Ojos de fuego


    Cuando era niño viví un tiempo en el campo. Recuerdo la contradictoria sensación de libertad que me producía ese lugar siniestro, porque eso era para mí entonces: un lugar siniestro. Sin embargo, también recuerdo con certeza algunas cosas de ese tiempo; cosas que, debido a la inquietud y el miedo que provocaron en mi mente de niño, sospecho, no podré olvidar mientras viva.
    Por entonces, mi padre estaba encargado de las tierras de un hacendado norteamericano en las afueras de la ciudad. Allí vivíamos. En una casa precaria, de dos plantas, lindante al río y por ese mismo río nos trasportábamos.
    Navegábamos su cauce al menos una vez a la semana, en busca de provisiones y velas, en una vieja canoa hecha con tablas –tan precaria como la casa–  que mi padre amarraba con cuidado a dos palos casi podridos, que representaban para nosotros un modesto muelle. No teníamos luz eléctrica ni tampoco agua potable.
    Mi padre era un hombre sencillo y reservado. Él hacía todos los trabajos de esos campos y yo le ayudaba, a pesar de mi corta edad. Vivíamos solos en esa inmensidad de tierras sembradas de maíz y, apenas la luna rotunda se colgaba en el cielo, nos metíamos en la cama dando por terminado el día de trabajo. Los hechos más aterradores de mi vida ocurrieron ahí, en esas tierras olvidadas por el progreso.
    Dormía solo, en una habitación con buhardilla, en la planta alta de la casa y odiaba el lugar porque era caluroso. En mi inocencia de niño, me quedaba divagando en la más completa oscuridad hasta que me dormía. Siempre con los postigos abiertos de par en par, para lidiar con el calor insoportable del ambiente. Mientras tanto, la sigilosa luna obraba sus mágicos conjuros de luz sobre mi cabeza.
   Ya me había acostumbrado a que los ruidos del tejado se sucedieran hasta bien entrada la noche, cuando algo diferente ocupó mi atención. Una vez, durante la cena, había querido insinuar a mi padre el asunto de los ruidos. Él no tardó en dar por zanjada la discusión, rechazando de pleno mis miedos infantiles; me aseguró que se trababa de roedores en el techo y me advirtió que no buscara excusas para no dormir pues, entonces, no estaba lo suficientemente cansado.
   Esa noche estaba entrando en la modorra previa al sueño cuando un golpe seco me arrancó de mi letargo. Algo pesado, aunque no podía saber qué, había dado de lleno contra el techo de mi habitación y había rodado hacia abajo por una de sus alas laterales, impactando contra las canaletas del desagüe, sin caer al suelo.
   Aterrorizado me senté en la cama, sintiendo cómo mi corazón latía a la altura de mi garganta y no tardé en empezar a respirar con dificultad. A pesar de todo, era incapaz de moverme más allá de mi cama. De inmediato, mis ojos se clavaron, desorbitados, en la ventana. Si no había caído, lo que fuera que había rebotado contra el techo, se encontraba ahora apenas a unos metros del dintel de la ventana. Y estaba, como era habitual, abierta de par en par.
   Esa idea repentina me asustó y empecé a obsesionarme y a temblar con violencia. Lo único que se me ocurrió, y casi la única opción que tenía, fue bajarme de la cama. Planeaba acercarme a la ventana e intentar cerrar los postigos, pero tenía tanto miedo que estaba paralizado y desde donde estaba parado sólo podía ver los altos manglares del frente de la casa
   Mi pensamiento era irracional, lo sé. Ahora lo entiendo. El pulso de mi sangre se hizo audible en el silencio de la noche y entretanto, los grillos metían su canto estridente. Yo me obsesionaba con la imagen de la ventana, no podía despegar la vista de ese sitio, ni gritar, ni moverme. Imagino que mi cara tendría una expresión de terror espantosa y creo que, si los ruidos no hubieran cesado tan repentinamente después de aquel inesperado golpe, hubiera muerto de miedo ahí mismo, sentado.
   Traté de componerme, de respirar con lentitud y relajar los músculos de las piernas. Sin embargo, sabía que algo desconocido se movía ahí arriba en la oscuridad. Podía sentirlo. Algo esperaba a que yo me moviera para moverse. Cuando logré calmarme, me incorporé despacio y me acerqué a la ventana. No me atreví a sacar la cabeza pero me incliné, todo lo que me permitió el cuerpo para poder ver el techo. No vi nada más que el límpido cielo nocturno.
   Después saqué la mano, intentando agarrar la hoja móvil del postigo, pero algo en el árbol me distrajo. Agazapada y silenciosa, sujeta a las ramas superiores del manglar, una criatura horrible y pequeña me observaba. Me quedé muy quieto, dejando mi mano ahí, donde estaba. Creo que me sentí paralizado de estupor otra vez, creo que intenté moverme y no pude, creo que grité por mi padre, pero la voz no salió de mi garganta.
   Me miró profundamente a los ojos. Los suyos centelleaban, ardiendo como dos bolas de fuego. Emitió una risa sonora, histérica, viva, que creció y creció y e hizo eco hasta romper el silencio de la noche. De un respingo caí al suelo, sin controlar las piernas, mientras mis ojos no lograban despegarse de sus ojos. Estaba aterrado. Hasta entonces yo no creía en las brujas o en criaturas similares. Aun así, desde el suelo de mi cuarto no podía dejar de observarla. 
    Después ella miró al cielo y se impulsó con las piernas, desprendiéndose con prisa de las altas ramas del manglar y salió volando. Sin más, se deslizó en el aire. Después, con asombro mudo, la vi transformarse en una bola de fuego y esfumarse en el cielo nocturno.
   La inocencia de aquellos lejanos días de mi niñez en el campo se disolvió. Se disolvió como ella, en un instante. Nunca más volví a dormir tranquilo desde entonces. Y todavía hoy, treinta años después, por las noches, tomo la precaución de cerrar todas las ventanas de mi casa en la ciudad. Y sigo soñando, con aquella criatura maldita y abominable, a la espera del día en que su mirada de fuego me alcance otra vez.

Karina Rodríguez (*).


*Ojos de fuego es un relato que pertenece a mi primer libro de cuentos, Almas y Karmas, que fue presentado en México, en la ciudad de Tampico, en el año 2015. Intenta deslizarse sobre la leyenda popular mexicana de las brujas de los manglares.

Nueva reseña de Gente común



“Gente común” reza en la tapa el último libro de Karina Rodríguez (Peces de Ciudad/2016). Gente común, como la que uno ve cada día en la calle, al subir al subte, al correr el colectivo, al entrar al supermercado o a la oficina. O gente común como la que nadie ve, nadie percibe, nadie registra. Gente común, como la que nos rodea en cada ámbito de nuestra vida. Gente común, igual que uno mismo.

Los cuentos de Karina no son pródigos en palabras, con una economía casi asceta, no sobra ni una letra en cada relato, y esto hace que, con esas palabras en la cantidad justa y necesaria, sus historias lleguen al lector en forma de golpe certero.

Si, un golpe, porque estos cuentos duelen. Duele el encierro, físico, psicológico o ambos, de sus personajes. Duele la angustia que cada uno de ellos exhala, y también ese dejo de esperanza que muchas veces, la mayoría de ellas, se desintegra contra la realidad.

Lastiman la soledad, el abandono, la alienación que produce la gran ciudad y su culto al individualismo exacerbado.

Parten en dos esos gritos silenciosos, desesperados, ese pedido de ayuda que nadie escucha y quien escucha hace oídos sordos ante una necesidad que es ajena, que no es propia, que no modifica la propia balanza ni la propia realidad.

Se podría decir, si una no hubiera leído en profundidad y con pasión arrebatadora estos textos, que la oscuridad y el miedo que trascienden desde las palabras de Karina Rodríguez van a expulsar al lector de las páginas de este libro. Nada, pero nada, más alejado de la realidad. Todos estos sentimientos y emociones que despierta la autora, los cuales podrían ser catalogados como negativos desde un punto de vista bastante simplista, sólo logran atrapar a quien decide internarse en estas historias, y despiertan en cada uno la dolorosa y aterradora convicción de que podría ser, sin lugar a dudas, uno más de ese grupo de gente común.                                                                                                             

Soledad Hessel (periodista) para Revista Tren Insomne.

Reseña de Gente común




Gente común le da el nombre a una declaración de principios. Se trata de un recorte de los relatos del imaginario común, colectivo, de personajes que podrían ser (pero no son) cualquiera. El elemento fantástico entra en lo barrial y arroja una nueva lucidez monstruosa sobre nuestras cosas chiquitas. Así, la familia es el lugar donde se ajustician viejos odios, la santería es la cristalización de nuestras deidades y una mujer con alas es un relato más en el anecdotario de los vecinos. Los cuentos son cortos y seductores como golosinas, los temas son muchos, todos. Una enormidad pocket para leer en cualquier lado... Reseña de Nadia Crantosqui (traductora literaria - Universidad Nacional de La Plata)

Dueña de una tristeza infinita.




Acercarse a Pizarnik es siempre un desafío. En sus palabras no parece mediar el autoengaño. Pizarnik no se engaña: es dura y directa con ella misma. En su diario personal, el editado por Ana Becciu en 2003, nos da una clave de aproximación, que aparece con timidez como la punta de un hilo apenas visto, pero que se reconoce parte de una madeja de proporciones infernales; así nos da la entrada a todo el universo contenido en su ser.  Un atisbo, apenas, de la profundidad de sus pensamientos. Tan lejano al pensamiento social contaminado; ese que predica la felicidad, la satisfacción por cualquier medio, como modo de vida. Son los intelectos más planos, los más opacos -sin duda los de los autómatas sociales- los que creen poder dominar con su poder burgués y mediocre la luz más brillante de todas: el alma humana.

Pizarnik escribe en su diario: 

“Me compré un espejo muy grande. Me contemplé y descubrí que el rostro que yo debería tener está detrás -aprisionado- del que tengo. Todos mis esfuerzos han de tender a salvar el auténtico rostro. Para ello es menester una vasta tarea física y espiritual”.

[…]

“Si yo despertara, haría lo que hubiera hecho de no haberme vendido al demonio del ensueño. Casarme con un comerciante judío, vivir en algún suburbio depresivo y trivial, tener un buen aparato de televisión y dos hijos. Soñaría con tener un auto y me preocuparía tan solo por el funcionamiento digestivo de mis niños. Mis diversiones serían el cine y las fiestas de casamiento.”

[…]

“A veces me pregunto si mi enorme sufrimiento no es una defensa contra el hastío. Cuando sufro no me aburro para nada, vivo intensamente y mi vida se vuelve interesante y llena de peripecias. En verdad, sólo vivo cuando sufro. Es mi manera. Pero algo en mí no quiere sufrir. Algo en mí quisiera observar y callar. Analizar y tomar nota.¨

[…]

“Y mi problema esencial es con la gente. Si me sonríen soy feliz. Si me miran con hostilidad sufro como un personaje de la tragedia griega. Pero también hay una en mí, a veces, a la que le importa absolutamente nada de los otros.” 

Nadie que se mire así, directamente a los ojos, en este espejo que es la escritura, puede vivir feliz. 

“Me dolía la memoria, me dolían los ojos, me dolía el espejo en el que me miré.
Habían hecho harapos mi amor y mi cordura.
Creía en su rostro y creía en la inocencia detrás de mi  mirada. 
Me presenté: te doy, te soy.”

Pizarnik lo dijo todo, siempre que pudo.

Casi todas las veces



Casi todas las veces
Idea Villariño

Este poema lo escribió Idea Villariño para Juan Carlos Onetti. En ese entonces Onetti estaba casado con Dorothea Muhr. Se casó cuatro veces, ninguna con Idea Villariño. Pero fueron amantes durante más de cuarenta años. 
Durante sus últimos días, Onetti se escribía aun con ella. Él desde Madrid, ella desde Montevideo, se contaban sus sueños. Unos días después de fallecido el narrador, Idea recibió una última carta suya;  otra vez en su mente aquella voz le repitió en un susurro su adiós, nunca definitivo, diciéndole en una línea final: "te pago sueño con sueño".
Idea Villariño representa la heroíca perduración de la fe, nos muestra cómo el deseo femenino mueve el mundo.

Casi todas las veces Conozco tu ternura Como la misma palma de mi mano. A veces entre sueños la recuerdo Como si ya la hubiese perdido alguna vez. Casi todas las noches Casi todas las veces que me duermo En ese mismo instante Tú con tu suave abrazo me confinas Me rodeas Me envuelves en la tibia caverna de tu sueño Y apoyas mi cabeza sobre tu hombro. Idea Villariño




Pequeño diálogo imaginario entre Proust y Pizarnik


  Las que más me impresionan son esas mujeres tejiendo serenas y sonrientes...
  Aguántese usted el ser calificada de nerviosa. Pertenece a esa familia magnífica y lamentable que es la sal de esta tierra. Todo lo grande que conocemos nos viene de los seres nerviosos. Ellos y no otros son los que han fundado hasta religiones y han compuesto las obras maestras. Jamás sabrá el mundo todo lo que se les debe y sobre todo lo que han sufrido para dárselo.


Vals desesperado



Niña acorde disonante. Dueña de la contradicción. Animal puro, sin nombre, como las mujeres que habitan en los sueños, como el conejo salvaje que cruza el camino a la luz de la luna. Nadie juega con muñecas rotas. 




Flores del silencio



Madre va al salón de belleza el día del funeral de padre. Es extraño, pero es cierto: va.  Las otras mujeres le dan sus condolencias mientras beben café. Todas han ido a peinarse al mismo salón de nuestro barrio  y se verán de nuevo en un rato, para hablar de lo mismo.

Yo soy el mayor heroísmo de mi madre, pienso: madre heroica, mientras la observo trajinar frente al espejo. Nunca sabrá las cosas que yo sé. Me cuenta lo que le han dicho las otras y se le enrojece la mirada por enésima vez.  

Se ha puesto un vestido negro bordado con piedras, es el de mi boda; que bien podría haber sido un funeral. Algo se muere en las bodas, la inocencia. 
Si me hubiesen arrancado los ojos al comienzo, madre. 
No reclamaré la inocencia para mí nunca más.

Pienso en la fragilidad.

Pienso en el sufrimiento.  

Pienso en arrancarme los ojos.

Es tarde. Seré mi madre.

Pienso en cómo, aunque sufrimos, mantenemos los ojos y la boca debidamente cerrados, con calma. Cuánto nos cuesta decir, cuánto nos cuesta amarnos y sin embargo, lo intentamos. Desesperadamente lo intentamos. A diario.

Que egoísmo absoluto es el amor, producto de un dios falible.
Somos dioses.  Arrinconados contra los límites de nuestras almas deformes,  sometidos por años a la voluntariosa razón que todo domestica.
Extraer algo del caos, algo que valga la pena. Algo que se va a modificar. El objeto es modificado por mí.  Amar modifica. He sido modificada.  He operado sobre el objeto de mi amor como un dios falible, arrinconado, deforme. Lentamente paso a paso sin saberlo; con palabras, con gestos, con besos, con ideas lo modifiqué; con mi amor. Para después devolverlo al mundo y que se muera de frío.  
Cada mañana nos empujamos otra vez hacia el mundo. Desnudos, solos. Que nos reciba, que nos devore con su boca desdentada y húmeda.  Su boca negra.
Nos hundiremos en esa realidad punzante que es la vida; horrenda y deslucida realidad, inmunda,  tan lejos de la nación del amor.  La realidad nos ve nacer y nos empuja. Hay que volver a la realidad. Lo hacemos. Nos exiliamos en ella.  La nación queda lejos.

La nieta de Freud soltaba su carretel de hilo  para sentirse  morir. Gritaba con desesperación y lo recuperaba.
La realidad es un lugar para el naufragio. Es desamparo y soledad.

Mucho después viene la muerte.

En el funeral de padre una mujer conoce a un hombre. Se miran, se acercan y hablan como si se conocieran de toda la vida. Será modificada y no lo sabe.  

Después vendrá la muerte, mucho después.

Entrevista



Mauro Yakimiuk es director de teatro, productor, dramaturgo y periodista. Se formó en producción teatral con Gustavo Schraier en el curso dictado en el Centro Cultural Ricardo Rojas y estudió dramaturgia con Mariana Mazover en el Taller de la imaginación al papel. Además, se recibió de Técnico Superior en Periodismo Deportivo en DeporTEA y además, colabora con el portal "Soy Boca" y fue redactor del Suplemento Literario Télam. En teatro, dirigió "La guerra del gallo y "Cuánto vale una heladera" y fue productor general de "Minas fuertes" y de "Busca". Actualmente trabaja en tres obras para estrenar y encima, encima! me hizo una entrevista para su programa Entre vidas.


Omega


   Es de día y ayer la casa ardió como en un sueño, estallaron los vidrios, todos a la vez. Cuando me escondí en el sótano, el cielorraso perecía bajo las llamas. La madera de los techos fue devorada. No sé cómo empezó el fuego. Sólo escuché los aviones y después las bombas.
   Él no volvió, pasaron muchas horas y no volvió. Me aseguró que volvería, me lo juró, tenía todo pensado, como siempre. Siempre fue un estratega, un anticipador. Usted y yo podríamos ver una de esas series en la televisión, esas en las que el mundo tiene los días contados, sin tomarnos nada en serio; por el simple goce del entretenimiento, digo. Pero él no. Él es de esos individuos que, mientras tanto, piensan. Que se lo imaginan todo ¡como si estuvieran ahí!                   
   Dijo que estaba preparado para esto, dijo que nada podría con nosotros, que resistiríamos usando algunas de las maniobras típicas de la supervivencia, que nada podría fallar. Pero no fue así, él no está, no volvió. No resistimos ni un día.                       
    Lo vi bajar las escaleras, rápido y ágil. Y seguí escuchando a los otros, a los que estaban conmigo. Pero empezaron a cambiar enseguida, algo en el aire, no sé. Yo no cambié. No sé cómo surgieron todas esas bocas como cuevas, negras y profundas, abiertas y podridas, intentando morder. Empezaron a morderse ¡Se mordían entre ellos! Se arrancaban los pedazos, unos contra otros, como en la televisión; como perros salvajes se empujaban, se pisaban, gemían y después, después ese aullido grotesco y desgarrador de los muertos en vida. Cuando me quise acordar no quedaba nadie en pie.                 
   Ahora dejé mi escondite y camino entre los muertos, el suelo está sembrado de cadáveres, repugnantes, podridos. Una masa compacta de gente aplastada, como si hubieran estado en la tumba durante meses. Algo en el aire acelera la descomposición. Muertos de verdad, no hay metáfora posible. Nada se mueve, nada gime. Ni siquiera una señal remota de la vida anterior, nada.                            
   Llegué a creer que estábamos a salvo. Me lo repetí muchas veces, justo cuando empezó lo de arriba. Todo empezó con Pedro. Lo vi llegar caminando. La gente a mi alrededor estaba alborotada y tensa, la situación era un caos: sacaban conclusiones, hablaban sobre lo que había pasado: cuando en la escuela algunos cayeron al suelo y empezaron las convulsiones corrimos, es cierto. Los caídos empezaban a cambiar, mordían.
   Los que estábamos sanos corrimos y entramos todos juntos a la casa vacía de Don Vásquez; el lugar estaba desierto y subimos, empujándonos, escaleras arriba. Gemían, lloraban, hablaban a los gritos, todo al mismo tiempo. Tratamos de llamar, pero no había sistemas, nada funciona. Cerramos las puertas, pero después empezaron a entrar y salir, a asomarse a las escaleras para rescatar más gente sana, a preocuparse por el resto, a pensar en los queridos.
   Fue ahí cuando vi entrar a Pedro. Caminaba despacio, como dormido. Una mancha verdosa en la mejilla derecha desdibujaba sus rasgos. Ya no estaba sano, eso era obvio. Apareció en la puerta, así, cambiado y nada más. Pero no mordía, caminaba hacia la cama, como si quisiera recostarse, probablemente repitiendo alguna rutina diaria. Inerte al entorno.
   Pero tenía los ojos velados, vacíos y sin vida. Esos no eran los ojos de Pedro. Una lámina babosa y grisácea los cubría, dándole un aspecto de ultratumba. Después empezó todo, eso en el aire, no sé. Como sea tengo que salir, pasaron muchas horas. Tengo que buscar ayuda, tengo que buscarlo a él. No hay sistemas, no se oye nada allá afuera. Tengo que bajar y abrir las puertas.
                                                           *

   Ahora el sol radiante da de lleno en el asfalto. Lo besa, lo ablanda, lo licúa, y se lo bebe. Lo veo. Es él, viene hacia mí. Sus manos rotan lentamente hacia el centro de su cuerpo, como garras. Arrastra una de sus piernas con torpeza, los ojos velados, la mancha verdosa. No me reconoce. Aun así le sonrío, aunque no me entienda, aunque no me devuelva su risa nunca más. Y me entrego, abriendo mis brazos, a sus brazos por última vez.                    

Simulacros


   Una vez llena la copa con su vino favorito, ella piensa en la fragilidad. Piensa en que haría falta tan sólo la leve presión de sus labios sobre el finísimo cristal para probar la contundencia de su boca. Sentir los pequeños fragmentos incrustarse en la lengua, en el paladar, en los intersticios oscuros y húmedos de su garganta. Sentir y sangrar. Tragar los restos filosos de su copa

     …porque la sangre es la vida: bebe de mí.

   Quemarse por dentro y que se queme la voz, después morir dulcemente.
     …que fue derramada para expiar nuestros pecados.

   Piensa las palabras con caprichoso ritmo mental, tan propio de esas frases aprendidas en la infancia. Piensa si él, tan lejos ya, lloraría en su funeral. Lo ve vistiendo su traje de seda, por fin a su lado, por fin contemplándola absorto; ve sus labios húmedos y rojos, su pelo rubio arreglado con gel. Como un agente de negocios de Harvard, piensa. Uno de esos tipos magníficos de La City Porteña que ganan unos pocos miles de pesos, pero manejan millones.

   En la escena muda de su imaginación lo ve también gritar. El horror pintado en la cara, en sus ojos grises y desorbitados, abriendo los brazos, tirando las flores, chocando contra la pared a sus espaldas, sin-poder-escapar. Mientras ella, pálida y entumecida, enfurecida, maquillada y envuelta en su mortaja, abre los ojos para gritar con labios pegados palabras que sólo ellos dos entienden. Las últimas antes de la despedida. Las piensa y sonríe mientras vuelve, con su tristeza a cuestas.

   Acerca la otra copa, la que esperaba vacía; de idénticas características a la primera, compradas por docena en un bazar lujoso de Avenida Jujuy, y baja las luces y enciende las velas aromáticas. Y repite las maniobras con el vino: acomoda la botella junto a las copas, cuidando de dejar ver bien la etiqueta. Prepara la escena. 

   Después saca una foto y la sube a todas las redes sociales, espera que él la vea hoy mismo, mañana, pasado o algún otro día. Espera que sea pronto. Después se acuesta en su sillón favorito del living, el que está junto a la ventana. Pero no bebe, se queda dormida, sola, arrullada por la televisión.



Godiva



  Me parece colosal la noche que se anuncia frente a mí. Tengo vistos sus ojos intranquilos: me mira con serenidad fingida. Lo sé por los otros signos; por el cielo, por la pesadez del aire, por la insoportable quietud de las hojas dormidas. Sin embargo, la luna vacila todavía, rodeada de esa bruma espesa como pus que la cubrirá con un manto.
  Las cortinas de mi cuarto dejaron de agitarse mientras yo, inquieta, me revolvía en la cama. Me acerqué a la ventana y pude verlo todo: la luna borroneada el cielo la quietud dudosa de los elementos. Se confabulan para la tormenta, lo sé. Que después nos dejará aislados, con total impunidad, durante días.
  Hiervo, ya no puedo contenerme más; esta quietud, estas paredes, me agobian. Mi piel irradia una humedad pegajosa y contundente; tan precisa, tan exacta, que cuando empiece a enfriarse me pondré a temblar. Su evidencia en las líneas de mi cuello, en las axilas, en los pliegues de los párpados, entre mis piernas y alrededor de la boca, me enloquece. Tengo que salir.
  Sin dudarlo, dejo caer la seda. La ventana es la única manera de dejar la casa sin ser vista. Mis manos sujetan con firmeza los lados para poder darme impulso; como tantas veces, trepo al alféizar, subo una pierna, después la otra. Me descuelgo con prudencia felina, bajando por el enrejado de madera que sostiene el rosal de la abuela. Siento el temblor de la estructura. 
  Como una criatura mitológica, arqueo mis pies a modo de garras, que desnudos, hacen por fin contacto con la tierra fría. El césped húmedo cede bajo mi peso con una suavidad demoledora.
  A grandes pasos bajo la colina, y al hacerlo, una brisa momentánea me golpea de frente. La piel se enfría, me agito, no lo esperaba. A pesar de todo, busco el consuelo del río.
  Está oscuro, muy oscuro, todos duermen; tengo el camino en la memoria y mientras avanzo por el pueblo, siento el rumor del agua vibrando en los oídos. Puedo oírla correr entre las piedras que anidan en su cauce. Un olor puro me llega, de agua en el aire quieto. Voy hacia el río, me obliga a seguir como hechizada.
  Mis ojos hacen por fin contacto, pero el río está quieto. Me acerco despacio, como queriendo sorprenderlo. Antes de entrar, un escalofrío me recorre. Dudo, mientras en mis pies se incrustan las pequeñas piedras de la orilla. Me sumerjo sin prisa río adentro. No puedo describir lo que captan mis ojos, todos mis sentidos a la vez; me cuesta respirar y el pecho se inflama más con cada paso. Mis pulmones son alas, el corazón se expande.
  El cielo se envilece y tiembla. Un estallido, después sus ecos. La luna parece haberse cubierto un poco más, levanto los ojos para verla de nuevo y siento el golpe de las primeras gotas en la frente. Enormes y dispersas repican sobre mí, sobre el agua del río. Quisiera detener el tiempo.   
  Ya llueve, aun así me acuesto sobre el césped de la orilla. No quiero volver. Veo mi cuerpo desnudo, lechoso y fantasmal bajo la lluvia. El pelo pegado a la espalda, los muslos tensos, los pies ateridos. 
   Una luz amarilla y difusa se enciende en la ventana de la casa del sastre y la sombra inquieta de su hijo mayor rebota contra las paredes. El único ser, de todos en el pueblo, capaz de velar mi desnudez. 

Abrazo



Las palabras más hermosas que conozco son las que aún no te he dicho, son las que pueblan mis ojos con imágenes nuevas, las que tiemblan en mi voz con ansias de domingo. Así te abrazo. 
Me pregunto si será un error y un cuchillo grabado con tu nombre atraviesa mi vientre. Los ojos sangran. Te hago señas, el grito me lo callo. Soy dura, pero esta voz es todo lo que tengo. Vos podés llenarte la boca de barro, los dedos de mierda o taparte los ojos, si querés. Correr, soñar o esconderte. No cambia nada.

Autocoronación



Siento tu amor.
Aunque a veces extienda mi mano y no logre tocarte,
ese es mi reino.


Amor



la siniestra crueldad de unas bocas sin vida
los despoblados huecos de los ojos
la enorme magia de un enigma 
batiendo sus alas tan cerca de la superficie misma de las cosas
la seducción del secreto
nos fascinan las máscaras porque nos habitan el miedo y su misterio
pero el amor no tiene máscaras 
aún escondido entre las sábanas
aún debajo de la piel grita su exilio permanente 
es una búsqueda violenta de la mística que orbita lo sagrado
a oscuras a puertas cerradas y en silencio
un mal precioso y necesario 
una música inherente que cabalga flotando contra la furia del viento
pero que nunca se calla
el culto profano de un dios insaciable de templos
ávido de altares
sediento de sacrificios y sangre
que desafía la razón.

Empatía



A veces construís un muro. Apretado y sin grietas, minuciosamente hermético. Que sea contra el dolor querés, que te proteja también de otras yerbas. La tristeza y el miedo no confabularán nunca más en tu contra. Una pared celular inteligente, selectivamente permeable, que lo entienda todo. Una concha marina de paredes de marfil nacarado que no deje pasar la violenta verdad del océano. Un vientre materno, cerrado y tibio. Después, desde tu espacio vacío y oscuro, a través de tu muro sin grietas, te llegarán otras voces. Voces de afuera, otras historias y otros tiempos y las dejarás entrar creando una puerta que se abra de par en par para poder abrazarlas. Sos ellas. 

Animus



Los surcos de la razón rellenos con la sustancia viscosa del amor. Un amor vivo el hombre que te okupa, como una maldición. Un ser múltiple, oculto entre las sombras. Lleno de rostros diferentes. Los mil nombres del diablo y uno más, que te condena en silencio por las dudas. Está tallado a cuchillo en el revés de tu pecho. Viene en largo viaje, desde el fondo de la inconsciencia misma. Cupido y sus vagas nociones de artesano. El hombre que se oculta adentro tuyo se arrastra entre los días. Vuela contra el eje de rotación de la tierra, como Superman. Pero tiene algo de monstruo y un poco de villano. Lo sabés. Boca de fuego, ojos de rayo láser. Poderes exquisitos, no se le pueden negar. Ensimismado mora a kilómetros de la superficie de sí mismo, lejos de todas las cosas. Es que la invisibilidad es un don, señores. Y es que en esta casa del árbol en la que habitan hay mil trazas concretas de ingenuidad, y en su tronco leñoso palpita un corazón dibujado con dos nombres. Es el refugio de un niño dormido. Y es que el amor derriba a golpes todo escenario posible. Es el residuo pegado en la base del frasco, cuando ya no queda nada. Es la mueca que habita escondida debajo de la máscara, está en cada cicatriz. Es el rugido del mar. El amor es postcrucifixión.

Vuelo


A veces carreteás desesperada, das mil pasos agitados. Caminás sobre las piedras, el suelo escarpado imprimió sus accidentes en tu piel. Te asomás a un abismo inminente. Sin gritar te acordás de las alas. Se activa el botón de retroceso. Unos pasos hacia atrás. Lentos, asi lo querés. Pisás firme, con toda la fuerza de tus pies heridos. Los hombros se vuelven poderosos, tus piernas te sostienen. Sentís la brisa en la espalda, se agita el pelo que enmarca la cara. Tus alas se extienden más y más todavía. Se agitan también. El vuelo rasante requiere control, una precisión de relojero. Pero el otro no, contiene libertad pura. Te elevás en el aire. Tus muñecas y tus sienes laten con pulsos graves. Lo sentís también en la garganta, porque el corazón se acelera convencido y te ahoga, te quedás sin aliento pero seguís. El verdadero vuelo requiere sangre.

Mi vampiro


A esta hora todo empieza a agitarse. Todavía es hora de brujas y vampiros. Hoy llueve. Laten las venas más fuerte que lo previsto. La madera cruje por la casa en estallidos diminutos, y eso te eriza la piel. No dormís. No te acostumbrás al silencio absoluto de la noche, ni siquiera el viento puede con eso. Los ojos casi ven la oscuridad. Un fantasma que habita en los abismos del tiempo te mira desde el techo de tu cuarto. No lo traigas. No te atrevas. Ella no sabe que existe, no sabe dónde está. Pasó su tiempo, no es. Cerrá los ojos y la vas a ver caer. Como nunca antes. Estrellarse contra el piso, como una manzana podrida, como un sol avejentado. Alcanza con sentirlo. 
Tu vampiro en cambio sabe la fecha exacta de su muerte, también la de cada resurrección. Porque los cobardes podemos resucitar muchas veces, pero no nos decidimos a morir para siempre. Volvemos mucho. Él guarda con vos una meticulosidad rigurosa. Sin embargo, en otras cosas no se parecen. Vos, fuego, que sin control destruye violento lo que toca. No te sigue la razón, pero tus propias vértebras no se queman, resisten. Te sostienen como un pilar. Cada pensamiento, cada sensación, cada respuesta emocional grabada ahí, en tu eje de equilibrio. Amar al monstruo como a sí mismo, como si fuera uno mismo. Aceptar su voz interior. La que te dice lo que ya sabés. Las palabras toman dimensión de profecía. Resignifican. Una vez más.

Lo imposible



La carne está inundada de vida, el dolor abre la boca y se come la cola. La que sos y la otra se miran, cara a cara. Fuiste vos la que gateó cuesta arriba la escalera del patio. Escalón por escalón, con las manos y los pies, cuando todavía no sabías hablar. Eso hiciste. Es que nunca te detienen las palabras, mucho menos el silencio. Es un buen principio el principio suicida, a criterio propio. Un recuerdo muy lejano de la infancia que define la acción. Recordás la cima, la distancia enorme. Y los gritos. Sin embargo, también vos a veces te contaminás. Y, como los privados de la libertad de la palabra, dejás de hablar. Pero dejar de amar no se puede, eso no. No hay recetas. El hombre que encontró la fórmula se tragó el papelito donde lo había apuntado. Después se murió de indigestión en un asilo. Si el amor es peligroso, no importa. Dejar de amar es, desde entonces, lo que no se puede hacer. 

Ella


Ves la muerte. Te acerca una mano silenciosa. Sentís la suavidad premeditada. Ahora se te ocurre, tanto tiempo después. Entonces no pensaste en la muerte. No tenías miedo de morir. Sin túneles y en la inconsciencia las voces se oyen lejanas. Es un irse y volver, como de olas. Inconsciencia y los años de por medio. Para contar lo que pasó, tiempo. Ella te agarra de la mano, no sospechás quien es. No te aterroriza, no hay un sexto sentido que te alerte como en el cine. 
La muerte no es fría, no es vieja, no se viste de negro, quién dijo.
Te acuna con su propia voz oscura y suave, como de madre que canta a un niño que va a dormir. Está oscura la voz porque el tono se suaviza para cantar así, se baja. Se rehuye la estridencia, cualquier madre lo sabe. Después lo hiciste tantas veces, tantas que perdiste la cuenta.
Muchas horas te sostuvo así, con su amor de madre muerta. Y vos te dejaste. Te acompañó y entonces no sabías. Si hubieras sabido, quizás, no te hubieras quedado tan muda y tan dormida. Es que así funciona a veces, sin anuncios la muerte. Viene, se va, y no se lleva nada. Puede parecer que esto se trata de muerte, pero se trata de vida. Aunque ya nada te ponga a salvo de su voz. Su voz de madre que todavía te dice al oído que el verdadero poder está en las emociones.

Castigo



Omisión también es mentir. Hacés mentalmente la cuenta, sentís tener una existencia irreal. Pero estás, sos. Te mirás las manos, blancas y delgadas. Querés compartir, no obedecer. Las cosas te atraviesan. No sos un fantasma. Es que la vida debe tratarse de eso: verdades y mentiras en cantidades iguales. A medias. La palabra escrita, este lenguaje indirecto genérico impreciso. Este no decir, que dice todo. Todo lo que guarda tu boca. Tu boca, que se calla mientras tus dedos se mueven al mismo ritmo que el de tu corazón. Y vos equilibrista, en tu soga deshilachada y vieja, estás loca y decís. Decís todo, como una tejedora compulsiva dice todo en el paisaje que imprime en la tela. Y vos castigo, como el amor, difícil de amordazar. 
Es que amar y seguir no son opciones. No se puede elegir

Cosas vivas


La naturaleza ejerce en vos una seducción imprescindible. Es un pertenecer, sentirse en casa. Te acercás a la pared buscando entre las hojas, todavía verdes, un vestigio. Una señal que te indique que sigue viva alguna rama principal, de esas que hacen las cosas simplemente funcionar. Esas que se adhieren con obstinación al muro. Una que te muestre que no todo está muerto, que no todo está perdido. Que siga con la farsa de la vida adherida a la pared. Aunque sea. 
Y ahí está. Sí, tiene que ser. Porque todo está demasiado verde por ahí. La seguís con la mirada. Verde como vivo. Vivo como la pareja de mariposas que hoy en su cortejo se olvida que estás en el patio, baja y te regala una danza frenética que te deja boquiabierta. Porque el mundo entero puede entonces sintetizarse en ellas bailando a tu alrededor. Mientras vos, como una estatua, las mirás moverse ajenas a todo. Moverse al compás de una canción que les es propia.
Porque todas las cosas se mueven y se mueren a su ritmo.