Desacatadas


A a mi querida Soledad Hessel

El camino de las mujeres ya tiene setenta años de pensamiento, de estantes en librerías, de bibliotecas gigantescas. En definitiva, de reflexión feminista. Rita Segato, fiel testigo de esta época, gigantesca pensadora, pero mejor conversadora, asegura que el pensamiento feminista es un pensamiento denso, sofisticado y muy difícil de interpretar. La antropología de género, la historia y la psicología se prestan, por esto mismo, a una interpretación superficial y poco conveniente, pero no debe ser así. No puede ser así. Nos dice Segato:

El control sobre el cuerpo de las mujeres es un castigo.

Y escribe en alguna parte que para detener todas las formas de violencia, desde las más sutiles hasta las criminales, para enfrentar esas máscaras horrendas que usa la agresión de género, es indispensable comprender como piensa un agresor. Porque si no entendemos como se estructura ese pensamiento será muy difícil desarmar este juego infame que nos afecta a TODOS, será imposible empezar a soñar siquiera con cambiar las cosas. 

Sin pensar no se puede actuar: verdad. Si no hay pensamiento crítico no encontraremos soluciones. 

En primer término deberíamos mencionar algo que se habla poco en los debates. Deberíamos mencionar que existe un tipo de agresión que es la explotación. Esto es, una persona pasiva que, en apariencia sin violencia, se las ingenia para explotar a otra. Generalmente, en estos casos, la explotación se hace "por amor"y ese es uno de los motivos por los que suele pasar desapercibida. 

Pero es violencia.

El agresor de género está siempre, siempre, pero siempre, castigando un desacato. Está constantemente atento a eso. Para él la figura de la mujer, pero también la de las personas homosexuales y transgénero debe ser "corregida". En definitiva, es la posición femenina que no se ajusta a la norma lo que debe ser castigado.

A estas alturas deberíamos aclarar que la posición masculina es aquella que por toda defensa entiende el ataque, desune, no se acerca, no conversa, no se entrega al diálogo, no vinculariza. La armadura es masculina, la vincularidad, femenina. Y hablo de vincularse en comunidad, familia no vale. Recordemos que el patriarcado sostiene con orgullo el secreto familiar y una vincularidad idéntica, como las mafias. 


Pero ¿qué desacata la posición femenina cuando desacata? 

Desacata la posición masculina, y en ese desacato la debilita. Entendamos que esto no nos pasa en forma consciente, la agresión es el resultado de una trama compleja de procesos inconscientes, se manifiesta en una relación, eso es real, pero es el resultado final de un proceso complejo y doloroso que sufre el agresor. 

A Segato le gusta decir que el agresor es un ser previamente emasculado, suena horrible, lo se. Es decir, el agresor siempre tiene una historia previa poco feliz; ha sufrido, aunque no lo admita. Humillaciones, frustraciones, ansiedad, y su agresión no es más que un intento de mejorar su imagen, una restitución de sí mismo; intenta recuperar una potencia perdida. 

Segato también advierte que potencia y masculinidad, en este contexto puntual que abordamos, son sinónimos. Cuanto más débil sea un individuo, más se ensañará con la posición femenina y más alto levantará la bandera del control. 

Así, todo aquello que desacate su potencia masculina deberá ser disciplinado, por eso desde el feminismo suele escucharse que el agresor de género es un ser moralizador. Un moralizador que en su intento se pasa de los límites.

Recordemos que un agresor no está jugando a nada, tiene un pensamiento complejo, lo que hace no lo hace por placer, lo que hace no lo hace feliz. En este espacio la idea no es acusar a los hombres sino poner en tablas el problema, ver. Un agresor es un ser cuya frustración lo ha llevado tristemente por el camino de la violencia. Por eso, tal vez la única esperanza que tiene es darse cuenta.

Algunas facciones del feminismo sostienen que el punitivismo no tiene sentido pleno. Eso es un debate en sí mismo. El agresor es un disciplinador que considera, que inconscientemente asume para un otro, un castigo. Así, Segato nos propone debatir sin permitir que el sufrimiento femenino sea utilizado para recrudecer las penas en las cárceles. Simplemente porque antes de castigarlo hay que tratar de evitarlo.

Tenemos que entender que un agresor se percibe a sí mismo como alguien que va a imponer un orden de respeto a la figura masculina, a la virilidad. Mediante esos castigos que ejecuta, grandes o pequeños -no importa, porque el origen es el mismo- el agresor recompondrá su imagen, su potencia, la dignidad alguna vez perdida. Generalmente ocurre que cuanto más severa ha sido esa emasculación, esas humillaciones, más severo será el castigo que ejecutará él sobre su/s víctima/s. 

Cuando un agresor disciplina, lo que busca es controlar la relación. Lo más complejo quizás sea aceptar, comprender cabalmente, que esta tensión relacional presente en cada una de las relaciones humanas tiene que ver estrictamente con la cuestión del poder. 

Quien desea el poder es porque no lo tiene, debe tomarlo de la otra parte, debe apropiárselo, y la mejor manera de obtenerlo es debilitando a la otra parte, a como de lugar. En estas relaciones, el que tiene el control es el más débil. Y quiero decir que estas relaciones son todas las relaciones. Nadie escapa de la violencia antes de darse cuenta. 

Cuando hablamos de violencia de género tenemos por costumbre pensar en violaciones, en agresión física, en asesinatos, pero la violación aquí es solo la punta de un iceberg. Un iceberg que, completo, simboliza una práctica violadora generalizada y constante, que corre sigilosa entre los individuos de una sociedad. 

Para que una agresión grave ocurra bajo la forma de un crimen tipificable ante la ley, debieron haberse dado antes infinidad de otras situaciones; a veces años de violencia no tipificable son necesarios para gestar la agresión final. 

Estas violencias son formas de la vida cotidiana. No son crímenes, no. Son el aire patriarcal que respiramos cada minuto de nuestras vidas, y la única manera de vencerlas es cambiar nuestra forma de ser con el otro, modificando el comportamiento. 

La violencia se mueve en forma difusa todos los días, se dispersa, se expande, como una niebla tóxica habita entre nosotros, y lo hace en todos los ámbitos posibles. No nos deja verla. Ese es su mayor poder. 

En palabras de Segato, nuestro país, Argentina, es un país de lealtades muy cerradas, también de una conflictividad histórica muy particular. Hay en nuestra sociedad una pedagogía constante. Y es contra el desacato. No será desde el estado que se transforme la sociedad, es el camino que escoja la sociedad lo que transformará el estado.


Así, hay en nuestras relaciones cotidianas una infinidad de violaciones que no son crímenes pero que están ahí, latiendo. La muerte por asesinato de nuestras mujeres es el final de un ciclo de violencias evitables. 

Nos acercamos a la verdad con mucha timidez, algunos preferiremos mirar de frente, con ojos bien abiertos, otros seguirán eligiendo la ceguera. Sin embargo, miremos hacia donde miremos habrá dolor y el único camino posible es entender. 

Entendernos, como la mejor forma de sanar.

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