Hilos como destinos. Meditaciones













Tantos hilos, como destinos, tan sabiamente unidos. Se teje así la vida, sola...Pasado, presente y futuro, como las cuentas de un collar. No conviene despertar a los muertos, no. Desenterrarlos vale sólo si están vivos y piden ser rescatados. Hay algo que se nos escapa, algo que nos fija a la pared, algo que encuentra su lugar a pesar de nosotros: el color sombrío (pero noble) del Amor.




Meditaciones (I)
(Rosario Castellanos)

Considera, alma mía, esta textura
áspera al tacto, a la que llaman vida.
Repara en tantos hilos tan sabiamente unidos
y en el color, sombrío pero noble, 
firme, y donde ha esparcido su resplandor el rojo.
Piensa en la tejedora; en su paciencia
para recomenzar
una tarea siempre inacabada.

Y odia después, si puedes.

Meditaciones. Rosario Castellanos (Poeta mexicana)







Publicación en Revista Extañas Noches


Revista Extrañas Noches le da un espacio a las voces nuevas de esta ciudad y del mundo. Es una revista con soporte digital mensual y trimestral en papel. Publicó mi relato Contienda Amorosa en el número de julio que ya está a la venta.  Para leerlo dale click acá abajo:



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Los escritos vuelan


El satén de las páginas que se hojean en los libros modela
                 una mujer tan hermosa
Que cuando no se lee se contempla a esa mujer con tristeza
Sin atreverse a hablarle sin atreverse a decirle que es tan hermosa
Que lo que se va a saber no tiene precio
Esta mujer pasa imperceptiblemente entre un rumor de flores
A veces se vuelve en medio de las estaciones impresas
Para preguntar la hora o mejor aún simula contemplar unas
                    joyas bien de frente
Como no hacen las criaturas reales
Y el mundo se muere una ruptura se produce en los anillos de aire
Un desgarro en el lugar del corazón
Los diarios de la mañana traen cantantes cuya voz tiene el color de la
arena en las riberas tiernas y peligrosas
Y a veces los de la tarde dan paso a muchachas que conducen
                animales encadenados
Pero lo más bello está en el intervalo de ciertas letras
Donde unas manos más blancas que el cuerno de las estrellas a mediodía
Saquean un nido de blancas golondrinas
Para que llueva siempre
Tan bajo tan bajo que las alas no puedan ya mezclarse
Unas manos por donde se sube hasta unos brazos tan leves
                  que el vapor de los prados en sus graciosas volutas por
                  encima de los estanques es su imperfecto espejo
Unos brazos que no se articulan más que con el peligro excepcional de un
                                                                                                      cuerpo hecho para el amor
Cuyo vientre llama a los suspiros desprendidos de los                       matorrales llenos de velos
Y que sólo tienen de terrestre la inmensa verdad helada de los trineos de
                                                                                  miradas sobre la extensión toda blanca
De lo que no volveré a ver más
A causa de una venda maravillosa
Que es la mía en el juego de la gallina ciega de las heridas

André Breton (1896 - 1966)

Traducción de Aldo Pellegrini

Como reina que acaba



Como reina que acaba
Néstor Perlongher

Como reina que vaga por los prados donde yacen los restos de un ejército y se unta las costuras de su armiño raído con la sangre o el belfo o con la mezcla de caballos y bardos que parió su aterida monarquía
así hiede el esperma, ya rancio, ya amarillo, que abrillantó su blondo
detonar o esparcirse como reina que abdica y prendió sus pezones como faros de un vendaval confuso, interminable, como sargazos donde se ciñen las marismas
Y fueran los naufragios de sus barcas jalones del jirón o bebederos de pájaros rapaces, pero en cuyo trinar arde junto al dolor ese presentimiento
de extinción del dolor, o de una esperanza vana, o mentirosa, o aún más
la certidumbre
de extinción de extinción como un incendio
como una hoguera cenicienta y fatua a la que atiza apenas el aliento de
un amante anterior, languidecente, o siquiera el desvío de una nube, de
un nimbo
que el terreno de estos pueriles cielos equivale a un amante, por más
que éste sea un sol, y no amanezca
y no se dé a la luz más que las sombras donde andan las arañas, las escolopendras con sus plumeros de moscas azules y amarillas

(Por un pasillo humedecido y hosco donde todo fulgor se desvanece)
Por esos tragaluces importunas la yertez de los muertos, su molicie,
yerras por las pirámides hurgando entre las grietas, como alguien que
pudiera organizar los sismos
Pero es colocar contra el simún tu abanico de plumas, como lamer el aire
caliente del desierto, sus hélices resecas     


Néstor Perlongher

La gota en la clepsidra





Aquel instante del pasado
cae y perfora el ojo de un hombre.
Minutos como agujas.
             Años como naciones.
Anida en su interior la primavera.
Arena sus manos,
ilusorias fugas de amor,
corazón verdadero.
Pero en su voz la tristeza va tejiendo
figuras de cristal
como castillos imposibles,
frías mañanas que pueblan el alma 
devota que lo agita.
Él es un viento
de horas detenidas que arrasan
el único mundo verdadero (amor desesperado),
pero redimen al hombre que fue.


Karina Rodriguez

Los trenes de los muertos


LOS TRENES DE LOS MUERTOS

Sara Gallardo

El rápido a Bahía Blanca arrastró al hijo del capataz de la cuadrilla que reparaba las vías. Era un hombre triste desde la muerte de su mujer; con esto se dio a beber.
El hijo estuvo un mes como dormido. Cuando volvió a su casa no era el mismo.
Rengo. Pero sobre todo ausente.
Se entregó a encender pequeñas fogatas.
Las alimentaba de día, de noche.
A veces levantaba los brazos dando un grito.
Una tarde, su padre llegó del almacén y se puso a llorar. ¿Qué hacía con esos fuegos, por Dios Santo? Causaban la compasión de los vecinos.
A la hora del accidente, dijo el niño, vi los trenes de los muertos.
Cruzándose como rayos sobre el mundo. Unos venían y otros iban y otros subían o bajaban sin dirección y sin destino. Vio en las ventanillas las caras de los muertos de este mundo. Lívidas caras con sonrisa, caras dobladas. Caras sujetas por telas que asfixian, manos que cuelgan, pelos de colores, electricistas, amas de hogar, sacerdotes, presidentes de compañías. Muertos en vida. Pómulos cubiertos de polvillo de hueso. Zarandeándose.
Vio conocidos. Vecinos.
En trenes que refulgían como fantasmas que se levantan de pantanos. A cabezadas, rizos contra los vidrios, sin pedir ayuda, sin desearla. En una noche permanente, los trenes sin voz ni silbato, cruzándose. Sin señales, sin orden.
Se superponían, se sucedían, se cambiaban.
Nadie los oye ni los ve, volando en todas partes sobre el mundo.
El dolor que había visto era alegre junto al dolor en esos trenes. Vio, como si los tocara, que el frío congelaba a esos viajeros, igual que a los que duermen para siempre en los Andes. Y dentro de esos témpanos los ojos llamaban sin llamado.
Ponía señales para eso. Para los trenes de los muertos.
Sara Gallardo. De "El país del humo" (1977) Provincia de Córdoba (República Argentina). Ediciones Alción 2003

La ciudad de las mujeres




Desde el ocaso hacia el amanecer se abre Moldavia. Rompe la noche y renace un cielo gris; atormentado, a veces, otras desierto, y otras, arracimado de estrellas indecisas, prende y apaga. No necesita luces caprichosas este cielo, se va encendiendo de a poco, iluminado por vagabundos soles anarquistas que se deslizan con un roce incestuoso por las calles desiertas. 
Son hijas de esta tierra. Y un coro de diosas fantasmales las secunda en silencio. 
Inadecuado el caminar de estas mujeres, por obsceno. Sobre feroces caderas pretenciosas se abren abismos; senos urgentes desafían la armonía de las piernas, enfrentan al bretel desajustado, al hombro curvo, al borde de encaje, al policía. El instinto acelera sus pasos hacia el bar, y una suave brisa marina va recogiendo, con sus ráfagas, ecos de risas, pañuelos que se agitan, palabras sueltas y la lejana sirena de un barco que se acerca. Es cosa de última hora, se encienden sus ojos taciturnos, huecos vivaces y serenos, alertas indagando ardiendo embelesados. Y las bocas: extremas y concisas, cornisas rojas suspendidas de la nada, entreabiertas, voraces, esperan la llegada de besos elusivos.



Karina Rodríguez de Gente Común Ed. Peces de ciudad 2016 1°y 2da edición.

Contienda amorosa


Dos arañas sobre el empapelado de flores de una pared cualquiera. Avanza el cuerpo gris, nítido y móvil, disonante, de una que escala por encima de la otra y por debajo va descubriendo, tímida la cola que se arrastra, una flor de quietos pétalos naranjas, un tallo escuálido verde limón, una hoja, después, verde oscura, y el amarillo patito de un sol de primavera plastificado en el papel. Macho-Hembra y una fiesta de miradas furtivas, fugitivas, de ojos saltones y redondos, de culos rellenos y macizos, de patas peludas que van y vienen. Un enredo de hilos de lana, como patas peludas, como en cámara lenta. Pero enseguida la otra, que interpone sus patas a rayas, cebra-araña de blancos y negros. Una pata esquelética que sube como un brazo guerrero, espadachín diminuto, y otra pata que sale a cortar ese vuelo. Y se cruzan y se miran y se miden y se alejan y se vuelven a acercar. Y es el gordo cuerpo gris que otra vez avanza, más cansado pero ganador, subiéndose sobre el otro cuerpo, casi inmóvil ahora, inferior, disminuido, que se resiste un poco, pero no tanto, y una y otra y otra pata más, hasta que caen y estallan los dos contra el piso de cemento del patio.

Karina Rodríguez

Almas y Karmas en la 41 FIL




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Noticias de Almas y Karmas



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