lo que murió fue 
nuestra visión de ellos. No se fueron, los dejamos de ver.
O cerramos los ojos o alguna niebla se interpuso 
entre ellos y nosotros.
  

Buscando una forma de representar su belleza, los escultores de la antigüedad no han hecho otra cosa que alabarla y tallarla en la piedra. Y así, convertida en piedra, la diosa se vuelve aún más inalcanzable, al tiempo que se resguarda, para que el rito del asombro y la contemplación sigan presentes. 

Tampoco la literatura antigua pudo resistirse a sus encantos. A veces caprichosa, otras, divertida; siempre en las antípodas de la coleccionista de amantes o la devoradora de hombres que representaran otras figuras antiguas como Salomé o la Reina Cleopatra, tal vez versiones más agresivas, momentos, como intuyera Lovecraft, de la misma diosa. Luz y sombras.

Los dioses están ahí. Y Venus, dueña de una belleza exótica y esquiva, jamás efímera, porque su belleza se transforma, nos observa con la serenidad que el tiempo y su condición divina le conceden. Nos susurra al oído, en sueños nos guía; se expresa en las hojas crujientes, en todo lo vivo, indefenso y vibrante que existe en la naturaleza, en todo lo que crece. 

Solo por eso su voz es verdadera.

Respetuosa del amor y su deseo, desde su cielo cercano nos observa. Después, serena, inabarcable  desciende y nos mira chocar unos con otros, desgarrarnos, pelear, trajinar atareados o demasiado ociosos y cobardes. Y sonríe. 


Los dioses no nos envidian, aunque en silencio nos observan. En esa observación nos descifran, comprenden lo que somos, se humanizan. Así es como permanecen dentro de cada uno de nosotros. El poeta -todo escritor- durante su pericia recibe sus voces y todas las existencias contenidas en ellas. 



Hablo de lo invisible,
las cosas y sus nombres instantáneos
siguen robando huecos al espacio.
Las tazas de la tarde, los cigarrillos, un plato azul
lejos de la abstracción de la dulzura
formas precarias de aferrarse al día.

Llegué hasta aquí en dos caras
-una reina en harapos- 
a defender lo que comprendo apenas
al destierro abrigado de una noche de exilio
y mi violenta aldea de los pájaros
loca por volverse morada en algún hueco corazón.


Elizabeth Azcona Cranwell (1933-2004) Diálogo de la lejanía (fragmento)

Homeostasis

Ph Facundo Floria en El Negril de San Telmo

 Ni tus mejores besos en la nuca (ahí 
donde recojo mis cabellos)
           ni este dolor de muelas pueden 
por el momento 
siquiera postergar la certeza
de una vida agotada, inútil
como un violín sin cuerdas.

(Antonio Cisneros de Drácula de Bram Stoker y otros poemas)

La herida es un fracaso que se manifiesta mientras el otro, el verdadero, permanece oculto detrás de un escenario. Se tapa con el peso del tiempo, queda impune; pero los dos se arrastran juntos a través de los días como las cadenas de un fantasma; no hay optimismo en esto, no habrá ilusión o responsabilidad que lo hagan desaparecer. Es un gusano que roe cimientos interminables, el águila que se nos come el hígado solo para que vuelva a crecer. El tiempo nos conforma.

Nos sabemos movidos por la cobardía, lo único tangible, lo que dio sus frutos. Ahora tendremos que trabajar con los restos. Como el residuo amargo queda en la botella al final del vino, materia inservible, resultado de la descomposición, sin embargo capaz de cambiar el sabor en la boca. 

Eso estará ahí, como la gota que horada la piedra, la certeza de vivir hasta el final con un pensamiento: lo que no hicimos.

... Hubo que inventar un paisaje, aunque quedó la costumbre de pensar que todo puede ser inventado, a contrapelo de los hechos, y no en el arte sino ahí donde el arte se destruye. Se inventa felicidad donde solo hay amargura, un sol donde solo hay derrumbe, una foto dichosa donde solo hay casas bajo el agua. Lo que ocurre nunca sucede. 

Hasta que nos sucede, con solo levantar la vista.

Solo hay un paisaje, y es el horizonte. Vivamos con eso.


(Horacio Fiebelkorn)




La historia podría haber sido distinta, lo que se suponía que iba a suceder
en vez de lo que sucedió. Vivir así,

con la esperanza de poder revisar lo que resultó falso o se volvió ilegible,
no era lo que queríamos. Creer que la historia que buscábamos

habría sido como un día en el oeste, en el que todo 
está incansablemente presente –las montañas que proyectan su larga sombra

sobre el valle donde el viento canta su canción circular
y responden los árboles con un seco batir de hojas–  fue demasiado

ingenuo, es indudable, y poco previsor. Porque pronto las hojas,
luego de ennegrecerse, se caerían, y la nieve que anula

posaría su almohada encima del camino, y nosotros, con palas en las manos,
habríamos de encontrarnos, inclinarnos y limpiar la vereda. ¿Qué más

nos quedaría a esta altura del día sino el deseo de reparar el daño
y comenzar de nuevo, la compasión del sol mientras desaparece?


Mark Strand. De Un viejo se va de la fiesta.





Heaven is a place on earth



Este post contiene spoilers sobre San Junípero, de Black mirror.

When the night falls down
I wait for you and you come around
And the world's alive with the sound
Of kids on the street outside

Pensar en la muerte es, como mínimo, aterrador. A medida que transcurre nuestro tiempo vital, incluso cada vez que la salud se desvanece, lo es más. Son pocas -y bastante raras- las personas capaces de ver en la muerte un alivio al sufrimiento terrenal. En la mayoría de nosotros, esa suele ser una postura tan romántica como engañosa. 

Sin embargo, si aquí y ahora ya existen aplicaciones comandadas a distancia que ingresan en cualquier teléfono celular y burlan el encriptamiento de whatssap, todo esto sin que el usuario se de por enterado, no es tan descabellado considerar que la tecnología nos tiene preparadas algunas sorpresas más para el futuro. 

O, por lo menos, eso es lo que imaginaron Owen Harris y Charlie Brooker cuando crearon la serie de Netflix Black mirror. En general, toda la serie está orientada a pensar los peligros del uso no responsable de la tecnología. El juego es así: ellos nos cuentan lo que podría pasarnos, nosotros reflexionamos e intentamos parar la máquina.

Los autores de Black mirror pensaron un futuro, para nada distante, en el que cada uno podrá elegir adónde ir después de la muerte física. Sería algo tan raro como morirse a la medida del deseo. Si lo del celular nos parece un horror propio de la ciencia ficción y está ocurriendo, imaginemos por un momento que alguien, un técnico o varios de ellos, entren en nuestras mentes para convertirlas en un soporte digital. 

El hecho no tiene que ver con decidir cómo, cuándo o dónde moriremos, situaciones inevitables hasta para la ficción de Black mirror, sino con el lugar donde iremos a pasar nuestros días cuando no tengamos cuerpo. Tampoco es cierto que las opciones abunden, seamos claros; o tal vez sí, abundarán, pero no es lo que plantea la serie. 

En esta ficción se nos propone una elección relativamente simple; simple no por la dificultad sino porque las posibilidades son solo dos: aquí se puede optar por ir a la nada o al complejo vacacional San Junípero, que da nombre al capítulo. Una especie de Miami digitalizado, venido a menos, por cierto, aunque con mucho sol, playas exóticas y hermosas casas de fin de semana. En este contexto tecnológico, la nada es, además de la opción más económica, la opción "natural" o, mejor será decir, la opción que estará normalizada para aquella época.

En esta historia los autores plantean una posibilidad que todos deberíamos estar considerando: que al desaparecer la consciencia desapareceremos por completo. Quizá lo más aterrador de esta creencia, cada vez más popular entre filósofos, escritores y actores porno, sea pensar que la vida es esto y nada más que esto; que aquí termina todo, cuando se acaba se acaba. 

Black mirror no niega el alma, pero parece sostener, al menos en esta historia, que la mente es el Alma y, o por lo menos, que el Alma está encerrada en el cerebro, lo cual reduciría todo el asunto a una cuestión eléctrica. Todos coincidimos en que las emociones, los sentimientos, el pensamiento en general, son sistemas complejos. Sin embargo, no podemos negar que cualquier software avanzado actuaría por imitación, analizando al individuo y, finalmente, usando la probabilidad, por supuesto. Nada que un buen análisis probabilístico no pueda solucionar.

Si lo pensamos desde la perspectiva de sus autores, esto es cuestión de cargar y almacenar datos en un software que sea capaz de imitar el complejo sistema químico-neuronal humano, debiendo sustentarse con algún modo de energía (probablemente la electricidad), y todo el asunto estaría, si no resuelto, al menos encaminado.


San Junípero
Así, los astrólogos de Black mirror jugaron con la posibilidad de crear esta dimensión llamada San Junípero -básicamente otro software manejado por supercomputadoras- donde la consciencia de toda persona capaz de pagar un buen precio es depositada -o insertada- aquí para recrear una vida falsa, aunque feliz, después de la muerte. San Junípero no es otra cosa que un entorno de realidad virtual habitado por desahuciados y personas muertas. 

Suena peor que el asunto de espiar el celular ¿cierto?

Sin embargo, el capítulo se trata de la historia de dos mujeres que se conocen y se enamoran durante sus viajes a esta realidad alternativa. En San Junípero los cuerpos son jóvenes, vitales, están sanos y detenidos en el tiempo. 

El cuerpo físico de Yorkie, no obstante, permanece en estado de coma desde los veinte años, es conectada a esta realidad para estimular su sistema neuronal y darle al mismo la posibilidad de tener un envejecimiento más lento. La otra mujer, Kelly, es una persona de edad muy avanzada que vive en un geriátrico, a quien para detener el avance de su Mal de Alzheimer se le permite conectarse en forma terapéutica, como máximo cinco horas, una vez a la semana. 

Aún con cuerpos virtuales, sus mentes se enamoran y después de atravesar una serie de conflictos emocionales irrelevantes para este post, después de viajar por algunas épocas, siempre dentro de San Junípero, después de volver a encontrarse cada vez, las dos deberán decidir qué hacer con lo que les pasa.

Es válido pensar en San Junípero como una aberración tecnológica. Y en todos nosotros, consciencias vegetales, comprimidos dentro de un botón de acero simulando vivir para siempre, también. Es válido preguntarnos por la ética, por supuesto. Sin embargo, en este contexto puntual, San Junípero también es la otra opción, una alternativa más en que pensar cuando hay que decidir; y cuando hay que decidir, normalmente nos gusta conocer todas las posibilidades, tener opciones. Después de todo ¿quién puede resistirse a la eternidad?



Venus introspectiva

                                                                       
                                                                                     Venus introspectiva. Omar Ortiz (detalle)

La poesía –toda escritura– es la síntesis de un hombre atravesado por situaciones y contextos, que descubre cómo decir lo que no resiste siquiera ser nombrado; que se decide a hablar, a terminar de decir, a hacer un homenaje a las emociones que lo atraviesan, a las personas que ama; y con esto, con escenas mínimas, despojado de los lujos de la lengua, produce sentido, despierta inquietudes. La memoria es un espacio desde donde resistir, un fueguito apenas, en medio de tanta oscuridad. 



Estaciones
(Carlos Battilana)

Cada época tiene la eficacia de un nombre.
Una posesión
un cierto vestigio en la luz
la memoria que sólo recorta
el significado
de unas pocas escenas.

Este argumento parece débil:
los hechos se destrozan con el tiempo
y nada los vuelve
posibles.

Sin embargo
hay
una especie de
música de la memoria
que resiste en su bruma.

El agua
se escucha correr.
Los días se agrupan en alguna parte.

Carlos Battilana de El fin del verano. 1999. Ed. Siesta

La instancia de lo impreciso

El vuelo de Venus (detalle) Omar Ortiz
Si evitáramos toda literalidad, tal vez sería correcto asegurar que Carlos Battilana escribe con el cuerpo; es decir, hace pasar su poesía a través de la experiencia física, más que muchos otros poetas de género masculino. Y es válido, el lenguaje permite esas exquisiteces. Después de todo, dentro de lo impreciso del ser, quizá valdría preguntar qué somos despojados de toda metafísica. 
Dice Battilana:

                                                               Eso
                                                               que tiembla allí,
                                                               asustado 
                                                               en medio de la catástrofe
                                                               y que de repente 
                                                               termina.

Bellesi escribe en un epílogo que este poeta lo que nos enseña es cómo parar el corazón neurótico, cómo ejercer el esfuerzo permanente de la fe; porque la poesía no es huida sino reparación y la reparación se nutre de la persistencia, más que de las obsesiones. La poesía, como el amor, es un acto de fe. 

No hay una iluminación en quien escribe, eso es falso. Doy fe. Por más que el verso baje, abriéndose paso entre la niebla del pensamiento, aparezca y se instale, difuso, hasta tomar forma, el poeta aprende a calibrar con cierta pericia, con cierta precisión, eso que roe adentro —como un gusano lo más valioso del dolor. Hay un trabajo físico y preciso con las palabras, que no deben sobrar nunca. 

En sus poemas, Battilana combina austeridad y ternura; cuando abraza a sus hijos, cuando los ama, cuando habla del bosque, de un diminuto jardín en el patio, de la naturaleza en general. Todas esas escenas salvajes son a la vez mínimas, despojadas de tono elevado. 

Siempre habrá señales que tendrán por toda norma aparecérsenos a medias, sugerirse; y aunque sea válido empezar una búsqueda de comprensión, será en vano. Siempre existirá la certeza de que hay más, de que la mirada y los sentidos fracasan. Entonces la escritura también es un fracaso, no hay iluminación que valga, no se puede decir. Nos movemos por intuición, el resto es ruido.

Aun así, Battilana enuncia lo desconocido vinculado con su aspecto real, aquello despojado de toda metafísica: los cuerpos. Apunta a lo impreciso del universo, lo que no logramos descifrar pero está. Y nos deja ahí, pensando en todo lo que no decimos, suspendidos en el misterio, entre un amor y una fe tan activos, tan presentes, que nos sirven como refugio y sostén.


Alrededores
(Carlos Battilana)

Sabe la maleza algo que yo no

Los árboles conocen un misterio natural
vedado
a todo el lenguaje

Hasta los automóviles 
de la ciudad
advierten el adn del metal. Los materiales
de la casa conocen el origen de la madera
y la raíz del sonido,
el origen de las palabras

...todas las cosas de este mundo,
de estos días
se desentienden, sin embargo, de una cofradía
de seres silenciosos
—aturdida por el tedio
sacudida por el mal—
en busca
de una hora de la tarde
en que muchos trajinan
y dos extraños
despliegan la sensibilidad más honda
y administran sus besos
y deslizan sus cuerpos
rodeados de un misterio módico
que atrae
los tesoros más lujosos
del cuarto
las rosas más pequeñas
así, apenas, susurrándose
cosas imposibles
en una hora de la tarde
en la que casi todos trabajan y trajinan
mientras dos extraños 
allí
en esa hora rara de la tarde
se dan fuerza,
como pueden
se dan amor

Carlos Battilana. De Una mañana boreal, 2018. Ed. Club Hem

Un intercambio de escondites



Acaso ser amada de una manera tan absoluta no fuera un destino tan malo
(Carlos Chernov. Eugenia convertida en obra de arte)


Y si hablamos de Belleza, John Berger escribió que el deseo sexual, cuando es recíproco, lo que origina es un complot entre dos personas que hacen frente al resto de los complots que hay en el mundo. Una conspiración de dos.
El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. Eso es exactamente lo que es. No la felicidad, solamente un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor.  
Por eso el deseo anhela proteger al cuerpo amado, protegerlo de la tragedia que encarna, protegerlo de la muerte, conservarlo, eternizarlo en el acto. Y se cree capaz, de hecho.
La conspiración -profundiza Berger- consiste en crear juntos un espacio, un lugar de exención, necesariamente temporal, de la herida incurable de la que es depositaria la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. 
El deseo es un intercambio de escondites, hablar de volver al útero es una simplificación vulgar.
Tocar una pierna con una mano de amante, que sea para excitar o para relajar no supone diferencia alguna. El tacto aspira a alcanzar, más allá del fémur, de la tibia o el peroné, el propio corazón de la pierna, y el amante completo espera acompañar ese gesto y habitar en él. 
No hay altruismo en el deseo, es claro. Al principio están implicados dos cuerpos y la exención, siempre y cuando se logre, los protege a ambos. La exención es inevitablemente breve y, sin embargo, lo promete todo. La exención suprime la brevedad y con ella las penas asociadas a la angustia de lo efímero.

Tanto verbo difícil, tanta belleza. Somos definitivamente necios. Tanto es lo que no entendimos, tanto lo que perdimos, tanto lo que duele.


En este 

tiempo
escaso con que cuento
alejado del origen
miro la lluvia
el sauce
sus ramas eléctricas
y remojo con agua
con sangre
aquello
que se ha vuelto
pulida narración
pero que aún
cuenta
con algunos huecos
de donde
extraer
el segundo, los minutos,
estas horas que aquí
están
me rodean.


Si pudiera
Carlos Battilana

acostar
el cuerpo
bajo el agua
haría
que las estrías y los borbotones
arrasaran el barro
el polvo acumulado por años
y disolvieran
el lenguaje
antiguo
las viejas palabras
hasta volverme burbuja
charquito
un poco de agua
en el agua.

Carlos Battilana. De Velocidad Crucero, 2014. Ed: Conejos.