Eros y Thanatos: cómplices y amantes
(Aquel momento verdadero en que uno de los dos amantes, casi nunca la mujer porque se sabe, y es cierto, inmortal, celosamente repetida desde el principio y hacia el infinito. Aquel pasajero, rápidamente olvidado momento en que uno de los dos logra ver, sin propósito, con un adelgazado deseo de pedir perdón, excusarse, bajo la piel de la cara ajena, abrillantada por el amor o el vino, a través de la piel de la cara que se quiere. Cuando uno de ellos tropieza con, traspasa sin desearlo la piel tan lastimosamente indefensa, tensa o blanda de la cara del otro. Y ve durante un segundo, adivina y mide la dureza y la audacia de los huesos, el candor de los pómulos, la fragilidad o el inútil grasoso atrevimiento del mentón. Cuando uno de los amantes sospecha - una chispa y el olvido - la calavera futura y ya puesta en el mundo, en su vida, del otro amante.)
Fragmento de La niña y la muerte (Juan Carlos Onetti). Ediciones Corregidor 1997
Hestia reencarnada
Ahí está otra vez el pelafustán de enfrente,
parado al sol como una iguana vieja. Le gusta mostrarse en la puerta. Estira un
poco los brazos, mira para arriba, se abre, hace gestos; exhibe su cara de
piedra. Espera el choripán. “estilo gourmet”, le oiré decir más tarde. Lo sé
sin levantarme de la cama. Lo sé, ya está ahí. Lo sé porque cada mañana sube el olor
nauseabundo del chorizo primordial chamuscándose en el fuego. El del puesto de
chorizos viene silbando bajito y después, cantando a voz viva, se instalará
aquí abajo, justo al pie de mi ventana, para encender el carbón. Así se irá
llenando mi departamento primero de olor a humo después, a chorizo chamuscado. Entonces se cruzará la iguana macho a hacer
el pedido, jactándose del privilegio que brinda poder ser el primero en elegir.
Discutirán de tamaños, siempre elegirá el más grande. Volverá a cruzar, e
impaciente, esperará a que lo llamen con un silbido o un grito.
Devorará temprano, apenas pasada la media mañana, cuidando de no ser visto, vigilando agazapado detrás de las vidrieras que no llegue su esposa: mezcla de gata flora y perro de policía, todo en la misma mujer. Cuando el fuego empiece a crepitar y el aroma suba furioso, me levantaré de la cama. Recién amanecida, desterrada y mustia, como una piltrafa inmunda inducida por el humo y el canto de amor desafinado, cerraré las ventanas. Así será. Entonces veré la instantánea abrumadora: el choricero cantando mientras aviva el fuego con un cartón despanzurrado y sucio sobre la parrilla improvisada y el viejo corriendo a esconder su chorizo a vistas de la esposa-perro. Encenderé un cigarrillo para poder aguantar tanta miseria humana y pensaré en Zeus, mi padre. Padre de todos los hombres y los dioses y me preguntaré, una vez más, cuándo podré por fin mandarme a mudar de este Olimpo de mierda.
Devorará temprano, apenas pasada la media mañana, cuidando de no ser visto, vigilando agazapado detrás de las vidrieras que no llegue su esposa: mezcla de gata flora y perro de policía, todo en la misma mujer. Cuando el fuego empiece a crepitar y el aroma suba furioso, me levantaré de la cama. Recién amanecida, desterrada y mustia, como una piltrafa inmunda inducida por el humo y el canto de amor desafinado, cerraré las ventanas. Así será. Entonces veré la instantánea abrumadora: el choricero cantando mientras aviva el fuego con un cartón despanzurrado y sucio sobre la parrilla improvisada y el viejo corriendo a esconder su chorizo a vistas de la esposa-perro. Encenderé un cigarrillo para poder aguantar tanta miseria humana y pensaré en Zeus, mi padre. Padre de todos los hombres y los dioses y me preguntaré, una vez más, cuándo podré por fin mandarme a mudar de este Olimpo de mierda.
Karina Rodríguez
Hacia dónde vamos
Pero hay que decirlo: ese Amor existe, aunque no abunde.
Karina Rodríguez (Black Rose)
Fotografía
Tiempo atrás,
en la visión celestial de una sonrisa,
todo vuelve a girar, continúa.
Lo natural, más bien sutil
de un tiempo joven
se desliza hacia hoy.
Una mueca suave, a penas insinuada,
con las comisuras tensas
y una curva en los labios
que se niega a ser.
que se niega a ser.
Pero los ojos son otra cosa:
no hay sutilezas
en la profundidad del bosque,
en la voracidad del mar.
Karina Rodríguez
El mal tiempo
Crecemos
con el tiempo, con el mal tiempo. Los vientos huracanados nos ayudan, siempre y
cuando, no los tomemos muy en serio ni se nos ocurra cubrirnos previamente con
abrigos de piel. No, eso no. Hay que saber estar a la intemperie. Y si es
posible, desnudos, para poder sentir mejor lo que se viene. Antes de subirse a un barco verificar el mal tiempo, cómo vendrá la tormenta, cómo los vientos y si
habrá posibilidades de que se convierta en tempestad y naufraguemos. Sino no
sirve.
Luzmala
Rosafango,
Dragonprincesa,
Niña-murciélago:
Luzmala
Madre de sombras,
en el teatro del absurdo la risa comienza.
Enérgica y sonora se desliza
en cuanto se abre el telón.
Después se convierte en mueca,
siniestra aventura sin más mérito que la simulación.
Una contorsión final
y la boca ya se vuelve inaceptable.
Es ese el instante.
Y los actores de la vida comprenden:
se ríen de sí mismos.
se ríen de sí mismos.
Es ese el instante.
Y un dolor inasible se apodera de tu cuerpo.
No hay manera de escapar a tus tinieblas,
aunque se disfracen de luz.
Karina Rodríguez
No se va a llamar Resignación
cuadro by Andrei Protsouk "Cosmopolitan kiss"
Vuelvo. Repaso mentalmente
las palabras,
miro al piso,
arrastro los pies.
Es largo el camino
desde tu beso a mi casa.
Vida
Digo
qué hermosa flor
pero la flor se marchita.
Digo
que la luz tiene apariencia,
que no es del todo clara.
Digo
que no te das cuenta
que alguien empieza la herida
y que vos la seguís
Y que te ves en las fotos
y ves que sonreías.
Digo
que no decís nada
del fantasma que encontrás
en el espejo todas las mañanas
Hasta que te supura la herida
Karina Rodríguez
Karina Rodríguez
Obvio
Vengo a traer el miedo
para divorciarme del poema.
Para que el corazón
quede seco y estrujado en su rincón
y no ilumine nada.
Para que las palabras brillen
por sí mismas,
vengo a traer el poema
para divorciarme del miedo
Ahogados en Trelew
A Bagu
El exilio del cuerpo,
la sinrazón de
los celos.
Un deseo de
muerte
que espolea
los sentidos.
Y en la radio
un anuncio de
lluvias torrenciales,
sospechas de
un diluvio.
Sigue en pie la esperanza vana
de lavar con agua de lluvia los recuerdos.
Como si una
catástrofe natural
pudiera deshacerlo
todo.
Quizá porque
honramos a los muertos,
quizá porque, en la
misma medida,
tememos a los que se han ido.
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