Simulacros


   Una vez llena la copa con su vino favorito, ella piensa en la fragilidad. Piensa en que haría falta tan sólo la leve presión de sus labios sobre el finísimo cristal para probar la contundencia de su boca. Sentir los pequeños fragmentos incrustarse en la lengua, en el paladar, en los intersticios oscuros y húmedos de su garganta. Sentir y sangrar. Tragar los restos filosos de su copa

     …porque la sangre es la vida: bebe de mí.

   Quemarse por dentro y que se queme la voz, después morir dulcemente.
     …que fue derramada para expiar nuestros pecados.

   Piensa las palabras con caprichoso ritmo mental, tan propio de esas frases aprendidas en la infancia. Piensa si él, tan lejos ya, lloraría en su funeral. Lo ve vistiendo su traje de seda, por fin a su lado, por fin contemplándola absorto; ve sus labios húmedos y rojos, su pelo rubio arreglado con gel. Como un agente de negocios de Harvard, piensa. Uno de esos tipos magníficos de La City Porteña que ganan unos pocos miles de pesos, pero manejan millones.

   En la escena muda de su imaginación lo ve también gritar. El horror pintado en la cara, en sus ojos grises y desorbitados, abriendo los brazos, tirando las flores, chocando contra la pared a sus espaldas, sin-poder-escapar. Mientras ella, pálida y entumecida, enfurecida, maquillada y envuelta en su mortaja, abre los ojos para gritar con labios pegados palabras que sólo ellos dos entienden. Las últimas antes de la despedida. Las piensa y sonríe mientras vuelve, con su tristeza a cuestas.

   Acerca la otra copa, la que esperaba vacía; de idénticas características a la primera, compradas por docena en un bazar lujoso de Avenida Jujuy, y baja las luces y enciende las velas aromáticas. Y repite las maniobras con el vino: acomoda la botella junto a las copas, cuidando de dejar ver bien la etiqueta. Prepara la escena. 

   Después saca una foto y la sube a todas las redes sociales, espera que él la vea hoy mismo, mañana, pasado o algún otro día. Espera que sea pronto. Después se acuesta en su sillón favorito del living, el que está junto a la ventana. Pero no bebe, se queda dormida, sola, arrullada por la televisión.