Sísifo


Volvés a ser. Se apaga tu sangre. Sangre negra que drena de la herida para hacerte nacer otra vez. No se le puede poner grilletes a la vida, no. Sería como amordazar el dolor. Vas a resucitar muchas veces más. Hasta el final. Tu cerebro no para, te dormís y teje un sueño. Castigo o privilegio pensado por un dios personal misterioso y solitario. Los dioses son siempre solitarios y la línea entre castigo y privilegio es siempre difusa. En tu carne se gestan el mismo amor, el mismo miedo. Las mismas luces al final del túnel. Todo vuelve a empezar. No importa. Sabés como ser una con tu amor y tu miedo. Sísifo era mujer.

Creatura




No existir. Y que las cosas te atraviesen. Como si no tuvieras masa ni volumen propios. Pero tenés. Tu cuerpo no ofrece resistencia suficiente al golpe del amor. Lo deja entrar, se queda. Tu corazón anida esa y otras yerbas.
Quizás seas el prodigio monstruoso de un dios tan mentiroso y aburrido como Víctor Frankenstein. No importa ya. Sos. Monstruo, único en su especie.
Pero Víctor, tu criatura cobró vida mientras los demás dormían. Tiene un corazón que late, cerebro propio, alas. Y también ha vuelto de la muerte. Los dioses saben que pierden el control de vez en cuando. Ya no podrías deshacerlo, aunque quisieras. No todos matamos lo que amamos, Víctor. Has sido engañado, el Golem no es más que una utopía.

Desvelos


En las noches de verano no dormís. Se te ocurre que tal vez algo falló en la última de tus reencarnaciones. En esta vida de hoy resultaste mitad insecto mitad humano. Un ser informe, como Gregorio Samsa; algo así como una cucaracha reflexiva, pero más dura y combada. Anidás descalza en cada rincón fresco y húmedo de la casa. Vas apagando las luces, mientras desde arriba irrumpen los sonidos graves de la Jam Session de los martes; una sucesión de notas para vos descoloridas, y la voz de una mujer inalcanzable: Ella Fitzgerald. 
Salís al patio. La hiedra sigue muriéndose. A través de los muros, te llega el murmullo débil del aire acondicionado del vecino de atrás. Tenés el cuerpo tibio. Te tienta el agua, pero después te acordás que el pelo mojado en la cama te da frío. Dudás. Lo pensás mejor. Las mariposas nocturnas no se ponen a nadar a medianoche, y aún así conservan la intuición. 
Hoy cocinaste. Te miraste las alas al espejo y ahí estaban, porque amás todavía. Tomaste cerveza, whisky con helado de vainilla, hiciste un poema lo bastante digno como para emocionarte. 
Está oscuro en el patio. Prendés la máquina. Escribís esto. En la tele, un testimonio desgarrador te trae el asesinato de un pibe. Investigás un poco en internet sobre criaturas nocturnas que andan por el patio en las noches de verano. Todavía no sabés qué bicho sos.

Sacrificio




Mirás la maraña de los hechos cotidianos. Tratás de descubrir la verdad y la mentira. No podés. Luchás con vos retorciéndote en la cama. Como un animalito herido, que escondido en el bosque, decide el camino que lo alejará de la muerte. Por dónde ir. 
Una torre de signos lingüísticos que se apilan y entrelazan como las piezas de un Jenga. Se articulan, unos con otros. Encastran solos en procesión. Parece que se conocieran desde hace siglos. 
Desacralizar la verdad, es que a veces el mentiroso es el héroe. Dar una nueva dimensión a la Palabra; nueva de menor rango. Escribir algo peor. Dejar de venerar. Creer en ella te hizo incapaz de tolerar la mentira. Todos mentimos. Decir infierno no significa conocer el infierno, decir amor no significa ser capaz. Pero pisar las palabras es una guerra descarnada que librarás contra vos. 
Dejar que se caigan, que la torre infinita se desmorone y que sola se vuelva a crear. Dejar de buscar.

Condenas



Escarbás a ciegas la verdad, como un perro famélico escarba en la basura las sobras de comida de la noche anterior. Hay en vos todavía ese afán de Belleza. Pero sos una equilibrista china condenada al exilio. Te compadecés un poco de vos misma por todas esas veces que lloraste encerrada en el baño, sofocando gemidos de bestia herida. Sos un espíritu endeble, una sombra. Llevás arrastrando la pena de amar a otra sombra, de unir los restos de una civilización de barro enterrada hace siglos en el patio de atrás.

Ruido

                                                                                                               Hasta siempre, maestro.


Y hoy, que la lluvia se clava en el techo con sus fantasmas de estrépito infinito; hoy, que el viento hace sus juegos de ruidos opacos y llena de espectros esta noche, ninguna jauría te puede hacer callar. Pensaste en todas las formas de nombrar la muerte, y no decís ninguna. La muerte se nombra sola. No necesita presentadores, viene. La muerte anda en su rutina. Silenciosa como el fuego.

Como la hiedra

                                                                Para Griselda Perrotta, que es mi hermana.


Fumás el último cigarrillo de la semana en camiseta y bombacha, parada al lado del ventanal de la cocina. Que el humo invasor no te delate. La mirada fija en la hiedra del patio que se muere de a poco. Lo decidieron los dos (común acuerdo, se llama). Cortaron juntos las arterias principales y de ahí para arriba todo se muere. Nueve metros de paredes tapizadas de hojas muriéndose lentamente. Qué difícil morir cuando lo decide otro. Lloverán esos cadáveres como caídos del cielo durante muchos días y está próximo el verano. Ahora tapizarán la pileta, el jardín, incluso el patio. Pero tu mirada poética lo compensará todo, como siempre. Y hasta el nudo en la garganta pasará. 
Reflexionás que sos un poco como la hiedra poderosa, que muere hoja tras hoja, día tras día. Y que sí, que hay que seguir amando y odiando como hasta ahora.

Tigridad



Otra vez la noche. Como el último reducto de cordura. Cordura indulgencia no sé cómo se hace para saber. Un entrar y salir del sueño a la deriva del cansancio. El cuerpo de plomo los ojos nuevos. Los ojos del sueño a la deriva en la oscuridad. Un tigre mordisquea mis dedos ateridos. Neurótico empuja eufórico y callado, como un perro. Es joven y se encima. Mira con ojos de noche. Muerde. Me enseña salvaje. Las paredes, redes de tiza devorando todo: sueño noche cueva ojos tigre: Mujer.


Tigridad es un vocablo creado por el poeta argentino Manuel Lozano Gombault, ahijado del escritor Adolfo Bioy Casares.

Rescate


Remover los escombros en busca de mis huesos. Ayudar a los perros a encontrarme. Escarbar con las uñas rotas. Es necesario. Entre las ruinas de la base, el grito mudo me alerta. Verme a mí misma. Me tenía que encontrar yo. No alcanza con nombrarse, no alcanza con saberse muda. 
Hay que estar ahí. Ser ahí. Rescatarse para no sembrar vacío.Y aún así es poco.

Domesticación






Nada para decir y sin embargo, todo. La hora más antigua sostenida en lo que no se dice. La garganta hasta el tope de palabras. Coserse la boca con el hilo de la idea para que no se escapen. Hacer puntos de sutura suficientes. La herida rellena de palabras mudas, apiladas en orden. Están pero no se dicen, como los muertos que nunca pudimos llorar. Las palabras son propias, jamás del otro. Como es el poema: decirse a sí mismo, verse agazapado entre las líneas, reconocerse. 
Escribir algo de escasa decencia que escandalice a las fieras, algo que diga Soy. Para atacar con piedras al dolor. Para domesticarlo.

Fragilidad

La imagen es de Irina karkabi

Días que no recibo. El corazón se hace un blindaje. Niega esconde se empecina. Se oculta detrás de una pared. Una coraza fina y blanda, como la casa de un caracol chiquitito. Hecha con recuerdos tristes, no muchos. Pero suficientes.
Sin embargo el amor vulnera, reblandece. Rompe la cubierta con dedos vigorosos, como los de un hombre gigantesco. Aprieta y quiebra.

Espejos

                                                                              La ilustración es de Benjamín Lacombe y se llama Lilith

Hay cosas del otro que se escuchan desde muy adentro tuyo. Sos una caja de resonancias inexplicables. El amor es patético, nadie sabe por qué.

Reconciliación



¿Qué soy? 
Una huérfana. Una niña mitad niña/mitad dragón. Monstruo mitológico exhibiendo desorientada desnudez, vistiendo harapos. Doblegada bestia de lengua salvaje: bárbara en la acepción de bárbaro, dentro de esta misma tierra.

Bollo de miga de pan entre los dedos de un príncipe hechicero.


Amar hasta destruirse. Con el ímpetu de un corte profundo. Vaciarse a chorros. Doler hasta que se justifique la eclosión.


Unas pocas palabras en el vaivén del agua, un salir a respirar.


Pero quiero ser simple. Encajar. Vivir equivocada. Contar ovejas en un paisaje del sur y que mi único anhelo sea el almuerzo de pascuas. Cocinar. Tomar el te con amigas. Ver la novela de las tres y el noticiero de las ocho. 

Maldición

                                              La imagen es de Benjamin Lacombe


Querés hacer un tajo en el tiempo. Meter la mano y destriparlo. Hasta sacarle las visceras tibias. Vaciarlo de las ausencias que guarda en el vientre

Muerte careta



Mirás las fotos de algunas mujeres ahogadas. Cientos de ojos achinados, de párpados globosos. Te preguntás a cuál de ellas te parecerías. El pelo ondulante y largo de una te hace pensar que encontraste lo que buscabas. Pero no, son fotos artísticas. Están mezcladas, como la vida. Es la toma de una modelo sumergida, con un vestido hermoso, de colores brillantes y la piel, la piel perfecta, nacarada y firme. Sabés que la muerte no tiene nada de romántica, solo contundencia.

Obstinación



Nadie desde hace tiempo puede ver el sentido de las cosas. 
Ni la sombra en la mirada ni la mueca de la boca ni la piel, cada vez más fría. Ni el abdomen abultado. Ni siquiera el pelo, que baila al compás inexpresivo de las olas, pueden convencernos del naufragio.

Interrogación



Decís lo que importa para que se te pudra en la lengua. Pedís sabiendo la respuesta. El amor te devoró de atrás hasta el riñón, el amor se trata de entender lo que el otro quiere para no dárselo. No entendiste. Sos un mueble nadando a la deriva, un vestigio del naufragio. El paraíso es estar conectado con alguien, con uno mismo. Así es el juego. Te preguntás dónde estuviste todos estos años. Debe ser una pregunta difícil, nadie contesta.

Redención



Enterraste tu uniforme de superhéroe en el jardín. Un cúmulo de amargura, insatisfacción y penas te cubre como una sombra. Una nave nodriza que se apostó detrás tuyo tapando la luz del cielo. Y vos, apisonando la tierra, dejando atrás la impostura, reconociéndote humana, dejás de ser lo que los otros esperan, das por terminado el castigo.

Incontinencia



Mirar por la ventana, soltar el sollozo incontenible. Un nudo en la garganta es un cáncer que te microinfiltra. No respirás bien por el tumor de llanto comprimido. Reprimido. Te declarás muerta y empezás a romperte con la fuerza de tu propio peso. Sos un volcán lleno hasta el borde, que escupe lágrimas saladas en el colectivo; un glaciar que cae en estampida sobre las aguas del sur. 
Es que pesás mucho, mucho. La levedad es una virtud, en serio.

Exhumación




Duele. Dejarlo que atraviese sin entregar las alas. Las alas duelen también. Las alas son vuelo definitivo. 
Sentir un cosquilleo de derrumbe, un nudo que arde y tiembla.   
Y romperse. Como un glaciar. 
Juntás los pedacitos de vos misma, los que te quedaron en la alfombra. Lo hacés, para después no cortarte y sangrar.
Te armás de nuevo. Pedazo por pedazo, vas juntando las partes como de un rompecabezas de la infancia, esos con paisajes difusos y follajes raros. Pero vos no sos de cartón. Antes de juntar mirás muy bien cada instante, no podés ensamblar mal. Las partes hacen el todo. Las partes son tuyas.
Terminás. Te quedó algo más o menos parecido a lo que eras. 
Y seguís. 
Pero te mirás las manos, cortadas y deshechas, porque sos, eras, de vidrio.