Guilty not guilty
La mujer no estaba incluida en el plan original. La mujer lo invade. Rompe el papel afiche de la creación y se mete en el esquema de Dios. Disfrazada de necesidad, aparece cuando ya creado el hombre, empiezan los caprichos. Y Tata se decide a concederle compañía.
Por los siglos de los siglos la culpa por la ruptura de ese orden supremo recae sobre Eva y sobre todas sus hijas. Injustamente. Tenía que decirse y se dijo. Con el tiempo Eva se convirtió en la madre de la culpa. Sin embargo, la mujer es libre y es quien trae la palabra, y con ella el amor, al mundo.
Eva revisited
¿Cómo pudo recaer sobre mí semejante infamia,
propagada automáticamente de boca en boca,
generación tras generación? Yo madre de la culpa,
yo responsable de la Caída, yo arrastrando
a la humanidad hacia la condenación y la muerte.
Hasta proclamaron que el primer Mesías era insuficiente,
que hacía falta otro para borrar mis rastros.
¿Pero alguien se preguntó por qué, si el hombre necesitaba compañía,
no crearon otro hombre, por qué no hicieron hablar
a una planta o un mono? No, me creó a mí,
lo que implica el designio de involucrarme
en la trama siniestra: la culpa de las culpas.
A mí, que no estaba en el proyecto original,
y por eso mismo exenta de toda coerción.
Huesos de mis huesos, sí, carne de tu carne, sí,
pero el alma absolutamente mía.
Eso me sedujo: la libertad, y al oír el suave
susurro sabio —la instigación— corrí en tu ayuda,
al fin y al cabo para eso había sido creada.
¿No fui también yo la primera en hablar?Porque no puede decirse que haya hablado
Dios en el acto de crear, ni tú al nombrar
los animales del campo y las aves del cielo,
ni tampoco el silabeo de la serpiente.
Yo hablé, yo traje al mundo la palabra
para ti, para mí, porque hablar es desear.
Sin mí hubieras sido lo mismo que un árbol
o una piedra: simplemente naturaleza. Por eso
te di a probar el fruto —toda yo fui fruto en tu boca—
y la mordedura que rasgó mis entrañas
nos hizo conocer lo que se nos quería escamotear.
Y qué alegría al descubrir nuestra desnudez,
reconocerse el uno en el otro, el rasgo de pudor
que nos separó para siempre de la bestia.
Habíamos roto el orden prescrito,
la materia se había expandido hacia adentro
hasta negarse a sí misma y liberar una fuerza
tan poderosa que dio sentido a lo creado.
Pero ven otra vez como en la noche aciaga,
vuelve a tomarme por primera vez,
hiende, cava, arranca de cuajo todo
todo nada muerte vida más ahora sí.
Horacio Castillo (1934-2010)
Dijo Eurídice
El paisaje es más hermoso de lo que habíamos imaginado:
estas murallas que caen a pico sobre nosotros,
aquel sol negro descendiendo sobre la laguna,
allá, a estribor, un arco iris que refracta la niebla.
Pero esta moneda de hierro entre los dientes,
este óbolo que debemos morder hasta el término del viaje,
cierra la boca que desea cantar.
Cantar para estas almas tristes sentadas en el banco,
mientras el cómitre marca con el látigo el compás,
mientras ordena remar sin interrupción,
cada vez más fuerte, cada vez más rápido, más lejos de la luz.
Para ser recitado en la barca de Caronte (Horacio Castillo)
Cuando la literatura se mete con los dioses, con las diosas, podría parecer que no hay espacio para nadie más. Sin embargo, quienes estudian los mitos antiguos nos aseguran que, en la mitología griega, Caronte (del griego antiguo: Χάρων Khárôn: brillo intenso) fue mejor conocido como el barquero del Aqueronte, uno de los cinco ríos del inframundo, un pantano insalubre
—digamos todo— que lamía con tristeza ese páramo desolado y mudo.
En 1915, el escritor inglés Lord Dunsany escribió esta pequeña ficción que nos permite pensar a Caronte como una pieza irreemplazable en el engranaje del mito. Esta reproducción es gentileza del blog El espejo gótico
Caronte
Caronte se inclinó hacia delante y remó. Todas las cosas eran una con su cansancio.
Para él no era una cosa de años o de siglos, sino de ilimitados flujos de tiempo, y una antigua pesadez y un dolor en los brazos que se habían convertido en parte de un esquema creado por los dioses y en un pedazo de Eternidad.
Si los dioses le hubieran mandado siquiera un viento contrario, esto habría dividido todo el tiempo en su memoria en dos fragmentos iguales.
Tan grises resultaban siempre las cosas donde él estaba que si alguna luminosidad se demoraba entre los muertos, en el rostro de alguna reina como Cleopatra, sus ojos no podrían percibirla.
Era extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales cantidades. Llegaban de a miles cuando acostumbraban a llegar de a cincuenta. No era la obligación ni el deseo de Caronte considerar el porqué de estas cosas en su alma gris. Caronte se inclinaba hacia adelante y remaba.
Entonces nadie vino por un tiempo. No era usual que los dioses no mandaran a nadie desde la Tierra por aquel espacio de tiempo. Mas los Dioses saben.
Entonces un hombre llegó solo. Y una pequeña sombra se sentó estremeciéndose en una playa solitaria y el gran bote zarpó. Solo un pasajero; los dioses saben. Y un Caronte grande y cansado remó y remó junto al pequeño, silencioso y tembloroso espíritu.
Y el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Caronte.
Entonces, desde el gris y tranquilo río, el bote se materializó en la costa de Dis y la pequeña sombra, aún estremeciéndose, puso pie en tierra, y Caronte volteó el bote para dirigirse fatigosamente al mundo. Entonces la pequeña sombra habló, había sido un hombre.
-Soy el último -dijo.
Nunca nadie antes había hecho sonreír a Caronte, nunca nadie antes lo había hecho llorar.
Lord Dunsany (1878-1957)
Así que Caronte era un porteador, el encargado de recibir las almas errantes de los difuntos y transportarlas de un lado al otro del río para entregárselas a Hades, el dios de esa tierra, por un precio. Eso era posible siempre y cuando el difunto tuviera un óbolo, es decir una moneda, dinero, para pagarse su viaje.
Por esta misma razón, en tiempos de la Antigua Grecia, los difuntos solían ser enviados a destino con dos monedas, que se ubicaban normalmente en los ojos. Entre los deudos se rumoreaba que quien no tuviera ese dinero estaría a merced de la caridad y las buenas intenciones del viejo Caronte, pero que el tiempo promedio de espera para poder cruzar sin tener dinero era de unos cien años.
Una razón concreta de los griegos para planear jugosa venganza.
Dicen que era sumamente difícil que Caronte dejara cruzar a un mortal. Sin embargo, la mitología también nos cuenta que el fortachón de Heracles lo logró, que lo hizo utilizando su destreza y su gran fuerza física, y que Caronte no se las llevó de arriba: fue encarcelado por Hades, encerrado en una urna diminuta, durante un año completo.
Las malas lenguas dicen también que existió otro mortal que logró cruzar ese río sin cumplir las condiciones de Caronte. Dicen que Orfeo, el que calmaba a las fieras, cuando perdió a Eurídice se lamentaba amargamente, que tocaba canciones tan tristes que todas las ninfas y los dioses lloraban, así que para no tener que soportarlo más le aconsejaron que descendiera a buscarla. Orfeo cruzó el río mediante la estrategia de su canto, un canto que durmió a Cancerbero y entretuvo a Caronte.
En definitiva, tuvo su oportunidad. Durante su viaje fue capaz de sortear muchos peligros; empleó su música, con ella hizo detener los tormentos del inframundo, logró ablandar el corazón de los dioses, que permitieron a Eurídice volver al mundo de los vivos, con la única condición de que él caminara delante de ella todo el camino de vuelta sin mirar atrás hasta que hubieran alcanzado el mundo y los rayos de sol otra vez bañaran sus cabellos.
El destino posterior de Orfeo sin embargo se comenta siniestro, hay quienes aseguran que volvió a los márgenes, que permaneció ahí, llorando. Otros dicen que, hartas de su lamento, insatisfechas con los resultados, las Ménades despedazaron su cuerpo, que arrojaron su cabeza al río nuevamente, y que navegó gimiendo en esas aguas, balbuceando una especie de cántico, hasta llegar a la isla de Lesbos.
Dice Eurídice
La ansiedad me dominó, y luego la inquietud, cuando supe que venías:
horror de que me vieras así, con este tocado de sombras,
el pelo sin brillo –el pelo, que el sol no se cansaba de dorar–.
Terror también de que no fueras el mismo –el que permanecía en mi memoria–
y al mismo tiempo curiosidad por ver de nuevo un ser vivo.
Hace tanto que nadie venía por aquí,
tanto que nadie se llevaba un alma o un perro,
que cuando oí tus pasos y tu voz llamándome,
cuando por fin te estreché, más que a ti estaba abrazando a la vida.
Después tu calor me condensó, me secó como una vasija,
y caminé por el sombrío corredor
otra vez con aquella máquina atronadora dentro del pecho
y un carbón encendido en medio de las piernas.
Caminé de tu brazo, imaginando ya la luz,
los árboles junto a los cuales caminábamos,
aquella habitación llena de espejos
donde flotábamos como dos ahogados.
Hasta que de pronto tu paso se hizo nervioso,
tu pensamiento se espantó como un caballo,
y vi que tratabas de desprenderte de mí,
de librarte de la trampa de la materia mortal.
“No te vayas –supliqué– no me dejes aquí,
déjame ver de nuevo las nubes y el sol,
suéltame por el mundo como una potranca tracia.”
Pero tú ya corrías hacia la salida,
y durante siete días y siete noches oí cómo llorabas,
cómo cantabas en la ribera del río infernal
nuestra vieja canción: “Lo lejano, sólo lo más lejano perdura.”
Horacio Castillo (Argentina, 1934 - 2010)
Fragmento de A. Calveyra
La siesta del domingo. Entreabierto a las miradas, el pulcro panteón donde reposan, unos frente a otros, los miembros de una familia. El sol que cae casi a plomo, penetra sin embargo en el inmóvil grupo. Aquí, a la izquierda y por poco en el suelo, el padre. Sobre esa oscura encina, la madre. En el tercer estante, el más joven de los hijos, muerto joven. A la derecha, las muchachas, muertas de muchos años. En lo que es el piso, si se levantara de su argolla la losa, se vería reposar, en el fervor de la penumbra, con los amigos que más tarde fueron sus cuñados, los restantes hijos varones repitiendo el prolijo conjunto de arriba. Pero hay una repetición más densa en la muerte: los hermanos mayores vivieron, aún solteros, apartados de la casa por un enorme patio, hermoso como un bosque. En esas habitaciones recibían amigos, tenían una guitarra. Ahora, entre ellos mismos en severo desnivel, y debajo de los padres, de las buenas hermanas, de su hermano más joven, descansan. Se diría que allá abajo, ocultos por la pesada losa como antes por el bosque, siguen conspirando hermosuras, siguen fuertes en la cacería nocturna, ajenos a la severidad paterna, a la inocencia pacífica, al candor de los blanquísimos paños bordados. Hay una repetición en la muerte. También la casa, cuando todos ellos estaban en la tierra, permanecía abierta, y con los días festivos hasta el humo de la chimenea despachaba limpieza. Ahora que la muerte recata la puerta y la entreabre sólo, todos duermen la siesta campesina.
Arnaldo Calveyra (1929-2015).
Fragmento del libro Iguana, iguana de editorial Actes Sud (1985).
Cuatro boleros maroqueros
Un poema de amor del escritor peruano Antonio Cisneros. Tal vez escrito como una forma de desmistificar el dolor de la pérdida, tal vez para hacerlo más liviano, más simple, más pragmático, si eso fuera posible, Cisneros nos enfrenta cara a cara con la realidad y nos muestra que algunas veces el humor es la cara más fiel a la desesperación.
I
Con las últimas lluvias te largaste
y entonces yo creí
que para la casa más aburrida del suburbio
no habrían primaveras
ni otoños ni inviernos ni veranos.
Pero no.
Las estaciones se cumplieron
como estaban previstas en cualquier almanaque
Y la dueña de la casa y el cartero
no me volvieron a preguntar
por ti.
II Para olvidarme de ti y no mirarte
miro el viaje de las moscas por el aire
Gran Estilo
Gran Velocidad
Gran Altura
III
Para olvidarte me agarro al primer tren y salgo al campo
Imposible
Y es que tu ausencia
tiene algo de Flora de Fauna de Pic Nic.
IV
No me aumentaron el sueldo por tu ausencia
sin embargo
el frasco de Nescafé me dura el doble
el triple las hojas de afeitar.
Antonio Cisneros (1942-2012) de Como higuera en el campo (2012)
A continuación, un video con el poema en la voz de su autor, durante el Encuentro Internacional de poetas en Chile. Desde una ventana y sin desperdicio:
I
Con las últimas lluvias te largaste
y entonces yo creí
que para la casa más aburrida del suburbio
no habrían primaveras
ni otoños ni inviernos ni veranos.
Pero no.
Las estaciones se cumplieron
como estaban previstas en cualquier almanaque
Y la dueña de la casa y el cartero
no me volvieron a preguntar
por ti.
II Para olvidarme de ti y no mirarte
miro el viaje de las moscas por el aire
Gran Estilo
Gran Velocidad
Gran Altura
III
Para olvidarte me agarro al primer tren y salgo al campo
Imposible
Y es que tu ausencia
tiene algo de Flora de Fauna de Pic Nic.
IV
No me aumentaron el sueldo por tu ausencia
sin embargo
el frasco de Nescafé me dura el doble
el triple las hojas de afeitar.
Antonio Cisneros (1942-2012) de Como higuera en el campo (2012)
A continuación, un video con el poema en la voz de su autor, durante el Encuentro Internacional de poetas en Chile. Desde una ventana y sin desperdicio:
Ojos de fuego
Cuando era niño viví un tiempo en el campo.
Recuerdo la contradictoria sensación de libertad que me producía ese lugar siniestro, porque eso
era para mí entonces: un lugar siniestro. Sin embargo, también recuerdo con
certeza algunas cosas de ese tiempo; cosas que, debido a la inquietud y el
miedo que provocaron en mi mente de niño, sospecho, no podré olvidar mientras
viva.
Por entonces, mi padre estaba encargado de las
tierras de un hacendado norteamericano en las afueras de la ciudad. Allí vivíamos.
En una casa precaria, de dos plantas, lindante al río y por ese mismo río nos
trasportábamos.
Navegábamos
su cauce al menos una vez a la semana, en busca de provisiones y velas, en una vieja canoa hecha con tablas –tan
precaria como la casa– que mi padre
amarraba con cuidado a dos palos casi podridos, que representaban para nosotros
un modesto muelle. No teníamos luz eléctrica ni tampoco agua potable.
Mi padre era un hombre sencillo y reservado. Él
hacía todos los trabajos de esos campos y yo le ayudaba, a pesar de mi corta
edad. Vivíamos solos en esa inmensidad de tierras sembradas de maíz y, apenas
la luna rotunda se colgaba en el cielo, nos metíamos en la cama dando por
terminado el día de trabajo. Los hechos más aterradores de mi vida ocurrieron
ahí, en esas tierras olvidadas por el progreso.
Dormía solo, en una habitación con buhardilla,
en la planta alta de la casa y odiaba el lugar porque era caluroso. En mi
inocencia de niño, me quedaba divagando en la más completa oscuridad hasta que
me dormía. Siempre con los postigos abiertos de par en par, para lidiar con el
calor insoportable del ambiente. Mientras tanto, la sigilosa luna obraba sus
mágicos conjuros de luz sobre mi cabeza.
Ya me había acostumbrado a que los ruidos del
tejado se sucedieran hasta bien entrada la noche, cuando algo diferente ocupó
mi atención. Una vez, durante la cena, había querido insinuar a mi padre el
asunto de los ruidos. Él no tardó en dar por zanjada la discusión, rechazando
de pleno mis miedos infantiles; me aseguró que se trababa de roedores en el
techo y me advirtió que no buscara excusas para no dormir pues, entonces, no estaba
lo suficientemente cansado.
Esa noche estaba entrando en la modorra previa
al sueño cuando un golpe seco me arrancó de mi letargo. Algo pesado, aunque no podía
saber qué, había dado de lleno contra el techo de mi habitación y había rodado
hacia abajo por una de sus alas laterales, impactando contra las canaletas del
desagüe, sin caer al suelo.
Aterrorizado me senté en la cama, sintiendo
cómo mi corazón latía a la altura de mi garganta y no tardé en empezar a respirar
con dificultad. A pesar de todo, era incapaz de moverme más allá de mi cama. De
inmediato, mis ojos se clavaron, desorbitados, en la ventana. Si no había
caído, lo que fuera que había rebotado contra el techo, se encontraba ahora
apenas a unos metros del dintel de la ventana. Y estaba, como era habitual,
abierta de par en par.
Esa idea repentina me asustó y empecé a obsesionarme
y a temblar con violencia. Lo único que se me ocurrió, y casi la única opción
que tenía, fue bajarme de la cama. Planeaba acercarme a la ventana e intentar
cerrar los postigos, pero tenía tanto miedo que estaba paralizado y desde donde
estaba parado sólo podía ver los altos manglares del frente de la casa
Mi pensamiento era irracional, lo sé. Ahora
lo entiendo. El pulso de mi sangre se hizo audible en el silencio de la noche y
entretanto, los grillos metían su canto estridente. Yo me obsesionaba con la
imagen de la ventana, no podía despegar la vista de ese sitio, ni gritar, ni
moverme. Imagino que mi cara tendría una expresión de terror espantosa y creo
que, si los ruidos no hubieran cesado tan repentinamente después de aquel
inesperado golpe, hubiera muerto de miedo ahí mismo, sentado.
Traté de componerme, de respirar con lentitud
y relajar los músculos de las piernas. Sin embargo, sabía que algo desconocido
se movía ahí arriba en la oscuridad. Podía sentirlo. Algo esperaba a que yo me
moviera para moverse. Cuando logré calmarme, me incorporé despacio y me acerqué
a la ventana. No me atreví a sacar la cabeza pero me incliné, todo lo que me
permitió el cuerpo para poder ver el techo. No vi nada más que el límpido cielo
nocturno.
Después saqué la mano, intentando agarrar la
hoja móvil del postigo, pero algo en el árbol me distrajo. Agazapada y
silenciosa, sujeta a las ramas superiores del manglar, una criatura horrible y
pequeña me observaba. Me quedé muy quieto, dejando mi mano ahí, donde estaba.
Creo que me sentí paralizado de estupor otra vez, creo que intenté moverme y no
pude, creo que grité por mi padre, pero la voz no salió de mi garganta.
Me miró profundamente a los ojos. Los suyos
centelleaban, ardiendo como dos bolas de fuego. Emitió una risa sonora, histérica, viva, que creció y creció y e hizo eco hasta romper el silencio de la noche. De un
respingo caí al suelo, sin controlar las piernas, mientras mis ojos no lograban
despegarse de sus ojos. Estaba aterrado. Hasta entonces yo no creía
en las brujas o en criaturas similares. Aun así, desde el suelo de mi cuarto no
podía dejar de observarla.
Después ella miró al cielo y se impulsó con las
piernas, desprendiéndose con prisa de las altas ramas del manglar y salió
volando. Sin más, se deslizó en el aire. Después, con asombro mudo, la vi transformarse en una bola de fuego y
esfumarse en el cielo nocturno.
La inocencia de aquellos lejanos días de mi
niñez en el campo se disolvió. Se disolvió como ella, en un instante. Nunca más
volví a dormir tranquilo desde entonces. Y todavía hoy, treinta años después,
por las noches, tomo la precaución de cerrar todas las ventanas de mi casa en
la ciudad. Y sigo soñando, con aquella criatura maldita y abominable, a la
espera del día en que su mirada de fuego me alcance otra vez.
Karina
Rodríguez (*).
*Ojos de fuego es un relato que pertenece a mi primer libro de cuentos, Almas y Karmas, que fue presentado en México, en la ciudad de Tampico, en el año 2015. Intenta deslizarse sobre la leyenda popular mexicana de las brujas de los manglares.
Nueva reseña de Gente común
“Gente común” reza en la tapa el último libro de Karina Rodríguez (Peces de Ciudad/2016). Gente común, como la que uno ve cada día en la calle, al subir al subte, al correr el colectivo, al entrar al supermercado o a la oficina. O gente común como la que nadie ve, nadie percibe, nadie registra. Gente común, como la que nos rodea en cada ámbito de nuestra vida. Gente común, igual que uno mismo.
Los cuentos de Karina no son pródigos en palabras, con una economía casi asceta, no sobra ni una letra en cada relato, y esto hace que, con esas palabras en la cantidad justa y necesaria, sus historias lleguen al lector en forma de golpe certero.
Si, un golpe, porque estos cuentos duelen. Duele el encierro, físico, psicológico o ambos, de sus personajes. Duele la angustia que cada uno de ellos exhala, y también ese dejo de esperanza que muchas veces, la mayoría de ellas, se desintegra contra la realidad.
Lastiman la soledad, el abandono, la alienación que produce la gran ciudad y su culto al individualismo exacerbado.
Parten en dos esos gritos silenciosos, desesperados, ese pedido de ayuda que nadie escucha y quien escucha hace oídos sordos ante una necesidad que es ajena, que no es propia, que no modifica la propia balanza ni la propia realidad.
Se podría decir, si una no hubiera leído en profundidad y con pasión arrebatadora estos textos, que la oscuridad y el miedo que trascienden desde las palabras de Karina Rodríguez van a expulsar al lector de las páginas de este libro. Nada, pero nada, más alejado de la realidad. Todos estos sentimientos y emociones que despierta la autora, los cuales podrían ser catalogados como negativos desde un punto de vista bastante simplista, sólo logran atrapar a quien decide internarse en estas historias, y despiertan en cada uno la dolorosa y aterradora convicción de que podría ser, sin lugar a dudas, uno más de ese grupo de gente común.
Para Revista Tren Insomne. Por Soledad Hessel (periodista)
Reseña de Gente común
Gente común le da el nombre a una declaración de principios. Se trata de un recorte de los relatos del imaginario común, colectivo, de personajes que podrían ser (pero no son) cualquiera. El elemento fantástico entra en lo barrial y arroja una nueva lucidez monstruosa sobre nuestras cosas chiquitas. Así, la familia es el lugar donde se ajustician viejos odios, la santería es la cristalización de nuestras deidades y una mujer con alas es un relato más en el anecdotario de los vecinos. Los cuentos son cortos y seductores como golosinas, los temas son muchos, todos. Una enormidad pocket para leer en cualquier lado... Reseña de Nadia Crantosqui (traductora literaria - Universidad Nacional de La Plata)
Dueña de una tristeza infinita.

Acercarse a Pizarnik es siempre un desafío. En sus palabras no parece mediar el autoengaño. Pizarnik no se engaña: es dura y directa con ella misma. En su diario personal, el editado por Ana Becciu en 2003, nos da una clave de aproximación, que aparece con timidez como la punta de un hilo apenas visto, pero que se reconoce parte de una madeja de proporciones infernales; así nos da la entrada a todo el universo contenido en su ser. Un atisbo, apenas, de la profundidad de sus pensamientos. Tan lejano al pensamiento social contaminado; ese que predica la felicidad, la satisfacción por cualquier medio, como modo de vida. Son los intelectos más planos, los más opacos -sin duda los de los autómatas sociales- los que creen poder dominar con su poder burgués y mediocre la luz más brillante de todas: el alma humana.
Pizarnik escribe en su diario:
“Me compré un espejo muy grande. Me contemplé y descubrí que el rostro que yo debería tener está detrás -aprisionado- del que tengo. Todos mis esfuerzos han de tender a salvar el auténtico rostro. Para ello es menester una vasta tarea física y espiritual”.
[…]
“Si yo despertara, haría lo que hubiera hecho de no haberme vendido al demonio del ensueño. Casarme con un comerciante judío, vivir en algún suburbio depresivo y trivial, tener un buen aparato de televisión y dos hijos. Soñaría con tener un auto y me preocuparía tan solo por el funcionamiento digestivo de mis niños. Mis diversiones serían el cine y las fiestas de casamiento.”
[…]
“A veces me pregunto si mi enorme sufrimiento no es una defensa contra el hastío. Cuando sufro no me aburro para nada, vivo intensamente y mi vida se vuelve interesante y llena de peripecias. En verdad, sólo vivo cuando sufro. Es mi manera. Pero algo en mí no quiere sufrir. Algo en mí quisiera observar y callar. Analizar y tomar nota.¨
[…]
“Y mi problema esencial es con la gente. Si me sonríen soy feliz. Si me miran con hostilidad sufro como un personaje de la tragedia griega. Pero también hay una en mí, a veces, a la que le importa absolutamente nada de los otros.”
Nadie que se mire así, directamente a los ojos, en este espejo que es la escritura, puede vivir feliz.
“Me dolía la memoria, me dolían los ojos, me dolía el espejo en el que me miré.
Habían hecho harapos mi amor y mi cordura.
Creía en su rostro y creía en la inocencia detrás de mi mirada.
Me presenté: te doy, te soy.”
Pizarnik lo dijo todo, siempre que pudo.
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