Contienda amorosa


Dos arañas sobre el empapelado de flores de una pared cualquiera. Avanza el cuerpo gris, nítido y móvil, disonante, de una que escala por encima de la otra y por debajo va descubriendo, tímida la cola que se arrastra, una flor de quietos pétalos naranjas, un tallo escuálido verde limón, una hoja, después, verde oscura, y el amarillo patito de un sol de primavera plastificado en el papel. Macho-Hembra y una fiesta de miradas furtivas, fugitivas, de ojos saltones y redondos, de culos rellenos y macizos, de patas peludas que van y vienen. Un enredo de hilos de lana, como patas peludas, como en cámara lenta. Pero enseguida la otra, que interpone sus patas a rayas, cebra-araña de blancos y negros. Una pata esquelética que sube como un brazo guerrero, espadachín diminuto, y otra pata que sale a cortar ese vuelo. Y se cruzan y se miran y se miden y se alejan y se vuelven a acercar. Y es el gordo cuerpo gris que otra vez avanza, más cansado pero ganador, subiéndose sobre el otro cuerpo, casi inmóvil ahora, inferior, disminuido, que se resiste un poco, pero no tanto, y una y otra y otra pata más, hasta que caen y estallan los dos contra el piso de cemento del patio.

Karina Rodríguez

Eros y Thanatos: cómplices y amantes


(Aquel momento verdadero en que uno de los dos amantes, casi nunca la mujer porque se sabe, y es cierto, inmortal, celosamente repetida desde el principio y hacia el infinito. Aquel pasajero, rápidamente olvidado momento en que uno de los dos logra ver, sin propósito, con un adelgazado deseo de pedir perdón, excusarse, bajo la piel de la cara ajena, abrillantada por el amor o el vino, a través de la piel de la cara que se quiere. Cuando uno de ellos tropieza con, traspasa sin desearlo la piel tan lastimosamente indefensa, tensa o blanda de la cara del otro. Y ve durante un segundo, adivina y mide la dureza y la audacia de los huesos, el candor de los pómulos, la fragilidad o el inútil grasoso atrevimiento del mentón. Cuando uno de los amantes sospecha - una chispa y el olvido - la calavera futura y ya puesta en el mundo, en su vida, del otro amante.)


Fragmento de La niña y la muerte (Juan Carlos Onetti). Ediciones Corregidor 1997