Esbozo de algunas serpientes





En su ensayo El otro sexo José Vidal nos describe que allá por su florecimiento el teatro inglés hizo del travestismo una necesidad, porque por esos días a las mujeres no les estaba permitido trabajar en los elencos, con lo cual, el oficio se restringía únicamente a los varones, quienes debían encarnar todos los roles. Lo mismo pasaba en otros países europeos en los que a la mujer, recluida siempre en el hogar, no se le permitía participar de la vida pública y las actividades sociales. 

Fue recién cerca de 1629 que comenzó a incluirse actrices en los escenarios. Parece absurdo el hecho de que se aceptara el personaje femenino pero no a la mujer misma, pero esta restricción, presente en todos los ámbitos de la vida, obedecía a la creencia de que una maldición pesaba sobre la mujer, situación que se extiende a lo largo de la historia y llega hasta nuestros tiempos. En definitiva, otra creencia absurda que se ha normalizado, como tantas.

Sin embargo, esta superstición parece haber estado inicialmente más fundada en el temor que en la crueldad. El miedo se basó siempre en la creencia, por cierto muy extendida en el mundo, de que las mujeres somos vehículo propicio para todo tipo de demonios

Tanto la Eva del Génesis como la legendaria Lilith de las leyendas mesopotámicas muestran con claridad la concepción judeocristiana, ya que pintan a la mujer como una conspiradora y aliada del diablo, encontramos esto en muchas otras tradiciones y cultos. No es caprichoso que la mirada de la hermosa y terrorífica Medusa petrifique, que su sangre porte la ambigüedad farmacológica del veneno que cura, que la serpientes estén ubicadas justamente en su cabeza.

El horror que esta idea provoca sienta la bases para toda crueldad y para las infinitas formas de control, persecución y supresión de las libertades femeninas que hemos encontrado a lo largo del tiempo, en todas partes del mundo. 

Desde la noche de los tiempos, la feminidad estuvo asociada a los instintos, a la oscuridad, a la sexualidad ignota. En definitiva, a lo no dicho, eso capaz de introducirnos en el misterio; y si de simbología del diablo hablamos, hablaremos también de serpientes. Sería imposible que el arte fuera ajeno a todo esto ya que, como podemos intuir, sus motivos difícilmente sean caprichosos. 

Por esas cosas de la extraña lógica masculina, en 1862 el escritor francés Gustave Flaubert dejó atrás el tema de Madame Bovary que lo tenía atormentado y comenzó a trazar los lineamientos de una historia compleja de sangre y acción, una novela histórica a la que decidió llamar por el nombre de su heroína y protagonistaSalammbó, encarnación de la Astarté fenicia.


...
Cuando ella apareció palidecieron todas las antorchas. Entre los diamantes de su collar resplandecía la piel de su pecho en los sitios que lo llevaba desnudo; dejaba, al pasar, como el olor de un templo, y de su ser emanaba algo que era más suave que el vino, más terrible que la muerte.
...

Y entonces Salammbó se configuró de forma inmediata en la sociedad francesa de mediados de siglo XIX como un ejemplo paradigmático de la fuerza femenina, destructora y sanadora, la oscura convergencia de Eros y Thánatos que subyace en todas las pasiones humanas.

Los críticos dicen que los grandes poetas mantienen un tono vital a lo largo de toda su obra, también a lo largo del tiempo. Alcanza con que un demonio guíe sus pasos para que corran seducidos detrás de él sin poder alcanzarlo jamás. De eso se trata la poesía, de eso se trata la literatura.

Feminidad sagrada, o simple combinación de mujeres hermosas, lo cierto es que Flaubert y muchos otros escribieron sobre ello. Tal vez por el arte mismo, tal vez como una manera de conjurar el temor reverencial al misterio de la feminidad o simplemente por el gusto de escandalizar a todo burgués amodorrado en la comodidad de su esposa y su sillón favorito.

Consagrada hechicera, heredera de Lilith, de la mítica Eva, de la poderosa reina Cleopatra y de las pitonisas de Delfos, Salammbó también desarrollará una relación empática con una primorosa serpiente de anillos negros atigrados:

...
Salammbó la enroscó en su cintura, bajo sus brazos, entre sus rodillas; entonces, tomándola por las mandíbulas acercó la pequeña cabeza triangular al borde de sus dientes y, con ojos entrecerrados, se inclinó bajo los rayos de luna. La blanca luz parecía envolverla en una niebla de plata, la huella de sus pasos húmedos brillaba en las losas, las estrellas palpitaban en la profundidad del agua. La serpiente apretó a su alrededor sus anillos jaspeados con parches negros y dorados. Salammbó jadeaba bajo este peso, demasiado para ella, su espalda se inclinó, se sintió morir; la serpiente daba unos golpecitos amables en uno de sus muslos con la punta de la cola. Entonces, cuando terminó la música, se dejó caer.
...
Gustave Flaubert

Quizá los egipcios no estuvieron tan errados en sus apreciaciones y la asociación mujer-serpiente no sea completamente caprichosa. Después de todo, hay algo cierto en pensar que estamos aquí para romper el orden cósmico. 

Esbozo de una serpiente (fragmento)
(Paul Válery)

Sorprendí a Eva cierto día

en el alba del pensamiento.
Paul Valéry

Su boca entreabierta bebía
polen de ideas en el viento.
Se ofrecía perfecta y pura
la desnudez de su cintura
al hombre, al Sol, como un trofeo,
y su alma recién creada
vacilaba desorientada
en los umbrales del deseo.

¡Al verte por primera vez

cómo admiré tu forma nueva!
¡Qué plenitud de placidez
de toda ti fluía, Eva!
Todo hacia ti se convertía,
toda alma se enternecía
al aire suave de tus suspiros.
¡Hasta yo misma me enternecí!
¡Sentimiento indigno de mí,
la engendradora de vampiros!

Paul Válery (1871-1945) Del libro El cementerio marino


Ciclo




Aceptar lo femenino es dejarse arrastrar por lo femenino, romper con toda ferocidad interior para que  desaparezca la angustia. Dominar el temor, aceptar la oscuridad como la acepta el camino. Mirar dentro de ella. Hay un saber del cuerpo que es inasible, pero está ahí, en el misterio, esa sustancia infinita de la que también está hecho el poema. Confiar en los impulsos, siempre extraños e indomables, dejarse capturar por ellos, sin saber de antemano qué vendrá. Aceptar la eficacia parcial del pensamiento y la razón, admitir que no siempre tienen capacidad de mando. Abrir el espacio para la improvisación intrínseca del juego. Ser muchos otros en uno mismo.


Ciclo
(Catpower)

Llevo años abrazada a la idea del silencio
a la soledad de una ciudad abarrotada.
Estos días he alargado la mano para que la música sonase más alta
y entre medias, el viento zarandeaba las hojas de los árboles
su vaivén me recordaba el sonido de un cuerpo
sobre otro cuerpo
el desenlace de un orgasmo.

Pero la ausencia se deshace
la hoja toca el suelo cerrando su ciclo inevitable.
Tendría que ser así un cuerpo descompuesto,
dejarse estrechar por la tierra,
sucumbir a no ser más que un espectro.

La vida nace desde lo lejos y lucha para que la mire
buscando despertar la duda,
haciendo de sirena junto al marinero
qué tienes tras de ti que no sea veneno
una vela al final del camino
                                               -quizás-
mueves tu cuerpo que parece ir hacia atrás
y mientras te disipas sin llegar a alzar vuelo
la luz se hace mas tenue
menos luz
y el camino se rinde a la oscuridad.

Catpower

enlace al poema recitado 

Vínculo a su blog

Creación, goce y un poema

luna negra
Venus 
madre de mis sombras
engendradora de vampiros 
reina de la noche
danos la paz



Hay un sitio extraño, al margen de las palabras, pero no sin ellas, que resulta ser el Otro, tanto para la mujer como para el varón, y que podemos llamar la Mujer, con mayúscula. La Mujer deviene el Otro sexo, como un espacio, una dimensión distinta, en donde habita un goce diferente al del hombre. El goce de la Mujer es lo imposible, imposible en el sentido de lo que no termina de hacer registro, que no se inscribe en el discurso común y que sin embargo, resulta determinante para la conducta, el pensamiento y los afectos. Este lugar, el de la Mujer, indica un vacío, es por eso que es difícil representarlo.
José Vidal

El goce femenino es capaz de conducirnos a la aniquilación. Va sin rumbo establecido, por territorios misteriosos, asociado al secreto, a lo sagrado, existe en el ámbito de la intuición pura, no está localizado, no tiene amarras. Es una entidad compleja, desordenada, que habita en nosotros con su poder devastador. 

La psicología a esto aporta que existe la certeza del peligro. El goce no es una inocencia, hay la intuición de que al pasar los límites de la sujeción y el control algo terrible se libera, y son enormes las precauciones, las prohibiciones y prescripciones destinadas a ponerle freno, a limitarlo, a defenderse de su influjo y a impedir su emergencia, con la convicción de que su desencadenamiento no conduce más que a la perdición.

Aunque es cierto que el franqueamiento de los diques que contienen el goce puede atravesarse en forma voluntaria o accidental, las pasiones (al igual que la mujer) todavía guardan un borde común con aquello que es preciso dominar, doblegar, reducir, en fin, educar, por lo menos según el discurso dominante, es decir, falocéntrico.

La religión cristiana, al contrario del budismo y de otras religiones orientales, intentó fundar un mundo libre de contradicciones, integrado en un todo. Es lo que Lacan describe como la lógica del todo, fundada en el padre. Pero, afortunadamente, más allá del padre, resta este territorio todavía inexplorado.

Ahí está, fuera de toda transparencia. Aunque no sea transitado de la misma forma por todos los individuos de la especie.

Así, aunque en este tema las mujeres guardamos silencio, son inabarcables los mundos, las experiencias y formas de vida que se abren paso, y que construimos a partir de este principio aniquilador, con el único propósito de intentar contener el descarrilamiento. En definitiva, con el propósito de evitar que nos engulla.

No perdamos de vista que el goce solo es posible porque tenemos cuerpo, de hecho ocurre en esa dimensión. También la fantasía, el deseo, el ideal, intervienen, pero el soporte, la sede y el lugar del goce, es el cuerpo. Y la relación con el cuerpo es casi siempre complicada.

Según la psicología, la anorexia, la obesidad mórbida, la locura en todas sus formas, la prostitución, el alcoholismo, el asesinato, la drogadicción y toda forma de destrucción física, son algunos de los nombres que toma este territorio prohibido que va más allá de las fronteras. Lacan, por ejemplo, daba cuenta de esta situación afirmando que el goce femenino no regulado indefectiblemente devolverá estrago y devastación.

Sin embargo, hay otro camino posible. Porque si bien temida, la existencia intuida de ese más allá, que se hace palpable en la contingencia y en lo incalculable, genera a su vez infinitas posibilidades de las que el arte se ha servido y de las que aún podemos esperar formas inéditas.

Todo buen análisis aspira a poner en evidencia el goce femenino. Con su método de llevar al sujeto más allá de los significantes del padre, es ejemplo de ese avance hacia los confines de la ley, es la búsqueda de una manera de hacer con el goce formas que no desemboquen en la aniquilación sino que, por el contrario, abran todas las dimensiones posibles y las dejen al servicio del propio sujeto. 

Miller dice que algunas mujeres dan testimonio constante de ser no-todas, que en muchos lugares encontramos indicios de que existen esas fuerzas, pero que no siempre son negativas, sino que resultan facilitadoras de una libertad y de una creación también ilimitadas.

Hay un sitio extraño, puede intuirse en el palpitar en la garganta ante la proximidad de otro cuerpo, en el temblor de la piel durante el nado nocturno, en la humedad de la mirada al contemplar el ocaso, un sitio imposible de describir.

y a veces se convierte en poesía.

un poema de La ronda del hambre
(Emilia Pequeño Roessler)

sinuosos los caminos
por los que es arrastrado en el deseo
de sus labios
solo oscuridad
una sonrisa más siniestra que la piedad de Dios
entre todas las palabras que no dijo
estaba la palabra amor
contenida entre los dientes
solo para mí
la soberana del amurallado de su voluntad
la que habita su hambre
como una leona amarrada

él es un hombre que se viste de silencio
aspira sobre mi ombligo
la decadencia de su matonaje
la sombra de todos mis contornos en interminables rayas
blancas fulgurantes
y se va

dejándome sedienta de sus manos
las caderas como manillas claveteadas
este miedo es solo parte del delirio de su amor
en un beso doloroso
saluda cada esquina de mi pellejo curtido
jalándose
mi vida con su boca

dime padre me decía
pero mi lengua no sabía qué era eso
desconocía todas las palabras
que se me iban descubriendo en ese instante
como torrentes bajando por sus garras sucias
perdóname
yo gritaba
perdóname
yo gemía
entre arañazos salvajes
había un mar de besos muertos
boca abajo
dime padre
me decías


Emilia P. Roessler (Santiago de Chile, 1997). Del poemario: La ronda del hambre.

Mares


Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo. Por eso yo hablé en un poema del antiguo alimento de los héroes: la humillación, la desdicha, la discordia. Esas cosas nos fueron dadas para que las transmutemos, para que hagamos de la miserable circunstancia de nuestra vida, cosas eternas o que aspiren a serlo.

Jorge Luis Borges. Sobre la ceguera.

Quizá la vida no se trate de cambiar de rumbo, quizá se trate más bien de caminar de otra manera, después de todo es la lucidez lo que no nos deja permanecer demasiado tiempo en la inocencia. Seguramente no tener a dónde ir resignificará el viaje, solo así será posible consentir este mareo, este viraje constante en la perspectiva de las cosas. 

Mares
Gabriela Yocco

No soy Odiseo. No regreso a Ítaca. Miro la espesura del mar sin esperanzas, sin prisa.

En la fábula que yo he creado, alguien me espera en alguna orilla ciertamente lejana. Un fantasma de hielo y ceniza que cambia a mi antojo. Alrededor de mí recogen sogas, esparcen sebo, cruje la madera.

Pero sé que no regreso a isla alguna, que carezco de patria. Que jamás partí de ninguna costa y que nadie hablará de mis hazañas.

Me inclina a veces la decisión del viento. Giro, varea mi vela, acuden sirenas temblorosas sin canto. Conocer los viejos ensalmos es a veces útil cuando arrecian de tal modo las olas.

No soy Odiseo, mas he estado en el Hades y he regresado. Guardo de recuerdo estas marcas de fuego que me acompañarán hasta que el fuego también me devore. Y un sabor a azufre que nunca cede.

Hoy la mirada se licua. Hoy me pesa no regresar ni tener dónde. Pero cada ser lleva el destino escrito en esa implacable telaraña en la palma de las manos.

Entonces perfecciono este simulacro, ajusto la túnica que me aplana los pechos y les grito a los marinos.

Hoy la farsa debe ser casi perfecta.

Se me juegan en ella todos los naufragios y el azote sin piedad de Poseidón.

Mares. Gabriela Yocco

La pedagogía de la masculinidad



Sobre observarse a sí mismo

El hombre posee defensas muy buenas contra sí mismo, contra los espionajes y asedios por parte de sí, y normalmente no capta de sí mismo más que las obras externas. La verdadera fortaleza le resulta inaccesible, incluso invisible, a menos que los amigos y enemigos no actúen como unos traidores y consigan que entre en ella por un pasadizo secreto.


Frederick Nietzsche
Humano demasiado humano (491)
en el blog de Elevi Maublanch
(http://elevimaublanch.blogspot.com/)


Y el que esté libre de cobardías, ya saben, que arroje la primera piedra. 
La antropóloga argentina Rita Segato escribió un libro que se llama La guerra contra las mujeres, donde nos propone poner la violencia contra las mujeres como eje central para entender el presente. Allí desmenuzó el concepto de pedagogía de la masculinidad:

...mientras no causemos una grieta definitiva en el cristal duro que ha estabilizado desde el principio de los tiempos la prehistoria patriarcal de la humanidad, ningún cambio relevante en la estructura de la sociedad será posible. Siempre, la "pedagogía masculina" y su "mandato" se transforman en una pedagogía de la crueldad. Porque el pacto y el mandato de masculinidad, si no legitima, definitivamente ampara y encubre todas las formas de dominación y abuso contra las mujeres...

Es que para lograr cualquier cambio primero será necesario aceptar que toda relación de un hombre con una mujer será una conquista y, como toda conquista, será violadora y expropiante: la relación hombre-mujer no es una relación igualitaria, por lo menos al principio; así, en cada relación, más allá de la índole, por supuesto, las mujeres tendremos que hacernos del espacio propio y el respeto, merecerlos, luchar por ellos como si no fueran derechos, porque el machismo se ha impuesto en el sentido común. 

Es algo difícil de aceptar, es cierto, ya que tenemos la costumbre de ser blandos al juzgarnos, queremos creernos progres, pensarnos buenos y tolerantes, pero eso también es una máscara, y en esta regla general de la humanidad, los hombres no son la excepción. 

La antropología y la psicología social aseguran que el machismo sigue grabado en el sentido común. Desde las maniobras sutiles y las estrategias imperceptibles de ejercicio del poder en lo cotidiano, hábiles manipulaciones con las que intentan imponer sus razones, deseos o intereses, de uso reiterado aun en varones considerados“normales”, es decir, aquellos que desde el discurso social no podrían ser llamados violentos, abusadores o especialmente controladores o machistas, hasta los femicidios masivos perpetrados ya no como daño colateral de la guerra sino como eje principal de la misma.

Como en los tiempos que corren el machismo tiene ya muy mala prensa, los más negadores esgrimen argumentos (temibles) a su favor; cosas tales como "si fuera machista no lavaría los platos, no cocinaría o no lavaría la ropa" están en boca de la mayoría de los hombres, discurso de una autocomplacencia pocas veces vista. 

Todos entendemos que es un tiempo de persecución y condena bastante incómodo; quizá por eso los más sagaces deciden intentar ser parte; escuchan, logran reproducir los argumentos feministas con bastante precisión, aunque después los borren con las acciones. Eliminar los espacios de intimidad con la mujer, no tener tiempo para hablar y eludir temas personales de relevancia son acciones normalizadoras, formas de intento de control de las reglas de una relación a través de la distancia, para lograr que la mujer se acomode a sus deseos.

Estas actitudes son las que generan en la psicología analítica y en activistas feministas de la talla de Rita Segato, sino una absoluta certeza de falsedad, por lo menos una seria sospecha. Así, el feminismo masculino (valga el oxímoron) sigue siendo una utopía y suele presentarse como una más de las máscaras del machismo, la peor de ellas.

Cuando le preguntaron a Rita Segato qué debería hacerse para detener esta guerra entre los géneros, ella respondió que la única solución sería desmontar el mandato de la masculinidad, con la colaboración de los hombres, porque es la pedagogía de la masculinidad lo que hace posible esta guerra y sin una paz de género no podrá haber paz de ninguna índole. 

Y no habrá paz mientras todo lo que digan sea borrado con actitudes normalizadoras sobre el cuerpo femenino; acciones que difícilmente se hablan, porque forman parte del código interno de cada relación, un lenguaje intersticial y cobarde, que se impone con una indiferencia demoledora, porque la cobardía nunca habla claro y directo

Siempre me pregunto por qué no logramos hablar con los hombres de la misma manera que hablamos con nuestras amigas, por qué no intentamos juntos ese nuevo lenguaje necesario, un lenguaje que debería estar basado en la cortesía resultante del reconocimiento del otro como legítimo otro. 

¿Por qué cuando decimos algo que les disgusta optan por retraerse, mirarnos de reojo, atacarnos o simplemente se alejan? 

Porque, como advirtiera Virginia Woolf en su ensayo, hay una cólera, un rencor subterráneo: en la vida real no nos consideran un otro legítimo, un otro que opina y siente, capaz de discutir de igual a igual.

Todos entendemos que la modernidad es una gran máquina de producir anomalías en la comunicación, pero ¿porqué esa supremacía? ¿por qué hace generaciones y generaciones que se repiten en ellos los mismos mecanismos de regulación y control? 

Segato asegura que es porque desde el colonialismo, hay en toda nuestra estructura relacional, una pedagogía de la crueldad que fue imponiéndose a sí misma a la vez que fue imponiendo otra estructura: la psicopática, dueña de una pulsión que no es vincular sino instrumental, que llama cosa a la naturaleza, al cuerpo y a las personas. Así, en este tipo de comunicación los mensajes, aunque sean mudos, se vuelven inteligibles solamente para quien se adentró previamente en el código: elegirnos una falda, destruir los espacios de intimidad, ignorar un mensaje u optar por el silencio como método de control.

La sociología nos dice que la historia de las mujeres, sin embargo, no es así; ha puesto su acento en el arraigo y en las relaciones de cercanía. Según Luciano Lutereau, los varones siempre son endogámicos, la exogamia sólo es femenina.  Por eso Segato nos invita en su libro a recuperar ese estilo femenino de hacer política en el espacio vincular, de contacto corporal estrecho, menos protocolar, arrinconado y abandonado cuando se impone el imperio de la esfera pública:

Lo de las mujeres se trata definitivamente de otra manera de hacer política, una política de los vínculos, una "gestión vincular", de cercanías, y no de distancias protocolares y de abstracción burocrática.

porque toda cercanía física implica un movimiento, y es un llamado a regresar al cuerpo; en cambio, la neurosis masculina por el control es todo lo contrario. La pedagogía masculina es, en definitiva, un coto al cuerpo, al movimiento, a la acción de las mujeres. 

¿y por qué en una relación, sea o no de amor, soportamos las normas o el ajuste que nos hacen? 

Porque no es cierto que estas relaciones se construyan de a dos, los hombres han moldeado desde el principio, a gusto y según lo dicta su propio deseo, las normas vigentes. Ellos son los normalizadores, nos quieren decir qué sentir y cómo sentir.

¿por qué soportamos, entonces, sin hablar, ese morbo, esa violencia que contiene la puesta "en orden" de lo que sentimos? 

No hablamos por miedo. Miedo al silencio, miedo porque no nos estaba permitido hablar, y porque la falta se castigaba con más silencio, aún más silencio. Así que aceptamos los límites, sin más.

Y aún así, tarde o temprano, aunque hiciéramos todo bien, nuestras relaciones llegaron al abuso. 

Mientras el feminismo poco a poco logra colocar su bandera en cada parte de la esfera pública social, en la captura privada de nuestras relaciones sigue cometiéndose el mismo atropello, la misma desvalorización sistemática y muda contra nosotras. 

Por eso es necesario reconocer la herida por la cual cada una de nosotras decidió acercarse al feminismo.

La psicología dice que los hombres niegan, pero que de tantas balas, alguna que otra logra entrar y es entonces cuando, aunque nieguen, reflexionan y cambian. Ahora, lo que nosotras tenemos que cambiar con urgencia es esa vocación ancestral, siempre quemante en las entrañas, de estar al servicio de los tiempos, las normas y el amor de los hombres.


La mujer invisible



—Madre, soy transparente.

—No. Hay quienes toman de los otros lo que necesitan, cuando lo necesitan y se van. Es muy poco lo que hace que podamos vernos los unos a los otros.



El lado feliz de la isla




Hace casi cien años, Virginia Woolf escribió un ensayo al que decidió llamar Un cuarto propio. El corpus del texto es extenso y tiene miles de matices perfectamente diferenciados, cabría una crítica mucho más profunda de la que hay disponible para, todavía hoy, terminar de analizar todas sus aristas.

En presencia de Woolf, se rasga el velo de la realidad, un velo atemporal, discreto; y ella está ahí con su pluma para ver y decir sobre este mundo, como si fuera apenas ayer. Su escritura tiene noventa años de actualidad.

En ese texto, Woolf se preguntó (entre muchas otras cosas) por qué a los hombres los desestabiliza tanto la crítica femenina.  Con la misma pericia sacó conclusiones. Concluye, por ejemplo, que los hombres son dueños del poder, es cierto, y todavía hoy lo son en muchos aspectos, pero que sin embargo, llevan en su seno un águila, un buitre que eternamente les muerde el hígado y  les picotea los pulmones. En el ensayo nos pregunta con una sutileza inalcanzable:

¿Por qué, frente a la crítica, los hombres se retiran a odiarnos en silencio?

¿Por qué las mujeres no pueden decir "este libro es malo, este cuadro es flojo" o lo que sea, sin causar mucho más dolor y provocar mucha más cólera de lo que causaría otro hombre si hiciera la misma crítica?

Porque si las mujeres nos pusiéramos a decir verdades, la imagen del espejo se les encogería; la robustez del hombre ante la vida disminuiría. ¿Cómo van a emitir juicios, civilizar indígenas, hacer leyes, escribir libros, vestirse de etiqueta y hacer discursos en los banquetes si a la hora del desayuno y de la cena no pueden verse a sí mismos por lo menos de tamaño doble de lo que son?

...
Es que la imagen del espejo tiene una importancia suprema, porque carga de vitalidad, estimula el sistema nervioso. Suprimirla puede hacer que el Hombre muera, como lo haría un adicto a las drogas privado de cocaína. La mitad de las personas que pasan por la acera, pienso mirando por la ventana, se va a trabajar bajo el hechizo de esta ilusión. Se ponen el sombrero y el abrigo por la mañana bajo sus agradables rayos. Empiezan el día llenos de confianza, fortalecidos, creyendo que su presencia es deseada; se dicen a sí mismos al entrar en una habitación: «Soy superior a la mitad de la gente que está aquí.» «Soy mejor» Y así se explica sin duda que hablen con tanta confianza, con tanta seguridad en todas partes, seguridad que ha tenido consecuencias tan profundas en la vida pública y ha dado origen a tantas curiosas notas en el margen de la mente privada.
...


Virginia Woolf

Yo diría que en principio se vinieran para el lado feliz de la isla.



Sepa por qué usted es un machista*


1. Porque le falta el principal de los sentidos: el del humor.
2. Porque se siente Dios, aunque no sea ni Ministro.
3. Porque cree todo lo que le dicen los medios (o miedos) de difusión de la Argentina actual, y ya tiene el cerebro más lavado que mate cebado por un polaco.
4. Porque su mamá es una santa, por lo tanto las demás mujeres son unas brujas.
5. Porque su mamá es una bruja, por lo tanto las demás mujeres también.
6. Porque no tiene mamá y no consigue quien lo mime.
7. Porque en realidad le gustan más los hombres, aunque no ejerza.
8. Porque quiere hacer mérito ante los centros de poder, exclusivamente masculinos: empresariado, Fuerzas Armadas, animadores de TV, deporte, sindicatos, clero, pompas fúnebres, etcétera.
9. Porque todo ese asunto de la gestación y el parto le da miedo y asquete, como la educación sexual al Ministro de Educación.
10. Porque usted tiene los mismos atributos de Woody Allen pero no le dan el mismo resultado.
11. Porque no soporta la idea de un rechazo sexual hacia usted o hacia otro, y cree que la bella siempre debe estar a disposición de la bestia.
12. Porque usted no vive en el presente (y para eso lo ayudan mucho) sino en la prehistoria mental, y se da manija con tangos del 40.
13. Porque usted es burro y en lugar de corregirlo con tiempo y esfuerzo lo disimula con agresividad.
14. Porque usted es culto pero culturiza fuera de la maceta, y leyó a Julián Marías y no a Simone de Beauvoir.
15. Porque en el fondo es antisemita, antinegro, antiobrero, antijoven, pero como eso ya no corre se desquita con la misoginia, que aquí y ahora viene con premio (pero no se descuide: por poco tiempo más).
16. Porque usted ama el orden por sobre todo, y cada cosa en su lugar las mujeres en la cocina (o en cueros en tapas de revistas), y Pinochet, Castro y García Meza en el poder.
17. Porque cree que la inepcia es cuestión de sexo, que es como creer en la cigueña o en elecciones inminentes.
18. Porque teme que las mujeres hagamos rancho aparte, y no piensa que son los hombres quienes lo inventaron y perpetúan. (Ver punto 8.)
19. Porque supone que la mujer quiere imitar al varón, y no sabe que antes muerta que imitar a semejante fabricante de desastres, desde la guerra atómica hasta el IVA.
20. Porque le gusta que al mundo lo manejen los colectiveros.
21. Porque tiene mucha paciencia para dejarse pisar la cabeza por cualquier matón y muy poca para comprender errores de mujeres, que al fin y al cabo son, históricamente, debutantes en la mayoría de las profesiones.
22. Porque teme que las mujeres "pierdan la femineidad", cosa imposible de perder, salvo que usted llame así a cosméticos y pilchas.
23. Porque usted teme que le roben algo y no sabe bien qué, a pesar de que a diario lo saqueen y basureen, y no precisamente las mujeres.
24. Porque es sincero, y vale más machista recuperable que "feminista" patrocinante como un papito que a las pretensiones femeninas dice: sí, pero...


Ahora ya sabe. Con estos 24 puntos usted ahorra años y fortunas en psicoanálisis. Usted puede ser hombre o mujer, el machismo tampoco es cuestión de genes: poca gente más machista que algunas mujeres, sólo que ellas lo son por instinto de conservación, por despiste, por imitar a los hombres, por comodidad o porque así las dejan hablar por TV. 
Usted también lo es por todas estas razones pero además porque se cree superiorcito: hace unos 10.000 años que le pasan el aviso y claro, usted sigue comprando un producto inexistente. Ahora puede seguir siendo machista, pero con apoyo logístico. No se trata tampoco de ejercer la represión desde estas páginas. Es posible que la perseverancia le acarree aplausos y sensación de deber cumplido, amén de las palmadas de la patota. Pero ojo que no hay premio mayor que saberse persona inteligente y civilizada. Si no opta por eso, estará contribuyendo a la contaminación mental, que es la que nos mata. Y no la humedad.
Estará inflando la maquinaria del prejuicio y la prepotencia y al fin se va a quedar solo como un ciempiés, de luto, convertido en un Drácula de utilería y en el hazmerreír de las criaturas primaverales.

María Elena Walsh (1930 - 2011)

(*) Publicado por Revista Hum@r. 1980

El sueño de Venus

Omar Ortíz (Oleo sobre tela)

La palabra psicotrópico proviene de las voces griegas ψυχή (mente) y τρέπω (tornar, volver, cambiar). De acuerdo con esta etimología, podemos concluir que una sustancia psicotrópica debe ser aquella que tenga la capacidad de actuar sobre el sistema nervioso central y provocar cambios en la percepción, el ánimo, la conciencia y el comportamiento.

No es novedoso decir que en la Antigüedad todo aquello que la naturaleza ofrecía era utilizado para alimentación y subsistencia, así como para curación de males físicos y como ofrendas en algunos rituales, esto es, para obtener la gracia de los dioses. De hecho, no existe una base más rica para nuestra farmacología actual que la del Gran Reino, quiero decir, el reino vegetal. 

Los principios activos contenidos en las especies vegetales actúan en el organismo como agentes de restitución de la salud, pero además de esos beneficios también pueden tener lo que denominamos en la jerga "efectos centrales". Estos efectos eran bien conocidos en la Antigüedad bajo el nombre de efectos enteogénicos, cuyo significado tiene que ver con la sensación de "tener a Dios dentro”, es decir, efectos relacionados con las alucinaciones, incluso facilitadores de la experiencia mística.

Así, por su alto contenido en alcaloides, la Amapola se destaca desde tiempos inmemoriales. Esto se conoce desde hace tanto tiempo, que los efectos de la Amapola silvestre (Papaver rhoeas) son citados en las tablillas sumerias y en algunos de los textos asirios. Originalmente proviene de Asia, Europa y África aunque después del descubrimiento rápidamente saltó a América. 

Por lo tanto, la amapola gozó siempre de cierta popularidad debido a sus efectos y a su facilidad de crecimiento. De otra especie derivada, la Adormidera, amapola real o Papaver somniferum, se extrae el opio, que contiene más de veinte alcaloides diferentes, aunque con estructura químico-molecular muy similar (de hecho, de allí deriva su potencial de acción) entre los cuales se encuentran la papaverina, la codeína, la morfina y sus derivados menores. 

Se sabe que en esta especie los alcaloides están en mayor proporción en los pétalos y en menor medida en el tallo. De hecho, el láudano, la gran panacea del alquimista suizo Paracelso, no es otra cosa que un extracto alcohólico de opio, es decir, una preparación farmacéutica del mismo, que contenía también azafrán, vino blanco y otras sustancias. Su uso medicinal produjo gran cantidad de adictos y de muertes, tanto accidentales como intencionales.

En 1860, el poeta francés Charles Baudelaire escribe Los paraísos artificiales, un ensayo en el que narra su experiencia con las drogas, una por una, incluidos el hachís y el opio y, según su propia voz, esas dos son las drogas más eficientes para crear el ideal artificial. Es probable que el deseo de escribir el libro surgiera en una de sus visitas al último piso del hotel donde vivía. Allí, Baudelaire tenía por costumbre asistir a las reuniones del Club des Haschischins, un salón por el que pasaban todos los escritores que desearan abrir las puertas de la percepción.

Con el hachís y el láudano, escritores de la talla de Teophile Gautier, Victor Hugo y Honoré de Balzac buscaban mejorar la creatividad, previa generación de un estado más elevado de consciencia. En esas reuniones se consumía hachís por vía oral y en forma de dawamesk, una especie de mermelada hecha a base de hachís, almizcle, canela, pistacho y azúcar.

Pero mucho más atrás en la historia, los poetas latinos Virgilio (70a.c-19 a.c) y Ovidio (43 a.c.-17d.c.) dan cuenta en sus textos del peligro que la amapola suponía para la agricultura. Virgilio la relaciona en varias ocasiones con las aguas del mítico Río Leteo, popularmente conocido como el Río del Infierno, que tiene un efecto muy singular: hace olvidar, a quienes beben estas aguas, su vida anterior. 

Ovidio, en cambio, quizá más mundano, menciona la amapola en un contexto mucho más interesante: para garantizar a las mujeres el éxito en las primeras citas, ya que en justa disolución es capaz de provocar una sensación mixta de euforia, tranquilidad y bienestar. Así, el poeta romano pone de manifiesto el poder de la Adormidera para drogar tanto a hombres como a dioses; sabe que las flores, disueltas en un medio líquido, tienen propiedades soporíferas. Los romanos aseguraban que Venus, la diosa del amor, la belleza y la fertilidad, probada hechicera, gustaba usar este tipo de brebajes.


En 1895, el escultor y pintor inglés Lord Frederic Leighton compuso Flaming June, también conocido como El sol ardiente de Junio, una obra pictórica en la que puede verse retratada a una mujer, en apariencia dormida, vestida con una túnica clásica de un atrevido color naranja. Ella descansa hecha un ovillo sobre un banco de mármol. Es pleno verano junto al mar y el sol de junio está al poniente. El cuadro alude al sueño de Venus, un argumento general, el único hecho cierto, tan general que es conocido en el arte como Las figuras durmientes de Venus, llamadas así en forma colectiva. Podría parecer que esta Venus transmite una placidez demoledora, sin embargo, para los espectadores de la época, la carga erótica de la imagen fue considerada demasiado elevada. 

Más allá de cualquier especulación, nunca sabremos con quien soñaba Venus. 

Plinio el Viejo, uno de los padres de nuestra bienamada botánica, expone en su Historia Natural (Naturalis historia) todo aquello que le resultó de interés y utilidad para la vida del hombre. En el libro transmite una valiosa información y algunas curiosidades del mundo biológico, pero también valiosas conclusiones a las que llega mediante la observación, ya con cierto cientificismo. 

Tal vez lo sorprendente es que su estudio sobre cada especie vegetal sea tan detallado y exhaustivo. Sin dudas, Plinio buscaba dejar un testimonio verdadero sobre los efectos de las plantas. Por ejemplo, sobre la adormidera expresa que tiene un profundo efecto soporífero, lo que supone una solución posible para el insomnio, aunque advierte que en dosis más elevadas podría provocar la muerte. 

Después de todo, los motivos del arte nunca son caprichosos. Así, en las noches de tormenta, desde la oscuridad más remota de los tiempos antiguos hasta la transparencia austera de nuestros días, la voz infame del viento susurra una súplica atribuida a Venus:

Puedo perdonarte todo, menos que permanezcas aún en mis sueños.





La filosofía del dandi


La filosofía se trató siempre mucho más de un buen texto o un poema, cualquiera sea su autor, que de esos mamotretos venerados por la academia. Esto es sin ánimos de ofender el espacio académico porque la medicina académica será siempre mi madre.

 Así, la literatura emplea en innumerable cantidad de escritos, aunque a veces un tanto camuflada, la mítica figura del Dandi, que no siempre supe ver yo misma, sino que me fue revelada por los teórico-prácticos del lenguaje que me rodean; el dandi está allí todavía como una gran metáfora de lo efímero, dijeron: es la mala palabra de la modernidad.

Existe un poco camuflada porque además de estar contenida en más de cincuenta novelas publicadas en Inglaterra solo entre 1825 y 1830, la encontramos diseminada en la obra de poetas enormes como el escritor francés Charles Baudelaire. Se dice que él mismo era un dandi.

Yo creo en la idea de que Baudelaire no escribió textos filosóficos académicos y sin embargo hizo filosofía de la buena.

Pero ¿quién es el Dandi ese que pulula por la literatura y que la vida copia sin piedad?

El Dandi es el seductor que se gana a la esposa del patrón, mientras el patrón trabaja para acumular, el Dandi caza y suelta. Es un aprovechado sin demasiada consciencia del tiempo. No guarda para acumular; aún así, es una figura del capitalismo; lo es como un órgano marginal, como una representación diferencial del burgués, aunque no sea un burgués clásico. Es que históricamente el arquetipo del dandi no proviene de ninguna familia aristocrática, sino que encuadra en lo que por entonces solía llamarse nuevos ricos. Se puede ya concluir que el dandi originario fue más bien una posturita, con lo cual, de no cumplir ningún requisito, él mismo se ocupaba de inventarse un buen pasar ya que, como norma, hace de sí mismo la mayor obra de arte de todas. Para el Dandi, que se pretende inconmovible, la sinceridad es una variante del fracaso.

Es cierto que también Baudelaire fue parte de la burguesía de su tiempo. Aunque anduviera por los márgenes, él no era un marginado; sin embargo, supo ser un verdadero poeta, un individuo sensible, auténtico, un hombre que salía a recorrer los barrios de París con los bolsillos llenos de juguetes pequeños para repartir entre los niños pobres. Mito o realidad, fue capaz de ver los contrastes, quiero decir, la luz y la oscuridad de cada vivencia. Frente a su obra, su malditismo realmente es anecdótico, porque Baudelaire habitaba el mundo, así lograba ver la otra cara.

Son siempre muy poco críticos (y también poco dotados) quienes ven únicamente luz en la vida.

Los críticos de arte dicen que el arte moderno es un arte de la reacción, como tal debería pelearse con todo aquello que cambia vertiginosamente alrededor. Así, Baudelaire hace una estética de la fealdad, porque entiende la fuerza contenida en el arte, porque entiende también que estar de un lado u otro de la pobreza depende absolutamente del azar. Desde siempre, las meritocracias suelen ser esgrimidas por quienes quieren conservar los privilegios que obtuvieron, y la estrategia personal más usada debe ser autoproclamarse como imprescindible, aunque más no sea dentro de un pequeño sistema. No es cuestionable que uno se crea imprescindible en sus tareas diarias, tiene derecho a sentirlo, siempre que entienda que eso no es más que una ilusión. Es como pensar que en un accidente de avión solo nosotros nos salvaríamos.

Pero volviendo a la figura del Dandi, el Dandi baudeleriano siente tedio, usa drogas; se divierte, sí.
Aunque detrás de su máscara exista el dolor, el espejo siempre le devuelve un seductor sin reflexión que al alcanzar a su presa la soltará como si fuera descartable. Sin embargo, en ese comercio el dandi ejerce la búsqueda honesta de sí mismo. El dandi originario tuvo mucho de infantil, es cierto, pero también mucho de reaccionario frente a la sociedad y la cultura.

Sin embargo, no olvidemos que se gestó como un ser totalmente atravesado por la estética, un sujeto que se cree diferente, un objeto de moda refinado y, además de intelectual, abierto y sensible, lo cual ostenta para seducir, siempre vacuamente, no tiene armas reales. Su sensibilidad, su sentido de la responsabilidad e incluso su personalidad fuerte no son más que apariencias para conquistar.

El dandi arquetípico rechazaba de pleno su condición de burgués. En su perfil fantasmal, en su lugar sin puntos de apoyo, desdeña todo aquello que no venga de sí mismo, odia lo vulgar, la opinión de las masas, la vida en comunidad, la democratización de la cultura. También desprecia las profesiones, sean o no académicas; médicos, abogados, comerciantes, de un modo u otro le causan repulsión. Así, el típico sujeto afectado por el dandismo vivirá de las mujeres.

En su época de auge el dandismo quiso separarse voluntariamente del romanticismo y se cree que, aunque los seguidores de este movimiento fueron auténticos fracasados, son responsables directos de la formación del modelo masculino actual y también auténticos precursores del concepto de la palabra celebrity. Fracasados emocionales, que viven de la imagen y la moda, cuyo único talento es ser famosos. Se me ocurren mil nombres. Una vez más la vida supera a la ficción literaria. Si lo pensamos, realmente tiene mucho sentido ¿verdad?.

La bibliografía dice que el dandismo fue un movimiento puramente masculino, también dice que no está muy claro si fue una corriente más literaria que real o viceversa. Tal vez de allí parte su uso tan extendido como figura de representación de una época.

En palabras de Baudelaire el dandismo es una especie de culto de sí mismo, que puede sobrevivir a la búsqueda de la felicidad que se descubre en los demás, por ejemplo en la mujer, y que hasta puede sobrevivir a todo lo que se suele denominar como ilusiones. 

Metáfora o no de lo efímero, después de Freud, al dandi ya podemos decirle narcisista. Sin embargo, yo creo que de existir una figura literaria en la que pudiéramos encajar a Charles Baudelaire sería más bien en el flanèur.