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La ciudad de las mujeres




Desde el ocaso hacia el amanecer se abre Moldavia. Rompe la noche y renace un cielo gris; atormentado, a veces, otras desierto, y otras, arracimado de estrellas indecisas, prende y apaga. No necesita luces caprichosas este cielo, se va encendiendo de a poco, iluminado por vagabundos soles anarquistas que se deslizan con un roce incestuoso por las calles desiertas. 
Son hijas de esta tierra. Y un coro de diosas fantasmales las secunda en silencio. 
Inadecuado el caminar de estas mujeres, por obsceno. Sobre feroces caderas pretenciosas se abren abismos; senos urgentes desafían la armonía de las piernas, enfrentan al bretel desajustado, al hombro curvo, al borde de encaje, al policía. El instinto acelera sus pasos hacia el bar, y una suave brisa marina va recogiendo, con sus ráfagas, ecos de risas, pañuelos que se agitan, palabras sueltas y la lejana sirena de un barco que se acerca. Es cosa de última hora, se encienden sus ojos taciturnos, huecos vivaces y serenos, alertas indagando ardiendo embelesados. Y las bocas: extremas y concisas, cornisas rojas suspendidas de la nada, entreabiertas, voraces, esperan la llegada de besos elusivos.



Karina Rodríguez de Gente Común Ed. Peces de ciudad 2016 1°y 2da edición.

Hestia reencarnada




   Ahí está otra vez el pelafustán de enfrente, parado al sol como una iguana vieja. Le gusta mostrarse en la puerta. Estira un poco los brazos, mira para arriba, se abre, hace gestos; exhibe su cara de piedra. Espera el choripán. “estilo gourmet”, le oiré decir más tarde. Lo sé sin levantarme de la cama. Lo sé, ya está ahí. Lo sé porque cada mañana sube el olor nauseabundo del chorizo primordial chamuscándose en el fuego. El del puesto de chorizos viene silbando bajito y después, cantando a voz viva, se instalará aquí abajo, justo al pie de mi ventana, para encender el carbón. Así se irá llenando mi departamento primero de olor a humo después, a chorizo chamuscado. Entonces se cruzará la iguana macho a hacer el pedido, jactándose del privilegio que brinda poder ser el primero en elegir. Discutirán de tamaños, siempre elegirá el más grande. Volverá a cruzar, e impaciente, esperará a que lo llamen con un silbido o un grito. 
Devorará temprano, apenas pasada la media mañana, cuidando de no ser visto, vigilando agazapado detrás de las vidrieras que no llegue su esposa: mezcla de gata flora y perro de policía, todo en la misma mujer. Cuando el fuego empiece a crepitar y el aroma suba furioso, me levantaré de la cama. Recién amanecida, desterrada y mustia, como una piltrafa inmunda inducida por el humo y el canto de amor desafinado, cerraré las ventanas. Así será. Entonces veré la instantánea abrumadora: el choricero cantando mientras aviva el fuego con un cartón despanzurrado y sucio sobre la parrilla improvisada y el viejo corriendo a esconder su chorizo a vistas de la esposa-perro. Encenderé un cigarrillo para poder aguantar tanta miseria humana y pensaré en Zeus, mi padre. Padre de todos los hombres y los dioses y me preguntaré, una vez más, cuándo podré por fin mandarme a mudar de este Olimpo de mierda.


Karina Rodríguez