El reclamo


A Gladys, a Beto y a Fede también.
Las ciruelas nunca maduraron
Aguanté varios días y no pasó.
El deseo de mi hijo: devastado,
sin tarta de ciruelas favorita. 
Ciruelas verdes, ahora sabés. 
Después del almuerzo pregunta por ella,
hasta soñó. Y te recuerda 

en malos términos.
Lleva el fastidio pintado en la cara,
por eso ya no te saluda, sabelo.
Decir que estoy en el infierno no significa nada,
la palabra es solo aproximación estética;
esfuerzos inútiles para
asir los matices de la realidad,
sus rasgos íntimos, su tono secreto.

Por eso te devuelvo la bolsita de ciruelas,
hay una que está mordida.

Nosotros dos aún



Nosotros dos aún es un poema de amor del escritor y pintor belga Henri Michaux (1899 - 1984). Lo compuso después de la trágica muerte de su esposa a causa de un incendio. El poeta argentino Raúl Gustavo Aguirre lo tradujo, el escritor argentino Néstor Sánchez, atravesado por la misma incertidumbre de sentido, lo tomó como inspiración para su novela de 1966.


Nosotros dos aún

Aire del fuego, no supiste jugar.

Arrojaste sobre mi casa una tela negra. ¿Qué es esta opacidad en todas partes? Es la opacidad que cubrió mi cielo. ¿Qué es este silencio en todas partes? Es el silencio que hizo callar mi canto. 

Para esperar me hubiera bastado con un hilo de agua. Pero te lo llevaste todo. El sonido que vibra me fue quitado. 

No supiste jugar. Atrapaste las cuerdas. Pero no supiste jugar. Tapiaste todo en seguida. Rompiste el violín. Arrojaste llamas sobre la piel de seda para hacer un horrible pantano de sangre. 

La felicidad reía en su alma. Pero era todo mentira. No duró mucho la risa. 

Ella estaba en un tren que rodaba hacia el mar. Estaba en un huso que hilaba sobre la roca. Se abalanzaba, aunque inmóvil, hacia la serpiente de fuego que iba a consumirla. Y fue allí, de pronto, cuando sorprendió a la confiada, mientras peinaba sus cabellos, contemplando, en el espejo, su felicidad. 

Y cuando vio subir esas llamas sobre ella, oh... 

Al instante, la copa fue arrancada. Sus manos no sostuvieron nada más. Vio como la apretaba en un rincón. Se detuvo allí arriba como un enorme tema de meditación por resolver antes que nada. Dos segundos más tarde, dos segundos demasiado tarde, huía hacia la ventana, pidiendo socorro. 

Las llamas entonces la rodearon. 

Ella se encuentra ahora en una cama, su sufrimiento sube hasta el cielo, sin encontrar a Dios... su sufrimiento desciende hasta el fondo del infierno, sin hallar al demonio. 

El hospital duerme. La quemadura despierta. Su cuerpo, como un parque abandonado... 

Desalojada de sí misma, busca cómo volver a entrar. El vacío por donde deriva no responde a sus movimientos. 

Lentamente, en la granja, su trigo arde. 

Ciega, a través de la larga barrera del sufrimiento, durante un mes, remonta el río de la vida, natación atroz. 

Paciente, en lo innombrable tumefacto, vuelve a trazar sus formas elegantes, teje de nuevo la camisa de su piel fina. La curación está allí. Mañana cae la última venda. Mañana... 

Aire de la sangre, no supiste jugar. Tampoco tú supiste. Arrojaste súbitamente, estúpidamente, tu tonto coagulo obstructor a través de la nueva aurora. 

Ella ya no encontró lugar en el tiempo. Le fue preciso volverse hacia la muerte. 
Apenas si divisó la ruta. Un segundo abrió el abismo. El siguiente la precipitó en él. 

De este lado quedamos aturdidos. No tuvimos tiempo de decir adiós. No ha habido tiempo para una promesa. 

Ella desapareció de la película de esta tierra. 

Lou 
Lou 
Lou, en el retrovisor de un breve instante 
Lou ¿no me ves? 
Lou, el destino de estar juntos para siempre 
en que tenías tanta fe 
¿Y bien? 
No vas a ser como las otras que ya nunca más hacen una seña, 
sumergidas en el silencio. 

No, no debe besarte a ti la muerte para separarte de tu amor. 
En la pompa horrible 
que te distancia hasta no sé qué milésima dilusión 
buscas aún, nos buscas un lugar 
Pero tengo miedo 
No hemos tomado bastantes precauciones.

Debimos haber sido informados mejor, 
Alguien me escribe que tú, mártir, velarás ahora por mí. 
¡Oh! Lo dudo. 
Cuando toco tu fluido tan delicado, persistente en tu cuarto y tus objetos familiares que aprieto entre mis manos 
este fluido tenue al que sería preciso proteger para siempre 
Oh lo dudo, dudo y tengo miedo por ti, 
impetuosa y frágil, dispuesta a las catástrofes.

Con todo, voy a las oficinas en busca de certificados 
derrochando momentos preciosos
que más bien debería emplear para nosotros, precipitadamente, mientras tiritas
esperando con tu maravillosa confianza que yo llegue y te ayude, venga a sacarte de aquí, pensando "seguramente vendrá... 
Habrá tenido algún percance pero no tardará.
Vendrá, yo lo conozco.
No va a dejarme sola. 
No es posible. 
No va a dejar sola a su pobre Lou..." 

Yo no conocía mi vida. Mi vida pasaba a través de ti. Se había vuelto simple, ese gran asunto complicado. Se había vuelto simple a pesar del dolor. 
Tu fragilidad: yo era fuerte cuando se apoyaba en mí. 

Dime, ¿es que verdaderamente no nos encontraremos nunca más? 

Lou, hablo una lengua muerta, ahora que ya no te hablo. Tus grandes esfuerzos de liana en mí, lo ves, han logrado su fin. ¿Lo ves al menos? Es cierto, tú jamás dudaste. Se necesitaba un ciego como yo, se necesitaba tiempo, tu larga enfermedad, tu belleza, resurgiendo de la debilidad y de las fiebres, se necesitaba esta claridad en ti, esta fe, para horadar por fin la pared de la apariencia, de su autonomía. 

Tarde lo vi. Tarde lo supe. Tarde, aprendí "juntos" aquello que no parecía estar en mi destino. Pero no demasiado tarde. 
Los años pasaron para nosotros, no contra nosotros. 

Nuestras sombras respiraban juntas. Debajo de nosotros, las aguas del río de los acontecimientos corrían casi en silencio. 

Nuestras sombras respiraban juntas, y todo estaba por ellas recubierto. 

Tuve frío con tu frío. Bebí sorbos de tu pena. Nos perdíamos en el lago de nuestros intercambios. 

Rico de un amor inmerecido, rico que se ignoraba con la inconsciencia de los poseedores, he perdido ser amado. Mi fortuna se consumió en un día. 

Árida, mi vida continúa. Pero no me doy cuenta. Mi cuerpo permanece en tu cuerpo delicioso y en mi pecho hay antenas plumosas que me hacen sufrir con el viento del saqueado. Lo que ya no está se aferra, y su ausencia devoradora me invade y me consume. 

Extraño los días de tu sufrimiento atroz en la cama del hospital, cuando yo llegaba por los corredores nauseabundos, atravesados por gemidos, hasta la momia espesa de tu cuerpo vendado y esperaba emerger de pronto, como el "la" de nuestra alianza, tu voz dulce, musical, contenida, resistiendo con valor la fealdad de la desesperación, cuando, a tu vez, escuchabas mis pasos y murmurabas, libre: "Ah, estás allí". 

Yo apoyaba mi mano sobre tu rodilla, por encima del sucio cobertor, y todo desaparecía entonces: el hedor, la horrible indecencia del cuerpo tratado como un barril o como un albañal por seres extraños, atareados y recelosos, todo se deslizaba hacia atrás, dejando que nuestros dos fluidos, a través de los remedios, se encontraran de nuevo, se mezclaran en un aturdimiento del corazón, en el colmo de la amargura, en el colmo de la dulzura. 

Las enfermeras, el interno, sonreían; tus ojos llenos de fe apagaban los de los otros. 

Aquel que está solo, se vuelve de noche contra la pared para hablarte. Sabe lo que te animaba. Viene de compartir el día. Ha mirado con tus ojos. Ha escuchado con tus oídos. Siempre tiene cosas para ti. 

¿No me responderás algún día? 

Pero tal vez tu persona se ha vuelto como un aire del tiempo de la nieve, que entra por la ventana, que uno cierra, presa de escalofríos o de un malestar precursor del drama, como me ha ocurrido hace algunas semanas. El frío se echó de pronto sobre mis espaldas, yo me cubrí precipitadamente y me volví cuando eras tú quizás y la más cálida que pudieras darte, esperando ser bien recibida; tú, tan lúcida, no podías expresarte de otra manera. Quién sabe si en este mismo momento no esperas, ansiosa, que yo por fin comprenda, y vaya, lejos de la vida donde ya no estás, a reunirme contigo, pobremente, pobremente, es verdad, sin medios, pero nosotros dos aún, nosotros dos... 



Henri Michaux (1899 - 1984)
Traducción de Raúl Gustavo Aguirre (1927 - 1983)

Eva revisited



                                                                                                                       Ph @Anton Belovodchenko


Eva revisited es un poema del escritor platense Horacio Castillo. Según Castillo, en la historia, tal como nos la han contado, la mujer no estaba en el plan original de la creación sino que aparece por necesidad cuando, creado el hombre, se le concede una compañía.
Por otra parte, esa ruptura del orden original recae sobre Eva, injustamente, como madre de la culpa. Según el autor, el poema se basa en dos verdades fundamentales: la mujer es libre y es ella quien trae la palabra, y con ella el amor, al mundo.



Eva revisited

¿Cómo pudo recaer sobre mí semejante infamia,
propagada automáticamente de boca en boca,
generación tras generación? Yo madre de la culpa,
yo responsable de la Caída, yo arrastrando
a la humanidad hacia la condenación y la muerte.
Hasta proclamaron que el primer Mesías era insuficiente,
que hacía falta otro para borrar mis rastros.
¿Pero alguien se preguntó por qué, si el hombre necesitaba compañía,
no crearon otro hombre, por qué no hicieron hablar
a una planta o un mono? No, me creó a mí,
lo que implica el designio de involucrarme
en la trama siniestra: la culpa de las culpas.
A mí, que no estaba en el proyecto original,
y por eso mismo exenta de toda coerción.
Huesos de mis huesos, sí, carne de tu carne, sí,
pero el alma absolutamente mía.
Eso me sedujo: la libertad, y al oír el suave
susurro sabio —la instigación— corrí en tu ayuda,
al fin y al cabo para eso había sido creada.
¿No fui también yo la primera en hablar?
Porque no puede decirse que haya hablado
Dios en el acto de crear, ni tú al nombrar
los animales del campo y las aves del cielo,
ni tampoco el silabeo de la serpiente.
Yo hablé, yo traje al mundo la palabra
para ti, para mí, porque hablar es desear.
Sin mí hubieras sido lo mismo que un árbol
o una piedra: simplemente naturaleza. Por eso
te di a probar el fruto —toda yo fui fruto en tu boca—
y la mordedura que rasgó mis entrañas
nos hizo conocer lo que se nos quería escamotear.
Y qué alegría al descubrir nuestra desnudez,
reconocerse el uno en el otro, el rasgo de pudor
que nos separó para siempre de la bestia.
Habíamos roto el orden prescrito,
la materia se había expandido hacia adentro
hasta negarse a sí misma y liberar una fuerza
tan poderosa que dio sentido a lo creado.
Pero ven otra vez como en la noche aciaga,
vuelve a tomarme por primera vez,
hiende, cava, arranca de cuajo todo
todo nada muerte vida más ahora sí.

Horacio Castillo (1934-2010)

San Telmo


Sobre Humberto primo hay unos viejos
que las vidrieras exhiben.
De miradas opacas, atentas a la calle,
contra ventanas limpias.

Sobre Humberto primo hay unos viejos
formando filas
en sillas de ruedas.
Y una pantalla color
parpadea.

Hay hombres que caminan apurados,
balcones celebrados por vecinas chismosas,
mujeres de bocas esquivas
buscando a sus amantes.

Sobre Humberto primo hay unos viejos
y sombrillas aburridas
atadas a los perros en bares miserables.
Olor a guiso de lentejas en oferta,
bodegones descascarados,
cadetes en espera y motos apiñadas.

Sobre Humberto primo hay unos viejos 
y los cajones rebalsan de basura.
Se pudre la ciudad de adolescentes conchetas
provincianas
muñecas muertas de hambre de alquiler exorbitante
Una foto de Luca, el dibujo de un gato
en una esquina cualquiera.

Karina Rodríguez

Dice Eurídice



Eurídice es un poema del escritor platense Horacio Castillo. Poeta, ensayista y traductor argentino. Es un ejemplo de aquellos textos de los que simplemente no se puede decir nada a consecuencia del nudo en la garganta.


Dice Eurídice

La ansiedad me dominó, y luego la inquietud, cuando supe que venías: 
horror de que me vieras así, con este tocado de sombra, 
el pelo sin brillo –el pelo, que el sol no se cansaba de dorar–.
Terror también de que no fueras el mismo –el que permanecía en mi memoria– 
y al mismo tiempo curiosidad por ver de nuevo un ser vivo. 
Hace tanto que nadie venía por aquí, 
tanto que nadie se llevaba un alma o un perro, 
que cuando oí tus pasos y tu voz llamándome, 
cuando por fin te estreché, más que a ti estaba abrazando a la vida. 
Después tu calor me condensó, me secó como una vasija, 
y caminé por el sombrío corredor 
otra vez con aquella máquina atronadora dentro del pecho 
y un carbón encendido en medio de las piernas. 
Caminé de tu brazo, imaginando ya la luz, 
los árboles junto a los cuales caminábamos, 
aquella habitación llena de espejos 
donde flotábamos como dos ahogados. 
Hasta que de pronto tu paso se hizo nervioso, 
tu pensamiento se espantó como un caballo, 
y vi que tratabas de desprenderte de mí, 
de librarte de la trampa de la materia mortal. 
“No te vayas –supliqué– no me dejes aquí, 
déjame ver de nuevo las nubes y el sol, 
suéltame por el mundo como una potranca tracia.” 
Pero tú ya corrías hacia la salida, 
y durante siete días y siete noches oí cómo llorabas, 
cómo cantabas en la ribera del río infernal 
nuestra vieja canción: “Lo lejano, sólo lo más lejano perdura.”

Horacio Castillo (1934 - 2010)

Entrevista



Entrevista en Revista La Lupa

(las fotos son de Facundo Gastón Floria y de Peces de ciudad)

Fragmento de A. Calveyra



La siesta del domingo. Entreabierto a las miradas, el pulcro panteón donde reposan, unos frente a otros, los miembros de una familia. El sol que cae casi a plomo, penetra sin embargo en el inmóvil grupo. Aquí, a la izquierda y por poco en el suelo, el padre. Sobre esa oscura encina, la madre. En el tercer estante, el más joven de los hijos, muerto joven. A la derecha, las muchachas, muertas de muchos años. En lo que es el piso, si se levantara de su argolla la losa, se vería reposar, en el fervor de la penumbra, con los amigos que más tarde fueron sus cuñados, los restantes hijos varones repitiendo el prolijo conjunto de arriba. Pero hay una repetición más densa en la muerte: los hermanos mayores vivieron, aún solteros, apartados de la casa por un enorme patio, hermoso como un bosque. En esas habitaciones recibían amigos, tenían una guitarra. Ahora, entre ellos mismos en severo desnivel, y debajo de los padres, de las buenas hermanas, de su hermano más joven, descansan. Se diría que allá abajo, ocultos por la pesada losa como antes por el bosque, siguen conspirando hermosuras, siguen fuertes en la cacería nocturna, ajenos a la severidad paterna, a la inocencia pacífica, al candor de los blanquísimos paños bordados. Hay una repetición en la muerte. También la casa, cuando todos ellos estaban en la tierra, permanecía abierta, y con los días festivos hasta el humo de la chimenea despachaba limpieza. Ahora que la muerte recata la puerta y la entreabre sólo, todos duermen la siesta campesina.

Arnaldo Calveyra (1929-2015). 

Fragmento del libro Iguana, iguana de editorial Actes Sud (1985).

Cuatro boleros maroqueros



Cuatro boleros maroqueros es un poema de amor del escritor peruano Antonio Cisneros. Como una forma de desmistificar el dolor de la pérdida, Cisneros nos enfrenta cara a cara con la practicidad y nos muestra que el humor es una de las tantas caras de la desesperación.

I

Con las últimas lluvias te largaste
y entonces yo creí
que para la casa más aburrida del suburbio
no habrían primaveras
ni otoños ni inviernos ni veranos.

Pero no.

Las estaciones se cumplieron
como estaban previstas en cualquier almanaque
Y la dueña de la casa y el cartero
no me volvieron a preguntar
por ti.


II

Para olvidarme de ti y no mirarte
miro el viaje de las moscas por el aire
         Gran Estilo
                  Gran Velocidad
                           Gran Altura


III

Para olvidarte me agarro al primer tren y salgo al campo
Imposible
Y es que tu ausencia
tiene algo de Flora de Fauna de Pic Nic.


IV

No me aumentaron el sueldo por tu ausencia
sin embargo
el frasco de Nescafé me dura el doble
el triple las hojas de afeitar.


De: Como higuera en un campo de golf (2012)

Antonio Cisneros (1942 - 2012)

A continuación, un video con el poema en la voz de su autor durante el Encuentro Internacional de poetas en Chile. Desde una ventana y sin desperdicio:

Cuatro boleros maroqueros Chile 2001

Otra Hero


Vacía ya la torre donde esperaba,
a estos brazos sin sol les fue ajeno el descanso.
En la caída libre el cielo se nubló 
y el pensamiento y la niebla me pegaron en los ojos.
Y fui ciega.
El vaivén salado del mar intentó consolarme.
Fui noche, igual que la tristeza de Leandro.
Desprovista de luces, desde la torre hasta la orilla mansa. 
Fui tierra. 


Ojos de fuego


    Cuando era niño viví un tiempo en el campo. Recuerdo la contradictoria sensación de libertad que me producía ese lugar siniestro, porque eso era para mí entonces: un lugar siniestro. Sin embargo, también recuerdo con certeza algunas cosas de ese tiempo; cosas que, debido a la inquietud y el miedo que provocaron en mi mente de niño, sospecho, no podré olvidar mientras viva.
    Por entonces, mi padre estaba encargado de las tierras de un hacendado norteamericano en las afueras de la ciudad. Allí vivíamos. En una casa precaria, de dos plantas, lindante al río y por ese mismo río nos trasportábamos.
    Navegábamos su cauce al menos una vez a la semana, en busca de provisiones y velas, en una vieja canoa hecha con tablas –tan precaria como la casa–  que mi padre amarraba con cuidado a dos palos casi podridos, que representaban para nosotros un modesto muelle. No teníamos luz eléctrica ni tampoco agua potable.
    Mi padre era un hombre sencillo y reservado. Él hacía todos los trabajos de esos campos y yo le ayudaba, a pesar de mi corta edad. Vivíamos solos en esa inmensidad de tierras sembradas de maíz y, apenas la luna rotunda se colgaba en el cielo, nos metíamos en la cama dando por terminado el día de trabajo. Los hechos más aterradores de mi vida ocurrieron ahí, en esas tierras olvidadas por el progreso.
    Dormía solo, en una habitación con buhardilla, en la planta alta de la casa y odiaba el lugar porque era caluroso. En mi inocencia de niño, me quedaba divagando en la más completa oscuridad hasta que me dormía. Siempre con los postigos abiertos de par en par, para lidiar con el calor insoportable del ambiente. Mientras tanto, la sigilosa luna obraba sus mágicos conjuros de luz sobre mi cabeza.
   Ya me había acostumbrado a que los ruidos del tejado se sucedieran hasta bien entrada la noche, cuando algo diferente ocupó mi atención. Una vez, durante la cena, había querido insinuar a mi padre el asunto de los ruidos. Él no tardó en dar por zanjada la discusión, rechazando de pleno mis miedos infantiles; me aseguró que se trababa de roedores en el techo y me advirtió que no buscara excusas para no dormir pues, entonces, no estaba lo suficientemente cansado.
   Esa noche estaba entrando en la modorra previa al sueño cuando un golpe seco me arrancó de mi letargo. Algo pesado, aunque no podía saber qué, había dado de lleno contra el techo de mi habitación y había rodado hacia abajo por una de sus alas laterales, impactando contra las canaletas del desagüe, sin caer al suelo.
   Aterrorizado me senté en la cama, sintiendo cómo mi corazón latía a la altura de mi garganta y no tardé en empezar a respirar con dificultad. A pesar de todo, era incapaz de moverme más allá de mi cama. De inmediato, mis ojos se clavaron, desorbitados, en la ventana. Si no había caído, lo que fuera que había rebotado contra el techo, se encontraba ahora apenas a unos metros del dintel de la ventana. Y estaba, como era habitual, abierta de par en par.
   Esa idea repentina me asustó y empecé a obsesionarme y a temblar con violencia. Lo único que se me ocurrió, y casi la única opción que tenía, fue bajarme de la cama. Planeaba acercarme a la ventana e intentar cerrar los postigos, pero tenía tanto miedo que estaba paralizado y desde donde estaba parado sólo podía ver los altos manglares del frente de la casa
   Mi pensamiento era irracional, lo sé. Ahora lo entiendo. El pulso de mi sangre se hizo audible en el silencio de la noche y entretanto, los grillos metían su canto estridente. Yo me obsesionaba con la imagen de la ventana, no podía despegar la vista de ese sitio, ni gritar, ni moverme. Imagino que mi cara tendría una expresión de terror espantosa y creo que, si los ruidos no hubieran cesado tan repentinamente después de aquel inesperado golpe, hubiera muerto de miedo ahí mismo, sentado.
   Traté de componerme, de respirar con lentitud y relajar los músculos de las piernas. Sin embargo, sabía que algo desconocido se movía ahí arriba en la oscuridad. Podía sentirlo. Algo esperaba a que yo me moviera para moverse. Cuando logré calmarme, me incorporé despacio y me acerqué a la ventana. No me atreví a sacar la cabeza pero me incliné, todo lo que me permitió el cuerpo para poder ver el techo. No vi nada más que el límpido cielo nocturno.
   Después saqué la mano, intentando agarrar la hoja móvil del postigo, pero algo en el árbol me distrajo. Agazapada y silenciosa, sujeta a las ramas superiores del manglar, una criatura horrible y pequeña me observaba. Me quedé muy quieto, dejando mi mano ahí, donde estaba. Creo que me sentí paralizado de estupor otra vez, creo que intenté moverme y no pude, creo que grité por mi padre, pero la voz no salió de mi garganta.
   Me miró profundamente a los ojos. Los suyos centelleaban, ardiendo como dos bolas de fuego. Emitió una risa sonora, histérica, viva, que creció y creció y e hizo eco hasta romper el silencio de la noche. De un respingo caí al suelo, sin controlar las piernas, mientras mis ojos no lograban despegarse de sus ojos. Estaba aterrado. Hasta entonces yo no creía en las brujas o en criaturas similares. Aun así, desde el suelo de mi cuarto no podía dejar de observarla. 
    Después ella miró al cielo y se impulsó con las piernas, desprendiéndose con prisa de las altas ramas del manglar y salió volando. Sin más, se deslizó en el aire. Después, con asombro mudo, la vi transformarse en una bola de fuego y esfumarse en el cielo nocturno.
   La inocencia de aquellos lejanos días de mi niñez en el campo se disolvió. Se disolvió como ella, en un instante. Nunca más volví a dormir tranquilo desde entonces. Y todavía hoy, treinta años después, por las noches, tomo la precaución de cerrar todas las ventanas de mi casa en la ciudad. Y sigo soñando, con aquella criatura maldita y abominable, a la espera del día en que su mirada de fuego me alcance otra vez.

Karina Rodríguez (*).


*Ojos de fuego es un relato que pertenece a mi primer libro de cuentos, Almas y Karmas, que fue presentado en México, en la ciudad de Tampico, en el año 2015. Intenta deslizarse sobre la leyenda popular mexicana de las brujas de los manglares.

Nueva reseña de Gente común



“Gente común” reza en la tapa el último libro de Karina Rodríguez (Peces de Ciudad/2016). Gente común, como la que uno ve cada día en la calle, al subir al subte, al correr el colectivo, al entrar al supermercado o a la oficina. O gente común como la que nadie ve, nadie percibe, nadie registra. Gente común, como la que nos rodea en cada ámbito de nuestra vida. Gente común, igual que uno mismo.

Los cuentos de Karina no son pródigos en palabras, con una economía casi asceta, no sobra ni una letra en cada relato, y esto hace que, con esas palabras en la cantidad justa y necesaria, sus historias lleguen al lector en forma de golpe certero.

Si, un golpe, porque estos cuentos duelen. Duele el encierro, físico, psicológico o ambos, de sus personajes. Duele la angustia que cada uno de ellos exhala, y también ese dejo de esperanza que muchas veces, la mayoría de ellas, se desintegra contra la realidad.

Lastiman la soledad, el abandono, la alienación que produce la gran ciudad y su culto al individualismo exacerbado.

Parten en dos esos gritos silenciosos, desesperados, ese pedido de ayuda que nadie escucha y quien escucha hace oídos sordos ante una necesidad que es ajena, que no es propia, que no modifica la propia balanza ni la propia realidad.

Se podría decir, si una no hubiera leído en profundidad y con pasión arrebatadora estos textos, que la oscuridad y el miedo que trascienden desde las palabras de Karina Rodríguez van a expulsar al lector de las páginas de este libro. Nada, pero nada, más alejado de la realidad. Todos estos sentimientos y emociones que despierta la autora, los cuales podrían ser catalogados como negativos desde un punto de vista bastante simplista, sólo logran atrapar a quien decide internarse en estas historias, y despiertan en cada uno la dolorosa y aterradora convicción de que podría ser, sin lugar a dudas, uno más de ese grupo de gente común.                                                                                                             

Soledad Hessel (periodista) para Revista Tren Insomne.

Reseña de Gente común




Gente común le da el nombre a una declaración de principios. Se trata de un recorte de los relatos del imaginario común, colectivo, de personajes que podrían ser (pero no son) cualquiera. El elemento fantástico entra en lo barrial y arroja una nueva lucidez monstruosa sobre nuestras cosas chiquitas. Así, la familia es el lugar donde se ajustician viejos odios, la santería es la cristalización de nuestras deidades y una mujer con alas es un relato más en el anecdotario de los vecinos. Los cuentos son cortos y seductores como golosinas, los temas son muchos, todos. Una enormidad pocket para leer en cualquier lado... Reseña de Nadia Crantosqui (traductora literaria - Universidad Nacional de La Plata)

Dueña de una tristeza infinita.




Acercarse a Pizarnik es siempre un desafío. En sus palabras no parece mediar el autoengaño. Pizarnik no se engaña: es dura y directa con ella misma. En su diario personal, el editado por Ana Becciu en 2003, nos da una clave de aproximación, que aparece con timidez como la punta de un hilo apenas visto, pero que se reconoce parte de una madeja de proporciones infernales; así nos da la entrada a todo el universo contenido en su ser.  Un atisbo, apenas, de la profundidad de sus pensamientos. Tan lejano al pensamiento social contaminado; ese que predica la felicidad, la satisfacción por cualquier medio, como modo de vida. Son los intelectos más planos, los más opacos -sin duda los de los autómatas sociales- los que creen poder dominar con su poder burgués y mediocre la luz más brillante de todas: el alma humana.

Pizarnik escribe en su diario: 

“Me compré un espejo muy grande. Me contemplé y descubrí que el rostro que yo debería tener está detrás -aprisionado- del que tengo. Todos mis esfuerzos han de tender a salvar el auténtico rostro. Para ello es menester una vasta tarea física y espiritual”.

[…]

“Si yo despertara, haría lo que hubiera hecho de no haberme vendido al demonio del ensueño. Casarme con un comerciante judío, vivir en algún suburbio depresivo y trivial, tener un buen aparato de televisión y dos hijos. Soñaría con tener un auto y me preocuparía tan solo por el funcionamiento digestivo de mis niños. Mis diversiones serían el cine y las fiestas de casamiento.”

[…]

“A veces me pregunto si mi enorme sufrimiento no es una defensa contra el hastío. Cuando sufro no me aburro para nada, vivo intensamente y mi vida se vuelve interesante y llena de peripecias. En verdad, sólo vivo cuando sufro. Es mi manera. Pero algo en mí no quiere sufrir. Algo en mí quisiera observar y callar. Analizar y tomar nota.¨

[…]

“Y mi problema esencial es con la gente. Si me sonríen soy feliz. Si me miran con hostilidad sufro como un personaje de la tragedia griega. Pero también hay una en mí, a veces, a la que le importa absolutamente nada de los otros.” 

Nadie que se mire así, directamente a los ojos, en este espejo que es la escritura, puede vivir feliz. 

“Me dolía la memoria, me dolían los ojos, me dolía el espejo en el que me miré.
Habían hecho harapos mi amor y mi cordura.
Creía en su rostro y creía en la inocencia detrás de mi  mirada. 
Me presenté: te doy, te soy.”

Pizarnik lo dijo todo, siempre que pudo.

Casi todas las veces



Casi todas las veces
Idea Villariño

Este poema lo escribió Idea Villariño para Juan Carlos Onetti. En ese entonces Onetti estaba casado con Dorothea Muhr. Se casó cuatro veces, ninguna con Idea Villariño. Pero fueron amantes durante más de cuarenta años. 
Durante sus últimos días, Onetti se escribía aun con ella. Él desde Madrid, ella desde Montevideo, se contaban sus sueños. Unos días después de fallecido el narrador, Idea recibió una última carta suya;  otra vez en su mente aquella voz le repitió en un susurro su adiós, nunca definitivo, diciéndole en una línea final: "te pago sueño con sueño".
Idea Villariño representa la heroíca perduración de la fe, nos muestra cómo el deseo femenino mueve el mundo.

Casi todas las veces Conozco tu ternura Como la misma palma de mi mano. A veces entre sueños la recuerdo Como si ya la hubiese perdido alguna vez. Casi todas las noches Casi todas las veces que me duermo En ese mismo instante Tú con tu suave abrazo me confinas Me rodeas Me envuelves en la tibia caverna de tu sueño Y apoyas mi cabeza sobre tu hombro. Idea Villariño




Pequeño diálogo imaginario entre Proust y Pizarnik


  Las que más me impresionan son esas mujeres tejiendo serenas y sonrientes...
  Aguántese usted el ser calificada de nerviosa. Pertenece a esa familia magnífica y lamentable que es la sal de esta tierra. Todo lo grande que conocemos nos viene de los seres nerviosos. Ellos y no otros son los que han fundado hasta religiones y han compuesto las obras maestras. Jamás sabrá el mundo todo lo que se les debe y sobre todo lo que han sufrido para dárselo.


Vals desesperado



Niña acorde disonante. Dueña de la contradicción. Animal puro, sin nombre, como las mujeres que habitan en los sueños, como el conejo salvaje que cruza el camino a la luz de la luna. Nadie juega con muñecas rotas. 




Flores del silencio



Madre va al salón de belleza el día del funeral de padre. Es extraño, pero es cierto: va.  Las otras mujeres le dan sus condolencias mientras beben café. Todas han ido a peinarse al mismo salón de nuestro barrio  y se verán de nuevo en un rato, para hablar de lo mismo.

Yo soy el mayor heroísmo de mi madre, pienso: madre heroica, mientras la observo trajinar frente al espejo. Nunca sabrá las cosas que yo sé. Me cuenta lo que le han dicho las otras y se le enrojece la mirada por enésima vez.  

Se ha puesto un vestido negro bordado con piedras, es el de mi boda; que bien podría haber sido un funeral. Algo se muere en las bodas, la inocencia. 
Si me hubiesen arrancado los ojos al comienzo, madre. 
No reclamaré la inocencia para mí nunca más.

Pienso en la fragilidad.

Pienso en el sufrimiento.  

Pienso en arrancarme los ojos.

Es tarde. Seré mi madre.

Pienso en cómo, aunque sufrimos, mantenemos los ojos y la boca debidamente cerrados, con calma. Cuánto nos cuesta decir, cuánto nos cuesta amarnos y sin embargo, lo intentamos. Desesperadamente lo intentamos. A diario.

Que egoísmo absoluto es el amor, producto de un dios falible.
Somos dioses.  Arrinconados contra los límites de nuestras almas deformes,  sometidos por años a la voluntariosa razón que todo domestica.
Extraer algo del caos, algo que valga la pena. Algo que se va a modificar. El objeto es modificado por mí.  Amar modifica. He sido modificada.  He operado sobre el objeto de mi amor como un dios falible, arrinconado, deforme. Lentamente paso a paso sin saberlo; con palabras, con gestos, con besos, con ideas lo modifiqué; con mi amor. Para después devolverlo al mundo y que se muera de frío.  
Cada mañana nos empujamos otra vez hacia el mundo. Desnudos, solos. Que nos reciba, que nos devore con su boca desdentada y húmeda.  Su boca negra.
Nos hundiremos en esa realidad punzante que es la vida; horrenda y deslucida realidad, inmunda,  tan lejos de la nación del amor.  La realidad nos ve nacer y nos empuja. Hay que volver a la realidad. Lo hacemos. Nos exiliamos en ella.  La nación queda lejos.

La nieta de Freud soltaba su carretel de hilo  para sentirse  morir. Gritaba con desesperación y lo recuperaba.
La realidad es un lugar para el naufragio. Es desamparo y soledad.

Mucho después viene la muerte.

En el funeral de padre una mujer conoce a un hombre. Se miran, se acercan y hablan como si se conocieran de toda la vida. Será modificada y no lo sabe.  

Después vendrá la muerte, mucho después.

Entrevista



Mauro Yakimiuk es director de teatro, productor, dramaturgo y periodista. Se formó en producción teatral con Gustavo Schraier en el curso dictado en el Centro Cultural Ricardo Rojas y estudió dramaturgia con Mariana Mazover en el Taller de la imaginación al papel. Además, se recibió de Técnico Superior en Periodismo Deportivo en DeporTEA y además, colabora con el portal "Soy Boca" y fue redactor del Suplemento Literario Télam. En teatro, dirigió "La guerra del gallo y "Cuánto vale una heladera" y fue productor general de "Minas fuertes" y de "Busca". Actualmente trabaja en tres obras para estrenar y encima, encima! me hizo una entrevista para su programa Entre vidas.


Omega


   Es de día y ayer la casa ardió como en un sueño, estallaron los vidrios, todos a la vez. Cuando me escondí en el sótano, el cielorraso perecía bajo las llamas. La madera de los techos fue devorada. No sé cómo empezó el fuego. Sólo escuché los aviones y después las bombas.
   Él no volvió, pasaron muchas horas y no volvió. Me aseguró que volvería, me lo juró, tenía todo pensado, como siempre. Siempre fue un estratega, un anticipador. Usted y yo podríamos ver una de esas series en la televisión, esas en las que el mundo tiene los días contados, sin tomarnos nada en serio; por el simple goce del entretenimiento, digo. Pero él no. Él es de esos individuos que, mientras tanto, piensan. Que se lo imaginan todo ¡como si estuvieran ahí!                   
   Dijo que estaba preparado para esto, dijo que nada podría con nosotros, que resistiríamos usando algunas de las maniobras típicas de la supervivencia, que nada podría fallar. Pero no fue así, él no está, no volvió. No resistimos ni un día.                       
    Lo vi bajar las escaleras, rápido y ágil. Y seguí escuchando a los otros, a los que estaban conmigo. Pero empezaron a cambiar enseguida, algo en el aire, no sé. Yo no cambié. No sé cómo surgieron todas esas bocas como cuevas, negras y profundas, abiertas y podridas, intentando morder. Empezaron a morderse ¡Se mordían entre ellos! Se arrancaban los pedazos, unos contra otros, como en la televisión; como perros salvajes se empujaban, se pisaban, gemían y después, después ese aullido grotesco y desgarrador de los muertos en vida. Cuando me quise acordar no quedaba nadie en pie.                 
   Ahora dejé mi escondite y camino entre los muertos, el suelo está sembrado de cadáveres, repugnantes, podridos. Una masa compacta de gente aplastada, como si hubieran estado en la tumba durante meses. Algo en el aire acelera la descomposición. Muertos de verdad, no hay metáfora posible. Nada se mueve, nada gime. Ni siquiera una señal remota de la vida anterior, nada.                            
   Llegué a creer que estábamos a salvo. Me lo repetí muchas veces, justo cuando empezó lo de arriba. Todo empezó con Pedro. Lo vi llegar caminando. La gente a mi alrededor estaba alborotada y tensa, la situación era un caos: sacaban conclusiones, hablaban sobre lo que había pasado: cuando en la escuela algunos cayeron al suelo y empezaron las convulsiones corrimos, es cierto. Los caídos empezaban a cambiar, mordían.
   Los que estábamos sanos corrimos y entramos todos juntos a la casa vacía de Don Vásquez; el lugar estaba desierto y subimos, empujándonos, escaleras arriba. Gemían, lloraban, hablaban a los gritos, todo al mismo tiempo. Tratamos de llamar, pero no había sistemas, nada funciona. Cerramos las puertas, pero después empezaron a entrar y salir, a asomarse a las escaleras para rescatar más gente sana, a preocuparse por el resto, a pensar en los queridos.
   Fue ahí cuando vi entrar a Pedro. Caminaba despacio, como dormido. Una mancha verdosa en la mejilla derecha desdibujaba sus rasgos. Ya no estaba sano, eso era obvio. Apareció en la puerta, así, cambiado y nada más. Pero no mordía, caminaba hacia la cama, como si quisiera recostarse, probablemente repitiendo alguna rutina diaria. Inerte al entorno.
   Pero tenía los ojos velados, vacíos y sin vida. Esos no eran los ojos de Pedro. Una lámina babosa y grisácea los cubría, dándole un aspecto de ultratumba. Después empezó todo, eso en el aire, no sé. Como sea tengo que salir, pasaron muchas horas. Tengo que buscar ayuda, tengo que buscarlo a él. No hay sistemas, no se oye nada allá afuera. Tengo que bajar y abrir las puertas.
                                                           *

   Ahora el sol radiante da de lleno en el asfalto. Lo besa, lo ablanda, lo licúa, y se lo bebe. Lo veo. Es él, viene hacia mí. Sus manos rotan lentamente hacia el centro de su cuerpo, como garras. Arrastra una de sus piernas con torpeza, los ojos velados, la mancha verdosa. No me reconoce. Aun así le sonrío, aunque no me entienda, aunque no me devuelva su risa nunca más. Y me entrego, abriendo mis brazos, a sus brazos por última vez.